Estimados lectores,
¡Muchas gracias por las visitas, reviews, favoritos y demás! Me agrada mucho saber que esta historia les gusta.
Creo que es momento de referirme a algo que quería comentar hacía tiempo (y que quizá a muchos no le importa, así que pueden saltárselo y leer de lleno el capítulo). El review de CeZu (¡gracias por hacerme reflexionar sobre esto!) me recordó la evolución de mi estilo de escribir. Antiguamente, mis relatos abusaban del diálogo y de la descripción de sentimientos y pensamientos. Siempre pensé que mi parte débil era la descripción de personas, lugares y acciones. Esto fue hace aproximadamente 4 años, cuando dejé de escribir.
Ahora que he vuelto a escribir fics, decidí variar mi estilo de escritura. Ahora describo más; prefiero tomarme un poco más de tiempo en crear una escena, para que los lectores imaginen y vean lo que yo estoy viendo cuando me siento a pensar y escribir. A algunos puede resultarle un poco tedioso, pero considero que este fic –al igual que Entre libros, insomnio y magia, que les ruego que lean– ha significado un "experimento estilístico". Sinceramente creo haber mejorado mi redacción en estos últimos años, así como mi forma de expresar las imágenes que vuelan por mi mente.
De todas maneras, planeo seguir mejorando jeje.
PD: Mientras escribía este capítulo, se me vino a la mente la idea de hacer una especie de "spin-off" –ahora sí un one-shot– sobre la historia de Draco y Pansy. Si alguien me lee la mente y se imagina qué es… Jejejeje.
Un saludo,
Iuris Doctor
Las bragas de Pansy
por
Iuris Doctor
Las cinco de la tarde no tardaron en llegar. Como había notificado McGonagall, el castigo daría inicio a esa hora, ni un minuto antes ni un minuto después. Malfoy, que ya estaba cansado de los problemas, se apersonó fuera de la sala de trofeos casi a las cinco en punto. No tenía muy buena cara, pero su expresión maliciosa dejaba entrever que algo traía entre manos. Cuando el muchacho llegó a la sala de trofeos, se encontró con McGonagall que ya lo esperaba. No había nadie más.
–Ah, Malfoy, veo que llega a la hora –dijo McGonagall, enarcando una ceja fingiendo sorpresa–. Parece que parte del castigo ya está surtiendo efecto. ¿Ha visto a la señorita Granger?
–No.
–Oh, espero no llegue atrasada. Tengo una reunión muy importante con el profesor Dumbledore y espero no atrasarme por culpa de ustedes. –Malfoy pensó que la utilización del plural era totalmente innecesaria–. Ah, ahí viene.
Y tenía razón. A unos tres metros de distancia venía Granger dando saltitos, levemente ruborizada. Se acercaba en lo que parecía un ritmo de trote bastante descoordinado: sus brazos parecían menearse innecesariamente y su cabellera se alborotaba más y más a medida que se acercaba. Una vez llegó al lado de McGonagall, inhaló una enorme bocanada de aire y cerró los ojos, casi aliviada. Acto seguido, los abrió con lentitud y posó sus redondos ojos castaños en los grises de Malfoy. El rubio hizo una mueca de disgusto, la cual fue inmediatamente respondida con una de similares características por parte de Granger. La mala vibra podía olerse. McGonagall, que era experta en percatarse de esas cosas, carraspeó sonoramente y los miró ambos, que esperaban de brazos cruzados, uno a cada lado.
–Bien, creo que ya les expliqué lo suficiente en qué consiste su castigo. –La profesora hizo una pausa, como si esperase que alguien le rebatiera. Como no ocurrió, siguió hablando–. En un momento llegará el señor Filch con dos cubetas y dos paños, para que se encarguen de la limpieza de los trofeos. Lamentablemente, el señor Filch no podrá hacerles compañía durante el castigo porque tiene otros asuntos más importantes que atender.
Una sonrisa aliviada se dibujó en el rostro de Malfoy. El estar encerrado en una misma habitación con una sangre sucia y un squib, mientras limpiaba trofeos, parecía ser algo que tiraba lo que le quedaba de dignidad por la Torre de Astronomía. El hecho de que Filch no les hiciera compañía lo aliviaba un poco: la humillación sería menor. Granger, por su parte, no parecía muy contenta. La idea de estar a solas con Malfoy por un par de horas era extremadamente desagradable. La presencia de Filch podría, al menos, morigerar las acciones malintencionadas del muchacho.
–¿Hasta qué hora tendremos que limpiar los trofeos, profesora? –preguntó Granger. Hizo un movimiento extraño con el brazo que le causó mucha gracia a Malfoy: parecía acostumbrada a levantar la mano de forma ansiosa cuando preguntaba algo.
–Las horas que sean necesarias, señorita Granger –respondió de forma evasiva McGonagall–. Dudo que demoren más de tres horas. Además, me imagino que ambos son expertos en limpieza de trofeos.
Una sonrisa irónica apareció en el arrugado rostro de McGonagall, quien le dedicó una mirada ladina a Malfoy. El muchacho bufó y fijó su mirada en la pared de piedra. Granger suspiró, como si sus insoportables suspiros fuesen a acortar el suplicio que les esperaba durante las siguientes horas. De todas maneras, Draco tenía sus artimañas para hacer que fuese más entretenido.
Hubo un instante de silencio. A lo lejos se oían gritos alegres de estudiantes que, seguramente, disfrutaban la tarde libre de deberes. La alegría de los demás siempre amargaba a Draco, más aún si le llegaba como un balde de agua fría instantes antes de cumplir un castigo con la sangre sucia más insufrible que hubiese pisado Hogwarts. Una vez que el griterío se esfumó, se oyeron unos pasos que enfilaban por el pasillo contiguo. Segundos después, la silueta de Argus Filch emergió de entre las sombras, cargando dos cubetas con dificultad. La señora Norris le seguía, con su eterno aspecto malogrado. Filch enarcó una ceja al ver a los castigados y, acto seguido, sonrió. El griterío debía de haber terminado por obra y gracia del celador.
–Buenas tardes, Argus –le saludó educadamente McGonagall, mientras Filch dejaba las cubetas en el piso de mala gana–. ¿Todo bien?
–No del todo, profesora. –La voz de Filch parecía cansada, como si hubiese corrido la maratón–. Acabo de sorprender a un grupo de niños de tercero jugando con petardos. Me huele que son esos Weasley…
–No saques conclusiones apresuradas, Argus, hay cientos de fabricantes de fuegos artificiales –le rebatió McGonagall, quien se ganó una disimulada mirada de odio del celador. La profesora lo ignoró–. ¿Podrías abrir la puerta para que el señor Malfoy y la señorita Granger cumplan su castigo?
Sin chistar, Filch hurgueteó en su bolsillo y sacó un manojo de llaves enorme. Se acercó a la gran puerta de roble de manera taciturna, dando largas y torpes zancadas. Una vez que estuvo frente a ella, introdujo una vieja llave en la ya casi oxidada cerradura. Un golpe seco se oyó desde dentro y, en seguida, la puerta se echó hacia adelante con un leve chirrido. Luego de ello, Filch se volteó e hizo un gesto desganado hacia las cubetas, indicando que las levantaran. Granger, tan obediente como siempre, levantó una de forma inmediata y, con una sonrisa forzada, ingresó a la sala de trofeos. Malfoy no se movió ni un centímetro.
–No tengo todo el día –le dijo Filch mientras sostenía la puerta.
–No me importa.
–¿¡Qué dijiste, mocoso…!?
–Argus, Argus… –lo calmó la profesora McGonagall, dándole palmaditas en la espalda. Mientras lo tranquilizaba, le lanzó una mirada fulminante y acusadora a Malfoy–. Estoy segura de que el señor Malfoy no tendrá problemas en llevar su cubeta a la sala de trofeos, ¿verdad?
Malfoy gruñó. No era conveniente desobedecer a McGonagall en un momento así. En el mejor de los casos, le quitaba ciento cincuenta puntos a Slytherin y, en el peor de ellos, lo castigaba por el resto del año. Sopesando las nefastas consecuencias que suponía desobedecer, agarró la cubeta a regañadientes y se adentró en la sala de trofeos. Inmediatamente, McGonagall lo siguió y Filch se quedó ahí parado, sosteniendo la puerta con el ceño fruncido y los ojos inyectados en sangre.
–Tienen prohibido utilizar magia para limpiar los trofeos –sentenció McGonagall, observando a los castigados con severidad–. Tengo la suficiente experiencia como para diferenciar la limpieza hecha a mano de la limpieza hecha con magia. Ninguno de los dos se irá hasta que yo vuelva y les diga que están liberados. ¿Entendido?
Ambos asintieron. El movimiento de cabeza de Granger era frenético, ansioso y obediente; el de Malfoy, en cambio, era lento, indiferente y rebelde. La jefa de Gryffindor, con una mirada suspicaz, se volteó y marchó hasta la puerta. Giró la cabeza una última vez y levantó una ceja, arrugando los labios. Respiró hondo y, con una rapidez deslumbrante, desapareció en el pasillo detrás de su capa de color escarlata. Filch seguía ahí parado, bufando sin parar.
–Más les vale que los limpien bien –les dijo, con los dientes apretados–. No pienso encargarme de unos mocosos y sus desastres. Si no fuera porque Peeves ha hecho explotar tres inodoros en el baño de abajo…
Luego de decir eso, los ojos de Filch se llenaron aún más de ira. Ya no miraba a Malfoy, sino que hacía rechinar los dientes mientras miraba la pared de la sala de trofeos. Sin decir nada más, comenzó a trotar en dirección al piso inferior. La puerta, gracias al impulso que le dio el celador, se cerró casi como por arte de magia.
La sala de trofeos no era ninguna maravilla. Era bastante espaciosa y estaba llena de muebles con vidrios que dejaban observar una infinidad de trofeos de todos los tamaños, colores y diseños. En el techo colgaban un par de viejas lámparas que cumplían su labor con dificultad, por lo que tenían como apoyo una decena de velas que rodeaban el lugar. Malfoy siempre había detestado la sala de trofeos, llena de fracasos disfrazados de triunfos: no era la primera vez que lo castigaban, ni tampoco la última. Sin embargo, sus castigos siempre eran mucho más dignos que limpiar trofeos. No sabía qué opinaba Granger, pero quitarle el polvo y las manchas de grasa a unos pedazos de metal antiquísimos le parecía una tarea de lo más vulgar de la que los magos no tenían por qué ocuparse. Pero claro, una sangre sucia como ella debía estar acostumbrada a esas labores tan cotidianas y poco elegantes.
–Creo que hay que dividirse el trabajo –comenzó Granger, con un tono mandón que no le causó ninguna gracia a Malfoy–, si no lo hacemos nos demoraremos una eternidad.
–Tú no me mandas a mí, Granger.
–No te estoy mandando, Malfoy. Sólo quiero que terminemos esto lo antes posible. ¿Acaso tú no?
–Sí, pero lo haré a mi modo. No tengo interés en seguir tus órdenes. No soy Weasley, por si no lo habías notado.
–¡Malfoy, no seas idiota! Mira la cantidad de trofeos que hay, si no coordinamos nuestro trabajo…
–¡Cállate, Granger!
Malfoy metió violentamente la mano dentro de su túnica y sacó su varita. Por un momento, los ojos castaños de la muchacha que le acompañaba se tiñeron de miedo. Un instante después, Granger se percató de lo que quería hacer Malfoy. El muchacho apuntó su cubeta con la varita, con los ojos entornados. La castaña negó con la cabeza y, dando fuertes pisadas en dirección a Malfoy, se plantó entre la cubeta y él, cruzándose de brazos.
–¿No oíste nada de lo que dijo McGonagall? –lo regañó Granger, con el entrecejo fruncido. Su voz estaba cargada de algo muy similar a lo que se conoce como altanería–. Si lo haces, nos volverán a castigar a los dos. ¿Acaso quieres pasar más horas encerrado con una sangre sucia como yo?
–Ni en sueños. Vamos, Granger, ¿crees que el vejestorio de McGonagall se dará cuenta de que usamos magia? Apenas se percata de lo que tiene bajo la nariz.
–¡Me importa un bledo lo que digas, Malfoy! ¡No me moveré de aquí! –Granger levantó la cabeza, en señal de indignación. Sus brazos estaban apretados contra su pecho de forma exagerada y, además, sus mejillas estaban levemente ruborizadas–. Si no desistes, te lanzo un hechizo.
–¡Pero qué miedo, Granger! –exclamó Malfoy, sin bajar la varita, mientras preparaba la garganta para lanzar una carcajada que retumbó en toda la sala–. ¿Me estás amenazando?
La distancia entre Malfoy y Granger se acortó. El rubio había dado un paso hacia adelante, varita en mano, mientras Hermione seguía plantada con decisión frente a la cubeta. El muchacho sonrió maliciosamente. Tenía algo planeado desde que había estado con Zabini en la Sala Común, y no pretendía que su plan fallara.
–Te propongo un trato, Granger.
Malfoy se detuvo en seco. Los separaba poco más de un metro. La luz de las débiles lámparas del techo iluminaba el pálido rostro del joven quien, sin dejar de apuntar a Granger, le dedicó una especie de sonrisa malintencionada. La voz de Draco estaba cargada de dobles intenciones. La muchacha se echó levemente hacia atrás, desconfiada. ¿Qué podía proponerle Malfoy?
–Te escucho –susurró Granger, sin modificar la expresión decidida de su rostro. Su labio inferior, sin embargo, la traicionaba: estaba temblando.
–Tengo algo que podría interesante en mi túnica –le dijo Malfoy, casi susurrando–. Si accedes a limpiar todos los trofeos por mí, quizá te lo muestre. Y, dependiendo de cómo trabajes, puedes quedártelo.
–Ni loca –contestó Hermione, riendo–. No confiaría en ti ni aunque fueses Ministro de Magia. Nunca.
–Gracias por lo de Ministro, Granger, pero te conviene. –El corazón de Draco se aceleró, ansioso. No podía esperar a ver la expresión de Granger–. Vamos, estamos perdiendo tiempo valioso.
–Déjate de estupideces, Malfoy, ya hemos perdido muchísimo tiempo –escupió Granger, bastante molesta.
–No son estupideces.
–¡Viniendo de ti, lo son! ¡Y olvídate del trato!
Malfoy metió la mano libre en el bolsillo de su túnica. Miró a Granger a los ojos: la castaña tenía los ojos muy abiertos y expectantes. Si bien no estaba llana a aceptar el trato, se notaba que tenía curiosidad por saber de qué se trataba. Tragó saliva y, lentamente, comenzó a extraer la mano de su túnica.
Los ojos de Granger se llenaron de rabia.
Los dormitorios de Slytherin eran similares a todos los dormitorios de Hogwarts. Separados por sexo, al subir la escalera que conducía a ellos desde la Sala Común había dos puertas que establecían el límite. A diferencia de Godric Gryffindor, Salazar Slytherin no desconfiaba de los hombres y su relación con las mujeres. Slytherin creía que la convivencia entre los sexos era sana y, por ende, tanto hombres como mujeres podían hacer ingreso indiscriminado a los dormitorios de los otros. A Gryffindor le escandalizaba esa idea: siempre había sido levemente conservador.
Draco estaba parado en el pequeño pasillo de mármol que separaba ambas puertas. La de la izquierda conducía a los dormitorios de las chicas. El muchacho suspiró y, con confianza, empujó la puerta de la izquierda. Había dos condiciones para que su operación fuese un éxito: la primera, era que estuviera Pansy Parkinson en el dormitorio; y, la segunda, era que éste estuviese vacío o, en su defecto, que fuese fácil de vaciar.
El dormitorio de las chicas era elegante. Las camas estaban elegantemente decoradas con los colores de la casa de las serpientes. Todo estaba muy ordenado, como era costumbre en las chicas. Había una sola cama levemente desordenada: había una falda de color verde oscuro tirada y arrugada, con un par de paquetes de golosinas vacíos que descansaban sobre ella. Al lado, en el velador de la cama, había una infinidad de cremas y lociones de distintos tonos y sabores. Malfoy sintió un poco de sana repulsión al sentir en su nariz un fuerte olor a manzana fresca con un toque de fragancia afrancesada: había un perfume abierto sobre el velador que tenía pinta de ser muy caro. Era el aroma del cuello de Pansy Parkinson.
La primera condición se había cumplido. Al lado de la falda arrugada y los paquetes de dulces estaba sentada Pansy. No estaba con la túnica del uniforme puesta, sino que llevaba una polera fucsia con un generoso escote y unos jeans ajustados de un tono oscuro. Pansy tenía una extraña afición por la ropa muggle, cosa que a Malfoy le parecía pésimo. Al verlo, la muchacha sonrió coquetamente. El chico enarcó una ceja y miró en derredor. La segunda condición también parecía haber sido cumplida: no había ninguna otra chica en el dormitorio. La sonrisa coqueta de Pansy debía deberse en gran medida a que estaban completamente solos. La chica lo invitó a tomar asiento junto a ella en la cama, dando palmaditas junto a un envase viejo de ranas de chocolate. Malfoy se abrió paso entre los baúles de sus compañeras y, acto seguido, se dejó caer sobre la cama. Intentó mantener una distancia prudente entre Pansy y él, pero sabía que para llevar a cabo su plan tendría que disminuirla de forma considerable.
–Hola, Draco –lo saludó Pansy, tocándose el cabello que llevaba en una coleta–. ¿Cómo estás?
–Bien.
–¿Pasa algo?
–Nada, sólo estoy cabreado por lo del castigo de hoy por la tarde.
–Oh, ya veo. ¿De verdad no hay forma de que te saques a la sangre sucia de encima?
–Lo veo difícil.
La cara de Pansy se arrugó ligeramente. Sus líneas de expresión se contrajeron como si algo oliese muy feo delante de ella. Desvió la mirada de los ojos de Draco y se centró en la cama que estaba junto a la de ella. Se golpeaba una rodilla con tres dedos de su mano, de forma acompasada. Malfoy sabía que le molestaba sobremanera que Granger compartiera el castigo con él. Y no era la única, claro. La sola idea de estar encerrado en una sala a solas con Hermione Granger le hacía esbozar una mueca de asco.
–No la aguanto, ¿sabes? –dijo la muchacha, sin despegar la mirada de la cama vecina–. Es tan perfectita, tan desagradable, tan sabihonda… ¡Me encantaría machacarle la cara a golpes!
–No eres la única que no la soporta, Pansy –le replicó Malfoy, observando atentamente cómo la chica se golpeteaba la rodilla de forma mecánica–. Es insufrible, aparte de ser esperpéntica. Además, no sabe escoger bragas. De seguro se las escoge ese traidor de Weasley.
Robarle los chistes a Zabini, que tenía un agudo sentido del humor, ya era una costumbre en Draco Malfoy. Pansy soltó una risita tonta, al mismo tiempo que giraba su cuello en dirección al rubio. Una ráfaga de fragancia dulzona, la misma que reposaba en el velador, le abofeteó la cara con violencia. En más de una ocasión, Malfoy no sólo había olido de cerca aquel aroma, sino que lo había saboreado. A estas alturas, ya le resultaba un poco cargante. Sin embargo, hacer como que le gustaba le ayudaría a llevar a cabo su plan sin mayores problemas.
–Hueles rico, Pansy, ¿es nueva? –preguntó Malfoy, fingiendo sorpresa e intentando captar la atención de la chica. Ella se ruborizó.
–No, Draco, es la misma de siempre –contestó ella, coqueta. Se mordió el labio y siguió hablando–. ¿Por qué lo preguntas? ¿Ya habías olvidado cómo huelo?
–No está de más refrescar la memoria de vez en cuando, ¿cierto, Pansy?
–Y que lo digas, Draco.
La distancia entre los cuerpos de Draco y Pansy se redujo considerablemente. Esta vez, había sido él quien había acortado la brecha. Aquello era bastante curioso en él: nunca buscaba a Pansy, más bien ocurría todo lo contrario. La muchacha no dejaba de golpetear su rodilla, cada vez más rápido. Su respiración se había agitado y el rubor de sus mejillas se había encendido aún más. A Malfoy le parecía que el olor a manzanas lo haría vomitar, pero tenía que contenerse. Tenía que controlar la situación. Era un Malfoy, no podía ceder en algo tan simple como eso. Tenía que aguantar.
–Extrañaba tenerte cerca, Draco –dijo Pansy con voz melosa–. Tu estadía en la enfermería me tenía enferma. Era aburrido no verte en clases. Estaba sólo acompañada de esos patanes y de Zabini.
–Crabbe y Goyle, querrás decir –la cortó Malfoy con sorna. Si bien consideraba que ambos eran un par de inútiles, siempre sido leales. Les tenía estima, aunque nunca lo demostrara–. Ya te imagino caminando del brazo con Zabini. Hacen bonita pareja.
Pansy negó con la cabeza rápidamente, ruborizándose aún más. La estrategia iba de maravilla. Insinuar que Pansy tenía inclinaciones sentimentales hacia otro hombre distinto de Draco Malfoy siempre funcionaba, particularmente si la insinuación provenía del muchacho en cuestión. La sonrisa falsa que le regalaba a su interlocutora estaba cansando los músculos de su cara, que apenas podían mantenerse firmes gracias a lo intoxicado que lo tenía el olor de Pansy. Era empalagoso y tóxico.
–Ni se te ocurra, Draco –le dijo Pansy, indignada–. Zabini es guapo, sí… Pero no tan guapo como tú.
¡Ahí estaba! Pansy terminó de romper la brecha entre ellos y dejó de golpetearse la rodilla. Malfoy sintió cómo la agitada respiración de la muchacha le impactaba el cuello de forma húmeda. El rubio, sin dejar de sonreír, apartó la vista de forma altanera y sintió una mano apoyarse en su pierna derecha. Se notaba que la mano disfrutaba mucho más rodear la carne de Draco que golpetear las huesudas rodillas de Pansy. La distancia entre la boca de Pansy y el cuello de Draco desapareció en un tris: su compañera le plantó un beso en el cuello y, acto seguido, comenzó a succionar de forma sutil la piel que rozaba sus labios. Malfoy sintió cómo la presión de la mano de Pansy sobre su pierna incrementaba, al tiempo que la succión parecía más atrevida. El chico bufó y, de pronto, rodeó la parte trasera del cuello de Pansy con una mano y comenzó a acariciarlo con los ojos cerrados. Sentía el calor de los labios húmedos de la chica en su cuello, adormeciéndolo lentamente. La verdad es que la chica sabía lo que hacía, y a Malfoy no le hacía gracia admitirlo.
–Pansy, yo… –La muchacha lanzó un quejido absurdamente similar a un «¿qué?» mientras seguía con su labor–. Tenía ganas de estar contigo. No aguantaba. No más.
Malfoy sintió cómo la presión en su cuello incrementó, por lo que, en respuesta a eso, apretó fuertemente el de la muchacha, atrayéndola hacia sí. Los dientes de Pansy se clavaron suavemente en la piel de Malfoy, quien gimoteó. A tientas, una mano temblorosa e indecisa de Pansy se echó hacia atrás, palpando el velador. En su búsqueda botó una o dos lociones para el cabello, encontrando finalmente su varita. La muchacha aflojó la presión que ejercían sus labios sobre Malfoy y abrió los ojos de manera perdida: apuntó a la puerta con su varita, sin acertar la primera vez. Al segundo intento, la puerta del dormitorio de chicas se cerró de golpe e, inmediatamente, se oyó un golpe seco. Ahora estaban encerrados.
–Draco, Draco… –musitaba Pansy, mientras alejaba lentamente su boca del rubio–. Te necesito tanto.
«¿En qué mierda te metiste, Draco Malfoy?». La voz de su conciencia lo regañó cuando nuevamente el olor a manzana parecía intoxicarlo. Pero debía seguir. No podía abortar la misión a esas alturas.
–Pansy, me tienes mal –las palabras salían de forma artificial de la boca de Malfoy. El rubio soltó el cuello de la muchacha y, con fuerza, la agarró por ambos lados de la cintura–. Muy mal.
–Ay, Draco… No me digas esas cosas.
–¿Te pusiste ese escote para recibirme?
–¿Tan importante te crees, Draco Malfoy?
–Siempre he sido importantísimo, Pansy Parkinson.
Pansy sonrió, ruborizada. El pecho le subía y le bajaba, producto de su respiración agitada. Ahí estaba el escote de la muchacha, generoso y optimista, intentando captar la atención de Draco. El muchacho, aburrido ya de tanta palabrería, lo miraba con los ojos entornados. «Sí que tiene buenas tetas, ¿eh?» pensó, intentando encontrar razones para hacer lo que estaba haciendo. Pansy parecía ofrecérselas: tenía frente a él, al menos, dos grandes razones. Luego de contemplar el majestuoso escote de Pansy por medio minuto, Malfoy se encargó de apretar más sus manos contra la cintura de Pansy y, finalmente, atraerla hacia sí del todo. Inmediatamente después le plantó un beso descomunal, cargado de falsa pasión y de deseo inducido. La muchacha se descontroló inmediatamente, aplacando quejidos y conteniendo gemidos mientras Malfoy se encargaba de devorar sus labios con una pasión que a ella le parecía de lo más real. A él, ni en lo más mínimo. El broche de oro llegó cuando el muchacho introdujo con habilidad su lengua en la boca de la muchacha, quien dio un saltito y la recibió con la suya; Pansy Parkinson había demostrado ser una experta en el manejo de la lengua. Draco, que era más bien flojo, comenzaba la acción y posteriormente dejaba que ella hiciera todo el trabajo, torciendo la cabeza y el cuello lo menos posible para no acabar con torticolis. El calor de la lengua de Pansy, la humedad de sus labios y el aroma empalagoso de su piel estaba ahogando a Malfoy, quien luchaba contra su voluntad y seguía besándola con una pasión desbocada.
–Oh, Draco… –gimió Pansy, poniendo los ojos en blanco mientras se despegaba un tanto del chico. Los dos halos tibios de aire que emanaban de sus bocas aún no se separaban del todo–. No pares, por favor.
El muchacho obedeció, muy a su pesar, e inclinó a Pansy sobre la cama con una delicadeza extraña en él. Enredó los dedos de una mano en el cabello de la chica e, inmediatamente, comenzó a besarla de nuevo. La misma pasión, la misma falsedad. La muchacha dejaba salir algunos quejidos de agrado mientras sentía el cuerpo de Malfoy apretarse contra el de ella. El muchacho, sin perder tiempo, estiró la mano que tenía libre y apretó uno de los protuberantes pechos de Pansy por encima de la ropa. La muchacha gimoteó y, sin dejar de mezclar su saliva con la de Malfoy, arqueó levemente la espalda para apretar su pecho contra el de él. El rubio seguía jugueteando con la teta izquierda de Pansy, mientras ella gimoteaba de forma ininteligible que quería más. En busca de ello, extendió una mano temblorosa hacia los pantalones de Malfoy. El chico sintió como algo le apretaba donde no debía y, finalmente, comprendió que el momento había llegado.
–Pansy –susurró Malfoy en su oído, después de apartar su boca de la de ella–, quería pedirte algo. En serio.
La muchacha lo miró, extrañada. Con el erotismo de la escena agonizando, Pansy retiró su mano del bulto que se había formado peligrosamente en el pantalón de Malfoy. Los ojos de Malfoy parecían triunfantes, pero algo no calzaba. ¿Por qué había interrumpido todo así?
–¿Qué pasa, Draco?
Malfoy seguía enredando sus dedos con el cabello de la muchacha, esta vez mirándola desde un poco más lejos. Respiró hondo y comenzó a dar el golpe final.
–Quería pedirte algo que me tiene así hace rato. ¿Recuerdas la primera vez que fo…? –Malfoy se percató de inmediato de la mala selección de palabras, por lo que reformuló la pregunta–. ¿La primera vez que lo hicimos?
Pansy asintió, dejando entrever una sonrisita traviesa en sus labios carnosos y levemente hinchados.
–Hay algo que no he podido olvidar desde esa vez, y me gustaría que me lo dieras. Ya sabes, nada especial.
–Ya dime, no te pongas pesado. Además, tenemos algo pendiente…
–Tus bragas. Esas rojas con terminaciones negras. Las quiero.
Pansy abrió los ojos muy sorprendida. ¿Para qué quería las bragas? La chica borró la sonrisa de su rostro e, inmediatamente, frunció el entrecejo. Había dos posibilidades: o Draco estaba mal del coco o quería utilizar sus bragas de trofeo, para así poder alardear con sus amigos que habían follado. En su confusión, giró la cabeza hacia un lado fingiendo decepción y, acto seguido, volvió a dedicarle una mirada llena de extrañeza.
–¿Para qué? ¿Para mostrárselas a tus amigotes, alardeando que pudiste metérselo a alguien como yo? ¡Piérdete, Malfoy!
Que Pansy llamara a Draco por su apellido era siempre una señal de peligro. La muchacha hizo el ademán de abandonar la cama, pero el peso del cuerpo de Malfoy hizo que no pudiera moverse. Para seguir con el plan, Malfoy comenzó a besarle el cuello. Pansy no resistía eso, pero intentó oponerse. El entusiasmo le duró tres segundos, rindiéndose ante la boca de Malfoy quien, un minuto después, le dijo:
–Dame tus bragas, perra.
Cualquier hombre esperaría una bofetada después de aquello, pero no en el caso de Pansy Parkinson. La chica tenía fama de cachonda y no tenía tapujos en serlo. Eso la mataba, y Draco lo sabía. El insulto, además, había sido acompañado de un leve roce del paquete de Malfoy con la entrepierna de Pansy, todo planificado de antemano. La chica respiró hondo de forma dificultosa.
–¡Está bien, está bien! –gimoteó–. Pero sigue, por favor.
–Una cosa por otra, Parkinson –le dijo Malfoy, soltando de pronto el cabello de la chica. Ella bufó–. Ya tendrás lo que quieres. Todo.
La última palabra fue un susurro directo en el oído de la castaña, quien sintió una descarga eléctrica que la recorrió desde la cabeza hasta los pies. Asintió y, después, se levantó de la cama. Abrió su baúl, desordenó un par de calcetines y una blusa y sacó algo en especial. La luz de la mañana que se colaba débilmente por la ventana iluminó unas bragas muy sensuales, de un tono rojo oscuro y terminaciones de encaje negro. El chico rió, las tomó entre sus dedos y la miró. Ella respiraba agitadamente.
–¿Están limpias?
–¡Vete de aquí, Draco Malfoy!
Malfoy salió disparado y, abriendo la puerta a la fuerza, logró salir sin antes ahogar una carcajada.
–¿¡Qué mierda te pasa, Malfoy!?
Hermione Granger estaba roja como un tomate. Su melena castaña y desprolija parecía erizarse como si una descarga eléctrica la hubiese tomado por sorpresa y, además, sus ojos parecían salirse de las órbitas. No podía creer lo que veía. Era impresentable. Era un insulto.
–¿Qué? Es para que cambies tus braguitas de niña de once años. A ver si así por fin Weasley te la…
La cara de Malfoy salió disparada hacia la izquierda, torciendo su cuello de forma brutal. La cachetada que Hermione Granger le propinó fue tan brutal que la mejilla derecha de Malfoy se puso roja de inmediato. La chica, hecha una furia, respiraba de forma acompasada pero agitada.
–¡Métete esas bragas donde mejor te quepan, animal! –gritó Granger, inundando el lugar con una estruendosa voz desmedida–. ¡Pedazo de imbécil!
La cara de Malfoy había quedado levemente adormecida por unos segundos. Una sonrisita maliciosa se volvió a formar en su rostro. Las bragas de Pansy aún colgaban de su mano izquierda, iluminadas por la brillante luz de las velas. El chico hizo caso omiso del ardor que sentía en su mejilla y continuó con su plan.
–Vamos, Granger, que nadie más sabe que te vi las bragas. Estas te sientan mejor: combinan con tu sangre impura.
La muchacha quería abofetearlo de nuevo, pero se contuvo. En lugar de golpear a Malfoy, Granger soltó un gemido cargado de vergüenza y, acto seguido, una lágrima corrió por una de sus mejillas. Derrotada, cabreada y sin ánimos, se agachó para coger el paño, estrujarlo, y dirigirse a un estante para comenzar a quitarle el polvo a los trofeos. La muchacha no habló durante el tiempo que duró el castigo.
Malfoy, entre risas, la observó. Su corazón, de pronto, dio un salto. No podía creer lo que estaba viendo. No quería creerlo.
El humo gris perla había vuelto.
Hermione había ocultado el incidente del castigo a todos sus amigos. Disimulaba muy bien, pero aún se sentía humillada. Al día siguiente se encontraban todos desayunando. Hermione fingía leer El Profeta, mientras que Harry y Ron comentaban lo que sería el próximo partido de quidditch de la temporada: Slytherin contra Gryffindor. La luz tenue del sol de la mañana iluminaba los vasos llenos de jugo de calabaza y, además, auguraba que vendrían días con buen tiempo. De un momento a otro, la falsa lectura de Hermione fue interrumpida por un conocido sonido: el vuelo de las lechuzas. El correo había llegado.
–¡Hermoso, el correo! –exclamó Ron, limpiándose las manos manchadas con pie de limón en la túnica–. Espero me llegue algo.
Pero nada se acercó a Ron. En cambio, una lechuza desconocida –presumiblemente de las lechuzas del colegio– se acercó volando con rapidez hacia Hermione. Aterrizó con parsimonia frente a ella y extendió la pata. Tenía un pequeño paquete envuelto en papel de regalo. En la parte trasera, el paquete tenía pegada una tarjeta. Hermione desató el regalo de la pata del animal quien, luego de picotear los dedos de Hermione, emprendió el vuelo con mucha prisa. El papel de regalo era de color verde.
–¿Qué es eso? –preguntó Harry, interesado.
–No lo sé.
–No será de tus padres, ¿verdad?
Hermione negó con la cabeza. Temblorosa, quitó la tarjeta y la leyó mientras mordía su labio inferior con nerviosismo.
«Granger,
A ver si cambias de opinión. Pregúntale a Weasley si le agradan.
Saludos,
D.
PD: Están limpias, no seas desconfiada.»
La muchacha escondió la tarjeta dentro de la túnica lo más rápido posible.
«Eres un verdadero hijo de puta, Draco Malfoy».
