RETORNOS

Gran Hotel Caviar, torreón, rango S. Octo se recuperó en su base, tras ser reventada por un lanzamotas. Revisó el mapa y llegó a la conclusión de que sería arriesgado efectuar un supersalto, por lo que, en su lugar, regresó nadando al fragor de la batalla. Se dirigió hacia la zona central del campo del mapa y allí observó el combate que se desarrollaba un poco más adelante.

Sentía un gran cansancio sobre sus hombros, la batalla llevaba tres minutos de duración y era profundamente cerrada; ganaban, sí, pero por un una diferencia exigua, apenas un 70-90. El equipo rival poseía dos diestros snipers; quienes, con sus mortíferos cargatintas, contenían el avance del torreón, mientras un lanzamotas y un pincel trataban de hacerse con el codiciado objeto.

No obstante, su propio equipo lograba evitar que tuviesen éxito en tal vil tarea. Un joven inkling, armado con una de esas nuevas armas lanza burbujas, cuyo aspecto semejaba una bañera, demostraba una gran pericia en el arte de atacar al rival; donde apuntaba, reventaba y, cuando no, las burbujas lanzadas revotaban para dar de lleno al rival. En tanto, un rodillo le proporcionaba fuego de cobertura, protegiéndole de aquellos rivales que buscasen flanquearle. Finalmente, un hábil francotirador se batía en duelo personal contra los cargatintas rivales.

Así, la batalla manteníase reñida y muy ajustada, en un virtual empate técnico. El equipo de Octo tenía la ventaja, mas ella sabía que cualquier mínimo error desequilibraría la balanza a favor del enemigo y le entregaría la victoria.

Analizó detenidamente la batalla que se desarrollaba a lo lejos. La clave eran los snipers contrarios; su propio francotirador les mantenía a raya, pero dos cargatintas son difíciles de manejar y la probabilidad de cometer un error y ser aniquilado por uno tras reventar al otro es alta. Si ello llegase a pasar, el sniper sobreviviente se ocuparía de la bañera y el rodillo que incordiaban a sus compañeros, entonces estos últimos podrían avanzar sobre sus enemigos. Para cuando Octo y sus aliados quisieran darse cuenta, el rival se haría con el ansiado torreón.

A fin de evitar que esto ocurriese, Octo se infiltró tras las líneas enemigas por un camino lejano a la zona caliente, de modo tal que resultaba menos probable ser interceptada por un contrincante. El corazón le latía a gran velocidad y la ansiedad invadía lo más recóndito de su ser a medida que se acercaba a uno de los cargatintas rivales. Pintó rápidamente la pared para poder subir a la plataforma donde este se encontraba y, conteniendo la respiración, le disparó inmisericordemente hasta reventarlo. Entonces se dispuso a ir a por el sniper faltante, pero en el camino fue interceptada por el lanzamotas (qué había sido reventado y regresaba rápidamente a la acción), frente al cual no tuvo oportunidad.

Siguió practicando dicha estrategia y, a pesar de alcanzar a uno de los francotiradores, nunca conseguía llegar al otro; ya sea porque se cruzaba con otro enemigo que lograba acabarle o porque el susodicho francotirador notaba su presencia y procedía a atacarle.

No obstante, su contribución aliviaba las cosas para su propio sniper y prestaba gran ayuda al equipo, el cual logró mantener, de esta forma, al rival a raya hasta que el tiempo llegase a su fin y los árbitros les otorgasen la victoria. Octo suspiró, agotada...


El tren atravesó, decidido, el macizo puente; quien, así como Atlas con los pilares de la tierra, soportaba con gran esfuerzo su ominoso peso, sin sucumbir ante el mismo, mientras Octo le observaba con una expresión de profundo cansancio, yaciendo sentada en el reseco Canal Cormorán.

La Agente 3 se acercó hacia ella con dos bebidas en las manos, entregó una de ellas a su compañera y se sentó a su lado.

- Día duro, ¿eh?

- No tienes idea... - Suspiró la octariana - Hacía tiempo que no tenía un combate tan intenso.

- Bueno, es normal. Creo que ya te lo había explicado, ¿no? Conforme obtienes victorias y subes de rango, te enfrentas a contrincantes más experimentados.

- Sí, eso sí. Yo no esperaba que fuese como mi primer día aquí. De hecho, ya he tenido combates difíciles, pero por lo general uno de los equipos suele ser claro dominador. Hoy... hoy fue demasiado cerrado. Hasta el final no se sabía quién ganaría.

- Sí, he tenido combates así.

- ¿De verdad?

- Sí... - Y elevó la vista hacia el azulado cielo al tiempo que no pudo evitar esbozar una sonrisa. - Fue hace unos cuantos años, yo era joven...

- Agente 3, por favor, sé que de a ratos te duele la espalda, pero tampoco sos un anciana - Le interrumpió Octo, jocosa.

- Pero cállate, pulpo impertinente - Le respondió con una leve sonrisa y un tono de voz que denotaba ausencia de todo enojo - Como decía, me encontraba en rango S, pintazonas. Fue uno de esos combates donde todos jugaban bien, en ambos equipos. Viste que por lo general siempre hay uno o dos que la manquean. Bueno, esa vez no, todos jugamos bien, los dioses nos habían iluminado a los 8. Que reñido fue ese combate...

- ¿Y ganaste?

- No, perdí, pero no me importó. Es que fue tan hermoso, se disfruta mucho cuando todos juegan bien. ¿No lo crees, Octo?

La aludida lo pensó por un instante y luego, con expresión jovial, espetó:

- Sí, es verdad, la victoria es más dulce cuando cuesta y la derrota no es tan mala cuando uno se hace respetar.

- Así es.

Entonces, hízose presente aquel silencio que siempre aparece cuando se termina un tema de conversación antes de que surja otro, mas no resultaba incómodo para las agentes...

Aproximadamente un mes había pasado desde aquel atardecer escarlata, cuando Octo le confesó que la consideraba una amiga. En aquel entonces, la Agente 3 no había sabido que decir, mas ahora, con tanta agua bajo el puente, podía afirmarlo sin dudar, entre ella y la Octariana había una amistad; pequeña, incipiente, pero allí estaba, bien plantada, destinada a convertirse en un frondoso árbol.

- ¿Cómo vienes con tu memoria? - Preguntó la Agente 3 con falsa indiferencia.

- Bien - Respondió Octo, no muy convencida.

- ¿Has podido recordar algo más?

- No mucho, la verdad. En realidad, prácticamente nada.

La Agente 3 guardó silencio al notar cierto aire melancólico en el rostro de su compañera, pero la curiosidad le roía incesantemente, perturbando su espíritu, hasta que finalmente no pudo más y preguntó:

- ¿Qué es lo que recuerdas, Octo?

- ¿Esperas en serio que te diga todos mis recuerdos? - Le dijo con sorna.

- No, bueno, algo de tu vida pasada, en Distrito Pulpo.

- Ah, sí, recuerdo el épico concierto que brindaron las Calamarciñas en conjunto con el Gran Líder.

La Agente 3 creía saber a qué "concierto" se refería, pero no estaba del todo segura...

- ¿Por "Gran Líder" te refieres a Octavio?

- Así es.

- Ah...

- ¿Qué significa "Ah..."?

- No, nada...

- Adelante, dímelo, no te cohíbas.

La Agente 3 dudó un poco sobre si convenía explicarle lo que pensaba a la joven Octoling o era mejor mentirle y escapar por la tangente. Llegó a la conclusión de que ella era transparente ante la octópoda, por lo que pronunció:

- No te ofendas, Octo, pero a mí, Octavio, no me parece un "Gran Líder".

- No hay octariano con mayor visión que él; generoso y magnánimo, guía a su pueblo con gran sabiduría.

- Lo tenemos encerrado en una pecera, no puede guiar a nadie.

En ese momento, Octo hubiese querido explotar en una burlona carcajada, ante la ingenuidad y soberbia de la inkling, pero tanto la quería, tan profundo era su sentimiento hacia ella, que decidió contenerse a fin de no ofenderla.

La Agente 3 ignoraba que una mera pecera no sería capaz de contener al Gran Líder y, aun desde ella, sus tentáculos se extendían a lo largo y a lo ancho de la madre patria, moviendo delicadamente los hilos de su destino.

Su amistad hacia ella le impedía confesárselo; su amistad y, quizás, muy en el fondo de su ser, una inconsciente lealtad hacia el Gran Líder y un inamovible patriotismo.

- Aun estando confinado, sigue siendo un Gran Líder y no me harás cambiar de opinión, Agente 3. - Es todo lo que dijo.

- Está bien, Octo, tranquila.

- Estoy tranquila.

- Bien.

- Pero sabes, de ese concierto rescato algo más, algo muy importante...

- ¿Qué cosa?

- Fue la primera vez que nos conocimos.

La expresión de la Agente 3 demostró una súbita sorpresa, más cuando tomó conciencia de la misma, retornó a su adusto rostro, tan habitual en ella.

- Yo estaba en las gradas, observando el combate que mantenías con el Gran Líder, hicimos contacto visual justo después de que dieses el golpe final. ¿Lo recuerdas?

La Agente 3 observó detenidamente los ojos de la octoling, perdiéndose en las oscuras profundidades que emanaban de sus pupilas. Entonces, recobrando la conciencia de sí misma, desvío bruscamente la mirada, con un ligero rubor en sus mejillas.

- Ha...Había demasiada gente allí, no pude haberte notado.

- Sí, suponía. - Suspiró - Aun así, me parece un lindo recuerdo, la primera vez que nos vimos, aun si no me hayas podido reconocer entre toda aquella multitud... - Y la Agente 3, disimuladamente, le dio la espalda, incapaz de confrontarla.

De pronto, el semblante de Octo se ensombreció, tras rememorar un evento adicional, una batalla que, curiosamente, no tenía claro si había ocurrido realmente o la había soñado; donde ella, cada vez, era derrotada por la Agente 3, que le atacaba sin piedad; aunque en cada nueva ocasión, el recuerdo se extendía más y más, volviéndose ella misma más diestra y logrando sobrevivir a las embestidas de la inkling por más tiempo del transcurrido la vez anterior.

- ¿Nos hemos enfrentado en el pasado? - Preguntó y la Agente 3, extrañada, volvió a observarla.

- Sí... justo antes de ser llevadas al Metro Abisal, ¿no lo recuerdas?

- Sí, eso sí, pero no me refería a eso.

- ¿Entonces?

- Me refería a si hemos combatido antes, en aquel concierto... después de que vencieras al Gran Líder.

- No... - Dijo sin dudar - No me enfrenté a ninguna octoling en aquella ocasión.

- ¿De verdad?

- De verdad.

Octo no dijo nada y, lo que sea que haya sentido ante aquella contestación, se lo guardó para sí, no rebelando nada siquiera a través de su rostro.

- ¿Recuerdas algo más? - Le preguntó la Agente 3, intrigada.

- Algunas eventos sociales, algunas vivencias de mi infancia, pero no reconozco a nadie... A veces, en el ocaso, miro al cielo y me pregunto, ¿Qué será de mi familia? ¿Vivirán aún? ¿Residirán en Distrito Pulpo? ¿Estarán preocupados por mí? Lo mismo me pregunto de mis amigos... cuanta gente habré dejado atrás y no puedo recordarlo siquiera.

Una fría brisa se levantó ante ellas, resaltando, con su suave silbido, la tristeza que allí reinaba.

- ¿Realmente no recuerdas a nadie?

- Algunos octarianos, todos meros conocidos... Excepto...

- ¿Sí?

- Excepto una octoling...

- ¿Una octoling?

- Así es, no puedo recordar su nombre, pero sí su rostro y sé que tenía una relación muy cercana con ella... ¿Una hermana? ¿Una amiga? No lo tengo claro, pero recuerdo verla partir, rumbo al horizonte, desde el mar y siempre me pregunto, ¿nuestros caminos algún día se volverán a juntar?

- Vaya...

Octo, para ese entonces, estaba decididamente decaída. Habiendo hablado de todo aquello con su amiga, no había logrado más que traer a flote el dolor que tenía dentro de sí.

- Agente 3, debo irme.

La aludida se sorprendió ante tal abrupta declaración.

- ¿Pero estás bien?

- Estoy bien, no te preocupes. Solo quiero estar sola un rato.

- Bueno, está bien, Octo. Como desees, no dudes en llamarme si lo necesitas.

- Gracias, así lo haré. Adiós.

- Adiós, Octo.

Y partió, sin percatarse, ninguna de las dos, de una sombra que les observaba desde la distancia.


- No sé quién soy. - Sentenció con profundo pesar.

El isópodo le observó con aquella aura seria que le caracterizaba, reforzada por las negras gafas que ocultaban cualquier emoción que pudiese asomar por su mirada. Con aire calmado, acarició su espeso bigote y preguntó:

- ¿A qué te refieres con qué no sabes quién eres?

- A eso me refiero, tío Hipsópodo. No puedo recordar ni a mi familia, ni a mis amistades, ni a la mayor parte de mi pasado. ¿Quién soy entonces? ¿Cuál es mi identidad?

- Agente 8...

- Octo. - Le corrigió.

- Octo, querida, ¿realmente crees que tu pasado y las personas con las que has tratado definen la esencia de tu ser?

Octo pensó por un momento, mas no encontró una respuesta clara a dicha pregunta.

- No lo sé... - Confesó - Supongo.

- Ah, pero no estás segura. - Guardó silencio a fin de pensar sus próximas palabras - Quién eres... es una pregunta interesante que toda alma profunda se ha hecho alguna vez y que aún no tiene respuesta válida. Intentemos razonar, a ver si llegamos a algo.

- Te escucho, tío Hiposópodo.

- La respuesta a la pregunta "¿Quién eres?" define la esencia de tu ser. Esencia, por decirlo de una manera simple, es lo que hace que algo sea justamente eso y no otra cosa. Es decir, la esencia de tu ser es aquello que hace que vos seas vos y no otra persona. ¿Entiendes lo que quiero decir, querida Octo?

- Más o menos.

- Bien, entonces yo te pregunto o, mejor dicho, te reformulo la pregunta que ya te he hecho, las personas que has conocido y las vivencias has tenido, ¿definen la esencia de tu ser? ¿Son ellas las que determinan quién eres?

- Sí, creo que sí. - Respondió no muy convencida.

- ¿Por qué?

- ¿No determinan esas vivencias mi personalidad?

El isópodo se arremolinó en su asiento, aspiró hondo y luego pronunció:

- Ah, ¿pero entonces es tu personalidad lo que define quién eres?

- Y… mi personalidad es mi forma de ser, la forma en la que interactúo con el mundo.

- Entiendo.

- Si mi personalidad cambiase, yo ya no sería la misma, no actuaría igual ante los mismos estímulos, no tendría los mismos intereses, no tendría las mismas amistades... sería una persona distinta, en definitiva.

- ¿Y esto significa?

- Y... que mi personalidad define quién soy.

- Tú esencia...

- Mi esencia.

- Pero mi querida Octo, me parece que estás incurriendo en una contradicción. Por un lado, consideras que las personas que has conocido y los momentos vividos definen tu esencia. Pero por el otro, piensas que es tu personalidad la que lo hace. ¿Es una cosa o es la otra lo que determina quién eres?

Octo meditó las réplicas del Tío Hipsópodo detenidamente, dándose cuenta que eran sensatas. Las marcas de su frente hiciéronse más profundas producto del gran esfuerzo mental que realizaba y, transcurrido unos minutos, declaró:

- Tal vez mi personalidad es mi esencia, entonces no habría contradicción, pues las personas que he conocido y las experiencias de mi vida la definen. Otra posibilidad es que mi esencia sea un algo abstracto determinado por mi personalidad, la cual, a su vez, es definida por personas y experiencias. Entonces, tampoco habría contradicción, pues si A causa B, y B causa C, se sigue qué A causa C.

Tío Hipsopodo tronó sus dedos y sentenció:

- Así como lo propones, pareces estar en lo cierto, más no te hacía tan versátil en la lógica. - Octo sonrío ante dicho comentario.

- Algo sé, pero tampoco diría que soy versátil.

- En todo caso y a pesar de las numerosas críticas que pudiese hacer a tus premisas, solo quisiera resaltar dos: En primer lugar, supongamos que tu esencia sea ese "algo abstracto" que has mencionado.

- Sí.

- ¿Cómo puedes sostener que no sabes quién eres por no poder recordar a tus seres queridos ni tus vivencias?

- Y porqué estos son la que la determinan, como ya he dicho. - Dijo con expresión propia de quién siente que se le pregunta lo obvio.

- Pero es un algo abstracto, ¿puedes precisar que es exactamente?

- No...

- ¿Y si recuperases todos tus recuerdos? ¿Entonces podrías hacerlo? ¿Podrías precisar sin lugar a dudas que es tu esencia? - Octo desvió la mirada.

- No lo sé...

- Yo sospecho que no, porque a partir del antecedente nada puede decirse de la naturaleza del consecuente, salvo que el primero es su causa, de la misma forma que un golpe poco nos dice de la gravedad de la herida que genera.

- Puede que tengas razón... - Entonces regresó la mirada hacia el crustáceo y con voz suplicante preguntó - ¿Y si mi esencia fuese mi personalidad? Ya no sería un algo abstracto.

- ¿Puedes precisar que es tu personalidad?

- Y... soy un poco tímida, amable...

- ¿Solo eso?

- No, supongo que mucho más, pero tendría que pensarlo bien para determinar todas las características de mi ser.

- ¿Entonces no tienes una idea precisa de tu lo que es tu personalidad?

- No racionalmente, pero intuitivamente sé cómo soy, sé si estoy dispuesta a hacer algo, si alguien me va a caer bien o no, intuitivamente lo sé.

- De modo que solo tienes una idea vaga de tu personalidad, pero la tienes.

- Así es.

- ¿Entonces por qué afirmas tajantemente no saber quién eres, si luego dices tener una ligera noción de la misma? Esto, por cierto, suele pasarle a todo el mundo, nadie sabe a ciencia cierta quién es. Es más, te diría que aun si recuperases tu memoria, tu personalidad permanecería intacta y no sabrías más de ella de lo que intuitivamente ya conoces.

- Pero... - Respondió Octo, conteniéndose para no llorar - Es que yo...

- Octo, querida - Le dijo suavemente, con voz paternal, el isópodo, al tiempo que colocaba su mano en el hombro de la joven - Sé que duele no poder recordar a tus seres queridos, qué te preguntas que será de tu familia y amigos. A mí me parece que esto lo que te aqueja, no es tanto no saber quién eres, sino no saber quiénes son aquellos que has dejado atrás.

- Yo... Yo ni siquiera sé si los he dejado atrás, Tío Hipsópodo - Y las lágrimas brotaban de sus ojos en un torrente continuo - no sé absolutamente nada de ellos... estoy... estoy... ¡Estoy sola! - Y explotó en llanto.

El isópodo no dijo nada, permaneció callado y solo se dedicó a contener en un fraternal abrazo a la joven octariana, permitiendo que se desahogase.

Con el pasar de los minutos, los estruendosos lamentos fueron apaciguándose poco a poco, transformándose en un leve sollozo, semejante a un susurro, para finalmente extinguirse por completo.

El ominoso silencio se hizo presente, solo interrumpido por el regular repiqueteo del tren sobre los durmientes, mientras que los demás pasajeros de aquel sucio vagón observaban a la singular pareja, atraídos por los extintos lamentos que interrumpieron la monótona melancolía del Metro Abisal.

- ¿Mejor? - Preguntó Tío Hipsópodo.

- Un poco... - Respondió.

- Mi querida Octo, tu pesar es entendible, pero no estás sola. Sí, puede que no recuerdes a tus seres queridos allá en el antiguo hogar, pero tienes a otras personas que te aprecian aquí mismo, personas a las que has tocado el corazón, que son tus amigos y en quien puedes confiar.

- Ya lo sé, Tío Hipsópodo... - Dijo, pensando en Perla, en Marina, en el Capitán y en la Agente 3 - Pero aun así, la familia es la familia y, si no sé nada de ellos, es como si no la tuviera.

- Octo... - Pronunció el Tío Hipsópodo con aquella voz que reflejaba una profunda seriedad - Puede que lo sepas, pero yo realmente te tengo un gran aprecio, eres como una luz que rasga la negra oscuridad del fondo del mar e ilumina mi existencia. Quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti. Cuando necesites a alguien con quien hablar o simplemente un hombro sobre el que llorar, no dudes en acudir con tu Tío Hipsópodo, cualquier día, a cualquier hora.

Octo se limpió las lágrimas con su antebrazo y luego dirigió una cálida sonrisa al viejo crustáceo.

- Gracias, Tío Hipsópodo, eso significa mucho, yo también te quiero, solo necesitaba desahogarme.

- Lo sé, querida Octo.

Y entonces, la aludida le abrazó, tomando por sorpresa al viejo crustáceo, quien se lo correspondió.

Sin embargo, dicha muestra de afecto se vio súbitamente interrumpida por el eco de un resonante aplauso. Giraron la mirada hacia dónde este provenía, revelando a una joven inkling de cabello corto y expresión afable, quién cesó en su accionar en cuanto se percataron de su presencia.

- Buenos días. - Comentó - Lamento haberlos interrumpido, no era mi intención.

- ¿Quién eres tú? - Preguntó con hostilidad Octo, al tiempo que se acercó a ella, quedando frente a frente a escasos centímetros de distancia.

- Susana, pero puedes llamarme Susy.

- ¿Susy, qué?

- Solo Susy, a secas.

- ¿Cómo has llegado aquí?

- Te he seguido.

- ¿Seguido?

- Sí, pero tranquila, vengo en son de paz. - Y levantó los brazos, a fin de demostrar que estaba desarmada y no tenía malas intenciones. - Simplemente quería saber si los rumores eran ciertos.

- ¿Qué rumores? - Preguntó con gran intriga.

- Sobre qué el Escuadrón Branquias tenía una nueva recluta... Tú eres la Agente 8, ¿cierto? - Y le sonrió burlonamente.

- Sí, soy yo. Pero llámame Octo cuando no esté de servicio.

- Y ahora no lo estás.

- Por ahora no, pero intenta algo y pronto lo estaré.

Susy soltó una leve risita.

- Tranquila - Dijo divertida - Te he dicho que he venido en son de paz, no tienes que ser tan hostil.

- Lo siento, pero es difícil no serlo con una inkling que, para empezar, no debería estar aquí y que, además, me ha seguido y tiene conocimiento sobre mi condición de Agente.

- No lo sabía, como dije, eran solo rumores, aunque no podía creerlos.

- ¿Por?

Susy desvió la mirada hacia la ventana, concentrándose en el curioso paisaje que se revelaba más allá, quién hubiese pensado que el fondo del mar bullía de actividad.

- No creí que una Octariana aceptase ser parte del Escuadrón... dime, Octo, ¿qué se siente ser una traidora a tu especie?

La aludida le tomó bruscamente por el cuello de su remera.

- ¿A quién le llamas traidora? - Le dijo amenazadoramente.

- Suéltame. - Le respondió la calamar, sin vacilar.

- ¡¿Qué sucede aquí?! - Interrumpió, autoritario, Pepín, quién velaba por el cumplimiento de las normas en el Metro Abisal - ¡10.008! ¡Suéltala, ahora! - La Octariana obedeció a regañadientes - Están prohibidas las peleas dentro del tren; si persisten en dicho comportamiento, me veré obligado a expulsarlas y me da igual si la formación está en movimiento. ¡¿Entendido?!

- Sí, Pepín, perdona, no volverá a suceder.

- Eso espero, 10.008. - Y se retiró tan tranquilamente como había venido.

- Ese pepino de mar te tiene cortita, ¿eh? - Comentó Susy.

- Tú cállate. ¿Y a quién llamabas traidora? - Le respondió Octo con furia contenida.

- A ti, ¿o acaso no sabías qué el Escuadrón Branquias es enemigo de tu pueblo?

- No entiendes nada.

- ¿No?

- ¡No! No tienes ni idea de lo qué ha pasado aquí.

- ¿Aquí, dónde?

- Aquí, en el Metro Abisal, debí unir lazos con el Escuadrón Branquias para hacer frente a un enemigo común.

- ¿Sí?

- Sí.

- No me digas... ¿Y lo han vencido?

- Así es...

- ¿Entonces por qué sigues siendo parte del Escuadrón? Tarde o temprano reiniciarán sus hostilidades hacia tus compatriotas.

- No, no será así. Confío que lo que hemos vivido juntos ayudará a qué cambien su parecer hacia nosotros, los Octarianos. - Y Susy estalló en risas - ¡¿De qué te ríes?!

- Perdón, es qué me divierte tu inocencia.

- ¿Qué quieres decir?

- Bueno, claro que algunos miembros del Escuadrón podrían mejorar su opinión hacia los Octarianos, las Agente son bastante razonables, lo mismo podría decirse del Capitán Jibión, pero la Agente 3... - Y aquí su sonriente rostro se transformó en adusto - la Agente 3 siempre será octofóbica de mierda.

- ¡Mientes! - Le gritó Octo, conteniéndose en no propinarle una paliza - La Agente 3 es una chica agradable y una gran amiga, puede que tenga sus prejuicios, pero los superará.

- No, Octo, no. No te engañes, esa chica tiene grabado a fuego que los octarianos son enemigos de Cromopolis y considera la defensa de la misma como su obligación máxima. Nunca cesará en su animadversión contra los pulpos. Puede que a ti te tolere, incluso que hasta le caigas bien, aunque yo sospecho que en el fondo desconfía, mas nunca estará dispuesta a estrechar relaciones con tu gente.

- No tienes idea de lo qué dices, no conoces a la Agente 3 tanto como la conozco yo.

- Es ahí donde te equivocas, Octo, eres tú quién no la conoce tanto como la conozco yo, porque yo fui, en su tiempo, la Agente 4 del Escuadrón Branquias.

La noticia fue recibida como un inesperado flechazo por la pobre Octo, quien quedó petrificada allí donde se encontraba ante tal sorpresa, sin saber que decir.

- No sabías nada sobre mí, ¿cierto?

- No, la verdad no.

- No me extraña, la Agente 3 no es de hablar de su pasado, no es raro que no te haya mencionado nada.

- ¿Entonces eres parte del Escuadrón?

- No, ERA parte del Escuadrón, ya lo dije, presta atención cuando te hablo, pero deserté.

- ¿Desertaste?

- Correcto.

- ¿Por qué?

- Pregúntale a la Agente 3, si es tu amiga, como dices, te lo dirá. - La Octariana le observó con gran fastidio ante tamaño azuce, aunque Susy no le dio mayor importancia y con indiferencia consultó la hora en su celular - Bueno, debo irme. Fue un gusto conocerte, Octo. Tengo una cafetería en frente de la estación cercana a Inkopolis Square, ven a verme cuando quieras y te contaré más de mí.

- Lo pensaré...

- Piénsalo lo que te haga falta, hasta que nos volvamos a ver. - Y descendió cuando el tren llegó a la estación.

CONTINUARÁ...