Horas después, el Thousand Sunny zarpaba de la remota isla en la que habían vivido aquella insólita aventura. La extravagante normalidad que caracterizaba a la tripulación había regresado al fin tras un largo día de fieros combates y estresante tensión; convirtiendo de nuevo su cena una auténtica batalla campal.

- Estaba todo delicioso- dijo Nami al terminar. Con un agradecimiento parecido (y un gruñido por parte de Zoro), sus compañeros fueron saliendo de la cocina, dejándola a solas con el cocinero una vez más.

Sanji aceptó el cumplido con una sonrisa mientras recogía los restos de la tarta de mandarina que, como había prometido, había preparado para el postre.

Luego, sin dejar de llenar de halagos a la mujer, se dirigió hasta el fregadero con la pila de platos.

- Deja que te ayude con eso.

Los ojos del pirata se volvieron dos enormes corazones al escuchar su ofrecimiento.

- No hace falta que estropees tus hermosas manos, Nami san, si lo necesito llamaré a uno de esos idiotas para que lo haga por ti. Deja que te prepare una bebida.

Ella asintió y se sentó en la barra, sonriendo a su vez.

Cuando su refresco estuvo listo y sobre la mesa, la chica se llevó la pajita a los labios y lo probó.

- Tan bueno como siempre, Sanji-kun.

- Arigato, Nami-swan, solo sirvo lo mejor para mis damas- tarareó él mientras se remangaba la camisa y metía sus manos bajo el grifo.

Su cabello, todavía húmedo por el baño que se había dado nada más llegar, era la única prueba que persistía del incidente que ambos habían vivido en aquel calabozo… pero ninguno podía dejarlo pasar. La conversación que había quedado pendiente flotaba en la cocina, presente como un aroma más de las especias que allí se guardaban.

Tras permanecer un tiempo en silencio, tan solo acompañado por el chocar de los platos y el ruido del agua al caer, Sanji suspiró.

- Nami-san, perdóname por…

- ¿Qué pasó después?- cortó ella- ¿Qué le ocurrió al tercer príncipe?

Sanji pestañeó y por un momento se quedó inmóvil, con las manos llenas de jabón.

El sonido de las olas al chocar contra el barco se mezclaba con el retumbar de su propio corazón.

- Ah, bueno, él murió- dijo sin darse la vuelta, reanudando su tarea.

- ¿Qué?- preguntó Nami desconcertada.

Sanji se encogió de hombros, fingiendo indiferencia, y colocó el siguiente plato en lo alto del montón.

- Murió de hambre en una isla desierta, cuando el barco que le había recogido naufragó.

Nami abrió los ojos, perpleja y horrorizada al escuchar esas palabras, y se incorporó de golpe, furiosa.

- ¡Sanji-kun! ¡Es un final horrible!

- ¿Sí?- contestó él girándose hacia ella mientras se secaba las manos en el mandil- Yo creo que es una buena historia.

Una media sonrisa decoraba sus labios.

- Pues no lo es- la navegante se cruzó de brazos con testarudez- Un cuento debe servir para dar una lección, tener una moraleja o algo así, ¿qué aprendes con este? ¿Cómo maltratar a un niño por ser diferente?

- No- negó él con la cabeza. Su mirada, limpia e inocente, llena de felicidad, se clavó en la joven- que compartir la misma sangre no te hace ser familia. ¿No lo crees?

Los ojos de ambos se encontraron durante más de un segundo, disfrutando de su compañía. El barco volvió a balancearse mientras el auténtico significado de aquellas palabras se filtraba en sus corazones.

La expresión de Nami se dulcificó.

- Por supuesto- dijo, y sonrió.


Siento que este capítulo sea tan corto... pero lo compensaré en el epílogo que publicaré en poco tiempo, lo prometo :)