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Disclaimer: Los personajes de Fate no me pertenecen.
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Abaddon dewittD
El tesoro más valioso
¿Qué le regalas a un hombre que lo posee todo? La pregunta complicada irrumpió en su tierno pensamiento, la verdad es que a su edad, un infante debería hacer manualidades con macarrones y pegamento, pero vamos ¡Su padre era el rey Gilgamesh!, poseía tesoros que jamás un hombre podía haber siquiera contemplado, si le hubieran dicho que era el cumpleaños de su madre, Arturia Pendragon, habría sido más fácil, porque ella se encantaba con todo lo que le regalaba, desde un dibujo mal hecho con crayones, hasta un porta lapiceros hecho con tubos de papel higiénico y crepe. Entonces ahí estaba, la princesa Anika, o «pequeña mocosa» como la llamaba su padre, devanándose los sesos para visualizar un regalo para papá, en dos días sería su cumple años numero tres mil trescientos cuarenta y tantos, y debía ser especial, primero, porque era el octavo año de «casado» con su madre, y segundo porque el día anterior la había llevado a Disney, aun que todo el camino se la pasara quejándose sobre lo horroroso que era que él, el rey de todo, estuviera caminando entre la pestilencia mundana, pero nadie elige a sus padres ¿verdad?.
Se tumbo en el amplio sofá de la sala principal y miro el ostentoso techo de su «pequeña casa» la concepción de Gilgamesh sobre pequeño, distaba mucho del que tenía su madre. Medito por un tiempo descartando toda idea, incluso la de ir a ganar el santo grial para él, porque Saber ya se lo había dejado bien claro a punta de Excalibur, literalmente; una sola insinuación de querer comenzar una guerra por esa cosa, y el castigo le duraría hasta que Gilgamesh dejara de ser un arrogante excéntrico y psicópata, Anika comprendió el punto, si había algo peor que la espada Ea de papá, eso era ver a mamá enojada, comenzaba a frustrarse, ¿Por qué ella no era como los niños normales?, bueno no era tan malo tener a los padres más poderosos del mundo, sin contar que papá le cumplía los caprichos a placer solo para no verla hacer un berrinche, dando como resultado que sus cumpleaños fueran los más estrafalarios y caros, porque la hija de un rey, merecía todo, aun que Saber resoplara molesta por ello.
Anika básicamente era eso, un perfecto equilibrio de ambos padres, era altanera, orgullosa, tenaz y sabía imponerse con autoridad, aun que algunas veces pecara de arrogancia, y pensaba que el mundo le pertenecía…
—¿Y tu madre? —la voz de Gilgamesh resonó en sus oídos y Anika se levanto estrepitosamente
—Dijo que pasaría a la casa de los Emiya —contestó con voz modulada y firme.
Si, se sentía orgulloso, aun que no lo demostrara, porque esa pequeña fierecilla había heredado el temple de la mujer que adoraba, tal vez le desagradaba un poco que fuera a veces una mocosa llorona, o que fuera frágil debajo de esa capa de determinación tan de ella, pero esas eran nimiedades, suspiro cansado, estaba exhausto aun que no sabía la razón, contemplo por un momento la pequeña figura que esperaba alguna clase de respuesta. Gilgamesh medito antes de llegar a una conclusión.
—Ve por tu abrigo, vamos a salir.
La tierna carita se ilumino de felicidad, y por momentos el rey de los héroes, se arrepintió de su decisión. ¿A dónde irían?, tal vez al parque acuático… o de compras, Anika era una mujer, y las mujeres siempre amaban salir a comprar. Tomaron un deportivo de color rojo ¿cómo no?, y se dirigieron a donde fuera que su instinto los llevara. No hablaron de nada, la verdad es que ninguno de los dos era muy hablador, Gilgamesh prefería el silencio y Anika también, bueno tenían algo en común más que solo el lazo sanguíneo. Se detuvieron primero en un restaurante porque el estomago de la niña comenzó a tronar, y aquel no era un sonido muy agradable para su padre.
Anika era celosa, y mucho, fulminaba con la mirada a las mujeres que observaban con descaro e interés al joven rey, ¡malditas arpías! Apretó el tenedor y Gilgamesh ahogo una ligera risotada, era una leona, como su amada Saber.
—Uhm… —dudó un momento —Padre —mascullo pero su voz se volvió un hilo indescifrable
Gilgamesh se dirigió a ella con una ceja enarcada —¿Hun?
—¿Alguna vez hubo algo que no pudieras tener? —la pregunta fue extraña y nostálgica a la vez, Gilgamesh sin embargo se mantuvo estoico.
—Bueno la verdad no recuerdo —claro que recordaba, y aun tenía las cicatrices grabadas en la piel, pero ese no era un tema adecuado para una niña de siete que seguramente pensaba en un pony y un castillo rosado.
—Oh —formo la vocal en sus labios y continuo con su torta de chocolate, hasta que otra pregunta embargo su mente —Padre… ¿Cuál es el tesoro más valioso que tienes?.
El rey sonrío a medias, la respuesta era obvia, el mayor tesoro era su esposa… si, ella, esa era la respuesta, pero era demasiado orgulloso como para decirle con palabras que no sonaran tan cursis, que Arturia Pendragon era la más valiosa de sus posesiones, tal vez mentir un poquito no sería tan mala idea.
—Ea —dijo adusto —Hoy estas demasiado preguntona —chasqueo la lengua y la niña volvió a su mutismo.
Anika entonces sabía que debía encontrar algo más valioso, más fantástico y más inmenso que Ea, llegando a casa, la niña desapareció para escabullirse hasta la inmensa biblioteca de sus padres, mientras Gilgamesh se retiraba a su despacho personal, ya fuera para beber un poco o solo tumbarse a sus anchas en el sofá, después de un día cansado con su pequeña leona, hasta que claro, su instinto macho lo llevo hasta la cocina donde su reina se estaba preparando un aperitivo, las sonrisas cómplices y serenas entre ambos lo decían todo.
Anika devoraba los libros esperando encontrar algo, sus lecturas aun que cansadas, dieron en el clavo, lo había encontrado, si el tesoro más grande jamás visto, aun más que el santo grial, o que Excalibur y Ea juntos, ¡y ella lo conseguiría en dos días para papá!, escucho los pasos calmos y firmes de su madre acercándose, Anika arranco un par de paginas del libro y lo devolvió a la estantería, saber enarco una ceja cuando la encontró batallando por bajar de las escaleras.
—Ani… —susurro con esa manera suave y dulce que solo su madre ofrecía para ella, haciéndola sentir especial. —Es hora de ir a dormir, anda, no quieres que tu padre se ponga como una bestia si no vas a la cama —la invito a ir a ella con los brazos extendidos y Anika corrió hasta Saber afianzándose a su vestido, inhalando el aroma fresco.
Caminaron entre los pasillos de su casa y llegaron a su habitación, Gilgamesh las esperaba de brazos cruzados y con el rostro aburrido, a veces era como si estuviera obligado y no fuera bajo su voluntad, pero cuando le revolvía el cabello y le sonreía, no existía palabra u otro gesto, que le demostrara a la pequeña princesa que papá era el mejor.
La mañana siguiente la casa de Gilgamesh era un caos, Saber amenazaba con destazar a quien fuera si su retoño no aparecía y Gilgamesh por más sorprendente que pareciera, ya había abierto la puerta de babilonia para comenzar una guerra contra quien fuera, el humor de ambos servant no era para nada estable, pensaron en algunas familias relacionadas a la guerra del grial, o quizá en algún servant que buscaba venganza, pensaron en todo y en nada a la vez, era frustrante porque no había huellas del crimen, solo la cama perfectamente tendida y el león de peluche de Anika sobre la cama. Uno de los sirvientes llego a donde Gilgamesh, arrodillándose y oscilando con violencia por el temor producido por esos ojos bermellón que lo estrujaban.
—La han visto en Israel —mascullo temeroso.
—¡¿Israel?! —Saber entró a la habitación y Gilgamesh la fulmino con la mirada, no había que decir más, el Rey de los héroes se desvaneció en su manera característica volviéndose polvo dorado.
Encontrarla era fácil, o eso pensaba el rey dorado, la verdad es que entre el estrés de no haber pegado un ojo en toda la madrugada y la angustia de su leona por saber dónde estaba su cachorro, no era algo sencillo de manejar, ser padre y tener una familia era peor que jugar en la guerra por el grial, camino en las calles del ultimo lugar donde la habían visto, pero no la encontró.
Finalmente en uno de los oscuros callejones, alcanzo a escuchar un sollozo igual de fastidioso y ridículo que el de su pequeña leona, se acerco y observo a un trio de hombres rodeándole, las amenazas eran desde venderla, hasta el horror de usarla, después de todo, nunca se habían encontrado con la gracia y belleza de una pequeña de aspecto escandinavo y ojos carmesí, la niña aun entre el hipo y el llanto los amenazaba, era fuerte, valiente, algo estúpida tal vez, pero valiente y eso bastaba para hacer que el rey dorado se sintiera afortunado de que ella fuera su progenie. Antes de que uno de esos cerdos le pusiera una mano encima, Gilgamesh ya le había cercenado los brazos, dejando que los otros dos se horrorizaran, el gesto de Gilgamesh era sombrío, ¡un demonio!, gritaron los otros dos, y descargaron todas sus balas sobre el rey, pero estas fueron rápidamente interceptadas por las armas de Gilgamesh, los pozos dorados resplandecían con intensidad y dejaban ver el amenazador filo de sus armas.
—Arrodíllense, perros bastardos —cruzado de brazos e imponente como un dios.
Pero el hombre a veces era idiota por naturaleza, y ellos eran la clara prueba, de cualquier manera Gilgamesh ya los había sentenciado por decreto divino, y Enkidu salio de las entrañas de la tierra para atarlos y arrastrarlos a esta, tragándolos, dejando solo un rastro de sangre, mientras Anika se ocultaba detrás de un barril, el fulgor dorado se extinguió, pero su padre aun mantenía puesta la armadura.
—Sal de tu escondite mocosa, ya se han ido —bufo con molestia y Anika se asomo tímidamente.
—Padre —mascullo sin tener valor de enfrentarlo.
Gilgamesh se acerco y se coloco en cuclillas para estirar la mano y ofrecérsela —¿Te lastimaron? —hubo algo en esa pregunta que la conmovió, Anika negó con la cabeza pero los ojos le ardían y comenzó a llorar, fue raro, demasiado raro, normalmente cuando lloraba Saber estaba ahí para consolarla, abrazarla y decirle que todo estaba bien, pero esas eran mariconadas desde el punto de vista de Gilgamesh, o lo eran… porque al verla en peligro, al saber que podía perderla, el rey se sintió impotente, y solo las ganas de estrecharla contra su pecho fue lo único que existió.
—Tenía mucho miedo —dijo acongojada y jalando los mocos que causaban un sonido desagradable para el rey, que por más rey que fuera, no lo evito.
Y ahí estaba, el supremo señor del mundo, el hombre que lo tenía todo, el arrogante y necio, estrechando a la criatura contra su pecho, y calmándola con su presencia, Anika se sintió protegida aun más que con su madre.
—Fuiste muy valiente —susurró —Pero… ¿En qué mierda estabas pensando mocosa del infierno? —la reprendió aun que sus palabras tremolaron
—Es tu cumpleaños y leí que había un arma llamada Longinus —musito hipando —Quería regalártela, es el único tesoro que te falta ¿verdad papá?
Gilgamesh suspiro, la separo de él y la miro con determinación y cierto dejo de enojo, pero orgullo, mucho orgullo, no solo era valiente, y temeraria como la leona mayor de la familia, Anika era una niña bondadosa capaz de hacer cualquier cosa por él, el pedante padre que apenas le prestaba un poco de atención y llegaba a menospreciarla por su condición de mujer. Le revolvió el cabello y se levantó.
—La verdad, es que si tengo esa arma —suspiro ¡por todos los dioses! Cuando Gilgamesh decía que era dueño de todos los tesoros del mundo, ¡es porque así era!.
Anika contrajo el gesto decepcionada, pero la mano de su padre le revolvió el cabello. —Y no es tan valiosa como dicen los libros —bufo y le sonrió, la niña se sintió otra vez segura y plena.
—¿Entonces, qué le puedes dar a un hombre que lo tiene todo? —la suspicacia de Anika era a veces increíble, Gilgamesh frunció el entrecejo antes de contestar, después de todo, no había nadie que pudiera ver la debilidad del gran rey en ese lugar.
—Tú —contestó y tomo la mano de su hija apretándola —Tú eres el tesoro más valioso —suspiró y comenzó a caminar jalando a la niña.
El rostro de Anika se ilumino, allí estaba la respuesta, no había arma, piedra o meta precioso, que lograra competir con la familia de Gilgamesh, porque después de pasar toda una vida recolectando los objetos más valiosos, la verdad era, que para un hombre roto como Gilgamesh, el tesoro más valioso no estaba en su puerta de Babilonia, el tesoro más valioso estaban en los ojos rubí de Anika y los ojos verdes de Saber.
