Capítulo 3 : Compañía inesperada.
—Sydney Shatterdome… —Mako repitió, pensativa.
—Exacto. ¿Qué te parece?
—Sin duda debo acompañarte —ella afirmó, convencida, mirándolo a los ojos con decisión.
Por un momento, Raleigh negó con la cabeza; pero no se atrevió a pronunciar palabra alguna, incapaz de explicarle sus propios temores sin hacerla sentir infravalorada. No era ese el problema. En el fondo de su corazón, y también con todo su ser, sabía que Mako era una luchadora temible, probablemente mucho más capaz que él. Las palabras que había dicho a Herc no habían sido un mero cumplido, sino que estaba convencido de que, si se la ponía a prueba en una lucha a cuerpo a cuerpo real, lo más probable es que venciese a su oponente, fuese este quien fuese, sin duda alguna. Pero, ¿y ante una amenaza a distancia? O simplemente, ¿una amenaza real? Antes de formar parte de la élite formada por los pilotos de jaegger, él participó en una de las contadísimas guerras entre países que, desgraciadamente, todavía sucedían en el mundo en la época en que la amenaza kaiju comenzó; le habían obligado a hacerlo a modo de entrenamiento. Él sabía realmente lo que era luchar contra personas de su misma condición, y no contra monstruos llegados de Dios sabe dónde. Incluso sabía lo que era matar a esas mismas personas. ¿Y ella, protegida siempre por Pentecost? ¿Podría matar a alguien más que dispuesto a acabar con su vida, si antes no lograba impedirlo? La teoría no era la práctica. Pero no deseaba introducir en la mente de ella una duda que, de verse realmente inmersa en una situación comprometida, le impidiese reaccionar como debiera hacerlo para salvar su propia vida.
En cambio, Mako intuyó que algo sucedía.
—¿Qué es lo que te ronda por la cabeza? —preguntó, suspicaz.
Raleigh tardó en responder y, cuando lo hizo, la miró con tanta preocupación, que la alarmó.
—Ya no está Gipsy Danger para protegernos —señaló lo obvio.
—Lo sé perfectamente. Tampoco están los kaiju para atacarnos. ¿Qué quieres decir con eso?
—Mi vida no es importante, pero la tuya… —intentó justificar una postura que no se atrevía a definir claramente, envarado.
—La mía, tampoco. —Ella sonrió, intuyendo por dónde andaban los tiros.
—Para mí, sí lo es, y siento que no seré capaz de protegerte de un modo tan eficaz, sin ese dichoso robot de por medio —confesó al fin, hosco.
—En ese caso, tampoco yo podré protegerte a ti .—Ella continuó sonriendo con naturalidad.
—Mako, por favor, no me lo pongas más difícil…—La tomó por una mano con firmeza, sin dejar de mirarla a los ojos. Su rostro era una mezcla adorable de disculpa y de reproche—. Ya sé que lo que siento no es justo para ti; tú puedes protegerte sola, incluso protegerme a mí, quizá mejor que yo mismo. Pero no puedo evitar el deseo de ser capaz de salvaguardarte siempre —protestó.
—Mi caballero andante de brillante armadura… —Mako respondió dulcemente, ampliando sonrisa.
—No me tomes el pelo, por favor —le pidió, molesto.
—No lo estoy haciendo. —Se abrazó a él, pegando la cabeza a su pecho, mientras suspiraba—. Te necesito, Raleigh —aseguró—, te necesito como jamás he necesitado a nadie. Y me hace sentir segura saber que siempre estarás a mi lado para protegerme, incluso de mí misma. —Calló, reflexiva, antes de continuar—. Yo quiero que me protejas, pero necesito también intentar protegerte yo a ti. Sé que puedes comprenderme.
Él asintió a modo de derrota —abrazándola con fuerza.
—Por eso he de acompañarte a Sydney Shatterdome. Formamos un buen equipo. ¿O no?
—Por supuesto que sí —él afirmó sin dudar—. Está decidido, entonces. Voy a comunicar a Herc que ambos partiremos lo antes posible hacia Australia. —La separó de su cuerpo a regañadientes, no sin antes depositar un beso en su oscuro cabello.
Y no pudo haber sido más oportuno, ya que sin previo aviso, tal como era usual en ella, Mina Lecour irrumpió en el cuarto de su amiga, pletórica de energía. Al ver a Raleigh tan pegado a Mako y en su propia habitación, enarcó una ceja.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó al rubio, sin ningún tipo de vergüenza.
—Estoy ultimando con Mako los pormenores del viaje que vamos a hacer a Sydney Shatterdome —él respondió con total naturalidad, sin dejarse amedrentar por la pizpireta jefe de ingenieros.
—¿A estas horas, y aquí?
—Aquí, en mi cuarto, en el tuyo… ¿qué más da dónde sea? —le ofreció una sonrisa inocente, que a la mujer desarmó casi por completo.
—No sé yo… —Negó con la cabeza levente y sonrió—. Bueno, por mí como si te la tiras todas las mañanas.
La pareja la miró con ojos desorbitados.
—¿Qué? Sólo digo que tampoco pasaría nada si lo hicieras. ¿O sí?
Sin pretenderlo, el rostro de Raleigh enrojeció. Al escuchar aquellas palabras no había podido evitar imaginar a Mako en sus brazos, ambos desnudos, en el lecho, entre las sábanas...
—Recuérdame porqué somos amigas —Mako pidió a la mujer, reprobadora.
A lo que Mina bufó con cómica frustración.
—¡Por favor! Los dos tenéis un sentido del humor inexistente —afirmó, resignada—. Dejemos eso. ¿Así que al final no te vas solo? —abordó a Raleigh, como si estas fuesen sus primeras palabras en aquella conversación que había incomodado tanto a la pareja.
El la observó, lleno de sorpresa. No imaginaba que nadie, aparte de Herc y de él mismo, estuviese al tanto de su intención de viajar a Australia. Ambos habían llevado el asunto en el máximo secreto, en previsión de una posible fuga de información a la Unión de Naciones, aunque esta fuese por error o por descuido. Si ella lo sabía, ¿cuánta más gente tenía constancia de ello? Aquello constituía un quebradero de cabeza más que afrontar.
—¿Y para qué os vais los dos a Sydney Shatterdome, en vez de centrar todos los esfuerzos de la Organización en acondicionar La Brecha? —la francesa continuó preguntando con descaro.
—¿Cómo que, para qué? La Unión de Naciones es la que manda aquí. ¿Cuánto tiempo crees que nos dejará trabajar en paz, antes de echársenos al cuello, sanguinaria, por negarnos a apoyarla? — Raleig la miró fijamente, mordaz—. Las instalaciones de La Brecha aún tardarán unos meses en estar operativas, así que no nos queda más remedio que buscarnos la vida allí donde nos ofrezcan más facilidades. Y Australia nos las ha ofrecido; al menos por ahora —explicó.
—Tienes razón… Os acompaño —declaró, de súbito.
—¿Qué? ¡Esto no es una excursión de campo y playa! – él la reprendió, indignado—. Mako y yo vamos a estar en peligro durante todo el viaje. Tú no tienes formación militar, y garantizar tu seguridad ralentizará demasiado nuestra tarea.
—Yo no soy un peso muerto, rubiales. —La mujer clavó su dedo índice en el pecho del piloto, retadora. —Necesitáis un técnico capaz de evaluar realmente el estado de toda la tecnología que se quedó allí —afirmó después, rotunda.
Pero Raleigh negó con la cabeza.
—Allí quedaron cuatro cosas. Lo que más nos interesa, es el estado de las instalaciones —Mako afirmó, pensativa.
—Eso es lo que la mayoría cree, pero no es así —la rubia aseguró—. El repliegue de las Fuerzas Jaeger fue tan rápido e imprevisto, que gran parte de la maquinaria de mayores dimensiones hubo de ser dejada atrás, en las distintas instalaciones repartidas por todo el mundo. Y esta es justo la que más necesitaremos ahora, si queremos volver a protagonizar un traslado relámpago. ¿O no? —argumentó con lucidez.
—Tiene razón… —Mako se dirigió a Raleigh, mirándole a los ojos con convicción—. O sea, que por lo que dices, la Unión de Naciones debe estar como loca por hacerse con toda esa tecnología que dejamos atrás. —Volvió a hablar a su amiga—. Supongo que ya se habrá apropiado de lo que haya podido rescatar de las demás instalaciones, pero en esta, al hallarse en una zona fuera de su jurisdicción, será más difícil de controlar; aunque no dejarán de intentarlo.
—Maldita sea… Esto se complica por momentos —Raleigh respondió, preocupado—. Vamos en busca de Herc y propongámosle la marcha de los tres cuanto antes.
—Ese es mi chico —Mina afirmó, entusiasmada. Y le palmeó la espalda en un acto reflejo, que él recibió con asombro.
—¿Y tú, por qué demonios estás tan contenta? —él quiso saber, molesto.
—Porque esto va a ser toda una aventura —respondió con voz alegre y desenfadada.
—Dios nos asista... Con esta cabra loca a nuestro lado, vamos a acabar todos muertos —él rezongó por lo bajo.
Pero tomó la delantera a las dos mujeres, en busca del Mariscal.
~~O&o&O~~
—Ni por asomo —Hércules Hansen negó, rotundo, cuando Raleigh le expuso el nuevo planteamiento del viaje a Sydney Shatterdome—. Ella se queda aquí —ordenó, sin dar explicaciones.
—Pero Lecour tiene razón —Raleigh objetó, a pesar de que deseaba con todas sus fuerzas no tener que preocuparse de proteger a aquella mujer descarada, imprevisible e imprudente—. Ni Mako ni yo, a pesar de que ella tiene mucha más formación que yo en ese sentido, somos capaces de discernir hasta qué punto nuestra organización puede mudarse allí y retomar su actividad sin retrasos.
—Nos arriesgaremos —el Mariscal declaró.
—¿Y para qué demonios vamos a ir Mako y yo allí de avanzadilla, entonces? ¡Larguémonos de aquí cuanto antes, y punto! —Raleigh casi gritó, comenzando a enfadarse por la inexplicable terquedad de su amigo.
—Sabes que vosotros dos tantearéis el terreno; seréis una especie de "tentación" para la Unión de Naciones; a ver cómo se comporta al respecto. Debemos conocer hasta qué punto va a ponernos trabas fuera de su jurisdicción, cual es su estrategia.
—Ahí estoy de acuerdo, y lo sabes. Por eso, me he negado durante tanto tiempo a que Mako me acompañe en esta misión. —La aludida no pudo ocultar su sorpresa, al escucharle, y lo miró con cara de reproche—. Pero tú eres perfectamente consciente de que las Fuerzas Jaeger no están como para desperdiciar recursos asumiendo ese tipo de riesgos. Si destinamos la poca financiación que nos queda a intentar acondicionar unas instalaciones que ya no sirven a nuestros propósitos, La Brecha se quedará sin terminar; y si esto pasa y la Unión de Naciones nos agrede, el juego habrá terminado —sentenció, contundente.
—¡Esto no es un juego! ¡Maldita sea! —Herc se enfrentó a él, airado.
—Por eso mismo —Raleigh respondió con toda la serenidad que fue capaz de reunir.
—Dime porqué narices no me dejas acompañarles, Mariscal —Mina se plantó frente al hombre y lo retó, no sólo con palabras, sino también con una mirada orgullosa—. Yo puedo resultar mucho más apetecible que estos dos, incluso.
—Porque tú no tienes ni puta idea de formación militar —Hansen contraatacó, hiriente, muy a propósito—. Formas parte del cuerpo técnico, y punto.
—Y una mierda. Voy a acompañarles, porque eso es lo que tengo que hacer, y no serás tú quien me lo impida. —Acercó su rostro al de él peligrosamente, desafiante.
Si en aquel mismo momento le hubiesen preguntado al respecto, Raleigh habría jurado que conocía muy bien qué tipo de contienda estaba presenciando entre el Mariscal y la Jefe de Ingeniería; pero se dijo a sí mismo que aquello no era posible, y desechó la idea de su mente de inmediato.
—Soy el Mariscal de Las Fuerzas Jaeger y, si cuestionas mi autoridad, estás fuera. Aunque fueras el mismísimo Dios —Hansen amenazó abiertamente a la ingeniero.
—¡Ya está bien! —Raleigh se interpuso entre ambos, cansado de aquella situación—. Si traemos la guerra a nuestra propia casa, ya no nos harán falta ni los kaiju ni la Unión de Naciones para enviarnos a la mierda; nos bastamos nosotros solitos. ¿Es que somos incapaces de llegar a un consenso? —les reprochó con cabreo—. Herc, reconsidéralo. Ya sé que los riesgos son inmensos, pero es imprescindible que Mina nos acompañe —finalmente intercedió por la mujer.
Mina Lecour, en vez de aceptar la ayuda con humildad, volvió a enfrentar la mirada de su superior, aún más desafiante.
Hansen, entristecido, negó con la cabeza.
—¿Sois conscientes, los tres, de que si morís durante esta misión, las Fuerzas Jaeger se habrán terminado? —Fue una pregunta retórica, que no esperaba respuesta.
—A corto plazo, quizá. Pero hallarás a otros dispuestos a terminar lo que nosotros empezamos — Mako respondió, convencida—. Y si logramos nuestro propósito, el valor de lo que habremos ganado será infinitamente superior al riesgo asumido para conseguirlo.
—Raleigh, haz lo que consideres necesario —Con un ademán abatido, el mayor delegó, por fin—. Si las cosas se tuercen, haremos por vosotros todo lo que podamos, pase lo que pase, y hasta el final —le aseguró.
—A mí me gusta todo esto tan poco como a ti. Pero creo que estás haciendo lo correcto —el otro intentó reconfortar a su amigo, a sabiendas de que nada podía mitigar esa sensación de impotencia, de zozobra y de pérdida que planeaba sobre todos sus corazones tras la guerra contra los kaiju, que todos intentaban ocultar, sobrellevándola como mejor podían, tantas secuelas emocionales como habían quedado en sus mentes y en sus corazones, y que no abandonaría totalmente a ninguno de los allí presentes por mucho que llegasen a vivir.
Hércules hubiera deseado responderle que no deseaba perder a ni una persona más, que estaba harto, saturado, hundido… Pero sabía bien que no podía permitírselo. Se mantendría fuerte, hasta el último aliento que le quedase de vida; soportaría lo insoportable, sufriría lo insufrible… para que otros no lo sufrieran.
Así que tan sólo asintió, en silencio. Palmeó la espalda de su amigo y sonrió.
—Volved todos de una pieza.
~~O&o&O~~
Dos días después, Mako, Mina y Raleigh aterrizaron en el Aeropuerto Internacional Kingsford Smith como tres turistas más. Tomaron el primer taxi que pudieron hallar, que les condujo al hotel donde, por adelantado, habían alquilado tres habitaciones.
Cuando el recepcionista del hotel les entregó las tres llaves, caminaron hacia el ascensor que conducía a las diferentes plantas, y fingieron estar distraídos, hasta que pudieron tomarlo en solitario.
—Los tres pasaremos la noche en mi habitación —él anunció, con voz firme—. Las tres habitaciones tan sólo son una tapadera.
Mako le dirigió una sonrisa pícara, de un modo disimulado.
—Quieres aprovechar para seducirme, ¿eh? —Mina le provocó, alegremente.
—¿Es que jamás tomas nada en serio? —Raleigh le reprochó, molesto—. Quien logre seducirte a ti, habrá perdido la salud en el intento. Eres un tsunami —añadió con socarronería.
En contra de lo que él esperaba, la francesa desvió la vista, melancólica, guardando silencio. Entre ellosse creó una situación incómoda, que el propio ascensor se encargó de disipar, al detenerse en su planta de destino.
—Os habéis dado cuenta de que nos han seguido… —Raleigh afirmó, nada más cerrar, tras ellos, la puerta de la habitación.
Mina ya se hallaba dando vueltas y desperezándose sobre la única cama que había en el cuarto.
Inmediatamente, la atención de las dos mujeres recayó sobre él.
—¿Desde cuándo? —Mako quiso saber, atónita y preocupada por igual.
—Desde el mismo momento en que hemos puesto un pie en el aeropuerto de Sydney. No sé cómo, pero nos esperaban; o quizá no quiero saberlo. Como haya sido el Delegado de Exteriores del Ministerio Australiano quien nos ha traicionado, la llevamos clara. Si antes de llegar aquí no podíamos fiarnos de nadie, ahora muchísimo menos. Cuando nos entrevistemos mañana con él, veremos por dónde van los tiros.
—¿Estás seguro de que nos han seguido? ¿Totalmente? —Mina preguntó, abandonando la sonrisa remolona de su cara.
Por toda respuesta, él asintió.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —Mako preguntó, a su vez.
—Por ahora, continuar con nuestros planes. Creo que no se han dado cuenta de que yo los tengo controlados y ese hecho nos otorga cierta ventaja. Aunque me parece poco probable que logremos despistarlos en ningún momento. Estad preparadas.
—¿Para qué, exactamente? —El tono de voz de Mina no mostró ni rastro de broma.
—Para cualquier cosa: huir, esconderse, plantar cara, correr, pelear, disimular, acechar, tender una trampa… e incluso matar. Sabías que esto podía pasar —le recordó con dureza.
Ella asintió con la cabeza, decidida.
—¿Cuántos son?
—Que yo haya descubierto, dos; realmente, no tengo ni idea. Correremos mayor peligro en Sydney Shatterdome; allí no habrá nadie que pueda hacernos de pantalla. Si nos acorralan en un lugar desierto, nadie sabrá que hemos llegado, siquiera. Así que, nadie se extrañará si no salimos. Quizá sea buena idea lograr que el Delegado de Exteriores nos acompañe; no creo que se atrevan a provocar un conflicto internacional de un modo tan abierto.
—¿Crees que quieren matarnos? —Mako buscó su mirada, llena de inquietud.
—No, por el momento. No me extrañaría que prefieran secuestrarnos primero, para intentar convencernos para que nos unamos a ellos; o nos extorsionen, o torturen para obligarnos a hacerlo por la fuerza. Yo lo tengo muy claro: no me dejaré coger vivo —afirmó, rotundo.
La morena lo observó, sorprendida por aquella afirmación tan radical, pero él no añadió una palabra más al respecto.
Dejaron transcurrir el resto de la tarde, intentando no pensar demasiado en lo que sucedería al día siguiente; a la hora de la cena no bajaron al restaurante del hotel, sino que Raleigh pidió una gran cantidad de comida, que se repartieron entre los tres.
Mako intentó leer un pequeño libro que se había llevado con ella, sin poco éxito, porque no lograba concentrarse lo suficiente como para asimilar lo que estaba leyendo. Mina se dedicó a hacer zapping en la programación que emitían las cadenas australianas de televisión. Y Raleigh se tumbó en un gran sofá, aparentando dormir, aunque no logró conciliar el sueño ni un segundo siquiera; su mente bullía de posibles situaciones que podían presentarse y de otras tantas estrategias con que intentar superarlas.
Habían acordado que Mina y Mako compartirían la cama, de tamaño mediano, y que Raleigh dormiría en el sofá. Así que, entrada la noche, las dos mujeres se acomodaron en la cama lo mejor que pudieron, tratando de conciliar el sueño. Cuando Raleigh, harto de fingir, intuyó que las dos se habían rendido ante el cansancio, se levantó y, con cautela, se acercó a la puerta del balcón, evitando ser un blanco fácil para un francotirador, por si acaso, aún en la penunbra. Miró a lo lejos.
Desde aquella habitación, podía distinguirse gran parte de la inmensa ciudad, pues se hallaba en uno de los pisos más altos de aquel gran hotel. Aún se veían muchas luces procedentes de edificios cercanos, y Raleigh no pudo evitar preguntarse qué sería de su vida, si fuera una vida normal, con un hogar al que regresar cada noche, y una familia con la que compartir sus penas y alegrías. Exhaló quedamente, sin pretenderlo.
"¿Por qué no se lo dices? " Una voz a su espalda le cogió por sorpresa.
Mina se había situado junto a él, imitando su cautela.
—¿Decirle qué? ¿Y a quién? —preguntó a su vez, en voz baja, para evitar que Mako se despertase.
—Que te importa. —Señaló a la mujer con la mano. En su voz había un extraño tono solemne, que él jamás habría podido imaginar siquiera en aquella mujer tan, aparentemente, poco seria.
—¿A Mako?
—¿He de responder a eso? – Le ofreció una media sonrisa.
—Ya lo sabe —Raleigh respondió, después de haberse tomado su tiempo.
—No de "esa" manera —Mina recalcó, exasperada.
—¿Qué crees saber tú a ese respecto? —Él la miró con cierta diversión, por la arrogancia que la mujer acababa de mostrar.
—Me he dado perfecta cuenta de cómo la miras, y de cómo te mira ella —Mina dijo sin más—. Mako merece que la hagan feliz… feliz de verdad.
Había cierto reproche en aquella frase, instando al hombre a que, por fin, tomara una decisión.
—Oh, sí, lo sabe, de "esa" manera. —Ahora fue su turno de mostrar una enigmática sonrisa.
La sorpresa de la ingeniero no alcanzó fin y, a pesar de que se moría por hacerle millones de preguntas que satisficieran su más mínima curiosidad, no supo porqué, no se atrevió a formularlas.
—Y tú, ¿se lo dirás cuando vuelvas?
Aquella pregunta la pilló totalmente descolocada, y la mujer no pudo disimular de nuevo su asombro, aunque lo intentó con todas sus fuerzas.
-—A ti te ha afectado el jet lag —aseguró, tratando de disimular, una vez más—. ¿De qué estás hablando?
—¿Se lo dirás que te importa, a Herc? —él insistió, sin embargo, sintiéndose con derecho a inmiscuirse en su terreno, después de que ella hubiese irrumpido en el suyo sin contemplaciones.
Por la afectada reacción de la mujer, Raleigh supo que había dado en el blanco, y de pleno; algo que en el fondo esperaba, aunque se había negado a creerlo.
—Yo no tengo nada que decir, a nadie —fue la seca respuesta de Lecour.
—¿Puedo preguntar porqué?
—No tienes ni puñetera idea de lo que estás diciendo —ella lo acusó con acritud. Y regresó a la cama del mismo modo en que la había dejado: como un fantasma.
Raleigh volvió a observar el mundo a través de la ventana del balcón. Aquella extraña conversación —no por las frases pronunciadas, en sí, sino por la extraña situación creada entre los dos— le había dado mucho en qué pensar.
COMENTARIOS DE LA AUTORA
Ante todo, este capítulo lo dedico a todos aquellos que me dejaron reviews tanto al capítulo 2 como a este capítulo, y yo no mencioné la primera vez que lo publiqué, por falta de tiempo: PERKONMEZ, Jez0209, Ryna Vratasky, camiliny08.
Y en especial, lo dedico a MauAnimesInu-Ranma, por haber logrado que esté continuando este relato.
Hasta muy pronto, espero.
Rose.
