Disclaimer: Digimon no me pertenece pero esta historia sí. Espero que la historia aquí presentada sea de su agrado n_n
Espejo!
Una jovencita de unos 15 años estaba recogiendo agua del río, junto a ella se encontraba un gato blanco de orejas curiosamente grandes y negras, en ellas sobresalían unos pelitos morados, sus patas eran atigradas de color negro, el felino presumía de ojos color violeta y vivaces.
El gato miraba curioso su reflejo en el agua, atisbaba a la bella joven que estaba a su lado, una chica de largo cabello castaño claro, ojos muy grandes y expresivos de color miel, era muy bonita y curiosa, ella volteó a verlo y le mostró una linda sonrisa, a lo que el gato le ronroneó.
—Vamos Kiroth —apremió la chica tomando el balde y corriendo ante el amplio campo verde y brillante.
Kiroth nombre con el respondía el gato la siguió, admirando a la niña a quien por el suave paso del viento, jugaba con su cabello y lo hacía ondular con elegancia. Sin embargo a pesar de la belleza de ésa chica, sus ropas eran viejas, un vestido largo color plateado con algunos parches, se entallaba al esbelto cuerpo de la joven.
—¡Ah Akarina! perfecto, esta hierba me ayudara para hacer el té —dijo la niña al ver una flor—. Ves Kiroth, todavía hay Akarina en el mundo y mi abuela dice que ya se extinguió.
—Pues no, no se ha extinguido, pero tampoco hay mucho en el mundo, lo que debes hacer es dejarlo a que tenga semillas y germinen —habló el gato.
—Es verdad, pero el té sabe muy rico además de sus beneficios que trae esta planta, estoy segura que pagarían mucho por tomar un sorbo de té —admiró la niña la extraña planta de color cerúleo con pétalos tristemente grises y pistilos azules que parecían zafiro.
—Mira hay semillas —señaló el gato con su pata, para luego empezar a escarbar.
Al descubierto quedaron unas semillas que se asemejaban a un gota de agua, color cristal que brillaban, entonces la jovencita se agachó para ajuntarlas, quedando maravillada al ponerlas frente a sol, brillaban como diamantes y los rayos solares hacían que vieran unos pequeñísimos fragmentos de colores dentro de la semilla que era del tamaño de un frijol.
—Preciosas, las sembraré y tendré mucha Akarina y juntaré muchas monedas y entonces, me compraré un espejo mágico y al fin podré verme —exclamó la muchachita, sus ojos brillaban de alegría ante la idea, pero igual estaba fascinada ante el encanto de las semillas.
—También por las semillas pagarían mucho.
—Apenas son siete, mejor las guardaré, según me dijo mi abuela, en cuanto la semilla se vuelva negra, están listas para sembrarse, así que creo que les falta mucho para estar listas.
—Sí, tres o cuatro año, según lo que indicó el sol —añadió el gato.
—¿Y tú como sabes eso? —interrogó curiosa la jovencita, clavando con suma curiosidad sus orbes color miel a los ojos felinos.
—He vivido más de 200 años y yo sé de esto más que tú, y bueno, también mis estudios, cuando pones esas semillas a la luz del sol y ésta permite ver los colores que encierra significa que a las semillas le falta madurar, cuando no se ve nada de eso a pesar de su transparencia, nos dice que en escasos días están listas para sembrarse. Para ser sincero, si me sorprende que hayas encontrado esa planta, es sumamente rara, tomando en cuenta que ya casi no hay, es más, creo que está es la última, así que… —el gato explicaba con los ojos cerrados con voz de sabio, cuando los abrió, la jovencita ya no estaba a su lado, sino andaba saltando alrededor de unos puntos blancos que alcanzó a identificar que se trataba de dientes de león—. ¡Mimi!
—¡Mira como brillan! —le señaló la jovencita que respondió al nombre de Mimi.
La bella muchacha sonreía ante el espectáculo de ver muchísimos dientes de león que parecían danzar junto a ella, transmitiendo una suave luz.
—Has hecho magia —habló una voz cansada, algo carrasposa, de una mujer anciana, entonces los dientes de león ascendieron dejando de brilla y Mimi dejó de danzar.
—Abuela —musitó la castaña al ver a una señora ya de muy avanzada edad, jorobada y de ropas raídas, cubría su cabeza y apenas se le alcazaba a ver una nariz muy grande y un poco del rostro que ya enseñaba varias arrugas, la anciana llevaba consigo un bastón que levantó y señaló a la joven.
—Mimi llevó mucho rato esperando el agua y tú ni te apareces, ¿qué tanto estás haciendo? Aparte de andar desperdiciando tu magia en dientes de león, claro —aludió la anciana.
—Como siempre, tu nieta distrayéndose. —Contestó el gato.
—Ah como sea, Mimi tenemos que ir al palacio, el rey me llama y quiero que me acompañes —interrumpió la anciana importándole un cacahuate lo que el gato había dicho.
Mimi se le quedó viendo a su abuela, sabía que no había muy buena relación entre Kiroth y la anciana, pero a pesar de eso, eran fieles el uno al otro, aunque en ocasiones se peleaban, y vaya peleas que tenían, en una ocasión hizo que Kiroth se fuera por veinte año y Mimi lo conoció cuando tenía diez, de ahí otra vez el gato se fue por dos años y desde que volvió, seguía con ellas. Un segundo después reaccionó, su abuela le estaba pidiendo que la acompañara al palacio, un lugar que Mimi sabía de su existencia pero dudaba de que fuera real, sería la primera vez que tendría contacto con alguien, en sus 15 años de vida, no conocía a nadie más que a su abuela y a Kiroth.
—Al palacio dices, ¿y a que vamos a ir? —interrogó curiosa Mimi que se acercó a la anciana.
—A curar a la esposa del rey, y bueno, según lo que me dijo el mensajero es que la reina se encuentra en muy mal estado de salud y pues creo que estaremos ahí un par de días.
—¡¿2 días?! —Repitió la castaña muy sorprendida que sus ojos se hicieron como platos—. ¿Y que se supone que voy hacer yo? Bueno…
—No te quiero dejar sola, la última vez que te deje sola por una tarde casi dejas sin cola a Kiroth —recordó la anciana.
—Como olvidarlo —habló el gato mirando su cola blanca muy esponjada.
—Sí te dejo un par de días, no sé que pueda ocurrir y más que no controlas muy bien tu magia, así que vendrás conmigo Mimi.
—Abuela pero yo… —la chica se estaba poniendo muy nerviosa y se tocó la cara e inconscientemente le dirigió una mirada a su abuela.
—Tranquila hija, para tu suerte no heredaste la belleza de esta anciana —calmó Malaquia que empezó a reír mostrando su lado sarcástico.
Kiroth se quedó callado, él sabía que Mimi creció pensando siempre en que su abuela era Malaquia, el gato parecía sonreír pues conocía a Malaquia desde hacía muchos años y nunca la había visto tan contenta con alguien como lo estaba con Mimi, se notaba que la anciana bruja amaba a la niña.
—Muy bien, vámonos —apremió la anciana.
—Abuela, pero mis cosas…
—Mimi, las únicas cosas que tienes, es el harapo que tienes puesto y esas sandalias viejas, no hay muchas cosas que nosotras las brujas podamos presumir.
Mimi suspiró hondo, sería la primera vez que vería a otra persona, sabía el aspecto de ellos por los libros que había alcanzado a leer, las imágenes que mostraban, a pesar de ser como una ermitaña toda su vida, su abuela la inculcó, le enseñó muy bien, pero no era lo mismo verlo cara a cara que plasmado en una hoja de papel. Volvió a liberar otro suspiro.
—Tranquila, estaremos bien, a pesar de que no nos quieran por ser brujas, nos necesitan, eso me sube el ego, así que pon tu mano sobre mi bastón —tranquilizó Malaquia, Mimi sonrió, su abuela la conocía muy bien.
Malaquia le dirigió una mirada a la jovencita a pesar de aquella fragilidad que transmitía la castaña, tenía una gran fortaleza y lo había demostrado durante todos estos años, no la había visto llorar ni siquiera por la muerte de su madre. Admiraba a Mimi, era una bruja como ella, pero la magia de la chica era muy inestable y debía de estar al pendiente en todo momento.
—¿Y tú a donde crees que vas, gato? —preguntó Malaquia al ver a Kiroth acercarse a ella.
—Con ustedes —contestó el felino.
—No, tú te vas a cuidar la casa, anda ve y le das de comer a las arañas —ordenó Malaquia.
—¡¿Qué?! Pero sí sabes que las arañas me dan escalofríos —exclamó el gatito.
—Sí, por eso lo hago —respondió la bruja.
Antes de que el gato volviera a reclamar, sólo vio un destello que lo obligó a cerrar los ojos y al abrirlos no había ni rastro de Mimi ni de Malaquia.
—Esa vieja bruja —masculló el gato con indignación, dio media vuelta y se fue a paso lento.
Los colores claros y brillosos que estaban frente a ella, la sensación de que bajaba una colina no desaparecía de su cuerpo y sentirse en otro lugar, como si su cerebro estuviera en otra parte que no fuera dentro de la cabeza y ésta en el cuerpo, pestañeaba para acostumbrar sus ojos miel. Quería dar un paso hacia delante pero no podía, era como si nada respondiera a lo que su cerebro ordenaba.
—Todavía no te acostumbras, pero es peor cuando eres quien transporta, las primeras veces vomité —relató la anciana.
—¿D-dónde estamos? —interrogó Mimi.
—Ah, ya llegamos —respondió la anciana como si nada.
Mimi sólo sentía las manos de Malaquia sobre su cabeza y como una caperuza plateada caía sobre ella.
—Agacha la cabeza y no dejes que te vean, estamos entrando a un territorio muy peligroso para nosotras, eh —aconsejó la anciana.
Lo único que acertó hacer la joven fue asentir.
Caminó con torpeza a pesar de la ayuda que Malaquia le brindaba. Unas enormes, gigantescas puertas que tenían unos hermosos tallados de madero se abrieron de par en par, dejando pasar a las desconocidas, un hombre al verlas, preguntó por el nombre de cada una de ellas. Mimi estuvo a punto de decir el suyo, pero su abuela se encargó de cerrarle la boca, literalmente, y se negó a dar nombre.
—Asunto —insistió el hombre.
—Rey proginos —habló entonces Malaquia.
El individuo hasta se irguió y parecía sudar, no dijo más y permitió que las desconocidas entraran.
Uno de los guardias que notó la extraña reacción de su compañero, se le quedó viendo y luego admiró a las mujeres caminar ante el amplió pasillo.
—Oye, ¿y qué significa eso de Rey proginos? —le cuestionó.
—El rey me dio la orden exacta de que dejara entrar a quien dijera eso sin cuestionamiento y que si llegaba a desobedecer me cortaría la cabeza —respondió.
La joven quería admirar el lugar, pero su abuela caminaba demasiado rápido, nadie creería que una señora tan mayor como Malaquia siguiera de pie y menos que caminara a ésa velocidad, Mimi ignoraba aquello sólo sabía que si no iba al paso de su abuela tal vez se perdería, el lugar era tan inmenso y es que por los escasos momentos que alcanzaba atisbar, el pasillo lucía tremendamente amplio y brilloso.
—Tendrás que esperarme aquí —le dijo Malaquia frenando tan repentinamente que por poco hace que Mimi besara el suelo—. Y no te quites la capucha eh, tampoco quiero que andes tentando nada, podrías ocasionar algo que nos metería en muchos problemas, por si no lo sabes, aquí ignoran que somos brujas —le susurró esto último de una manera que a Mimi le causó escalofríos y notó como los ojos de la anciana bruja brillaron de manera amenazadora.
Mimi por el miedo alcanzó asentir y quedarse petrificada, vio como su abuela entró a una puerta y ella se quedó ahí, estática admirando los muros.
—Con lo aturdida que quedé ni vi ninguna persona, y sus voces no eran muy agradables… —murmulló la jovencita para si, mirando la pulida columna que estaba frente a ella, era como un espejo.
A pesar de lo que su abuela le había dicho, Mimi tenía mucha curiosidad por tocar, sentir los muros de colores, no recordaba ver tanta luminosidad y colores vivos en la cueva donde ella vivía, caminó hacia un gran ventanal e ignorando que era el cristal, terminó estampándose en él.
—Ay como duele —se sobó la nariz, quería ir hacia ése lugar lleno de hermosas flores de colores que incitaban ser olisqueadas y tocadas—. Eso debe ser lo que denominan un jardín, supongo, se parece a la pradera pero estas son muchas más de las que hay ahí. Son hermosas.
La castaña buscaba la forma de traspasar ese ventanal para ir a tocar las flores, simplemente le fascinaba la idea de aspirar los variantes olores que éstas despedían, seguro había más de cien que tenían un olor exquisito. Estuvo a punto hacer uso de su magia pero al recordar que no era muy estable, pensó que ocasionaría que el cristal estallara en mil pedazos o algo peor, prefirió seguir dando un paseo por el lugar, todavía con la capucha puesta, tampoco se iba arriesgar y menos en aquel lugar que era como un espejo, impecable y brilloso.
Era enorme, pintado de suaves colores que le daban más iluminación al lugar, de unos adornos preciosos de cristal, tal vez diamantes, unos cuadros preciosos de paisajes increíbles colgados en las paredes, en otras se encontraban antiguos reyes, no se quiso alejar demasiado, era muy espacioso y corría el riesgo de perderse en la próxima vuelta que daba, después de todo, Mimi no tenía muy bien el sentido de la orientación.
—Uff ya me cansé, esto es más grande que la cueva, la pradera, el río y el bosque juntos… bueno creo que exagero… no, creo que si es más grande que todo eso, ¿Cuántos vivirán aquí? —se cuestionó, tocando las cortinas aterciopeladas que caían de otro gran ventanal que dejaba ver una enrome fuente hermosa donde en medio se encontraba una sirena con un arpa.
Mimi se aburría y sonrió para sí, no tenía nada de malo, así que agitó sus manos en dirección de la fuente y entonces, la sirena hecha de piedra, empezó adquirir color, iniciando desde la cola, un color aguamarina, de ahí a su bronceada piel y terminar con un cabello color negro y sus ojos azules.
—¡Ay por Dios estoy desnuda! —Gritó la sirena alarmada, tirando el arpa y tapándose con sus manos su pecho—. ¡Me vieron malditos montón de pervertidos! —exclamó.
La castaña quería tranquilizarla pero no podía, a la sirena no se le había visto nada, su largo cabello cubría perfectamente sus pechos, pero la sirena se puso a dar de coletazos, la joven bruja rogaba porque nadie la viera, ni a ella ni a la sirena. Por puro milagro logró abrir la puerta y salir hacia la fuente, para su fortuna nadie pasaba ahí y le dio el arpa a la sirena.
—Tranquila, no se te veía nada —Mimi quería que la sirena dejara de gritar.
—Eso dices tú por qué no has estado expuesta aquí desde hace quien sabe cuántos años —contestó la sirena notablemente molesta—. Pásame algo, un trapo o lo que sea para cubrirme decentemente.
La sirena le quitó a Mimi la caperuza y se la amarró alrededor del pecho, haciéndose como una blusa, luego se estiró y dio unos coletazos.
—Ay que rico, al fin cambio de posición. Necesito refrescarme —la sirena se lanzó al agua sin importarle salpicar a la chica.
—¿Cómo rayos es que…? Ah qué diablos… dentro de poco tendrá que regresar a su estado normal —se dijo Mimi resignada, sabía que su magia no tenía un efecto duradero así que en lo único que tenía que preocuparse, era de que nadie más viera a la sirena.
Ahí estuvo cerca de una hora hasta que la sirena poco a poco volvió a petrificarse, pero antes de quedar de nuevo inmóvil, la sirena tocó el arpa, despidiendo unas suaves y armoniosas notas musicales y cuando el silencio se hizo presente, Mimi sintió un ligero vacío, percatándose que la sirena volvió a ser una estatua, con diferente posición a la que tenía antes de darle vida.
La joven bruja regreso al lugar en donde su abuela estaba, seguro seguía ahí adentro, no tenía idea de que tanto estaba haciendo, se escondió tras de una columna al escuchar que alguien salía rápido de la habitación.
—¿Dónde podré encontrar la riturista amarilla y las semillas de jolobis? —se preguntaba una muchacha de no más de 25 años con un vestido largo y un tanto esponjado, llevaba un delantal—. Esa señora está loca, no tengo idea de que es todo esto lo que pidió.
Mimi la vio desaparecer.
—Que bonita —observó Mimi— y que bonito vestido —por reflejó admiró el suyo.
La puerta se volvió abrir y Mimi temerosa a que la vieran se escondió de nueva cuenta, pero la persona que había salido era su abuela.
—¿Viste salir a una doncella? —preguntó Malaquia, notó que su nieta se quedó con cara interrogativa—. Una muchacha con una hoja en la mano y seguramente preguntándose dónde podría conseguir esos ingredientes —explicó.
—Ah sí, no hace mucho que se fue por allá.
—Perfecto, ya no la alcanzó para darle más ingredientes —suspiró la anciana con resignación—. Le diré al rey que necesito de otra doncella para que vaya por el resto de los ingredientes.
La bruja volvió a entrar a la habitación, cerrándola de un portazo.
Mimi ya estaba cabeceando y no había vuelto a ver a su abuela desde hacía mas de cuatro horas, y de las dos doncellas que fueron por los ingredientes ninguna había regresado, la joven bruja sólo tenía algo en la mente y era comida, tenía hambre y no se iba a quedar con ella, así que llamó a su abuela.
—Toma, traje semillas de ajora —le ofreció su abuela.
La castaña sólo las miró sin remedio alguno, luego las tomó y se las echó a la boca como si de lunetas de chocolate se tratara, con ellas inmediatamente el hambre se le quitó.
Aburrida, desesperada, deseaba que Kiroth estuviera ahí, era su mejor amigo y con él podría hacer algo interesante ahí, pero lamentablemente el felino no estaba con ella. Decidió dar otro paseo por el castillo. Sólo recorrió las partes conocidas, seguía con miedo de perderse, pero hubo algo que le llamó la atención y caminó hacia ése lugar. Algo redondo, que brillaba, simple, nada del otro mundo, era un cristal, del tamaño de la palma de su mano, la curiosidad la llevó a que tomara aquel objeto. Lo levantó y entonces en él, vio a una jovencita muy hermosa, de grandes ojos color miel muy bellos, de largas pestañas, una nariz y boca perfecta, esta ultima de un suave color rojo, su blanca y tersa piel, un rostro angelical y precioso, unos mechones de cabello color castaño claro que caía con gracia en su perfecto rostro, eso es lo que ella veía en aquel objeto.
No podía creer lo que estaba observando, quedó maravillada, llevó su mano a la mejilla y en ese cristal, la chica que estaba ahí dentro, según pensaba la joven, llevó su mano a la mejilla, entonces Mimi tocó su nariz y lo mismo pasaba ahí.
—Es un espejo mágico —se dijo maravillada y feliz, al fin veía su reflejo, se veía a ella y vaya que le encantaba saber que no era como su abuela y que ésta no le mentía cuando le decía que era hermosa.
Mimi pensaba que su abuela se lo decía por decir además de que seguro la anciana no tenía idea de lo que era ser hermoso, hasta un sapo era bello para Malaquia, pero verse en el espejo era lo mejor que le había pasado en la vida, quería mostrárselo a su abuela.
Dio media vuelta dispuesta a ir hacia su abuela y entonces, frente a ella se encontraba un joven rubio y muy atractivo que le dedicó una encantadora sonrisa, dejando a la muchacha petrificada.
N/A:
Hola!!! Again! Ok, pues no tengo mucho que decir... mil gracias por sus reviews y animarme a continuar con esta historia que como habia dicho no es de las que actualizare muy seguido a menos que surjan muchos capitulos XD. Agradezco profundamente el apoyo que me han dado con este fic que lo estoy sacando adelante poco a poco. Les dedico este capitulo a todas quienes me han dejado revies y agradecida tambiéne stoy con los que lo leen y por falta de tiempo o se les pasa, no dejan review, pero muchisisisisisimas gracias :D
Con cariño XANHEX.
