Disclaimer: Digimon no me pertenece. La idea original de la historia pertenece al programa español Gran Hotel.

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III

—No —dio un paso hacia el frente y cerró la puerta tras de sí—. Lamento haberte mentido, pero tienes que escuchar.

—No quiero escuchar nada, ¿no me escuchaste? —Hikari infló sus mejillas por el descontento que rodeaba su cuerpo y estómago. Se sentía mareada.

—El camarero al que despidieron por pelear con su hermano, Yamato Ishida, es mi hermano —Hikari abrió sus ojos como platos—. Por eso mentí, necesito saber respuestas pues su desaparición —despido— lo que sea me parece muy sospechoso. Necesito saber dónde está mi hermano. Lamento haberle mentido, en serio.

—Yamato y mi hermano se habían llevado perfectamente desde que ingresó al hotel, parecía ser el único que lo podía hacer reír desde la muerte de mi padre. No entiendo como terminaron peleando. Algo debió suceder mientras me ausenté.

—¿Cree poderme ayudar a descubrir que sucedió? —dio un paso más hacia Hikari, esta se tensó.

—No veo porque debería ayudarte, después de tus mentiras ¿cómo puedo confiar en ti?

—No tiene que confiar en mí, no lo merezco —se agachó hasta tocar el suelo, haciendo una reverencia exagerada. Hikari sonrió—. Pero puedo tener el pequeño grano de esperanza de que le cayera bien y se aventurará conmigo a descubrir un misterio.

—Lo pensaré. —Hikari se levantó de su asiento y caminó hacia él—. Ahora ponte de pie, te ves ridículo así —obedeció—. Sora debe estar furiosa contigo.

—Lo está —asintió—. Esta mañana estaba seguro que terminaría con mi vida. Sus ojos matan —caminó hasta la puerta de la habitación—. ¿Nos estaremos viendo?

—Dado que trabajas aquí y yo vivo aquí, supongo que es inevitable —ambos sonrieron—. Takeru —se volteó una vez más, para mirarla—, hablaré con mi hermano —él asintió y se retiró.

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—Pero, ¿qué se supone que es lo que estás haciendo? —Mimi entró a su habitación, después de desayunar. Le había parecido extraño que su marido, Jou, se hubiera excusado. A su tía pareció no parecerle importante, pero a ella le había parecido sospechoso. Ahora lo tenía frente a ella, agachado, empacando sus ropas.

—No tienes que seguirme, querida —la miró y se acomodó sus grandes antejos, subiéndolos por el rabillo de su larga nariz—. Pero yo estoy cansado de todo, especialmente de tu tía, parece no tenerme respeto —cerró su maletín, poniéndose de pie.

—No puedes hacer eso, ¡no puedes abandonarme! —a Mimi se le llenaron sus ojos de lágrimas, mientras seguía a su marido por la salida de su habitación. Mimi siempre había sido escandalosa, no le apenaba en lo más mínimo llamar la atención de los huéspedes, su vida era más importante.

—Estás en total libertad de seguirme, me iría con mis padres, seguro me necesitan —dijo el duque, sin mirar a la castaña—. Pero no puedo obligarte.

—Pero he vivido en el Gran Hotel toda mi vida —sus llantos no cesaban, ambos se acercaban hasta el ascensor—. ¡Esta es mi casa!

—Por eso mismo no puedo obligarte a seguirme, sería muy egoísta de mi parte —se bajaron del ascensor, llegando a la segunda planta del hotel. Únicamente las escaleras principales los separaban de la salida del lujoso hotel. Mimi no había parado de llorar en todo momento, no podía soportarlo. Ella si era egoísta, lo aceptaba, por eso no iba a permitir que la abandonara.

—Por favor —lo tomó de la manga, más Jou no se dio cuenta de esto. El alto hombre se dio una vuelta para enfrentarla, sin embargo, no se percató que Mimi estaba un paso al frente. Todo fue veloz, a penas la tocó pero fue suficiente para que la castaña callera por las escaleras, quedando inconsciente en el último nivel.

El duque Kido quedó pasmado al ver a su mujer caer por las escaleras. Corrió hasta ella y comenzó a gritar, exigiendo que llamaran a un médico.

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—Hermano, hermano abre la puerta por favor —ya pasaban de las dos de la tarde, y según varios camareros, el heredero Yagami no se había levantado de su cama, no había bajado a desayunar y ni siquiera había pedido servicio a la habitación. Era algo fuera de lo común en él, que priorizaba la comida ante todo.

Por fin la puerta se abrió, mostrando a un Taichi despeinado y con grandes ojeras. Era obvio que tras su aparición en el gran salón la noche anterior había proseguido a seguir bebiendo. Antes de la muerte de su padre, Taichi no era así. Era deportista, era responsable. Siempre había sido cabezota y terco, eso sí. Pero nunca un desubicado, parecía ser el perfecto heredero, hasta ese momento.

—Hermana. —Su aliento apestaba a alcohol, notó una botella de whiskey en su mano. Hikari frunció el ceño—. ¿Qué te trae por aquí, futura señora de Ichijouji? —sus palabras dolían, hablaba con sarcasmo. Él siempre había tenido en un altar a Hikari, especialmente de pequeña cuando era enfermiza. Con Ken no tenía la mejor relación, al sentir que éste quería ganarse el puesto de director del hotel cuando, por sangre, le pertenecía a él. Al final lo había conseguido, eso y la mano de su pequeña hermana.

—Has estado bebiendo. —Hikari entró a la habitación de su hermano y la encontró hecha un chiquero. Todo estaba fuera de su lugar, incluso encontró una lámpara rota. Supuso que la habría golpeado al enterarse de su compromiso. De pronto, Hikari pudo sentir que el anillo que llevaba en su mano izquierda, específicamente en el dedo anular, pesaba.

—¿Ahora te crees el detective Izumi? —Taichi se sentó en la silla más cercana y le dio un largo trago al whiskey, directo de la botella.

—Antes no eras así —Hikari parecía estar a punto de echarse a llorar, pero se lo aguantó, con un nudo en la garganta.

—Antes mi hermanita no estaba comprometida al peor hombre en el Digimundo, en todo Japón —contestó, con una sonrisa sarcástica. Hikari respiró profundo, se sentó a un lado de su consanguíneo.

—Sabes que no tenía opción —señaló en volumen apenas audible.

—Sí, si que la tenías, Hikari. —Su hermano la miró a los ojos, con sus ojos cafés enrojecidos por la falta de sueño y el exceso de alcohol—. Pero decidiste hacerle caso a madre —la aludida suspiró, le dieron ganas de arrebatarle la botella a su hermano y ponerse a tomar. Pero no iba a caer tan bajo, no aún.

—Tú no lo entiendes, hermano. No es tan sencillo —Taichi estaba a punto de contestar, pero la menor lo detuvo—. Pero no es por eso que estoy aquí.

—¿Entonces? —alzó ambas cejas, curioso. Ya no era tan notorio como antes, pero en la mirada de su hermano aún podía identificar sus ganas de saber. Siempre había sido una persona curiosa, traviesa.

—¿Recuerdas a Yamato, el camarero? —Hikari sabía que Taichi si lo recordaba, pero más valía tocar ese terreno de manera cuidadosa. No quería que su hermano se molestara con ella, lo necesitaba de su lado. Al mayor se le empalideció su morena piel, dio otro trago al licor y miró hacia otro lado. Parecía estar meditando la pregunta.

—Claro que lo recuerdo —contestó simplemente. Hikari se acomodó en su asiento, comenzaba a sentirse nerviosa sin saber por qué. Sintió que su familia tenía más secretos de los que demostraban al exterior, incluyéndola.

—¿Sabías que lo despidieron? —Su voz era suave, cuidadosa con las palabras que elegía. Observó como Taichi se tronaba el cuello, girándolo primero a la izquierda, después a la derecha.

—Lo sabía. —Taichi enfocó sus oscuros orbes color chocolate en su hermana menor—. ¿A qué viene todo esto, por cierto? En verdad te estás pareciendo al detective Izumi —Hikari se mordió la lengua, pensando en su siguiente pregunta. Su hermano era el único en quien podía confiar y que la pudiera ayudar en su labor de descubrir ese misterio, tal y como se lo había prometido al rubio Takaishi.

—Solo quiero saber la razón de su despido —respondió, inocentemente—. Hacía bien su trabajo, se me hace extraño que antes de que me fuera estaba aquí y ya no. Creí que podrías saberlo.

—¿Y de cuándo acá te interesa tanto Ishida? —Su hermano contraatacó con otra pregunta, Hikari se tensó.

—No me interesa —mintió—, es simple curiosidad.

—Pues no, hermanita. —Taichi se levantó de su asiento, estirándose—. No tengo idea de porque despidieron al rubio. Tú sabes que me simpatizaba —y era verdad, lo hacía—. Ahora, si me disculpas, tomaré un baño.

—Entiendo —la menor le regaló una sonrisa forzada, no sabía porque pero sentía que su hermano le estaba ocultando algo, como todos hacían últimamente—. Hasta luego.

Hikari salió de la caótica habitación de su hermano mayor y supo que tendría que buscar a Takeru, para informarle que no había logrado obtener ningún tipo de información sobre el paradero de Yamato. Parecía ser que su única esperanza sería Sora, seguro ella estaba enterada de todo. Antes de que la menor de los Yagami volviera de Tokio, recordaba que Yamato y Sora eran cercanos, como lo eran la pelirroja y su hermano antes de que el último creciera.

—Hija —Hikari estaba tan perdida en sus pensamientos que no se percató del momento en que chocó con su progenitora. A Yuuko Yagami se le veía pálida, con cara de susto.

—Madre —le sonrió, intentando relajar el ambiente—, ¿sucede algo?

—Sí —la susodicha la tomó de los hombros, a Hikari se le cerró la garganta—. Mimi ha tropezado por las escaleras y está inconsciente.

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—¿Siempre está tan lleno? —Takeru e Iori caminaban por las habitaciones del tercer piso, recogiendo de una en una los restos de comida en las bandejas de plata en las que todos los huéspedes comían. Cuando decían que la gente más importante de todo Japón se codeaba en ese lugar, no mentían.

—¿El hotel? —el rubio asintió. Iori era serio, mucho más serio que Takeru. Pero los pocos días que llevaba en el Gran Hotel le habían servido para encariñarse con el menor—. Sí, la gran mayoría de las veces lo está.

—Deberían contratar más gente, estoy exhausto —Takeru paró junto con el carrito dónde acumulaban las bandejas de plata para llevarlas a la cocina.

—Si contrataran más gente, nos pagarían menos —explicó Iori, con lógica.

—Tiener razón —pero no pudo decir más, pues en ese momento vieron pasar a Yuuko Yagami junto con su hija menor. Takeru y Hikari cruzaron miradas, el rubio supo que entendió su mirada inquisitiva cuando ella negó con discreción. Taichi no le había resuelto nada.

—Takeru. —Iori lo miraba, expectante.

—¿Sí?

—¿Acaso la señorita Yagami te estaba mirando? —lo decía con seriedad, no a modo de burla como hubiera preferido. Tosió con dramatismo.

—Claro que no Iori, que barbaridades dices —Comenzó a caminar, con el castaño tras él—. Ahora, date prisa que ya pronto es hora del almuerzo —intentaba sonar despreocupado, sin embargo, su mente estaba en otro lugar, pensando en su hermano. No había otra opción, debía acudir a Sora para conseguir respuestas.

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Hikari y Yuuko Yagami llegaron a la habitación de Mimi y de Jou lo más rápido que sus pies les permitieron. La encontraron en cama, despertando. Jou estaba caminando en círculos, desesperado.

—¡Prima! —la menor acudió con la aludida para abrazarla, sin embargo Jou la detuvo.

—Aún está muy débil, Hikari —explicó. En ese momento llegó el doctor del Digimundo, un señor alto y mayor que Yuuko de apellido Oikawa.

—Señor Oikawa, que gusto que haya llegado tan rápido —exclamó con entusiasmo la señora Yagami. Yukio Oikawa había sido el mismo hombre que escribió el acta de defunción de Susumu Yagami, un hombre muy cercano a su familia.

—Ya sabe que, para mí, la familia Yagami siempre será una prioridad —sonrió, a Hikari le recorrió un escalofrío por la espalda. Siempre le había parecido aterrador ese personaje, sin importar lo cercano que fuera a su familia—. Ahora, si me permiten, debo revisar a la paciente.

Jou, Hikari y Yuuko salieron de la habitación, dejando a Mimi y a Yukio solos. Se podía sentir el nerviosismo en el pasillo, de no ser porque Mimi se encontraba encinta no habría mayor problema en la caída, pero lo estaba y la vida del nonato corría peligro.

—Acabo de enterarme —Ken explicó, con voz agitada. Parecía que había corrido para llegar al sexto piso—. Espero no sea nada grave —sus oscuros ojos brillaban, parecía sincero.

Pasaron varios minutos cuando Yukio abrió la puerta de la habitación, todos se voltearon, esperando respuestas.

—La señorita Mimi ha solicitado la presencia de su tía —anunció el hombre pálido de alta estatura.

—¡Pero yo soy su marido! —Se quejó el anteojudo—. ¡Yo debería ser el que pasara a verla primero!

—Ese no es mi problema —atacó Oikawa. Jou se quedó callado, cruzado de brazos—. ¿Señora? —Yuuko asintió y se adentró a la habitación, para encontrar a Mimi derramando una cantidad de lágrimas que podía llenar cualquier río. Temblaba, su tía pensó lo peor.

—¿Qué ha sucedido? —la voz de la señora Yagami era apenas audible, se acercó a su sobrina y le tomó la mano, volteándose hacia Oikawa.

—Me temo que no tengo buenas noticias —se aclaró la garganta, Mimi seguía sollozando—. La señorita Tachikawa ha perdido a su hijo —los ojos de Yuuko se abrieron como platos, comenzó a marearse.

—No es posible… —soltó la mano de la menor, ocupando ambas de sus manos para cubrir el asombro en su rostro.

—No es todo —continúo el médico—, la caída también le ha vuelto estéril.

Yuuko Yagami se sintió desvanecer, todo estaba perdido.

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Takeru Ishida se adentró a los dormitorios de mujeres, asegurándose de que la gobernanta Takenouchi no estaba en ningún lugar visible. Le habían informado que Sora estaba en su alcoba, con Miyako. El rubio no sabía quién era la tal Miyako, pero Iori le contestó que se trataba de la compañera de alcoba de Sora, la chica de cabellos violetas. Takeru era alguien muy observador, y notó que Iori se ruborizó al hablar de la desconocida. Después tocaría ese tema con el castaño.

—Me lo has dicho incansables veces, Miyako —reconoció la voz de Sora, se intentó volver invisible recargándose contra la pared—. Y, la verdad, ya no te creo.

—Pero esta vez en serio, fue la última vez. —¿La última vez de qué? Se cuestionó Takeru, poniendo atención—. Además, ya está comprometido —notó como la voz de Miyako se cortaba al decir eso.

—Y me siento muy mal por la señorita Hikari —escuchó a la pelirroja suspirar tras decir eso—. Ya te lo he dicho, Ken no es buena persona.

—No lo será contigo, pero a mí me trata fenomenal —Miyako comenzó a llorar, suavemente.

—Deja de llorar, Miyako —la voz de Sora se suavizó inmediatamente, Takeru supuso que la estaría abrazando—. No vale la pena.

El rubio se tensó al notar que la alta joven con largos cabellos púrpuras salía de su habitación. Genial, era su oportunidad perfecta para comenzar a hacer preguntas. Tocó la puerta con suavidad, no quería parecer molesto tampoco, esa no era su intención. Aunque pareciera alguien dura, Takeru sabía que muy en su interior Sora se trataba de alguien dulce.

—Pasa —obedeció, para encontrar a Sora sentada en su cama, con una fotografía en sus manos. Notó que sus ojos estaban cristalinos, quizá la conversación con Miyako la había dejado sensible. Vaya, hasta a él lo había dejado sensible—. ¿Qué haces aquí? —La pelirroja escondió inmediatamente la fotografía debajo de su almohada y se tornó dura, como era normalmente.

—Venía a hacerte compañía. —Takenouchi alzó una ceja, sin parecer convencida. Takeru suspiró, dándose por vencido—. Bien, esperaba que quisieras hablar sobre mi hermano.

—En dos días de estadía me has causado más problemas y dolores de cabeza que los demás trabajadores en años —su voz era dura, pero sus ojos seguían sensibles. Takeru supo que seguía con sus barreras bajas—. Ya te lo he dicho, no hay nada que decir sobre Yamato.

—Siento que estás guardando algo, y no es que desconfíe de ti —tomó asiento a un costado de ella, sin importar parecer un confianzudo.

—Debes dejar de hacer preguntas sobre tu hermano, Takeru. —Sora jugaba con un broche entre sus manos, se le notaba nerviosa—. No querrás que te acuse por tu comportamiento de anoche. —Takeru sonrió, burlón. Le había parecido fenomenal hacerse pasar por uno de los clientes, sin contar que pudo conocer a Hikari y descubrir que era alguien fascinante.

—Si quieres, puedes hacerlo —se encogió de hombros—. Vine a este lugar para conocer el paradero de mi hermano. Me encuentro con que todo parece ser mucho más sospechoso de lo que llegué a imaginar. Debes entender, Sora —la miró directamente a los ojos, ella no despegó la mirada—. ¿Qué harías si tuvieras un hermano, un único hermano y este estuviera desaparecido?

Sora suspiró, parecía entenderlo.

—Bien, te diré. —Tekeru abrió sus ojos, esperanzado—. A Yamato lo despidieron por…

—¡Sora! —La voz de Toshiko Takenouchi se escuchó del otro lado de la alcoba, Takeru entendió las señales de Sora y se escondió debajo de su cama.

—¿Qué sucede, madre? —se apresuró a abrir su puerta, para encontrar a Toshiko con un semblante preocupado.

—Debes subir inmediatamente —suspiró profundamente antes de continuar—. Han encontrado a alguien asesinado en los jardines.


Notas

Ah, me encanta el ritmo que está tomando esta historia, espero que a ustedes también. Quiero agradecer a mis fieles lectores SkuAg, LeCielVAN y Chia S.R. por leer, sin ustedes no me darían ganas de continuarla.

Por favor hagan su buena labor del día y si llegaron hasta aquí, déjenme un review.

Intentaré seguir actualizando cada quince días, como he estado haciendo.

Por cierto, sé que deberían dormir en Tatami, pero necesitaba que fueran camas occidentales. Que pecado el mío.

¡Nos leemos!