SEGUNDO ESCENARIO
Gutbhar Bhu'tar
Volvieron a fundirse en un beso y aunque Ema pudo saborearse a sí misma en los labios de él, no le molestó. Dejando que el cabello del hombre fuese como una manta que la cubría, comenzó a deslizar sus dedos desde su pecho hasta un poco debajo de su ombligo, en donde se encontraba el cinturón. No le hizo falta bajar la mirada para darse cuenta de que su erección seguía allí, latente y esperando su momento.
Soltó la hebilla y el sonido metálico fue lo que provocó que Nahyuta se alejase, sentándose entre sus piernas abiertas. La forense buscó en sus ojos el por qué de su alejamiento, pero no encontró ningún tipo de molestia ya que si bien la actitud le había parecido extraña, en la cara de él seguía apreciándose una mueca de alegría y expectación.
De repente, suspiró y negó con la cabeza en aquella manera tan particular que tenía él.
–¿Ves porque era importante que leyeras el libro? –¿La estaba sermoneando? ¿De todos los momentos que tenía para reprenderla justo elegía aquel? En segundo volvió a lucir serio– La mujer no puede desvestir al hombre sino que debe ser el hombre el que se desvista a sí mismo.
–¿Y eso por qué? –Ema no pudo evitar el formular la pregunta.
Si bien lo poco que había leído en aquel manual le había dejado bien claro que era una lectura que tendía bastante a entrar en detalles, jamás se le hubiese ocurrido que la forma en que la pareja tenía que desvestirse fuese uno de ellos. Le pareció que eso sobrepasaba lo exagerado y que ponía aún más al hombre en una posición bastante limitada.
–Porque la mujer solo debe concentrarse en disfrutar, no en deshacerse de prendas. Por eso te desvestí. Por eso me he desvestido a mí mismo parcialmente.
La detective entrecerró los ojos, inquirente. La premisa de hacer disfrutar a la mujer estaba muy bien y tal, pero que se establecieran las cosas hasta ese punto ya no le hacía gracia. Realmente le hubiese gustado quitarle a Nahyuta su cinturón, bajarle la cremallera, acariciarle por encima de la tela del calzoncillo, ver qué cara ponía. Verlo disfrutando con su tacto también habría sido muy excitante para ella.
Sus cuestionamientos internos se vieron interrumpidos cuando vio al monje pararse y alejarse del futon, hasta quedar a los pies del lecho. De frente ante ella, se terminó de quitar el cinturón, lo enrolló y lo colocó con elegancia sobre el suelo, al igual que había hecho con su otra ropa. Entonces llevó sus manos al cierre del pantalón y justo después de que Ema tragase saliva al apreciar lo notoria que era su excitación, el hombre se detuvo y la contempló un par de segundos con mirada seductora.
(¿Q-qué pasa?) ¿Eso también era parte del minucioso ritual o provenía de su propio accionar? Ya no podía diferenciar una cosa de la otra. Quizás sí que debería de haberse leído el libro.
–Necesito que sepas que desde aquí te ves realmente hermosa –observó el regente y Ema sintió que se sonrojaba–. Tu desnudez se ve potenciada en belleza con la luz de las velas. Estoy agradecido a la Santa Madre por bendecirme con tal espectáculo –concluyó y aunque Ema pensó en agradecerle por sus palabras, decidió que no lo molestaría ni bien se percató de que regresaba a concentrarse en aquel extraño y ascético striptease que estaba llevando a cabo ante ella.
Las pupilas de la mujer se dilataron cuando la cremallera estuvo del todo baja y el regente de Khura'in se agacho para facilitar el quitarse los pantalones. Antes de proceder a doblarlos con meticulosidad, dejó que Ema mirase la rigidez de su miembro la cual se delataba con más notoriedad por debajo de la tela del bóxer negro. Luego, dio un paso al frente y con gracia llevó su cabello hacia la espalda. Una vez hecho esto, tomó el elástico y lo bajó sutilmente, ni muy rápido como para romper la magia ni muy lento como para resultar vulgar.
Ema arrugó con las manos la tela de la manta que estaba debajo de ella. Su miembro era igual de perfecto que el resto de su cuerpo. A simple vista tenía la medida ideal y era homogéneo en color de piel. Se alzaba firme cual pértigo y lucía latente, vibrante. Ante la impulsiva necesidad de tocarlo, Ema se sentó en la cama y estiró la mano hacia él. Se detuvo a la distancia necesaria para que Nahyuta no sintiese sus cánones violados y para que tampoco pudiese negarse al tacto.
–¿Puedo? –preguntó con voz parecida a un ronroneo.
Nahyuta, con la solemnidad plasmada en el rostro se acercó aún más y asintió con la cabeza. Era la única señal que ella necesitaba.
Lo abrazó con los dedos y el simple hecho provocó que él contuviese un gruñido. Se sentía suave y el vello a su alrededor era prácticamente inexistente. Ema jaló para bajar el prepucio y exponer la punta, la cual se presentó ante ella brillante y rogando por más.
Cuando la forense comenzó a establecer un ritmo en sus caricias, Nahyuta se dejó caer de rodillas y entre gemidos roncos, la detuvo. Ella frunció el ceño y al darse cuenta de aquello, el hombre se vio obligado a hablar:
–No me malinterpretes. Me encanta lo que estás haciendo pero no es la manera en la que se deben de hacer las cosas –en su mirada realmente se veía reflejada la necesidad que tenía de que ella siguiese dándole placer con sus manos–. Si llego al clímax ahora, sólo atrasaremos el segundo escenario –al ver que sus palabras no lograban quitarle la expresión de mosqueo, llevó su mano derecha al sexo de ella y volvió a acariciarla –Sin embargo si tú lo haces, sabes que no habrá problema –e introdujo un dedo en su humedad.
Su interior rodeó al dedo con facilidad y Ema no pudo evitar el contener un suspiro. No podía negar que estaba un poco consternada por cómo se estaban dando las cosas pero la forma en la que él la tocaba la ponía en trance automáticamente, si es que eso era científicamente posible. Cuando el hombre deslizó dentro suyo el segundo dedo, dio por finalizado su capricho y volvió a acostarse, dejando que él estableciese una armonía en sus masajes mientras se abalanzaba sobre ella para prendérsele al cuello con una veracidad que denotaba las inmensas ganas que tenía de entrar en ella.
La joven detective separó sus muslos y en un intento de acelerar las cosas, rodeó con sus piernas la cadera de Nahyuta, el cual al darse cuenta la miró a la cara como si quisiese decir algo pero al parecer se contuvo al ver cómo Ema lo indagó con los ojos, rogando que no tuviese otro reparo u observación que hacer.
–¿Te gusta esta posición? –preguntó el hombre finalmente, aún con sus dedos dentro suyo si bien su toque ya no era igual de frenético que antes.
Ema maldijo para sus adentros. (Nahyuta Sahdmadhi, hablas demasiado).
–No realmente –tuvo que admitir.
De todas las posiciones habidas, "el misionero" era la que menos le llamaba la atención pero en aquel punto, lo único que quería era sentir al fiscal dentro suyo, ya poco le importaba de qué manera. Aquel era un detalle nimio si el amante era bueno en lo que hacía y hasta ahora Nahyuta había demostrado serlo, más allá de las limitaciones que se autoimponía en su falsa creencia de que aquello era satisfacer plenamente a una mujer.
Al parecer sus palabras bastaron para que él la tomase por las axilas y la alzase con bastante facilidad, haciendo que quedase sentada enfrente de él, ambos rodeándose con sus piernas, sus sexos rozándose por primera vez, como si estuviesen en un abrazo.
La mujer ronroneó cuando sintió la presión de su miembro contra su entrada y el hombre le mordió el hombro con suavidad para después subir por su cuello hasta la oreja y lamerla provocando que se erizase. Con un brazo le envolvió la cintura y la elevó, mientras que con la mano restante tomó su masculinidad y lo colocó en el sexo de ella. Besándole el mentón, la soltó para permitirle que bajase con la fuerza que le resultase más cómoda y Ema, con ambas manos en sus hombros, se dejó caer con suavidad, sintiendo como Nahyuta penetraba en su interior, cálido, palpitante.
-A-ah… –gimió sonoramente el príncipe regente una vez que la detective lo envolvió hasta su base–. Oh, Ema… –volvió a abrazarle la cintura y empujó, haciendo que se sacudiese dentro de ella. La mujer sollozó –Oh, mitamah…
Entonces la besó, y agarrándola todavía, se sostuvo con una mano y comenzó a moverse lentamente. Ella le tomó la cara y respondió al beso como podía ya que su concentración estaba puesta en totalidad en los movimientos que Nahyuta realizaba. Así todo, también comenzó a montarlo, tratando de que sus por ahora suaves embestidas se coordinaran con las de él.
Mientras la velocidad del vaivén iba en aumento, él se dejó caer hacia atrás, quedando acostado en la cama y cediéndole a Ema todo el control. Ella quedó sentada encima suyo con sus manos apoyadas sobre el pecho, recorriendo con dedos hábiles toda la piel expuesta. Se permitió observarlo desde aquella posición privilegiada, con sus ojos jade entornados de placer, su larga cabellera desparramada contra la manta roja y la rápida oscilación de sus costillas producto de la fogosidad del momento. Los dedos de él estaban enterrados en sus muslos y ejercían presión en la cadera durante cada vaivén.
–E-Ema –su nombre en sus labios sonaba malditamente bien. Y el hecho de que lo pronunciase como si rogase por más, lo hacía sonar aún mejor.
La joven detective aumentó la velocidad de sus movimientos no sólo para complacer la demanda del fiscal, sino que también para darse un gusto a ella misma. Era hora de que él también disfrutase el momento y los gemidos cada vez más ásperos le daban a entender que lo estaba haciendo.
La serenidad en la que había estado la habitación desde que entró por primera vez, de repente se vio interrumpida por el sonido de piel contra piel y los sollozos de ambos los cuales eran cada vez más fuertes. Ema cerró los párpados con fuerza mientras él le apretaba los pechos y trató de dejarse llevar por la sensación que le provocaba el tenerlo dentro de ella. De más estaba decir que jamás se había acostado con un príncipe regente y si bien aquello le daba un plus de emoción al asunto, lo que debía de destacar era que Nahyuta Sahdmadhi no solo era bueno en su profesión y en gobernar una nación, sino que también follaba excelente. Por un segundo se preguntó a cuántas mujeres habría llevado a través de los tres escenarios pero rápidamente resolvió que no quería saberlo.
Él se incorporó con determinación y volvió a quedar sentado, como había estado al principio. Intentó lamer un pezón pero al parecer su mente estaba en otra cosa, ya que apoyó la frente en el hombro derecho de ella mientras la abrazaba con fuerza. Ema podía sentir su respiración caliente contra su seno, la cual salía de su garganta acompañada de gemidos. Ella le rodeó el cuello con ambos brazos y colocó una de sus mejillas contra la cabeza.
Justo cuando la forense comenzaba a sentir que perdía todo tipo de fuerza física, sintió una calidez en su interior y Nahyuta se dejó caer hacia atrás, con la espalda encorvada y emitiendo un gruñido con la mandíbula tensa. El hombre se retorció debajo suyo, preso del éxtasis y ella intentó succionarlo en su interior mientras comenzaba a detenerse. Las manos del regente se prendieron como garrapatas a sus glúteos mientras Ema era testigo de cómo las arterias de su cuello sobresalían en la piel y los abdominales se tensaban.
Entonces se quedó quieta y antes de dejarlo salir, se acercó y lo besó en los labios. Él seguía con los ojos cerrados, detonado, pero respondió casi de forma inmediata y tomándola por la nuca la atrajo más hacia sí.
–Mitamah… –susurró contra su barbilla una vez el beso terminó. Una sonrisa cansada se le dibujó en los labios y la miró–: Gracias.
Aquello descolocó a Ema, la cual separándose de él, se acostó a su lado. Podía sentir su semilla dentro suyo y cómo comenzaba a resbalar por el interior de una de sus piernas. Rogando que las pastillas y aquel té misterioso fuesen lo suficientemente efectivos, habló:
–¿Gracias por qué? –la pregunta salió con voz afónica. Quizás su garganta hubiese quedado afectada después de tanto gemido y de hiperventilar por la boca.
–Por esta maravillosa experiencia –dijo volteándose para acariciarle el rostro sutilmente. Incluso después del coito Nahyuta seguía viéndose perfecto. Ema se preguntó cómo se vería ella–. ¿Llegaste al orgasmo? –preguntó de repente.
Ema titubeó. Estaba casi segura de que no, pero no sabía qué debía decir y no sabía cuál era la respuesta correcta según el manual. Quizás si decía que no, no pudiesen seguir con el tercer escenario o tuviesen que repetir de nuevo el segundo. Cualquiera de las dos posibilidades era trágica ya que la mujer tenía mucha curiosidad con respecto a lo primero pero estaba muerta para hacer otra vez lo último.
Lo único que hizo fue negar con la cabeza.
–Pero no te preocupes –se apresuró a agregar la detective–, no suelo llegar al orgasmo con la penetración –se apresuró a decir.
Y no estaba mintiendo ya que aquella era una verdad grande como una casa. Las veces que Ema había llegado al orgasmo había sido a través de la estimulación del clítoris o el sexo oral. Además tampoco era multiorgásmica: el éxtasis del primer escenario ya la había dejado fuera de juego completamente.
–Interesante –observó Nahyuta con seriedad–, aunque es una lástima. La premisa principal de todo esto es que llegues al orgasmo tres veces. –Ema iba a decir algo pero el hombre continuo hablando, sumido en un análisis mental. Se tomaba esto con demasiada seriedad–. Quizás no debería de haber cedido a mi deseo de verte encima de mí y continuar con la posición estipulada…
–No –atacó ella, frunciendo el ceño. Quería que el regente entendiese lo mucho que difería con eso–. Dime algo, ¿disfrutaste el verme follándote?
–¿D-disculpa?
Nahyuta lució desencajado ante el vocabulario de la detective pero ésta no dejó que aquello la distrajese.
–Contesta –exigió, olvidando completamente que se estaba dirigiendo hacia un príncipe que a la vez era su jefe.
Luego de un par de segundos, el hombre pareció ordenar sus ideas y contestó:
–Sí, mucho –tuvo que reconocer–. El verte así, tan desenredada, sin ningún tipo de limitación… La manera en como tu sexo me envolvía y la tibieza de tu interior, fue demasiado. Me deleitaste de todas las maneras posibles y por eso estoy eternamente agradecido –el hombre cerró los ojos y se llevó una mano al pecho mientras se sentaba en la cama para luego dirigir la mirada hacia el tapiz de la Santa Madre. Ema miró furtivamente hacia aquella deidad intimidante y agradeció que no tuviese ojos para ver lo que habían estado haciendo–. Lo repetiría un millón de veces si me lo permitieses –finalizó dirigiéndose hacia ella otra vez.
-No creo que el cuerpo me de para tanto ahora mismo –Ema sonrió al notar lo magulladas que sentía las piernas– pero si hablas de hacerlo en otro momento, estoy más que encantada –se animó a decir aprovechando la extrema confianza que los envolvía.
Nahyuta negó con la cabeza mientras suspiraba pero no pudo disimular la sonrisa que las palabras de ella habían provocado.
–Me halagas y me haces inmensamente feliz con tu disposición a repetir los escenarios, aunque reconozco mi error y la próxima vez durante el segundo acto, te acariciaré para que logres llegar al éxtasis. –Ema se sonrojó al notar la picardía con lo que dijo aquello último–. Con respecto a lo de que estás exhausta, ¿me estás diciendo que no llevaremos a cabo el último escenario?
–Oh, no, no –la forense respondió con tanta rapidez que por un segundo se sintió inmensamente estúpida–. Me refiero a que no creo que pueda repetir el segundo. Además… tengo curiosidad por saber de qué trata el tercer escenario, ya que ni siquiera sé cómo se llama.
–Es verdad… –Nahyuta apartó la mirada, pensativo–. Cuando me disponía a comentártelo esta mañana, me interrumpiste alegando que ya tenías suficiente información –elevó las comisuras de forma fanfarrona–. Es por eso que no debes de interrumpirme, detective Skye.
El "detective Skye" hizo que Ema se sintiese tímida de repente y se abrazase a sí misma cubriéndose los pechos. Aquello le recordaba al trabajo, a la relación que mantenían fuera de aquella habitación que, aunque era demasiado cercana para ser fiscal y forense, no dejaban de ser dos desconocidos. De forma nerviosa, la mujer se llevó un mechón de cabello por detrás de la oreja: ¿quién iba a decir aquella mañana que para la noche estarían acostándose?
–Y-y… ¿d-de qué se trata? –preguntó. Necesitaba que el hombre dejase de investigarla con la mirada.
Al oír aquello, Nahyuta Sahdmadhi se mostró encantado de dar una nueva clase de khura'inismo.
–El tercer y último escenario es el que conocemos como jigar bhu'tar. Es el más importante de todos, ya que si bien las tres partes se basan en dar placer a la mujer, el tercero también implica para ella una pequeña dosis de dolor por lo que el amante debe de ser cuidadoso y no dejarse llevar por el frenesí.
–¿Dolor?
A Ema no le estaba gustando hacia dónde se dirigía aquello. La única vez que había sentido dolor durante el acto sexual, había sido la vez en que había perdido la virginidad. Resumiendo, estaba muy lejos de ser adepta al sadomasoquismo.
–Exacto. Dolor –había algo en la expresión de Nahyuta que denotaba preocupación. Ema supuso que de cierta manera el hombre sabía que no se iba a mostrar tan dispuesta con esa parte como lo había hecho con las dos anteriores–. Es por eso que no todos los amantes logran cumplir con este último acto. Muchos no soportan ver a la mujer sufrir y otros no saben cómo hacerlo. Ema, escúchame –el regente se acercó a ella y la tomó por los hombros tratando de retener toda su atención–. No tenemos por qué hacerlo. Esta noche ha sido más que suficiente para mí. He llegado a la conclusión de que tu cuerpo me gusta mucho más de lo que ya creía antes de verte desnuda y como ya te dije, el disfrutar de él es un milagro directo de la Santa Madre. No exagero. Si estás dispuesta, podemos repetir el primer escenario, ya que te gustó tanto. No es necesario que hagas ningún tipo de esfuerzo, sólo abre las piernas y déjame a mí hacer el resto…
–Me estás asustando.
Aunque tratase de concentrarse en todas las cosas bonitas que le estaba diciendo y en su tentadora proposición, Ema no podía dejar de sentir algo parecido al miedo. Aquel país se regía por extrañas costumbres que muchas veces eran ridículas ante sus ojos pero otras veces le inducían temor: el respeto hacia la muerte dejaba de ser simplemente eso para transformarse en un culto paranormal que en su tierra no dudarían en tachar de satánico. Y ahora también era conocedora de que la devoción hacia la Santa Madre incluso movía los hilos de cómo una pareja debía de hacer el amor. Era abrumador que una religión fuese tan abarcativa.
–Mi intención está muy lejos de inspirarte miedo, Ema. –De nuevo sentados, Nahyuta la atrajo hacia sí y la abrazó contra su pecho. Ella pudo sentir el latido sereno de su corazón–. Solo quiero que sepas que no estás obligada a nada.
–Lo sé –la detective levantó un poco la cabeza y le besó el mentón, con intención de que entendiese que confiaba en él–. Ahora dime qué es, por favor. La curiosidad me está matando.
El bajó el rostro y clavó sus ojos en ella. De repente volvía a ser el Nahyuta Sahdmadhi imperturbable y ceremonioso que ya conocía.
–Es anal –dijo con la voz baja–. Si decides llevarlo a cabo, me levantaré y llamaré a la sacerdotisa que anteriormente te brindó el brebaje anticonceptivo. Ella traerá otro que ayudará a disminuir el dolor pero no lo hará desaparecer.
Ema bajó los ojos, dirigiéndolos hacia el bordado dorado de la manta arrugada. Nunca había practicado sexo anal ya que tampoco había tenido la necesidad de hacerlo. Sabía por conocidos suyos que dolía mucho más de lo que podría llegar a doler la penetración vaginal por primera vez y que si la pareja era un poco brusca, el dolor se potenciaba a la décima. No entendió qué tendría de placentero aquello para una mujer pero en aquel punto, la forense había aceptado el hecho de que ya no se guiarían a rajatabla en lo que decía aquel maldito libro, además, la sacerdotisa le daría un té. Pensar en aquello último sólo la incomodó más: del otro lado de la puerta había una persona esperando una orden del regente para traer una bebida que la ayudaría a hacer llevadero una penetración por detrás. Era casi surrealista.
–N-nunca… nunca lo hice de esa manera –confesó Ema y se bofeteó mentalmente al sentirse tonta por eso. No tenía por qué sentirse tonta. Nadie debería sentirse mal por ser inexperto.
–Yo tampoco –se sincerizó Nahyuta y Ema abrió los ojos como platos. Él no se extrañó con su expresión–. Siempre me detuve antes de llegar a ese escenario. No me gusta ver sufrir a mis parejas y además, tampoco tengo idea de cómo se hace. Aunque el libro explique la manera, nunca resulta tan fácil llevarlo a la práctica. Por eso, podemos parar aquí. Creo que mereces un hombre más experimentado que pueda hacerte sentir cómoda con este acto.
–No –la mujer trató de lucir con determinación–. Si voy a hacerlo, lo voy a hacer contigo. –Por algún extraño motivo, tenía aquella necesidad. Quizás fuese por lo atento y cuidadoso que se había mostrado hasta ese momento, cosa que no habían mostrado los hombres con los que Ema había estado con anterioridad–. Siempre podemos detenernos si yo me siento adolorida o si tú crees que te sobrepasa la situación –agregó.
–Entonces… ¿lo hacemos? –la ternura con la que la miraba hizo que ella lo abrazase para luego asentir entre sus brazos.
Luego de un momento, el príncipe regente de Khura'in dio el abrazo por finalizado y quitó la manta roja que estaba debajo de ellos para pasarla por encima de los hombros de Ema y cubrir su desnudez. Él, sin embargo, se puso de pie como la Santa Madre lo trajo al mundo y se dirigió hacia la puerta. La detective no pudo evitar contemplar la manera en cómo su cabello le cubría los glúteos firmes y pálidos.
Abrió la puerta, y del otro lado ya se encontraba la sacerdotisa que anteriormente había estado con ella, como si llevase todo el tiempo custodiando la puerta. Ema se sonrojó al percatarse de que seguramente la mujer había estado oyendo todos los ruidos que habían hecho.
Con el rostro inexpresivo, la sacerdotisa entró a la recámara pasando totalmente de la desnudez del fiscal y se encaminó hacia Ema con una taza entre sus manos nuevamente. Una vez que la detective sostuvo la taza, la observó fijamente hasta que bebió todo el contenido de la misma. En aquella ocasión, la bebida tenía sabor a jengibre y algún tipo de planta amentolada.
Mientras Ema sentía cómo la lengua se le adormilaba un poco, vio cómo antes de irse, la sacerdotisa se detenía frente a Nahyuta y metiendo una mano dentro de su ancha manga, sacaba un potecito de cerámica marrón que facilitó al príncipe. Éste último lo tomó sin hacer ningún tipo de observación, como si ya supiese de qué se trataba y cuando la mujer salió por la puerta, volvió a cerrarla para así dirigirse hacia a forense que seguía cubierta en la manta.
Se arrodillo ante Ema y le acarició el rostro, desde la cien hasta el mentón pero ella estaba demasiado concentrada observando el pote que tenía en su otra mano.
–¿Qué es eso? –preguntó. Si bien no podía ver su contenido porque estaba tapado, tenía que reconocer que lo que tuviese dentro olía muy bien. Como a flores silvestres.
–Es un ungüento preparado especialmente para este escenario. Facilita la pen…
–Oh, sí. Ya sé… –interrumpió Ema. En su país lo llamarían vaselina.
–Mi dulce Ema –la llamó de repente. Las palabras resultaron chocantes para la detective, no sólo por cómo se había referido a ella, sino por el afecto, el cariño, el amor que transmitía su tono de voz–, te lo pregunto nuevamente: ¿estás segura?
–Sí –respondió ella y sonrió lánguidamente–. Después de todo, el té me está empezando a hacer efecto. Demonios, ojalá el anterior también actúe así de bien –bromeó y una risita se le escapó de entre los labios. Se sentía relajada de repente y quería que él se sintiese igual ya que estaba duro como una piedra.
–Te aseguro que sí. –Nahyuta dejó ver una sonrisa–. Cuidé todos los detalles. No concebirás un hijo esta noche y trataré de que tampoco sientas ningún tipo aflicción.
Entonces, Ema se liberó de la manta y la dejó caer a su espalda viendo cómo él se fijaba inmediatamente en sus pechos. Sin decir nada, se acostó boca abajo y apoyó la cabeza contra uno de los tantos cojines, dejando que él la devorase con la mirada. Hasta aquel momento no había tenido la oportunidad de observarla por detrás.
Viendo que él se estaba tomando demasiado tiempo para apreciarla, lo miró sobre uno de sus hombros y trató de lucir lo más juguetona posible:
–Vamos, Nahyuta Sahdmadhi –le incentivó y elevó un poco su parte trasera apropósito. Quería que el hombre también fuese capaz de distenderse ya que aquello era tan nuevo para ella como para él–. La Santa Madre está deseosa de ver cómo me haces tuya otra vez.
Si aquello era una blasfemia o no, al monje no pareció importarle ya que río levemente y se acercó un poco más.
