Disclaimer: Los personajes de Supergirl no me pertenecen (AU).
Capítulo 3
Las verdades duelen
Las miradas de Cat y Kara se cruzaron. La más joven vio la verdad en los ojos de la mayor, por lo que se soltó de su agarre como si éste quemara. Era como verse en un espejo. Siempre había conseguido sacar a relucir todos sus anhelos.
—¿Olvidar? No soy yo la que ha pasado página.
—Como veo que soy muy importante me voy a dar un garbeo, a ver si puedo robar algo —dijo Sam sabiendo que no la estaban escuchando—. O tirarme al hermano de Lena.
Nada, no obtuvo ninguna reacción por su parte, así que tras encoger los hombros se mezcló entre los invitados.
Cat le indicó a Kara con un gesto el balcón para que la siguiera. Después corrió las cortinas tras ella, no sin antes comprobar que nadie las había visto abandonar el centro del salón.
—Puedes engañarte todo lo que quieras —comentó mientras observaba los reflejos luminosos que la luna despertaba en las ventanas de los edificios contiguos.
—Te ruego que no vayas por ahí. Nunca me he engañado. Siempre he tenido claro lo que siento. Siempre.
Kara se puso a su lado, apoyando las manos sobre la barandilla que la separaba de una caída segura.
—Pues quién lo diría —replicó Cat con cierta malicia. No entendía la negativa de Kara a luchar por lo que quería. Ella había renunciado al amor centrándose en su trabajo y sí, había triunfado, estaba en la cúspide, pero no había nadie que la acompañara para mirar el suelo desde las alturas. Y una mano, una mano a la que agarrarse, era lo que a veces echaba en falta. Alguien al que sentirse aferrada, alguien que la sujetara, pero supiera también dejarla libre.
—No sabes de lo que hablas —le reprochó Kara sintiéndose dolida. No era tan fácil para ella abrirse a los demás. No era humana. Estaba acostumbrada a no mostrarse vulnerable, a ser un ejemplo de fortaleza.
—Le rompiste el corazón. Yo misma vi como trataba de recomponerlo.
Cat sabía que sus palabras eran hirientes, pero era la única manera de hacer que algo en el interior de Kara saltara.
—No estaba enamorada de mí. Estaba enamorada de ella —pronunció las últimas palabras en apenas un susurro. Verbalizar su dolor le costaba horrores. Darles un sonido a sus pensamientos los hacía reales.
—¿De quién? —cuestionó Cat sin comprender.
—De la estúpida que creía que escondiéndose tras una identidad heroica podría cambiar las cosas. De ella. No de mí. No paraba de hablar de la superheroína. De su sonrisa, de sus ojos, de su valentía. Yo la escuchaba como buena amiga. Sentía celos de mí misma. ¿Sabes lo patético que es eso?
—¿Por qué no le dijiste la verdad? —inquirió Cat armando su escudo emocional para evitar ser dañada por el sufrimiento que emanaba de la figura de Kara. La quería como si de una hija se tratara y ver las ruinas tras la firme muralla le resultaba demasiado duro.
—Iba a hacerlo, pero tenía miedo a perderla. Y cuando acumulé el valor necesario pasó lo que pasó. La destrozó. Y a mí con ella. El resto de la historia ya la conoces.
Agachó la cabeza hundida. El cielo parecía oscurecerse cada vez más a medida que Kara hablaba.
—En eso te equivocas —negó Cat—. De tu boca no salió una palabra. Si de algo me enteré no fue gracias a ti —añadió con la sombra del reproche bajo sus ojos.
—No quiero hablar del tema. Esto se supone que es una fiesta. Pues vayamos a bailar.
El cinismo hizo acto de presencia. Cat empezaba a pensar que cinco años atrás Kara también había muerto. De la muchacha risueña, con ganas de comerse el mundo, de defender a los ciudadanos en nombre de la justicia poco quedaba.
—¿Es que acaso no piensas hacer nada? —cuestionó con incredulidad. No podía haberla perdido. No podía aceptarlo—- ¿No vas a detener este despropósito?
—¿Detener el qué? Lena es mayorcita para saber lo que se hace.
—Es imposible que te creas lo que dices —la miró buscando encontrar la duda en su rostro. Ni un músculo facial le decía nada. Su impasibilidad la enfadaba—. Si fuera así no estarías aquí —añadió con tono serio esperando hacerla despertar
—Cat, por favor
—Creo que se te ha olvidado de lo que es capaz su flagrante prometido. ¿Vas a dejar a la persona que amas en las garras del diablo?
—Lena es libre de elegir a su compañero de vida. Te repito que yo…
—¡Por el amor de Dios! ¿Desde cuándo eres una cobarde?
Cat comenzaba a tener ganas de abofetearla.
Kara deslizó la cortina a tiempo de ver a la pareja protagonista descender las escaleras hacia sus expectantes invitados. Alguna que otra boca se abrió más de la cuenta. Una ráfaga de murmullos recorrió el salón de punta a punta. Kara se movió entre los asombrados presentes deseando no sentir nada. No podía estar más equivocada. En cuanto los ojos de Lena se encontraron con los suyos su mente volvió al pasado. No pudo evitar tocarse los labios al recordar la calidez de los besos de aquella que veía en ella a su heroína. Los encuentros a escondidas, las palabras de amor al oído, las promesas…
—Duele, ¿verdad?
Más que una pregunta era una afirmación.
—Cat, tu insistencia me hace pensar que algo tramas y estás demasiado mayor para meterte en líos.
—Y tu eres demasiado joven como para comprender el error que cometerás si no haces nada- ¿Acaso quieres más muertes en tu conciencia? ¿Quieres ser la causante de más lágrimas?
Visto que intentar razonar con ella era una utopía decidió ir por el lado del chantaje emocional. No le gustaba usar ese camino, pues era rebajarse intelectualmente, pero no le quedaba más remedio.
—¿Y por qué tengo que ser yo? —preguntó alzando la voz demasiado. Estaba cansada de soportar el peso de las consecuencias de otros actos sobre sus hombros. Ella ya no era la salvadora de nadie.
En el momento en que esas palabras salieron de su boca su desapercibida presencia, puesto que sus padres la ignoraban, elegantemente eso sí, dejó de serlo. Todas las miradas viajaron en el mismo sentido como una bandada de pájaros en su migración hacia tierras más cálidas. El destino era Kara, una Kara avergonzada por su grito. Había pasado justo lo que no quería: llamar la atención. Su asistencia se debía a la intención de confirmar la rotunda afirmación de Sara y ya lo había hecho. Morgan Edge había vuelto. No deseada distorsionar el transcurso de la velada. No quería acaparar las miradas que merecía Lena, por muy doloroso que le resultara mantenerse al margen, simplemente observando a la pareja regalarse caricias. Y, sin embargo, allí estaba, con las pupilas al borde del colapso ser cubiertas por una cortina de gotas saladas. Había subestimado el poder de sus recuerdos para sacar a la superficie las emociones que tan laboriosamente había tratado de sepultar bajo cantidades ingentes de tiempo. O quizás fueron los verdosos ojos de Lena, que siempre la hacían caer en una espiral de la que no deseaba salir. Esos mismos ojos que ahora se posaban sobre los suyos de forma fría, cortante, si un ápice de cordialidad. Definitivamente, no había calculado los efectos de volver a verla. Era una ilusa por pensar por creer que saldría indemne de su reencuentro. La música que amenizaba el ambiente se había detenido haciendo aún más tenso el ambiente. Kara deseaba ser absorbida por las finas baldosas del suelo, desaparecer bajo ese ambiente engalanado, ponerse un pijama y olvidar lo estúpido que había sido presentarse allí. Murmullos de desaprobación resonaron en sus oídos sumándose al ruido de sus propios pensamientos.
La incomodidad que sentía cada vez era mayor. Alguien debía hacer algo.
—Queridos, no he rechazado una cena con Harrison Ford para aburrirme como una ostra. ¡A ver esa música, por favor! —exclamó Cat haciéndose notar.
La orquesta volvió a tocar y la atención regreso a la pareja de novios.
—Gracias —dijo Kara.
—Kara, sabes que te aprecio y no puedo obligarte a nada, pero, por favor, vuelve. Te necesitamos. Te necesita —señaló a Lena con discreción—. Vuelve.
Continuará...
