Para Mariana. No soy buena con el fem, espero que te guste guapa.

Hay días en los que Sansa no puede ocultar su tristeza. Se pasea por los pasillos de la fortaleza roja como un alma en pena, rezando por no toparse con nadie de la familia real. O con nadie con que el que se vea obligada a fingir o a ser demasiado cortes. O sea, no puede toparse con nadie. Es por eso que la mayoría de esos días fatídicos prefiere quedarse en su habitación y decirle a las sirvientas que se siente indispuesta, que por favor se retiren. Y, gracias a los dioses, nadie la molesta. Aunque claro, no lo hace seguido, o si no la Reina Regente notará su ausencia. O su hijo lo hará, y la sola idea de ello hace que Sansa tiemble un poco.

Pero ese día en particular no tiene ganas de moverse. Puede tener un poco que ver con que le haya llegado la sangre el día anterior, no está segura. Lo único que sabe es que no quiere hacer nada de nada, excepto regocijarse en su propia angustia. Ya le ha dicho a la servidumbre lo que les dice siempre, por eso es que se sorprende cuando alguien toca a su puerta suavemente.

-¡Sansa, querida!

Es la inconfundible voz de Margaery Tyrell, musical y alegre. Se levanta con lo que le queda de ánimo. Su voz es casi inaudible.

-¿Si?

-Me han dicho que esta indispuesta, quería saber cómo te sentías.

-Emm, estoy bien. Sí, estoy bien.

Margaery debe haber notado su titubeo, porque no se demora en preguntarle si puede entrar. A Sansa no le queda otra que dejarla pasar. Se sientan ambas en la cama, se miran. Margaery no dice nada, mientras le acaricia suavemente el brazo. Murmura algo parecido a pobrecilla. Se quedan así mucho rato, hasta que Sansa siente un impulso repentino y le abraza. Las lágrimas caen salvajes y descontroladas.

Margaery se aparta de Sansa, cuando ya la Stark ha dejado el llanto. Le aparta un mechón de la cara. Pone sus labios carnosos, sobre los pequeños de ella, solo por un segundo. Ambas se sonríen, timidas.