TODA LA VERDAD
Capítulo 3: Nuestros secretos
Fue después de una de esas noches insoportables que desde hace dos años se repetían constantemente. Pasaba el tiempo y hacía de las suyas, provocando que el mal trago cayese en el olvido. Entonces, volvía a ocurrir. La sombra de Takeru no la abandonaría jamás, vivía debajo de su cama y se burlaba de ella en aleatorias madrugadas. Hikari lo interpretaba como un castigo.
Sabía que nunca podría deshacerse de esas noches, que la perseguirían a través del tiempo y la distancia. Todo porque inconscientemente se resistía a que la abandonasen, el dolor siempre es mejor que el vacío.
Hay veces en las que una se agarra a eso.
Y lo peor era el siguiente día. Cuando hacía esa reflexión, en la que se daba cuenta de lo mucho que necesitaba a Takeru con ella y lo único que tenía de él ni siquiera era palpable ¡Cuánto deseaba poder abrazarle o simplemente que su mirada fuese la de antaño! Luego pensaba en lo tarde que era ya, en lo poco buena que era para él. Acababa convenciéndose de que no importaba lo mucho que lo quisiera, simplemente no podía ser.
Quiso contárselo a Mimi. Tenía el presentimiento de que si alguien podía entenderlo era ella. Pero ni siquiera encontró las fuerzas para decirlo en alto.
—Lo he estado pensando —le dijo más seria de lo habitual con los ojos entrecerrados esquivando el sol de la tarde. Un día más, la misma plaza y patatas. Después de dos semanas y media se había convertido en una especie de ritual en el que ya había dejado de importar (si acaso había importado alguna vez) las capas de maquillaje y lo absurdo que le resultaba no poder contar a nadie que Mimi había vuelto. Había pasado muy poco tiempo pero el suficiente como para no poder recordar qué hacía antes de encontrarse con ella—, no debí animarte a llamar a nadie. Por mucho que deseemos hablar con alguien, si hay algo que nos dice que no lo hagamos, que es lo mejor… Pienso que hay que hacerle caso a ese algo. Nos está avisando de una cosa muy importante.
Hikari no puso nombre a ese algo, si lo hubiera intentado se daría cuenta de que lo único que la detenía era el miedo.
Mimi asintió como si la entendiera, aunque realmente hablaban de dos cosas diferentes.
—Yo también lo creo.
—Las cosas no hay que forzarlas —opinó Hikari con confianza—. Todo tiene que ser natural y espontáneo. Como cuando nosotras nos encontramos. Si es el destino no hay nada que hacer.
Ese comentario pareció gustarle especialmente a Mimi. Significaba que las mejores cosas ocurrían sin planear, ella odiaba la planificación.
—Eso es lo que digo siempre, que lo que tenga que pasar que pase y ya está.
Hikari sonrió sin apenas prestar atención y se sintió culpable, porque sólo quería ser escuchada, hablar, desahogarse y ser la protagonista, aunque fuera sólo un poco.
—¿Soñabas con nosotros alguna vez? —le preguntó en un intento de resistirse al egoísmo.
Mimi no se lo pensó mucho antes de contestar, como si llevara esperando todo ese tiempo a esa pregunta.
—Sí, muchas veces. Soñaba que os veía y no queríais hablarme o a veces volvíamos a estar juntos como siempre. Era horrible cuando no queríais hablarme —recordó arrugando la frente.
—A mí me pasa lo mismo —comentó Hikari sorprendida al comprobar que sus sueños coincidían con los de Mimi.
En esas noches en las que soñaba con Takeru, en esos días en los que se tambaleaba entre forzar las cosas o dejarlas pasar, el encuentro fantasma ocurría de forma casual (porque así debía ser) y las reacciones podían dividirse en dos grupos. En uno, Takeru la quería como siempre y le demostraba su afecto. En el otro, la ignoraba. Los dos demostraban que Takeru seguía allí a pesar de haberse acostumbrado a estar sin él y de todos los intentos de apartarle de sus pensamientos, Takeru estaba en todo y lo era todo.
Entendió más que nunca por qué su amiga no había avisado de su vuelta.
—Lo siento, Mimi. No me había dado cuenta de lo difícil que era para ti.
—¿El qué?
—Volver y querer que todo sea como antes de irte —explicó, dejando a Mimi más tranquila—. Y darse cuenta de que ya no puede ser.
Mimi apartó la mirada pensando en las palabras de Hikari.
—Decía una canción que al lugar donde has sido feliz no hay que tratar de volver, o algo así —recordó vagamente Mimi.
—Una canción.
Mimi apoyó una mano en el hombro de Hikari y sonrió.
—Ei, solo es una canción. Yo creo que deberíamos ser más valientes.
Hikari se encogió de hombros, ni siquiera quería plantearse si acaso Mimi tenía razón.
—Supongo que las canciones no tienen por qué ser sinceras —opinó bajo la aprobación de Mimi.
—Si lo piensas bien, es mejor intentarlo que pasarse años preguntándose lo que pudo ser. Y si lo piensas aún más, es una tontería que no me haya atrevido a decir nada.
Hikari fijó sus ojos en los de su amiga preguntándose en qué momento se habían cambiado los papeles.
—Tienes razón —aseguró aunque seguía sin querer sincerarse con Takeru. Lo había pensado muchas veces y en su mente él siempre pedía muchas explicaciones. Explicaciones que Hikari no quería dar.
—Lo sé. En esta vida siempre hay que atreverse un poco más y ser menos tontas.
Hikari observó que Mimi utilizaba un tono mucho más entusiasta que en sus anteriores encuentros aunque evitó preguntarle si estaba contenta por algún motivo en especial o simplemente era fruto de otra sobredosis de cafeína.
—En parte me alegra que digas eso… —Hikari tuvo un momento de duda, pero finalmente decidió confesar —Mimi, no te lo dije antes pero Tai ya sabe que estás aquí. Se lo dije cuando todavía no sabía que no podía decir nada.
Mimi respiró hondo y cerró los ojos antes de hablar como si estuviera buscando en su interior lo que le producía esa revelación.
—Tai… Bueno, si voy a vivir contigo tendrá que saberlo —razonó con tranquilidad.
Hikari aprovechó ese momento de calma para contarle el resto de la historia.
—Y él se lo ha dicho a Koushiro. No me dio tiempo a avisarle.
—Izzy… él siempre me ignora —contó con la misma tranquilidad de antes, rozando la indiferencia, comportamiento que inquietó a Hikari—. Así que supongo que da lo mismo, seguro que ni siquiera le ha importado.
Mimi, a pesar de su discurso digno de Oscar, no pudo engañarla. Hikari sabía que Mimi no soportaba ser ignorada y conocía de primera mano lo mucho que se puede llegar a esforzar la gente por esconder sus debilidades. Por ese motivo, decidió no confirmar sus sospechas.
—No lo sé. Pero podíamos hablar con él para que te ayude con lo de vender la ropa ¿o has cambiado de idea?
—No —dijo insegura—, tengo que hacerlo, aunque me cuesta horrores. Debo deshacerme de esas cosas inútiles. Soy más que unos trapitos, aunque sean monísimos —suspiró—. De hecho, empieza a ser un problema.
Mimi dejó incompleta su declaración pero su repentina seriedad acompañada de su mirada esquiva despertó la curiosidad de Hikari.
—¿Por qué?
Vaciló unos segundos, no estaba muy convencida de querer contarlo.
—El otro día fui a dar una vuelta con una compañera de trabajo y entramos en tiendas. Compré algunas cosas… que ya he devuelto.
—Me alegra oír eso.
—Pero cuando fui a devolverlas vi estos pendientes y pensé en comprarlos. Pero claro, vi el precio y pasé. Es que no puedo gastar. No puedo y me lo tengo que meter en la cabeza.
Hikari intuyó una segunda parte de la historia en la que los pendientes cobraban vida y le decían que nunca antes habían visto mejores orejas de las que poder colgarse.
—Mimi, tú puedes ser más fuerte, ya tienes un montón de pendientes. Y aunque no tuvieras ninguno, sólo son adornos innecesarios. Son bonitos y nada más. Además, tú ya eres guapa sin ellos.
—Gracias. Pero tranquila, no los compré.
Hikari se sentía incapaz de descifrar que ocultaba la sonrisa traviesa de Mimi.
—Ah, un regalo entonces ¿Hay candidato a ser novio quince?
—Sí… tal vez necesite al número quince. —Mimi se echó a reír de su propio comentario—. No fue un regalo, me los cogí cuando no me miraba nadie —explicó divertida olvidando que apenas hace un momento no estaba segura de querer contarlo.
—¿Quieres decir que los cogiste de coger? —preguntó Hikari casi en un susurro.
—Sí, fue súper emocionante —describió sonriente—. No se lo cuentes ni a Tai —pidió como si recapacitara de golpe, volviéndose a poner nerviosa.
—Mimi, me estás haciendo daño —musitó provocando que Mimi pidiera perdón y dejara de agarrarle el brazo inmediatamente
—Es que estoy nerviosa.
—Es normal.
—No, esto no es normal.
—Lo de nerviosa, digo—aclaró.
—Esto, Kari, como alguien se entere de esto me muero. Te lo cuento a ti porque… no sé por qué.
Quizás vio en ella la única persona capaz de entenderla.
—A ver, tranquila, que no se lo voy a contar a nadie.
—Ya lo sé, confío en ti —Hikari asintió dando a entender que también confiaba en ella, pero en ese momento no reparó en lo poco que le costaba a Mimi confesarle sus secretos en comparación con ella misma, incapaz de sincerarse abiertamente. Todos ocultamos cosas ¿era realmente tan ingenua como parecía? Hikari creía que sí—. Buf, se me calentó la sangre… tuve un miedo… pero cuando ya pasé por la puerta… ¡Menuda sensación! ¿Crees que estoy loca? —preguntó abriendo exageradamente los ojos.
—No, para nada —tranquilizó nuevamente Hikari—. Es más corriente de lo que crees. Me sorprende que trabajes donde trabajas y no lo sepas.
Mimi se incorporó de un salto, acababa de recordar algo muy importante.
—¡Oh, no! El trabajo, me tengo que ir. Mañana empiezo a llevar cosas para tu casa ¿entonces? —Hikari asintió—. Genial, mi padre me ayudará en el traslado.
Hikari acompañó a Mimi hasta la tienda y después volvió caminando lentamente hacia su casa. Era uno de esos días en los que la vida no parecía tan corta, no veía necesario hablar rápido ni las prisas. Hikari tenía muchos días así en los que un paso pausado era paradójicamente la mejor manera de que no se pasara el tiempo.
Imaginaba como se habían tomado los padres de Mimi que su única hija decidiera que era hora de abandonar el nido. No los veía alegrándose, aunque sabía que no se trataban de unos padres protectores. De hecho, uno de los mayores problemas de Mimi era que no sabía qué hacer con tanta libertad. Nadie se lo había dicho.
¿Y por qué algo así suena tan extraño?
De vez en cuando sus pensamientos eran interrumpidos, los ojos engañaban al corazón una vez más provocándole fuertes sacudidas cada vez que veía a lo lejos una cabeza rubia ¿Qué haría si se lo encontraba? No estaba preparada, no se había entrenado lo suficiente. Entonces, aceleró su paso y no levantó la vista del suelo en lo que restaba de camino.
¡Qué tonta era! Pero nadie lo sabía. Ni siquiera su hermano, con quien se encontró al llegar a casa, lo llegaba a sospechar.
—Me tengo que ir —anunció el chico mientras realizaba anotaciones desordenadas en un cuaderno.
—¿Ya? Sólo llevas aquí un día y medio.
—Qué quieres, me han cambiado un trabajo de fecha y no me queda otra.
Hikari sentía que con el paso de los años su hermano se había vuelto más responsable mientras que ella hacía lo contrario, aunque nadie parecía notarlo.
—No me eches la bronca —pidió mirando a su hermana, quien no tenía intención de hacerlo—, sé que si llevara las cosas al día como tú, no me pasaría esto. Pero te quedaste todo lo útil.
Hikari sonrió levemente intentando recordar la última vez que había pisado por clase.
En ese momento llamaron a la puerta.
—¡Se me olvidaba! —exclamó Taichi alzando una mano –Que me dijo Jou que se iba a pasar.
—¿Jou? ¿Y ese milagro?
Como respuesta Taichi se encogió de hombros y siguió preparando la mochila.
Desde siempre había algo en Jou Kido que lo hacía diferente del resto. Bueno, digamos que diferente pero igual (o parecido). Para él la vida era compromiso, hasta las relaciones personales eran compromisos y por ello a Hikari le daba la impresión de que buscaba mantener el suficiente contacto como para no caer en el olvido pero que en el fondo ya les había olvidado. Cierto o no, Hikari aceptaba poder estar equivocada.
Para no variar, lo primero que Jou dijo fue que no tenía mucho tiempo, simplemente les hacía la visita porque le estaba haciendo un favor a otra persona. "Compromiso" pensó Hikari.
—Venía a traeros unas entradas para el concierto de Yamato. Me las dio él para vosotros.
Hikari creyó acertadamente que Yamato buscaba aumentar posibilidades de asistencia usando un mediador.
—Yo paso —sentenció Taichi y salió del cuarto.
—¿Cuándo es? —preguntó interesada Hikari, mucho más abierta a un encuentro con Yamato y el resto.
—Y paso también de poner excusas —añadió Taichi desde su habitación, a la que había vuelto para seguir haciendo la mochila.
—El mes que viene. Mira, lo pone aquí —mostró Jou sin dar importancia a los comentarios de Taichi.
—Bueno, dámelas. Si Tai no va, ya encontraré a alguien que las use —dijo Hikari, pensando en Mimi.
Jou se marchó sin que apenas existiera cualquier otro tema de conversación. Tanto tiempo había pasado que la situación era demasiado incómoda. Hikari ni siquiera era capaz de encontrar algo de lo que poder hablar con él aparte de recordar, como tantas otras veces, anécdotas pasadas.
Y ya estaba cansada de recordar.
Si os digo la verdad, este fic me da miedo.
Una vez más, sigo sin tener listo el próximo capítulo y creo que me va a costar más de lo que esperaba realizar el fic debido a que lo empecé a escribir motivada por una situación personal que me ha defraudado terriblemente (a veces pasa).
Pero continuaré con lo que tenía previsto cuando publiqué el primer capítulo, creo que vale la pena.
Gracias por leerlo.
