Veía la sangre correr por toda la longitud del brazo de su joven contratista. Si había algo por lo que Bill Cipher sintiera menos empatía era por el dolor ajeno, es mas, lo disfrutaba más si este era causado por él. Al ser un demonio carente de forma física en el mundo humano la única forma de poder interactuar con las demás personas era poseyendo, aunque el prefería el termino pedir prestado, el cuerpo de un humano.
La experiencia era de lo más entretenida y el triángulo debía reconocer que los humanos eran seres muy curiosos, sobre todo sus cuerpos. Él no podía sentir dolor, al menos no el dolor que sus "marionetas" sentían. Es por ello que, cada vez que podía, experimentaba un poco con el cuerpo de los humanos que requirieran sus servicios. Un poco de entretenimiento no mataba a nadie ¿Verdad?
El problema comenzó cuando descubrió que las personas no eran tan resistentes como parecían al principio ya que un par de pruebas y experimentos simples bastaron para dejar sin utilidad a una de sus marionetas más importantes. Aquello supuso un nuevo rumbo para Cipher quien, frustrado, tuvo que deshacer el contrato en aquella ocasión obligándose a sí mismo a ser más cuidadoso con sus muñecos de prueba.
Pero ahora no había margen de error, lo sabía. Había encontrado a la marioneta perfecta, joven, fuerte y, sobre todo, útil. Hacía tanto que no escuchaba el apellido Pines, no desde aquella vez, y es por eso que ahora tener de nuevo en su poder a un descendiente de aquella problemática línea sanguínea le causaba un regocijo alucinante; volvió a enterrar el tenedor en la suave carne del pequeño Pines, solo para asegurarse de que seguía funcionando correctamente.
Jamás había deseado tanto el cuerpo de un humano, jamás había sentido tan imperiosa necesidad de poseer y controlar la mente de alguien, ni siquiera en sus más bizarras fantasías lo imaginaba pero debía reconocer que Dipper Pines era diferente, siempre había diferente. Estaba destinado a grandes cosas, grandes y caóticas cosas que él con gusto le podría enseñar, después de todo el muchacho había firmado su sentencia en el momento que acepto aquel contrato. Ahora era una marioneta, SU marioneta.
