Aquí la continuación :)
Here with me - Susie Suh and Robot Kotch( watch?v=YzR8BCmV9Ew)
–¡Dean!
–¡Sam!
Sam se despierta con el estruendo que envuelve la habitación, sus manos sujetando con firmeza y precisión el arma entre sus manos, apuntando al frente. Observa a su alrededor, la habitación está oscura y vacía, cristales cubren la alfombra y parte de las camas. Todos los focos del cuarto están rotos.
Se sacude los pequeños fragmentos que están sobre sus jeans.
–¿Dean? – Llama.
El silencio que acoge el espacio es la única respuesta que obtiene.
Tres días y una habitación de motel después, Sam está sentado en su cama con su portátil frente a él, el diario de John Winchester a un lado y notas esparcidas encima de las cobijas.
Hay enormes manchas púrpuras cubriendo la piel debajo de sus ojos que inconscientemente se masajea con los dedos, tratando inútilmente de desaparecerlas.
No ha visto a su hermano desde que despertó sólo hace tres días, pero sabe que Dean está ahí, rondándole. Puede sentirlo en como los diminutos cabellos de su nuca se levantan y toda su piel se eriza de pronto.
Cierra los ojos, agacha la cabeza dejando que su cabello le cubra el rostro y suspira porque casi parece una caricia que le recorre como chispas eléctricas el cuerpo entero.
–Dean.– Suspira de nuevo el nombre de su hermano.
Sabe que Dean no se mostrará ante él, imagina que está en una especie de rebelión fantasmal o lo que sea. Le es imposible descifrar la manera en la que su hermano piensa, se expresa y actúa. Nunca coordinando ninguna de las tres.
Abre sus ojos con lentitud y los dirige al espejo frente a él, al otro lado de la habitación.
No se sorprende cuando se encuentra con el reflejo de Dean de pie a su lado, sus ojos imposiblemente verdes posados sobre los suyos a través del espejo.
Sam parpadea una vez y el espejo le regala de nuevo sólo su imagen.
Cuando Sam despierta unas horas después, todas sus notas están tiradas por todo el suelo junto a su portátil.
Se levanta con velocidad a recoger los papeles y levanta la laptop del suelo, colocándola sobre la cama y encendiéndola, maldiciendo por lo bajo a Dean.
La pantalla se ilumina y Sam verifica con la furia acrecentándose en su pecho, que todas sus búsquedas han desaparecido.
–Maldición, Dean.– Alza la voz. –Para ya.
Sam se pasa las palmas de sus manos por el rostro, frustrado.
Decide contar hasta diez y tomar una ducha, deseando que Dean deje de comportarse como un maldito crío.
Sólo que en lugar de detenerse, resulta volverse cotidiano todo aquello.
Si Sam dormía apenas lo suficiente, ahora duerme mucho menos, los estruendosos sonidos de objetos cayendo despertándole siempre. Y cada vez que abre los ojos, la habitación está hecha pedazos, obligándole a salir de ahí lo antes posible y buscar un nuevo motel. Si Dean sigue así, terminará por visitar todos los moteles del país.
Pero no es eso lo que más le enoja y le hace apretar los puños hasta que sus uñas dejan medias lunas en las palmas de sus manos. Es el hecho de que Dean se empeñe en sabotear sus investigaciones lo que le crispa los sentidos.
Esa tarde se levanta con un nuevo estruendo, ya ni siquiera toma su arma de debajo de su almohada, sabe que no tiene caso. Está a punto de ignorar el ruido y tratar de dormir de nuevo cuando se da cuenta de que su portátil está en el suelo (de nuevo), se incorpora con tal rapidez que un mareo lo asalta unos segundos.
Se acerca a levantarla solo para encontrarse con que está hecha pedazos. Su pecho se enrojece con la ira que se extiende por todo su cuerpo y le hace temblar.
–¿Qué demonios te sucede cabrón?– Dice a la nada, subiendo el volumen de su voz. Se gira buscando el cuerpo de su hermano, aún sabiendo que sólo se encontrara con el cuarto vacío. –¡Estoy harto de ti!
–¿Y crees que yo no estoy harto de todo esto también? – Dean contesta.
La voz de su hermano hace que Sam de un respingo con sorpresa. Se gira para encontrarse con la imagen de Dean, tan cerca que si el estirara su brazo podría tocarle, si eso fuera posible, y su corazón tiene que dar un vuelco, y tiene que porque la razón de sus latidos está ahí frente a él, observándole con la quijada tensa y una mirada que si pudiera, cortaría.
–¿Crees que no sé lo que estás haciendo Sam?– El nombre del menor sale como navajas de los labios de Dean y Sam hace una mueca porque el dolo que le causa es casi físico.
–Yo…no sé de que estás hablando.– Contesta Sam desviando su mirada a la alfombra bajo sus pies.
–No te atrevas Sam. – Dean se acerca más a su hermano y Sam retrocede. –Estoy muerto no idiota.–
Las luces parpadean haciendo que todo parezca de pronto tan irreal. Las notas que Sam había puesto sobre la mesita de noche revolotean como pequeñas aves por toda la habitación, el pequeño televisor se enciende en un canal estático llenando de un molesto ruido todo el espacio.
La mirada en Sam es retadora, tratando de mostrarse seguro, aun cuando Dean puede ver como todo su cuerpo tiembla. Sam tiene miedo.
–Estoy aterrado.– Sam dice, como reafirmando sus sospechas. –Tengo tanto miedo de llamarte una noche, tal vez mañana, y que no contestes.– Sam suelta una risa apática. –Puedo enfrentar demonios, matar criaturas que hacen que las mejores películas de terror me den risa. Lo que sea. Mándame lo que se te ocurra y podré con ello y más. Pero no puedo con esto. Me aterra pensar que un día no volveré a verte más.
Y como un hechizo, todo de pronto se detiene, las cosas caen al suelo casi con suavidad. Dean acorta todo lo que puede la distancia entre ellos, observando cada color que le gustaba adivinar en los ojos de Sam que la luz que entra por la ventana le deja ver.
Sam inclina su cabeza hasta que teóricamente su frente está pegada a la de Dean, y le sorprende sentir un ligero cosquilleo.
Dean observa como el frío hace visible el aliento que se escapa de los labios de Sam y sin pensarlo levanta su rostro hasta que sus labios flotan sobre los de su hermano.
Sam cierra los ojos y suelta un delicado sonido; anhelo, miedo, dolor y frustración mezclados en aquel pequeño murmullo.
–Dios, te amo. Déjame ir.
Un gruñido se le escapa a Sam, separándose de su hermano para poder verle a los ojos. Deja suspendida la palma de su mano sobre el pecho de Dean y por un momento se pregunta si sería capaz de compartir sus latidos con los de Dean, de irradiar suficiente calor para ambos o de dividir a partes iguales el aire que sólo entra en sus pulmones. De todos modos ellos nunca fueron hechos para ser dos personas separadas.
La misma sangre solía correr por sus venas.
–No puedo. Aún no, Dean.
"Tal vez nunca." Se queda en su garganta, pero de alguna manera, sabe que Dean lo escuchó fuerte y claro.
–Estoy dejando de ser yo, Sammy. – Dean dice desviando su mirada al suelo. –Puedo sentirlo.
Sam frunce el ceño.
–Sabes bien lo que le pasa a los espíritus que se quedan aquí por mucho tiempo.– Dean regresa sus ojos como dagas a los de su hermano, y Sam puede ver por un segundo todo el miedo que los invade. –No quiero terminar siendo una de las cosas que cazamos. Y a veces quiero…quiero irme.– Dean hace una mueca al ver como los ojos de su hermano se humedecen. –Pero no lo he hecho porque mientras tenga un segundo más a tu lado, lo tomo.
Sam se pasa las palmas de sus manos por el rostro, limpiando las lágrimas que no había sentido caer.
–Encontré un conjuro.– Sam dice.
–¿Qué?
–Puedo traerte de vuelta…un corto tiempo.– Sam se limpia de nuevo los ojos.
–¿Cuánto tiempo?– Dean pregunta, su cuerpo tensándose.
–Veinticuatro horas.
–¿Y después?
Los ojos de ambos se funden en una mirada que pesaba con tantos sentimientos en ella.
–Te irás para siempre.
Llamando tu nombre a mitad de la noche.
Tratando de alcanzarte en este sueño interminable.
Tantas millas se interponen entre nosotros.
Y aun así siempre estás aquí conmigo.
