Si hubiera mirado hacia arriba a través del magnífico cristal que cubría el sitio, el imponente hombre habría visto un cielo azul brillante y limpio y un sol majestuoso que se alzaba por sobre toda la bendita tierra de Athena durante ese día. Habría notado el maravilloso contraste de las columnas que rodeaban esa majestuosa cámara y cómo, asombrosamente, los rayos del astro rey parecían adquirir una consistencia prácticamente sólida al reposar dentro de ese sitio... el viento soplaba con fuerza su corriente cálida de comienzos de julio, por lo que el agua que reposaba en la piscina estaba medianamente templada.

Los pesados ropajes patriarcales cayeron sin ningún cuidado.

Le fascinaba mandar, le fascinaba sentirse bajo control de la situación, de una misión que se había impuesto de manera fija: el cierre de esta dimensión para los Dioses. Era una misión extraordinaria, pero también él era un hombre extraordinario y lleno de misterios. Desnudo se contempló mientras ingresaba al agua y observó la perfección de su cuerpo, la fortaleza que los ángulos de sus músculos proyectaban y el gesto misterioso y generalmente sombrío que ofrecía su rostro enmarcado por su cabello, libre de la tiara papal y de la máscara.

"Dos caballeros de Oro..." meditó en voz alta al tiempo que ingresaba totalmente al agua y su cuerpo se sumergía poco a poco como si fuera una columna que súbitamente se hundiera. "...¡Y aún así dudo mucho que puedan hacer algo!" Agregó a su pensamiento. "Estos son tiempos extraordinarios, lo vaticinan la serie de signos increíbles que rodean los acontecimientos! Cada vez confirmo más que mi destino era estar aquí, como estoy en estos momentos...".

A lo lejos, a Saga de Géminis le pareció percibir algo. Se sonrió.

"¡En Death Queen Island se ha armado por vez primera en toda la historia un Santo del Fénix! La legendaria Armadura que posee atributos extraordinarios... ¡ni la más granDiosa Armadura Dorada podría imitarla! ¡Una Armadura que se regenera por sí misma y concede a quien la use prácticamente el regalo de la inmortalidad!" Tocando la superficie del agua con sus manos, Saga rememora algunas visiones que lograra ver hacía algunos días en Star Hill, cuando se anunció la llegada del Ave Inmortal a este mundo. "El nacimiento de este ser es prodigioso pero trae consigo terribles consecuencias... una amenaza con la que yo no contaba, una amenaza divina en la cual jamás pensé cuando hice... lo que tuve que hacer." concluyó el Santo Dorado de Géminis bajando la cabeza y rodeándose, de manera curiosa, de más tinieblas, a pesar de estar en medio de una piscina que recibía la luz del brillante día. "¿Es acaso que de esta manera los Dioses están volviendo a interferir en mi misión? ¿Es bueno que yo disponga de dos de mis Santos Dorados para esto? Dos presencias extrañas que han ingresado a nuestro mundo... y me pregunto: ¿dónde podrá encontrarse el tercero? La leyenda nos habla de tres..."

El aire movió el cabello de Saga al soplar y entrar por entre las columnas, mientras que parte de su rostro se reveló al recibir la luz. Saga aspiró profundamente y logró percibir que algo había cambiado en el ambiente.

Su desarrollado olfato logró disfrutar el delicioso perfume de exquisitas rosas. Cerrando su mente, Saga sonrió evocando en su mente la visión de estas flores y el origen de esta fragancia. Satisfecho, volvió su cara hacia donde provenía la corriente de aire que traía consigo el perfume, mientras que ocultaba su rostro con esa extraña cualidad que Ares, Señor Oscuro, le permitía.

"Si acaso los mitos son correctos y hay tres guerreros... incluso si acaso fueran sólo dos, y lo que los libros dicen fuera cierto, me parece que dos Santos Dorados no serían suficientes... ¿acaso habré renacido en este mundo sólo para terminar vencido antes de siquiera tener mi oportunidad? La presencia de mis fieles Santos Dorados los alertarán y entonces... ¡vendrán a por mí!"

La corriente de aire se calma, pero el perfume de rosas invade todo el sitio, Saga contiene una sonrisa perversa sabiendo que es observado. Caminando con decisión, el hombre que es el Patriarca del Santuario, decide jugar, como gusta, con las piezas que el destino ha hecho suyas para mover a voluntad, y sale de la piscina Papal mostrándose desnudo a un espectador oculto.

"Al sepulcro se llevan flores..." dice Saga sonriendo mientras mira hacia arriba y siendo iluminado por el sol. "... Sólo en ti confío..." concluye mientras sonríe una vez más y la corriente de aire mueve su cabello llevando consigo el delicado perfume de rosas que son su firma para desaparecer luego de un tiempo.

"Y de todas las cosas que podrían ser... el amor por pretexto tonto..." mirando hacia la máscara patriarcal que reposa en el suelo junto con sus ropajes ceremoniales, Saga se burla. "Pero muy útil..."

CRÓNICAS ZODIACALES: CÁNCER: FATALIDAD CAPÍTULO III:

LA SERPIENTE MORDIÉNDOSE LA COLA.

Un ligero temblor estremeció los pies de ambos recién llegados a tan desolado sitio. El oleaje del mar chocaba contra sus afiladas costas con furia, como rechazándole incluso éste a tan detestable sitio: Death Queen Island.

"¡Que nombre tan perfecto para un sitio tan incomprendido!" meditó Máscara Mortal aspirando el aire descompuesto y saturado de aromas penetrantes y fétidos.

Un sonido como de cristales chocando entre sí y un destello áureo iluminó desde detrás a Máscara de la Muerte. Volviéndose para presenciar lo ocurrido, el Cangrejo Dorado observó como su acompañante elevaba su Cosmo para alejar de sí el aire caliente, cargado de muerte, enfriándolo y purificándolo antes de que éste llegara a sus fosas nasales.

"¡Qué sitio tan detestable, no en vano aquí son lanzados los malditos de Athena!" exclamó Camus de Acuario tomando el borde de su capa y echándolo hacia atrás con fuerza mientras que miraba de vuelta a Máscara Mortal quien le observaba fijamente. "Me imagino que esta es la clase de sitio que prefieres, ¿no es verdad, Máscara de la Muerte?" impregnadas en sus palabras y en su mirada, la pregunta parecía más bien escupida de labios del Aguador Dorado esperando respuesta.

"¡Qué suspicacia la tuya, Señor de los Hielos!" exclamó en respuesta y con tono burlón Máscara Mortal mientras aspiraba audiblemente el aire frente de Camus. "¡El olor a descompuesto es de mis favoritos, sin embargo, tú encerrado siempre en esa gélida barrera eres incapaz de saber lo que esto significa! ¡El impulso extra de Cosmo que la muerte proporciona y la incomparable emoción que encierra! ¡Qué aburrido vivir como tú...!"

El crujir de varios hilos de hielo que se formaron frente a Máscara de la Muerte le interrumpieron mientras miraba cómo se concentraban cercanos a él.

"Ten cuidado con tu boca, Máscara Mortal... no hagas que olvide que eres un Santo de Athena y que estamos aquí por órdenes superiores, Athena sabe muy bien que así no sería de realizarse mi voluntad..." concluyó bajando la cabeza y cerrando delante suyo sus manos en forma de puño al tiempo que destrozaba los hilos de hielo que cayeron sin tocar el suelo, al evaporarse por el terrible calor que invadía todo el sitio.

Riendo, Máscara de la Muerte se dio media vuelta volviéndose hacia el interior de la isla dominada por un enorme volcán mientras que decía.

"¿Y qué mejor cosa tendrías que hacer ahora que esto, Camus? ¡Observa la gloria de este sitio temido! Observa y busca junto conmigo a aquel que hemos venido a ver y aguardar... a aquel que terminó con mi Maestro para surgir de entre el fuego..."

Camus cerró los ojos y bufó ante las absurdas palabras de Máscara de la Muerte. Nada le importaba que el hombre que El Patriarca les había mandado a proteger hubiera matado al infame Jeshua durante su entrenamiento, menos el patético intento de poesía que el Cangrejo Dorado intentara, ni siquiera entretener el pensamiento de qué preferiría estar haciendo en estos momentos... sólo una cosa invadía la mente de Camus de Acuario, un solo deseo el que lo movía en estos momentos: terminar lo que tenían que hacer allí tan pronto como les fuera posible y salir de ese maldito lugar que le parecía insoportable.

"Sea lo que sea, avancemos, por favor." Agregó únicamente como respuesta Camus intentando congelar la urgencia que sentía y dejarla dentro de sí como si no existiera. Máscara Mortal carcajeó para sus adentros, aquel quien porta una Máscara es capaz de develar las capas que envuelven a otros, y ¡qué risa le causaba la repugnancia que Camus sentía por él y este sitio!

Tras haber avanzado un poco por el camino, ambos Santos Dorados se detuvieron al sentir nuevamente un temblor que sacudió a la Isla. Un fulgor rojizo iluminó la humareda que acompañó al rugido del volcán. Ambos Santos se detuvieron para observar el acontecimiento.

Con tono de fastidio, Camus finalmente volvió a hablar.

"¡Es una pérdida de tiempo el que permanezcamos juntos en esta isla! El Maestro no nos informó sobre la naturaleza del enemigo, debo de asumir que será la de cualquier entidad extraña..."

Máscara Mortal miró de vuelta al Aguador Dorado ante este último comentario mientras que agregaba.

"Camus, en esta tierra me parece que el único extraño serías tú..."

Ambos hombres se miraron fijamente mientras que un sonido semejante al trueno se escuchaba a lo lejos. Máscara Mortal pudo percibir como en los ojos de su acompañante una chispa parecida al temor se podía notar... ¡se sentía inseguro!

"Sea lo que sea..." agregó Máscara Mortal tras un momento de breve silencio sólo enmarcado por el rugir del mar y el del volcán a lo lejos. "...Tengo la sensación de que será algo lo suficientemente extraordinario como para que dos Santos Dorados hayan sido mandados por Su Santidad hasta este lugar."

"Me voy." Respondió a esto Camus alejándose de la escena. "Que Niké te corone." Agregó el hombre de porte majestuoso y elegante mientras que se alejaba del sitio.

Mientras se perdía en el inhóspito paisaje, Máscara Mortal analizó la escena y el sitio. ¡Qué lugar tan adecuado para Jeshua de morir! ¡Qué forma tan deliciosa y tan gloriosa, habría sido para él, el saber que a este mundo traía un nuevo soldado de la Diosa y no a un místico armado!

Dirigido más por su instinto, y brillando con potente energía cósmica, Máscara Mortal caminó por el suelo de esa isla que hallaba atractiva y hasta bella, ¿acaso los orificios que antes hubieran sido sus ojos podían percibir algo que los demás no podían? ¿algo que los tontos como Camus no podía apreciar?

Discretamente, Máscara Mortal pasó desapercibido, haciendo uso de su gran velocidad y astucia como Santo Dorado de Athena, por la isla. Se decía que este lugar eran los únicos restos de un antiguo continente llamado Lemuria, el mismo continente de donde se decía provenía el Santo Dorado de Aries, ese chiquillo callado que alguna vez viera... poco tiempo antes de que dejara de ver a Kanon para siempre en el Santuario... poco tiempo antes también de que él, Mu, desapareciera para siempre del Santuario.

"Sólo sombras son las que caminan aquí, son sólo aquellos cuya furia mueve por la vida... ¡éstos son la salvación del Santuario! ¡Éstos son los que realizarán los planes de nuestro Señor Arles para lograr que la justicia de los Dioses se imponga!" Deteniéndose detrás de una columna, Máscara Mortal logró observar que en medio de algo parecido a una plaza, se alzaba una columna de piedra con una Caja de Pandora que mostraba la figura de un ave legendaria envuelta en fuego en su grabado. Un temblor recorrió la isla mientras que Máscara Mortal recorría la columna con detenimiento, mientras que bajaba poco a poco su vista. Ahí, en la base, a manera de ofrenda parecía estar... ¡La Máscara de la Culpa! ¡Aquella que su Maestro portara hasta el final de sus días como lo impusieran!

"Para quien creyera que mi Maestro comenzó a ser infeliz en el momento en el que portó esta Máscara estaría tan equivocado... ¡el fue libre al fin cuando le fue impuesta! ¡Qué regalo de Athena tan bendito!"

Kanon poco podría haber sospechado cuando ingresó algunos días después como testigo a aquella sala ovalada que la siguiente ocasión en la que él entraría, el juzgado sería él1.

Frente de ellos, podían observar sentados y dominando sobre los demás, a dos Santos de enorme poder en El Santuario... a dos Santos que Kanon detestaba... sobre todo al principal.

Vestidos de manera idéntica, ciertamente resultaba para muchos imposible distinguir entre el Kagemusha y su señor El Patriarca. Pero para Kanon esto no era tan difícil de realizar, experto observador del Santuario y sus secretos, pocas cosas escapaban a la atenta mirada de el contendiente por la Armadura dorada de Géminis.

"¡Háganlo pasar!" lanzó la orden Shion desde su silla. Arles volvió su mirada a los dos centinelas que guardaban las puertas de la sala para comprobar que la indicación hecha por el Patriarca fuera obedecida. Escoltado por otros dos guardias, como si de algo hubiera servido eso ante un poderoso Santo de Plata, el Maestro Jeshua ingresó a la habitación. Pocos pasos detrás de él, aquel joven que salvara Kanon de ser aplastado por esa turba de malvivientes, aquel joven apenas menor que él que salvara por casualidad, como un acto fortuito que le dio el pretexto de hacer brillar su Cosmo en medio de una zona restringida y anunciar que conocía el secreto del polvo guardado bajo el tapete del soberbio Shion hizo su entrada. Kanon bufó con algo de desprecio como para hacer patente su poca sorpresa ante esto. Indiferente, volvió su mirada hacia Jeshua para luego mirar de manera furtiva, al joven de cabellos azulados que permanecía agachado casi catatónico.

"¡Jeshua!" exclamó Shion rompiendo el silencio con el eco de su voz fuerte retumbando en cada rincón de la sala. "¿Sabes por qué estás aquí?"

Dentro de su corazón, Shion rogaba a la Diosa que le diera la equidad de Metis, madre de Athena, para poder ser brazo de la justicia que merecieran todos, así como esperaba hallar en el corazón del difícil Santo de la Cruz del Sur, indicios de que se encontraba arrepentido.

"¿Jeshua?" preguntó ahora Arles hostigando al interrogado y apoyando de manera zalamera a su amo y señor.

¡Qué antipático le resultaba este lambiscón a Kanon! ¡Cómo despreciaba el hermano de Saga estas comedias! Sin necesidad de ser un oráculo, podía predecir la conclusión de este juicio.

Con la cabeza gacha y gesto sombrío, el cabello blanco de Jeshua pareció agitarse un poco mientras levantaba poco a poco la mirada de forma retadora. Delante de los ojos de Jeshua la escena se dibujó predecible. Suspiró. La vieja historia de todas las épocas. Los mojigatos trayendo a rendir cuentas a los valientes, los grupúsculos de poder patético incapaces de sostener la mirada ante lo terrible de la cara de la Diosa, esa figura farsante e inexpresiva que habían plantado en cada esquina del Santuario como para infundir el temor a todos los que osaran desobedecer a los "elegidos de Athena"... ¡qué equivocados estaban! Sin necesidad de tener ídolos de ella en cada esquina, Jeshua era capaz de comprender la salvaje belleza de la Diosa de la Guerra.

"Estoy aquí..." inició su respuesta el hombre que fuera Maestro de Máscara Mortal "... Porque he entrenado a un soldado para la Diosa de la Guerra Athena, en base a la práctica que la Guerra exige e impone... estoy aquí porque usted, Patriarca, es incapaz de comprender que la gente como yo somos necesarias al luchar en la batalla..."

"¡Silencio, insolente!" exclamó Arles levantándose violentamente y agitando sus manos evidenciando su indignación. "¿Cómo te atreves a hablarle así a Su Santidad, que luchó junto a la Diosa de los Ojos Grises? ¿Cómo te atreves a decirle al representante elegido de Athena que no es capaz de comprenderla?"

Jeshua miró hacia Arles con un gesto de desprecio y volviendo su mirada hacia Shion, atento a cada detalle, respondió.

"Yo estoy hablando con tu amo, Sombra Gris, apártate de mi camino y no interfieras..." dijo mientras cerraba los ojos y volvía su rostro hacia abajo nuevamente con indiferencia.

"¿Qué? ¿Cómo te atreves?" preguntó Arles temblando de rabia ante el desprecio mostrado por Jeshua hacia él, ante ese descalificativo, poniéndose en menos de diez minutos una vez más de pie delante de su silla, acomodada al lado del Patriarca.

Kanon sonrió divertido ante la reacción de Arles y sintió una profunda simpatía por aquel hombre que era juzgado por atreverse a ser diferente.

"¡Calma, Arles!" ordenó Shion a su Kagemusha con firmeza.

El sirviente del Patriarca lo miró desde debajo de su máscara con algo de dolor en su orgullo herido, acto seguido guardó silencio teniendo que obedecer de manera renuente, la orden de el antiguo Santo de Aries.

"¡Hasta tu sombra te cuestiona, Patriarca Shion!" espetó Jeshua con sorna al hombre que lo miraba desde arriba. El juzgado se volvió hacia Arles para corroborar sus palabras. El Kagemusha, manipulado por las hábiles palabras del acusado sólo atinó a bajar la vista dócilmente para no dar la razón al insolente Jeshua de la Cruz del Sur.

Kanon carcajeó para sus adentros cada vez más entretenido... el joven que había entrado con Jeshua miró entonces a su Maestro con una chispa en los ojos, un gesto que no pasó desapercibido para Kanon. El joven era un rebelde... como él, como ése hombre que estaba ahí enfrente.

"Basta de burlas, Jeshua" ordenó Shion con ese tono ecuánime que era más irritante que cualquier grito. "Si tienes que reducirte a esas tácticas para exponer tu punto de vista en realidad haces que mi mente se pregunte qué tan adecuado fue conferirte la responsabilidad de entrenar al que sería el elegido para convertirse en un Santo de Oro..."

Jeshua calló ante lo contundente de este comentario. Era verdad, el cinismo y las burlas no lo ayudarían en nada en estos momentos. Volvió su rostro agachado hacia un lado molesto por reconocerlo, silenciado más allá de cualquier otra argucia.

"Dices que has entrenado a un joven de los cientos que tuviste a tu cargo, para convertirse en Santo Dorado siguiendo los lineamientos de Athena... dime: ¿dónde están los demás aparte de este jovencito que trajimos contigo?" cuestionó el Patriarca señalando desde su sitio al alumno que había acompañado a Jeshua desde su zona de entrenamiento hasta allí, al cual había ignorado hasta ese momento, desde la llegada de los soldados del Patriarca.

Jeshua se mantuvo firme en no mirar a Máscara de la Muerte, sabía que estaba ahí, conocía la calidad de su Cosmo tan bien como la palma de su mano. Máscara de la Muerte miró hacia el Patriarca. Kanon borró la sonrisa de cinismo que había mantenido hasta ese momento para escuchar las palabras del viejo Papa.

"¿Crees en verdad que es posible que la voluntad de la Diosa Sabia haya sido que me entregaras sólo a uno de entre los cientos que tuviste a tu cuidado y le hayas privado de otros brillantes jóvenes que sólo querían servirla?" preguntó con tono de reproche el antiguo Santo de Aries. "La sangre de todos esos jóvenes está en tus manos, Jeshua... ¡y has manchado con ella a este joven! ¿Acaso es eso lo mejor que puedes darle a Athena? ¿Un Santo que ha asesinado a sus hermanos de fe?"

Un tenso silencio cayó sobre la sala. Un silencio roto por los pasos de soldados caminando afuera haciendo la ronda de vigilancia.

Al fin, respirando profundamente, Jeshua alzó la mirada y respondió al cuestionamiento de Shion tras un par de minutos que transcurrieron como si fuesen horas.

"¡En todas las guerras siempre hay quienes viven y quienes mueren..." retumbó la voz de Jeshua en el salón con tono moderado. "Yo le estoy entregando a Athena al mejor de entre todos ellos!" La convicción puesta en sus palabras demostraban su compromiso para con sus actos.

Tras escuchar la respuesta del Maestro caído en desgracia, Shion no tuvo que pensar mucho sus siguientes palabras:

"¡Pero esto no es una guerra, Jeshua!" dio por respuesta sencilla y sin rebuscar el Máximo de los 88 Santos de Athena.

"¡Falso!" interrumpió prontamente Jeshua al Patriarca. "¡Y es en eso en lo que se equivoca usted, Su Santidad! ¡Esto es una guerra! ¡Para ello es que estos jóvenes están siendo entrenados!" Shion calló sorprendido ante la vitalidad del grito que dio por respuesta el Santo de Plata de la Cruz del Sur. "¡Desde el mismo momento en que usted me encargó a un Santo para Athena la guerra ha comenzado! ¿No es para eso que nos estamos preparando? ¡Un Santo!" gritó nuevamente Jeshua. "¡Un Santo es lo que usted pidió... helo ahí!" concluyó Jeshua señalando con gesto efusivo a Máscara de la Muerte quien abrió sus ojos y se irguió ante la fuerza puesta en el movimiento de su Maestro. "¡Ahí está su Santo Guerrero de Athena!"

Los ojos de Shion se posaron en Máscara de la Muerte, lo mismo que los de Arles y los de Kanon.

"Sí..." respondió Shion tras observar a Máscara de la Muerte reaccionar tan vehementemente ante Jeshua, tomando equivocadamente como miedo lo que su antiguo alumno parecía proyectar. "... Ya veo. Quizá lo que tú dices, Jeshua, pueda ser cierto, pero... no puedo permitir que tu visión contamine más esta tierra sagrada, este Santuario que está consagrado a la Diosa Athena, la Diosa de la Sabiduría..."

Kanon sintió su Cosmo hervir dentro de sí. El hábil y taimado anciano una vez más lo haría, tomar la senda que conduciría al destino que habían ya determinado para ése hombre antes de que lo presentaran en una comedia que se le antojaba barata en todo.

"La Diosa... ¡de la Guerra!" replicó Jeshua mirando de vuelta a Shion molesto, desesperado, exaltado. "¡Es la guerra lo que ella espera de nosotros, Patriarca!" Concluyó con un tono de voz parecido al que un exasperado adulto adopta para hacer entender a un niño tonto algo que le hubiera repetido hasta el cansancio.

"Es la justicia lo que ella busca de nosotros, Jeshua." Respondió sin dudar el antiguo Santo de Oro de Aries. "La justicia que su bondad infinita sólo puede darle al hombre en medio de un universo de Dioses que lo codician todo. Tú me acusas de tener una visión limitada de las cosas, sin comprender que el que no alcanza a ver todo el panorama eres tú, empeñándote en repetir una vez tras otra que Athena es solamente una Diosa de Guerra, no somos simples soldados, sino sus avatares, confiados de su palabra y sus preceptos para la protección del universo... ¿cómo lograríamos esto si comenzamos matándonos entre nosotros?" pregunta Shion a Jeshua quien escucha todo sin responder y haciendo de lado su furia. "Yo en este joven veo el miedo, no el anhelo y la alegría que un devoto de Athena debe sentir por servirla... ¡no es el simple acto de la guerra lo que ella nos pide, Jeshua, es el acto de justicia que solamente basado en una férrea base moral podremos llevar a cabo!" Concluyó volviéndose hacia Arles y asintiendo con determinación señalando hacia abajo, confirmando una orden que se tenía desde antes. Al menos, eso pudo determinar Kanon desde su punto de vista.

El Kagemusha inició un lento recorrido por el camino semicircular y descendió hasta salir por una puerta ubicada detrás del estrado donde los jueces impartían su juicio.

"Y lo que tú has hecho con este jovencito no es un acto de justicia, Jeshua... ¡es un crimen!" concluye sentenciando Shion fuertemente al Santo de Plata de la Cruz del Sur.

"Así que... ¿culpable me has encontrado ya, Shion? ¿Indigno de seguir sirviendo a la Diosa? ¿Crees acaso que he cometido estos actos sólo por locura? ¿Por ambición? ¿Por miope?" pregunta Jeshua con tono de reproche al Máximo de los 88 Santos de Athena el cual lo mira firmemente de vuelta.

"No, Maestro Jeshua, no es eso lo que yo pienso." Responde Shion observando como Arles ingresa de nueva cuenta al recinto ante la mirada expectante de todos con paso lento, casi podría decirse, cruel. Sosteniendo entre sus manos una pequeña caja de color plateado brillante. El Kagemusha llega hasta el Sumo Sacerdote y la entrega en sus manos de manera respetuosa. "Lo que yo creo, Jeshua, es que tu visión no es la adecuada para este sitio... Debo tomar en consideración y no olvidar que fue la Diosa la que te favoreció con el hecho de poder llegar a ser Maestro, no puedo pasar por alto que esto tiene un significado. Enseñar y formar guerreros, practicar la guerra es lo que debes de hacer, lo único que hay que determinar, es el lugar y momento adecuados en los que debes de llevar a cabo esta guerra solitaria que te consume de esta forma tan penosa."

Con paso regio y pausado, Shion toma la reluciente caja entre sus manos al tiempo que comienza a descender por las escaleras hasta llegar enfrente de Jeshua quien lo mira todo sin acertar a descifrar lo que está ocurriendo, la radical violencia que se esconde detrás de los movimientos calculados y medidos del Patriarca del Santuario de Grecia.

"El Santuario de Athena es suelo sagrado, Jeshua... ¡es una ofensa y un error el mancharlo con la sangre inocente de quienes desean defender a la Diosa! Esto es algo que no puedo permitir que ocurra, cuando mi misión es reconstruir su hogar en vísperas de su venida." Al llegar frente a Jeshua, Shion deposita la caja frente a él y la abre. Desde la perspectiva de Máscara de la Muerte, Kanon o el propio Jeshua, el contenido es imposible de ver. "Pero hay una posesión de Athena que está en manos peligrosas de rebeldes que han profanado lo que alguna vez fuera una Tierra Sagrada también consagrada a Nuestra Venerada Señora..." agrega Shion con tintes de nostalgia en su voz. "...Una tierra que pagó el precio último y su devoción a ella con la vida de toda su población y pereció ante la ira de los Dioses, para ser luego habitada por seres oscuros que retuercen y causan un sacrilegio de la esencia misma de ser un Santo atreviéndose a falsificar las sagradas Armaduras ¡y manteniendo en esa isla cautiva a una de las Armaduras más poderosas de entre todas las existentes!"

Introduciendo sus manos en la caja y extrayendo su hasta ese momento desconocido contenido, Shion levanta sus brazos. Entre sus manos sosteniendo el objeto guardado por la caja: Una terrible máscara, terrible a la vista, de color rojo y grandes ojos, enormes dientes parecidos a los de un dragón que refulge en las manos de Shion.

"Quizá tú puedas rescatar ese tesoro para Athena y salvar ese pedazo de Tierra que alguna vez fue querida para nuestra Diosa... Jeshua..." concluye Shion volviéndose hacia el Santo de Plata de la Cruz del Sur al moverse.

"¡Psicoquinesis!" piensa Jeshua al darse cuenta que está siendo controlado por el poderoso Patriarca del Santuario.

"¡Tú serás desde hoy Jeshua, El Culpable2!" proclama Shion, Patriarca de Athena. "Tú misión, para rescatar tu lugar en los Campos Elíseos será hacer de la Armadura del Fénix, un aliado de Athena en esta guerra que viene... ¡irás al sitio donde tu visión y tus reglas son necesarias!" Obligando con su psicoquinesis a que Jeshua se reverencie ante él, Jeshua muestra la máscara de la culpa frente de sus ojos, ante la angustiada mirada de Máscara de la Muerte. "Y hasta que logres esta misión o mueras, esta máscara estará contigo." brillando con enorme Cosmo dorado, Shion impone la máscara al antiguo Maestro del otrora Bruno. "¡Jeshua... El Culpable, Señor de la Isla de la Reina Muerte!"

El orgullo y su organismo entrenado a resistir el dolor evitaron que Jeshua gritara cuando su piel entró en contacto con la temible máscara que desde entonces lo acompañaría hasta su muerte, la máscara que al tocar su rostro se adhirió a su piel como si se tratara de su verdadera piel, de su verdadero rostro. El fulgor dorado que deslumbró a quienes miraban esta escena y la fuerza del Cosmo de Shion, rindieron a Jeshua, el cual recibió callado la sentencia. Dócil, rendido totalmente y quizá ya meditando en su siguiente paso, Jeshua fue retirado ante una señal de Arles desde su sitio sin darle más tiempo para hablar.

Jeshua, conocido como "El Culpable" abandonó el Santuario que no volvería a ver sino días antes de morir, y aceptar el papel que el destino le había impuesto.

"La supervivencia es cuestión de adaptación...¡yo, saldré triunfante de esta prueba!" eran los pensamientos que llenaban su mente.

Shion volvió entonces su mirada al confundido Máscara de la Muerte.

"Su Cosmo está lleno de temor..." Reflexiona cuando el joven lo mira de vuelta interrogante. "¿Será posible que aquí sienta más inseguridad que en el mundo de horror que su Maestro le diera? Athena... ilumíname ¿he de utilizar la técnica mental para hacerle olvidar su pasado?"

El Patriarca se aproxima a Máscara de la Muerte quien lo mira lleno de temor absoluto.

"No temas, hijo, aquí no hay qué temer. No ha llegado tu hora para portar la Armadura que has ganado de manera justa, pues has adquirido el poder de un Santo que será dorado..." Dice el antiguo Santo de Aries. "Tal vez... todo esto ha ocurrido porque la voluntad de la Diosa es esta..."

Y mirando de vuelta a Kanon, Shion se aproxima al hermano de Saga.

"Sin tu valiosa intervención este joven podría haber sufrido más daño hoy, Kanon... ciertamente, fuiste un instrumento de la misericordia de Athena, pues abriste las puertas del Santuario a éste y acabaste con un sitio de injusticia."

Kanon escucha las palabras del Patriarca mirándolo con una mezcla de rencor y temor.

"¿La justicia divina? Me parece que lo que he visto aquí, es un acto de violencia inconcebible, bueno, no para mí... ¡jamás me ha podido engañar, Patriarca! Los errores que usted comete los hace a un lado y todo siempre lo fuerza para ajustarse a su punto de vista.3"

Shion escucha estas palabras con el peso de la culpa sobre sus hombros.

Una explosión en el volcán que domina el paisaje terroso de Death Queen Island parece sellar los recuerdos de Máscara de la Muerte. Mirando la Máscara de la Culpa que llevó su Maestro hasta el día de su fallecimiento el Cangrejo de Oro medita.

"Y al final, Maestro Jeshua usted cumplió aquello que le fue encomendado... ¡es la demostración perenne de que la voluntad de Athena y su aprobación por usted son fehacientes! ¡Qué grande es usted, Maestro, vivió como quiso y murió como quiso! ¡La existencia del Santo del Fénix es el máximo epitafio que usted pudo lograr para sí mismo, al igual que la existencia de un Santo Dorado hecho por usted! Seguro que, donde quiera que usted se encuentre, en estos momentos se siente satisfecho de su obra..."

"¿En verdad crees eso?" pregunta una voz profunda que interrumpe los pensamientos de Máscara de la Muerte, el cual, se vuelve asombrado hacia sus espaldas, sorprendido de no haber podido captar antes el Cosmo imponente y oscuro que esta aparición delante suyo emana.

Delante de él, una figura alta envuelta en una túnica oscura y de rostro oculto lo mira, una figura que parece mimetizarse con el entorno oscuro y salvaje que le sirve como marco y fondo. La capa, que se aprecia hecha jirones envuelve a la aparición, vuela movida por el viento, y para la sorpresa de Máscara Mortal nota que... ¡sus pies no tocan el suelo!

"¿Qué eres tú? ¿Acaso un fantasma?" pregunta Máscara Mortal mirando hacia el rostro de su interlocutor, tratando de distinguir sus facciones.

"Dime tú, Santo de Athena... ¿hay forma de regresar del mundo de la muerte?" pregunta enigmáticamente de vuelta el misterioso ser.

Una enorme emanación de Cosmo dorado surge del Santo Dorado de Acuario, quien ante sí se encuentra con un personaje parecido al que recién se presentara ante Máscara de la Muerte.

"¡El poder de este ser es enorme, aparentemente casi tan grande como el de un Santo Dorado!" piensa el Copero Dorado sorprendido y mirando con disgusto la apariencia de este ser que brilla con fuerte olor a muerte. "¿Quién eres tú? ¿Qué clase de guerrero sin honor oculta su apariencia detrás de una capa? ¡Muéstrate ante mí y dime tu nombre!" exige Camus elevando su Cosmo cercano al Séptimo Sentido.

Un extraño sonido apagado y zumbón es emitido por la criatura que tiene Camus delante suyo.

"¿Acaso se está riendo?" se pregunta Camus comenzando a sentir indignación por la reacción de la bizarra forma que le mira interrogante.

"¿Es que en verdad crees que estarías preparado para mirar la verdad que oculto debajo de mis sombras, tonto mortal?" pregunta finalmente la aparición. "¡Más te valiera hacerte a un lado y dejar que yo pase!"

"¿Qué palabras has dicho?" pregunta Camus molesto ante la observación de su rival, quien comienza a brillar con un Cosmo que ¡tiene un olor! "¡Quiero ver tu cara, hijo de humana, quiero ver el rostro que ocultas debajo de las sombras!"

El viento hace volar la túnica del hombre delante de Camus, el cual, nota con sorpresa que los pies de esta misteriosa figura parecen no tocar el suelo.

"No estás listo para enfrentar una verdad tan terrible... aquel quien mire mi rostro está condenado a sufrir la locura de sus culpas...hazte a un lado, Santo de Athena, mis negocios no son contigo..."

"¿Quitarme yo de tu camino cuando has sido tú el que se ha presentado ante mí? ¿Qué tonterías dices?" pregunta Camus con tono frío y extendiendo sus manos en postura defensiva.

"Nosotros sabemos el porqué de su presencia aquí, Santo de Athena... por eso es que he venido a decirte que no te pongas en el camino de nuestra misión... estás a tiempo aún, antes de atraerte un castigo terrible..."

"Te di la oportunidad y la desperdiciaste..." dice Camus sin inflexiones en su voz y elevando su Cosmo, la capa de su Armadura vuela impulsada por la energía de su portador. El Santo de Acuario lanza hacia delante su mano derecha y ocasiona que una ráfaga de viento frío salga de ésta para descubrir la cabeza de su enemigo, oculta debajo de una capucha.

"¡Estoy aburrido de tu misterio! Lo más probable es que sólo seas un fantoche... ¡descúbrete ante mí, cobarde!" grita Máscara de la Muerte elevando su Cosmo en respuesta a la violenta energía que emana de ese hombre que permanece firme delante de él.

"La voluntad del Patriarca es una que no nos sujeta a nosotros... ¡ni siquiera los Dioses pueden detenernos!" responde el contrincante del Cangrejo Dorado. "Somos aquello que no pueden evitar los pecadores, pecadores como el hombre que porta la Armadura del Fénix, o como el hombre que los ha mandado a ustedes a detenernos de manera tan ridícula..." concluye la sombra quien echa hacia atrás su capucha para revelar un rostro sin cabello oculto también por una máscara lisa, que muestra una luna en cuarto creciente que cubre toda la superficie plateada de la máscara, que por lo demás es lisa, con una ligera sombra que marca el sitio donde el ojo izquierdo de su portador se encuentra. "Somos la fatalidad inevitable del parricida, Santo de Athena, somos las Erinias..."

El trueno de una explosión ocurrida dentro del volcán enmarca la revelación de la identidad del contrincante de Athena. Invocando el poder de su oscuro Cosmo, la Erinia comienza a brillar con fuerza agrediendo el Cosmo del Santo Dorado de Cáncer.

"¡Este Cosmo!" piensa Máscara de la Muerte sorprendido. "¡Es tan fuerte como el mío!" Al recibir la descarga de energía que soporta el Santo de Athena haciendo brillar el suyo propio, hace que éste abra los ojos asombrado al ver, superpuestas, imágenes de sufrimiento, de niños que mueren. "¡No, no!" piensa Máscara de la Muerte con temor. "¿Son éstas mis víctimas? ¡Reconozco a algunas de ellas!"

Una risa profunda y macabra surge del contrincante de Máscara de la Muerte al notar en el rostro de su víctima, el miedo del remordimiento iniciar su obra.

"¿Qué es lo que pasa delante de tus ojos, Santo de Athena? ¿Tu pasado, tu presente o tu futuro? Mi castigo no es para ti, por mucho que lo lamento... tu destino está atado a otras cosas, por mucho que odio esta realidad..." La voz distorsionada del ser parece tener una inflexión de lamento ante esta última declaración.

En medio de un vórtice de imágenes que amagan con volverle loco, Máscara Mortal se pregunta desesperado.

"¡En el nombre de las quimeras, qué horrores pasan delante de mis ojos! ¿Quién o qué es este hombre?" se pregunta gritando en su mente al tiempo que libera un grito.

Las risas de su contrincante son lo que se escucha por única respuesta.

Un fuerte suspiro es lanzado por el aparentemente impasible Camus de Acuario, que se traduce en una emisión de aire congelante que detiene a su alrededor, como cosa prodigiosa, la Cosmoenergía de calidad tan ajena a la de los Santos de Athena que ataca directamente su ser.

"Tonto, tonto humano, la oportunidad te la di yo al pedirte que te apartaras, sufre por aquello que te has labrado tú solo" dice esa voz extraña, como ahogada en una Máscara idéntica a la de la otra Erinia, pero de diseño invertido. La Cosmoenergía del ser comienza a hacer retroceder al asombrado Copero Dorado.

"¡Athena bendita!" exclama Camus asombrado en el interior de su mente. "¿Cómo es posible que esto esté ocurriendo? ¿Acaso este ser es tan fuerte como un Santo Dorado?" se pregunta lleno de sorpresa. "¿Acaso es tan fuerte como yo?"

Como si se desvaneciese de pronto, un vapor blanquecino y pegajoso escapa de la silueta de Máscara de la Muerte arrodillado y cubriéndose la cara con ambas manos. El silencio sigue a este momento, un silencio absoluto enmarcado únicamente por el quejido del viento que sopla a su alrededor.

"¿Qué?" se pregunta asombrado mirando sus manos, llegando a la conciencia de que las terribles imágenes que invadían su mente se han ido, dejando más preguntas que respuestas; preguntas, que por otro lado, no le interesaban que fueran respondidas... ¡hacía tanto tiempo que no se sentía de esta manera! ¡Había sido casi como volver en el tiempo...! El sonido de un pie caminando hizo que Máscara de la Muerte interrumpiera sus pensamientos y volviera únicamente su Cosmo a detectar a quien tenía cerca sin mirar. Mirando de pronto hacia atrás en un rápido movimiento y poniéndose en posición de ataque, Máscara de la Muerte se encuentra con...

¡Nadie!

El paraje inhóspito y salvaje de Death Queen Island se convirtió más que nunca, en un paisaje que reconfortó su mente que le dio paz.

"¿A dónde se fue?" pregunta Máscara de la Muerte con rabia, cuando escucha la voz de esa aparición detrás suyo.

"A veces, dar la espalda a aquello a lo que hemos sido llamados no nos salva de enfrentar lo que debemos, Santo Dorado de Cáncer..."

Con gesto alterado y bordeando en el frenesí nervioso, Máscara de la Muerte se vuelve para encontrar, delante en postura despreocupada al enemigo que lo volviera casi loco con el toque de su Cosmo.

"¡Maldito!" exclama Máscara de la Muerte. "¿Qué palabras dices? ¿Porqué hablas en acertijos? ¡Di lo que tengas que decir de manera clara de una buena vez!"

Moviéndose como si flotara alrededor del radio donde la batalla se realiza, la Erinia recorre en silencio sepulcral la circunferencia, sin sonidos de pasos que toquen el suelo, un silencio que crisparía los nervios más acerados. Los jirones de ropa que ocultan la forma real de quien lo porta, ¿hombre? ¿mujer? ¿monstruo? Y esa enigmática máscara...

"Cierto... nunca fuiste muy brillante." Da por única respuesta la Furia que se mueve hasta que da la vuelta completa y llega al mismo sitio de donde partiera. "El destino, Máscara de la Muerte, nos alcanza tarde o temprano, alcanzó a tu Maestro Jeshua en manos de ese joven llamado Ikki, por el cual venimos, alcanzó al viejo Patriarca que le condenó...te alcanza a ti y a mí... como una serpiente que muerde su cola... ¿no pareciera acaso que el destino es caprichoso y a veces se equivoca?"

Recuperando poco a poco el aplomo, Máscara Mortal comienza a hacer brillar su Cosmo y recupera su sonrisa burlona, recordando que porta una Armadura dorada que le protege, ¡la Armadura sagrada de Cáncer! Su cabello comienza a agitarse como una llama al tiempo que se promete que no volverá a ser sorprendido.

"Supervivencia... debo observarlo, vigilar sus movimientos para contraatacar en el momento preciso... ¡lo mandaré al infierno!" piensa con rencor ante su enemigo.

"¿No respondes?" pregunta La Furia4 quien permanecía esperando las palabras de Máscara de la Muerte. "Bien, puesto que lo pones así, creo que deberé de responder lo que yo pienso..."

Pateando una piedra con su pie y emanando poderosa energía cósmica que la hace un proyectil peligroso lanzado contra la máscara de la Erinia, el Santo Dorado de Cáncer da un paso adelante.

"¿Y a quién le importa escuchar tu estúpida teoría sobre el destino, despojo de carroña?" pregunta con desprecio. "Si tu objetivo es luchar contra mí... ¡ven ya! ¡arrójate y terminemos esto! ¡Yo mismo te lanzaré a las puertas de la verdadera muerte!"

La piedra que golpea en su objetivo pero rebota fuera de la escena sin mayor importancia no hace sino hacer que la Erinia tome atención a las palabras del guerrero de Athena. Tras esta última amenaza, la Erinia brilla en su terrible Cosmoenergía oscura levantando polvo y una estela de piedras que se destrozan.

"¡Maldito! Si la burla del destino también lo es para mí... ¡ya querría ver que intentases cumplir lo que has jurado! Lamentablemente, está más allá de mi poder castigarte yo a ti..." responde con maldad palpable la aparición temible... como si una especie de hoyo negro apareciese de pronto delante de uno, con calidad nebulosa y sin embargo brillante, al Cosmo acompañaba un sonido penetrante y agudo, que asemejaba al grito de quien muere con horror... ¡cuántas veces Máscara de la Mortal había escuchado ese sonido!

Una risa escandalosa interrumpe las palabras de la Furia quien se vuelve a Máscara Mortal molesto, pero sin emitir ningún ruido, escuchando, tragando su propia ira.

"¿De qué hablas, Alimento de Buitres?" pregunta Máscara de la Muerte con desprecio creciente. "Tu espectáculo de luz y de sonido me parece interesante, pero son trucos baratos ante un verdadero Santo de Athena... ¡el destino del que me hablas es uno que cumpliré cuando te destroce! ¡Cuando te agregue a mi colección de trofeos! ¡Y además dices que no podrás hacerme daño a mí?" riéndose más escandalosamente dice. "¿Entonces si reconoces mi poder superior? ¡Eres un tonto! ¡Más me valiera cumplir las órdenes del Patriarca y dejar de estar sufriendo tu intolerable plática! ¡Mereces la muerte simplemente por ser tan estúpido de enfrentar a alguien que te supera con creces!"

Un trueno a lo lejos se escucha, y las carcajadas de Máscara de la Muerte se interrumpen cuando estas risas son acompañadas por las del extraño ser que tiene enfrente.

"Eres tan ciego, Máscara de la Muerte, que no te das cuenta que aquello que me impide a no luchar hasta terminarte es lo mismo que te ha traído a ti hasta este momento... ¡¡el destino ha venido por el Santo Dorado de Athena, aquel que se cree más allá de la vida y de la muerte!!" grita la aparición con un leve dejo de desprecio y rencor. "¡A ti, el más indigno de todos los seres y sin embargo, el más digno para desempeñar tu destino!"

Con fastidio, y harto de las palabras de su enemigo, Máscara de la Muerte borró al fin su sonrisa mientras que brillaba con más intensidad en gloria dorada y aumentaba la calidad de agresividad de su Cosmo contra aquella figura que no paraba de hablar y hablar.

"¡Patético!" pensó Camus mientras extendía el radio de su gélido Cosmo que lanzó hacia atrás a su enemigo como acorralado, en los últimos momentos, el Santo Dorado de Acuario había incrementado su Cosmo cercano al Séptimo Sentido y ganado terreno ante su contrincante. "Su Cosmoenergía es una que ataca directamente la paz del alma, pero... Su Majestad seguramente no pensaba que un Santo de la Orden Dorada de Athena sucumbiría ante estos ataques tan... monótonos, ¿o sí? ¿Porqué el Patriarca mandó a dos de los Santos Dorados a enfrentar a estos presuntuosos guerreros negros?"

Durante su solitario recorrido por la isla, Camus había podido observar que los habitantes de ésta, eran personas de maldad absoluta, se indignó demasiado al notar que estas presencias no sólo se burlaban de lo sacro de sus Armaduras, que habían reproducido en diferente número entre varios de sus habitantes, sino que además, eran gente como esperaba, despreciable, llena de vicios y deseos impuros. Ante este panorama, Camus había llegado a la conclusión de que, frente a él, debía tener a una de esas tantas almas perdidas que con su simple presencia hacían mofa de Athena.

"Sin lugar a dudas, uno de los más brillantes guerreros negros..." pensó el Santo Dorado de Acuario al mirar a su enemigo casi a punto de ser acorralado en un callejón natural de rocas.

"¿Y la sabiduría de su Diosa no es parte del regalo divino que ésta les da, Santos de Athena? ¿Es todo lo que puedes pensar? ¿Que soy un Santo Negro de esta isla?" cuestiona la Furia con tono decepcionado. Camus escucha esta pregunta registrando que tiene delante suyo a un ser capaz de escuchar los pensamientos. "¿Te atreves a compararme a uno de esos remedos de humano conmigo, un instrumento de la justicia divina? ¿No temes acaso que enfrentarme acarree en tu contra la misma clase de daño que nosotros venimos a remediar, estúpido?"

"Silencio." Es toda la respuesta que la Furia obtiene de un controlado Camus, quien lanzando sus manos hacia delante de manera lenta proyecta a través de sus puños el arma milenaria de los Caballeros de Cristal. "¡Polvo de Diamantes!" exclama apenas alzando la voz y liberando con fuerza el terrible ataque de un Santo Dorado.

Recibiendo el embate del Polvo de Diamantes del Copero Dorado, la Furia es lanzada contra la pared rocosa de un monte, mientras que todo a su alrededor se congela inexorablemente... ¡jamás en la Isla de la Reina Muerte un frío tal fue sentido!

La capa de la Furia se congela y queda tirado a unos metros de Camus, quien suprime una sonrisa de satisfacción ante su hazaña. No resultó congelado, pero evidentemente, el enemigo no había podido resistir.

"No hay más rastro de vida en él..." piensa Camus al analizar con su Cosmo a su enemigo caído. Llevándose la capa al frente con gesto elegante, Camus mira alrededor pensando. "Mejor." Dice volviendo la espalda al cadáver. "No quiero estar un minuto más aquí, buscaré a Máscara de la Muerte quien habrá ya terminado con la otra presencia que Su Santidad advirtió."

Al dar un paso, Camus se detiene asombrado, abriendo los ojos ampliamente al escuchar un movimiento detrás de él.

"¿Qué?" se pregunta mientras vuelve su vista a donde su enemigo parecía haber sido derrotado. "¿Pero cómo es posible? ¡No percibí en el impulso de vida!" Volviéndose ahora y volviendo a echar su capa hacia atrás presto para asumir una posición de combate, Camus nota que la Erinia parece hacerle una seña para que lo mire más detenidamente.

En efecto, la Furia se recarga en el suelo y trabajosamente se pone en pie, pudiendo notar, ya sin mucha sorpresa el Santo Dorado de Acuario, que estos guerreros simulan volar al moverse a enorme velocidad.

"Tú sigues sin comprender quiénes somos y porqué debes apartarte, Santo de Athena... ¿es que acaso tendré que recurrir a que mires mi rostro para que sepas a qué te estás enfrentando?" pregunta la Furia con voz agitada.

"Tu farsa ha terminado, extraño. He descubierto tu propia humanidad y no hay truco que puedas realizar para poder sorprenderme." Responde tranquilamente Camus, dueño total de la situación.

Dando un paso hacia delante, la Erinia parece consentir y con gesto lento levanta su brazo derecho, envuelto en jirones y más jirones de ropa. "Que sea lo que tú más quieres, Camus de Acuario..." responde el guerrero quien saca una mano de aspecto mortecino de entre sus ropajes, un intenso olor a podredumbre ataca la nariz del Santo de Athena. Tomando con esa mano delgada, inhumanamente delgada, su máscara que cubre el rostro, la Erinia procede a retirarla. "¡Mira mi cara, Guerrero y descubre el horror que te aguarda!"

Retirando su máscara, Camus no puede evitar echarse para atrás con un gesto de repulsión y terror absoluto.

"¡Por todos los Dioses!" exclama suprimiendo un impulso que lo urge a devolver el estómago.

Elevando su Cosmo cada vez a niveles más intensos, Máscara de la Muerte aleja de sí la energía extraña de su rival mientras sigue analizando la situación.

"¡Su Cosmoenergía es... tan parecida a las Ondas Infernales!" piensa asombrado. "¿Por eso es que me resulta algo familiar este individuo?" se pregunta intrigado. "¡Termina ya con todo esto, cobarde!" reta a su rival una vez más. "¡Estoy comenzando a aburrirme de tu patético comportamiento, imbécil!" agrega mientras que levanta una estela de polvo y piedras filosas que rodean a la Furia que tiene delante suyo.

El extraño Cosmo obsidiana que envuelve a la Furia impide que el ataque del Santo Dorado de Cáncer tenga algún efecto. ¡Cuán imposible le estaba resultando contener su furia! Pero había llegado a este día tal y como sus Amas habían previsto, en esa inexorable precisión que la rueca del destino parece tener en los humanos y los Dioses.

"Estoy de acuerdo contigo, Santo Dorado... ¡todo esto es inútil!"

Metiendo su mano a sus túnicas, el guerrero oscuro extrae de estas una máscara de diseño parecido a la suya propia, pero que muestra una luna en cuarto menguante sobre la frente, brillante, de plata, ante la mirada llena de preguntas de el Cangrejo Dorado. Mirando esa expresión de su enemigo, la Furia parece reír al tiempo que lanza con desprecio la máscara delante del guerrero de Athena.

"Es asombroso que todo demuestre estar predeterminado siempre ¿no lo crees, Cáncer?" pregunta la Erinia. "Tu Maestro portador de una máscara hasta el final de sus días y tú adoptando el nombre de Máscara de la Muerte... ¿no lo ves acaso?"

Mirando el objeto lanzado por la figura con gesto de no entender en absoluto, se vuelve hacia el extraño que sigue hablando como si él supiera mucho más de sí mismo que el propio Máscara Mortal. La Furia emite una carcajada llena de burla, sin amenaza de por medio, una risa tan despreocupada, que la molestia de el Cangrejo Dorado se manifiesta en una gota de sudor que recorre su frente hasta su barbilla y aprieta los dientes mostrándolos amenazante.

"Pero borra esa expresión bobalicona de tu rostro, Bruno... ¿es que siempre que te hable tendrás esa cara?" pregunta entre risa y risa.

Al escuchar mencionar a esa figura su nombre, el nombre enterrado por él en el pasado al superar su más grande prueba, el Santo Dorado de Cáncer se yergue más molesto aún.

"¿Has dicho 'Bruno'?" pregunta Máscara Mortal al borde de la furia absoluta y haciendo elevarse su Cosmo al séptimo sentido. "¿Quién, en el nombre de las Parcas eres tú, maldito, que te atreves a mentar un nombre que he sepultado hace años?"

La figura que cuestiona Máscara Mortal parece, por vez primera detenerse y tocar el suelo, un detalle que no pasa ignorado por el Santo Dorado de Cáncer quien no retira su atención ante su enemigo.

"Naturalmente..." responde finalmente y tras una pausa incómoda la Erinia a su contrincante. "Creo que el tiempo de hablar a medias palabras ha terminado, y es hora de que nos volvamos a ver, frente a frente, Bruno..." Concluye retirando su Máscara plateada para revelar el rostro conocido de un ser que el Santo de Oro de Cáncer odiaba con toda la fuerza de su Cosmo.

"¡Ferdinand!" exclama con un suspiro Máscara de la Muerte sin comprender.

Concluirá...

1 La siguiente vez que vemos a Kanon en esta sala ovalada ocurre en la Crónica Zodiacal de Géminis. —Nota del Autor.

2 El adjetivo "El Culpable" obviamente es una traducción del significado con el que este personaje es conocido en la serie y el manga: Guilty. Irónicamente, Jeshua es el nombre que se atribuye al Jesús de los Cristianos, el inocente más dura e injustamente juzgado de la Historia. – Nota del Autor.

3 ¿No es curioso que Shion no hubiera hecho nada por traer a la justicia a Saga luego de hacer de lado a Kanon? (según lo expuesto en la Crónica de Géminis). ¿Fue Kanon un error hecho de lado hasta cierto punto con el consentimiento de Shion por Saga? – Nota del Autor.

4 Las Erinias también eran conocidas como Las Furias, espíritus vengadores, entre otras cosas, de los crímenes de parricidio o de crimen contra un anfitrión. — Nota del Autor.