Rapto.

Los árboles acogían la incesante brisa de una tarde de solsticio, mientras las aves volaban en un constante ir y venir de gráciles movimientos. En el corazón de la floresta, el Palacio Real de Theed se alzaba imponente entre la extenuante belleza que inundaba el paisaje, haciendo de éste aún más excepcional. El Inquisidor Breuer bajó por la rampa de la Nave Imperial, y sin dedicar una mirada a nadie, continuó caminando hacia donde le dirigía una doncella. En breves minutos, el Inquisidor se encontraba frente el trono de la Reina Apailana de Naboo y su séquito, todos con el horror pintado en sus rostros.

— Es un placer…

— Ahórrese los elogios, Gobernador — le cortó bruscamente Breuer. — No vengo a negociar, quiero que me expliquen por qué no se ha respondido adecuadamente a la demanda de brii-jho que el Emperador ha solicitado.

— Inquisidor Breuer. — dijo la Reina Apailana, que a pesar de su corta edad, su tono denotaba la grandeza de su alcurnia. — El brii-jho que el Emperador ha solicitado se ha extraviado y no está condicionado para ser renovable.

— Comuníqueselo a sus deficientes trabajadores, Su Alteza.

— Nada de ello, la cosecha se ha perdido a causa de la fábrica altamente contaminante que ha puesto el Imperio cerca de las plantaciones.

— El Emperador no está satisfecho con su reinado. La considera insuficiente para el cargo y exige una intervención.

— No puede hacer eso, el pueblo de Naboo es pacífico y se ha mantenido optimista ante las decisiones del Imperio. No hay ninguna causa por la que la intervención fuera justificada.

— La cooperación de su país ha sido precaria.

— ¡Hemos estado entregando el 60% de nuestras exportaciones!

— Son insuficientes.

La Reina Apailana se levantó de su trono y bajó a cortos pasos la escalera que lo sostenía. Con su barbilla alzada y sus manos formando puños, se dispuso frente al Inquisidor con una mirada decisiva.

— No dejaré a mi pueblo. Y debería tener una justificación para reponerme.

— Eso no es un problema, y de no rescindir lo haremos a la fuerza.

— Es lo único que tienen.

Con un giro brusco y elegante, la Reina subió las escalerillas y se sentó nuevamente en su trono. Bajo la máscara de pólvora blanca Apailana titilaba de temor.


El sol en Gaios era diminuto comparado con la superficie del planeta y eso se debía a que estaba demasiado alejado de él, haciendo de éste tan frío e incoloro en cualquier época del año. La capital no era otra cosa que una extensión plana y rocosa de un color gris crudo y las cuantiosas construcciones que se edificaban eran del mismo material que el suelo y posiblemente se extraían de él.

— Es una comunidad en progreso, ya sabe, estamos orgullosos de los edificios, se hacen con brahol, un material extraído del suelo, y tan resistible como cualquier duracero.

Vader estaba tan aburrido como hastiado, y sentía que si miraba nuevamente al tedioso gobernador que le acompañaba le encestaría tal golpe en la boca que nunca se aventuraría a emitir sonido alguno. Pero el Emperador había sido muy específico: "No malgastes tu ira en seres incompetentes", y debía seguir su consejo, aunque no estaba muy seguro si lo haría.

— No me interesan sus lecciones, gobernador. Quiero saber si se ha detectado actividad Jedi últimamente.

— Oh, el Senador Danu me ha avisado lo que buscaba, pero nosotros no hemos localizado nada fuera de lo estrictamente debido. Nuestra prosperidad se basa esencialmente en el cumplimiento de la ley y…

— Céntrese — masculló Vader.

— C-Claro. Hemos prohibido las holocomunicaciones y los espaciopuertos, cualquier persona que haya aterrizado recientemente estará atrapada en el planeta por el lapso que usted indique. Gaios está a su disposición ante cualquier petición demandada por el Imperio, no tenga ninguna duda que vamos a correspon…

— No la tengo — dijo con brusquedad, levantando presumiblemente su mano en un gesto para requerir silencio. — Proseguiré con mi búsqueda. Ante cualquier noticia no dudo que me mantendrá al tanto.

— P-por supuesto — farfulló el gobernador.

Vader se alejó a grandes zancadas del alcázar para meterse dentro de una nave Imperial. Apenas hubo despegado el joven tuvo uno de sus escasos momentos complacientes ante la perspectiva de un encuentro con otro Jedi y su indudable próxima muerte. Aquellas pocas oportunidades en las que Vader se sentía complacido eran precarias, casi nulas. El instinto del deber regía su persona y no había lugar para emociones no compatibles con el Lado Oscuro.

— General, han informado sobre una red de intercomunicación que de alguna manera ha transgredido la censura.

— Notifique las coordenadas y prepárese para disparar a cualquiera que se cruce en el camino.

— Sí, señor.

Las tropas de asalto exterminaron la puerta de la casa en un centelleo. Vader estaba esperando fuera, con la capucha cubriendo su rostro y la mirada al frente, anticipando el golpe. Éste vino apenas las tropas se esfumaron del campo. Reed, tan mediocre como Vader lo recordaba, se erguía sobre un edificio, sable de luz en mano y su ridícula mirada intentando ser desafiante.

— Skywalker. Ven, sé que mueres por matarme.

— Lo he estado esperando.

Vader saltó hacia la cima del edificio y se encontró cara a cara con su contrincante.


— ¡No llego! ¡No llego!

— ¡Luke, cuidado!

Padmé llegó a sostenerlo antes de que su hijo se cayera y lo abrazó con tal vehemencia que hizo conmocionar al pequeño. Porque después de la pérdida de su esposo Padmé se esforzaba por darle a Luke un afecto incondicional continuamente, a sabiendas de que las cosas podrían esfumarse cuanto menos se espere.

— ¿Cuántas veces debo decirte que a mami no le agrada que te subas a los estantes?

— Pero mami ¡quiero golosinas! — refunfuñó Luke, desprendiéndose de su abrazo y emitiendo un puchero tan dulce que Padmé no pudo reprimir una sonrisa.

— De acuerdo, pero sólo unos pocos, el almuerzo ya va a estar.

Padmé tomó con su mano un manojo de caramelos y se apresuró a desenvolverlos para que su madre Jobal no lo notara. El consentimiento del niño era un motivo por el que la dulce abuela estuviera preocupada, pero Padmé simplemente no podía eludir los caprichos de su hijo. Le quería dar todo cuanto estaba a su alcance, y en estos días, tras el inoportuno incidente que tuvo lugar la semana pasada, supo con claridad con cuanta trascendencia el niño se desvivía por sus malestares y quiso cambiarlo mostrando su mejor predisposición cuando se encontraba cerca.

— ¡Más, más, más!

— No, Luke, sabes que la abuela se enfurecerá si se entera.

— ¿Enterarme de qué? — exigió Jobal con una sonrisa pintando sus labios.

— ¡Nada, nada! — promulgó Luke. Jobal se acercó a la estantería y cuando estuvo a punto de asir el frasco Luke se dispuso enfrente, tomándola de sus rodillas e insistiendo para que se aleje, haciéndola trastabillar con su toque. Jobal lo miró con la incertidumbre cubriendo sus ojos, una mirada que estaba cerca del reproche así como el aturdimiento. Padmé no estaba para nada sorprendida, ya había presenciado en varias oportunidades la destreza de su hijo, tan dispar para su edad.

— Vaya, ¿qué te da de comer tu madre para que tengas tanta fuerza?

— ¡Dulces! — las dos mujeres rompieron en suaves risas y ambas se miraron, ojos marrones y ojos castaños, tan idénticos como dispares, una efímera alegría que colapsaría con el retorno del recuerdo.

El timbre resonó dos veces, como siempre ocurría. Jobal se apresuró a atender a su invitado y casi se tropieza en su intento. En Naboo no era buena educación hacer esperar a las visitas, y no es una sorpresa que la familia Naberrie sea tan tradicional. El hombre vestía descuidadamente una túnica blanquecina, el cabello despeinado y removido por el viento y la barba algo más blanca de lo que Jobal recordaba.

— Obi-Wan, es un placer volver a verte. — Obi-Wan asintió levemente con la cabeza y le sonrió lo más afectuosamente posible. El aprecio que le tenía a esa mujer era casi maternal, aunque bien no estaba seguro de ello, Obi-Wan nunca había tenido madre. Su única familia siempre había sido el Templo, los Maestros y su antiguo pádawan… El Jedi se maldijo interinamente, tener esos pensamientos tan cerca de Padmé no era bueno, especialmente porque podía sentir su dolor cada vez que la veía. Las visitas a la casa de los Naberrie no eran del todo regulares pero Obi-Wan no podía rechazar la propuesta, simplemente porque Padmé se lo pedía. Aunque nunca le haya confesado el motivo de sus insistencias Obi-Wan lo tenía en claro. Porque cada vez que Padmé veía al Maestro Jedi sus ojos se llenaban de tal luz que no parecían pertenecer a la demacrada mujer que los portaba, se fundían en la espesura de la irrealidad y divagaban por los interminables momentos en los que Obi-Wan había sido visto con Anakin, siempre a su lado, conmovedoramente inseparables, siempre en la espera de que después de uno aparecería el otro. Pero Anakin nunca aparecería, y esa esperanza que Padmé contenía en su puño sosteniendo un pedazo de japor, desaparecía cuando la puerta se cerraba y el único hombre presente no era más que él. Sólo después Padmé volvía a ser la misma mujer desolada que Obi-Wan recordaba. Jobal llevó al hombre hasta el comedor, donde Ruwee le dio la bienvenida y tras unos momentos de indecisión el pequeño Luke se abalanzó hacia sus brazos.

— ¡Cómo has crecido! — vociferó Obi-Wan con la motivadora alegría que llevaba cuando el niño lograba demostrarle afecto. Recordaba que había sido muy tímido con él y se sintió orgulloso de que finalmente la situación se hubiera revocado. Desprendiéndose del niño, llevó su mirada hacia el resto de la sala donde se encontraría ante los ojos visionarios. No, Padmé, Anakin no está aquí, no vendrá jamás, lo siento. Esa era la respuesta que su mente formulaba ante la esperanza de Padmé, la que se repetía todas las veces en su cabeza, la que deseaba efusivamente que ella entendiera y así no tener que fingir que su dolor era el mismo, que la pérdida la llevaban compartiendo desde el día en que él se fue. Pero para su sorpresa, la muchacha no se inmutó al verle. Estaba absorta enfrente de la ventana y aunque Obi-Wan dudaba de que estuviera observando algo, la chica apenas se removió en su asiento y se giró nuevamente en la posición en la que estaba. ¿Se habría resignado Padmé a Anakin?

— Espero que te guste — mencionó Jobal. Obi-Wan probó un bocado y supo que la última vez que ingirió comida de verdad fue hace mucho tiempo en esa misma mesa.

— Delicioso, y no podría estar más agradecido.

— Nos complaces viniendo. Luke no ha dejado de preguntar por ti.

— ¡No es cierto! — rezongó el pequeño Luke. Obi-Wan se entretuvo mirándolo. Apenas llegaba al año y medio y sabía comer por sí mismo. Se preguntó si Anakin había sido tan ingenioso como él y no tuvo dudas de que así fue. Miró su pelo rubio y brillante, sus ojos azules y su imborrable sonrisa. Definitivamente era una réplica perfecta de Anakin cuando niño. Se preguntó si sería igual de travieso e impaciente, y si habría heredado su inclinación por la aventura y los peligros. De lo que no tenía dudas era que Luke estaba lleno de sorpresas y esperaba que no fuera lo bastante lento como para tardar en descubrirlas.

Tras el almuerzo Obi-Wan estuvo gustoso de compartir un buen vino que Ruwee le había ofrecido. Cuando supo que ya estaba al límite legal dejó el vaso a un lado y con un asentimiento, se alejó del comedor.


El cielo estaba despejado y las naves se distinguían por su ausencia. A Vader le parecía que su caminata sobre los edificios persiguiendo a un endeble se estaba haciendo demasiado larga para la fama de su presa, por no mencionar que su paciencia se estaba agotando.

— Intentar guiarme hacia una trampa es otra muestra de tu mediocridad. Nadie puede vencerme, ni tú, ni tus insignificantes amigos, y ni siquiera las naves que dispusiste a tiro para matarme detrás de la casa consistorial.

Jaden se paró en secó. Una mirada furtiva se ensombrecía cada vez más por cada milésima de segundo. Las capas de odio que recubrían su cuerpo despertaban en miles de temblores arrogando a cada una de sus células. Vader no tardó en recordar que Jaden Reed no era reconocido por su serenidad y pudo permitirse una sonrisita. Había dado en el blanco, estaba saboreando su enojo.

— ¡Lo has sabido todo el tiempo! — rugió.

— Como te dije, nadie puede vencerme. Una patrulla Imperial acabó con tu patética resistencia. A causa de tu predecible y deficiente plan todos tus amigos han muerto.

Para sorpresa de Vader, el Jedi fue lentamente recuperándose de sus temblores. Levantó levemente su cabeza y dejó que el aire llenara sus pulmones. Se giró lentamente y su rostro adquirió el matiz que recordaba que portaba Obi-Wan cuando quería permanecer calmado, pero que sin embargo no lo estaba.

De su mano brotó una barra de plasma azul y llevó la hoja a la altura de su cabeza, un poco detrás de esta y con el mango girado horizontalmente hacia su enemigo. Era una de las posturas del Soresu, y a Vader no le pareció que Reed fuera un buen practicante de ésta, especialmente porque acababa de demostrar que su paciencia no había mejorado.

El Jedi Oscuro presionó el botón de la empuñadura y su espada relampagueó en un brillo escarlata. El sonido de un trueno detonó en el momento en que dos sables chocaron.

Obi-Wan respiró el fresco aire de Naboo al salir al jardín de la casa de los Naberrie. El cielo se teñía de un exquisito azulado, y la brisa, algo brusca pero agradable, despeinaban sus cabellos disparándolos en todas direcciones. Se giró casualmente sobre sí mismo y se apoyó sobre el marco de la puerta, buscando a través de la hierba a algo específico, pero no encontrando nada.

— Está en el lago, a unos pocos metros de aquí. — Obi-Wan se giró. Jobal lo miraba con ternura, algo de lo que no estaba acostumbrado y que le pareció extraño recordar. — Hay días que pasa toda la tarde mirando el agua ¡Quién sabe cuántas cosas verá en ella! Al principio nos preocupábamos, se ausentaba durante días enteros y el viejo Ruwee debía ir a por ella. Pero luego comprendimos y no objetamos nada cuando decide pasar tiempo sola.

— ¿Ha visto algún cambio en ella? — preguntó cordialmente Obi-Wan.

— Bueno… — Jobal bajó su mirada, Obi-Wan supo que la mujer se estaba debatiendo si contarle o no. Pero quería saberlo. Debía saber si Padmé había perdido la esperanza. El Jedi agitó la mano imperceptiblemente. Un empujón en la Fuerza no era ninguna ofensa cuando se quería utilizar para bien. — No la he visto llorar en esta semana, ni tampoco sufrió algún desmayo. — ¿Desmayo? Obi-Wan no pensaba que la situación se hubiese expandido a tal magnitud. — Habla brevemente con nosotros, nos muestra sus mejores sonrisas, pero éstas son efectos del deber y su engaño es tan perceptible como su agonía es ineludible. El niño… cuando está con él cambia completamente. Pero aunque él ha servido como soporte a su vida, no sé hasta qué grado llega su pantomima. Es algo fingido, estoy segura. Sus ojos están tristes del día a la noche, pero cuando Luke se encuentra entre sus brazos pareciera como si ella misma se creyera su farsa. Yo solo lo he visto una sola vez, pero Luke… Padmé piensa que es su réplica.

— Y lo es — añadió Obi-Wan.

— Hay veces que se queda mirándolo por horas y el pequeño corresponde. Se queda quieto a su lado y la mira con igual intensidad. Yo… — sus mejillas adquirieron un leve sonrosado — creo que el niño la entiende, mucho más que cualquiera de nosotros.

— Y no tengo duda de que es así — aseguró Obi-Wan. — ¿No ha dicho algo sobre…? — Jobal asintió, comprendiendo su pregunta.

— Está feliz por ella. La extraña desmedidamente, claro, pero entiende que era lo mejor. Espero algún día llegar a conocerla, si es que puedo.

— Caro que se podrá. Bail y Breha son complacientes en reconocer a su familia. Le han hecho saber desde el primer momento que su madre natal es Padmé, sus abuelos ustedes y la obligación que conllevó a Padmé a desprenderse de ella.

— ¿Y le han contado de… su padre?

— No, prefieren mantenerlo guardado. Especialmente porque Bail no soporta relacionar la idea de que la pequeña Leia fuera hija de él. — La mujer asintió y Obi-Wan supuso que estaba de acuerdo. Las palabras de Bail cuando le entregó a la niñita habían dolido más que cualquier bofetada: No permitiré que Leia sepa que su padre es ese monstruo, por lo menos hasta que llegue el momento. Y Obi-Wan se había callado, porque tras esas palabras se encontraba una verdad tan irrebatible que serviría nada replicar contra ello. Anakin, más que su amigo, más que su hermano, se había ido deteriorando ante sus ojos, y gracias a la abrumadora ceguera que los cubrían no había sido capaz de impedir el destino que lo convertiría en lo que Bail tanto temía por Leia: en un monstruo. Todos los días, para fingir ser un despreocupado extranjero que había arribado casualmente en Naboo, había frecuentado una pequeña cantina donde solo dos o tres nativos ocupaban el lugar. No es que le interese entablar conversación con alguien, pero servía para estar conectado con la galaxia y el pequeño trasmisor que se encontraba en una esquina era un buen medio para estarlo. Las blasfemias que la HoloRed transmitía despertaban los abucheos de los aldeanos, pero Obi-Wan se conformaba. Recordaba el nombre de ellos, algunas veces habían compartido algunas cervezas y gracias a ellos podía enterarse de los crímenes que atestaban a los civiles de distintos mundos. Dane, un antiguo piloto que había servido a Mandalore en las guerras clon, era su más informado medio. Había participado en varias resistencias hasta que el Imperio le quitó a su esposa, y en el trayecto había presenciado muerte e injusticia por doquier. Matanza en Ryloth, destrucción en Kashyyyk; wookiees, mon calamarianos, y lurrianos sujetos a la esclavitud sólo por su condición alienígena y miles de mundos con la penumbra azotándoles la espalda ante el sable láser de un solo hombre, o tal vez monstruo, o en lo que sea que Palpatine lo haya convertido. Las noticias que relataba Dane se escuchaban cada noche que Obi-Wan visitaba la cantina, y sus comentarios al respecto despertaban en el Jedi el abrumador anhelo de que todo esto debería ser diferente. Porque Anakin estaba destinado a ser el mejor Maestro Jedi de la historia, no a destruirlos a todos; Anakin tenía principios, aquellos de los que se despojó al tomar la mano del Emperador; Anakin tendría que estar con su familia, con Padmé, y debería desvivirse por Luke y Leia, no arrastrarlos hasta la muerte con su furia desmedida; Anakin debería seguir siendo más que su amigo, más que su hermano, no intentar matarlo por un odio que a él no le pertenecía. Mientras Anakin intentaba atacarlo con una bandada de crueles palabras, trece años de amistad se desquebrajaban ante aquellas desgarradoras acusaciones, rompían el compañerismo hermético que se había forjado tras docenas de misiones, centenas de abrazos, miles de motivaciones y millones de bromas. Todavía recordaba, y llevaría grabado por el resto de su vida, aquella escena en el hospital en Coruscant donde, increíblemente, inefablemente y desgarradoramente dos espadas, pádawan y Maestro, Kenobi y Skywalker, Obi-Wan y Anakin, chocaban con la intención de matar al otro. El otro. El otro que fue más que su amigo, más que su hermano, y ahora si no eran sus cenizas nada quedaba de él. Cada golpe con que Anakin arremetía, Obi-Wan lo recibía con la destreza que había concebido en décadas, con la fuerza y el atrevimiento que inundaron sus últimos años como pádawan, con la alegría de que su antiguo Maestro Qui-Gon Jinn estaba a su lado, apoyándolo como siempre lo había hecho. Y en la centésima de segundo en que Obi-Wan había caído por la fuerza desmesurada de Anakin, pensó en Padmé, sus hijos y en el destino de la galaxia, y tras ver el líquido amarillo que flameaba en los ojos de su antiguo pádawan, supo de inmediato que el panorama de todos los seres, de los Jedi que sobrevivieron a la Orden 66, de Padmé y de sus niños dependía de su decisión, aquí y ahora. Se levantó del suelo y en un derrape desesperado éste comenzó a desquebrajarse. Anakin, puerta y el resto de lo que recordaba era la habitación se evaporaron por el firmamento hasta someterse en lo más profundo del precipicio. Sólo se escuchó un golpe sordo y el estrépito lejano de voces alejándose. Cuando el impacto fue un pasado ausente, la venidera cicatriz de la herida de la pérdida pesó más que todo su cuerpo y se tambaleó hasta chocar contra un cuerpo inerte. Padmé se encontraba allí tendida, los niños en manos de los droides y el techo que a duras penas soportaba los temblores. Sus brazos se habían movido por sí mismos, recogiendo al cuerpo inerte del suelo. Sus piernas corrieron a la ventana y la desesperación inundó su mente cuando supo que hallar escapatoria sería imposible. Se sumió en la Fuerza, liberó su mente de todos sus temores, de los crujidos que poblaban las paredes, los niños que lloraban con el grito agónico de la muerte y del hombre que siendo más que su hermano había muerto, cargando tras de sí las más grande de las tragedias, cayendo de un precipicio. Por un momento pudo olvidar todas esas cosas y sentir la minuciosa corriente con que la Fuerza le mostraba todo lo que era. El techo del establecimiento, la pequeña cicatriz que un droide cirujano tenía cerca de su fotorreceptor, la acompasada respiración de Padmé, cada una de las células que poblaban el cabello de Leia, las rasgaduras que se habían formado en las paredes y cada una de las líneas que se dibujaban en el suelo, todo eso era la Fuerza, y Obi-Wan no necesitaba mirar para poder saber ni el más mínimo detalle. Él era parte de la Fuerza, y aunque Ésta esté corrompida por el Lado Oscuro y tuviera que luchar para no perderse en la penumbra, había dos puntos, tan maravillosamente cargados de luz, que navegar por las sombras le resultaba increíblemente fácil. El estremecimiento de la sala le hizo saber que el colapso se aproximaba. Sin escapatorias, nulas posibilidades y ningún plan, Obi-Wan se mantenía en calma, esperaría vivir o esperaría morir. Así es cómo actúa un gran Jedi. Y en este breve lapso, él se sentía como todo lo que era: Obi-Wan Kenobi.

La Fuerza le susurró un secreto. Un susurro tan desesperado que cualquier sensible a la Fuerza podría haberlo escuchado. La Fuerza le hizo caminar entre los escombros y acercarse a la ventana. El horizonte se estaba preparando para los primeros destellos del día, pero esa luz era incomparable con la que destilaba el Maestro Yoda. La pequeña nave, que Obi-Wan reconoció era de Alderaán, se acercó cuidadosamente hacia su posición. La puerta se abrió automáticamente y Obi-Wan se dejó caer en la nave, depositando a Padmé en su suelo y asintiendo hacia el Maestro Yoda. La Fuerza volvió a tomar el control de sus piernas y en apenas dos segundos ya cargaba con Leia y Luke en brazos y se despedía del establecimiento una fracción de segundo luego de que se halla pulverizado. Se permitió observar por la ventanilla de traspariacero el agónico mensaje que transmitían aquellos escombros. Porque debajo del duracero, de los miles de pisos que alguna vez constituyeron el hospital, de las miles de personas que ese día habían muerto por efecto de algún fenómeno extraordinario, se encontraba el motivo por el cual su corazón se hinchaba de una agónica tempestad. Porque todo ello no era justo y se repetiría constantemente que debería ser diferente.

El débil susurro de Padmé solo fue audible para dos personas. Anakin no está, Padmé, había dicho Obi-Wan con su incorporada amabilidad. Pero entonces Padmé negó con su cabeza y Obi-Wan pudo sentir cómo le pedía que mirase a un punto concreto. Y en ese punto concreto, el cuerpo que alguna vez perteneció a Anakin Skywalker se erguía ladeado por una seguidilla de tropas clon. El corazón de Obi-Wan dio un vuelco. Porque a pesar de la distancia podía sentir por la Fuerza un odio desmedido, un odio que provenía de ese punto concreto. Entonces Vader levantó acusadoramente una mano y los disparos láser cubrieron el cielo raso. Obi-Wan permaneció tranquilo mientras buscaba la Fuerza y la Fuerza le buscaba a él, encontrándose. Sus ojos resplandecieron al saber que la nave era un modelo antiguo de carga, un A7-66. Un trasto, sí, pero estaba formado por dos compartimientos, y el trasero podía desprenderse. Eso le daría el tiempo suficiente para escabullirse por unos de los edificios y perderse en el hiperespacio — si es que la nave aguantaba —. Pero para eso necesitaba una distracción. Cuando giró para encontrarse con Yoda éste había correspondido, ya que en sus dos manos verdes llevaba bombas de carga mutiladora. Le pasó una a Obi-Wan, quien la encendió y disparó hacia algún lugar del cielo de Coruscant. Las bombas detonaron al unísono y la nave salió disparada refugiándose en unos de los edificios. Lo último que vio de Coruscant fue la otra parte de la nave pulverizada por los disparos láser, y la desmesurada satisfacción que emanaba un punto concreto en la superficie.

Todo esto había recordado Obi-Wan en apenas cinco segundos, con Jobal a su lado, ambos mirando el hermoso paisaje de Naboo y sin embargo no viendo nada.

— Supongo que tendrás cosas que hacer Obi-Wan, te dejaré de molestar. — dijeron unos lánguidos labios antes de cerrarse en una tierna sonrisa. — Suerte. — Y con una aterciopelada mirada, Jobal se esfumó. Obi-Wan pensaba que Jobal era una mujer admirable y estaba contento de que ella fuera la abuela de Luke. Había veces en que la simple mención del nombre de Luke le producía algo parecido a una sonrisa. Éste era uno de esos momentos. Supuso que encontrar al niño sería tan fácil como lo había hecho con Anakin incontables veces cuando se escapaba del Templo, aún siendo un niño y tan dispuesto a aventurarse que a veces se transformaba en más que un dolor de cabeza. Obi-Wan lo encontraría y se sorprendería, de eso estaba seguro. El niño estaba repleto de sorpresas y cada una de ellas le recordaba a Anakin, lo que le alegraba más aún. Ya habían pasado los tiempos en que Obi-Wan recordaba a Anakin como la fuente de sus angustias, ahora era la alegría de su hijo la que lo había hecho revivir y entender por encima de todo que debía protegerlo no solo por el futuro de la galaxia, sino para honrar el recuerdo del hombre que Anakin había sido.

Cuando Obi-Wan supo que se estaba dirigiendo a ningún lugar en particular cambió de rumbo y sus pasos adquirieron un grado más amplio de firmeza. Era hora de hablar con Padmé.


Cuando el cielo repercutió en cientos de láser atronadores, todos los ciudadanos corrieron hacia algún refugio. Mishi-Leen, un aldeano que se ganaba su vida por la cosecha de frutos del bosque, inmediatamente pensó que el dinero que obtendría con la recolección no se acaparaba a la posibilidad de salvar su vida, sin importar que su jefe no le entregue su dinero y que a la noche lo único que llenaría su estómago y el de su familia fuera la añoranza de una buena comida. Ni hablar de las panteras, todas con los ojos desorbitados ante el espectáculo fragoroso, que no solo les hacía parpadear por la intensidad de los relámpagos, sino que también sus uñas crujían cuando un nuevo temblor azotaba la tierra. Entre la colisión protagonizada por el viento y los edificios de brahol, y la arcilla que se desprendía torrencialmente al ser ferozmente percutida por relámpagos, Merra, una vieja acicalada que no paraba de chillar, se derrumbó en el suelo con las convulsiones aflorándose y tras unos minutos de mera desesperación, un enorme peñasco acabó con su vida. Esto era lo que se vivía en Gaios, el desastre eléctrico del que solo dos locos se animaban a enfrentarlo. O así era como los llamaba Mishi-Leen al verlos caminar por sobre los edificios, una sombra detrás de otra, cada una sosteniendo una barra luminosa que le hacía recordar a las armas Jedi, pero descartó rápidamente la idea y sugirió que podía tratarse de una nueva fuente de luz que les ayude a guiarse en la insoportable oscuridad. Pero además de una fuente de luz esas barras eran armas mortíferas, y la oscuridad era insoportable solo para uno de los combatientes.

El cielo hostigaba, más gente sucumbía y los retazos de árboles, edificios y brahol se expandían por el planeta. Apenas el sable láser de Vader impactó contra el suyo supo de inmediato que no ganaría su lucha por su manejo de la Fuerza, y cuando tuvo la oportunidad de hacerlo saltó a un edificio continuo para escaparse de las garras de su perseguidor.

Sus pasos eran rectos, apenas audibles, pero Jaden podía sentir su galope como el tronar de su corazón. Y pensó que estaba muerto. Porque de todos modos parece estar muerto, pensó. Decidió volverse apenas saltó otro edificio, solo por curiosidad, pero en cuanto lo hizo se arrepintió y hubiera preferido tirarse de él fingiendo trastabillarse antes que recibir la oscura sensación de la condena. Su oscuro reflejo se alzó cuando Jaden se topó frente a un edificio de traspariacero. Por un momento pudo recordar el amarillo esquivo de sus ojos, el negro resplandeciente de su cabello y su rostro empalidecido con fiereza, tan blanco y pétreo que podía distinguirse por sobre la oscuridad. ¿Por qué Anakin Skywalker había sucumbido al Lado Oscuro? Aquella duda había estimulado a Jaden a pasar horas y horas despierto en la noche, junto con su gran amiga Paaf, que según lo que Vader comunicó estaba muerta. La redundancia con que las teorías ambos formulaban eran a veces sarcásticas y carecían de estabilidad. Habían compartido la incertidumbre y el ansia de saber qué le había ocurrido al Héroe de la República, y su búsqueda no había tenido frutos. Pero ahora se encontraba frente a la razón de su lucha y por eso hoy no iba a sucumbir. Pero también sabía que derrotarlo sería imposible y su única escapatoria — si por alguna razón de la galaxia los espaciopuertos estaban abiertos — sería refugiarse en alguno de los mundos del borde exterior para perder el rastro y luego reanudar la búsqueda oculto entre las sombras. No estaba seguro de qué tan garante resultaría su plan, era demasiado improvisado y prefería lo provisto antes que los hechos. Pero si de algo estaba seguro, era de que hoy volvería a viajar entre las estrellas, y lo haría por sus amigos víctimas del Imperio y todos aquellos que estaban condenados a vivir sin libertad.

Vader se aproximó a su costado izquierdo y Jaden anticipó el golpe justo a tiempo del impacto. Los rayos repercutían en sonidos ensordecedores y el joven Jedi apenas se enfocaba en lo que acontecía. En su aturdimiento podía imaginar la sonrisa de Vader ante su incompetencia. Y apenas se ocupaba de su plan improvisado porque mantener su estabilidad era su única preocupación. Cuando al fin pudo elevar su rostro a la altura del horizonte y clavar su vista en la espesa sombra que se elevaba en frente, supo de inmediato que Vader también desistía ante la radiación electromagnética.

— Sigues siendo humano. — pensó Jaden, y cuando Vader fijó su mirada y ésta no era más que el reflejo del desprecio, supo que lo había dicho en voz alta y que era su momento para escapar, si es que conseguía articular sus piernas. Pero estas no se movieron y el tiempo parecía trascender con tanta lentitud que incluso la vida le pareció insoportable. Por lo menos Vader tampoco se movía e incluso su mirada se perdía a momentos.

— Los relámpagos se acercan — le pareció escuchar.

— Vamos a morir.

— Tú vas a morir. — Y en un acto que calificó como desconcertante voluntad, Vader se levantó a duras penas del brahol y desapareció cuando cayó por el edificio, elevándose en una speeder y desapareciendo en la nebulosa.

— Ahora somos tú y yo, dulce radiación. — Y de pronto todo le pareció más reconfortante cuando sus sentidos dejaron de corresponderle y se sumió camino al sendero de la muerte.


Hace varias horas que Obi-Wan esperaba en aquella roca, pero Padmé no quería despertarse y Luke estaba tan entretenido con los peces del lago que apenas reparaba en su madre. Todo estaba predispuesto para que respetar uno de los pocos sueños tranquilos de Padmé fuera un acontecimiento a cumplir, pero ya estaba oscureciendo y la noche en Naboo era fría y muchas veces húmeda y Obi-Wan no quería que enfermase. Quiso aproximarse sutilmente, pisando sobre algunas ramas ocasionalmente suscitando un leve crujido. Pero aquello no daba resultado, y optó por recoger una rama algo gruesa y partirla en dos, pensando que el chasquido provocaría su despiste, pero tampoco funcionó. Cuando pensó que partir ramas y pisar fuertemente el césped era inútil, decidió recoger una flor del bosque, elevarla por la Fuerza cerca del rostro de Padmé y depositarla hasta que despertara al sentir el aroma. Pero la antaño senadora no se inmutó, y Obi-Wan estaba comenzando a impacientarse. Caminó hasta la roca y se apoyó casualmente sobre ella cuando escuchó una débil risa que se esforzaba por sonar burlona.

— ¿Padmé?

— Si querías hablar conmigo no comprendo por qué no me lo pediste.

— ¿No estabas dormida?

— ¡Claro que no! — Y por un asombroso milagro de la Fuerza, Padmé se permitió una carcajada.

— ¿Estuviste despierta todo este tiempo?

— Al principio no me di cuenta que estabas aquí, pero luego lo supe.

— Podría haber sido otro.

— ¿Quién más sería? — Y sus palabras borraron aquella sonrisa y fatigaron los ojos que hace un momento se habían permitido una lucecita. Obi-Wan recordó lo que había estado pensando al ver dormir a Padmé, recordó a qué había venido y la conversación que sin saber cómo debía entablar. Pero eso no sería un problema, muchos le habían dicho que si los Jedi no hubieran trascendido su vida probablemente se hubiera encaminado a la política, y aunque Obi-Wan tenga vastas objeciones hacia aquel círculo de mera hipocresía no podía discutir que su sabiduría se basaba en el arte del diálogo y que lo importante no era lo que se decía sino en la forma en que se hacía.

— Ha pasado tanto tiempo y sin embargo no lo pareciera. Cargamos todos los días con el dolor delante de nosotros, lo veo en ti y en todas las personas de tu entorno, pero creo que estoy en condiciones de decir que tras este año que a duras penas pude soportar y lo he logrado por la gentileza del niño que tuviste, creo que el dolor lo llevo por detrás y que aprendí a quedarme con lo mejor de él, a guardar los momentos que me conceden felicidad.

— Vivimos una realidad — dijo Padmé, y Obi-Wan se sorprendió por la firmeza de su voz y la dureza con que su rostro la acompañó. — Después de todo, eso es lo que los Jedi hacen ¿verdad? Olvidar todo y vivir el presente. Claro que para ti es muy fácil, fuiste entrenado para ello desde niño. Pero para las personas normales todo es diferente.

— No quise decir eso.

— Es la realidad. No es la primera pérdida que afrontas. Tu Maestro también ha muerto y has sabido sobrellevarla.

— Lo afronté por el hecho de que Anakin siempre estuvo a mi lado, como ahora lo está Luke.

— Yo también lo estoy haciendo por Luke.

— Lo estás haciendo por él — pero no lo sobrellevas quiso agregar Obi-Wan, pero las consecuencias de aquella frase no servirían más que para disgustos.

— Sí. — El eco de su mirada bajó lentamente hasta situarse en la nada misma, que quedaba justo donde estaban sus pies. Sus rodillas flaquearon y sus manos se acurrucaron en torno a ellas. — Yo no quiero pensar en él si cada vez que lo hago trata de matarme.

— Padmé…

— Lo intento, pero solo veo ojos amarillos y horribles palabras saliendo de él, contra mí. Y esa idea me parece tan absurda… Porque una semana antes de todo me había prometido amarme por siempre y salvarme de mi muerte. Pero ahora yo no puedo salvarme y solo... lo intento por Luke. — Sus palabras se ahogaron en un suspiro y su respiración se volvió tan ajetreada que Obi-Wan se apresuró en tomarla por la espalda y esperar que no se derrumbara. — Voy a vivir con este dolor por siempre, porque los recuerdos son desgarradores y los sueños siempre se vuelven pesadillas.

— Debes encontrar la forma de ser feliz, de tener esa esperanza.

— ¿Esperanza? — y esa expresión sonó como un bufido desesperado. — Él nunca volverá y en mí no hay ninguna esperanza, no desde que él se ha ido.

— Ten la esperanza de que estás viva y muchas personas necesitan de ti.

— Y vivo solo por ellas, si es que a esto le llamas vivir.

— ¿Qué hubiese ocurrido — titubeó Obi-Wan — si Anakin o Vader no haya querido asesinarte? — El Jedi no necesitaba mirarla para saber que estaba preparando decir lo que ya había meditado por noches, y Obi-Wan tenía la extraña sensación de querer saber más de lo que debía. En sus años como senadora, Padmé, al igual que toda la gente de Naboo, se destacaba por su extrema reserva hacia temas intrínsecos. Pero Obi-Wan no se detenía a pensar que sus secretos fueran impenetrables. Porque después de todo Padmé necesitaría hablar con alguien con quien no tuviera que fingir todo el tiempo.

—Nunca aprobaría los ideales por los que lucha. Tengo principios distintos. Pero él desapareció en el momento en que trató de matarme, y creo que yo también — Padmé se incorporó a trompicones del suelo y empezó a buscar a Luke con la mirada. — Lo extraño, lo necesito tanto… — susurró para ella misma. Y a esas palabras les sucedieron dos lágrimas que le indicaron a Padmé que tenía la fuerza suficiente para llorar y tal vez, en un futuro muy muy lejano, de sonreír con alegría. — Quisiera que todo vuelva a ser como antes. — Y Obi-Wan no podía estar más de acuerdo con esa idea. Se permitió sonreír. Pero esta sonrisa no era irónica, ni mucho menos fingida, y tampoco parecía ser de sorpresa o conmoción. Esta sonrisa era de alegría, y esa sensación le pareció tan dulce que la saboreó como si fuera el momento más culminante de su vida desde aquel ocaso, que ahora le parecía tan lejano que incluso llegaba a ser un punto insignificante en su memoria, solo por este momento, claro. Y esa alegría, tan repentina e insuficiente, era porque Padmé todavía seguía creyendo que la vida era útil. No para sí, sino para otros, pero esa esperanza valía la pena. La esperanza de saber que Padmé seguiría viviendo por Luke y Leia.

— ¡Obi-Wan, no está! — y el grito desesperado de una madre rompió el reflejo de una alegría que esperaba transformarse en realidad. Ambos se encontraron y la mujer a la que le había parecido encontrar un destello de su pasado ahora retornaba en la misma figura desdichada y pusilánime que recordaba hace pocos días.

— ¿Dónde lo has visto por última vez? — y su voz no pareció normal cuando fue audible para sus oídos. Era desesperada. Una desesperación frenética para evitar que la razón de la vida de Padmé vuelva y no se la lleve en el camino.

— No, no, no lo sé. Obi-Wan, por favor, debes encontrarlo. Por favor, por favor. —Y sus ruegos a pesar de débiles estaban cargados de una necesidad casi colérica.

Obi-Wan no se inmutó ante los dientes desmesurados de unas bestias que encontró en el bosque, tampoco se preocupó de cómo Padmé lo habría manejado. Apenas era consciente de que estaba corriendo en plena oscuridad de la noche, bajo ninguna luz que lo ampare, y aunque ello no sea un problema para un Maestro Jedi, la realidad era que la nebulosa del bosque hacía dificultosa su respiración, desprestigiando todos sus sentidos. Cuando su sensibilidad se deterioró hasta hacer casi insoportable su mantenimiento en pie, invocó a la Fuerza para guiarse y recurrió a su más afanoso desempeño para sentir a Luke en medio de las sombras. Cuando la Fuerza le permitió localizar al niño tuvo el extraño presentimiento de que había llegado tarde. Sin anticipar sus temores se vio corriendo raudamente sin reparar en que el aliento le hacía falta y que las piernas comenzaban a flaquearle.

La ventisca apabullaba a los árboles y era tan fuerte que raudales de hojas lograban desprenderse. Pero Obi-Wan no le temía al viento. Era consciente de que podía traer cosas malas, pero también se las llevaba, y en este mismo instante en sus manos estaba la posibilidad de dejar que los imperiales se lleven a Luke o luchar para recuperar lo que le pertenecía a Padmé. Y no había tiempo para elecciones, la Fuerza le había mostrado el camino y había decidido tomarlo. Pero había un problema: además de la escasez de tiempo, la nave Imperial se encontraba en el medio de un claro que se formaba en el bosque. Eso significaba que su camuflaje no perduraría mucho tiempo, y se preguntó si usando su más voluntariosa velocidad podría llegar a salvarlo sin ser detectado. Pero apenas esa posibilidad cruzó su mente supo de inmediato que sería imposible. Pero estaba dispuesto a entregar su vida, y si el Imperio se enteraba de que Obi-Wan Kenobi estaba vivo no importaba en este momento, no cuando la vida de Luke estaba en peligro. No cuando su madre dependiera de él para vivir.