*¡Gracias a todos por seguir una semana más! Esta vez nos metemos en el caso de lleno, aunque eso no es realmente lo importante, sino las cosas que pasan alrededor. No tengo mucha idea del sistema jurídico anglosajón, por lo que hago uso total de mi imaginación, y tampoco quiero resaltar los casos, sino lo que traen consigo, por lo que os pediría que os centréis en la actitud de los personajes, en este caso en Melinda, para que podáis conocerlos mejor.
Os animo a que me comentéis lo que os está pareciendo el fic, ya que me ayuda infinitamente. ¡Gracias!*
3
Justicia es su segundo nombre
Se había vestido para la ocasión, dejando de lado las camisetas y los vaqueros que formaban parte de su look diario para pasar a algo más formal, un traje de chaqueta y falda gris que rezumaba profesionalidad por los cuatro costados. Había declarado muchas veces en juicios, sabía perfectamente lo que tenía que hacer y cómo debía hacerlo, sin embargo, todavía sentía unos pocos nervios al enfrentarse a una tarea como esta. Estaba en la puerta de la sala mirando su teléfono móvil cuando Cary llegó. De repente empezó a tranquilizarse cuando le escuchó hablar.
- ¿Preparada? – le preguntó con un aire juguetón. Mostraba confianza y seguridad, por lo que sabía que él estaba más que de sobra preparado para lo que se le venía encima.
- Por supuesto. ¿Y tú? – se la devolvió con la misma actitud, agregando una sonrisa a la fórmula.
Cary le indicó que entrase en la estancia y acompañándola le indicó un asiento cerca del suyo. El juez Abernathy era el encargado de poner orden en aquel pequeño hervidero, el juez hippie como muchos le llamaban. Abernathy era un liberal que podía pedir un minuto de silencio por los valientes que se manifestaban por una causa u otra delante del Senado; era un juez inusual, muy divertido y amable. Melinda le conocía de antes y había hecho buenas migas con él en una de las aburridas fiestas de las que últimamente era asidua sin remedio. Su padre le había dicho que no le tragaba ya que un juez debería ser más serio de lo que lo era Abernathy, pero el tipo le cayó bien enseguida y se había mostrado interesado en el trabajo que realizaba en el hospital y fuera de él con las galas de recaudación que organizaba.
El juicio dio comienzo y el juego entre las dos partes con él, como si fuese un partido de tenis de lo más interesante. Uno decía una cosa y el otro daba la réplica, dándose una dinámica sin tregua, frenética, embaucadora. Melinda estaba más interesada en Cary, en verle en acción, cómo se movía y a qué velocidad podía pensar la siguiente pregunta que pondría en jaque al responsable de tal barbaridad. Nicholas Parker estaba sentado en el estrado con el semblante serio, casi pálido, intentando esquivar los cuchillos que Cary le lanzaba. No estaba teniendo piedad y Nicholas lo mostraba sudando a mares. Al parecer, Parker no había supervisado aquella bolsa de sangre, lo había hecho otra persona misteriosa, por lo que sólo firmó el informe como bien había hecho con todos los demás. Sin embargo, Kalinda había descubierto por una cinta de seguridad que este sí que estaba en todo momento y que cometió la negligencia así que, ante tal descaro cometiendo perjurio en mitad del juicio, Cary decidió apretarle las manillas al máximo. Cuando le tocó el turno a Melinda, se notaba el cansancio en el ambiente, posiblemente favorecido por el calor que hacía en la sala. Intentó mantener su discurso lo más sencillo y claro posible, mostrando seguridad en su voz. Cary se mostró muy satisfecho con su intervención y se lo demostró con una tímida sonrisa cuando acabó su turno. Sin embargo, todavía quedaba lo peor, enfrentarse al abogado contrario que intentaría echar por la borda cada palabra que había salido por su boca.
- Señorita Cavanaugh – comenzó Patti Nyholm, preparándose para embestir con una pregunta –, usted ha dicho que los análisis de sangre son observados con lupa antes de aceptar las bolsas de sangre. ¿A qué cree usted que se debe esta negligencia?
- Bueno, esto es mucho suponer. Creía que había que contar hechos certeros, no aburrir con supuestos – un poco de chulería hacía acto de aparición en aquel momento –, pero si quiere nos ponemos a suponer, ¿eh?
- Adelante.
- Creo que el señor Parker tuvo un "despiste" intolerable en nuestra profesión ya que las consecuencias de nuestros actos recaen en terceras personas, no en nosotros, por lo que hay que tener una mayor precaución sobre lo que hacemos y lo que no. ¿Contenta con mi suposición? – le sonrió de forma maliciosa. Sabía que su respuesta podía darle cierta confianza a Nyholm, pero en cuanto pudiese iba a jugar la carta del niño inocente que encuentra una enfermedad que no se merecía. Aunque sonaba rastrero, estos escenarios siempre solían serlo, por lo que una parte de ella seguía el juego. "La heredada de papá", contestaba de inmediato. Al parecer, había heredado esa parte despiadada que tenían los tiburones, como se llamaba coloquialmente a los abogados, depredadores que sólo se movían en busca de sangre, dinero.
- Así que, por lo que dice usted, señorita Cavanaugh, no habría que pedirle un castigo excesivo como lo está haciendo el señor Agos porque es un simple e inocente "despiste" – siempre cautelosa, como un gato en la oscuridad, viendo cómo los demás reaccionan.
- ¿Inocente? ¿Llama usted inocente a que un niño haya contraído sida porque este incompetente – señaló a Nicholas, quien se retorcía en su asiento como una anguila –, ha cometido un "despiste"? Lo llamo así porque una parte de mí quiere creerlo pero es un síntoma de su incompetitividad, la cual ha truncado la vida de un ser humano – el enfado se le notaba por todo el cuerpo. Un calor soporífero le inundaba, haciendo que alzase la voz y empezase a perder un poco los papeles. Intentó tranquilizarse pensando en que su actitud era importante para aquellas personas que la estaban escuchando, y que de ella dependía que ganasen o no el juicio –, pero es intolerable que esto pase en nuestros hospitales. Se hacen miles de trasfusiones de sangre en este país, millones en todo el mundo, y en naciones como la nuestra es un error grandísimo que esto pase. Sería igual de intolerable que le hubiese sucedido a un adolescente o una persona ya adulta. Por otro lado, es posible convivir con la enfermedad; la medicina ha avanzado mucho hasta ese nivel con el cóctel de pastillas al que este crío tendrá que ser asiduo por culpa de este señor…
- Señorita Cavanaugh, conténgase – le interrumpió la voz amable del juez Abernathy.
- Lo siento, su Señoría – le sonrió intentando quitarle hierro al asunto. Se sintió como una niña pequeña cuando le llama la atención el profesor. Miró por un segundo a Cary para tranquilizarse y que la seguridad volviese a su sitio –. Soy pediatra, trato a niños con toda clase de enfermedades, algunas más graves que otras. Algunos siguen adelante, sobreviven y tienen que lidiar con un dolor temprano en sus vidas que no deseo ni a mi peor enemigo, pero otros no tienen ese final feliz, caen por el camino, nos dejan, y uno se da cuenta de la injusticia que hay en esa vida. Esto – hizo especial hincapié en la palabra – es más que injusto, es una putada. Con perdón, su Señoría – le miró con complicidad y este le devolvió una pequeña sonrisa –. Su cliente es culpable, señorita Nyholm, y no creo que deba tener ni siquiera la oportunidad de cometer de nuevo un error de este calibre.
Patti no pudo más que decir que no tenía más preguntas. El juez Abernathy la despidió amablemente dándole las gracias por su intervención. Melinda miró a Cary y recibió una sonrisa de satisfacción como respuesta, lo que imitó. Tras otro testigo, el juez pidió un pequeño receso de un par de horas para deliberar; parecía que tenía muy clara su resolución pero había que mantener las formas, pensó Melinda divertida. Al ser sólo dos horas, decidió quedarse allí y no trasladarse hasta el hospital, donde sabía que no tendría tiempo para nada, ni siquiera para adelantar el poco papeleo atrasado que almacenaba en una pila en su escritorio. Así que, aprovechando el poco tiempo, decidió hacer un repaso de sus pacientes por teléfono mientras Cary pedía un par de cafés en la cafetería de los juzgados. Pensar en lo que venía después de terminar aquella simple labor le ponía nerviosa. A veces no sabía qué tema sacar con aquel hombre que se estaba tomando su café solo delante de ella tan tranquilamente mientras la miraba de vez en cuando enroscada en una conversación que no entendía, llena de vocablos incomprensibles para su mente de abogado. Poco a poco se iban sintiendo más cómodos juntos, compartían un objetivo y eso hacía que las cosas fuesen más fáciles. Cary se estaba quedando embobado poco a poco de aquella mujer, de su pasión por su trabajo, la defensa con uñas y dientes de sus pacientes, algo que le recordaba a sí mismo con sus clientes. Tenían cosas en común, buena conexión en definitiva y eso se podía ver desde lejos. Sin embargo, la sombra de Kalinda seguía acechando en su vida, algo que no se podía quitar fácilmente. Hacía tiempo que sentía algo por ella que no le era correspondido, lo que en parte le frustraba y por otra le enfadaba. Había aprendido a vivir con ello con todo su pesar, pero tenía que empezar un nuevo camino, lejos de aquel sentimiento que tantos años le había acompañado; tenía que pensar en él y en su felicidad, ¿pero sería posible sacar a Kalinda de su mente cuando trabajaba codo con codo con ella?
Durante aquellas dos horas, Melinda le estuvo contando a Cary los diferentes casos que tenía en sus manos y las operaciones que tenía que ir planificando para la semana, la cual se presentaba cargada de pequeños retos, como ella los llamaba. A pesar de que llevaba tiempo en quirófanos, cada operación era como una pequeña prueba a la que había que hacer frente, para la que había que mirarse vídeos y leer libros, como si de un examen se tratase. Aunque los nervios apareciesen y menguasen su confianza en sí misma, estas cosas le hacían sentirse viva al ser retada por las circunstancias, lo cual agradecía enormemente tras horas de pasar consulta, tediosa tarea cuando cabe la posibilidad de que te vomiten encima. Cary escuchaba con atención y le habló de sus clientes, de la dinámica del bufete y de cómo se llevaba con Will y Diane, fundamentalmente. Parecía que escondía un secreto ya que hablaba con cautela de ciertos asuntos, por lo que le provocó cierta curiosidad a Melinda. Podía tratarse de cualquier cosa, pero no podía negar que le parecía interesante saber de qué se trataba. En un momento de la conversación se vio completamente metida en ella, interesada en cada palabra que salía de su boca, por muy técnica que a veces podía ser. Se sentía conectada con una parte de su vida de la que se había querido desvincular tiempo atrás, aquella que forma parte de la vida de su padre, aquella a la que había deseado integrarse para hacerle feliz pero que no pudo ser porque su corazón tiraba hacia otra dirección. Todo lo contrario a Cary, quien había mamado desde su nacimiento la pasión por las leyes. Hijo de abogados, era normal que acabara aquí, en unos juzgados dejándose la piel por sus clientes. Le hizo gracia que ambos fuesen "niños de Harvard", aunque las circunstancias fuesen diferentes para los dos: mientras que Melinda tuvo las facilidades por parte de su padre en lo económico y un apartamento cerca de la facultad de Medicina para ella sola, Cary había tenido que hacer frente a las cuotas que Harvard imponía de forma implacable con becas, haciendo que se tuviera que buscar la vida como podía, y con una habitación en el campus como la mayoría de estudiantes, por lo que vivió de forma plena el ambiente universitario. Aunque la relación con sus padres era tirante y fría, también tenían algunas diferencias. En el caso de ella, intentaban que fuese cordial pero con periodos donde la distancia hacía más mella, las discusiones se agudizaban y los momentos de silencio entre ellos reinaban sin piedad; él ni siquiera recibía una felicitación por su cumpleaños o cuando fue el ayudante del fiscal del Estado más joven de la historia. Se notaba en su voz que era una espina profundamente clavada, difícil de quitar y más de perdonar. Melinda tampoco podía perdonar el poco apoyo que había recibido de su progenitor durante su vida, la ausencia de palabras de aliento en los momentos difíciles o el que la mostrase como un trofeo del que estaba orgulloso delante del resto de colegas de profesión o amigos, pero nunca se lo había dicho a ella personalmente. Eran cosas que no se podían olvidar fácilmente ni aunque se quisiera. Eran pequeñas cicatrices en el corazón que tendría que llevar de por vida y aprender a vivir con ellas.
El tiempo se pasó volando entre confidencias, algo raro para un par de personas que se habían conocido hace unos días. Era natural, habían conectado, lo sentían y lo sabían, por lo que era mejor no dejarlo pasar y aprovecharlo hasta que se pudiese. Todos se sentaron cuando el juez Abernathy se colocó en su silla y empezó a filosofar sobre la levedad del ser, la inocencia de los más pequeños de la sociedad, la importancia del buen trabajo y el papel de los hospitales y sus integrantes. Melinda se desesperaba cada vez que veía que seguía con su particular monólogo, lo que incrementaba sus nervios. También lo podía ver en Cary, pero mantenía un semblante serio fingiendo cierto interés por lo que su Señoría estaba diciendo. Llegó la hora de la verdad, los abogados se pusieron de pie, la tensión se mascaba en el ambiente hasta que todo estalló en una alegría inmensa. Nicholas Parker había perdido su licencia médica de por vida y Nyholm se retorcía en el sitio pensando en el posible próximo movimiento por parte de Lockhart & Gardner. ¿Llevaría al hospital St. Mary's a una demanda millonaria por lo que había pasado? Patti no quería ni pensarlo pero la idea estaba bien fijada en su mente, por lo que se acercó a Cary y estuvo hablando con él mediante susurros, echando una mirada rápida a Melinda. Cuando el peligro pasó, los dos compañeros de batalla se abrazaron como si se conociesen de toda la vida, sintiendo casi al instante, cuando se dieron cuenta de su acción, que era lo más raro que habían hecho en tiempo.
- Vente a tomarte una copa conmigo. Celebremos la victoria – le dijo Cary al salir por la puerta de los juzgados con una sonrisa en la cara. Le iluminaba el rostro en su totalidad, dándole un aspecto más jovial del que normalmente tenía. Se sintió halagada pero pensó en sus obligaciones.
- No creo que pueda. Tengo que pasar por el hospital a coger unos papeles y trabajar un poco. Mañana tengo una operación importante y también quiero descansar bien.
- En ese caso no insisto más pero, ¿estás segura? – el tono juguetón volvió a su voz y ella no pudo más que echarse a reír.
- Segura, pero gracias por la oferta. Otro día – una parte quería ir a ese bar, seguir con la conversación distendida de antes y conocerle un poco más. Sentía que tenía la necesidad imperiosa de conocer cada detalle del ser humano que le estaba hablando. La promesa había quedado en el aire y esperaba que se hiciese realidad más pronto que tarde.
- Otro día entonces – los ojos marrones de Cary se iluminaron con la posibilidad, aunque fuese remota, de verla de nuevo. Sabía que no iba a ser la última vez, tenía en sus manos que no fuese así.
Melinda condujo hasta el hospital en un viaje agradable aunque lleno de culpabilidad. "¿De verdad has rechazado la oferta por coger unos papeles y la preparación de una operación que te sabes al dedillo? ¿Qué pasa contigo?". Puso la radio para despejar la mente, fórmula que siguió al bajarse del coche y ponerse los auriculares, aislándola un poco del mundo, transportándola a aquel bar donde Cary estaría tomándose una copa a salud de los dos.
