HOLA! Volví, de seguro pensaran que rápido pública, pero es que como ya dije antes ESTA historia NO es mía yo nada mas hice un experimento con estos maravillosos personajes y esto salió y ademas no tenia nada que hacer y pues estaba aburrida. Ojala les guste y dejen reviews por favor

Capitulo 3

— ¡Tienes que dejar de llorar! —Exasperada y preocupada, Luna le pasó un brazo por los hombros—. En realidad no es tan grave, mujer.
— ¡Estoy embarazada! Voy a tener un hijo del príncipe —Ginny la miró, con los ojos enrojecidos—. ¿Y dices que no es nada grave?
— ¿No es demasiado pronto para hacerte la prueba? Podría estar equivocada.
—No es demasiado pronto. Han pasado más de dos semanas —Ginny señaló el cuarto de baño—. Y no es un error. Compruébalo tú misma, si quieres. Estará en el suelo donde la dejé.
—Ginny…
—Estoy embarazada y no me lo puedo creer. Una vez, una sola vez,mantengo relaciones sexuales con un hombre y resulta que me quedo embarazada. ¡Algunas personas lo intentan durante años sin conseguir nada!
—Sí, bueno, el príncipe parece ser muy fértil además de muy guapo —suspiró su amiga—. Y tú siempre has dicho que te hacía mucha ilusión tener un niño.
— ¡Pero con una pareja, no yo sola! Yo nunca he querido ser madre soltera —Ginny sacó otro pañuelo de papel y se sonó la nariz por enésima vez—. Cuando soñaba con tener un niño, soñaba también con tener a mi lado al padre de ese niño.
Luna se dejó caer en el sofá.
— ¿Para qué necesitas un padre? Que yo sepa, el tuyo te abandonó.
¿Eso es lo que quieres?
—Luna…
—¿Cómo puede alguien abandonar a una niña tan inocente y tan buena como tú? Tenías siete años entonces y ni siquiera te buscó tras la muerte de tu madre.
Ginny no quería recordar su triste infancia, de modo que se acurrucó aún más en el saco de dormir.

—Él no sabía que mi madre había muerto.
—Si se hubiera quedado donde debía, lo habría sabido.
— ¿Te importa que no hablemos de eso? Tengo que decidir lo que voy a hacer. He perdido mi trabajo y no puedo irme a casa porque sigue habiendo fotógrafos merodeando por allí. Y todo el mundo piensa que soy una cualquiera —muerta de vergüenza, Ginny hundió la cara en la almohada.

Había mantenido relaciones con un perfecto desconocido. Ella, que ni siquiera se había acostado con su prometido.

¿Cómo podía haber pasado? ¿Qué extraña locura se había apoderado de ella?

Y no habían sido simplemente «relaciones sexuales», sino algo
salvaje. Un encuentro que la había hecho perder la cabeza y olvidarse de todo, de su sentido de la moral, del sentimiento de culpa…Cada vez que Deán la tocaba, su primer pensamiento era: «no puedo quedarme embarazada». Cuando el príncipe la tocó, su único pensamiento era: «más, más».

¿Qué le había pasado?
Sí, ese día estaba muy triste e insegura por su ruptura con Deán, pero eso no era excusa. Avergonzada y furiosa consigo misma, volvió a lloriquear y Luna apartó el saco de un tirón.

—Deja de torturarte a ti misma. Vas a ser una madre estupenda.
— ¿Cómo? Ni siquiera tengo trabajo.
—A lo mejor te toca la lotería.
—No tengo dinero para comprar lotería. Ni siquiera puedo pagarte un alquiler por dejarme vivir aquí.
—No tienes que pagarme nada y puedes dormir en mi sofá el tiempo que haga falta —suspiró Luna—. No puedes irte a casa, ¿no? Todo el mundo está deseando ver alguna fotografía tuya. ¿Dónde está la camarera? era el titular de hoy en uno de esos periódicos sensacionalistas. Dicen que incluso han ofrecido una recompensa. Todo el mundo quiere saber…

—¡Es increíble! ¡Hay personas que se mueren de hambre en el mundo y a la gente sólo le interesa saber a quién besa un príncipe que, además, está soltero! Es absurdo —Ginny volvió a sonarse la nariz.
—Bueno, todos necesitamos una vía de escape de vez en cuando. Y a la gente le encanta que un príncipe muestre su lado más humano —Luna se levantó—. Tengo hambre y no hay comida en la nevera.
—Yo no quiero nada —suspiró Ginny, demasiado avergonzada como para admitir que la auténtica razón de su tristeza era que el príncipe no había intentado ponerse en contacto con ella.
Aunque sabía que era ridículo esperar que la llamase, una parte de ella deseaba que se produjera ese milagro. Sí, ella era una camarera y él un príncipe, pero le había gustado, ¿no? Había echado a todo el mundo de la suite para estar a solas con ella y le había dicho todas esas cosas tan bonitas…

Se puso colorada al recordar algunas de esas cosas. Pero después de un encuentro tan apasionado debería haber sentido la tentación de volver a verla, ¿no? Claro que, ¿cómo iban a volver a verse si el edificio en el que vivía estaba rodeado de fotógrafos?

De repente, se imaginó al príncipe escondido detrás de unos setos, esperando la oportunidad para llamar a su puerta, y le dio la risa.
— ¿Tú crees que estará enfadado por los titulares?
— ¡No me digas que estás preocupada por él! —exclamó Luna, volviendo al salón con un paquete de cereales.
Ginny se mordió los labios. Había sido ella quien lo besó frente al cristal. No se había dado cuenta…
—Me siento culpable.
— ¡Oh, por favor! Estamos hablando del príncipe Harry. A él le da
igual lo que digan los periodistas. Eres tú la que está sufriendo, cariño. En mi opinión, después de lo que pasó debería haberte puesto un guardaespaldas.
—Pero no sabe dónde estoy.
—Es un príncipe —replicó Luna—. Tiene un ejército, así que podría encontrarte si quisiera. Una sola palabra y habría un satélite apuntando a mi casa ahora mismo.
Ginny volvió a acurrucarse en el saco.
—Baja las persianas.
—No, de eso nada. Tú puedes seguir escondiéndole si quieres… o podrías concederles a esos buitres una entrevista.
— ¿Estás loca?
—No, estoy siendo práctica. Gracias a Su Alteza, no tienes trabajo y estás atrapada aquí. Vende tu historia al mejor postor, no seas tonta.
—No, imposible. Yo no podría hacer eso.
—Pero tienes que mantener al niño.
—Y no quiero que mi hijo pueda echarme nada en cara. Sólo quiero que todo se olvide lo antes posible.
Era irónico, pensó, que hubiera fantaseado sobre ese momento desde que era pequeña. Siempre había querido ser madre y tener la familia que había soñado. Incluso había imaginado muchas veces cómo sería descubrir que estaba embarazada y compartir ese momento con su pareja. Imaginó que la miraría con un brillo de felicidad y orgullo en los ojos, que la tomaría entre sus brazos en un gesto protector, declarando que no la dejaría nunca…

Ni una vez, nunca, había imaginado que estaría en aquella situación, completamente sola.
Un momento de locura, una tras agresión, sólo una vez y su vida se había puesto patas arriba. Las esperanzas de volver algún día a su vida normal habían muerto para siempre, porque en cuanto alguien la viese embarazada sumaría dos y dos y… se descubriría la verdad.

Que aquél era el hijo del príncipe de Santallia.
—Tengo que salir a comprar algo de comida, pero volveré enseguida—la puerta de la entrada se cerró, pero unos segundos después sonó el timbre. Y pensando que Luna habría olvidado las llaves. Ginny se levantó del sofá para abrir.
— ¡De modo que estabas escondida aquí!

Era Deán, con un enorme ramo de rosas rojas envueltas en celofán.
Ginny se quedó mirándolo, perpleja, percatándose en ese momento de que apenas había pensado en él durante esas dos semanas.
—No esperaba verte aquí, Deán.
— ¿No vas a invitarme a entrar?
—No —contestó ella—. No sé si te acuerdas, pero rompiste tu compromiso conmigo. Y me quedé desolada.
Aunque la desolación no había durado mucho, ¿no? El disgusto había sido reemplazado por otras emociones. ¿De verdad un corazón roto se curaba tan rápidamente?
—No puedo hablar de eso en el descansillo —dijo él, entrando en el apartamento sin esperar a que lo invitase—. Toma, son para ti. Para demostrar que te he perdonado.

— ¿Tú me has perdonado a mí? —Ginny hizo un gesto de dolor cuando se le clavó una espina en el dedo— ¿Por qué me has perdonado si se puede saber?
—Por besar al príncipe. Y por dejarme en ridículo.
—Deán… tú estabas de fiesta en un palco con tu nueva novia.
—No, ella no es nadie especial. Tenemos que dejar de hacernos daño el uno al otro, Ginny. Admito que me puse furioso al verte besando al príncipe, pero me di cuenta de que lo estabas pasando mal…
—Sí, bueno…
—Además, parecías otra —Deán sonrió como un adolescente que acabase de descubrir a las chicas—. Siempre has sido tímida y un poquito mojigata. Y de repente, allí estabas, en esa pantalla, con el pelo suelto… parecías otra chica, de verdad. Cuando te vi besando al príncipe, no pude dejar de pensar que ese hombre debería haber sido yo.
Ginny sabía, en cambio, que ni en un solo momento durante su encuentro con el príncipe había pensado en Deán.
—Sé que sólo lo hiciste para que yo entrase en razón —siguió él—. Y funcionó. Ahora veo que eres capaz de sentir pasión. Sólo tengo que ser más paciente contigo. El príncipe no había sido paciente. Al contrario, había sido impaciente, exigente, enérgico.
—No le di un beso para ponerte celoso —le confesó.
—Bueno, eso da igual. Vuelve a ponerte el anillo de compromiso y saldremos para decirles a los reporteros que besaste al príncipe porque estabas enfadada conmigo. La vida tenía un extraño sentido del humor, pensó Ginny. Deán estaba ofreciéndole que volvieran a ser novios, pero ella ya había tomado otro camino… o más bien, la vida había hecho que tomase otro camino.
—Lo siento, pero no es posible.
—Pero éramos una pareja estupenda —protestó él—. Tendremos el Porsche y la casa que habíamos soñado. Y no tendrás que seguir siendo camarera.
—Pero a mí me gusta ser camarera. Me gusta conocer gente, hablar con ellos. Me cuentan muchas cosas interesantes mientras toman una taza de café.
—¿Por qué quieres cargarte con los problemas de los demás cuando puedes quedarte en casa y cuidar de mí?
—Eso no va a pasar. Deán.
—Sé que es como un cuento de hadas, pero está pasando. Por cierto, las flores cuestan una fortuna, así que deberías ponerlas en agua. ¿Dónde está el baño?

—La primera puerta a la derecha —contestó Ginny automáticamente. Pero un segundo después recordó que había dejado la prueba de embarazo en el suelo—, ¡No, espera, Deán, no puedes entrar! Sin saber qué hacer, se quedó en el pasillo, paralizada, sabiendo que lo inevitable iba a ocurrir.

Por un momento no hubo ningún sonido, nada. Y luego Deán apareció en la puerta, pálido.

—Ahora entiendo que no quieras volver conmigo.
—No es eso…
—Lo que quieres es el premio gordo, ¿verdad? Hemos estado juntos un año entero y nunca quisiste hacer el amor conmigo. Me hiciste esperar…
—Porque no me parecía bien —intentó disculparse Ginny—. Yo no sé…
—¿Tú no sabes qué? —Deán había levantado la voz mientras paseaba de un lado a otro—. ¿No sabes por qué te acostaste con él? Pues deja que yo te lo diga: te acostaste con él porque es un príncipe.
—No…
—Y resulta que te ha tocado la lotería. Ahora entiendo que mi Porsche no te entusiasmase. Supongo que él tiene un Ferrari ¿no?
Ginny parpadeó.
—No sé qué coche tiene, pero…
—¡Pero te basta con saber que te llevas un príncipe y un palacio!
—Eso no es verdad. Aún no he decidido qué voy a hacer.
—Querrás decir que aún no has decidido cómo puedes sacarle más dinero —le espetó él, tomando el ramo de flores antes de dirigirse a la puerta—. Me las llevo, tú no te las mereces. Y no me mereces a mí. Buena suerte en tu nueva vida.

Ginny se mordió los labios cuando el ramo de rosas chocó contra el umbral de la puerta y dio un respingo al oír el portazo.

Un horrible silencio cayó sobre el apartamento. Un par de pétalos solitarios quedaron en el suelo, como gotas de sangre, y ella se sentía fatal. Y culpable porque era cierto que había hecho algo con el príncipe que no había hecho con Deán.

Y no entendía por qué. No entendía nada.

Dos semanas antes se hubiera puesto a dar saltos de alegría ante la idea de volver con Deán.

Ahora sólo sentía alivio al verlo marchar. Dejándose caer en el sofá, intentó pensar con claridad, con lógica. No había necesidad de asustarse. Nadie podría adivinar que estaba embarazada durante al menos cuatro meses más. Tenía tiempo para hacer planes.


Rodeado por cuatro guardaespaldas, blandiendo un periódico en la mano como si fuera un arma, Harry golpeó la puerta del apartamento.
—No tenía que venir usted en persona. Alteza —dijo Remus—Podríamos haberla llevado al hotel.
—No me apetecía esperar tanto tiempo —contestó Harry.
En las últimas horas había descubierto que era, después de todo, capaz de sentir algo: una furia ciega. Furia hacia ella, pero sobre todohacia sí mismo por caer en la trampa.
¿Desde cuándo un cuerpo bonito lo hacía abandonar toda precaución? Las mujeres se lo habían puesto fácil desde que empezó a afeitarse, pero nunca antes había actuado con tan lamentable falta de contención. Aquella chica le había tendido una trampa y él se había metido en ella sin pensar.
— ¡Sé que estás ahí! ¡Abre de una vez!
Antes de que su equipo de seguridad tuviera que hacer algo drástico, la puerta se abrió y aunque había ido dispuesto a dar rienda suelta a su furia. Harry de repente olvidó su misión al encontrarse con esos ojos cafés. Ginny. Ahora sabía su una camiseta ancha de color rosa con el dibujo de un oso polar en la pechera, el pelo suelto y los pies descalzos. Lo miraba con los ojos brillantes, aparentemente contenta de verlo.

— ¿Alteza?

Tenía un aspecto imposiblemente juvenil, fresco e ingenuo y Harry se preguntó por enésima vez qué lo había poseído para tener relaciones con una chica así.
—Veo que no te has molestado en vestirte para recibirme —le espetó, entrando en el apartamento sin esperar invitación y cerrando la puerta.
—Porque no sabía que fuera a venir —contestó ella, tirando del bajo de la camiseta—. Han pasado más de dos semanas.

Harry miró a su alrededor, fijándose en el saco de dormir que había sobre el sofá.

«De modo que es aquí donde se ha escondido».
—Sé perfectamente el tiempo que ha pasado. ¿Entiendes tú la gravedad de lo que has hecho?
—Está hablando de cuando le di el beso, ¿verdad? —Ginny se mordió los labios—. De verdad que no me di cuenta… no pensé que había gente mirando. Pero desde entonces los periodistas no me dejan en paz. No sé cómo puede usted soportarlo.
Su simpatía era totalmente inesperada. ¿De verdad creía que podía hacer lo que había hecho y seguir manteniendo una conversación civilizada con él? Con el periódico en la mano, Harry se acercó a la ventana y miró la calle. ¿Cuánto tiempo tenían? Los reporteros deberían haberla encontrado ya.
—He tenido que buscarte.
— ¿De verdad? Yo pensé… en fin, pensé que se había olvidado de mí.
—No es fácil olvidarse de ti —replicó él—, ya que tu nombre aparece en la prensa prácticamente todos los días.
—Por eso no estoy en mi piso. No quería que me encontrasen.—No, claro. Eso lo hubiera estropeado todo, ¿verdad? —Harry esperó que ella confesara la verdad, pero se limitó a mirarlo como si no le entendiese.
—Parece enfadado y lo comprendo, pero pensé que ya estaría acostumbrado a que los periodistas hablasen de usted. ¿Quiere sentarse?
—No, no quiero sentarme.
—¿No quiere un café… algo de beber? —preguntó ella, nerviosa—.Creo que tenemos algún refresco en la nevera.
—No quiero nada.
—No, supongo que aquí no hay nada que le interese —Ginny volvió a tirar del bajo de su camiseta—. Lo siento, pero esta situación me resulta irreal. Si quiere que le sea sincera, no puedo creer que esté aquí. Usted es un príncipe y yo…
— ¿Tienes que pellizcarte para creerlo?
—Sí, la verdad es que resulta muy raro. Y un poco incómodo.
—¿Incómodo? —repitió él—. Creo que esto es más que una situación incómoda. ¿Cómo se te ocurrió hacer algo así? ¿Qué pasa por ese manipulador cerebro tuyo? ¿Es todo por dinero o tenías un objetivo más ambicioso? La repentina pérdida de color de su rostro hizo que las pecas se destacaran, dándole un aspecto aún más juvenil.
— ¿Perdón?
Harry tiró el periódico sobre la mesa.
—Espero que vivas para lamentar lo que has hecho.
Lila se acercó para mirar la primera página, los suaves labios se movían mientras leía: El príncipe de Santallia espera un hijo de la camarera.
—Oh, no…
— ¿Es cierto? —le preguntó. Pero su expresión daba al traste con cualquier esperanza de que aquello fuera una fabulación de la prensa— ¿Estás embarazada?
—Dios mío… ¿cómo pueden haberse enterado? ¿Cómo pueden saberlo?
— ¿Es cierto? —insistió él, airado.
—Sí, es cierto —Ginny se tapó la cara con las manos, dejándose caer en el sofá—. Pero esto no es… yo aún no me lo creo. ¿Cómo han podido enterarse?
—Los reporteros suelen comprar este tipo de noticias —contestó el príncipe.
—Pero yo no he contado nada… no he sido yo, de verdad. No he hablado con ningún reportero.
— ¿Entonces cómo explicas que la noticia aparezca en todos los periódicos? En la oficina de prensa de palacio han recibido miles de llamadas preguntando si era verdad que iba a tener un hijo… —Harry se quedó callado al ver lo pálida que estaba—. No tienes buen aspecto.
— ¿Y eso le sorprende? Usted está acostumbrado a estos escándalos, yo no. Su cara aparece todos los días en los periódicos, pero para mí es nuevo y… horrible. Todo el mundo habla de mí sin conocerme…
—Eso es lo que suele pasar cuando uno vende una historia a un periódico sensacionalista.
— ¡Pero le digo que yo no he vendido nada! —Ginny se llevó una mano al corazón—. Tiene que haber sido Deán. El sabía lo del niño, tiene que haber sido él.
— ¿Cómo has podido hacer algo así?
— ¿Yo? —exclamó ella—. Pero usted, bueno, nosotros…
—Tuvimos una relación sexual y tú la has utilizado para aprovecharte de mí.
—Un momento. ¿Cómo que me he aprovechado? ¿En qué sentido me he aprovechado? —exclamó Ginny, indignada—. He perdido mi trabajo, ni siquiera puedo ir a mi casa y hay un montón de reporteros investigando mi vida… ¡es espantoso!
— ¿Y qué creías que iba a pasar? ¿Pensabas que iban a publicar una bonita historia? Las historias bonitas no venden periódicos.
— ¡Yo no les he contado nada! —Ginny se levantó de un salto—. Debe de haber sido Deán
—¿Y cuál es la excusa del tal Deán? ¿No estaba dispuesto a cargar con el niño? ¿Quería echarle la culpa a otro hombre?
Sorprendida, ella se quedó mirándolo con la boca abierta.
—El niño no es de Deán si es eso lo que quiere decir.
— ¿Ah, no? —Harry levantó una ceja, irónico—. Entonces has estado muy ocupada últimamente. ¿Con cuántos hombres te has acostado durante las últimas semanas? ¿O es que no te acuerdas? Ginny se puso colorada, pero esa vez de rabia, no de vergüenza.
— ¡Sólo me he acostado con usted! —Su voz temblaba de emoción—. No me he acostado con nadie más. Nunca. Harry recordó ese momento tan íntimo, tan intenso, en la suite presidencial. Sí, había estado seguro de que era virgen.
—Entonces me lo creí, pero las vírgenes no se acuestan con un hombre al que acaban de conocer, cara mía. Aparte de ese pequeño error de cálculo, fuiste muy convincente.
—Ésa fue la primera vez que…
— ¿Te acostabas con un príncipe?
— ¿Cree que le he tendido una trampa? ¿Cree que fingía ser virgen?
¿Con qué clase de mujeres se relaciona usted?Como no quería hablar de ese tema, Harry la miró con frío desdén.
—Sé que no es mi hijo. No puede serlo.
—¿Porque sólo ocurrió una vez? —Ginny volvió a dejarse caer en el sofá—. Sé que es raro, pero ha ocurrido. Y puede que sea usted un príncipe, pero eso no le da ningún derecho a hablarme en ese tono, como si fuera una…
— ¿Qué eres, Ginny? ¿Cómo se llama a una mujer que se acuesta con un hombre por dinero?
— ¿Le he pedido yo dinero? —le espetó ella.
—No, pero estoy seguro de que lo vas a ganar con esa historia que les has vendido a los periódicos. Y con ese dinero, Deán y tú podréis tirar durante un tiempo —replicó el príncipe, desdeñoso—. ¿Qué tenías planeado, boletines informativos mensuales para seguir ingresando cheques? Claro, ahora entiendo por qué me diste las gracias.
— ¿Qué?
—Cuando me besaste, me diste las gracias por lo que te había dado.
Está claro a qué te referías.
—Pero eso era… —Ginny no terminó la frase—. Ese día me sentía muy triste. No sé si lo recuerda, pero la razón por la que se acercó a mí fue que estaba llorando. Y le di las gracias porque me hizo sentir bien. Sólo por eso. Hasta ese momento yo no tenía ni idea de cómo funcionaban los medios de comunicación.
— ¿Esperas que crea que es una coincidencia que hayas estado escondida durante dos semanas? Estabas buscando una exclusiva…
— ¡Yo no estaba buscando nada! ¡Y no me hable como si estuviese
tratando con una cualquiera, no se lo tolero! Estoy esperando un hijo suyo y eso es más que suficiente para que me sienta asustada…
— ¿Quieres saber lo que creo yo? Creo que estabas embarazada cuando nos conocimos: por eso llorabas. Creo que no sabías qué hacer y me viste a mí como una solución a tus problemas. Lo único que tenías que hacer era fingirte virgen y así yo no discutiría una demanda de paternidad.
—¡Eso no es verdad! Me acosté con usted porque… la verdad es que no lo sé. Francamente, todo ese episodio sigue siendo una sorpresa para mí. Sus ojos se encontraron y los recuerdos compartidos de ese momento fueron como una descarga eléctrica. Harry miró sus labios, tan jugosos, y se encontró recordando cómo sabían. Aunque ahora se daba cuenta de que no podía haber sido virgen, seguía deseándola con una casi indecente desesperación.
— ¡Deje de mirarme así!
—Debería alegrarte que te mire así. Porque el sexo es lo único que hay entre nosotros.
—Mire, yo no sé cómo ha ocurrido esto, pero lo mejor es que se marche —murmuró Ginny.
Que insistiera en su inocencia hacía que todo aquel episodio fuera aún más desagradable, porque eso lo obligaba a recordar el rostro de otra mujer, una mujer tan cautivadora que había estado cegado a todo lo que no fuera su belleza.
— ¿Qué clase de mujer mentiría sobre la identidad del padre de su hijo? ¿Es que no tienes conciencia?
— ¡Váyase ahora mismo! —Gritó Ginny—. Me da igual que sea un príncipe, váyase de aquí. Me había alegrado tanto de verlo…
—Ya me imagino.
—Ese día, cuando me consoló, pensé que era usted una buena persona. Y cuando he abierto la puerta y lo he visto en el rellano, de verdad he pensado que había venido a verme… ¿se lo puede creer? Pero yo no le intereso en absoluto, sólo piensa en usted mismo. Así que váyase, vuelva a su palacio o su castillo o lo que sea. Y haga lo que tenga que hacer.
—Tengo que hacer lo que me veo obligado a hacer. Gracias a ti.
— ¿Por qué? No me irá a decir que le preocupa su reputación. Por favor… todo el mundo sabe que es un mujeriego —replicó ella, dolida—.¿Desde cuándo le importa su reputación? Cuando se acuesta con una mujer, todo el mundo le da una palma dita en la espalda, como si fuera un héroe. Seguro que el hecho de haberme dejado embarazada le hará ganar puntos con su corte de admiradores —Ginny suspiró, agotada—. Váyase. Alteza. ¿No es eso lo que suele hacer?
—No lo entiendes, ¿verdad? No tienes ni idea de lo que has hecho.
¿Qué había hecho?, se preguntaba Ginny. Pero la furia que veía en su rostro dejaba claro que el príncipe no creía ser el padre del niño. Y su única prueba era que ella era virgen cuando se acostaron.
Pero él no la creía, claro.
Era cierto que no se había comportado como una chica inocente y no podía explicar ese comportamiento. El encuentro había sido algo explosivo, totalmente inesperado. Pero, en cualquier caso, los dos eran culpables.
En ese momento empezó a sonar el teléfono.
—No contestes —dijo él. Ginny no hubiera podido contestar porque le
temblaban las piernas y, por mucho que lo intentaba, no parecía capaz de llevar aire a sus pulmones—, ¿Sigues diciendo que yo he sido tu único amante?
—Es la verdad.
—Espero que no lamentes lo que has hecho cuando tengas veinte micrófonos en la cara y a la prensa mundial haciéndote preguntas.
—Nadie va a hacerme ninguna pregunta…
—Deja que te diga algo sobre la vida que has elegido, Ginny—alto y poderoso, Harry parecía fuera de lugar en aquel modesto apartamento. Desde los pantalones oscuros al abrigo de cachemir, todo en él emanaba riqueza—. Vayas donde vayas habrá un fotógrafo y, en general, no sabrás que estaba allí hasta que veas tu fotografía en algún periódico. Todos querrán algo de ti y eso significa que no podrás tener amigos porque incluso los amigos se venden por dinero.
—No tengo por qué escuchar esto…
—Sí tienes que hacerlo. No podrás sonreír sin que alguien te pregunte si eres feliz y no podrás mostrarte seria sin que otro publique que estás sufriendo una depresión. Serás demasiado delgada o demasiado gorda…
—Demasiado gorda, obviamente —lo interrumpió ella—. Pero ya está bien. Puede dejarlo, lo he entendido.
—Estoy describiendo tu nueva vida, Ginny. La vida que has elegido. Tú has decidido que todo el mundo crea que ese niño es hijo mío y, como resultado, todo el mundo está esperando que yo dé un paso adelante. Acercándose a la ventana, Harry volvió a mirar la calle.
— ¿Qué quiere decir con eso?
Él se volvió, con los dientes apretados.
—Vas a casarte conmigo, Ginny—le dijo, sin emoción alguna—. Puede que creas que vas a hacer realidad tus sueños, pero te aseguro que estás a punto de embarcarte en tu peor pesadilla.