Capítulo 1.2:

Aunque la muerte nos separe


«Por tus venas ya no circula sangre. Tu corazón dejó de latir. Tu cuerpo se está pudriendo. "¿Estoy muerta?" Así es.»


Despertó sobre una meseta fría, metálica, sintiéndose extraña.

Lo primero que notó, fue el hecho de que no se encontraba en una camilla de hospital. ¿Qué no se suponía que si había despertado era porque había pasado por un proceso de recuperación? Más extraño aún, ¿por qué tenía un vestido ligero de color rojo y no un camisón de hospital?

Se sentó en su lugar y lo primero que sintió fue vértigo. Observó a sus lados y se sorprendió de encontrarse con sus manos pálidas… más pálidas de lo normal. Volvió la vista a una mesita a su lado, en donde se encontraba lo que supuso, instrumental médico. Sí, ahí estaban las tijeras, la aguja, el hilo, las pinzas… se observó a sí misma en busca de heridas. Encontró la cama debajo de ella lo suficientemente resplandeciente como para asegurarse de que las heridas no estuviesen ubicadas en su cuello o en su rostro. Le sorprendió ver a sus labios, que usualmente eran de color rojo vivo ahora haber adoptado un azul leucémico. Con su índice izquierdo recorrió el contorno de ellos y se dio cuenta de que estaban rugosos al contacto.

Entonces se dio cuenta de que algo faltaba, ¡su anillo no estaba! Oh… es cierto, se lo había quitado. Aunque aquello no quería decir que no le sorprendiese observar su mano sin él.

Observó su mano asustada, ¿Francis? ¿En dónde estaba? ¿Qué sucedía? Escuchó pasos acercarse y se paró de la meseta para acercarse a la puerta. Asustada, observó a través de la ventanilla y se atrevió a dilucidar unos cabellos color rubio. Se preguntó quién era y después de asegurarse que iba para su habitación volvió a la meseta y se recostó.

Un hombre con unas espesas cejas se asomó y después de verla sosteniendo el escarpelo contra él, con los ojos desorbitados soltó un suspiro.

—Créeme, cuando te digo que eso no te servirá. —apuntó pasando el umbral de la puerta y pasando por este. Cerró el metal detrás de él y comenzó a acercarse a ella, quién seguía amenazándole con el instrumento metálico.

— ¿Quién eres? —Preguntó intentando amenazarle. El rubio de espesas cejas volvió a suspirar.

—Arthur Kirkland a tu servicio. Forense y dueño de una funeraria. ¿Eso te contesta tu duda, Madeleine Williams? —Los ojos de ella se abrieron en sorpresa al escuchar su nombre venir de labios ajenos y más si estos le eran completamente desconocidos. Tembló con más violencia y apretó entre sus manos con más fuerza el bisturí.

— ¿C-Cómo sabes mi…? —Comenzó.

— ¿Cómo sé tu nombre? —La rubia asintió. El hombre rodó los ojos y dio otro paso al frente—. ¿Aquella meseta no ha hablado antes por mí? ¿Mi nombre y profesiones no te han sido suficientes? ¿Tu piel escasa de vida y tus labios azules no han dicho lo necesario? ¿El hecho de que no notes la herida que te causaste con el escarpelo no te ha dicho nada?

Sorprendida, la canadiense observó sus manos y vio que había una herida, pero, curiosamente de ella no salía sangre, no al menos tan fluidamente como debería ser. Era más… espesa y más…

— ¿Mi sangre está coagulada? ¿Cómo es posible? ¿Qué me ha pasado? —Exigió saber. Arthur quiso palmearse la frente. Si lo que había dicho no era suficiente, era porque la chica era estúpida.

—Los informes que me entregaron decían cuello roto, hipotermia, trastornos alimenticios y severas contusiones cerebrales. —Replicó haciendo memoria. Madeleine se llevó una mano a la cabeza, no creyendo lo que él le decía.

— ¿Cuello… roto? ¿Por qué a ti te entregarían mi estado? —No, no era lo que ella creía que era. No podía suceder. Esto no podía suceder, se repetía y antes de darse cuenta se estaba agarrando un par de mechones de cabello para no gritar. Ni siquiera recordaba haber soltado el escarpelo, sin embargo, escuchó el ruido seco que produjo al estrellarse contra el suelo.

—Ya te lo dije, mi especialidad es la medicina forense, investigo la causa de muerte de un sujeto mejor conocido como un-

—Sé lo que es un forense, no es necesario que me lo digas. —Tragó grueso— Pero, eso quiere decir que yo… estoy…

— ¿Muerta? Sí. Es por eso que por tu cuerpo ha dejado de circular sangre y eso ha ocasionado que se viese más pálido de lo usual, tus labios se volviesen azules y no te duelan las heridas.

— ¿Y por qué puedo hablar contigo si es que estoy muerta? No puedes explicarme eso. Bien pudiste sedarme o algo con una clase de droga que provocara que mis terminales nerviosas no sintiesen dolor. —El hombre iba a replicar algo cuando escuchó pasos del otro lado de la puerta. Tenía que reaccionar rápido, le quitó a la rubia el escarpelo (aprovechando su incredulidad) y le inyectó en uno de los brazos un sedante—. ¡¿Qué crees que…?!

No respondió nada más. Al instante su cuerpo dejó de moverse, a pesar de que su conciencia seguía, sus músculos y demás miembros dejaron de seguirla. ¿Por qué ocurría eso? Arthur la posicionó suavemente en la cama y la tapó con una sábana. Salió de la habitación y la dejó sola durante un minuto. Regresó con alguien más a la habitación.

—Por aquí —le escuchó decir.

Sintió al extraño congelarse en su lugar. Escuchó su respiración detenerse.

— ¿Se encuentra bien? —Inquirió el otro hombre.

—S-Sí… no del todo. Sigo… es difícil todavía verla… usted entiende, ¿no?

—Lo entiendo. No hay ningún problema, tómese el tiempo necesario. —Asintió Arthur.

Lentamente (y cuando se consideró repuesto) se acercó a la meseta en la que yacía el cuerpo de Madeleine, frío. Temblando, acercó una mano a uno de sus antebrazos. Su piel estaba pálida, casi tan blanca como el papel; y aquellos labios rojos que tanto había besado… mordido… ahora eran vacíos de toda la vida que los habitó. Sin poder evitarlo, un par de lágrimas salieron de sus ojos, se arrodilló frente a la meseta y apoyó su frente en la muñeca de Madeleine.

— ¿Me permite estar con ella por unos minutos? —Puso toda su fuerza de voluntad en que no se le quebrase la voz en aquella frase. Arthur, comprendiendo su dolor, asintió.

—Toca la puerta cuando haya terminado. —Al tiempo que Arthur salía, Francis soltaba suspiros para tranquilizarse. Se permitió también más lágrimas.

—Ayer hablé con Carlos. Sabes lo mucho que le rencoro y lo poco que me llevo con él, y es porque tenía miedo. Temía que siguieses sintiendo algo por él y me dejaras de lado. Por eso, me sentí un poco contento cuando me habías dicho que se iba de viaje por Europa, eso significaba un continente de distancia, y eso era bueno para mi consciencia, me decía que ni siquiera intentaría estar cerca de ti. El otro día, cuando saliste, me sentí mal cuando me dijiste que irías por él al Aeropuerto, sentía que me engañarías con él, mínimamente con un beso, recordando lo tímida que eres. —Le apretó levemente la mano y le sonrió melancólico. Después de recordar la otra razón que le había llevado ahí, buscó en su bolsillo y sacó de éste el anillo que le había dado al comprometerse.

Madeleine deseó moverse. Ahora ya no se encontraba bajo los efectos del sedante, pero… había algo que la impulsaba a mantenerse quieta. No comprendía qué era pero sabía que era poderoso. No podía negarlo, sentía la ansiedad acumularse en sus lagrimales y deseó no encontrarse en esa situación. Si tan sólo fuese posible…

Francis tomó su mano izquierda y le puso nuevamente el anillo.

—No te lo vuelvas a quitar… por favor. —Sin poder detenerse, le dio un ligero beso en los labios, volvió a apretar su mano y se alejó de su cuerpo— A pesar de que la muerte nos separe, prometo seguir amándote, y tú, portarás el anillo como símbolo de mi eterno amor.

Tocó un par de veces la puerta como se lo había indicado el otro. Del otro lado de la puerta, lo recibió Arthur con un par de cosas instrumentarías que le dejaban ver a Francis que ahí afuera hacía de todo menos espiarles.

—Por favor no le quite el anillo. —Le indicó— La volveré a ver un día antes de funeral.

—Será dentro de una semana, así lo indicó su familiar.

— ¿Alfred Jones? —Quiso saber. Arthur asintió— Vale. Vendré dentro de seis días.

Arthur dejó los instrumentos en la mesa ubicada al lado de la meseta y acompañó a Francis hasta la salida. Madeleine se sentó en su lugar y dejó que un par de lágrimas bajasen por sus mejillas. Si se suponía que estaba muerta, ¿por qué lloraba? Se levantó y tomó de la mesa el escarpelo, como precaución nuevamente. Caminó por el pasillo y después de eso se aseguró de que el forense no se encontrase cerca. Antes de darse cuenta, estaba entrando en la sala de la parte posterior y pasó por una cocina. De ella tomó el cuchillo más grande que encontró. Dejó el bisturí en el lugar en el que había encontrado el cuchillo y siguió caminando para esconderse.

— ¡Madeleine! ¡¿Dónde estás?! —Escuchó gritar a Arthur, ella, sintiendo que si respondía la encontraría enseguida prefirió el silencio como réplica— No creas que esconderte servirá. No planeo hacerte daño, Madeleine, compréndelo, necesito prepararte.

Sostuvo más fuertemente el cuchillo entre sus manos. Con una de sus manos secó las lágrimas que se había olvidado de secar. O que simplemente eran tan frescas que no las había secado. Acercó el cuchillo a su pecho.

—Madeleine compréndelo, no sigues viva. —Por primera vez, la rubia tuvo ganas de replicar.

— ¡Eso no quiere decir que esté muerta! —Gritó con la voz quebrándose le poniendo el cuchillo frente a ella. Arthur la ubicó fácilmente y llegó por el mismo pasillo en el que ella había llegado a la estancia.

—Tienes razón, no estás muerta. —Admitió.

— ¿Entonces por qué-

—Pero tampoco estás viva. —interrumpió el de ojos esmeralda. La joven abrió los ojos grandes, no comprendiendo. Arthur suspiró y extendió la mano—. ¿Podrías al menos darme ese cuchillo? Te volviste a cortar.

La rubia le entregó el objeto punzo cortante de mala gana. Después posicionó uno de sus cabellos detrás de su oreja.

—Explícame lo que sucede. —Exigió. A Arthur no le dio otra más que hablar.

—Te encuentras pasando por un proceso. Es por eso que puedes moverte, es por eso que puedes hablar, es por eso que puedes verme. No estás viva, pero tampoco estás muerta. Te encuentras en una transición en la que pasas de un estado al otro. Así como el agua pasa del estado líquido al estado gaseoso, tiene que pasar primero por el proceso de evaporación. Tú necesitas pasar un par de días antes de morir realmente.

— ¿Y por qué no me deja irme con Francis en estos días antes de que me muera? ¿No sería más fácil?

Arthur negó con la cabeza.

—Sería más difícil para él aceptar el hecho de que estás muerta. Pensará que tienes otra oportunidad de vivir, que fue sólo un pequeño percance. Un error clínico. Y a pesar de que tu corazón no propulse latido, él seguirá insistiendo en que te ve llena de vida. Se aferrará a ti y enloquecerá. —Madeleine negó con la cabeza.

— ¡No enloquecerá! Si tú has podido hablar con millones de personas que están muertas y te veo más tranquilo que yo misma cuando nací. —Replicó entre sollozos, sintiendo sus piernas flaquear y deslizarse hasta estar de rodillas en el suelo.

—Eso es porque desde siempre he estado en contacto con personas muertas. Soy un Médium, por lo que puedo ver espíritus y otras formas de vida que no se encuentran en éste plano con facilidad. Desde siempre he estado acostumbrado a esa habilidad, por lo que dedicarme a ésta profesión no ha sido realmente difícil. —En su mirada, Madeleine pudo notar cansancio. Sin embargo, le extendió una mano, mano que la canadiense aceptó nerviosa. Después, la llevó por el laberinto (lo que luego se dio cuenta, era la casa de Arthur) y llegaron nuevamente al cuarto en el que había despertado.

Kiku se preguntaba la razón del porqué el Señor Francis se encontraba tan triste. Había accedido a acompañarle ya que en aquél día (nuevamente) no tuvo ganas algunas de enseñarle a cocinar. Desde siempre, necesitaba algo con qué entretenerse para no escuchar a las voces que rumoreaban cosas en su cabeza. Necesitaba algo con qué callarlas. Observó nuevamente a la ventana en la que había observado. Ahí, había visto a una chica sostener un cuchillo y a un hombre rubio tratar de tranquilizarla. Juraría que ella se parecía a la novia del Señor Francis.

— ¡Aquí estabas, Kiku! Te dije que me esperaras en el auto. —mencionó Francis fingiendo alegría. Volvió a observar la ventana, estaba pegada al suelo y apenas y podía ver él por su estatura lo que sucedía. Después de darle otra mirada nerviosa a la pequeña ventanilla observó al Señor Francis.

—Lo lamento, la puerta no tenía seguro y jalé accidentalmente la puerta. Buscándole en el patio me perdí y llegué aquí. —Después de una pequeña pausa, agregó— ¿Qué hacemos aquí?

Francis evadió su mirada.

—Vine a ver a Madeleine. —dijo luego de encontrar las palabras adecuadas. Los ojos de Kiku engrandecieron de comprensión.

— ¡Ah! Entonces no la confundí con nadie… —murmuró para sí. Francis alcanzó a escuchar aquello último y le observó buscando respuestas— por medio de este rendija la vi alejarse con un hombre de espesas cejas y cabello rubio.

Francis revolvió su cabello y negó con la cabeza.

— ¿Desde aquí se ve la habitación de congelamiento? —Dijo para sí. Después, se agachó para ver a lo que se refería su pupilo. Al ver una habitación totalmente distinta a la que había visitado enarcó una ceja. Luego, se dio cuenta de que debió ser la enorme imaginación del pequeño y la confundió con alguien más—debió ser la hermana de ése tipo. Madeleine no pudo haber entrado en esa parte de la casa.

— ¡Pero no miento Señor Francis! Si hasta alcancé a ver lo largo de su cabello, y no he visto a ninguna otra chica. Además, ahí está algo que ella dejó caer por si no me cree. —Señaló en el punto en el que había visto y Francis lo observó brillar con el reflejo del sol y ahora todo se revolvió en su cabeza. ¿Qué estaba pasando?— ¿Me cree, Señor Francis?

El galo sonrió para tranquilizar al pequeño. Asintió con la cabeza y se levantó de su lugar, al tiempo que le ofrecía una manita para acompañarle al carro. Probablemente no fuese lo que decía Kiku, y fuese sólo la imaginación del pequeño, sin embargo había algo de lo que estaba seguro.

Había algo dentro de todo eso que Arthur no le había contado…