La historia de Los Juegos del Hambre pertenece s Suzanne Collins, pero la mayoría de los personajes de ésta historia son de mi creación, a excepción de algunos. Mi historia está basada en la creación original de Collins, yo sólo la tomé prestada para crear algo relacionado c:


Caleb apareció en el escenario por la derecha. Con un terno calipso, una camisa negra y sin corbata. Su cabello, al igual que en el Desfile, estaba peinado desordenadamente. Una sonrisa torcida adornaba su rostro mientras saludaba con la mano al público. Su nombre era coreado por las mujeres presentes y sentí la rabia hervir en mi interior. Él estrechó la mano con Caesar y se sentó en la silla a su lado.

—Con que un ocho en la puntuación, ¿Eh? —habló Caesar sonriendo—. Bien hecho.
—Oh, gracias, pero me esperaba más, sinceramente —respondió Caleb.
—Bueno, cuéntanos, Caleb, ¿Qué pensaste cuando tu nombre salió elegido en la Cosecha de tu Distrito?

Caleb se tomó unos segundos de silencio para pensar su respuesta.

—Muchas cosas, la verdad —él enarcó las cejas sin dejar de sonreír—. Primero no pude creerlo, ¡Imagínate! Yo entre todos los nombres de la urna. Pensé en qué iba a hacer, bueno, aceptarlo y todo eso, no tenía más opción —se encogió de hombros—. Luego pensé en mi familia, en cómo estarían sin mí, y en mis amigos, en lo fuertes que son...
— ¿Y luego? Dime, ¿Cómo fue conocer a tu mentor, Finnick, y luego llegar acá y todo eso?
—Finnick es el tipo más simpático y genial que he conocido —dio una corta carcajada. En mi mente apareció la imagen de aquel chico alto, rubio y guapo llamado Finnick Odair—. Y nos ha ayudado mucho, la verdad, nos ha dado muchos consejos y todo eso. Es el mejor. Si llego a ganar se lo debería en gran parte a él —dio un saludo al público y el rostro de Finnick, quien estaba entre el público, apareció unos segundos en pantalla, con una resplandeciente sonrisa.
—Un chico encantador, Finnick —Caesar sonrió—. ¿Y qué es lo que más te ha gustado del Capitolio, Caleb?
—La comida —respondió sin pensarlo—. Es exquisita no importa dónde esté. Es la mejor que he probado. Eso sí, no supera la de mi madre —sonrió—. Pero es deliciosa. Toda. No me canso de comer.

Puse los ojos en blanco. Caleb estaba actuando demasiado simpático y carismático para ser él mismo. Si sacase su verdadera personalidad, estaría sentado, de brazos cruzados, con el ceño fruncido y expresión de odio, respondería cortante. Si bien con todos nosotros aquí en el Distrito era alguien sumamente alegre y carismático, en el fondo le guardaba odio y rencor a los habitantes del Capitolio y su forma de ver las cosas. Supuse que sólo estaba interesado en buscar Patrocinadores, lo que significaba que ya estaba intentando sobrevivir. Eso encendió algo de esperanza en mi interior.

—Y dime, Caleb, ¿Hay algo en especial que te motive para volver a tu Distrito como Vencedor? —Caesar enarcó las cejas significativamente.
—Oh, sí, si hay razones, una razón, bueno, una persona en realidad.

Me mordí el labio inferior con nerviosismo.

—Una persona —repitió Caesar.
—Sí, bueno, aparte de mi familia y mi mejor amigo, Nathan —sonrió a la cámara, le di un codazo a Nathan y él sonrió—. Hay una chica. Aunque creo que para ella soy sólo un amigo. Pero quiero volver por ella de todas formas.

Cualquier atisbo de broma y sonrisa desapareció de mí. Estaba celosa. Sí, estaba celosa. No podía negarlo ni engañarme a mi misma pensando y buscando alguna excusa. Estaba celosa de aquella chica que era la razón de Caleb para volver. Nathan me miró, y estoy segura de que se dio cuenta de qué sentía y qué pasaba por mi mente en ese momento. Lo ignoré.

—Pero… ¿Sientes cosas por ella? —Caleb asintió—. Ya, pero… ¿Y si no te ve sólo como amigo? Anda, di quién es, así ella se entera, tú juegas, ganas y vuelves con ella para conquistarla.
—Me dejas complicado —Caleb enarcó las cejas—. No me creerías pero soy algo tímido —sonrió. Volví a poner los ojos en blanco. ¿Tímido? ¿Él? Ya, y yo soy una princesa—. Se llama... —hizo una pequeña pausa—. Leanette Bress.

La mirada de Nathan se colocó de inmediato sobre mí y algo se derrumbó en mi interior, explotó y se hizo pedazos. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras procesaba eso en mi mente. Mientras Caesar enarcaba las cejas y el rostro de Caleb se mantenía entre serio y triste, todo para mí cambió. Y, antes de escuchar algo más, me coloqué de pie y salí del cuarto. Atravesé la casa ante la curiosa y atenta mirada de la familia de Nathan, quienes también veían la entrevista al igual que posiblemente todo el país.

Salí al exterior, adentrándome en la oscura noche que se cernía en el Distrito. Las calles estaban totalmente desiertas, pues todos veían las Entrevistas. Sólo yo caminaba por ahí, con las lágrimas cayendo por mis mejillas e intentando silenciar mis llanto.

Luego de varios minutos caminando, llorando y maldiciéndolo a todo, llegué hasta la pradera de siempre. Estaba sobre una colina que daba vista a parte del puerto, con el mar a lo lejos y las luces adornando. Era una vista hermosa. Me senté en el pasto, rodeé mis piernas con mis brazos y continué sollozando en silencio, sin poder creerlo todo. ¿En serio la chica de la que hablaba Caleb era yo? ¿Quería volver por mí? ¿Se esforzaría por ganar por mí?

¿Sentía cosas por mí?

Sentí rabia e impotencia. ¿Por qué no me lo había dicho antes? ¿Sólo a mí? ¿En privado?

—Sabía que estarías aquí —escuché la voz de Nathan a mi espalda, interrumpiendo mis pensamientos.
— ¿Por qué no me lo dijiste? —susurré sin mirarlo, apoyando mi mentón en mis brazos, sin saber muy bien por qué decía eso.
—Porque no podía, él me hizo prometérselo.
— ¿Qué dijo después de que me fuera? —murmuré.
—Que si ganaba, que lo haría por ti, y terminó la entrevista —Nathan se sentó a mi lado.

Me quedé en silencio, analizándolo todo, procesando todo en mi cabeza.

— ¿Estás enfadada? —preguntó.
—Sí —respondí sin pensarlo demasiado.

Enfadada. Enfadada y dolida. Enormemente. Es que no podía creerlo, ¿Era en serio? ¿De verdad Caleb sentía cosas por mí? ¿Por qué no me lo dijo antes, en privado, a mí y a nadie más, cuando nos despedimos después de la Cosecha, por ejemplo? ¡¿Por qué rayos lo había dicho con todo Panem observando?

—Cuando nos despedimos antes de que nos sacaran del Edificio de Justicia —habló sin mirarme, con los ojos fijos al frente—. Me dijo que no importa lo que sea que viese en pantalla, pero que sí creyese en sus palabras. Sus propias palabras. Supongo que sabía que lo haría. Debes creerle.
— ¿Por qué no me lo dijo antes? ¿En privado? —susurré, intentando que mi voz no se quebrase.
—Pues, no sé, pero yo tampoco podría haberlo hecho, sería doloroso hacerlo justo en el momento en que te vas sin saber si volverás vivo o en un cajón —murmuró—. Me pidió también que te cuidara, aunque eso no era necesario.
—Siempre pensé en lo doloroso que sería si alguno de ustedes dos saliese elegido, pero nunca vi la opción concreta en serio... Ahora sencillamente no puedo creer que mañana lo metan en una arena con otros veintitrés chicos para matarse entre sí. Pero... ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo rayos se le ocurrió hacerle saber a todo el país algo como eso? Pero... —miré al cielo, oscuro, con los hermosos puntitos brillantes que eran las estrellas. Tan lejanas, tan bonitas, tan inalcanzables...—. ¿Habrá sido en serio? ¿De verdad?
—Acabo de decirte que sí —respondió—. Él dijo que creyésemos todo, y yo ya lo sabía de antes.

Con el puño golpeé el césped.

— ¿Y cómo mierda no se dio cuenta antes de que no lo veo sólo como a un amigo? —hablé, enfurecida.

Sesenta segundos. Son sesenta segundos la cantidad de tiempo desde que el cubículo de los Tributos sale a la arena hasta que ellos puedan salir y correr hacia la Cornucopia o a cualquier parte de la arena según lo que estimen conveniente para sí mismos.

Es así; la Cornucopia es una gran cosa dorada donde se encuentran diferentes cosas y objetos que a los Tributos les pueden servir durante su estadía en la arena. Hay mochilas, por ejemplo, que pueden tener cualquier cosa adentro, eso sí, todas te ayudarán de una u otra forma. También hay armas, cuchillos, lanzas, arcos y flechas y cosas por el estilo. Mientras más cerca de la Cornucopia, más potentes eran las armas y más útiles y completas serán las mochilas.

Era algo sucio. Dejaban muchas cosas juntas para provocar lo que todos conocen como el Baño de Sangre. Es el instante en que más tributos mueren, pues varios intentan agarrar algo que les sirviese, además del hecho de que es un momento donde están todos los tributos juntos —y muchos dispuestos a matar sin detenerse a pensarlo—.

En ese momento estaba con Nathan, sentados en el suelo de la habitación y ambos mirando y analizando cada imagen que salía en pantalla. Mientras Claudius Templesmith describía la arena, mostraban imágenes de esta. Era sencillo; un bosque, un gran e inmenso bosque con un río, un lago pequeño y el gigantesco claro donde se ubicaba la Cornucopia y, alrededor de ésta, veinticuatro círculos por donde saldrían los Tributos en unos tubos.

Suspiré, nerviosa, mi corazón latía con fuerza y con rapidez, ansioso. Sentía mis extremidades temblar, casi no respondían ante las órdenes de movimiento de mi cerebro. Nathan tomaba mi mano con fuerza, dándome apoyo con ese gesto. Algo que agradecí completamente.

Y los Tributos salieron a la arena sobre la plataforma circular. Pasaron alrededor de diez segundos hasta que una grave voz masculina empezó la cuenta regresiva. Todos se miraban entre sí y analizaban el espacio a su alrededor, su entorno y el escenario donde estaban.

Y él, Caleb, estaba ahí, mirándolos y analizándolos a todos, pero también con sus ojos barriendo la vista a su alrededor. Observaba el bosque que estaba a su derecha, y la Cornucopia frente a él. Algo se estremeció dentro de mí cuando noté que analizaba demasiado la distancia entre él y los objetos.

—Dime que no planea ir a la Cornucopia... —murmuré.
—Me temo que puede que así sea —respondió Nathan, sin despegar sus ojos de la pantalla.

Suspiré profundamente. Mi corazón parecía latir cada vez más rápido. Treinta segundos. Los tributos se ponían en posición para salir corriendo en cualquier momento. Caleb no era la excepción.

Veinte segundos. Mostraban un plano general de la arena, el gran bosque y la Cornucopia en el centro exacto de éste. Quince segundos. Los tributos se miraban entre sí mientras podías sentir la tensión en el ambiente.

Diez segundos. Nathan apretó mi mano mientras comenzaba la cuenta regresiva. Ocho... Siete... No podía más de los nervios, mi corazón parecía estar a punto de estallar y reventar en el interior de mi pecho., rompiéndose en pedacitos. Cinco... Cuatro... Quería gritar, quería detener esto, estaba mal... ¡Estaba todo mal!

Un gran sonido estalló en todas partes y todos los Tributos comenzaban a correr. Algunos corrían directamente al bosque mientras otros, la gran mayoría, corría hacia la Cornucopia.

Y todo era un caos. Había chicos y chicas peleándose cuerpo a cuerpo con sus rostros crispados en rabia. Otros eran más rápidos y corrían luego de tomar una mochila o un cuchillo. No lograba ver a Caleb por ningún lado, y por un momento el pensamiento de que corrió al bosque llenó mi ser y me alivió en algo.

Se veía un par de cadáveres en el suelo, algunos aún agonizando y otros muertos derechamente. Claudius Templesmith intentaba comentar y relatar todo lo que veía en el Baño de Sangre pero era complicado, era un caos demasiado grande como para abarcarlo pro completo.

— ¿Quién ganará esa mochila? ¿El chico del Distrito Cuatro o el chico del Distrito Siete?

Contuve la respiración mientras lo veía, a Caleb, luchando en la pantalla contra un chico rubio armado con un cuchillo, ambos estaban intentaban golpearse mutuamente. Quise gritar, ¿En qué estaba pensando? ¡El otro chico estaba armado ya!

No supe qué más pasó pues cambiaron a la pelea del chico del Distrito Uno contra otro del Ocho. En realidad, no era una pelea, era el asesinato del Profesional al otro Tributo.

Solté el aire que contenía, con lágrimas amenazando con caer de mi rostro y la desesperación recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. ¡¿Por qué rayos no podían mostrar a Caleb?

Me mordí con fuerza el labio interior mientras mis ojos hacían esfuerzos sobrehumanos por buscar a Caleb en el plano general que daban de la arena. Y ahí lo vi, corriendo hacia el bosque, su cabello negro y el número 4 en su chaqueta corta vientos. Con una mochila en su espalda y un cuchillo ensangrentado en la mano.

Suspiré, aliviada, soltando mi labio al sentir el sabor de la sangre en mi lengua.

—Es un jodido idiota —murmuró Nathan.

No respondí, me limité a cerrar los ojos y esperar el balance final del Baño de Sangre. Caleb lo había logrado, había salido vivo de ahí.

Era horrible. Sencillamente horrible ver todo eso. Antes no provocaba nada nuevo en mí, por supuesto que pensaba que ver a veinticuatro chicos, jóvenes, adolescentes, matándose entre sí era terrible, pero ahora que Caleb se encontraba ahí era mucho peor. Un millón de veces peor.

Nathan soltó mi mano y pasó el brazo por mis hombros. Me limité a suspirar y a apoyar la cabeza en el hueco de su brazo.

Pasaron varios minutos en los que mi cerebro intentaba de todas las formas posibles bloquear la voz de Claudius Templesmith detallando muertes, batallas y cosas por el estilo.

Al final, dieron la lista de muertos.

Ambos tributos del Distrito Tres, lo que significaba que los Profesionales del Uno y el Dos estaban vivos. La chica del Cinco, o sea, que Celeste, la de mi Distrito, estaba viva también al igual que Caleb. Ambos del Seis, el chico del Siete, el chico del Nueve, ambos del Diez, y las chicas del Once y el Doce.

Once muertos en total. O sea, quedaban trece tributos. Caleb entre ellos. Suspiré, un poco más aliviada, el primer día siempre era el que más Tributos morían.

— ¿Crees que fue Caleb quien mató al chico del Distrito Siete? —pregunté a Nathan.
—Es lo más posible —murmuró.

Suspiré, consternada.

Mientras Claudius continuaba hablando, mostraban imágenes de los Tributos vivos en la arena. De inmediato mostraron algo esperado; una alianza entre los Profesionales, ambos tributos del Distrito Uno y el Dos y la chica de mi Distrito, Celeste. Ellos caminaban juntos, armados y confiados por el bosque. Llevaban unas dos o tres mochilas cada uno, y cuchillos y lanzas y varias armas más.

Mostraron a dos o tres tributos que no tenían nada y caminaban por el bosque buscando algo, miraban a todos lados con la paranoia presente en cada centímetro de su rostro.

Y mostraron a Caleb. Él caminaba por el bosque fijándose en la corteza de los árboles, tenía un leve corte en el costado superior derecho de la frente y observaba con atención las plantas del suelo. Buscaba agua, lo sabía, y se estaba guiando por el tipo de vegetación y quizá buscando algún animal menor. Supongo que continuó así por un rato ya que luego mostraban al chico del Distrito Doce quien se acomodaba entre unos arbustos.

Suspiré. Serían unos días extremadamente largos. Desearía poder tener una televisión que mostrase a Caleb las veinticuatro horas del día, saber qué hace a cada momento sin tener que soportar ver lo que hacían los otros tributos de quienes poco me importaban sus acciones.

Pero no podía porque no habían "canales exclusivos" para cada Tributo. No tenía otra alternativa.

Me quedé el resto de la tarde junto a Nathan mirando la pantalla, observando cómo los Profesionales se organizaban para hacer turnos durante la noche y discutir entre ellos buscando algún lugar donde pasar la noche y donde establecerse para guardar sus provisiones y las armas, de forma de no andar con ellas para entorpecer sus acciones.

Las chicas del Distrito Ocho y Nueve se aliaron también. Ninguna tenía nada a su favor pues ninguna había sido lo suficientemente arriesgada para correr hacia la Cornucopia.

No comentamos nada con Nathan. Era poco lo que hablábamos mientras veíamos la televisión, más que nada para comentar y para deducir qué planeaba y pensaba Caleb cuando lo mostraban. Según lo último que vimos se había acomodado entre dos troncos en el suelo, uno caído, formando un perfecto hueco que era fácil de camuflar. Supusimos que pasaría la noche ahí.

Por suerte le dieron pantalla cuando comenzó a sacar las cosas que tenía en la mochila. Con Nathan miramos atentos cada cosa que Caleb iba dejando en el suelo a su lado.

Una botella vacía, frutos secos, una cuerda, un saco de dormir que, según Nathan, servía para conservar el calor corporal, tabletas para purificar el agua, unos guantes de construcción y bastante resistentes, y una lata con algún tipo de comida no perecible que no alcancé a ver qué era. Eso sumado al cuchillo que había logrado obtener luego de la pelea con el chico del Distrito Siete.

—Fue bueno que se hubiese arriesgado por la mochila, es bastante completa, el chico del Distrito Siete debe de haberla sacada de una de las más cercanas a la Cornucopia —habló Nathan cuando sacaron a Caleb de la pantalla.

No respondí. Como era de noche comenzó a sonar el himno de Panem y el escudo se reflectó en el cielo de la arena. Y mostraron los rostros de cada Tributo muerto ese día.

—Es tarde, mejor ve a dormir, mañana seguimos viendo, te iré a dejar a tu casa —dijo Nathan colocándose de pie.
—No podré dormir, Nathan —me paré también y lo miré.
—Yo tampoco, pero al menos hay que intentarlo, lo más posible es que todos, o la gran mayoría de los Tributos, duerman, así que no creo que pasen muchas cosas interesantes durante la noche, además, los Vigilantes saben que todo Panem duerme también así que no harán nada por intentar encender las cosas en la arena.

Asentí. Él apagó la televisión y ambos salimos del cuarto. Luego me acompañó hasta mi casa, en un total silencio. Lo único que hicimos fue caminar abrazados, dándonos apoyo de esa forma.

Definitivamente, serían días extremadamente largos.


Muchas gracias a quienes me leen! ¿algún comentario u opinión? Los anónimos aquí también sirven c: Saludos a todos!