Disclaimer: Todos los personajes y contextos que se presenten en este fanfic le pertenecen a Masashi Kishimoto, sólo me corresponde la licencia de los OC's que encontrarán dentro de la trama, sin fines de lucro. Por lo tanto, se prohíbe la copia y/o adaptación de este fic.


Capítulo I: Ame Okoto - 雨男


Primer día en la Academia; (51 años - Edad Moderna de Konoha)

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A comparación del día de Inauguración, el cielo se pintaba de gris. El hedor a petricor amenazaba con ofrecer una leve lluvia de otoño, de esas que sirven para promulgar las enfermedades o para extender la preocupación de las madres para con los niños que no trajeron abrigos.

El beso en la frente que su madre le había regalado, como una oferta de paz a su ansiedad, fue algo que no había alcanzado a calmarla, ni siquiera la palmada en el hombro de su abuelo. Algo dentro de sí le gritaba, una y otra vez, que tenía cero de shinobi en su pequeño cuerpo, que no podría lograr las cosas que había hecho su padre. Hombre sin linaje, sin clan y sin identidad. Más allá del desprestigio al no tener Kekei Genkai, su error había sido el de idealizar su educación; el entrenamiento duro, como una etapa áspera en que no alcanzaría sus metas si no ponía de sangre y sudor, todo su esfuerzo. Sería en vano si no podía descubrir que bajo su torrente sanguíneo podría acunar la idea de ser una "Yamanaka" como su madre. Pero, no pretendía llegar a tanto, no sabía proyectar. Se veía a sí misma fatigada o sangrando en el campo de batalla, sin la confianza suficiente para afrontar sus miedos y estar a la altura de las expectativas. Estaba asustada, exacerbada al límite del temblor que se percibía, in fraganti, en sus débiles piernas.

Avistó los rostros de los niños como una réplica del júbilo reluciendo en su mirar; logró, en vano, dar con alguno que no tuviese una curva garabateada en los labios. Todos parecían alegres, ansiosos ante su primer encuentro en la Academia, mas notó que uno de ellos se mantenía estoico y distante. El niño iba vestido con una remera oscura, llevaba con orgullo el emblema del clan Uchiha en la parte alta de su espalda. Se quedó mirándolo por unos segundos, sin encontrar en él una sola mueca de inquietud en su rostro, aquello la hizo contraerse de los nervios al ver cómo le resultaba tan fácil mostrar indiferencia, como si fuese un ente que nada percibía, como si nada le interesara, como si las presencias de sus compañeros, en conjunto con sus risas y exacerbación, fuese un hito fantasmagórico y trasparente. No pudo evitar sentirse más miserable al ver la tranquilidad, la inquietud, el júbilo, amalgamado en todos los presentes allí.

Se sentía abarrotada entre todo ese espectro de negatividad, típico de una niña que siente nervios en su primer día de clases, evocando quimeras de insuficiencia. Su padre siempre se presentaba rodeado de un haz de luz cada vez que lo invocaba entre sus utopías. Quería ser tan fuerte como él, quería poder ir al frente, cumplir sus sueños, ayudar a los débiles, proteger al pueblo como él lo hizo, dando su último aliento y hasta la última gota de chakra para proteger a los que tanto amaba, quien no tuvo que ostentar a la nombradía de algún clan. Siempre, su recuerdo lograba darle algo de valor y la impulsó a salir de atrás de las piernas de su madre con una inmarcesible determinación, algo que había intentado su abuelo en vano. Levantó su mirada para encontrar esos cetrinos ojos humildes que denotaban una calidez asombrosa al tocarla con su contacto. Ella aminoró el ceño de su frente y una sonrisa confiada se dibujó en sus labios.

—Lo haré bien, ¿verdad, kāchan? —preguntó la niña con una chispa de ilusión en su mirada, una ingenua calidez que solamente el golpe de la realidad podría sacar.

—¡Por supuesto, mi niña! —exclamó su madre agachándose frente a ella, dándole un cálido abrazo que la pequeña respondió con fuerza, aferrándose a lo que más amaba en la vida.

Aunque el momento duró poco, gracias a Arkan que, con sus agudos ladridos de cachorro, la distrajo para que lo abrazara antes de irse, recordándole que ya era hora de dejarlos. La niña, luego de romper el abrazo con su madre, se agachó a abrazar a su mascota.

—Él también cree que lo harás bien —afirmó su abuelo con una sonrisa en el rostro, cerrando sus ojos mientras inclinaba un poco su cabeza. El pequeño cachorro, para reafirmar aquello ladró dos veces.

Saludó a su familia, incluyendo a los dos pequeños demonios a los que tanto quería, sus hermanos gemelos, Niza y Kay, quienes se encontraban jugando entre ellos en el onbuhimo que su madre llevaba en la espalda para cargarlos; por lo que tampoco perdieron la oportunidad de despedirse de su hermana mayor con tirones de cabellos y baba adornando sus mejillas. Su abuelo, Yamanaka Masao, le ayudó a nivelar su autoestima antes de que ella pudiese marcharse, dándole aliento. La niña lo abrazó antes de dejarlos, en una respuesta gratificadora ante su confianza. Él sería el mayor responsable del crecimiento en batalla de la pequeña y su fortalecimiento.

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Aún así, no planeó que el primer día de clases fuera duro, aunque todas sus premoniciones emocionales parecieran correctas. Todos ocuparon sus asientos en tiempo; ella, por pasar tiempo despidiéndose de su familia, fue la última en entrar al salón de clases. No pudo evitar las miradas escrupulosas y a sus compañeros cuchicheando entre ellos animados, a excepción de algunos que se sentaban en soledad y que parecían importarles muy poco, personas con poca actividad social que prefieren la soledad a tener que lidiar con relaciones humanas. Parecían entender cómo funcionaba el mundo desde esa edad, ingenuamente, a toda prescripción. No pudo evitar dirigir su mirada al niño que había mostrado su mejor cara de indiferencia antes de ingresar; estaba en su misma clase. Estaba solo. Tal vez, debía acercarse a él y hablarle. La simple idea le aterró, de seguro la mandaría a volar, ya que, a juzgar por la distancia que prolongó con respecto a sus compañeros de banco, había sido notable. Mejor, no intentarlo.

Subió las escaleras hasta el lugar que él ocupaba a la derecha del salón a un lado de las escaleras y decidió ubicarse en los asientos de la izquierda, también a un lado de la escalera. Él no había ni siquiera mirado a la chica de su derecha que le había preguntado su nombre, parecía ido en algún pensamiento, distante. Ella se cohibió un poco, miró a diestra y siniestra. A unos metros habían unas niñas que se preguntaban los nombres, otros mencionaban los clanes a los que pertenecían y se amigaban contando anécdotas de la vida de sus padres, grandes jōnins con una increíble reputación. Cada vez empezaba a sentirse más sola, no había mucho que pudiese contar o, al menos, demostrar.

La profesora pronto se presentó frente a ellos lo que provocó que el bullicio se aquietara. Las hojas dejaron de bailar para ser azotadas por la templanza. Aquello calmó internamente a la pequeña niña, mas no dejó de sentirse nerviosa después de escuchar el pedido de la profesora, Hina Shimura.

—Bien, pequeños futuros ninjas, antes de iniciar la clase, cada uno deberá presentarse y, para poder conocernos entre todos, deberán expresarnos cuáles son sus sueños o metas.

Todos intercambiaron miradas, desconcertados los unos a los otros. Hasta podía verse a una niña de cabellos cobrizos ruborizada hasta la punta de su cabello y, si alguien pudo verla en aquel momento, habría presenciado cómo se hundía bajo la mesa. La profesora sonrió al notar la inquietud de los pequeños. Era razonable, ninguno había estado expuesto a mostrarse a sí mismo, pero el camino de un shinobi era con un alto rango de expectativas y se esperaba que aquellos anhelos fuesen en torno a su camino ninja.

Primero, la profesora dejó un margen de elección a sus alumnos para los que quisieran presentarse y comentar, voluntariamente, sus sueños. Por supuesto, aquella clase no fue la excepción a la regla del más lanzado. Siempre había alguno que daba el punto de inflexión el cual era seguido por algún que otro compañero que quería tirarse a la corriente con él. Para mala suerte de la profesora, no fueron muchos. Muy bien, Plan B. La lista empezó a cobrar vida y a mostrarse peor que un huracán que arrasaba los nervios de aquellos que preferían estar bajo la mesa que comentando sus anhelos y sueños. Los apellidos y nombres iban siendo mencionados y muchos: "mi sueño es ser un gran shinobi" llegaban a los oídos de la profesora como un catarro que se esparcía como plaga. Pero, fue hasta que un apellido tan estremecedor como admirable fuese mencionado por la profesora, junto al nombre de su portador.

Uchiha Itachi.

La expectativa había sido tan grande que todos quedaron callados, a merced de la contemplación, mientras la sala se inundaba de un mutismo insondable. El niño que se proclamaba con aquel nombre se puso de pie. Una escalera los separaba y tuvo que esperar hasta ese momento para saber su nombre, la niña con suma admiración observó a aquel pequeño que se había presentado junto a una centella en el cielo crispado. No, no era su imaginación, pero la lluvia volvió a presentarse en Konoha, como si el causante fuese ese pequeño niño. Podría tomarlo como premonición, aunque de pequeña lo ignoraría. Ame Otoko; su madre decía esa palabra cada vez que su abuelo arribaba a casa. ¿Coincidencia? Pues, quién fuese ingenuo como un niño para creer en eso.

"Vienes con la lluvia, papá", solía escuchar a su madre quejándose de su abuelo. Aquel niño, era igual.

—Mi nombre es Uchiha Itachi y mi sueño es…

El niño no estaba nervioso, ni se sentía intimidado, pese a que toda la atención de la clase pesaba sobre él como un montículo de energía que se acumula y te roba toda habla. Parecía que estaba pensando seriamente qué era lo que iba a decir. La expectativa rebasaba la paciencia de sus compañeros, pero el profesor había notado que estaba perdiendo el tiempo esperando al niño, pero no podía ser descortés, ya que no era la primera vez que algún alumno se sintiera un poco perdido al intentar encontrar una respuesta a semejante pregunta, ignorando el hecho de que no es tan fácil como se cree. Lo que sí llamó la atención del docente es la mirada, no pensativa, sino analítica que tenía el muchacho; era como si pensara la respuesta para dar con la acertada, como si se tratara de un examen, como si cavilara para dar con la mejor.

—Mi sueño…

—¡Ya, dilo! —un maleducado del fondo se llevó la mirada desaprobatoria de la maestra, mas el pequeño Itachi no parecía sentirse ni un poco intimidado y tampoco le importaba lo que otros pensaran de él.

Mi sueño es ser un excelente shinobi que sea capaz de hacer desaparecer todos los conflictos del mundo, para que no haya más guerras.

La risa, no tan discreta, del mismo chico que lo desafió, a la que se le unieron otras más, se escuchó entre el mutismo del salón que se rompía como un cristal. Aunque, hubo una parte del aula que sintió el peso de aquellas palabras y lo admiraron ante esa determinación. La profesora se quedó asombrada sobre aquella respuesta y, aunque comprendía el significado y anhelo de la frase: "ser un excelente shinobi", lo que le siguió luego fue algo que no había escuchado antes. Tomó en cuenta que el pequeño se tardó en darle una respuesta acertada y, por un momento, aspiró a que esas expectativas fuesen alcanzadas. Su seriedad fue bastante elocuente, aunque algunos de los niños no se dieran cuenta del peso que había puesto en cada sílaba. Lo felicitó como lo hizo con los demás que habían compartido sus metas y siguió con su ojo puesto en la lista.

Tsukino Seijun.

La niña se sintió cohibida luego de haber escuchado el maravilloso anhelo de sus compañeros, mas no sentía estar a las expectativas que requería aquel lugar y entrenamiento. Su inseguridad era terrible y en su voz se denotó su nerviosismo que, al intentar calmarlo, empeoraba. Se puso de pie en el lugar, así como sus compañeros lo habían hecho a la hora de hablar. Aquello fue peor, ya que su anatomía mostraba todo el rasgo de nerviosismo que ella intentaba ocultar. La mirada del niño del clan Uchiha también la intimidó.

—M…mi nombre e-es Tsukino Seijun y mi su-sueño es…

—Otra más… —se quejó el mismo niño que había interrumpido a Itachi, haciendo que el resto de la clase riera con él.

Aquello provocó que la niña temblase y se presionara los labios con fuerza, tensando su cuerpo, apretando sus puños con pudor. El estallido de risas se había incrementado a lo que la profesora tuvo que demandar silencio. La mujer intentó animarla a seguir, pero Seijun no encontraba su valor. Cerró fuertemente sus índigos ojos, evitando hacer contacto visual con la atmósfera del lugar, como si pudiese transportarse a otra dimensión en la que se sintiera más cómoda. Respiró hondo y habló, pese al miedo, con determinación.

Mi sueño es convertirme en shinobi médico como mi madre —no balbuceó al decir aquello, lo que pudo darle más valor y seguir hablando—, para poder salvar las vidas de muchos shinobis y que puedan volver con sus familias.

Aún apretaba fuertemente los puños, la oscuridad aún se cernía sobre ella ante negarse a abrir los ojos. No vaticinó que aquello salía desde su corazón y de un sentimiento que hubiese sido mejor evitar. Sintió que los golpes en su caja toráxica se aceleraban, sus pulsaciones se habían disparado, sus ojos se pusieron vidriosos ante la presión y los recuerdos, una mala combinación en esos momentos. Lo que más hizo tenso ese momento para Seijun, fue que las burlas volvieron a incrementarse. Se sentó en el lugar sin esperar que el profesor dijera nada, mientras sus compañeros reían, resaltando su expectativa en el oficio como "ninja médico".

Hacía dos años, Kyubi había masacrado con sus garras y colmillos a muchas familias y la mayoría de los allí presentes había perdido a alguien, por lo que una parte del salón no se unió a las carcajadas de otros. Si bien eran muy pequeños, ninguno salió ileso, las heridas emocionales pudieron traslucirse aunque algunos no hubiesen estado en ese momento, o no hubiesen perdido a nadie.

Itachi se asombró de aquella respuesta, ya que no era nada parecida a la de sus compañeros. Empezó a sentir que no era el único que quería salvar vidas; mas, mientras su afirmación fue en base a una harta reflexión desde que visitó el campo de batalla a los cuatro años, la niña se basó en una experiencia directa: había perdido a alguien importante; se notó en la determinación de sus palabras pese a la presión que había ejercido sobre ella al contarlo frente a todo el salón de clases. El deseo de que los demás no tengan que sufrir lo que ellos ya sufrieron fue algo que le había llenado de motivación.

La profesora, luego de felicitarla, siguió con la lista.

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El sol empezó a asomarse en lo que iba de la mañana, por lo que le permitió a la clase tener sus primeras prácticas con kunais al aire libre.

No había dado en ningún blanco y, a comparación de sus compañeros, era la última de la clase. Eso de ser shinobi era difícil para ella. Fue aún peor cuando vio al niño del clan Uchiha acertar a todos los blancos en un lapso de 30 segundos, cuando ella lo había hecho en tres minutos y con una pésima puntería. Sus compañeros se le rieron, muchos le recordaban que si quería ser un buen shinobi debería aprender puntería. No era para elogiarlos, pero la mayoría había dado en varios blancos aunque su consecución fuese lenta.

—Esto no es para "ninjas médicos" —se burló uno de sus compañeros.

—No sé para qué lo intentas, deberías renunciar —se burló otro, mientras la hacían a un lado de la fila. Si la profesora hubiese estado atenta al pleito, habría notado el actuar de los niños y los hubiese puesto en su lugar, pero se encontraba explicándole a uno de ellos cómo lanzar el kunai, por lo que logró perderse de aquel espectáculo.

Itachi notó ese desplazamiento de la niña de la fila, por lo tanto, cuando pasó a un lado de ella, quien había decidido quedarse al costado de la larga fila con ojos llorosos, sin valor a acercarse a otro de sus compañeros, mirando el suelo, dio tres pasos hacia atrás pidiendo disculpas a su compañero tras él.

—Puedes tomar mi lugar —ofreció el niño señalándole el lugar en el que había dejado un espacio para que ella pudiese entrar en la fila. Ella levantó la mirada con asombro, mientras se le dibujaba una tenue sonrisa en el rostro. Por un momento, dudó ante la mirada de muchos allí, pero la calma del niño la alentó a tomar ese lugar.

—Muchas gracias —agradeció ella inclinándose levemente, volviendo a ser parte de la fila gracias a aquel niño. Caminaron lentamente en el avance de la fila ya que darle a varios blancos era difícil para los compañeros. Seijun no podía evitar la idea de preguntarle al niño cómo había logrado darle a cada blanco sin tardanza, pero se mordió la lengua.

—No lances el kunai como si le estuvieras lanzando una pelota a tu cachorro —escuchó al niño detrás de ella, se volteó con suma sorpresa y pena. No podía juzgarlo, había notado lo mala que era y eso le hizo bajar la cabeza de inmediato con suma vergüenza, aunque si lo hubiese conocido a fondo, ese no era un juicio deplorable, era una crítica constructiva de manera "amable". Itachi era un niño atento.

—Nunca antes había lanzado un kunai —admitió ella con pena.

—Debes posicionar bien los pies, para poder dar impulso a tu cuerpo y así lograr lanzar con fuerza el kunai al blanco —aconsejó él, haciendo que ella volviera a mirarlo. Había notado que no era buena aplicando la fuerza de su cuerpo, ya que los kunais apenas se clavaban a los costados de los blancos de madera—, si tomas el kunai con la mano derecha y, si ese mismo pie es el dominante en tus movimientos, lo arrastras hacia atrás y pones el peso de tu cuerpo en la pierna "no tan buena" —el niño explicaba la postura con tal facilidad y soltura que sorprendió a Seijun—. Cuando al fin tengas tu posición, intenta hacer esto —apuntó él mientras tomaba una roca del suelo y dibujaba ángulos mientras flexionaba el brazo a 90° grados y de nuevo extendiéndolo a 180° apuntando la piedra a un árbol, la cual lanzó en una trayectoria horizontal perfecta, para demostrarle a la niña que la roca había dado en el centro del mismo. Varias niñas, al ver esto, se sorprendieron y empezaron a suspirar totalmente impresionadas, mientras que los varones se dedicaban a observarlo despectivamente.

—¡Entiendo! Muchas gracias por la explicación —exclamó animada Seijun. El niño le brindó una amable sonrisa—. Por cierto, mi nombre es Tsukino Seijun —se presentó ella con suma alegría, extendiendo su mano, a forma de saludo. Él la observó, levemente pillado por sorpresa. Sin negarle la cortesía estrechó su mano con suavidad.

Uchiha, Uchiha Itachi —sonrió.

La siguiente vez que Seijun había decidido pasar a lanzar los kunais no había logrado dar a ningún blanco, pero lo que había mejorado era el impulso con el que los había lanzado. Sin embargo, eso no la animó. Pero cuando la profesora la alentó, ella se propuso en seguir intentándolo, aun si sus compañeros se burlaban de ella.

Itachi le sonrió, asintiendo con la cabeza a modo de aprobación por su esfuerzo y se adelantó para seguir con su turno de lanzar los kunais.


Glosario:

Kāchan: Madre dicho de manera coloquial. Son las expresiones comunes con las que los niños llaman a su madre en Japón.

Ame Otoko: Hombre cuya presencia atrae a la lluvia.


N. de Autor:

Bien, este no es un gran inicio, pero quiero que realmente sepan cómo se conocieron. Como dije, esto se tratará cronológicamente, so, puede que a muchas les termine aburriendo, pero a mí narrar al Itachi peque me puede y me encanta.

Bueno, ya dí muchas pistas sobre qué clase de familia tiene Jun y qué es lo que atraviesa toda su ideología, sus sueños y metas. No es la primera en la clase, pero ya notarán que tampoco es la última. La idea de que ella sea ninja médico sigue la línea de ideología que lleva Itachi consigo y con su amor por Konoha. No veo forma de profundizar en ellos si no puedo hacerlo desde la infancia, así que, espero que esto no les sea muy pesado ni engorroso.

Les advierto que Jun no es la única OC, hay muchos más.

¿Críticas? ¿Opiniones? ¿Tomates? Estoy dispuesta a leerlas.

Mil gracias a Batshabaayh por dejar reviews que los aprecio muchísimo, de verdad.

¡Saludos!

Nessa