Lo siguiente que recordaría siempre fueron las 20 varitas apuntando a su cabeza. Algunas de ellas estaban apoyadas contra su cuerpo, incluso. Su grito de sorpresa tuvo su única respuesta en los ecos de las paredes. En la sala reinaba un silencio sepulcral.

Hizo un esfuerzo supremo por no temblar y mantener la mente serena. ¿ Cómo podían haber llegado tan rápido ¿ Cuánto tiempo llevarían escuchando ? No fue tanto el miedo como el ridículo lo que le provocó sudores fríos.

Muy lentamente bajó la varita, dejándola a su lado, sobre aquella extraña mesa. Alzó las manos. Quizás, después de todo, tuviera una oportunidad.

¿ Había sido la amenaza a Malfoy la que les había atraído ? Cerró los ojos con fuerza durante un instante, deseando que así fuera. Respiraba con fuerza, tratando de levantar barreras en torno a su mente. Cuando los abrió, hasta las palabras "auror" y "ministerio" se habían desvanecido.

Sólo entonces se atrevió a levantar la vista, y escrutar aquellos rostros crueles y divertidos. Miraban la escena como miraron el primer día: una mezcla entre desprecio y abierta curiosidad.

Entre tanto, Lucius había encontrado el modo de escabullirse y situarse entre los demás. Buscó su rostro entre la multitud inútilmente. Quería enfrentar aquella mirada acerada y devolverle el desprecio del que acababa de hacerle objeto.

-"No importa"-pensó" ya se lo haré pagar"

No podía distinguir a nadie en concreto, en realidad. Ni uno solo de ellos había prescindido de su atuendo ceremonial. Con el rostro cubierto por la efigie de la muerte, se esfumaba así mismo todo rasgo de personalidad. Eran un solo ente: su unión les daba seguridad.

-"Debí haber imaginado que ese larguísimo paseo era únicamente un modo de ganar tiempo..."-Se autoflageló mentalmente por ello.

Probablemente, (ahora reparaba en ello) todo era premeditado. Habían sido unos actores excelentes todos, simulando falta de interés y aquellas conversaciones tediosas de las que escapaba. Si tenía la ocasión de vivir, no cometería dos veces ese mismo error. Les había subestimado.

La humillación llegó a su punto máximo cuando alguien murmuró un hechizo de control.

-Imperius, cómo no... - Acertó a murmurar durante su forcejeo mental.

Apenas luchó. Someterse, al menos temporalmente, le ayudaría a saber que planeaban. No esperaba misericordia, pero nada perdía tampoco fingiendo un poco de debilidad. Si le usaban, era porque consideraban sus servicios de utilidad. Ganaría para su propia causa algunos momentos.

Sin embargo, y contra todos los pensamientos que se habían acumulado en su mente desde hacía minutos, lo único que requirieron fue absoluta inmovilidad. Su cuerpo, privado de fuerzas, se desplomó sobre los cojinetes. Los ojos, única parte de sí que podía aun controlar, giraron enloquecidos ante la aparición inminente de aquel ser al que sus trucos no lograrían engañar.

Su espera fue en vano. La velas seguían encendidas, y el olor a quemado, sándalo y humedad impregnaban el ambiente, pero aquel a quien honraba toda aquella parafernalia no se molestó ni siquiera en llegar. Al parecer, confiaba en sus lugartenientes.

El Señor Oscuro no se molestaría en reclutar a sus sirvientes nunca más.

El círculo se cerró en torno al pedestal. Las figuras enlutadas rodeaban lo que parecía iba a ser su féretro. De haber habido alguno apenado, hubiera podido pasar sin problemas por un funeral. Todas las varitas, al unísono, le golpearon, presionando con el canto su carne. Después, de nuevo silencio.

Uno de ellos, tal vez el mismo que le había embrujado, tomó la palabra, liberándole durante unos instantes de la atadura mágica. Su voz, impregnada de solemnidad, se adueñó de la sala.

- ¿ Juras serle fiel al Señor Oscuro, en cuales quieran que sean sus intenciones o mandatos ?

Todos los mortífagos, coordinados, repitieron a la vez la pregunta. Cuando asintió, de la varita de otro salió una pequeña llama. El horror pudo en ese instante con toda su cordura: estaban obligándole a que hiciera una promesa inquebrantable.

No se debatió, pese a que notó desaparecer la presión, ni intentó soltarse. Había respondido a una de las preguntas: ya era demasiado tarde. Iba a vivir...y a servirle, y a matar...

El maestro de ceremonias prosiguió, complacido sin duda por su temple y su talante.

-¿ Prometes dar la vida por la causa, por Su causa ?

-" Qué pregunta tan estúpida"- Su sentido crítico no atendía ni al momento ni a ningún lugar-" Si no lo hago, moriré igual"

Asintió de nuevo, sonoramente. Una nueva llama iluminó el lugar.

-¿ Aceptas a tus compañeros como hermanos, al grupo como la familia a quienes debes total lealdad ?

-Acepto- y con este juramento selló su destino y su esclavitud.

Dos figuras robustas, probablemente masculinas, aferraron con fuerza su brazo, desnudándoselo hasta el codo. Un dolor lacerante y tortuoso lo cubrió todo.

A su alrededor, comenzó un trasiego de túnicas y máscaras, un baile alucinógeno en el que cada cual reafirmaba su lealdad, besando su nueva marca. En medio de la confusión de mortífagos borrosos tan sólo acertó a oir:

-Severus Snape no traicionará.- A continuación, él, o quizás alguien más, le dio a beber un bálsamo pastoso que no tardó en funcionar.

Cuando finalmente se incorporó, el brazo palpitante y rojo; todos aplaudieron a rabiar. Sacándose las máscaras, pudo ver de nuevo sus rostros sudorosos y emocionados por haber tomado parte en el ritual. Alecto le llevó un uniforme, envuelto, irónicamente, en papel de regalo.

Toda aquella trama siniestra no era más que un bautizo, un cumpleaños.

CONTINUARÁ!


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