HOLA! Feliz día de brujas a todos afortunados que están leyendo esto! Happy Halloween! Yo sé que quieren leer, así que los dejaré continuar con la condición de no asesinarme :D Enjoy the chapter , disfruten el capítulo.

Habían parado en una pequeña tienda a la entrada de la ciudad. Cuando notó que de alguna forma, se las había arreglado para ocultarse en las sombras, no pudo omitir una sonrisa triste.

-¿Éste es el siguiente paso, Tomoe?-

…Una Razón…

-¡KAORU! ¡HIMURA! ¡YAHIKO!-

Aoshi tenía toda la razón, Kenshin se disculpaba mentalmente por haber pensado que el ninja solo había estado utilizando de pretexto a Misao y que en realidad no se encontraba tan sola como decía. Pero esa reacción…

-¿Qué tal Misao?- saludó Kaoru.

La joven ninja no cabía en sí de la emoción por su sorpresiva aparición. Debido al alboroto que estaba causando, de inmediato salieron a saludar Okina y el resto de los Oniwabanshu quienes con gran entusiasmo continuaron el alboroto de Misao.

-¡Bienvenidos!-

Kenshin suspiró.


Y el día no había salido de lo ordinario, excepto por la cena en donde Misao se ahogó con el té por no parar de hablar sobre lo contenta que estaba de que la hubieran venido a visitar a Kyoto. Aoshi se mantuvo serio durante toda la conversación, pero parecía ser algo normal para todos pues nadie hizo comentario alguno de su mutismo. Sanosuke cubrió muy bien las apariencias por su parte, comiendo a una velocidad apenas comparada con la de Yahiko.

Cada vez que había sentido la mirada de Kaoru sobre él, se esforzaba por sonreír o hacer un comentario ocasional. Parecía haber funcionado lo suficiente para que la joven maestra no hiciera comentario alguno. Okina había hecho lo mismo al principio, pero parecía haber sacado sus propias conclusiones, entre una de ellas sería que Kyoto nunca le traía buenos recuerdos. Aunque esta vez, Kyoto le traería más que recuerdos.

No podía dormir, no mucho desde el día de aquella reunión. Escenas de peleas, cuerpos sin vida y su espada manchada de sangre, mantenían el sueño fuera de su alcance. Aunque no le encontraba interés, porque sabía que siete días no serían lo suficientemente largos para decidir. Y esa noche ya no eran siete, solo cuatro días más era lo que quedaba.

Solo cuatro.

Necesitaba con urgencia ayuda, una señal, una decisión.

-Shishou…-


Era temprano y había pretendido no despertar a nadie, pero no sabía en verdad qué tan temprano empezaba el movimiento en la Aoi-ya. Cuando salió de su habitación, los Oniwabanshu ya se preparaban para un día más de trabajo. Llevaban a cabo la preparación de distintos ingredientes, mientras que otros limpiaban el restaurante.

En el camino se encontró a Okina, a él fue al único que le explicó a dónde iba. Sabía que él se encargaría de decirle a los demás sobre dónde se encontraba así que se fue un poco más tranquilo. En Tokyo le había dicho a Kaoru y a los demás sobre el deseo de ver a su shishou, pero no sabían exactamente cuándo emprendería ese pequeño viaje. Dadas las circunstancias y el tiempo que se escapaba entre sus manos, era mejor hacerlo ahora. No solo iría a verlo a él, y no creía que fuera una rápida visita.

Así que con todo el valor que pudo encontrar en su confusa mente, emprendió camino hacia su… ¿Muerte? En realidad no planeaba decirle nada a su maestro, temía la reacción que podría tener. Aunque todavía no hubiera tomado una decisión, Hiko Seijuro se encargaría de hacerlo sentir como aquél niño que lo dejó años atrás. Ahora que sabía lo que su maestro pensaba de aquella partida, no quería imaginar lo que podría hacer si se enteraba de que meditaba una decisión parecida.

-Lo más prudente será alejarme de su espada lo más posible… y de su jarra de sake-

Hiko Seijuro tenía esa mala costumbre de golpearlo con lo que tuviera más cerca.


Sake, sake, sake. Los placeres de la vida, eran sencillos, prácticos y relajantes. En especial el sake. Su vida como artesano no era una muy activa, lo agradecía demasiado. Disfrutaba de los sonidos de la naturaleza, del aire fresco del invierno –que por cierto ya no estaba muy lejos- que golpeaba sus pulmones con toda fuerza en las mañanas.

Si, no había una mejor vida que esa. Para sobrevivir solo necesitaba su propia presencia y una buena jarra de sake.

¿Pero no siempre se podía tener lo que se deseaba, verdad? La quietud de su vida se vio interrumpida por la presencia de alguien que se acercaba directamente a su cabaña. Solo eso parecía estar en la mente de aquél intruso, llegar. La mano de su garrafa se detuvo a poco centímetros de su boca, cuando empezó a estudiar el ki de aquél que se acercaba.

En un principio, estaba casi seguro de saber quién era. Solo un tonto puede estar completamente seguro. Pero al sentir el agitado ki del hombre, comenzó a dudar ¿Un intruso, un asesino? Podía sentir confusión, mucha confusión, lo cual no sería normal si era la persona que él creía. Poco después, cuando una cabellera pelirroja se asomaba por el borde del bosque, sus sospechas fueron confirmadas al mismo tiempo que otras dudas surgían.

-Kuso- pensó

Algo de los turbios pensamientos del hombre desaparecieron a medida que se acercaba. Hiko sabía que trataba de enmascar su Ki, pero Kenshin debía saber que eso lo debió de haber hecho antes de estar demasiado cerca de su maestro.

-Debe tener algo muy serio en mente, para haber olvidado algo tan importante. Aunque, ¿Desde cuándo Kenshin presta atención a estas cosas? Baka. Y en primer lugar ¿Qué diablos hace aquí? Hace algunos meses que creí librarme de su presencia. ¿Qué traerá entre manos ésta vez?

En menos de lo que cualquiera de los dos pensaban, ya se encontraban de frente. Ninguno hizo un movimiento a manera de saludo. Esperaron ahí para ver quién tenía la iniciativa, lo cual no fue mucho cuando Hiko Seijuro clavó la vista en su baka deshi, suspirando.

-Hitokiri Battousai...- dijo fríamente a forma de saludo. Eso estaba fuera de los planes de Kenshin. ¿Qué tipo de saludo era ese?

-¿Shishou?- preguntó confundido, a pesar de no haber dicho nada sobre su visita -aún- se sintió herido por esas dos palabras. ¿Qué estaba haciendo a su maestro decir eso?

La mirada y los pensamientos del pelirrojo fueron un libro abierto para Hiko.

-Baka, no sé qué te haya traído por aquí, pero varios metros antes de que te acercaras, podía sentir ese Ki asesino que dijiste habías aprendido a controlar tiempo atrás- dijo con la misma arrogancia de siempre en su voz, ocultando la preocupación por el mismo hecho. Dio un sorbo a su garrafa de sake sin alejar su vista de Kenshin -Por eso te llamé así-

Kenshin suspiró derrotado. Claro, se le había escapado ese detalle. Aunque no contaba con que su shishou se encontraba tan perceptivo, y que sus pensamientos estuvieran gritando a los cuatro vientos su indecisión y recuerdos. No sabía que decir.

-¿Vas a quedarte parado ahí todo el día o vas a hablar de una buena vez? Necesito reabastecerme de sake y tu presencia aquí solo me está retrasando-

El ex-Hitokiri estrechó la mirada, sintiendo una gota de sudor caer de su frente.

Su maestro se levantó sin decir una palabra más y se dirigió a su cabaña. Lo que sea que quisiera su baka deshi, no lo hablarían afuera. El pelirrojo lo siguió porque necesitaba de sus palabras, pero no podía ocultar el hecho de que estaba caminando a la guarida del lobo, donde podría ser asesinado sin piedad por lo que se avecinaba.

-Muy bien, habla antes de que el sake se agote o las consecuencias serán fatales- advirtió el gran hombre mientras se sentaba en su lugar preferido. Acercó su última garrafa y levantó una ceja esperando a que su pupilo tomara la iniciativa y comenzara a hablar. Lo cual no sucedía.

-¿Qué haces en Kyoto?- cuestionó con rudeza. Estaba cansado de ser el único que hablaba -Creí que habías dicho que siempre habías evitado esta ciudad... ¿O es que la chica Kamiya te echó de su casa y por eso has venido a mí? Lo siento pero después de tantos años me acostumbré a vivir solo y sería sospechoso que dos hombres vivieran juntos en una solitaria montaña...- terminó pensativo, haciendo una imagen mental de lo último qu había dicho.

Con un buen trago de sake se obligó a borrarla.

Kenshin rió suavemente antes de contestar -Claro que no Shishou, eso no. Solo hemos venido a visitar a Misao y el resto de los Oniwabanshu- No sonaba ni se veía lo suficientemente convencido como para engañar a un maestro del engaño como Hiko Seijuro. El pobre hombre pelirrojo tenía la desgracia de tenerlo como maestro, y no había persona que supiera lo que pasaba por su mente tanto como él.

En otras palabras, baka.

-Y... tú crees que alguien como yo se tragará ese cuento ¿Hmm?- dejó la garrafa de sake frente a él y se llevó una mano a la barbilla.

-Oh no, ahora me arrepiento de haber venido- pensó Kenshin cuando la mirada de su maestro comenzó a escanearlo de arriba a abajo. Hasta el último detalle, buscando una seña para comprobar que lo que decía era cierto.

Al final solo volvió a recargarse en la pared, con un suspiro cansado.

-Sea lo que sea, habla ahora o calla por mi espada- amenazó Hiko –Quizás, ¿Tu sabes el motivo de por qué hay tanto forastero en Kyoto en los últimos días?- su deshi fue tomado por sorpresa por esa última declaración.

-Pero… Shishou ¿Tú cómo sabes de…?-

-¿De los forasteros?- intervino de inmediato, su ceja derecha se curvó en irritación –Baka dehi, el ser ermitaño no significa que no vaya a la ciudad. Para mí desgracia, el sake no camina solo hasta mi cabaña. Créelo o no, tengo que ir a comprarlo-

Kenshin se sintió un poco tonto, eso era obvio. Pero la verdad era que no tenía mucha cabeza para estar pensando en eso, no cuando una decisión importante seguía atormentándolo como un molesto insecto.

-Bien- rugió el alto espadachín molesto –Como no tienes el valor de decirme, sea lo que sea que te haya traído aquí…- pasó de largo a su estudiante, con su garrafa de sake en mano. Tan solo puso un pié fuera de la cabaña, cuando Kenshin susurró:

-Siempre tienes la razón, Shishou- quizás, las palabras que había elegido para comenzar no eran lo que había hecho a su maestro detener su huída. Pero el tono amargo en su voz…

Hiko se detuvo, todavía de espaldas a su deshi.

-Tenías la razón en llamarme Battousai cuando me acerqué- añadió con tristeza –De cualquier forma…- ahora el pelirrojo era el que huía de la escena con culpa juntándose en su garganta. A pesar de que quería saber la opinión de su Shishou, no quería preocuparlo o agregar otro pensamiento a lo que había elegido como su pacífica vida en las montañas. Sus primeras razones para acercarse al hombre ahora se habían desvanecido.

Las malas decisiones se estaban haciendo presentes, o había logrado despejar un poco su mente para reconsiderarlo. De cualquier forma,la idea de decirle a su maestro sobre este nuevo problema, quedaba descartada.

Se disponía a irse para no molestar más al hombre, cuando una mano no muy amigable pero firme lo tomó del cuello del gi y lo giró en un solo movimiento. Sorprendidos ojos violetas se toparon con la mirada irritada de Hiko Seijuro.

-Baka Deshi- suspiró el hombre -¿En qué estupidez estás metido ahora?-


Las calles sobre pobladas hacían difícil el caminar a esa hora del día. Sobre todo si era exactamente el momento en el que la mayoría buscaba algo de comer o tenía algún asunto que atender. Pero ellos recién habían llegado a Tokyo, fue difícil ponerse de acuerdo al principio, pero cuando ambas partes estuvieron satisfechas con la solución, pudieron reasumir la razón por la que todo había empezado.

-Debiste haberte quedado en casa- habló el hombre en su acostumbrada pacífica voz. Solo que esta vez lo hacía, con esperanzas de no reasumir de las cenizas, la recién apagada lucha.

El gran lema del Shinsengumi: "Aku soku zan" no se podía aplicar en esta ocasión.

-Hajime…- ese tono, esa simple palabra. Cualquiera que conociera al ex-shinsen y que lo viera guardar silencio de inmediato, moriría de risa en ese instante. Aunque, el excapitán de la tropa número tres se encargaría de que nadie muriera de risa, para luego asesinarlos personalmente y sin piedad con su propia espada –Creo que ya discutimos esto-

La mujer que lo acompañaba, sonreía la mayoría del tiempo. Es por eso que cuando el gobierno lo había enviado en busca de Hitokiri Battousai, y solo había encontrado a un vagabundo sonriente, algo en él se ofendió. Hasta aquél día, solo creía conocer a una persona que podía tener una sonrisa siempre en su rostro y que de pronto podía convertirse en algo realmente de temer. Pero parecía que los verdaderos demonios tenían cara de inocencia. En especial los más peligrosos, aquellos que esperaban una señal para liberarse.

-Tokio…-

-Tokio nada- cortó ella con un gesto de su mano, restándole importancia –Dejarme fuera de todo esto no funcionará. Te conocí como un miembro del Shinsengumi, me casé contigo siendo un policía llamado Goro Fujita y ahora que vas a volver a tus antiguas costumbres asesinas… claro que no es que las hayas dejado antes, me quedaré y punto. No más discusiones-

Saito Hajime había sido silenciado respecto al tema. La terquedad de su esposa había ganado esta vez –porque no siempre ganaba, hay que dejarlo claro- y se había resignado a que ella lo acompañara a Kyoto, mientras él tuviera algo que hacer ahí. A pesar de todas razones que había puesto, porque Saito Hajime no discute, la insistencia y ferocidad de la mujer habían sobrepasado sus límites.

No lo decía nunca en voz alta, pero su carácter fuerte y decidido era lo que los había convertido en pareja. Además de su buena cocina.

-¿Dónde te quedarás?- preguntó resignado, sacando un cigarrillo de su bolsillo y llevándoselo a la boca. Tokio lo miró de reojo con una mueca desaprobatoria. Pero no dijo nada, esa desde un principio había sido una batalla perdida.

-No lo sé, no tengo conocidos aquí ¿Algún lugar que recomiendes?-

En realidad, él tampoco sabía de muchas personas en Kyoto. La mayoría ya estaban muertas y las demás seguro habían cambiado de nombre y de casa por seguridad. Siguieron caminando por la calle principal en busca de alguna posada, cuando un letrero que apenas estaba siendo colgado fuera de un restaurante japonés, llamó la atención de su esposa.

-¡Ahí!- señaló Tokio con una enorme sonrisa en su rostro. El lobo vio en esa dirección, comenzando a creer que cargaba con una maldición en su vida, para que esas coincidencias se siguieran dando.

En realidad ese lugar no tenía nada de malo, lo admitiera o no, sería el lugar perfecto para su esposa. Sabía que Battousai había viajado a Kyoto con el ninja, la chica mapache, el intento de luchador y el chiquillo, lo que significaba que se estarían quedando en un solo lugar. Aunque no recordaba que el Aoi-ya fuera una especia de posada, si las cosas se ponían realmente feroces en Kyoto, Battousai se encargaría de que nadie se acercara al lugar –siempre y cuando decidiera participar en este nuevo problema, ya no sabía qué decir del hombre- y si no era él, había un grupo de ninjas bien preparados. O al final entraría en acción él.

Pensándolo, Tokio era muy buena con un bokken. No sabía cómo utilizarlo en realidad, pero la fuerza que imprimía en los golpes era sorprendente –y no lo decía por experiencia propia-. Sería vergonzoso que alguien como él fuera golpeado por una mujer, y más aún si era su esposa.

Decidiéndolo, se detuvo a unos metros de la Aoi-ya. Tomó del brazo a un joven que iba pasando, pero antes de que éste pudiera protestar, continuó:

-Ayúdala a llevar sus pertenencias a ese lugar- le ordenó al desconocido joven quien estaba preparando su réplica, pero cuando vio al oficial sacar una pequeña bolsita que tintineaba por las monedas que llevaba dentro, su réplica desapareció.

Saito le entregó la bolsa. Luego dejó todo lo que él cargaba a un lado, para que el joven lo cargara.

-¿Acaso tú no vienes conmigo?- preguntó Tokio con un ligero tono de sospecha. El Lobo de Mibú se retiró el cigarrillo de la boca y suspiró.

-De aquí en adelante yo no debo ser visto contigo- habló suavemente –Podría ponerte en peligro- aunque la verdad era que el peligro sería para él si todos en el Aoi-ya se enteraran de que ella era su esposa. –Usarás el apellido de tu familia, y si quieres verme, puedes mandar un mensaje a la estación de policías, ellos me lo harán llegar. Asegúrate de que sea algo en realidad urgente-

No quería recordar la vez que mandó un mensaje a la estación de policía en Hokkaido, argumentando que estaba sola y necesitaba cariñitos. Estuvo a punto de asesinar a media estación por eso.

No había más por discutir. Ella asintió con una sonrisa, y el muchacho se adelantaba con sus cosas.

-¿No asesines a tantos, si?- pidió con dulzura. Su esposo rodó los ojos, dando un leve asentimiento si eso la hacía feliz. Tokio lo besó en la mejilla fugazmente antes de irse. ¿Pedirle a un Lobo de Mibú no asesinar a tantos?...


Sentado uno frente al otro, sin mover un solo músculo. Ni siquiera sonido de sus respiraciones se podía escuchar en el tenso ambiente que se había formado entre los dos. Pero por más que Kenshin había tratado de no decir palabra alguna, las técnicas persuasivas de su Shishou funcionaron mejor. El resultado era que ahora se sentía más culpable que nunca, sin poder levantar su mirada para encontrarse con la de su maestro. La cual seguramente le gritaría Baka Deshi.

Llevaban en esa posición por un largo tiempo. Kenshin tratando de encontrar el lado bueno a lo sucedido, aunque fracasando. Y Hiko Seijuro tratando de encontrar las palabras perfectas para expresar todo lo que pensaba al respecto. Pero eran tantas cosas…

-¡Kenshin no Baka! ¿Cómo pudiste meterte de nuevo en esto? ¡Es un hecho! ¡Mataré a ese antiguo comandante que se supone que estaba muerto, pero que ahora resulta que está vivo y que de nuevo está metiendo ideas en enorme cabeza de mi baka deshi para la guerra! ¡Sobre-mi-cadáver! Si algo le pasara a la tienda favorita de sake…-

-¿Shishou?- el tentativo susurro de su estudiante interrumpió sus pensamientos en el momento adecuado. Enfocó su mirada en el pequeño hombre pelirrojo, que ahora parecía tan confundido y perdido como aquél niño que había recogido.

¿Había hecho bien eso, desde un principio?

-Shishou, sé que piensas que estoy cometiendo el mismo error de nuevo…- comenzó inseguro, recibiendo solo un gruñido por parte del otro hombre que tomó su garrafa de sake y le dio un gran trago –Pero todavía no he tomado mi decisión-

-Baka, el que hayas venido a Kyoto significa que tampoco has dicho que no a la propuesta- regañó Hiko –Estás aquí porque ya tomaste la decisión, viniste a mí para entenderla- agregó en tono sombrío.

Kenshin se encogió más en su lugar, pensando eso. ¿Ya había tomado su decisión? Ciertamente no se había negado y ahora estaba en Kyoto, lo único que debía hacer era presentarse dentro de tres días en el lugar de la reunión. Su Shishou siempre tenía la razón, pero esta vez no ayudaba en nada.

-¿No piensas contradecirme?- rompió Hiko –Ten la decencia de responder a mis afirmaciones, ¿Qué crees que será diferente ésta vez? ¿Esperas solo volver a ser un Hitokiri y asesinar de nuevo?-

-¡Claro que no, Shishou!- replicó Kenshin ofendido por la idea –Tengo una promesa- aseguró -…años atrás le prometí a alguien que no volvería a matar, eso no. Y no pienso romper esa promesa, así vuelva blandir mi espada por una causa mayor…- tomó la sakabatou que estaba a su lado. Observándola por un largo rato.

Hiko no pasó desapercibida la emoción en el tono de voz de su deshi. La decisión que era palpable –Baka, siempre quieres salvar al mundo tú solo…-

-Y dime, Kenshin ¿Cómo podrás hacerlo con una sakabatou? Cualquier oponente no dudará en matarte- había seriedad en su voz. Quería ver si su aprendiz había considerado todos los posibles contratiempos a su casi-decisión. El pelirrojo se tomó su tiempo para contestar.

-Ese será mi problema- contestó –He usado una por años, no debería ser un inconveniente, eso no-

-Por lo que me dijiste, estas no serán simples peleas callejeras, Kenshin- regañó Hiko –Esa espada no te será de mucha ayuda si…-

-Pude derrotar a Makoto Shishio con ésta espada- interrumpió el pequeño hombre antes de que su maestro siguiera dándole puntos negativos. Suspiró –Confío en eso-

Con la mano, Hiko masajeó su sien izquierda -¿Kami, por qué tengo que lidiar con esto?- Le dio otro trago a su garrafa de sake que ya estaba casi vacía todavía sin despegar la mirada de su deshi.

Todo iba a empezar de nuevo. Lo admitiera o no. Quizás sería parecido a la última vez, pero esta vez su baka deshi había sido más inteligente y no había venido a tratar de convencerlo de que lo que estaba haciendo era bueno y por un bien mayor. Esta vez, había venido a pedir su consejo –aunque había estado a punto arrepentirse- pero había ido hacia él. Todavía con esa tonta idea de tener su aprobación.

Nunca lo admitiría frente a Kenshin, pero sentía cierto orgullo por eso. Que todavía lo tomara en cuenta.

Pero al mismo tiempo tenía el presentimiento que de alguna forma, esto no terminaría bien. Algo tan grande como una nueva revolución no se podría mantener por mucho tiempo en las sombras, aunque lo intentaran con todos sus esfuerzos. Y cuando todo saliera a la luz…

-¿Qué piensa la chica Kamiya sobre esto?- cuestionó suavemente. Aún así, pudo ver como algo se oscureció dentro de los ojos del pelirrojo. Un dolor que trataba de esconder en el fondo de su ser, pero que era tan delicado que podía ser traído a la superficie con un solo pensamiento.

-Como lo sospechaba…-

-Ella…no… lo sabe, Shishou- respondió finalmente. Sus manos hechas puños sobre su hakama –Y preferiría que se quedara así-

Hiko enarcó una ceja con escepticismo.

-A pesar de su cara, ella no es tonta, Kenshin. Tarde o temprano lo notará- el rurouni trató de ignorar ese hecho -¿Piensas arriesgar la poca paz que ganaste en 11 años, por una nueva e inútil lucha?... Baka- agregó al final en un susurró ahogado por el sake.

-Y si me quedo sin hacer nada, nadie vivirá en paz- argumentó el pequeño hombre de inmediato.

Los dos se quedaron en silencio una vez más.

-Esto va para largo…- pensó Seijuro Hiko, acercando una nueva garrafa de sake.


El pequeño letrero que se acababa de poner fuera del Aoi-ya estaba dando resultados demasiado rápido. Al parecer la ciudad se estaba quedando corta frente a la demanda de lugares para pasar la noche.

-¡Ah, esto será un gran negocio!- exclamó Misao emocionada al ver a tanta gente entrar y salir del restaurante. Claro que con eso, necesitaría de más ayuda por algunos días.

Kaoru de inmediato se había propuesto a ayudar –para desgracia de Yahiko, también lo había arrastrado a él-. La joven maestra se sentía más cómoda si estaba ayudando en algo mientras estuvieran ahí. No que solo durmieran y comieran gratis.

-¡¿PERO POR QUÉ TENGO QUE USAR ÉSTE DELANTAL?- exclamó el joven cuando Kaoru le llevaba su uniforme de mesero. A la fuerza lo habían hecho usar ese lindo delantal rosa.

Y ahora caminaba entre las mesas, llevando las órdenes de todas las personas. Sonrojándose ante las risas de las mujeres –y de las jóvenes- que lo encontraban objeto de miradas risueñas. Agradecía a Kami que Tsubame no estuviera ahí para ver su vergüenza.

-Tranquilo Yahiko- confortó la joven ninja –Solo usarás ese delantal hasta que consigamos uno blanco-

-¡YO NO QUIERO USAR NINGÚN DELANTAL!- explotó en la cocina del Aoi-ya.

Todos los que alcanzaron a escuchar eso en el restaurante, rieron.


¿Por qué si el clima había estado tan bien, tenía que nublarse ahora? Pensaba que sus pensamientos no podían estar más turbios, que era algo imposible. Pero de alguna forma, las nubes lograban hacer que su estado de ánimo se viera más oscuro. Tal vez lo merecía…

Quizás era una señal para no seguir su camino. Algo que le decía que no debía ir ahí, que no tenía derecho de pedirle ayuda ¿Pero quién más lo podría comprender, mejor que ella? Había visto con sus ojos oscuros, lo que él había sido cuando su nombre infundía miedo en las almas de los más valientes. Sin importar bando.

Pero tras unos momentos de indecisión, comprendió que la lluvia que se acercaba solo decía que su camino no sería fácil. Que él decidiría si parar, o continuar. En años pasados, quizás habría negado una visita a ese lugar. Sin embargo ahora necesitaba de su presencia, aunque fuera solo un recuerdo de su mente.

Necesitaba estar cerca de Tomoe, aunque solo fuera lo un día había sido.

Se arrodilló frente a su tumba.

El viento comenzó a soplar con un poco más de fuerza, removiendo unos pétalos muertos de la tumba de su esposa. Solo atinó a llevarse una mano a su mejilla marcada, como solía hacerlo cada vez que la recordaba.

-Tomoe… ¿Qué debo hacer?- preguntó en voz baja a la piedra frente a él.

Aunque sabía que no había palabras que pudieran responder a su súplica, se quedó ahí. Esperando a tomar una decisión definitiva, orientado por la presencia de ella.

-¿Debo volver?- preguntó de nuevo -¿Debo volver a ser Battousai, para proteger ésta era?-

Ya no sería para destruir una vieja era, eso era seguro. Pero nadie aseguraba que fuera más fácil.

-¿Vale la pena?-

Todas las personas que ahora vivían en paz por su alma condenada en el Bakumatsu. Todas las personas que ahora conocía, los amigos que había hecho en el camino. Los que contaban con él silenciosamente.

-¿Podré hacerlo?-

Regresar a sus viejos hábitos –no a todos, claro- pero a la mayoría de ellos, sin perderse en la locura. Temía terminar siendo un mayor peligro para el gobierno Meiji ¿Y que luego le pasara lo que a Shishio?

-¿Podré mantener mi promesa… anata?-

Esa sin duda, era la pregunta más difícil.

Se escuchó un rugido que amenazó con partir el cielo en dos, pero solo trajo la lluvia. Una densa lluvia que comenzó a azotar todo Kyoto por igual, sin piedad alguna. Grandes gotas caían libres al suelo, erosionando la tierra. Limpiando todo lo que encontraba a su paso, dejando solo un rastro de agua cristalina, corriendo por una leve inclinación.

Él estaba ahí, sin sombrilla, eso no importaba. Su gi completamente empapado, tampoco importaba. Las gotas que recorrían su cara, tratando de limpiar sangre no visible, eran ignoradas completamente.

Simplemente miraba la tumba, esperando que se marcara en ella una respuesta. O que con la lluvia, cayera del cielo una sencilla palabra. Sin embargo no pasaba nada.

-¿Aprobarás mi decisión, sea cual sea? Creo que la sabes. Nadie me conoce mejor que tú…- corrió un empapado mechón de cabello detrás de su oreja –Y sin embargo sigo esperando tu aprobación…-

Era un gesto inútil el seguir sentado ahí, lo sabía. A pesar de pescar un resfriado, no obtendría nada más. Pero Tomoe siempre encontraba la forma de hacerle saber lo que pensaba, sin necesidad de palabras.

-Cuando podía ver tu rostro…-

Se detuvo. A pesar de la humedad y el olor de la tierra mojada, había algo más en el ambiente.

Algo que desenterró viejos sentimientos de culpa y tranquilidad al mismo tiempo. El olor a cerezo blanco y al mismo tiempo, paró la taladrante lluvia sobre su cabeza. Solo sobre su cabeza. Parpadeó un par de veces, mirando confundido a su alrededor.

¿Por qué llovía en todos lados, excepto sobre su cabeza…?

-Shishou…- susurró sorprendido. Al mirar sobre su hombro, se topó con la figura del alto espadachín a su espalda.

Hiko Seijuro no se movió, solo continuó mirando hacia abajo a su deshi, aparentando cierta indiferencia en su mirada. Aunque el hecho de que estuviera ahí, dejara claro que no era indiferencia lo que en realidad sentía. Si no una preocupación muy bien disfrazada. Kenshin lo sabía, Hiko lo sabía. Pero ninguno de los dos tocaría el tema.

Fue cuando Kenshin salió de la sorpresa inicial, que bajo un poco la vista. Había algo doblado en uno de los brazos de su maestro, más preciso, en el brazo izquierdo, porque con el derecho sostenía la sombrilla que los refugiaba de la lluvia. La curiosidad lo llamó, inspeccionando más de cerca aquél objeto. Era algo de tela, color morado.

¿Morado? Seguía habiendo algo que impedía que el pelirrojo lo dejara de ver. Su maestro sonrió muy levemente, su baka deshi se estaba acercando a la conclusión.

Sin embargo el pelirrojo perdió el interés después de unos segundos. Las gotas que seguían escurriendo frente a sus ojos desde su empapado cabello, no lo dejaban ver bien. Sin mencionar lo confusa que estaba su mente sobre su decisión y la presencia de su Shishou, para andar pensando en algo tan insignificante como un chal morado…

La habilidad de respirar de pronto se vio incapacitada. Sus ojos se agrandaron con un gran sentimiento

-¿Un chal morado?...- parpadeó un par de veces incrédulo –El olor a cerezo blanco…- no era un delirio de su mente, no se lo había imaginado –El chal morado de Tomoe…-

A pesar de estar sorprendió, ninguna pregunta se formó en su cabeza. Creyó que los recuerdos lo llenarían uno a uno y ese sería su último paso a la locura. Pero al contrario de todo, sintió una inmensa tranquilidad y un calor envolvente.

Ahora sí volvían los recuerdos, los motivos por los que había tomado su espada, por los que había desobedecido a su Shishou. Las razones por las que se había condenado él solo a esa vida, de asesino de las sombras –Proteger al inocente-. La razón por la cual le había hecho esa promesa a Tomoe.

Ella lo había protegido, ella lo había vuelto al camino correcto que no conducía a la segura perdición.

Y se juró que su sacrificio nunca sería en vano. Que mientras siguiera vivo, protegería a todo el que pudiera sin matar.

-Participar en este nuevo problema es algo que debo hacer ¿Cierto?- sonrió para sí mismo. Una vez más lo había ayudado a salir del problema, sin conducirlo a la demencia.

Hiko no podía estar muy contento por esa decisión. Sabía que su baka deshi se metería en más problemas de los que él mismo resolvería, la experiencia pasada se lo decía. Pero debía concederle un punto, ya no era el niño 14 que había dejado su montaña, para introducirme a un mundo oscuro y violento, sin ningún conocimiento o armas a su favor, más que su destreza con la katana. Ahora sabía lo que debía y lo que no debía hacer. Conocía sus límites, a sus contrincantes. Y tenía un motivo más sólido por el cual luchar, no solo por el inocente. No, ahora lo hacía por un grupo un poco más reducido, que lo ayudarían a salir del pozo más profundo.

Le entregó a su deshi el chal morado. De inmediato se leyó la pregunta en los ojos de Kenshin.

-Cuando escuché que Hitokiri Battousai había desaparecido en Toba-Fushimi, algo me guió al lugar donde te encontré por primera vez. Al lugar donde te tomé por mi baka deshi- el maestro de las espadas miró hipnotizado la lluvia. Pensando en aquél momento –Y encontré esto- señaló –Colgando de una cruz, detrás de tres rocas-

El pequeño hombre pelirrojo sonrió agradecido. Quizás su maestro sí lo sabía, pero no se podía imaginar cuánto le hubiera hecho falta ese chal, para mantener su promesa en pié, ante cualquier adversidad.

Hiko Seijuro se preparó para irse. Él ya había hecho su parte, todo lo demás quedaba en manos de Kenshin.

-Suerte, baka- murmuró


¿A dónde iba? El día había llegado, la hora se acercaba. Una excusa y se pudo deshacer de preguntas innecesarias por su larga desaparición de ahora en adelante. Las calles de Kyoto en sí se veían más desiertas que en las últimas horas. Eso significaba que todos estarían reunidos, en un punto o en otro. Deseaba fervientemente que fuera en su mismo bando.

Recordar tus motivos.

No olvidarlos nunca.

Y pelear por el que te necesitara.


Holaaa! -any se esconde debajo de la mesa- !GRACIAS POR HABER LEIDO! In english o en español. You´re welcome to review as long as you want! Todo tipo de reviews, menos los asesinos -bueno, quizás- son bienvenidos! :D

Próximo capítulo: Sabremos quiénes volvieron, de qué lado. Grandes reencuentros! Ushiro, Kenshin, Sanosuke, 6 miembros del Shinsengumi y más!

Regalo la wakisashi de Battousai -réplica- a todos los que dejen review :D

any