Annabeth suspiró de alivio al entrar en la ciudad. Esos insectos parecían infinitos. Miró alrededor para encontrarse con un montón de soldados en armaduras tipo medieval.

-¿Quiénes son ustedes?-preguntó uno, que, aparte de la armadura, tenía una capa roja y su casco estaba descubierto. Era el comandante, adivinó la hija de Atenea.

-Mejor pregunta: ¿Quiénes son ustedes?-se adelantó Reyna poniéndose al lado de la rubia aún con la espada desenvainada y la mano libre descansando en la cintura. Annabeth no estaba segura de cómo se las arreglaba para actuar como si nada después de la alocada carrera hacia la ciudad, pero la pretora conseguía continuar con su aire de autoridad y confianza.

Annabeth la miró, tal vez por más de lo debido. Los ojos de la romana estaban fijos en el hombre de la armadura. Él era mucho más grande que ellas, mejor equipado y probablemente con mucha experiencia, pero aún así parecía incómodo con la mirada que le daba Reyna.

-Ejem… supongo que sería correcto agradecerles…señoritas… Soy el capitán Marlos, estoy encargado de la seguridad del pueblo de Coan-se presentó.

-Yo soy Reyna Ávila, hija de Bellona, preto… enviada de Juno, para ayudar al pueblo de Atlantis, junto con mi compañera, Annabeth Chase, hija de Minerv- es decir… de Atenea-se presentó la romana.

-Así es, el espíritu de Éter nos ha enviado aquí-dijo la Annabeth-Veo que tienen problemas ahí afuera-comentó. La gente del pueblo empezó a murmurar, obviamente no convencidos del todo.

-Se lo probaremos si es necesario-dijo Annabeth. Reyna la miró interrogante pero la rubia la ignoró-acabaremos con la paga.

-¿Ustedes? ¿Solas?-preguntó el capitán. Reyna asintió.

-Si nos proporcionan equipo y un medio para llegar a Atlantis cuando terminemos, lo haremos-declaró la pelinegra.

El capitán lo pensó un momento. Annabeth pensó que les diría que no, pero al final suspiró y asintió.

-Si piensan que podrán… ya lo han intentado muchos. Hay una entrada a los túneles de los escarabajos, si encuentran a la reina y la matan detendrán a los demás.

-Unos bichos… meternos bajo tierra, sí, creo que lo haremos-dijo Reyna tranquila.

-Si están seguras… síganme-dijo el capitán y eso hicieron las chicas.

En el camino, Annabeth admiró la extraña arquitectura del lugar. El pueblo era de piedra y de madera tallada. Las casas no eran muy grandes, solo algunas de las posadas. La gente vestía ropa similar a la suya, parecía que estaban metidas en una convención medieval o algo así, con caballeros andantes y todo. Annabeth estaba acostumbrada a las cosas griegas y romanas, ese mundo era totalmente diferente a lo que ella había visto.

Al final del camino empedrado había una casa más grande que las demás, hecha entera de piedra y con columnas enormes a los lados de la puerta. Debía ser algún edificio de gobierno.

-Éste es el cuartel general de Coan, aquí encontrarán lo que necesiten y la información que tenemos sobre esos insectos y su guarida-

Los tres entraron al edificio. Por dentro todo era un verdadero desorden. Mapas regados por las mesas, armas recargadas en las paredes, botellas de líquidos de colores por ahí y por allá.

-Lo siento, estamos un poco atareados por la guerra, pero esos insectos no nos dejan hacer nada, parece que fueron afectados por la fuerza de la oscuridad-explicó el general.

-Ahí, en esa puerta está la armería, pueden tomar lo que necesiten.

Annabeth y Reyna entraron al cuarto y la rubia cerró la puerta tras de sí.

-¿Qué opinas?-preguntó cuando estuvo segura de que estaban solas.

-Que tenemos que hacerla de exterminadoras-respondió Reyna.

-No me gusta esto, no es justo-se quejó la griega mientras empezaba a tomar el equipo. Un peto de cuero, protecciones sencillas para los brazos y una daga. Cuando se volteó Reyna estaba también lista. Llevaba algo similar a ella, pero con una espada algo grande, un escudo redondo, una cota de malla y protecciones en los brazos.

-¿cuándo ha sido justo algo para los semidioses?-respondió la romana-pensé que te habrías acostumbrado ya- terminó de ponerse el equipo y caminó a la puerta-Creo que estaremos bien con esto, por ahora-dijo.

-Bien, entre más rápido mejor-suspiró Annabeth y ambas salieron a encontrarse al capitán.

Después de una rápida charla sobre los monstruos, que al parecer habían crecido desde que el mundo empezó a ser dominado por la oscuridad de ese misterioso dios.

-Tomen, con esto podrán ver en el túnel-les dijo dándoles una esferita-es mágica, iluminará su camino-Annabeth lo tomó y luego le dijo algo más al capitán justo antes de irse.

Las dos chicas estaban afuera de la ciudad.

Reyna trataba de leer el mapa, pero no le entendía muy bien, los extraños símbolos de aquél mundo se revolvían en el papel a causa de la dislexia.

-¡Por Júpiter!-exclamó frustrada-¿Cómo es que había olvidado la dislexia?-dijo enfocando aún más sus ojos en el mapa. Annabeth aguantó una risa al ver a la pretora del campamento Júpiter tratando de leer un mapa sin éxito-Creo… creo que es por allá-dijo al fin.

-Bien-dijo Annabeth y se volteó para que Reyna no viera su sonrisa de diversión. Reyna, por su parte, solo dobló el mapa sin mucho cuidado y lo guardó en su bolsa de viaje.

Llegaron al túnel, esquivando a los insectos. No parecían tener muy buena vista y, mientras se quedaran a más de cinco metros lejos, no las verían.

-¿Esa es la entrada?-preguntó Annabeth viendo un agujero enorme por donde entraban los insectos.

-Eso… eso creo. Dioses, siento que vamos a meternos a un hormiguero y eso no puede ser buena idea-comentó Reyna escondiéndose de nuevo tras la roca.

-Me recuerda a una misión que hice con Percy-murmuró la rubia-vamos, no puede ser peor que eso.

Dicho eso, saltó la roca con agilidad y empezó a acercarse a la entrada.

-Necesitamos distraerlos de algún modo-susurró Reyna detrás de Annabeth. La hija de Atenea asintió.

-Atenea siempre tiene un plan-contestó. Eso era cierto, por eso le dijo al capitán que se encargara de eso, no debía tardar.

En eso, un par de jinetes salieron disparados de la ciudad, atrayendo la atención de los insectos hacia ellos. Los que había por la entrada fueron también, así que las semidiosas tuvieron el camino libre hacia la guarida de las criaturas.