Un niño de unos cinco años estaba en el bosque con sus padres cuando de pronto una serpiente grande como un brazo se abalanzó encima de su madre antes de que ella levantase la varita una silbante voz proveniente del niño la detuvo. La serpiente se dirigió mansamente hacia este quien le acarició la cabeza con una sonrisa. Las piedras de su alrededor empezaron a danzar mientras el chico reía. Los padres le felicitaron mientras este seguía riendo. Nada hacia pensar que en la espesura, la muerte espiaba.
El niño abrió los ojos en medio de la noche y la vio, la muerte se había disfrazado de muggle y había substituido su guadaña por un cuchillo, un cuchillo que chorreaba sangre con la que se había manchado al clavarse en el corazón de las dos personas, ahora cadáveres, que dormían a la cama de al lado.
— Muere, brujo, muere.- repetía la muerte mientras clavaba el cuchillo compulsivamente en el cuerpo inerte de su padre.
Y entonces dirigió sus ojos, inyectados de sangre, hacia el cinco añero, y se levantó, con la ropa empapada en rojo y una sonrisa enloquecida en los labios.
— Tú también morirás, porqué eres un monstruo.- le explicó acercándose lentamente- Eres un error que yo borraré.- dijo antes de estallar en carcajadas.
Salazar se despertó de golpe levantándose de un salto de la improvisada cama del campamento. Su cuerpo estaba empapado de sudor y una solitaria lágrima surcaba su mejilla. Se la secó y se dirigió hacia el río sin ser consiente de que alguien le seguía.
— ¿Otra vez has tenido una pesadilla?- preguntó una voz femenina proveniente de sus espaldas.
— No se de que me hablas Rowena- contestó Salazar con indiferencia.
— Y otra vez vas a negarlo.- suspiró la mujer- Te haría bien hablarlo, tienes pesadillas cada noche desde que nos conocemos ¿Porqué?
— No es asunto tuyo.- le respondió sin ser descortés el hombre- Es parte de mi pasado, un pasado que no incumbe a nadie.
— Sí que me incumbe puesto a que afecta el presente.- le contestó la maga- Y porqué somos amigos y compañeros. Un miedo tan arelado como para que te provoque pesadillas puede ser un problema y necesitamos conocerlo si quieres que cubramos tus espaldas.
— No me apetece discutir Rowena y los dos somos demasiado cabezotas para que esto no conduzca a una pelea.- le dijo Salazar.
— ¿Si no te apetece discutir porqué no jugamos?- preguntó Rowena.
— ¿Jugar?- su compañero alzó una ceja con incredulidad- ¿A qué?
— A decir la verdad.- contestó para luego añadir- Yo hago una pregunta y los dos la respondemos, tu haces una y los dos la contestamos, así durante un rato. Y antes de empezar nos tomamos un trago de ese veritaserum que los dos sabemos que llevas encima.
— Si prometes que no me preguntarás que sueño cada noche.- contestó Salazar ofreciéndole una botella.
— Hecho.- Rowena tomó un trago y se la ofreció a su amigo que también bebió. – ¿En que se transformaría un boggart en tu presencia?
— En un muggle con un cuchillo rojo por culpa de la sangre de mis padres y con la mirada de un loco clavada en mi.- contestó intentando mostrar indiferencia el mago.
— En un Erumpent furioso.- dijo la mujer despertando la curiosidad de su amigo.
— ¿Porqué?- preguntó antes de darse cuenta para luego fruncir los labios- Esa no es mi pregunta.
— Claro que la es- contestó la mujer divertida- y tendrás que contestarla. Cuando era una niña mi padre me llevó a un lugar muy extraño y muy lejos, allí nos encontramos con un erumpent que un hombre había hecho enojar sin querer, creo que pensó que era un rinoceronte, y lo vi matar a ese pobre diablo. Papá lo destruyó a él pero el daño estaba hecho, Helga había quedado huérfana.
— ¿Helga?- Salazar miró a Rowena a los ojos por primera vez- ¿Nuestra Helga?
— Así la conocí- asintió la mujer.
— Es curioso que el padre de una maga tan extraordinaria como Helga no fuese capaz de deshacerse de un erumpent. Por lógica debería haber sido un mago competente- comentó extrañado, tanto que se le pasó por alto la mueca de Rowena.
— Te toca responder.- le dijo la chica para desviar la atención.
— Cuando tenía cinco años un muggle asesinó a mis padres porqué había visto como hacía magia accidental.- Contestó sonriendo con una sonrisa espeluznantemente rota y los ojos vacíos- Eso sueño cada noche Row.- añadió.
— Sabes que no todos los muggles son así ¿verdad?- preguntó Rowena, Salazar apartó la vista- ¿Verdad?- repitió.
— Tal vez no todos pero si la mayoría, tú lo has visto, queman a gente porqué creen que son de los nuestros o los denuncian para que los torturen.- le recordó Slytherin- Nos tienen miedo, creen que somos un error. Nos odian porqué somos superiores.
— Ahora soy yo la que no quiere discutir y ese tema solo tiene una salida.- contestó Rowena- Y, respecto a tus pesadillas, si quieres mañana te haré una infusión antes de dormir.
— No quiero nada que me obligue a dormir sin poder despertarme.- contestó Salazar.
— Solo hará que no tengas pesadillas.- le contestó la mujer dulcemente- Confía en mi.
Entre los árboles dos personas miraban la escena, dos personas que se miraron, tomando a la vez la decisión de volver al campamento sin hablar. Para que no los oyeran usaron un hechizo de levitación. Cuando llegaron se sentaron al lado del fuego a hablar.
— Pobre Sal- dijo Goldric con tristeza- Y también lo siento por ti, no tenía ni idea de que tu padre…- se interrumpió con incomodidad sin saber como continuar.
— Realmente tiene sus razones para odiar a los muggles.- suspiró Helga- Lo que me sorprende es que se le haya pasado la mueca que Rowena ha hecho cuando a dicho que mi padre debía ser un "mago competente".- comentó aliviada.
— Te dije que no era buena idea decirle que eres hija de muggle.- le dijo el hombre con una sonrisa- Y ahora estoy más que seguro que no deberías ni insinuarlo.
— Supongo que tienes razón.- dijo con tristeza la mujer, entonces algo raro sucedió, sus ojos se pusieron en blanco y su voz se agravó- "Tú, desdichado, perderás a tu hermano y eso junto con otra traición causará la muerte de alguien a quién mucho aprecias. Finalizarás con tu linaje por propia voluntad pero aún así tu legado perdurará por siglos."- Goldric escuchó toda la predicción en silencio y, mecánicamente, alargó sus brazos para evitar que una desvanecida Helga cayese al suelo.
"Perderás a tu hermano", Goldric era hijo único pero supo en el mismo momento en el que lo oyó a quién se refería. Salazar era la persona en la que más confiaba y su compañero desde que ambos eran muy jóvenes, los dos eran muy distintos pero se complementaban y conocían perfectamente. Sabía como podía perderle, escondiéndole algo fundamental para él, algo que se relacionara con su mayor miedo y debilidad. Dirigió su vista hacia la joven castaña y sus dulces y dormidas facciones. Suspiró. Si por protegerla debía perder a Sal que así fuera. Ella lo valía, lo valía todo. Llevaba ya tiempo sabiéndolo pero entonces se confirmó, estaba enamorado hasta la médula de esa joven bruja.
De hecho lo que más le preocupaba era saber a quién se refería el "causará la muerte de alguien a quién mucho aprecias" podía ser Rowena o Helga y no quería perder a ninguna de las dos. Le partía el alma saber que casi deseaba la muerte de Rowena, quién era prácticamente una hermana para él, si con eso aseguraba la vida de Helga.
La última parte era la más misteriosa, si bien él era un hombre de acción, un guerrero, y no le había preocupado nunca lo de tener hijos le entristecía saber que los Gryffindor terminarían con él. Por primera vez se dio cuenta de lo mucho que deseaba transmitir sus conocimientos mágicos a nuevas generaciones, lo que le hubiese gustado ver a sangre de su sangre batiéndose en duelo intentando usar complejos hechizos que él les hubiese enseñado.
Un suspiro se escapó de sus labios, despertando a su amada quién se sonrojó al verse en los fuertes brazos del guerrero. Este la soltó ayudándola a sentarse galantemente, encantado de notar el pulso acelerado de su amiga.
— ¿Qué he dicho?- preguntó Helga, Goldric la miró como si no supiese de qué le hablaba- En la predicción ¿Qué he dicho?- insistió.
— Nada, solo te has desvanecido, debes estar muy cansada.- le mintió por primera vez el cavalleroso mago. No hacía falta que dos cargaran con el peso de la trágica predicción y si algo había aprendido era que por mucho que se intentara, no se podía escapar del hado anunciado por Helga.
— ¿Seguro?- preguntó desconfiada la mujer.
— ¿Cuándo te he mentido?- le contestó con una sonrisa forzada y sintiéndose peor que la escoria Goldric. Esta última sensación se incrementó cuando su enamorada le sonrió dulcemente antes de desearle dulces sueños.
— Jamás pensé que fuera Gryffindor el primero en querer montar una escuela.- comentó Molly algo adormilada ya por la historia.
— ¿Puedo saltar hasta su primer alumno?- preguntó Percy con esperanza.
— ¿Prometes que no pasa nada relevante?- preguntó Audrey más atrapada por la historia que sus propias hijas.
— Lo prometo.- dijo Percy divertido.
— Entonces te dejamos.- le concedió Lucy- Pero continua rápido papi, que quiero saber lo que ocurre.
