DOS
BONNEFOI
El día siguiente, Francis observaba con una sonrisilla cómo Arthur luchaba contra las protestas de Alfred mientras desvestía al chico, que no paraba de retorcerse. Era un cuidador pésimo, resultaba obvio que no tenía experiencia con niños.
"¿Acaso no tienes hermanos o familiares pequeños?", se preguntó, pensando en su propia familia: sus primos adoptivos (los dos italianos no eran mucho mayores que Alfred y Mathieu, pero sí igual de enérgicos).
Francis soltó aire en una risa reprimida cuando Alfred pegó a Arthur en la cara, provocando un gemido por parte de ambos.
—¿Qué pretendes hacer? —preguntó.
—¿A ti qué te parece? Estoy intentando… ¡Ay, joder!... darles un baño —respondió Arthur, quitándole bruscamente la camisa a Alfred.
El niño agitó los puños, su cara roja de ira, y proclamó con una voz chillona que odiaba los baños. Por el contrario, Mathieu no había protestado en absoluto: estaba sentado en silencio, envuelto en una colcha, esperando nuevas instrucciones por parte de Arthur, como si ya hubieran hecho eso antes. Se portaba muy bien, pero no había dicho una sola palabra todavía, y eso inquietaba a Francis. Jamás se había topado con un niño tan callado y estaba preocupado por su salud. Era una criatura muy pequeña que parecía enferma. Honestamente, Francis no sabía si era una enfermedad o simplemente el carácter habitual de Mathieu, pero tendía a creer lo primero.
Una gran tina de cobre estaba en medio del camarote, soltando vapor por el agua caliente (el grumete había tenido que ir y venir varias veces hasta llenarla). Arthur alzó primero a Mathieu:
—Muy bien, adentro…
—Capitaine, espera… —empezó Francis, pero demasiado tarde.
Mathieu chilló cuando sus dedos rozaron la superficie, como si ardiera. Arthur lo apartó con rapidez y lo sostuvo en alto, sorprendido. Alfred, como siempre el protector infalible de su hermano, pateó a Arthur en la espinilla y aulló:
—¡Suelta a Mattie!
En inglés parpadeó y miró alternativamente a Alfred y a Mathieu, cuyos ojos estaban fuertemente cerrados. Francis suspiró.
—No puedes meter a un bébé en esa agua, está muy caliente para él. Su piel es très sensible —explicó—. Míralo, está rojo como una remolacha. Has asustado al pobrecito.
—Lo… lo siento, no pensé que… eh… —Arthur farfulló a modo de disculpa.
Volvió a envolver a Mathieu en la colcha y lo sentó, dejando que Alfred lo consolara. Éste acarició la espalda de su hermano y clavó una mirada acusadora en Arthur.
"Buena suerte para meterlos ahora en la tina", pensó Francis, sabedor de lo cabezotas que podían ser algunos niños.
—¿Necesitas mi ayuda, Capitaine? —preguntó, por el bien de los niños.
—¿Qué? ¿Dejarte salir? —Arthur miró con escepticismo al prisionero— ¿Te crees que soy imbécil?
Francis suspiró, exasperado.
—Estamos en un barco, ¿dónde podría ir? No creerás que estoy tan desesperado por librarme de tu compañía como para tirarme por la borda, ¿no? Mira —añadió con sosiego—, obviamente nunca antes te has ocupado de niños, no lo pagues con ellos por desprecio hacia mí. Déjame ayudarte. He cuidado de muchos bébés antes, je adore les enfants —repitió con seriedad.
Arthur reflexionó durante un tenso minuto; Francis pensó que parecía arrepentido.
—Está bien —accedió por fin.
Abrió la celda y dejó salir a Francis, advirtiéndole que no intentara escapar. Francis lo ignoró y se centró en los dos adorables niños que estaban sentados en la cama del capitán.
—Bonjour, mes chéries —dijo, arrodillándose para estar a su nivel.
Alfred apretó la mano de Mathieu y respondió:
—Howa, señor fwancés.
Francis apretó los labios, divertido. Le lanzó una mirada a Arthur, pero él estaba sentado a su escritorio, solemne. Francis habló con los niños (bueno, habló con Alfred; habló a Mathieu, que no respondió) mientras esperaba a que el agua se templara. Alfred era receptivo a su amigable charla, pero Mathieu mantuvo su mirada baja. Era un pequeño con mucha determinación, de voluntad firme. Los moretones de su piel sugerían que su silencio era un mecanismo de defensa, así como la (adorable) agresividad de Alfred. Así que Francis empezó con Alfred, con la esperanza de que ver a su hermano limpio y alegre animaría y relajaría a Mathieu. Francis metió a Alfred en la tina y frotó su piel, haciendo que el niño riera y chapoteara; contuvo el aliento cuando Francis rozó su mejilla, ahora hinchada, y el corazón del francés se llenó de pena. Él nunca había sido golpeado cuando niño. Al contrario, había sido bastante mimado. Sabía que había vivido una infancia privilegiada y que debido a ello era fácil olvidar que no todos habían crecido queridos y a salvo; como Arthur, por ejemplo. Francis secó a Alfred y dejó que se vistiera ("Puedo veftirme solo", dijo orgulloso); luego alzó a Mathieu, que se tensó.
"¿Tiene miedo? ¿O le duele?… Ambas"
Mientras limpiaba la piel de Mathieu, Francis sintió que enfermaba de aflicción: el niño había sufrido brutales abusos. Las lágrimas llenaban sus ojos violetas y se mordía los labios para no emitir ni un sonido.
"No confías en mí, ¿verdad? Eres un chico listo, no te vas a dejar engañar por sonrisas y palabras amables."
Era triste; aún más triste era que Mathieu no se resistiera. No había espíritu de lucha en él. Para distraer a ambos, Francis hablaba sin parar:
—Mathieu, eres un niño adorable. Tienes unos rizos preciosos; pelo francés, ¿te lo ha dicho alguien alguna vez, chéri? ¡Y esos enormes y llamativos ojos! Tú y Alfred sois guapísimos —sonrió.
Alfred bostezó y trepó a la cama de Arthur, donde se deslizó debajo de las sábanas y se preparó para la siesta. La vieja y raída camisa que llevaba lo enterró.
Mientras Francis vestía a Mathieu, Arthur dijo:
—Voy a pedir comida a la cocina, ¿qué deberían comer? —preguntó, confiando en la experiencia de Francis.
—Verduras, si hay. Parecen malnutridos, necesitan vegetales. Y medicina —añadió—. Tiene fiebre —explicó, sosteniendo a Mathieu.
Arthur colocó una mano en la frente de Mathieu, fingiendo mera curiosidad (y fracasando por completo). Estaba preocupado.
—Vale, está bien. Vuelvo enseguida. No te muevas de aquí, comerranas.
Francis puso los ojos en blanco. Acunó a Mathieu, quien se recostó sobre su hombro, y se paseó por el camarote.
"Me pregunto qué piensa hacer con ellos", pensó en Arthur. "¿Pretende adoptarlos?". Era poco probable, pero un parte de Francis deseaba que lo hiciera. "No es tan mal padre como cree, al menos sí que se preocupa por ellos. Es mucho mejor que la alternativa."
Odiaba la idea de Alfred y Mathieu siendo abandonados como perros, como él había sido. Había tenido la suerte de ser acogido por una familia amable, pero eso no cambiaba el hecho de que había estado -y seguía estando- solo en el mundo. Cambió de posición a Mathieu, que se había sumido en un sueño irregular. Le gustaba sostener al niño; le gustaba sentirse necesitado.
Cuando Arthur volvió con una bandeja y una sopera, Francis preguntó:
—¿Vas a adoptar a los niños cuando volvamos a Inglaterra?
—No, claro que no. No podría, realmente, yo… No es de tu incumbencia —se escabulló. Mientras hablaba se sentó en la cama y peinó un mechón rebelde de Alfred; paró en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo—. Para cuando lleguemos a Inglaterra, ya habré perdido más de un mes de tiempo y energía en hacer de niñera. No puedo adoptarlos. Mi vida está en la marina, después de todo. No puedo simplemente…
Alfred bostezó y estiró sus rechonchos bracitos. Francis sonrió ante la vacilación de Arthur.
—Son preciosos, non?
La pálida y pecosa cara del inglés se había suavizado considerablemente. Miró de Alfred a Mathieu, en los brazos de Francis.
—Parecen tan… desvalidos —dijo con lástima.
—Non —Francis discrepó—. Son jóvenes, pero estos dos ya han visto el lado oscuro de la vida. No están desvalidos, pero necesitan ser cuidados. Se merecen un hogar —comentó poco indirectamente—. No los llevarás a un orfanato, ¿verdad?
Como un niño adoptado que era, Francis se sentía especialmente cercano a los huérfanos y no podía soportar la idea de Alfred y Mathieu creciendo sin un hogar y una familia que los quisiera.
—Hay demasiada gente cruel en este mundo a la que le gusta herir a niños indefensos, especialmente a los que no tienen a nadie que los proteja —añadió, mirando fijamente a Arthur.
Realmente no podía hacer más claras sus intenciones: quería que el inglés se sintiera culpable y reconsiderara sus planes de abandonar a los niños. Sin familiares o un apellido, estaban perdidos.
—¿Y bien…?
Después de una larga pausa, Arthur dijo:
—Sí, ya lo sé —y después señaló a la sopera—. No es exactamente fresco, pero es toda la verdura que había. Hay suficiente para ti, así que come —añadió.
Y se fue.
KIRKLAND
Arthur dejó que la brisa marina limpiara su mente. Olía a sal, las gaviotas chillaban sobre su cabeza; no estaban muy lejos de la costa. En cubierta, su tripulación trabajaba con diligencia, como una máquina. El capitán Kirkland mantenía su navío bien ordenado y sus hombres eran tan obedientes como se esperaba de militares. Allí, junto al timón de The Rose, confiaba en su juicio. Sabía lo que hacía; llevaba años haciéndolo. Pero cuando estaba solo en su camarote, con un pirata burlón y dos niños que apenas habían dejado de llevar pañales, entonces no lo sabía. Era terreno inexplorado.
Su familia nunca había sido doméstica. Su madre había muerto joven, justo después de que su hermano pequeño naciera, y su padre… Bueno, en realidad Arthur no estaba seguro de quién era su padre. Sus tres hermanos mayores parecían recordar a un hombre al que habían llamado padre, pero Arthur no. Parecían sospechar algo sobre su ascendencia que él mismo ignoraba. Pero el hecho de que fuera o no su medio hermano no cambiaba nada. Los cinco hermanos habían sido enviados a vivir a diferentes rincones de las Islas Británicas a una temprana edad. Arthur había sido mandado a una escuela naval cuando tenía siete años. Nunca había tenido el hogar o la familia que Francis sí había disfrutado.
"Pero no importa, he sobrevivido muy bien por mi cuenta. Siempre he estado solo, aislado. Puedo cuidar de mí mismo. Soy el más exitoso de mis hermanos, después de todo… Y el más solitario."
Su fanfarronería desapareció. No podía mentirse a sí mismo y negar que a veces deseaba no dormir solo. Deseaba tener algún lugar, alguna persona a la que regresar. Alguien que lo esperara.
Alguien que lo quisiera.
Pensó en Francis sosteniendo al pequeño Mathew y en lo extrañamente tierno que había sido; y en Alfred estirándose en sueños.
Arthur sacudió la cabeza y volvió al trabajo.
Era tarde cuando volvió al camarote, pero Francis seguía paseando de un lado para otro, meciendo a Mathew mientras lágrimas rodaban por las pálidas mejillas del chico. El corazón de Arthur se tensó de miedo y corrió hacia ellos por reflejo. Tocó la frente del niño: estaba caliente y sudorosa.
—¿Le has dado de comer? ¿Ha bebido suficiente? ¿Le has dado la medicina? ¿Por qué no mejora? ¡Parece que está empeorando!
—Oui, le he dado la medicina, pero no quiere comer. Creo que es un golpe de calor. Lo encontraste en una buhardilla en la isla, ¿verdad? ¿Con este calor? El pobre está deshidratado, y ese baño caliente no ha ayudado. Necesita dormir, pero está demasiado inquieto. Me siento fatal, ojalá pudiera hacer algo para aliviar su malestar. ¡Eh!
Sin previo aviso, Arthur arrancó a Mathew de los brazos de Francis. Éste empezó a protestar e intentó recuperar al niño, pero Arthur lo chistó.
—Empiezas a estar ojeroso. Duerme un poco, yo cuidaré de él. ¿Has comido?
Francis cedió, hundiendo los hombros. Asintió.
—He comido antes con Alfred, él se ha vuelto a dormir. Duerme mucho —señaló la cama—. Merci, Capitaine.
Arthur siguió a Francis con la mirada mientras éste se arrastraba de vuelta a su celda y se tumbaba en el catre, dando la espalda a la puerta. Se planteó cerrarla, pero no lo hizo. En su lugar se centró en Mathew e intentó calmarlo acariciando su espalda.
—Está bien, chaval. Ya sé que duele —él mismo había experimentado un golpe de calor la primera vez que había navegado por el Caribe—, pero vas a estar bien —"espero"—. No te asustes, sólo descansa. Te tengo. No voy a dejarte solo.
Suavemente se sentó en la cama junto a Alfred, que rodó. Arthur estaba agotado, pero Mathew se había adherido a su cuello. Le dio de beber agua en grandes cantidades y peinó su sudoroso flequillo. Agradeció que Mathew por fin se quedara dormido sobre su pecho. Era una posición nada cómoda, el cuerpecito ardía, pero Arthur no quería moverse y arriesgarse a despertarlo. Para hacerlo aún peor, Alfred se acurrucó contra Arthur y lo abrazó, babeando.
"Ma cago en… Esta noche va a ser muy larga."
BONNEFOI
Francis se despertó por la noche. El aire del camarote estaba viciado, por lo que se levantó a abrir la ventana. Fue entonces cuando los vio: Arthur y los niños dormidos en la cama del capitán. Era una escena muy dulce, los tres dormían plácidamente (a pesar de la fiebre de Mathieu y la extraña postura de Arthur). Francis se tomó la libertad de secar la frente de Mathieu, de recolocar los brazos de Alfred en su enorme camisa y -aunque dudó- de deslizar una almohada bajo la cabeza de Arthur. Tocó la sien del inglés y apartó su pelo rubio, suave como una pluma. Su piel era pálida, pecosa y fría al tacto, pero suave. Sus pestañas proyectaban sombras alargadas sobre las mejillas.
"Pareces agotado", pensó Francis.
Era raro, sentir simpatía por su captor, pero no molesto. El capitán no era el villano que se había imaginado. Arthur actuaba como un tipo duro, pero era -sorprendentemente- una persona de buen corazón. Nunca había abusado de su posición, que era más de lo que Francis se había esperado de la Marina Real. Arthur Kirkland podía ser un poco negligente -inexperimentado, incluso-, pero desde luego no era cruel. Era joven, apasionado (arisco) y estaba dispuesto a probar su valía ante sus superiores.
"Es bastante mono", pensó Francis, mirando al inglés. "Y atractivo."
Arriesgándose, extendió la mano y deslizó su dedo sobre el rostro de Arthur, apenas rozando sus labios. Se apartó cuando Arthur de repente inhaló y murmuró incoherencias en sueños, con los ojos fuertemente cerrados. Se movió e inconscientemente abrazó a Mathieu contra su pecho. Francis torció la cabeza con curiosidad.
"No duermes muy bien, ¿eh, Capitaine? Estás intranquilo, inquieto. Necesitas relajarte", pensó, mientras peinaba con suavidad el pelo de Arthur, que había vuelto a caer sobre sus ojos. "Y necesitas un corte de pelo", añadió, y suspiró.
Se inclinó y besó la cabeza de Mathieu, luego la de Alfred.
—Bonne nuit, chéris.
Luego volvió a su celda.
KIRKLAND
—¿Que quieres cortarme el pelo? —preguntó Arthur, incrédulo.
Estaba agarrando a Alfred por la rodilla, abrochándole la camisa mientras el niño protestaba: "¡Puedo hacerlo yo!".
—Aunque aprecio el ofrecimiento, comerranas —dijo con sarcasmo—, creo que paso. Además, estaba pensando en, quizás, dejarme crecer el pelo.
Francis sonrió ante la timidez del inglés.
—Capitaine, no te lo tomes a mal, pero no tienes los rasgos adecuados para llevar el pelo largo como yo.
Burlón, Francis jugueteó con sus bucles rubios. Arthur frunció el ceño.
—Tienes una cara bonita, no la escondas —dijo Francis—. Además, así está muy revoltoso —tiró de un mechón como indicación—. Déjame cortarlo.
Alfred reía mientras correteaba de un lado para otro. Había colocado las piezas de ajedrez como dos ejércitos y jugaba con ellas como si fueran soldados, avanzándolos sobre el suelo. Mathew yacía en la cama, mirándolo con una sonrisita cansada. El barco zozobró a causa del oleaje; Alfred perdió el equilibrio y se golpeó contra el armario.
—¡Alfred, cuidado! —exclamó Arthur y se lanzó adelante por puro reflejo.
Pero Francis tiró de él, riendo entre dientes, y lo sentó en la silla del escritorio, donde lo mantuvo sujeto por los hombros.
—No estoy muy seguro de esto… —murmuró Arthur, mirando fijamente las tijeras y la cuchilla de afeitar en las manos de Francis.
—¿Por qué?
Bromeando, Francis colocó la cuchilla junto a la garganta de Arthur. Se inclinó y, con sus mejillas casi tocándose, susurró:
—¿De qué tienes tanto miedo? ¿No confías en mí, Capitaine?
A pesar de la tensión, Arthur sintió que se le cortaba la respiración. Francis tenía una voz preciosa -o francesa, que es lo mismo-. Era ronca y seductora. ¿Era raro que sintiera más ansiedad por la cercanía de Francis que por la cuchilla sobre su cuello?
—Empieza de una vez, maldito cabronazo.
Intentó ignorar la sensación de los expertos dedos de Francis peinando su pelo y tocando su cuello. Intentó ignorar lo bien que se sentía. Algunos mechones de pelo rubio caían sobre sus hombros mientras las tijeras cortaban con maestría, pero Francis los barría con la mano. De repente, sin previo aviso, se inclinó y sopló para quitar pelo de la nuca de Arthur; su cálido aliento golpeó la piel del inglés. Arthur inspiró profundamente y sostuvo su aliento. El corazón le latía desbocado. Apretó las manos en su regazo, intentando mantener la compostura, pero una sensación familiar corrió por su estómago.
"Oh, mierda."
Intentó reprimirla antes de que Francis lo notara, pero…
—¿Tú tambwién estás malo, Señor Capitwán? —preguntó Alfred con curiosidad; y señaló— Tu cawa está toda woja.
Francis soltó una risita. Arthur enrojeció aún más.
—Estoy bien, es sólo que hace mucho calor aquí. ¿Has terminado?
Juguetón, Francis revolvió el pelo recién cortado de Arthur.
—Oui, he terminado —respondió, sosteniendo consideradamente un espejo ante él— Bueno, ¿te gusta?
Arthur miró su reflejo: ahora se veía mucho más su cara pecosa, que le cohibía bastante (odiaba sus pecas). Pero tenía que admitir que el francés era un estilista bastante hábil. El nuevo estilo pegaba con sus rasgos, le quedaba bien.
—Está bien —respondió sin miramientos.
—Oui, estoy de acuerdo —sonrió Francis—. Ahora se te pueden ver los ojos.
Arthur tragó saliva. Alfred dijo:
—Estás wojo otwa vez, Señor Capitwán. A lo mejor debewías tumbarte con Mattie.
Los días se convirtieron en semanas y Arthur consiguió mantener a los niños en secreto para todos salvo para el cocinero ("Necesito que cocines para cuatro, no para uno"), el médico ("Ya no tienen fiebre, pero necesitan un médico para estar seguros") y el grumete, al que le gustaban mucho los niños ("Capitán, ¿son sus hijos?"… "Eh, sí, pero no se lo digas a nadie. Los llevo de vuelta a Inglaterra"). Arthur seguía trabajando durante largas horas, olvidándose de dormir. No le gustaba dejar a la tripulación gobernarse a sí misma, pero empezó a pasar un tiempo extraordinario trabajando en su camarote. Además de capitanear la nave, había decidido que los niños necesitaban alguna estructura en sus vidas, lo que se convirtió en lecciones. Francis y él se turnaban para enseñar a los niños a leer y escribir (Arthur en inglés, Francis en francés), matemáticas, geografía y -ya que lo tenían tan fácil- ciencia relacionada con la vida en el mar. Aprender era bueno para los niños y les daba (a ellos y a Francis) algo que hacer.
Una noche, Arthur regresó tarde a su camarote y se encontró con la ventana abierta y a Francis sosteniendo a los niños por sus tripas, sentados en la repisa. Estaba señalando a las estrellas.
—¡Mira, mira, Capitwán! —exclamó Alfred, excitado— ¡Esa se llama la Estwella Polar!
—¿En serio? Eres muy listo, Alfred —lo felicitó Arthur; el pecho del niño se infló de orgullo—. ¿Tú también estás aprendiendo las constelaciones, Mathew?
Mathew asintió, hipnotizado por el cielo nocturno.
—¿Crees que hablará algún día? —preguntó Arthur a Francis más tarde, cuando los niños ya estaban dormidos— No tiene ningún problema físico, ¿verdad? El médico dijo que estaba bien, pero… —le preocupaba lo que el padre del chico le había hecho— No está bien —Arthur apretó los puños. Pensar en Serge lo ponía furioso: odiaba a ese hombre. "¿Cómo puede alguien ser tan cruel con sus propios hijos?"
—Creo que Mathieu estará bien —lo tranquilizó Francis—. Es joven y está traumatizado, pero saldrá adelante si lo cuidamos… —se detuvo. La tristeza inundó sus ojos azul zafiro, pero antes de que Arthur pudiera decir algo, cambió de tema. Sostuvo frente a él el cuaderno de ejercicios del niño para enseñárselo— ¿Lo ves? Mathieu es un chico listo, sólo tiene cuatro años pero ya puede escribir en Anglais y en Français. Palabras simples, por supuesto, pero es más que muchos niños de su edad. Es très bueno escuchando y tiene buena memoria, recuerda casi todo lo que le enseño. Alfred, en cambio, prefiere hacer las cosas a su manera —Francis rió con suavidad—. Es tan inteligente como Mathieu, pero no está ni por asomo tan interesado en aprender. Recuerda sólo lo que le interesa y es impaciente. Por mucho que intento enseñarle, no quiere aprender francés —suspiró, apenado—. Es una verdadera pena, porque tiene mucha energía. Es fuerte. Quiere hacerlo todo físicamente, no académicamente. Le encantaría salir a cubierta y aprender cómo manejar un barco, Capitaine…
—No, definitivamente no —interrumpió Arthur, devolviéndole el cuaderno—. Es muy peligroso sacarlos a cubierta. Además, no quiero que todos se enteren de esto— "y de ti", añadió en su mente.
Su tripulación ya pensaba que era extraño que Arthur quisiera mantener a Francis tan cerca. ¿Qué pensarían si supieran que se movía libremente como un invitado y no como un prisionero? Si fuera una mujer, a nadie le importaría. Pensarían que era simplemente una compañera de cama -criminal o no- y no harían preguntas. Pero no era una mujer. Era un hombre. Y la sodomía era ilegal.
Arthur Kirkland había sido siempre -o casi- un ciudadano que respetaba las leyes. Lo hacía porque su carrera, su futuro éxito, dependía de ellos. No obstante, ver a Francis enseñar y preocuparse por los niños; verlo pasearse por el camarote (y dejarlo todo hecho un desastre, ¡era tan desordenado!); verlo sentado ocioso junto a la ventana con la cabeza ladeada y un libro en el regazo, hacía que el corazón de Arthur se ablandara por él. La verdad, se había acostumbrado a la presencia constante de Francis en el camarote y se sentiría solo sin él. Seis semanas era un largo tiempo para navegar, a fin de cuentas, y Arthur no tenía confianza con ningún miembro de su tripulación. Prefería mantener el aire de autoridad en cubierta, y éste era a lo mejor el motivo por el que se sentía tan a gusto con Francis y los niños, porque podía ser una persona distinta con ellos. "¿Es éste quien soy de verdad", se preguntó mientras miraba a Francis dar a los niños un beso de buenas noches.
Estaba agradecido por la ayuda de Francis con los chicos. Arthur no podría haberles dado ni la mitad de cuidados y atención por sí solo, cosas que necesitaban a tan temprana edad. Pero el francés estaba más que contento con llenar el vacío que dejaba Arthur: le encantaba jugar a ser padre. Además, los niños respondían con mucho entusiasmo. Francis los adoraba y ellos a cambio lo querían.
"¿Y por qué no?", pensó Arthur, sintiéndose ligeramente celoso. "Es la clase de persona a la que es fácil querer."
—Bonne nuit, Capitaine —dijo Francis, volviendo a su celda.
Se detuvo en la entrada y miró a Arthur por encima del hombro, con su pelo brillando a la luz de la luna. Hacía que su barba incipiente pareciera de plata.
—Asegúrate de comer algo decente y dormir un poco, enfermarás si no lo haces. Pareces agotado, demacrado —recicló las palabras de Arthur.
Aquello molestó a Arthur.
"Puedo cuidar de mí mismo, no te necesito revoloteando a mi alrededor como una maldita mamá-gallina"
Pero enseguida se calmó y cedió al consejo de Francis. Estaba bien saber que alguien se preocupaba por él, incluso si era poco familiar. Incluso si era un pirata francés. No podía negar que Francis tenía razón: estaba ciertamente agotado. Arthur sentía el cansancio hasta en la médula de los huesos. Pero aún no podía dormir, había trabajo que hacer.
Siempre había trabajo que hacer.
BONNEFOI
—En serio, Capitaine, vas a enfermar —lo regañó Francis.
Ignorando su espacio personal, colocó su mano en la frente de Arthur. El rostro del inglés estaba completamente ruborizado salvo por las ojeras bajo sus ojos. Había perdido peso en las últimas semanas, lo que (siendo como era, ya demasiado delgado) no se podía permitir, y estaba fumando más de lo habitual para liberar estrés. A ese ritmo, se iba a quedar sin cigarrillos mucho antes de que The Rose llegara a puerto.
—Por favor, come algo que no sea ni tabaco ni licor —siguió, arrancando el cigarrillo de la mano de Arthur y tirándolo por la ventana, lo que provocó una oleada de indignación en Arthur.
—¡Ey! ¡No me digas lo que tengo que hacer, maldito comerranas!
Los ojos verdes del inglés brillaron intensamente, faltos de sueño. Estaba estresado, dispuesto a iniciar una pelea sin motivo alguno. Francis ya se había acostumbrado a discutir con Arthur, hasta había llegado a disfrutarlo, pero Arthur estaba tenso. Cada vez que Francis se acercaba demasiado o lo tocaba se volvía hostil, enrojecía y rechazaba su ayuda
"Estoy seguro de que no me odia", pensó Francis. De ser cierto, no le estaría permitido estar fuera de su celda. "Está cansado, pero actúa extraño hacia mí. Una de dos, o valora su espacio personal mucho más que la gente normal o le pasa algo. ¿Debería preguntarle?", se preguntó, intentando resolver el rompecabezas.
La respuesta le llegó un día después cuando, por accidente, Francis chocó con Arthur y ambos cayeron al suelo. Hacía mucho viento y las olas balanceaban el barco, desafiando al equilibrio de incluso un capitán de la marina. Por acto reflejo, Francis colocó su mano entre la cabeza de Arthur y el suelo para evitar que se hiciera daño al chocar. Y al hacerlo, se encontró envuelto alrededor del delgado cuerpo del inglés. Extremidades enlazadas, rostro frente a rostro, y Francis, nervioso, sintió que su corazón martilleaba. Se preguntó si iba a gritarle, pero era una preocupación superficial y forzada para intentar distraerlo del verdadero centro de su atención: lo bien que se estaba con el cuerpo de Arthur bajo el suyo. Desde tan cerca, Francis podía contar las pecas en la perfecta piel (le encantaban esas pecas). Podía sentir el aliento de Arthur sobre sus labios, y podía ver la incertidumbre en esos preciosos ojos verdes. Podía sentir el pecho de Arthur subiendo y bajando rápido, su corazón latiendo y… Oh.
—¡Q-quita de encima! —chilló Arthur, empujando a Francis por el pecho; al intentar liberarse, se retorció y apretó la evidencia de su deseo contra el muslo de Francis— ¡Joder! ¡Que te quites!
—Désole —dijo Francis, incrédulo, mientras se levantaba con rapidez—. Las olas, no era mi intención… Ha sido un accidente —se disculpó—. Je suis désole.
—¡Vale, lo que sea! —gruñó Arthur, enrojeciendo de la vergüenza, y se puso en pie encarando la ventana.
Esa noche, Francis no podía dormir. Yacía bocarriba en su catre, con los brazos doblados bajo la cabeza, intentando no mirar al otro lado de la habitación, donde Arthur dormía irregularmente. No podía parar de pensar acerca de lo maravilloso que había sido sostener a Arthur, o lo adorable que era su timidez. Lo había cogido por sorpresa, cierto, pero Francis deseaba no haber reaccionado tan ingenuamente a la erección de Arthur, como un adolescente inexperimentado. Tal vez sólo estaba desesperado por algo de sexo, pero no podía negar que todo el incidente había solidificado un sentimiento que llevaba combatiendo semanas: quería follarse al Capitán Arthur Kirkland. Mucho. Sólo pensar en ello después de llevar tanto tiempo de sequía le hizo endurecerse.
"Joder, me mataría si lo supiera", pensó mientras llevaba su mano a su entrepierna.
Se mordió el labio para mantenerse en silencio y gruñó suavemente mientras trabajaba, pero obtuvo poca satisfacción de su propio esfuerzo.
—Merde —susurró.
"¿Esto es todo? ¿Voy a ir al cadalso jodidamente empalmado porque llevo demasiado tiempo sin sexo?"
No era la manera más digna de morir (ni la más posible). Frustrado, Francis rodó y se quedó cara a la pared.
Llevaba un tiempo sin pensar en su muerte acechante, demasiado distraído por Arthur y los niños. Un mes atrás, si alguien le hubiera preguntado si tenía miedo a morir, habría respondido "Non" y habría sido verdad. Después de todo, había dejado el Mediterráneo con toda la intención de morir. No es que se hubiera convertido en pirata porque le importara su vida, pero ahora ya no estaba tan seguro. Desde que había abandonado Europa, algo había cambiado: tres algos, de hecho.
Y estaban todos dormidos en la cama del capitán.
