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Capítulo 3
Aquel viernes no era como los anteriores.
Lo aseguraba tanto como las manos comenzaban a temblarle y sus pies bailaban al ritmo de alguna tonada olvidada.
Hoy lo haría, era definitivo.
Hoy atravesaría la avenida. Se acercaría a la parada del autobús, y esperando lo mejor, cruzaría al menos una palabra con aquel chico. Sonreiría, porque era imposible no hacerlo ante ese emocionante momento. Sería amable, carismático pero sin llegar a la petulancia. Lo miraría todo el tiempo con atención, sin falta, puesto que deseaba grabar cada detalle estando a sólo centímetros de distancia.
Por supuesto, existía la posibilidad de que lo mandara al demonio, que lo interpretara como un acoso, o que simplemente lo ignorara. No sería una reacción ajena, después de todo, ¿cada cuando se le acercaba un extraño con la mera intención de hablar? Era inusual, sospechoso, y no mejoraba demasiado que se tratara de un tipo que lo rebasaba en años…
No podía hacer nada con eso: el hecho de ocultar su edad sería totalmente deshonesto, incluso ridículo, así que tenía toda la intención de acercarse con toda su sinceridad. Un punto a su favor, al menos.
Y por supuesto, aun si entraba en contradicción con aquello de la honestidad, no pensaba decirle que lo había observado durante los últimos 3 viernes, como si se tratara de un acosador. No importaba si el motivo inicial fue la curiosidad y concluyó con la necesidad, definitivamente sería un elemento para que se sintiera incómodo y era lo que menos deseaba.
Por otro lado, tampoco podía decir con certeza cuál era el objetivo final.
No sabía qué conseguiría, qué pensaría después o cómo se desarrollarían las cosas.
No estaba seguro qué quería, o si sólo ansiaba que notara su existencia un instante. Tal vez anhelaba su amistad. Tal vez no. Sin requerir explicación o lógica, tenía la necesidad de hablarle, de conocer el color de las pupilas que no veía a distancia; quería ver de cerca la forma en que fumaba el cigarro, o como exhalaba el humo que bailaba a su propio ritmo.
Era lo exótico y lo misterioso. Todo lo que no se conocía con la simple observación o la imaginación.
¿Le gustaba? A esas alturas no tenía dificultad en emitir una respuesta afirmativa.
Sí, le gustaba. Mucho. Tanto que no le importaría pasar los siguientes viernes de todo el año asistiendo al sitio sólo para verlo.
Pero era más complicado que simplemente "gustar".
Alzó la vista una vez más, estudiando la imagen que había presenciado ocasiones anteriores.
El chico de no más de 17 años estaba ahí, sentado en la banca de la parada del autobús en frente, al otro lado de la avenida. Con el mismo pantalón a cuadros, con los audífono blancos y la mochila verde oscuro. Esta vez no traía ninguna chaqueta, sino que estaba sólo con la camisa: las mangas las tenía dobladas hasta el codo, los tres primeros botones estaban desabrochados y la corbata roja se mecía de acuerdo al nulo movimiento. Lucía más fresco, más cínico, e irónicamente cansado y fastidiado, ¿habría tenido un día difícil?
Nada lo indicaba en realidad, pero lo intuía.
"Gustar" era algo que producía satisfacción, placer o una sensación agradable. Algo por lo cual sentir complacencia en cualquier sentido, físico o no.
La primera vez no lo supo, pero mirar al joven le produjo agrado. Uno básico que no necesitaba mayor explicación. "Gusto" en el mero sentido, sin secuelas y convencional.
Ahora no esperaba ningún autobús, así que tenía el tiempo y la intención de aproximarse. La idea le producía tanta emoción como alegría, por lo que ningún arrepentimiento se asomó.
Muy bien, lo haría.
La segunda y tercera vez estuvo presente la misma sensación, pero aumentó conforme se iba dando cuenta de los detalles. Fue observando en la aparente normalidad elementos que volvieron complejo el simple concepto.
Encajaba a la perfección con lo que consideraba atractivo y precioso, interesante y original. Los detalles que dejaba ver con su actitud lo atraían, su presencia lo llamaba y manipulaba. El hecho de estar ahí, a las 19:00 pm aun con el uniforme de su colegio, sin mirar ni ser mirado por el mundo entero, le gritaba la señal de un descubrimiento extraordinario.
Eso no era simplemente "gustar".
El silencio de la escena fue interrumpido, no obstante.
¿Qué era, entonces?
El sonido de unos pasos acercarse casi frenéticamente llenó el ambiente, y él sólo pudo voltear para ver de qué se trataba.
Desde la esquina venía corriendo un chico alto, de piel blanca y cabello rubio; no distinguió el color de sus ojos, pero traía unos lentes sobre el puente de su nariz. El uniforme sin duda se parecía al del joven de la parada, pero llevaba además un chaleco beige, corbata negra y una chamarra de aviador con una estrella a la altura del pecho. Aun con la distancia, se notaba más joven, tal vez del 15 o 16 años…
Estar ahí con el único objeto de dirigirle una palabra debía ser una señal.
El que hubiera pensando únicamente en aquel momento y la forma en que procedería, también… sin olvidar que se encontraba sonriendo aún más por el recuerdo, como si fuera lo indispensable para tener un buen día. Debía ser una señal.
¿De qué, precisamente?
Siguió sólo por inercia sus movimientos. En definitiva no era como mirar al que se hallaba en frente. No era menosprecio, simplemente ese chico que corría no era tan carismático como el moreno, y ni por asomo producía la misma sensación de misterio, cinismo y burla. Dudaba que alguien, además de él, pudiera lograr una combinación tan atrayente. En verdad había tenido suerte en notarlo.
Rememoró las opiniones de Francis y Gilbert. Sonrió ampliamente, aunque hubo espacio para el recelo. Si ellos habían reaccionado así, ¿qué podía esperar del resto? Una vez que se distinguía su existencia, era imposible pasar de largo ante él. Si sus amigos se detuvieron por consideración y respeto, el resto del mundo no tendría tanta consideración.
Territorialidad. Pertenencia.
El gusto comenzaba a mezclarse con tales percepciones.
Egoísmo. Celos.
¿Por qué?
Pasó en un segundo.
Aun cuando seguía con la vista el movimiento del rubio, fue tomando por sorpresa. Una molesta y punzante sorpresa.
Se detuvo justo en la parada del autobús del otro lado de la avenida, como si ese hubiese sido su objetivo desde el principio. Probablemente lo fue, porque enseguida se sentó en la banca mientras trataba de recuperar el aire.
… ¿Cómo se atrevía a ocupar el sitio al lado del otro chico…?
Se encontró desvaneciendo la sonrisa, atento e inmóvil ante la imagen.
La ira que se acumuló en medio de su garganta debía ser una señal.
Los pensamientos fugaces y letales lo mermaron ante las infinitas posibilidades.
No se equivocó: el mundo entero no tendría consideración ante un descubrimiento tan extraordinario. Estaría atento, acechando, robando lo que no debía ser profanado.
El deseo de ser el único tenía que significar algo.
Quizá ya lo sabía.
Toda la rabia que se le acumuló no tuvo comparación cuando el más joven empezó a reír sonoramente y se dirigió al moreno, como si ya lo conociera. Sintió que se volvería demente ante esa vulgar familiaridad.
Debía hacer algo de inmediato. No podía permitir que ese sujeto, ni nadie más, se apropiara de alguien tan…
Quizá lo supo desde el principio.
Sin embargo…
Quizá no lo estuvo ignorando adrede. Tampoco como un acto natural.
Solamente quiso descubrirlo con toda la emoción del proceso.
Sí, quizá…
Notó con mejor inquietud que el moreno no hacía caso. Aun con el ruido del contrario, con sus comentarios, con los movimientos que buscaban llamar su atención, él seguía ajeno. No lo ignoraba, porque el acto requería cierta devoción para ser constante. No. Simplemente era como si no hubiera notado su presencia.
¿Cómo lo lograba? ¿Cómo podía causarle tantas emociones con el hecho de "no ser"?
Definitivamente…
El rubio pareció darse cuenta de la acción y comenzó a perder la paciencia. Fue obvio por la forma en que sus facciones cambiaron. Era propio de un niño sólo delatarse con sus gestos, por eso dio la impresión de que empezaba a hablarle con más dureza en un intento de hacerse presente.
El moreno continuó escuchando música, mirando los autobuses ir y venir.
Al final tenía presente varias opciones.
Ahí estaba de nuevo, el elegante y relajado movimiento que ejecutaba para encender su cigarro. El humo viajaría entre danzas circulares, perfectas para una respiración que nada le interesaba.
Casi sonrió cuando el más joven lanzó un ligero golpe a la mano ajena, haciendo que el pitillo cayera.
¿Tan desesperado estaba porque lo mirara?
No desconocía el sentimiento.
Por eso ya había tomado una decisión.
El contrario se levantó con tranquilidad. El impulso hizo que su cabello se meciera un poco, al igual que la corbata. Caminó en sentido contrario de la parada, cargando la mochila sobre la espalda y sacando otro cigarro. Era algún tipo de ritual que no interrumpiría sin importar las circunstancias.
El otro lo siguió de inmediato. Continuó con los reclamos que no tenían forma, pero que se oían en toda la calle. Seguía moviendo los brazos, seguía intentado ser escuchado por aquel que caminaba sin dirección fija.
El próximo viernes…
Sonrió con más calma, con más conciencia y con aquella sensación de alegre realización. Subió al autobús que pasó un par de minutos después, suspirando y tarareando alguna tonada olvidada.
El descubrimiento más extraordinario de todos…
