Marzo
Se había desesperado, precipitándose.
Juegos peligrosos
Ya no era tan fácil como antes, el reunirse a cada tanto y ponerse al día; diferentes escuelas, rutinas y hasta continentes les separaban ahora pero, querer era poder y cuando había la oportunidad… Taichi era el primero en aceptar una reunión con sus amigos.
Esa tarde sin dejarlo pasar, tras el entrenamiento, le había recordado a Yamato que irían juntos a casa de Sora para que el rubio no se escabullera y faltara como la última vez.
De unas semanas a la fecha, Tai había notado algo raro en la actitud de Yamato y como se lo atribuía al estrés de los próximos exámenes, no veía otra solución que sacar las tensiones; la primera opción del moreno eran exhaustivos entrenamientos de soccer pero ya sabía que a su mejor amigo no le funcionaban tan bien como él, y por eso apostaría a relajarse con la reunión.
Alargando el brazo, palmeó la espalda de Yamato.
–¡Es sólo una vez al año! –declaró, con entusiasmo–, rara vez podemos estar todos.
–Lo sé –Yamato cargó su mochila–, sí quiero verles…
–¿Entonces?
Tai no lo entendía y el rubio no le explicó más, sólo elevó los hombros y se limitó a caminar a la par de éste; las reuniones estaban bien, cuando se encontraba con el humor para ello y no cuando tenía más de una preocupación rondando en su cabeza.
Obviamente, Yamato pensaba así y Tai ignoraba aquello.
Cuando se detuvieron en la estación indicada, Yamato tuvo el presentimiento de que debía de evitar ir pero Tai deslizó un brazo sobre sus hombros, apretándole, y mudamente le arrastró al interior del vagón.
El resto del viaje le resultó ligero, el moreno hablaba de pases de soccer y nuevas estrategias que planeaba implementar ni bien le dieran el rango de Capitán.
–¡Ya lo verás! –añadió enfatizando cada palabra–, la estrategia Yagami algún día será reconocida mundialmente.
–Algún día –comentó Yamato, con media sonrisa.
Y quizás esa era la clave, tener esperanza y esforzarse.
Pero, ¿por cuánto tiempo? Y, ¿qué era lo que debía de esperar? Lamentablemente, no había formulas secretas para esa clase de situaciones.
A veces era suerte, y otras tantas un riesgo a tomar.
Tai siguió haciendo planes, hablando de los más recientes jugadores y las fichas de perfiles que había encontrado revisando las alineaciones de los equipos más importantes a nivel mundial; Yamato sonrió, a consciencia de que el moreno pasaba mucho tiempo con la cabeza en el mundo del soccer y que si usara un poco de esa energía en otras cosas…, seguramente se daría cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor.
A lo mejor, si fuera el caso, se daría cuenta de él.
oOoOo
Luego de unas horas, entre comer y charlar, el ambiente se volvió más relajado y se prestó para esa clase de juegos que no podían faltar. Sora, Mimi, Koushiro y hasta Jyou se habían sentado justo en medio de la sala, Tai se les unió y aunque un lugar quedó libre para Yamato, éste tardó en abandonar el brazo del sillón en donde había estado apoyado.
El rubio se terminó el refresco y, tendiéndole el envase, estiró el brazo hacia Mimi.
–¿De verdad alguien aún juega a esto? –inquirió Mimi, incrédula.
–No lo sé –Sora se encogió de hombros–, hagámoslo por los viejos tiempos...
La botella en medio de ellos parecía aguardar a que alguno se decidiera y Tai, aburrido de esperar la iniciativa de alguno, se estiró para tomarla.
–Qué alguien me recuerde como iba –pidió, tamborileando los dedos sobre el cristal.
–Boca obedece y fondo ordena –la buena memoria de Jyou hizo acto de presencia.
–¿No era al revés?
Koushiro lo cuestionó, no muy lejos de tomar su laptop y conectarse para buscar algo de información.
–¡Ya, ya! –Tai, impaciente, se estiró de nuevo para colocarla en el suelo y hacerla girar–. ¡Juguemos así! ¡No pasa nada si era al revés!
–¡Esto me encantaba! –coreó Mimi, con ojos brillantes de una sincera emoción.
–Uhm, entonces te cederé mis turnos –Jyou se removió en su lugar, no muy convencido con la idea de jugar pero había cedido en pro del grupo.
Y así, por los viejos tiempos, la botella giró y llovieron las preguntas indiscretas y típicas de siempre; cosas sin mayores riesgos como darle un beso al de al lado, tratar de equilibrar una bandeja en la cabeza, contar algún chiste con doble sentido, y demás. Claro que el juego inocente no lo era tanto cuando se tenía casi diecinueve, el ánimo se caldeaba de una forma diferente y hasta cierto punto, las preguntas cobraban matices más sinceros.
Más sinceros, y peligrosos.
–¡Al fin regresa a Yamato! –Mimi dio un saltito de alegría y añadió–. ¿Verdad o reto?
–No, no –Jyou se subió las gafas al intervenir –. Eso es de otro juego.
–Pero también funciona, Jyou –la chica lo fulminó con la mirada y volvió a sonreír–. Déjame seguir...
Cohibido por el regaño, Jyou se resignó con un suspiró y la atención grupal volvió a Yamato.
–Verdad –eligió el rubio, sabiendo que no se escaparía de participar.
–¡Genial! –y Mimi ni siquiera lo pensó–. ¿Cuál es tu mayor secreto? Y quiero algo bueno –amenazó, muy segura de sí–, o volveré a preguntar.
Yamato arqueó una ceja y evitó rodar los ojos, se sabía observado y le resultaba bastante incómodo con esa pregunta personal que flotaba en el aire; aquel era uno de esos momentos en los que solía replegarse en sí mismo y cambiar de tema con sincera brusquedad. Sin embargo, parecía estárselo tomando con demasiada seriedad, al punto de abrir la boca y callarse... reparando en lo que diría.
No tenía que responder con una verdad, podía simplemente decir algo más.
–Yamaaaa –Tai intervinó–, ¡dilo de una vez!
Yamato contempló los ojos color chocolate del otro, y regresó la atención a Mimi. Y quizás todo sería culpa del moreno, al hablar cuando no era oportuno y hacerlo sonar como algo personal, como si Tai supiera lo que sentía y estuviera exigiendo no más mentiras; sintió, por peligroso que fuera, esa necesidad de sincerarse y soltar todo lo que mantenía bien apretado contra el pecho, tan receloso de compartirlo y preocupado de arruinar lo que sí tenía.
Sintió, sin ser capaz de negarlo, que si no hablaba en ese momento… no lo haría jamás. Y eso, a Yamato le pareció algo más aterrador que el sufrir un rechazo.
–Me gusta Tai –declaró.
Con llana simpleza, sin enrojecer o añadir más, el rubio soltó la frase dejando boquiabierto al aludido y en silencio a los demás.
Los escasos segundos que pasaron antes de que alguien volviera a hablar le resultaron eternos y luego, para bien o para mal, una risa llegó. Mimi se reía y los demás, aparentemente entendiendo lo que ocurría, la siguieron doblándose por las carcajadas sinceras; lo que acababa de decir, parecía algo irreal y ellos se reían, porque sonaba absurdo que él se hubiera enamorado de Tai.
En su fuero interno, Yamato apretó los puños y contuvo el aliento para no gritar ni hacer movimientos en falso que lo pudieran delatar.
–¡Ishida! ¡Qué tramposo! –Mimi se retorció.
–¡Así no se juega Yamato! –y Jyou volvió a recordarle las reglas–. Se suponía que aceptaste decir una verdad.
–¡Eso!, una verdad. ¡No un reto! –Koushiro, tranquilo como era pero también riendo, consideró la situación–. Sin ofensas Tai, pero enamorarse de ti debe de ser cosa dura.
Y aunque Tai había permanecido callado, con el corazón golpeando dolorosamente contra el pecho y la impresión atorada en la garganta; torció los labios, increíblemente ofendido. Sin pensar, lanzó un puñetazo suave al hombro de Koushiro.
–Aunque no lo creas –aclaró, enrojecido–, soy increíblemente buen novio.
–Pero si nunca has tenido novia –Sora puntualizó aquello, tal vez algo sentida.
–¡Cierto!, ¡muy cierto! –Mimi le apoyó–, no hay pruebas...
Y de pronto, todo el juego se había olvidado y la conversación se volcó sobre la vida romántica de Tai, que si le gustaba a fulanita, que si había salido un par de veces con alguien pero no tenía citas formales y entre el parloteo, en el que Yamato no participó, el moreno volvió los ojos al rubio dándose cuenta de que éste seguía mirándole.
Tal vez nadie lo notó o, quizás... sí se dieron cuenta y quisieron fingir que no.
"Me gusta Tai"
¿Acaso podría actuar como si no le hubiera escuchado?, Tai no dejaba de preguntárselo. Era un juego tonto, con respuestas tontas, para matar el tiempo; era la clase de juegos que a Yamato nunca le gustaron y por eso, analizó Tai, por eso el rubio debía de haberse burlado de todos al responder algo tan estúpidamente ridículo como aquello.
Gustarle…
Más rápido de lo que alguien podía decir "balón aquí", Tai apartó la mirada con brusquedad… pasando un brazo por los hombros de Sora y respondiendo a la sonrisa que la chica le brindaba ante el repentino gesto cariñoso.
Todo estaría bien.
Ahí, a los ojos de Tai, no había pasado nada.
oOoOo
Tiempo después, luego de las despedidas y al emprender el camino a casa, Tai caminaba increíblemente silencioso. Yamato tenía que admitir que en alguna ocasión había deseado que el moreno no parloteara tanto para así poder escuchar sus propios pensamientos pero, como ocurría con las cosas que no se valoraban hasta que se perdían, en ese momento deseó que Tai hablara para así no seguir royéndose la cabeza con temores y preocupaciones.
De hecho, no habían cruzado palabra desde que Mimi le hiciera esa pregunta.
La noche era tranquila, soplaba un viento fresco y en cualquier otro momento -estaba seguro- hubiera visto a Tai improvisando algún pase con un balón imaginario; vergüenza no era una palabra que caracterizara a su amigo.
Pero Yamato, con una sola frase, había logrado que éste no quisiera mirarle a la cara.
–¿Sabes? –rompió el silencio, sabiendo que no podían continuar así–, prefiero seguir como defensa –comentó el rubio, tratando de recuperar la conversación que habían tenido antes de llegar a casa de Sora.
–No te gusta correr –Tai respondió, apenas sonriendo ante su conclusión.
–Bueno, no mucho…
Yamato se encogió de hombros, conocía sus capacidades y como defensa también corría pero él era más alguien de velocidad que de resistencia; por eso era mejor defensa que delantero. Además, siempre había pensado que desde esa posición podía tener una mejor idea del campo y del lugar por el que llegaría el ataque. Un partido de soccer era como una batalla, cuando el silbato marcaba el inicio y la formación se rompía… el enemigo aprovechaba para robar el balón y atacar, la defensa era importante en esos momentos.
–Al menos ya mejoraste con los pases largos –Tai le empujó, en lo que parecía un intento por recuperar su humor habitual–, robar balones nunca fue tu problema.
–Ey –falsamente ofendido, el rubio le observó–, intenta aprender algo de música y ya hablaremos…
–¡Calla! –replicó, con el mal recuerdo de las clases de música del colegio–.¡Me dieron una rota! ¡Por eso no sonaba bien! Fue la peor tortura de mi vida y nada, absolutamente nada, tiene comparación.
–Lo sé…
Yamato no lo discutió, durante el primer año de preparatoria Tai había tenido un problema grave por cuestiones de música y el casi reprobar una clase que realmente era más relleno que formación oficial; el moreno insistía en que su flauta no servía y, obviamente, el profesor se había tomado a pecho el que Tai no diera señales de querer aprender.
Y no era mala fe de Tai, simplemente la música no se le daba ni el coordinar las manos y los dedos para las notas. A duras penas y a base de mucho esfuerzo le había enseñado algo con lo que pudiera aprobar.
Tai suspiró, de forma larga y cansada, ya fuera por el recuerdo de la clase o esa otra situación más cercana en el tiempo.
–No sabré tocar una nota, pero reconozco lo que es bueno.
–¿Sí? –Yamato sintió curiosidad, pues seguían hablando de música–. ¿Cómo qué?…
El moreno elevó los brazos, estirándose, pero también se adelantó unos pasos marcando distancia entre ellos.
–Ese grupo de nombre extranjero… –soltó sin darle mucha importancia–, Teenage Wolfs, o algo como eso…
De forma inevitable, Yamato sonrió y sintió esa pequeña calidez en el pecho volviéndose tan evidente que podría enrojecer. Por fortuna no lo hizo, era lo menos oportuno cuando no sabía sobre que clase de suelo andaba caminando. Aún así, las palabras de Tai eran halagadoras y de alguna forma le reconfortaban.
Lo que había dicho en la reunión, había sido inoportuno y producto del perder la paciencia. Tenía cierta esperanza pero, también se desesperaba.
–Yamato, date prisa –Tai le llamó, con el brazo en alto y ese gesto que usaba en pleno partido cuando pedía que subieran por el campo.
–No es tan tarde aún –replicó ante la prisa.
–Ya –el moreno se revolvió el cabello–, pero perderemos el tren de las diez.
–Bien…
Todo parecía estar bien, lo otro era un tema olvidado. Aún así, cuando abordaron el armatoste metálico y a diferencia del primer viaje, había un asiento desocupado entre uno y otro; el tren estaba casi vacío, y no volvieron a hablar.
Si la incomodidad fuera algo palpable, seguramente estaría sentada entre ellos.
Yamato tampoco mencionó la urgencia de abordar que Tai había mostrado ni el hecho de que siempre terminaban tomando el último tren pues conversando se olvidaban del tiempo, tampoco quiso pensar en que no hubo un Yama sino un Yamato; esa noche, Tai bajó en la estación de siempre, simplemente despidiéndose con un movimiento de mano; Yamato, por su parte, siguió hasta la propia sabiendo que había cometido un error.
Se había desesperado, precipitándose.
Pero, Tai le gustaba…
oOo
Yamato acaba de mover, bruscamente, el mundo relajado de Tai.
De los capítulos más largos que he hecho~.
