El ruido de taladros comienza a las siete en punto de la mañana, y James, que no solo fue a intentar devolverle el boli a su vecino sino que además se tomó unas cuantas copas con él, se levanta con ganas de asesinar a todos los miembros de la clase obrera.

Se mete en la ducha para tratar de relajarse un poco, pero se da cuenta, una vez desnudo, de que el grifo está roto, por lo que tiene que volver a vestirse y arreglarlo antes de nada. Tampoco es capaz de conseguir agua caliente.

Cuando ya se ha secado el pelo, se viste por segunda vez en lo que va de mañana, se coloca los cascos del reproductor que su padre le regaló hace unos años por navidades y se pone a adecentar su piso al ritmo de música muggle.

Tres horas después las manchas de humedad han desaparecido y las paredes de las habitaciones están pintadas por distintos colores, todos de tonos claros. Ha redistribuido los pocos muebles que había en el salón, que consisten básicamente en un sofá verde que debería ser tazado, una pequeña mesa de café marrón y una estantería que necesita una mano de pintura pero que en sus orígenes debió de ser blanca.

Ha desengrasado la cocina por completo con un producto de limpieza que encontró en un estante y activó la nevera con un hechizo. Limpió los armarios de su cuarto para más tarde llenarlos con la poca ropa que pudo traer consigo. Incluso salió a hacer la compra.

Dadas las siete, cuando ya está rozando el sueño tumbado en el sofá, le viene a la cabeza que hace unos cuantos días que sus padres no saben nada de él. Se le hace un nudo en la garganta, y muy a su pesar, se sienta en la mesa de la cocina y se pone a escribir.

Papá, no me mates:

Como supongo que ya te habrás enterado no terminé el último examen de la carrera que me quedaba, y sinceramente, no tengo intención de hacerlo. Me he mudado a un piso pequeño de Irlanda y de momento pienso quedarme aquí.

Mañana saldré a buscar trabajo, lo prometo, así que si lo consigo no creo que necesites pasarme dinero.

Estoy perfectamente, no es necesario que te preocupes por mí. Sabes que ya tenía intenciones de independizarme desde que volví de la residencia de la universidad y estar lejos del mundo mágico por un tiempo no creo que me venga mal.

Iré a casa de la abuela el domingo para comer y para que me podáis echar la bronca más cómodamente.

Te quiere aunque a veces no lo parezca,

James.

A falta de lechuza, hace un pequeño avión y lo saca por la ventana, esperando que no llueva.

Como si fuera un reloj, a las siete en punto las obras vuelven a empezar. Y James, esta vez agradecido porque intuye que no tendrá que comprar un despertador, se levanta de la cama.

Se viste y desayuna todo lo rápido que puede para salir a comprar el periódico del día. Sin ni siquiera echarle un vistazo al resto de las hojas, abre por las ofertas de empleo. Encuentra dos de camarero y una de dependiente en una tienda de deporte que queda bastante cerca de su piso. También hay una de cocinero de comida rápida saludable, pero es necesaria una experiencia que James ni tiene ni cree que pueda inventarse, y otra de profesor de autoescuela que sería perfecto si se hubiera sacado el carnet de conducir.

Revisa y retoca el currículo muggle que hizo con su padre hará ya cinco años, y se entristece un poco al darse cuenta de que no tiene mucho más que añadir. La carrera le ha tenido completamente absorbido.

Se prepara un sándwich rápido y llama a los anuncios del periódico. Tras una hora de entrevistas, hace una lista de los puestos de trabajo que han asegurado que contactarán con él.

Sale de su casa y llama a la puerta de Rayan tres veces, cruzando los dedos para que esté. Abre la puerta al cuarto intento, vestido con unos vaqueros y una camiseta blanca.

−Hola James, pasa.

Entra pisándole los talones.

−¿Quieres una copa?

−¿Tan temprano?

−Son las cuatro –Afirma, dando a entender que es suficientemente tarde para él.

−Mmmn, no gracias. Más tarde, quizás.

−De acuerdo.

Rayan se tira en el sofá, encima de un montón de ropa que James está seguro de haber visto en la cocina el primer día que entró.

−¿Tienes un ordenador? –Pregunta James, impaciente.

−Sí.

−¿Me lo puedes prestar?

−Claro. Voy a buscarlo.

James se queda de pie, en medio del salón. Observa cada uno de los rincones de la habitación con algo de asco, no entiende como alguien puede guardar tanta cantidad de mierda junta. Siente una necesidad muy impropia de él de ponerse a recoger. Está empezando a entender a su madre.

Rayan entra en la habitación con una pequeña mochila negra, pero sigue andado hasta la cocina sin pararse. Lo deja encima de la barra del desayuno.

−Todo tuyo.

−Rayan.

−¿Si?

−¿Te importa que me quede aquí mientras utilizo el ordenador?

−No.

−Gracias.

−No hay de qué.

James abre la trapa del ordenador, no muy seguro de lo que está haciendo. Aprieta el botón de encendido una vez, pero no aparece nada en la pantalla. Lo aprieta otra vez, y otra más, llegando a las 8 veces sin que nada haya sucedido. Tan solo una pequeña luz roja del borde de la pantalla, que parpadea de vez en cuando.

−Rayan.

−¿Si, James? –Pregunta con paciencia.

−No funciona.

−¿El qué no funciona?

−El ordenador.

Rayan entra en la cocina y se acerca al portátil, preocupado. Aprieta el botón de encendido. La luz roja vuelve a encenderse.

−Es que no tiene batería.

−Ah.

−Sería buena idea que lo enchufases.

−Vale.

James mira el ordenador y el enchufe de la pared. Sabe que tiene que unir ambas cosas, lo que no sabe es cómo. El móvil que le regaló su padre estaba encantado para funcionar siempre, y las pocas cosas que ha enchufado en su vida venían con un cable unido. Levanta el ordenador para mirar si está debajo.

−James, ¿qué estás haciendo?

−Buscar el cable.

Rayan le mira como si se hubiera vuelto loco.

−¿Qué tal si pruebas en la bolsa?

−¿En la bolsa? –Pregunta James, extrañado. − Pensaba que lo que tenía que conectar era el portátil.

Rayan se queda en silencio, observándole. Sin dejar de mirarle como si le faltara un tornillo, saca un cable de la bolsa, lo conecta al portátil y luego al enchufe de la pared.

−Ahhh, ya lo entiendo. Eso es muy inteligente –Dice James, asintiendo.

−Creo que me voy a quedar aquí contigo.

−Gracias.

−¿Qué es lo que quieres hacer exactamente?

−Buscar ofertas de empleo. He llamado a los anuncios del periódico, pero no estoy seguro de que vayan a darme nada, así que quisiera seguir probando.

−De acuerdo.

Rayan vuelve a pulsar el botón de encender y esta vez la pantalla sí que deja de estar en negro. Pulsa unas cuantas cosas que James no entiende y abre otra en la que hay una barra para escribir.

−¿De qué te gustaría trabajar?

−Me da un poco igual.

−¿Qué sabes hacer?

James se encoje de hombros.

−¿Tienes un currículo?

James asiente mientras se lo tiende. Rayan lo observa sonriente.

−¿No lo tienes en algún pen drive? Porque si no tendremos que escanearlo.

−Yo… no entiendo lo que estás diciendo –Dice James, sintiéndose un poco tonto.

−Es igual, ahora vuelvo.

Rayan vuelve a los cinco minutos con otra bolsa negra, pero esta con forma rectangular. La abre y saca un aparato que conecta con otro cable al portátil. Levanta una solapa del aparato y pone la hoja dentro. Lo enciende y le da a un botón, con el que el portátil responde preguntado algo que a James no le da tiempo a leer. La máquina empieza a hacer un ruido raro, y James teme que pueda quemar su currículo.

Al rato, aparece en la pantalla del portátil.

−Hala, ¿cómo has hecho eso? ¿ahora la hoja está dentro? –Pregunta James, sorprendido.

−No está dentro, la hoja sigue aquí. –Rayan levanta de nuevo la solapa y le enseña la hoja a James. –Es como si…. Como si le hubiéramos hecho una foto.

−Guay, ¿y ahora?

−Ahora tendrás que mandar esa foto del currículo que hemos hecho a todos los puestos de trabajo que quieras. Has puesto tu número de teléfono en el currículo, ¿verdad?

−Claro.

−Bien, pues si te cogen te llamarán.

Unas horas después, James no se acuerda de la mitad de los puestos en los que ha pedido trabajo.

−Te voy a tener que invitar a cenar por esto –Afirma James, bostezando.

−Sí, tendrás que hacerlo –Acepta Rayan riéndose. −¿Quieres una copa?

−Vale.

Rayan pone dos vasos en la encimera y los llena de distintos líquidos, luego tiende uno a James, que se bebe la mitad sin tener ni idea de lo que es.

−No eres irlandés, ¿verdad? –Pregunta Rayan, con repentina curiosidad.

−No, soy de un pequeño pueblo de Inglaterra. ¿Tú sí que eres de Irlanda?

−No, estadounidense. Pero llevo muchos años viviendo aquí.

James se termina el vaso y lo deja sobre la mesa. Rayan se lo rellena.

−¿Qué haces en Irlanda, James?

James suspira y mira a la encimera, no está seguro de que quiera contárselo. Se encoje de hombros a modo de respuesta evasiva.

Rayan le observa duramente.

−No tiene nada que ver con la ley, ¿verdad?

James se ríe tristemente. Echa de repente muchísimo de menos a sus padres y hermanos.

−No, es solo que… −James se bebe el vaso de golpe, buscando tiempo para pensar –quería escapar un poco de mi casa.

−Entiendo.

−Creo que me voy a ir a acostar. –Anuncia, notando como se le empieza a subir el alcohol.

−¿No quieres una copa más?

−No, gracias. Y por lo del trabajo también. Muchísima gracias por todo, Rayan.

−No hay de qué.

−Te voy a compensar, te lo prometo. No sé cómo, pero lo haré. Buenas noches.

−Descansa.

James entra en su casa encontrándose francamente mal, y empeora cuando se da cuenta de que su padre le ha contestado.

Desata con los dedos temblorosos la carta de la pata de la lechuza de su padre. Abre la carta mordiéndose el labio con fuerza.

Querido James,

No estoy enfadado contigo, estoy enfadado con el imbécil de tu profesor. Fui a hablar esta mañana con tu amiga la rubia delgada que nunca me acuerdo cómo se llama y me contó lo que pasó en el examen.

Siento muchísimo que tengas que vivir este tipo de injusticias, y si crees que estás mejor en el mundo muggle, a mí me parece perfecto que te quieras quedar allí. Pero por favor, por favor, vuelve algún día ¿vale?, que la casa está de un silencioso sin ti que da grima.

James se ríe algo más contento, su padre sí que sabe animarle.

Sí que me gustaría que te pasaras en domingo a comer, si pudieras. Así podré darte algo de dinero aunque me jures y perjures que no lo necesites. Pero debo advertirte que aunque yo no esté para nada enfadada contigo, tu madre sí que lo está. Y tu hermana Lily también, que se echó a llorar como una magdalena cuando se enteró de que te habías ido.

Pese a todo, te echan de menos. Puedes quedarte con la lechuza si quieres, como regalo por haberte independizado.

Un abrazo enorme,

Papá.