Disclaimer: nada de lo que podáis reconocer me pertenece, todo es propiedad de la CW y los creadores de la serie. Este fic es una traducción del fic de deansgirl369 así que tampoco me pertenece.


Capítulo Tres

Dean miró a Sam con ojos heridos, enfadados y culpables, antes de alejarse de la cama y encerrarse en el baño.

Sam suspiró. Sabía que era el momento de pagar por lo que había hecho. Sentía la culpa deslizándose por su cuerpo, consciente de que había hecho daño a Dean. Quería entrar al baño, echar la puerta abajo y reunir fuerzas para hacer frente a lo que Dean acababa de decir, enfrentarse a cómo iban a cambiar las cosas sus palabras, pero sabía que no era el momento. Dean necesitaría tiempo para procesarlo y mucho, antes de poder hablar de ello. Aunque tampoco estaba seguro de que quisiera volver a hablarle después de lo que había pasado.

Sam estuvo en su propia cama por lo que pareció mucho tiempo sin que ni un solo sonido se produjese dentro del baño. Estaba empezando a preocuparse y se sentía listo para arremeter contra la puerta a pesar de haber tomado la decisión de darle tiempo a Dean, cuando finalmente escuchó el sonido de la ducha. Se recostó contra el cabecero y repitió en su cabeza todo lo que había descubierto esa noche, incapaz de resistirse a esa sensación de anhelo que crecía y temblaba en su vientre. Se sentiría culpable más tarde.

Dean cerró la puerta del baño y cayó contra la pared, deslizándose hacia abajo, notando un ligero dolor cuando su culo golpeó el frío suelo de baldosas con un ruido sordo y su cabeza dio contra la pared dolorosamente. Mierda. Se sentía vulnerable y expuesto. Años y años de sentimientos reprimidos y deseos que nunca imaginó admitir, rebelados ante su hermano en un momento horrible.

Dios, le dolía el corazón. Era el peor hermano mayor de la historia. No importaba lo mucho que lo intentase, siempre lo jodía todo. Pero Sam había prometido que no se iría y rezó porque fuese verdad. Se golpeó la cabeza contra las baldosas varias veces más, ahí sentado rechinando los dientes y lamentándose durante mucho tiempo antes de reunir la fuerza suficiente como para arrastrarse hasta la ducha.

Cuando salió del baño, Sam estaba en la cama y las luces apagadas. Agradecido por el respiro, Dean se acercó a su cama, sacó unos calzoncillos limpios de su petate y se dejó caer en la cama, exhausto y medio derruido.

Sam observó a Dean con los ojos entrecerrados cuando salió del baño, caminando con algo de incertidumbre a su alrededor, siendo especialmente sigiloso con la esperanza de no "despertarle". Observó, tal y como hacía siempre que podía, cómo Dean dejaba caer la toalla y se ponía la ropa interior, disfrutando de la vista y saboreando por un momento la idea de lo que estaba por llegar, lo que ahora podrían tener. Suspiró profundamente mientras se abrazaba a esa idea y se quedó dormido.

Después de la intensa charla de la noche anterior, Dean parecía haber gastado todas sus palabras, tal vez para siempre. Sam no podía recordar haber estado tan jodidamente frustrado. Dean se estaba comunicando con más gruñidos y monosílabos que nunca antes, y Dios sabía que nunca había sido del tipo hablador. Se estaba volviendo loco. Sabía que no iba a ser fácil, pero quizás no había pensado en ello demasiado bien.

—¿Dean? —Sam oyó su propia voz y se estremeció ante el gemido que él mismo pudo detectar en ella.

—Déjalo, Sam —Dean no apartó la mirada del coche, apenas reconociendo la presencia de Sam.

Eso era lo habitual en los últimos días. Habían viajado, aparentemente sin cesar, y cazado, y la vida era la misma y a la vez tan diferente, y ambos lo sabían. Porque era diferente, ¿verdad? A pesar del hecho de que en realidad nada había cambiado, las palabras que flotaban alrededor de ellos, marcando la diferencia. Sam no había llegado a decir sus propias palabras, sin embargo, y quemaban, creando un agujero en su interior. Habían estado ahí tanto tiempo, pero tan profundamente enterradas… Pero Dean las había traído a la superficie y ahora luchaban por salir y Sam estaba decidido a que sucediera. Aunque no ahora. No aquí, en el coche, pero no había vuelto a arrinconar a Dean, por desgracia, así que no estaba seguro de cuándo… pero en ese momento se sentía mejor hablando de cualquier cosa.

—Maldita sea, Dean. No puedes negarte a hablar conmigo para siempre. ¿En serio? Esto es infantil, incluso para ti.

Sam quería ser comprensivo, paciente, porque sabía lo difícil que habían sido las confesiones para Dean, pero, joder, ¿no podía haber un límite? En algún momento tendrían que comunicarse de manera significativa.

—Si hay algo importante que quieras decir, Sam, sólo suéltalo.

Vaya, eso parecía un gran avance, Sam estaba seguro de que era la oración más larga que le había escuchado en varios días.

—¿Podemos conseguir una habitación y parar aunque sean cinco minutos? Estás exhausto, Dean. Estás hecho una mierda. Te mueves a base de cafeína y azúcar. Vas a terminar cometiendo un error y saliendo lastimado.

Dean quería gritar. Necesitaba dormir, sí, pero la idea de estar de nuevo en una habitación de hotel, mirando a Sam y sabiendo que iba a querer hablar de nuevo. Sí, porque no quería que eso pasara, nunca. Todavía sentía como si le hubiesen descubierto las entrañas, se sentía vulnerable y expuesto al mundo. Tantos años de secreto totalmente desnudos y horribles ante Sam. Sin embargo, se sentía agradecido de que Sam no hubiese reaccionado mal o como si estuviera disgustado. Había cumplido su promesa de no echárselo en cara. No, Sam se lo había tomado con calma, lo había aceptado, había aceptado que su hermano mayor estaba loco, tal y como hacía con todo lo demás. Demonios, probablemente lo había diseccionado todo, analizando todas las partes como Dean hizo con esas ranas en biología, y había inspeccionado cada palabra individualmente antes de ponerlas juntas para hacer que todo funcionase de nuevo en su mente.

Pero Sam tenía razón, estaba cansado, sobre todo cansado de pensar y sentirse expuesto. Y a pesar de que no estaba preocupado por terminar haciéndose daño, admitía que un error suyo podría perjudicar a Sam. Si eso sucediera, sabía que no podría vivir consigo mismo. Así que era el momento de parar. Abrir las compuertas, atender a la palabrería incesante de Sam y pagar los platos rotos de las cosas que no había podido evitar ni dejado de desear durante todos esos años porque era un jodido enfermo mental. Mierda.

Sam observó a Dean pensativo. Había mantenido un ojo sobre Dean todos esos días, desde el día, como lo llamaba en su cabeza. Se sentía como si de repente tuviera permitido mirarle, y también cómo si hubiese conseguido algo así como una autorización tácita. Además, Dean no puede o no quiere mirar a Sam directamente, por lo que no está en condiciones de darse cuenta o ver lo que hace su hermano pequeño en su lado del coche. Así que Sam vio el momento en el que Dean llegó a la conclusión de que estaba bien, de que necesitaba un descanso antes de caer redondo al suelo. Aunque sabía que Dean debía estar pensando más en Sam que en él, porque el cielo sabía que Dean se negaba siempre a preocuparse por sí mismo.

Menos de veinte minutos después, Dean conseguía la llave de la habitación mientras Sam conducía por la parte trasera del motel buscando aparcamiento.

Una vez en el interior, Sam se alegró de que ese lugar era un poco menos deprimente que muchos de los lugares en los que solían quedarse, y un poco menos oscuro y de pesadilla. Estaba totalmente desfasado, sí, pero al menos era un poco más alegre y estaba actualizado.

Dejando caer su bolsa de lona sobre la cama, Sam se desplomó sobre ella y dejó escapar un largo gemido. Era agradable estirarse finalmente. Dormir en el coche, viajar en el coche… Era agobiante para sus largas piernas y los días sin alivio real pasaban factura.

Dean le miró por el rabillo del ojo. Sam era como un imán. No importaba lo mucho que se resistiera, siempre se sentía atraído por él. Durante los años que pasaron de forma clandestina fue de ayuda, y el miedo y el dolor frescos en su memoria y que encontraban por la noche eran definitivamente un factor, pero seguía sin poder mirar hacia otro lado, no del todo. Sam era el centro de su mundo, siempre lo había sido, y Dean le miraba, como acababa de hacer.

Pero después de tantos años, también era muy, muy bueno en ocultarlo y cuando Sam volvió la cabeza hacia Dean, no vio su mirada. Vio a Dean mirando al otro lado de la habitación, perdido en sus pensamientos. Tal y como le había visto un millón de veces.

—¿Tienes hambre?

Un gruñido. Bueno, eso no era una mejora. Sam gruñó en respuesta.

—Está bien, voy a darme una ducha. Siento como si esta ropa se hubiera convertido en mi piel —Y se obligó a sí mismo a avanzar hasta el baño, estirando los brazos sobre la cabeza y torciendo la espalda mientras caminaba.

Con el movimiento, una porción de piel desde la cintura hasta los huesos de la cadera quedó al descubierto, siendo observada y apreciada. Dean se encogió al sentir una burbuja ardiente deslizándose por su vientre. Maldita sea, esa era una de sus partes favoritas de Sam, y nunca dejaba de excitarle, incluso ahora.

Nada había cambiado, de todos modos. Que Sam lo supiese no había hecho desaparecer su acuciante necesidad, su maldito deseo, sin importar lo mal que estuviese. Estaba ahí, arañando, intentando salir como siempre lo había hecho, e incluso era posible que fuese un poco más insistente ahora, ahora que lo había dicho todo en voz alta. Quizás… No, no iba a dejar a Sam, no podía.

Había vivido toda su vida atesorando esas pequeñas partes de Sam que se permitía mirar y a las que siempre se había negado a acercarse. Nunca era suficiente. Joder, ni siquiera se le acercaba, pero era más que la sensación de vacío que había experimentado, y apenas vivido, cuando Sam se fue a Stanford. No podía hacer eso otra vez. Él había seguido moviéndose, funcionando, pero, demonios, se había sentido menos vivo que alguna de las mierdas que cazaba, moviéndose mecánicamente. Su corazón frío y su mente apagada tanto como fuera posible. Podía vivir con esto, con esto que conocía y entendía. Sam yéndose… No, eso no era aceptable.

Así que enterraría todo de nuevo, lo colocaría en su lugar otra vez, y Sam lo olvidaría, o al menos se desvanecería con el tiempo. Cogió las llaves y se marchó a buscar comida.


Siento la espera, pero he estado muy, muy ocupada. Voy a cambiar el día de actualización a los viernes (ya sé que hoy es sábado), que es el único en el que puedo pensar en algo más que las clases :(

Me he dado cuenta de una cosa muy tonta que hice en el capítulo anterior: puse que todo pertenecía a J. K. Rowling. Bueno, obviamente no jajaja