-LUCY IN THE SKY WITH DIAMONDS-

Capítulo III

"Él"


Shaoran

Las siguientes dos semanas estuvieron bien. Digo bien, porque fueron totalmente rutinarias y nada ni malo ni bueno sucedió.

Ordenar los CD nuevos que llegaban, limpiar la tienda, poner en orden mi habitación e imprimir nuevas fotos para intercambiarlas con las familiares que tenía sobre la cómoda

Ese demonio que vive dentro de mí y se alimenta de mi odio, disfrutó más que nunca antes cuando tiré las viejas fotos familiares a la basura.

Y cómo se regocijó en mi interior, cuando las rompí en pequeños pedazos antes de tirarlas, maldiciéndolas.

Dios, ¡cuánto disfrutó!

Solo, sentado frente al mostrador y esperando que volviera Fye, quien había salido a fumarse un cigarrillo.

El sonido de mi celular hizo eco en las paredes de la tienda y yo tanteé sin mucho esfuerzo la superficie del mostrador, con la esperanza de no tener que levantarme de mi lugar para encontrarlo. No lo hice.

Me llevé el teléfono a mi oreja y no me llevé una sorpresa al escuchar la voz de Tomoyo, que me avisaba con tanta dulzura que hoy pasaría por la tienda para buscar algo. Seguramente lo único que buscaría sería una excusa, cualquiera sea.

Como siempre hacía.

¡Cuánto disfrutó, aquel demonio en mi interior, al alimentarse de los sentimientos desagradables que me provocaba aquella morena!

Sakura

—¡En Kagoshima! —exclamé al teléfono, sorprendida. Eriol, que se encontraba a mi lado, rió y luego tomó un sorbo de su taza de café— ¿Qué haces allá, mamá?

—Me quise tomar unas vacaciones y vine a ver a tus tíos —soltó como si fuera lo más normal del mundo ir al otro extremo de Japón sin avisarle a nadie—. ¡Tomoeda es tan aburrido, sabes!

—Estás loca —sentencié.

Ella rió como solía hacerlo y luego agregó: —No te preocupes, lo único que te pido es que cuides la pastelería por mí. Tampoco tienes que ir todos los días.

—Bueno mamá, lo haré —suspiré—, ¿cuándo vuelves?

—No lo sé, no lo he pensado, pero será pronto. Ahora iré con tu tía al centro comercial, además quiero ver el volcán, tú sabes, todo eso, ¡hace años que no venía! Adiós, querida.

—Adiós, Nadeshiko —le respondí y corté la comunicación con el botón rojo de mi celular.

Suspiré.

Siempre había accedido a ayudarla con la pastelería, pero estar a cargo era otra cosa totalmente distinta. Ahora tenía una responsabilidad que no me gustaba, pero no podía discutir con mi madre.

—¿Y qué te ha dicho que estás tan abrumada? —preguntó mi amigo.

—Que se ha ido de vacaciones y me ha dejado a cargo de la pastelería, ¡a mí! Touya es mucho mejor en los negocios.

Tomé la taza de chocolate caliente que tenía y bebí un pequeño sorbo. Eriol había venido a mi casa a almorzar, porque yo le había invitado. No nos habíamos visto mucho desde la fiesta de Halloween, porque como acababa de volver de Inglaterra, tenía que volver a mantener el orden en su trabajo.

El chocolate siempre podía alegrar un día, sin importar si llueve, relampaguea o es el fin del mundo. Una buena dosis de chocolate siempre puede arreglar un día.

—Por lo menos allá se anima un poco, eso seguro —intentó alegrarme con una sonrisa—. La comida de hoy ha estado exquisita, gracias por invitarme.

—Ah, eso fue porque tú me ayudaste, o si no hubiera sido un desastre. Y tienes razón, ojalá allá se distraiga un poco, aunque lo dudo. Tú sabes cómo son mis tías.

La risa de Eriol resonó por toda la sala de estar. Yo le sonreí, de esa manera tan mía y distintiva.

Esa sonrisa nunca me abandonó y pasó a convertirse en una clara y única característica reconocible en mí. Sakura siempre ha sido la chica que reía, la que corría, la que cantaba alegremente en los pasillos de la escuela. Todos aquellos que me conocen, estarían de acuerdo.

A veces esa sonrisa no se podía distinguir totalmente, ya que mi rostro escondía tantas emociones al mismo instante que la luz de mi sonrisa se veía confundida, pero nunca opacada. Esa sonrisa nunca me abandonó, nunca.

No era una decisión mía, ni lo hacía a propósito. Era mi naturaleza. Había nacido para continuar iluminada, radiante.

Tampoco quiero ser malinterpretada, porque no era algo que me disgustara. Sonreír se me daba bien.

Las cosas malas no significaban nada para mí, no les tomaba importancia. Un comentario malintencionado no me haría sentir nada. La verdad era que no sabía diferenciar totalmente entre algo malo y algo bueno. Era imposible para mí saber si lo que sentía estaba bien o no.

A veces llega ese momento en el cual haces lo primero que se te viene a la mente, lo que te propongan te parece interesante, te pierdes, hundes, difuminas y finalmente, desapareces.

Si la honestidad no va contigo, huye.

—Sakura.

Pestañeé varias veces, para concentrarme en la vida real y mirar con extrañeza a mi amigo, que me miraba con una sonrisa.

¿Por qué sería que me costaba tanto aferrarme a la realidad? ¿Por qué siempre que le entregaba a mi cerebro un pequeño descanso, comenzaba a divagar en estupideces sin sentido?

—¿Qué te parece si vamos a dar una vuelta y así te despejas?

—Eres demasiado bueno.

—Lo sé —dijo, acercándose—, y tú te ves preciosa con esa camiseta verde—y me besó en la mejilla y se me escapó una carcajada, acompañada de un golpe en el brazo para mi amigo.

Nuevamente, esa eterna sonrisa mía, ocupó el lugar de mis labios a modo de respuesta. Esa perfecta respuesta, que todos tomaban con ingenuidad. Porque eso era lo que yo era: una el retrato más absurdo e incomprendido de ingenuidad.

Shaoran

Podría decirse que ese había sido el día más largo y aburrido desde hacía meses.

Kurogane había venido a la disquería y luego de charlar unos momentos acerca del tema más trivial del universo, se retiró junto a Fye. Yo accedí a quedarme hasta la hora del cierre. Además, tenía que esperar aún a Tomoyo, quién había prometido ir esa tarde a la disquería, aunque podríamos decir que ya estaba llegando tarde a la cita.

—¡Dios santo, no tenía idea que tenían música de Lady Gaga aquí! —exclamó con su habitual efusividad, mientras inspeccionaba entre los discos.

La verdadera razón de su visita, nunca la sabré. Yo bien sabía que no era más que una excusa.

Sus grandes ojos amatista observaron con deleite las superficies de los discos, desde los más nuevos a los más antiguos. Sus dedos acariciaron cada rincón disponible en estos últimos.

—Fye me ha contado que has conocido a una muy buena amiga mía en la fiesta del otro día.

Señor policía, quiero reportar un complot totalmente malintencionado contra mi persona. Sí, de manos de nadie más que mi mejor amigo. Sí, lo sé, es un desgraciado.

—Shaoran, dime algo.

Yo continué en mi posición, con mis dos brazos apoyados en el mostrador, uno afirmando mi rostro y otro jugueteando con un lápiz.

—Te estoy escuchando, Tomoyo. A pesar de todos estos años, aún no estoy sordo, te lo juro.

—¿Cuándo dejarás de ser tan antipático?

Al no obtener respuesta, me observó. Su cabellera larga y negra, hacía como perfecto marco para su rostro casi níveo y sus ojos brillantes.

¿Cuántos años habían pasado, desde aquella vez?

Se acercó con pasos rápidos, molestos y asesinos del silencio sepulcral que nos había envuelto los anteriores cinco minutos. Sus zapatos de tacón.

Dejó tres discos en el mostrador y no me miró. Yo los tomé y lentamente los pasé por el lector de la caja registradora, mientras ella parloteaba.

—¿Cómo ha estado el trabajo en la tienda, agitado?

—Tranquilo.

—Me gusta mucho el ambiente que crearon con los posters y esas cosas. También estoy feliz de que hayan agregado otro tipo de música además de la que ustedes escuchan —se peinó suavemente un mechón de cabello, haciendo círculos—. ¡Hay que adecuarse a los consumidores! Eso es lo que mi madre suele decir, ya sabes, con la tienda de juguetes. Ahora están lanzando un juguete que…

Yo le indiqué con el dedo el precio de su compra, digitado en la pantalla de la máquina y ella frunció el seño. Dejó el dinero frente a mí, tomó los discos y se dirigió a la puerta.

Y sus últimas palabras, fueron una sentencia mortal. Algo que, preferiría no haber vuelto a escuchar.

—Eres un idiota, Shaoran.

Se fue. Caminando, con sus zapatos de tacón.

—Idiota.

Eso fue lo que le escribí en un mensaje de texto al rubio que le había dicho quién sabe qué a Tomoyo.

Terminé de limpiar la disquería, contar el dinero de la caja registradora y dejar todo en orden para el día siguiente, cuando salí al exterior. Instantáneamente, me coloqué mis audífonos en las orejas y encendí el mp3. Tenía la intención de tener una tarde relajada y Placebo cumpliría ese objetivo.

Decidí que lo mejor sería sentarme un poco antes de partir.

Sakura

"¡Es tan fácil desear la muerte cuando se está sano!

Es muy sencillo enamorarse de la muerte, como lo he estado yo toda mi vida, igual que he visto a los adoradores más fieles venirse abajo en los últimos instantes, (…) como si los velos oscuros, los lirios, el olor de las velas y las grandiosas promesas de la tumba no significaran nada.

Yo lo sabía, pero siempre desee estar muerta. Era una forma de seguir viviendo."

Tomé la taza de chocolate caliente. El chocolate que Ko preparaba siempre fue mi favorito. Lo soplé levemente antes de tomar un sorbo y sentarme nuevamente en el sofá junto a mi novio.

Ko se acercó a mí y me abrazó, cruzando un brazo por encima de mis hombros. Yo continué bebiendo mi chocolate.

—¿Te había dicho que te ves preciosa con esa camiseta verde? Hace juego con tus ojos —y me besó en la comisura de los labios.

Había ido a su departamento para intentar disculparme, por no contestarle las llamadas, no haberlo visitado en toda la semana y, bueno, por todo lo demás. Vimos una de esas horribles películas que están hechas para destruir las pocas esperanzas de las mujeres por encontrar a su príncipe azul y vivir felices para siempre. Sí, me había llorado toda la película.

—¿Qué tal la universidad y el trabajo esta semana? —pregunté, intentando iniciar un tema de conversación sin demasiada polémica.

—Horrible —me soltó y prácticamente se desplomó en el sofá—, tengo que hacer un ensayo larguísimo, creo que tendré que llamar a Yamazaki para que me ayude —se rió y me pareció la cosa más adorable del mundo, sólo un poco—. Lo siento, sé que él no te agrada.

—Lo detesto. Deberías conformarte con Eriol, es incluso mejor que ese idiota para mentir.

Ko está en sus últimos años de universidad y se podía decir que le iba bastante bien. Allí fue donde conoció más a profundidad a Yamazaki, ya que éste también estudia leyes. Mi novio tiene dos años más que él, pero eso no les impidió salir juntos a fiestas y todas esas tonterías. No sabía de qué me quejaba, si se habían conocido gracias a mí, en alguna de esas fiestas que organizaban mis compañeros cuando aún estábamos en la escuela.

Pensar en mis antiguos compañeros de clases, me provocaba náuseas. Eran por mucho, las personas más desagradables que alguna vez había conocido. ¿Cuántas veces me habían invitado a sus fiestas y luego se habían juntado entre ellos para hablar mal de mí?

—Yo creo que es divertido —se encogió de hombros—. Hoy me invitaron a una fiesta, ¿quieres acompañarme?

Dejé la taza vacía en la mesita de centro.

—Es día de semana y ahora estoy a cargo de la pastelería, no creo que pueda ir. Tú tampoco deberías ir, mañana trabajas.

—No es problema, puedo volver a casa temprano.

Por supuesto que sí.

—¡Eriol hoy me llevó a comprar un helado riquísimo! Deberíamos ir alguna vez, seguro te gustaría.

Primer paso: entrar a un tema incómodo, cambiarlo automáticamente por la primera cosa que pasara por mi cabeza.

—Eriol, Eriol, Eriol… Lo has visto todos los días desde que volvió de Inglaterra.

—Porque lo extrañaba —lo miré con una ceja arqueada—, y no lo he visto todos los días, sólo un par de veces desde que volvió.

—No entiendo cómo puedes pasar tanto tiempo con ese idiota.

Segundo paso: comentar un tema aún más incómodo y polémico.

—No entiendo por qué te desagrada tanto.

Realmente, no tenía idea.

—Es detestable. Es un idiota y, por si fuera poco, nunca te saca los ojos de encima.

—Porque es mi mejor amigo. Tampoco entiendo por qué siempre hablas así de él y luego corres a buscarlo para que te venda droga y te invite a fiestas.

Tercer paso: que alguno de los dos lance el comentario que haría que la maldita olla a presión explotara.

Me dedicó una mirada de reproche y luego se desordenó un poco su cabello rubio.

—Será que hay algo malo contigo entonces, porque tu novio y tu mejor amigo son unos drogadictos sin arreglo. También tomando en cuenta que para él entre el concepto de "mejor amigo" y el de "novio", no hay demasiada diferencia.

—Evidentemente hay algo malo conmigo.

Porque sigo aquí discutiendo contigo y todavía me enfurezco cuando eso sucede. Debería estar acostumbrada, siempre terminamos así. Me mordí el labio y luego me dirigí a la cocina, con la taza vacía en una mano.

Abrí la llave del agua y lentamente lavé la taza que había usado para beber mi querido chocolate caliente. El agua caliente, cayendo furiosamente sobre la superficie del tazón amarillo. Si tan sólo…

Cuando terminé, la dejé a un lado y me sorprendí al ver la figura de Koichi apoyado contra el marco de la puerta. Se encontraba con los brazos cruzados y me miraba con tranquilidad.

—Deberías haberla dejado ahí, yo la hubiera lavado después.

Me concentré en observar el suelo y evitar a toda costa dejar escapar algún deje de debilidad ante él. Con la espalda recta y las manos en las caderas, cómo mi madre suele ponerse cuando me regaña.

Él, en cambio, se acercó hasta que estuvo lo más cerca que le permití estar. Me levantó la cabeza del mentón y me miró con sus tiernos ojos tan cercanos al tono perfecto de amarillo.

—Perdón, fui un idiota.

—Lo fuiste.

Lo eres.

—¿Me perdonas? —acercó su rostro aún más y me acarició lentamente la mejilla.

—S-sí —mi voz sonó impresionablemente entrecortada. Ignoraba si había sido causa de la distancia de nuestros labios o la rabia que recorría mi cuerpo desde los pies hasta mis puños cerrados con fuerza.

De nuevo.

El resto de la tarde, nos la pasamos recostados sobre su cama. Nos besamos, conversamos y yo tomé más chocolate caliente. En un momento, se retiró de la habitación para llamar a Yamazaki y ver a qué hora y dónde sería la dichosa fiesta.

La sangre me hervía al recordar la anterior discusión con mi querido novio y, en efecto, todas las anteriores que hemos tenido acerca de lo mismo. Que Eriol esto, que Eriol aquello. ¡Eriol no era un puto drogadicto, Dios! El único drogadicto era el rubio que sonreía desde la otra habitación, seguramente pensando en el buen rato que pasaría esta noche.

Sí, Eriol en realidad podía ser un imbécil a veces. Sí, Eriol vendía drogas y de vez en cuando (la mayoría de las veces) consumía de su propia mercancía. Sí, Eriol tenía un humor que podía llegar a ser muy desagradable y cruel. Sí, por si fuera poco, solía ser muy sarcástico. Pero él no era ningún idiota y no importa cuántas veces se lo dijera a Ko, él nunca entendería.

El susodicho terminó la conversación con el otro idiota y rápidamente entró a la pieza, me dio un beso en los labios, ignorando lo mucho que lo había insultado los últimos cinco minutos dentro de mi cabeza.

—Tengo que ir ahora donde Yamazaki, ¿quieres que te lleve a tu casa?

Sonrisa.

—Prefiero caminar, pero si me llevas hasta el metro está bien.

Luego de aproximadamente media hora, ya me encontraba en el frío tren subterráneo, ahogándome de pensamientos estúpidos. ¿Por qué sería que siempre pasaba lo mismo? Yo no tenía la intención de pelear, nunca la tenía.

¿Por qué seguíamos tirando de la cuerda con tanta furia, forzándola hasta el límite?

Luego de presionar tanto la capacidad de la cuerda, la soltábamos. Sí, la soltábamos para que llegara al mínimo y todo estuviera perfecto. Total y absolutamente perfecto.

Para algunos era tan fácil esto. Rutina. Rutina. Rutina. Quería desaparecer. Quería hundirme, esconderme en lo más profundo de la tierra y llorar con tantas fuerzas como pudiera. ¡No! ¿Por qué me atan así, de esa manera tan cruel, a una realidad a la que no quiero pertenecer? ¿Por qué?

Que fácil sería, ¿cierto? Desaparecer.

Ajá.

Cobarde.

Sí, era una cobarde y siempre lo fui. Cuando mi padre murió y yo le dejé un ramo de flores sobre el ataúd, con la mirada serena, tranquila. Fui una cobarde, porque tuve miedo de llorar. Tuve miedo de que miraran, que me juzgaran. Guardé toda la tristeza.

Guardé toda la tristeza que me hacía sentir Ko, en mi corazón. Lo había escondido, encerrado. Fui cobarde, porque nunca fui capaz de decirle lo que realmente sentía.

Sí, soy cobarde.

¿Crees que alguien te ata? No crees nada de lo que te dices a ti misma. Mentirosa.

Cállate. Cállate.
Mentirosa.

¡CÁLLATE!

Tu sabes que la única que se ata a él, la única que se aferra...

… eres tú.

Se abrió la puerta metálica del tren subterráneo y yo salí, tambaleándome. Cerré los ojos con fuerza. Mi corazón se hizo un nudo y yo misma lo desaté. Para cuando ya había abierto los ojos, mi mirada se encontraba igual de serena que aquel día, en la misa de mi padre.

Fui cobarde, porque guardé todo.

Subí las escaleras y ya en el exterior, miré a mi alrededor para ubicarme en dónde diablos estaba. Me di cuenta de mi estupidez en ese momento, que había bajado varias estaciones antes y que ahora tendría que caminar.

Caminé varias calles, sin rumbo. No tenía idea de donde me encontraba.

Y lo vi sentado en una banca, con los audífonos en las orejas. A él. Lo vi sentado con su alborotado cabello color chocolate.

Yo nunca creí en las casualidades, sería una forma muy aburrida de vivir sino.

Me acerqué a él lentamente y lo observé. Era él. El mismo chico de la fiesta de Tomoyo. Lo reconocí de inmediato, porque estaba en la misma posición que esa noche, con los ojos cerrados, perdido.

Y en ese momento me miró. Sus ojos ámbares se abrieron, de par en par, para observar los míos, en una conexión tan automática que no pude evitar sonreír, y esta sonrisa era total y absolutamente genuina.

—Hola —me dijo, al igual que aquella noche.

Yo me senté a su lado, lo suficientemente cerca para poder quitarle suavemente uno de sus audífonos y colocarlo en mi oreja.

No sé qué canción era, ni quién cantaba. Vamos, no sé nada de música aparte de las canciones poperas que pone Tomoyo en la radio del auto cuando vamos a alguna parte.

Definitivamente, una buena dosis de chocolate podía arreglar un día.

I wanna be much more like you.
Your effortlessly graceful scene

—¿Qué haces aquí? —inquirió tranquilamente, mi acompañante.

—Me perdí.

That drips from every pore of you
Where logic cannot intervene

El chico de cabello chocolate me miró, sin entender lo que decía. Se levantó sin apuro de la banca y me tendió una mano para que le acompañara, a quien sabe dónde.

Acepté.

I wanna take a bath with you
And wash the chaos from my skin

Caminé junto a una persona a de la cual desconocía su edad, historia, gustos y más importante aún, nombre. Era un completo desconocido, pero lo seguí por las calles de Tomoeda, las que sólo estaban iluminadas por la tenue luz de las farolas. Escondí mis labios en la bufanda que me había mandado Touya, para la navidad anterior.

Miré al castaño que caminaba a mi lado. También tenía una bufanda, pero la suya era verde. Acomodé un poco el audífono que seguíamos compartiendo.

I wanna fall in love with you

El destino del desconocido al que seguía, al parecer siempre había sido un café, que se encontraba en la esquina de una calle oscura y solitaria. ¿Quién, además del muchacho a mi lado, iría a un lugar así?

Me gustaba.

So how do we begin?

Cuando la mesera se acercó a nosotros, no dudé al ordenar un chocolate caliente.

El lugar era muy bonito por dentro y no estaba frío, lo que en ese momento me hizo muy feliz. La mesera se retiró con un "vuelvo en seguida" y un guiño de ojo para el castaño. El susodicho, guardó su mp3 y audífonos en el bolsillo de su chaqueta.

—¡Hace calooor…!

Me saqué la bufanda rápidamente y la dejé sobre la mesa, con una mueca de disgusto. Él se rió e hizo lo mismo con la suya.

Probablemente era la mejor taza de chocolate caliente que había bebido en años, tal vez a causa de que era el calor que mi cuerpo pedía a gritos o la agradable compañía. Pude observar sus ojos fijamente, sin retirar la vista, para no perder la estupenda visión que tenía.

Hablamos más de lo que lo había hecho a lo largo de todo el día, aunque no sería verdad si dijera que hablamos mucho, ya que al parecer él no era una persona de muchas palabras, ni de muchas sonrisas. Yo me tomé la libertad de pedir otro chocolate caliente, para que la charla no acabara nunca, nunca.

Su risa.

Le pedí por favor que me mostrara más música como la que habíamos escuchado antes y así lo hizo. Me explicó la vida de los cuatro Beatles casi como si fuera la suya propia, me habló de tantos cantantes y bandas que perdí la cuenta. No quería que dejara de hablar nunca. Al parecer, sólo podía hablar "mucho" cuando era de música.

La camarera nos avisó que pronto cerrarían y nos dimos cuenta que debía ser lo suficientemente tarde como para volver a casa.

El taxi se detuvo frente a mí y yo abrí la puerta. Miré al castaño y me despedí de él con una sonrisa. Antes de cerrar la puerta del automóvil, se acercó a la ventana y me dijo:

—Por cierto, mi nombre es Shaoran Li.

No me dio la oportunidad de responder, ya que dio media vuelta y caminó hacia la abrumadora oscuridad de la noche y se sumergió en ella, desapareciendo así, como si nunca hubiera estado ahí realmente.

Sólo diré, que todo el trayecto a casa, sonreí como una estúpida, mientras miraba las luces de los demás autos y farolas bailar fuera del taxi. Bailando, felices. Bailándome con tanta gracia que desee salir corriendo del auto y acompañarlas en su eterna danza.


Notas de la autora:

Hooola, este capítulo quedó un poco más corto que el anterior, pero no quise agregarle nada más, porque ese era el único final posible. Además, en lo personal, a mi me da mucha flojera a veces leer p.o.v.'s que no tienen sentido alguno para el resto de la historia. Todos los que escribo tienen su relevancia, aunque sea pequeña. Así se van revelando más detalles de los personajes, sus personalidades y la historia en general :3.

El texto que utilicé al comienzo del segundo p.o.v. de Sakura, es un fragmento de mi libro favorito: Violín de Anne Rice, ¡totalmente recomendado!

Los dejo tranquilos. Ojalá les haya agradado y muchas gracias por los lindos reviews que dejan algunas de ustedes :P.

¡Nos leemos pronto!