-Oye, no era necesario que vinieras Edward- le dijo Tanya a su novio, quien había pasado por su departamento a ver qué tal seguía de esa "fastidiosa gripe" que la tenía guardando reposo hace dos días.
-¡Por supuesto que lo era! Lo único que quise durante toda la fiesta, fue arrancarme hasta aquí para cuidarte, nena!- le dijo, besando su frente, que aún seguía algo caliente por la fiebre -¿Te siente bien? Sigues con algo de temperatura...-
-Es normal, tú mismo escuchaste al doctor cuando me lo dijo, así que no te alarmes ni vengas con exageraciones. Así que cuéntame que tal la fiesta-
-Bien. Estuve hablando con Jasper, con algunos colegas, mi jefa... ya sabes-
-Olvidaba que no te gustan las fiestas-
-No me gustan cuando voy sin ti-
-¿Y no pasó nada digno de comentarme, algún famosillo interesante?-
-No sé si interesante, pero la prensa estuvo al pendiente de la hija de Renée, mi jefa. Yo no la conocía, no sé qué tan famosa puede ser...- comentó él, mientras acariciaba la cabellera de su amada Tanya
-¿Y cómo se llama?-
-Isabella Swan-
-¡¿Qué?¿Tu jefa es mamá de la magnate más joven de Londres?-
-¿Magnate más joven de Londres?- preguntó divertido, ante la sorpresa de su novia cuando se la nombró
-Ella es la heredera del imperio automotriz más próspero del país, uno de las empresas más importantes dentro de las exportadoras de vehículos de lujo. Es muy conocida en el ambiente empresarial, muy buena en lo que hace, aunque dicen que es una antipática, ¿qué te pareció a ti?-
-No sé, no hablé con ella más que el saludo- dijo Edward, pasando por alto las insinuaciones de la "inquietante" mujer –Jasper habló con ella, ya sabes, de economía y esas cosas-
-¡Qué suerte! Alguna vez quise trabajar en esa empresa...- comentó Tanya, quien luego lanzó un bostezo inmenso, que hizo reír a Edward
-Muy bien, ¡A dormir!, ¿ya te tomaste los medicamentos?-
-Sí, ya. Así que te haré caso y me iré a dormir en los brazos de Morfeo-
-¡Nada de eso! Dormirás en los brazos de Edward- dijo él, impostando un tono de celos, que le hizo mucha gracia a su novia. Enseguida ella se acurrucó sobre su pecho, lista para dormir
-Buenas noches amor- le dijo ella
-Duerme bien mi vida- contestó Edward. Y en la quietud de la noche, ambos fueron cayendo dormidos, abrazados en uno al otro.
A la mañana siguiente, Edward se levantó temprano, pues tenía que dictar clases a primera hora en la universidad. Al llegar allá, le dio tiempo de tomar un tazón de café y revisar por última vez algunos apuntes para su primera clase del día. Jasper llegó cinco minutos después que Edward a la sala de profesores donde se encontraba, así que fue hasta su mesa, y lo acompañó:
-¿Animada la fiestecita de anoche, no?-
-Si...- respondió Edward no muy convencido
-Mmm... debes de haberlo pasado bien, vi como "la Swan" te coqueteaba. Si parecía una gatita en celo frente a ti...-
-Tú y tu distorsionada imaginación-
-Sí, claro... "mi imaginación"-
-¡Basta! No me hacen gracia esas bromas Jasper- le indicó Edward molesto por sus comentarios
-Vaya, que genio...- dijo el aludido, poniéndose de pie, para salir de la salita. Edward intentó concentrarse en los apuntes que tenía en las manos, pero le costó, y es que por alguna razón, el recuerdo del pequeño dialogo que cruzó con "la Swan" como la llamó su amigo Jasper, le desagradaba. "¡Y por qué razón sigues recordándolo Edward Cullen, si te causó tanto desagrado, eh? Eres un bobo..." suspiró, se sacudió la cabeza, tomó un sorbo de café, y volvió a concentrarse en los apuntes.
Isabella había estado prácticamente toda la mañana, tratando de delinear los pasos a seguir de la nueva negociación de importación. La reunión con los empresarios alemanes sería dentro de un par de días, y ella, como siempre, debía de preparar bien cada cosa, cada palabra, cada paso a seguir. Lo que ofrecería y lo que demandaría. Todo preparado. Pero no podía concentrarse. Y es que nunca hubo nada que la hiciese perder su atención de los negocios, menos de uno tan importante como el que tenía a portas. ¿Pero qué la traía desconcentrada? Un recuerdo de su niñez: cuando Renée la metió en clases de piano, pues se le hacía perfecto, ya que no tenía tiempo de cuidar a la pequeña Bella. Isabella, se reveló a esa "absurda imposición", pues ella a los nueve años tenía cosas más interesantes en que ocupar su cabecita que en aprender las notas sobre las teclas de un piano. A penas fue uno o dos meses, por lo que aprendió poco, muy poco. ¿Pero qué la llevó a ese recuerdo? El hombre de cabello cobrizo y miraba verde intensa que desde la pasada noche, ocupaba gran parte de sus pensamientos. Recordó la manera amable de cómo la saludó, recordó su modestia cuando Renée hizo mención a su trabajo, y recordó la manera como tácitamente rechazó darle clases, y con ello, su oposición hacia sus indirectas e implícitas propuestas. Recordó también cuando sonrió al responder sobre su novia. Y sintió un poco de envidia, y la envidia era uno de los muchos sentimientos que Isabella Swan no se permitía tener, pues lo que ella quería, lo conseguía, por lo tanto la envidia no tenía lugar en su vida "Pues entonces si yo quiero unas malditas clases de piano o de violín o de cualquier otro maldito instrumento, las tendré, y con el profesor que yo quiera" se dijo, pensando en el hombre de ojos verdes, Edward Cullen.
-¡Jane!- le gritó por el intercomunicador. A los dos segundos, la menuda asistente estuvo en la oficina gerencial
-Tú dirás-
-Necesito que compres un piano
-¿Eh?-
-Lo que oíste, un piano-
-¿Y para qué?¿O para quién?-
-Un piano "para tocar piano"- dijo sarcásticamente, levantando una ceja –para mí-
-¿Por qué?-
-Jane...-
-Ok, pero qué tipo de piano...-
-¡Qué sé yo! Hazte asesorar por alguien que sepa. Lo único que quiero es un piano en mi casa lo antes posible-
-Como digas- dijo la chica, asintiendo a la petición de su jefa. Salió de la oficina tratando de dilucidar para qué diablos su jefa quería un piano. "Ni modo... ricos y excéntricos..." pensó Jane. Llegó a su escritorio, y se acomodó para continuar con su trabajo. Pero cinco segundos después, su "jefecita" la volvió a llamar del mismo modo que la vez anterior. Suspiró, agarró su libreta de apuntes, y fue otra vez a la oficina de Isabella
-Jane, olvida lo del piano- dijo Isabella, poniéndose de pie, y calzándose su abrigo parra salir
-Pe.. pero... ¿por qué...?-
-Porque no me decido, no estoy segura. Ya te informaré de esa compra- concluyó Isabella, tomando su cartera
-¡A dónde vas! Tenemos que revisar los contratos que les mostraremos a los alemanes...-
-¡No tengo cabeza, Jane! Encárgate de eso, y los revisamos más tarde-
-Como diga- alcanzó a decir, antes que Isabella desapareciera por la puerta. "¡Dame paciencia Dios mío!" suplicó al cielo.
Una vez en el coche, sacó su móvil, e hizo algo que jamás pensó que haría:
-¿Renée? Estás ocupada?-
-¡Hijita! Oh, no, no... por favor...-
-Pensé... pensé que podíamos almorzar hoy...-
-¡¿De verdad?- preguntó Renée, ilusionada y emocionada al otro lado de la línea
-Sí, si puedes, claro-
-¡Claro que puedo! Dónde quieres ir...- quiso saber la madre. Isabella le dio el nombre y la dirección de un restaurante italiano, uno de sus favoritos
-Ah, y yo invito- infirmó secamente a su madre, con una nota en su voz como si se tratase de una reunión de negocios más que de un almuerzo con su madre
-Oh, nena. Gracias mi pequeña...- le dijo Renée a su hija, casi con la voz en llanto, cuestión que incomodó a Isabella
-No tienes nada que agradecer. Nos vemos dentro de un rato. Adiós Renée- le dijo, y colgó. Puso en marcha el motor de su BMW y se dirigió hacia cualquier parte. La idea era conducir a alta velocidad, necesitaba relajarse y esa era su manera de hacerlo: la velocidad. El Puente de la Torre era su destino favorito, cruzarlo a toda velocidad, y luego encontrar un lugar tranquilo en donde prender un cigarrillo y fumarlo con lentitud. Y pensar. Y así lo hizo. ¿Qué la movió a llamar a su madre?, ¿el deseo de tomar la iniciativa en todo este cuento bonito de la reconciliación? No, no fue eso. Quizás era cruel usar a su madre para los planes que estaba trazando en su cabeza, pero que de algo sirviera su remordimiento. Se acercaría a Renée para sacar sutilmente la mayor información posible sobre el joven y apuesto profesor Edward Cullen. Y fue lo que hizo una vez estuvieron sentadas en el restaurante a la hora acordada:
-Los dos profesores de anoche...-
-Jasper y Edward. Son los últimos en incorporarse al platel docente-
-Ya veo... ¿Los conoces bien? Digo, yo me cercioraría de quienes son...-
-Los conozco, tienen excelentes referencias: Jasper no sólo es profesor, sino que es asesor financiero en una multinacional. Él me contactó con Edward-
-El músico-
-Sí, él. Es un genio, me encanta oírlo tocar guitarra, o el piano. Se lleva bien con los alumnos, es carismático, encantador. Está por casarse...-
-Pero es muy joven-
-Veintiséis años es una edad perfecta para casarse. Conocí a su novia hace semanas atrás, y también es encantadora- comentó su madre, "¡Que lindura!" pensó irónicamente Isabella
-¿Sabes? Ahora que estamos hablando de músicos y esas cosas, recordé el piano que hay en casa, y mi urgente necesidad de encontrar alguna terapia extracurricular que me ayude a relajarme, y estaba pensando tomar clases de piano-
-¡Es maravilloso! Podemos pedirle a Edward que nos recomiende a alguien-
-¿Y él? Digo, no estoy dispuesta a que una vieja decrepita o algún anciano libidinoso me dicte las clases, además, me dices que está por casarse, ¿no? lo que le page por las clases, le será de ayuda-
-Mmm... no sé si sea prudente- dijo Renée un poco inquieta por el extraño deseo de su hija para tomar clases de piano, y porque Edward se las dictara.
-¿Prudente? Son sólo clases, Renée-
-Tendrías que hablarlo con él-
-Ayúdame con eso, digo, hablaré con él, pero quizás si tú se lo pides no se negaría-
-Hablaré con él, pero no te prometo que me diga que sí. Ahora, yo te hago ese favor, tú me haces otro- dijo Renée, alzando las cejas graciosamente. "Allá vamos..." pensó Bella
-Te escucho-
-Mi cumpleaños es la próxima semana- le recordó ella, "¡Mierda, lo había olvidado"! – Y quiero hacer una fiesta-
-¡¿Más fiestas, Renée?-
-Será divertido. Estaba pensando en alquilar algún lugar bonito, entretenido, e invitar a mis amigos, ¿me ayudas a planearlo?...¡¿Por favor? ¿Sí? Incluso podemos invitar a Charly, se supone que llega la otra semana, ¿no? ¡Anda Bella, ayuda a tu madre!- pidió Renée, como si fuese ella la hija, e Isabella la madre quien debía autorizar la fiestecita.
-Sabes que mi tiempo es escaso...-
-Hablamos recién de que te hacen falta otras actividades para distraerte, sería una buena idea comenzar por esta actividad para distraerte-
-Eres tramposa, Renée. Ok, te ayudaré- accedió Isabella
-¡Oh, gracias Bella, gracias, gracias!- celebró su madre, mientras aplaudía efusivamente.
-Jane, ¿recuerdas lo de la compra del piano?- le dijo Isabella a su asistente al entrar al piso donde se encontraban las oficinas de gerencia
-Por supuesto...-
-Cómpralo- ordenó Isabella tajantemente
-¿Estás segura?-
-Sí, ya me decidí- dijo Isabella, mientras ingresaba a su despacho. Jane le iba pisando los talones, confundida por toda esa historia de la compra y no compra del dichoso instrumento –Ah, además, quisiera que contrataras una empresa de eventos, Renée celebrará su cumpleaños la próxima semana y me comprometí a ayudarla...- cuando la jefa dijo eso, Jane sintió que su mandíbula caía al suelo de la sorpresa que aquella información le estaba causando
-¿Ayudarás a tu mamá?¿De veras? ¡Es grandioso!-
-Sí, sí, grandioso, muévete rápido con eso pues no hay mucho tiempo. Que hagan propuestas con todo incluido y que las presenten, para discutirlas con mamá... Renée- rectificó al final de la frase
-¡Como digas, como digas!- dijo entusiasmada la asistente, mientras tomaba nota de eso, "¡y la llamó "mamá" sin darse cuenta...que lindo!" Pensó Jane
-Ahora trae los contratos para que los revisemos- concluyó seriamente, mientras que Jane dibujaba una sonrisa en su rostro
-¿Edward, podemos hablar?- Renée intersectó a Edward, después que hubo terminado su última clase de la tarde.
-Claro, no hay problema- dijo, y se dirigieron hasta la oficina de dirección.
-Quería pedirte un favor. Creo que eres el único que puede ayudarme-
-Soy todo oídos-
-Estuve hablando con Bella, mi hija- comenzó a decir ella, y enseguida Edward se tensó, "Oh, no, por favor no..." –Y está algo exhausta por el trabajo, estresada, ya sabes. Hace años ella comenzó a tomar clases de piano, en verdad yo la inscribí en unas clases de piano cuando fue niña, pero no las aprovechó bien. Ahora quiere retomarlas, y quisiera que me ayudaras con eso...-
-¡Claro! Conseguiré un buen profesor para ella...-
-Tú debes ser su maestro-
-Renée, casi no tengo tiempo, entre las clases en la sinfónica y en la universidad prácticamente no tengo tiempo...-
-¡Edward, ayúdame, te lo suplico! Acomodaremos tus horarios de ser necesario...-
-¡No! Ella te lo pidió, ¿verdad?-
-Le pareció una buena idea. Al principio también le dije que tú podrías conseguir a alguien más... pero luego lo pensé mejor, y creo que me podrías ayudar en algo más-
-No estoy entendiendo...-
-Mi relación con Bella no ha sido fácil, ¿sabes? No he sido una madre ejemplar, y durante este tiempo me he propuesto acercarme a ella, sanar nuestras heridas...-
-Me alegro por ti, de verdad, pero no sé cómo te puedo ayudar yo con todo eso...-
-Una terapia para ella, un canal de acercamiento entre ella y yo. Me podrás decir que tal la ves, si puedes hablar con ella. Tú eres sensible, lo sé...-
-Oye, yo sólo soy un profesor de música, no soy ni psicoterapeuta ni nada de eso. Lo siento Renée, no puedo ayudarte-
-¡Edward, son sólo unas clases particulares!-
-No puedo- levantándose de su asiento, cruzándose de brazos y meneando la cabeza de forma negativa
-Piénsalo al menos, ayúdame con mi hija, te lo suplico- la petición de Renée fue llena de emoción, sus ojos se llenaron de pronto de lágrimas, y es que quería desesperadamente botar las barreras que habían entre ella y su hija. A partir de la propuesta de su hija, ella pensó que sería una buena idea tener a Edward de aliado, que fuese él mismo quien le contara de sus progresos, que se convirtiera en una persona de confianza para ella. Y Edward debió reconocer que la desesperación de esa madre lo conmovió
-Lo pensaré Renée, pero no te aseguro absolutamente nada-
-Gracias Edward- dijo ella, a lo que Edward sólo asintió. Un rato después salió de esa oficina, directo a su coche.
De camino al apartamento de su novia, no dejó de pensar en las palabras de Renée. "Qué hago, qué hago..." se cuestionaba, y es que él sí quería ayudar a Renée, pero por otro lado estaba esa inquietante mujer que conoció la noche pasada, y es que no confiaba en esa tal Isabella. Algo le decía en su interior que se alejara, y era lo que quería hacer, pero recordaba a Renée y su llamado de ayuda desesperado, "¡Pero por qué a mi! ¡Maldita sea!" se espetó, mientras seguía conduciendo, sin haber tomado ninguna decisión todavía.
Gracias a todas las damas que han agregado la historia entre sus favoritas. Espero sus comentarios, como siempre. Abrazos a todas! =)
