Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.
CAPITULO 2
Cuando faltaban unos minutos para las seis, Edward se dirigió al edificio principal. Después de que Isabella se fuera, pensó en arriesgarse y conducir de vuelta, pero al mirar el cielo se dio cuenta de que era mejor quedarse donde estaba. Por lo menos tendría otra oportunidad de hablar con ella. Sabía que debía tener mucho cuidado. Aunque era una tigresa en la cama, era consciente de que había herido sus sentimientos, y estaba decidido a arreglar las cosas.
Se sonrió a sí mismo preguntándose qué pensarían los que lo conocían de esta forma pasiva de tratar a una mujer. Estaba tan acostumbrado a conseguir lo que quería, que, si una mujer no caía rendida a sus pies, siempre utilizaba su dinero. Pero este era un terreno desconocido para él, y no quería estropearlo.
Unas voces de niños le distrajeron de sus pensamientos y vio como unos cuantos le adelantaban y subían las escaleras de la casa. La puerta se cerró de golpe, después de que varios adultos gritaran: "No deis portazo". Edward subió los escalones y abrió la puerta para encontrarse con un caos controlado.
Mirando a su alrededor y vio una enorme cocina y un comedor. En el centro había una mesa larga preparada para al menos veinte comensales. Imaginándose que los demás adultos eran los hermanos de Isabella y sus cónyuges, sonrió e inclinó la cabeza, sin saber qué decir. Apartándose de la estufa, Victoria se acercó a saludarle, junto con su esposo.
—Ignore todo este caos— le dijo James dándole una palmada en la espalda. —Cuesta un poco acostumbrarse, pero la casa aún sigue en pie.
Isabella bajó las escaleras. Iba vestida con unos vaqueros ajustados y un suéter corto, y tenía el cabello recogido en una coleta. Edward cerró los ojos al recordar lo preciosa que era desnuda. Tenía el pelo más largo, y no veía el momento de acariciarlo y tirar de él atrayéndola hacia sí, tomándola por detrás.
—Ah, aquí está— exclamó James —Isabella, atiende a tu invitado— le dijo. —Parece un poco asustado— añadió riéndose, y ordenó a todos que se sentaran.
Una vez sentados, el ruido cesó cuando los niños empezaron a comer. Hacía mucho tiempo que Edward no probaba una comida casera, y disfrutó muchísimo del asado y de las patatas cubiertas de salsa. Durante la conversación, descubrió que los otros dos hombres eran, efectivamente, los hermanos de Isabella, ambos casados y con cuatro hijos. La otra mujer estaba casada con el hermano menor de Isabella, que estaba en el ejército, y su hermano mayor se encontraba en Montana en viaje de negocios, y había traído a su familia con él. Los otros dos comensales eran los capataces de los Swan.
Viéndolos comer y reír, Edward se dio cuenta de lo importante que era la familia para los Swan. Todos sus hermanos vivían en la hacienda, en sus propios hogares, y todos trabajaban en el rancho. El evidente cariño que se tenían entre ellos, hizo que echara de menos una vida familiar que nunca tuvo. Tras perder a su hermana a una temprana edad, su madre nunca se recuperó del todo, y su padre lo envió de aprendiz con un tío. Gracias a él, Edward se empezó a interesar por los negocios de importación y exportación, y con el tiempo estableció su propia empresa de logística.
Después de la cena, los niños salieron en estampida por la escalera trasera. Había empezado a llover, y los más pequeños saltaban en los charcos y gritaban con regocijo. Mientras Edward los observaba, Victoria le dio un par de cestas.
—Como hay tormenta pensé que quizás quiera tener un poco de comida en la cabaña, por si no quiere mojarse viniendo a la casa.
—Gracias— dijo simplemente Edward.
—Y otra cosa. Isabella, cariño, ayuda al Sr. Cullen a llevar todo esto a su cabaña para que no se moje.
Cogiendo un enorme paraguas que había junto a la puerta, Isabella agarró la cesta más pequeña y se encaminó hacia la puerta. De camino a la cabaña, escucharon truenos en la distancia. Apretando el paso, llegaron a su destino justo cuando se desencadenaba la tormenta.
Edward colocó las cestas en la encimera, mientras Isabella encendía las luces. Tras abrir la puerta de la estufa, encendió la madera que había dentro. Ajustó el tiro y se dio la vuelta, y vio a Edward observándola. La luz de las lámparas la enmarcaban en un cálido resplandor, y ella enrojeció.
Justo cuando estaba a punto de excusarse, un trueno retumbó directamente sobre sus cabezas, y un aluvión descendió sobre la cabaña.
Edward dijo: —Vas a tener que quedarte un rato; creo que tu tía me ha dado una botella de vino, ¿te apetece? —Negando con la cabeza, Isabella se acercó a la puerta.
—Me da tiempo— Abrió la puerta y se detuvo. En cuestión de minutos, se habían formado unas enormes riadas por toda la hacienda. Suspirando, cerró la puerta y se volvió hacia él. —Es vino con especias, sabe mejor caliente. ¿Quieres que lo caliente?
Edward asintió e Isabella se acercó a la cocina y vertió el vino en una cazuela. Sin saber qué hacer después, empezó a vaciar las cestas y notó que su tía le había dado comida para dos personas. Sacudió la cabeza ante el intento no muy sutil de Victoria de hacer de Cupido.
Cuando el vino estuvo listo, lo sirvió en dos tazas y las llevó al sofá, junto con una bolsa de galletas de mantequilla. Depositando todo en la mesa, se sentó mientras él terminaba de avivar el fuego. Ambos se sentaron en silencio y bebieron el vino.
—Está delicioso— dijo Edward.
Isabella asintió con la cabeza.
—Es una receta de mi tía Victoria. Me ha ayudado con los resfriados durante años— comentó sonriendo.
Mientras la lluvia seguía cayendo, el ambiente de la cabaña se hacía cada vez más tenso. Lo que había comenzado como un amigable silencio se transformó en una irritable incomodidad, al ser ambos conscientes del deseo del otro. Incapaz de soportarlo más, Isabella se levantó para servir más vino, pero él la detuvo. Le quitó la taza de la mano y la puso sobre la mesa, antes de atraerla hacia él y colocarla entre sus piernas. Sujetándola por las caderas, le levantó el jersey y le besó el vientre.
—He soñado contigo debajo de mí, kotyonok. Debería darte unos azotes por haber huido— le dijo, e Isabella gimió y apoyó sus manos en los hombros de él, clavándole los dedos y masajeando la zona. Edward le desabrochó los vaqueros, abrió la cremallera y se los bajó por debajo de las caderas. Sonrió al ver las braguitas de encaje. Se alegraba de que llevara la lencería que le compró.
Tirando de ella, la colocó sobre su regazo y la meció entre sus brazos. Le tomó el rostro y la besó en los labios, antes de invadir su boca.
Gimiendo, Isabella intentó colocar los brazos alrededor de su cuello, pero él se lo impidió, juntando sus muñecas por detrás de su espalda e inmovilizándola. Continuó besándola gimiendo con aprecio. Seguía sabiendo a fresas, pensó mientras se saciaba. Tirando de sus muñecas hacia abajo, consiguió que Isabella arqueara su espalda y le levantó el jersey por encima de los pechos. Ardiendo de excitación, besó y masajeó los rosados montículos. Al hallar sus pezones tensos con anticipación, los acarició y ella pronunció su nombre.
Tras besarle una vez más el vientre, la puso de pie.
—Desnúdate— le ordenó, e Isabella se alejó del sofá.
Girándose hacia un lado, se sacó el jersey por la cabeza. La cinta que llevaba en el pelo se soltó, e Isabella sacudió su castaña melena antes de arrojar el suéter a un lado. El resplandor de la estufa hizo que su piel brillara. Se quitó los zapatos de una patada y le dio la espalda, mientras se bajaba lentamente los vaqueros. Doblándose por la cintura, movió el culo hacia él, para sacar los pies del pantalón. Se irguió poco a poco, arqueando la espalda seductoramente y mirándole por encima del hombro.
Era todo un espectáculo, en su culote de encaje y escotado sostén a juego. Se dio la vuelta y Edward perdió el aliento al contemplar cómo se agarraba los senos y restregaba los pulgares contra sus pezones erectos. Su disfrute era evidente, cerró los ojos y se lamió los labios deleitándose en las sensaciones que ella misma creaba. Se soltó el sujetador y sus pechos brotaron libres. Gimiendo, los masajeó, a la vez que se sentía cada vez más húmeda. La fragancia de su excitación llegó hasta Edward, que sonreía con aprecio.
Incapaz de aguantar más, se levantó y se acercó a ella. La levantó e Isabella le rodeó la cintura con sus piernas, y se dirigieron a la cama. La arrojó sobre el colchón y ella le miró con anticipación, mientras él se quitaba rápidamente la ropa. Su polla relucía con líquido preseminal, y ella se puso de rodillas y gateó hacia él por la cama. Edward no pudo evitar sonreír ante su depredadora mirada. Su pequeña kotyonok parecía una leona al acecho, con su cabellera cayendo alrededor.
Extendiendo una mano, le agarró por los huevos y lo atrajo hacía ella. Con la otra mano, esparció el líquido preseminal por su miembro. Sin dejar de mirarle, le lamió el glande y sintió cómo su pene se estremecía en su mano. Jugueteando con sus testículos, deslizó lentamente la polla en su boca, metiéndosela hasta la garganta y volviéndola a sacar. Edward cerró los ojos ante la exquisita tortura a la que estaba siendo sometido.
Con un ritmo pausado, Isabella metía y sacaba el pene en su boca, a la vez que le seguía masajeando los cojones. Deslizando un dedo por debajo, le frotó el perineo, y él suspiró de placer. Agarrándola por el pelo, comenzó a controlar sus movimientos de cabeza. Isabella aumentó la succión en su verga mientras él le movía la cabeza hacia arriba y hacia abajo. Gimiendo, Edward no quiso correrse tan pronto y se detuvo, pero ella siguió mamando. La empujó hacia atrás y, agarrándola por las piernas, la acostó de espaldas.
Asiendo el lateral de sus braguitas, tiró fuerte y desgarró la costura, sacándoselas sin problema. Sujetándola por las caderas, enterró la cara entre sus piernas y comenzó a lamer sus jugos. Con un gemido, Isabella le empujó la cabeza, mientras él lamía y chupaba como si estuviera muerto de sed. Había olvidado su sabor. Su lengua encontró el clítoris y, a la vez que lo succionaba, se asió fuertemente a sus caderas, e Isabella comenzó a dar sacudidas debajo de él. Sujetándola, siguió succionando mientras ella se retorcía de placer. Con la llegada del primer orgasmo, Isabella arqueó su espalda y le clavó los talones en los hombros. Su repuesta en forma de risa ahogada la hizo jadear, al intensificarse el placer con la vibración.
Edward se puso de rodillas y, levantando sus caderas, la penetró de golpe con todas sus fuerzas, y ambos gimieron de placer. Iniciando un frenético ritmo, la embistió una y otra vez, haciendo que Isabella se balanceara hacia adelante y hacia atrás.
Estaba enfadado con ella por no haber querido hablar con él. Estaba enfadado con ella por haberse ido. Estaba enfadado consigo mismo por enamorarse de ella. Arremetiendo sin cesar, continuó follándola mientras ella se retorcía por debajo de él. Sabía que era un polvo cabreado y no le importaba. Le había echado de menos, y le estaba provocando cosas en su interior que ningún otro hombre le había hecho sentir jamás. En ese último mes había aprendido que su cuerpo y alma deseaban a este hombre, e iba a disfrutar cada minuto.
Mientras la tormenta seguía arreciando, Isabella gritaba su nombre orgasmo tras orgasmo. Acortando sus embestidas, arremetió contra ella una vez más antes de correrse. Las convulsiones de los músculos alrededor de su polla lo dejaron seco, mientras su ira se desvanecía en su interior. Tras derrumbarse encima de ella, rodó a un lado y la abrazó. Le acarició la espalda mientras ella continuaba vibrando de placer. Cogió una manta del pie de la cama y los cubrió a ambos, antes de volver a estrecharla entre sus brazos.
Acariciándole el pelo, Edward sonrió.
—Me encantaría que volvieras a San José y que trabajaras para mí.
Isabella levantó la cabeza y le miró somnolienta.
—¿Y Diane? Es tu asistente personal.
—Cuando te contraté como becaria te dije que normalmente tengo una plantilla de cuatro personas. Hay una vacante y necesito un ayudante de proyecto para trabajar con la oficina de Nueva York. Ya conoces a todos, y te será muy fácil ponerte al día con todo lo que ha pasado desde que te fuiste. Por favor, dime que vas a volver. Aunque sólo sea para impedir que Sam renuncie. Está harto de tener que tranquilizar a empleados asustados.
Isabella resopló burlonamente y le miró.
—Todavía tenemos mucho de qué hablar.
Edward le acarició la mejilla y sonrió.
—Tienes razón. Pero quiero que sepas que me importas, y quiero que estés a mi lado.
—Bueno, Mia aún no ha alquilado mi habitación, y seguro que se alegra de tenerme de vuelta.
—No, quiero que estés conmigo. Te mudas a mi casa.
Sentándose de golpe, Isabella le miró. Él sabía que estaba enfadada y a punto de explotar, pero le daba igual. Su cuerpo seguía encendido de deseo, y su hermosa cabellera castaña le caía por los hombros y le hacía cosquillas en el pecho.
Clavándole un dedo en el pecho, le dijo: —Escúchame, Sr. Cullen. Ya te dije que no voy a renunciar a mis amigas. Y no me voy a mudar contigo. Me mudo a mi antiguo apartamento o me quedo aquí. Tú decides.
Edward le agarró el dedo y se lo metió en la boca, y vio cómo sus ojos se entrecerraban. Soltándolo, sonrió seductoramente.
—Sí, señorita Swan. Al menos por ahora. ¿Por dónde íbamos? —Antes de que Isabella pudiera protestar, él se subió encima, y ella dio un grito de sorpresa.
