Esta novela no es mía es de la autora Kinley Mcgregor llamada "Dueño del deseo", adaptada a Inuyasha que tampoco es mío es de la gran Rumiko, y todo es sin fines de lucro.

CAPÍTULO 2

Las primeras horas del alba encontraron a Kagome ante el tocador, con su hermana, mientras terminaban de empaquetar sus cosas. Aún se sentía embargada por el aturdimiento; después de todo, por primera vez en su vida, iba a abandonar su hogar.

— No puedo creer que te vayas a ir dentro de unas horas —susurró Kikyo, con voz llorosa.

— Ni yo —suspiró Kagome —. Sé que debería tener miedo, pero…

— Estás entusiasmada —terminó Kikyo en su lugar—. Yo también lo estaría. Imagínate —echó un vistazo a los muros tapizados que las rodeaban—, dejar este lugar durante todo un año. Sé lo mucho que siempre has deseado hacerlo.

Kagome asintió, sintiendo que su corazón latía con fuerza ante el mero pensamiento.

— Siempre creí que sería mi marido el que me sacaría de aquí. Pero me temo que me falta tu valor para desafiar a nuestro padre.

El rostro de Kikyo se transformó en una máscara de horror.

— Debes sentirte agradecida por tu buen juicio. Te confieso que creí que padre nos mataría cuando nos descubrió.

Kagome sabía a ciencia cierta lo que quería decir. Su madre y sus dos hermanas mayores habían muerto durante el alumbramiento, y desde que su hermana Eri falleciese nueve años antes, su padre había jurado que ningún hombre acabaría con la vida de otra de sus muchachas.

De ese día en adelante, había cerrado sus puertas a cualquier hombre que pudiese ser un pretendiente, obligando a su hermana Kanna a ingresar en un convento para escapar de su vigilante mirada.

A Naraku únicamente se le había permitido entrar porque su padre había asumido que, tanto Kikyo como ella, jamás habrían encontrado atractivo al barón. En verdad, Kagome no sabía qué había logrado que su hermana se sintiese atraída por él, aparte del hecho de que no estaba casado.

Naraku era un oso. Tenía un rictus cruel en los labios, y parecía divertirse intimidando a todos aquéllos que lo rodeaban. En muchas ocasiones le había confiado a Kikyo sus pensamientos, pero ésta los había desechado, tratándola de tonta y diciendo que Naraku la trataba tan sólo con la mayor de las consideraciones.

No obstante, Kagome no podía desprenderse de los recelos que le inspiraba el hombre.

No tenía la menor importancia. Kikyo estaba resuelta a conseguir un marido, y Naraku parecía decidido a hacerse con la propiedad de la dote de Kikyo, que rodeaba la suya propia a las afueras de York.

Kikyo extendió la mano para acariciar la de su hermana.

— Sé que padre a veces se muestra muy difícil. Pero es únicamente su amor por nosotras lo que le hace mostrarse tan protector.

— Nos ama tanto que nos trata como si fuésemos pájaros en una jaula: encerrados en su prisión con la constante esperanza de escapar.

Kikyo apretó su mano.

— Es un hombre rudo e inflexible, pero tiene un buen corazón. Eso no puedes reprochárselo.

Kagome arqueó una ceja ante las palabras de su hermana.

— ¿Y eso lo dice la mujer que echaba pestes contra él apenas hace unas semanas, cuando rechazó la petición de mano de Naraku?

Kikyo sonrió tímidamente.

— Tienes razón. Lo odié entonces, porque sabía que si Naraku se me escapaba, no habría ningún otro hombre que me pidiese en matrimonio. Hace mucho tiempo que abandoné la edad casadera.

— Y yo la estoy dejando atrás rápidamente. ¿Cuántos hombres aceptarían una prometida de veintidós años?

— No muchos —admitió Kikyo.

— Efectivamente, no muchos.

Se sentaron en silencio durante algunos minutos mientras terminaban de rellenar el último baúl. Kagome permitió que sus pensamientos vagaran a la deriva.

Toda su vida había tenido un único sueño: ser esposa y madre. La inexorable negativa de su padre a verla casada la había contrariado durante mucho tiempo. Pero, durante el próximo año, estaría fuera del alcance del control de su padre y si ella…

— ¿Qué? —preguntó Kikyo, con la voz cargada de preocupación.

Kagome parpadeó ante la intrusión en sus pensamientos.

— ¿Qué de qué? —preguntó a su vez.

— ¿En qué estabas pensando? —inquirió Kikyo—. Por la expresión de tu rostro, puedo deducir que es algo en lo que no deberías estar pensando.

— ¿En serio?

— Conozco esa mirada, Kag, es la misma que tenías justo antes de encerrar al pobre Hoyo en el guardarropa.

— Se lo merecía —dijo ella a la defensiva, aunque se sentía orgullosa al recordar aquel asunto. Su primo Hoyo llevaba viviendo en su hogar tan sólo una semana cuando se declararon la guerra el uno al otro. En aquellos días, no se había preocupado mucho por él, y el hecho de tenerle apadrinado en su casa lo dejaba en libertad para burlarse de ella a voluntad…

Bueno, las dos horas encerrado en el guardarropa le habían enseñado bien que ella no estaba dispuesta a que la fastidiasen impunemente. Él la había tratado mucho más amablemente a partir de ese día.

— Y es también la misma mirada que tenías justo antes de dejar libre al halcón más premiado de padre.

Eso no había terminado tan bien. No tenía más de cinco años por aquel entonces, y podría jurar que aún sentía el escozor que le produjo la mano de su padre sobre el trasero. A él no le había hecho muy feliz enterarse de que había sentido lástima por el enjaulado halcón y lo había dejado en libertad.

— Cada vez que he observado esa expresión en tu rostro, siempre ha ido seguida de alguna travesura. Me estremezco al pensar qué será lo que anuncia ahora.

Kagome desechó las palabras de Kikyo con un gesto de la mano.

— Puede que anuncie la forma de lograr lo que siempre he deseado.

— ¿Y qué es?

Kagome la miró de reojo.

— ¿Crees que el conde de Ravenswood será tan malo como dice padre?

Kikyo frunció el entrecejo.

— ¿En qué estás pensando?

Kagome se encogió de hombros con despreocupación.

— Pensaba que Lord Inuyasha podría ser la rosa que he estado buscando.

— Oh, hermana, te lo pido por favor. No puedes estar pensando lo que creo que estás pensando. Has escuchado las historias lo mismo que yo. Dicen que mató a su propio padre únicamente por diversión.

— Puede que eso sea sólo un rumor, como el que dice que padre es un bárbaro traidor. Tú misma dijiste que padre es un hombre rudo con un buen corazón.

— Rudo, efectivamente, pero he oído que el conde de Ravenswood además está loco. Tú también has escuchado esas mismas historias. Dicen que es un demonio que nunca duerme. Dicen que el mismo diablo ha dejado libre un sitio a la diestra de su trono a la espera del día en que Lord Inuyasha se una a él.

Kagome sintió que sus esperanzas se desinflaban al considerarlo todo de nuevo.

— No, tienes razón. Ha sido una idea tonta. Pasaré un año con un loco, y después regresaré aquí para terminar mi vida en solitario.

Una lágrima se deslizó por su mejilla.

Kikyo extendió la mano y limpió la lágrima.

— No llores, Kag. Algún día tu rosa aparecerá a lomos de un blanco corcel. Se enfrentará a la ira de padre y vencerá, y entonces te llevará lejos de aquí, igual que Naraku va a hacer conmigo.

— Pero quiero tener hijos —susurró ella—. Si él espera mucho más tiempo, seré demasiado vieja para disfrutar de ellos, o para verlos crecer. ¡Es tan injusto!

Kikyo le dio un fuerte abrazo.

— Lo sé, hermanita. Desearía poder pasar ese año en tu lugar. Pero el tiempo pasará rápido, y prometo que cuando lo haya hecho, le rogaré a padre que te permita venir a vivir conmigo por un tiempo. Te encontraremos un marido entonces. Te lo prometo.

Kagome le devolvió el abrazo a su hermana.

— Mejor prométeme que no será Onigumo.

Kikyo rió suavemente.

Permanecieron en silencio durante varios minutos, hasta que Kagome escuchó un confuso ruido de pisadas que venía del exterior.

— ¡Lo mataré, aunque sea la última cosa que haga! Le arrancaré los ojos y los convertiré en polvo. ¡Ningún hombre tendrá a mi Kag! Por el amor de Dios, ella es todo lo que me queda y no la dejaré marchar. ¿Me oís? —gritó encolerizado—. ¡Nadie va a llevarse a mi pequeña! ¡Nunca!

Kagome sentía un nudo en la garganta mientras su padre se dirigía hacia el guardarropa.

Cerrando los ojos, Kagome se dio cuenta de lo inútil que sería esperar que su padre aguardase todo un año. No habría nada bajo los cielos que lograra que él la dejase en las garras de su enemigo sin otra cosa que el juramento de un hombre para asegurar su bienestar. La amaba demasiado, y su confianza en Inuyasha era demasiado escasa.

Las hermanas intercambiaron una mirada preocupada.

— ¿Qué vamos a hacer? —preguntó Kikyo con miedo.

Kagome se mordió los labios mientras intentaba pensar en algo.

— Tendré que encontrar la manera de conseguir que Lord Inuyasha se case conmigo antes de que padre lo ataque —dijo muy despacio.

— ¡No puedes hacer eso!

— Tengo que hacerlo.

— Pero Kagome…

— Pero nada, Kikyo. Si padre lo ataca, lo perderá todo. Incluyendo tú dote.

Kikyo se cubrió la boca con una mano cuando empezó a comprender.

— Seremos proscritos —susurró—. Naraku me repudiará sin las tierras de mi dote.

— Sí, y no tendremos a nadie que nos dé cobijo. El rey ya odia a padre por lo que hizo bajo el reinado de Suikotsu. Yo diría que nada le gustaría más que vernos a todos en la calle.

— Oh, Señor, Kagome. Todo esto es demasiado horrible para pensarlo siquiera. No puedes casarte con un loco.

— ¿Qué otra opción me queda?

Kikyo sacudió la cabeza.

— Tiene que haber otra manera. Además, ¿por qué iba a desearte Lord Inuyasha?

Kagome se quedó con la boca abierta, ofendida hasta lo más hondo por las palabras de su hermana.

— No quise decirlo de esa manera —añadió Kikyo rápidamente mientras doblaba las enaguas de Kagome—. Pero ya sabes lo que padre dice de él. Ese hombre jamás se ha casado, y, por lo que yo sé, ninguna mujer ha llamado alguna vez su atención. Se comenta que quizás no se sienta inclinado hacia la compañía femenina, y que puede que prefiera a otros hombres. De hecho, ésa podría ser la razón de que el rey Bankotsu no le ordenase que se casara contigo, sino únicamente que te convirtieras simplemente en su pupila.

Kagome negó con la cabeza.

— No, no lo creo. No después de la mirada que me echó esta tarde. Además, padre dijo que el rey rechazó la solución del matrimonio para que no causara una nueva guerra entre ellos. Bankotsu llevó a cabo ese acuerdo el año pasado entre otros dos nobles y resultó desastroso.

— Lo que nos lleva al siguiente punto: eres la hija de su enemigo —continuó Kikyo—. Por no mencionar que si Lord Inuyasha te pusiera una mano encima, el rey pediría su cabeza.

Kagome lo consideró durante un instante.

— ¿Crees que el rey lo mataría por tocarme?

— ¿Por qué debería dudarlo? Bankotsu es un hombre de palabra.

— Quizás, pero ¿crees que acabaría con la vida de uno de sus campeones por un mero coqueteo? Padre lo traicionó de una manera mucho peor que esa, y el rey no hizo nada salvo multarlo y confiscar parte de sus posesiones. ¿No crees que Lord Inuyasha podría solicitar al rey mi mano y ser perdonado?

— El rey le hizo mucho más a padre que multarlo y confiscar sus tierras, Kag.

— Lo sé, pero la cuestión es que no mató a padre por sus acciones. Ni le hizo ningún daño irreparable.

Kikyo se sentó sobre los talones mientras le daba vueltas al asunto.

— No sé si el rey lo perdonaría. Es posible, quizás.

— ¿Qué otra opción tenemos? —preguntó kagome.

— Pero Kag, ¿entiendes las consecuencias que tendría lo que estás pensando? Lord Inuyasha es el enemigo de padre; de ese padre que ha jurado no permitir nunca que te cases y lo abandones.

— Sí, lo entiendo. Pero quiero un marido, y quiero hijos.

— ¿Y si Lord Inuyasha no quiere tener una esposa?

— Entonces le haré desear una.

Kikyo soltó una breve carcajada.

— Eres demasiado obstinada. Compadezco a Lord Inuyasha por tener que vérselas contigo. Pero, ¿me prometes una cosa?

— ¿Sí?

El rostro de Kikyo se puso tenso y serio.

— Si compruebas que es cruel, te replantearás todo este asunto. Sé cuánto deseas tener hijos, pero lo último que quisiera sería verte casada con un hombre que te golpeara. Preferiría ser arrojada a las calles de Londres antes de ver que te sacrificas junto a un monstruo.

Kagome asintió solemnemente.

— Lo prometo.

El alba llegó demasiado pronto para Kagome, quien la hizo frente con una mezcla de cansancio, lágrimas ocultas y entusiasmo por lo desconocido. Entró en el enorme vestíbulo, donde su padre aún la aguardaba despierto. Borracho, pero despierto.

Era la primera vez en su vida que lo veía ebrio. En ese momento, su rostro mostraba todos los signos de un hombre que había vivido la dura existencia de un guerrero.

Se acercó a él, que estaba sentado en la silla que había colocada sobre el estrado.

— ¡Le mataré! —afirmó mientras clavaba en ella sus ojos inyectados en sangre. El hedor de la cerveza amarga la abrumó—. Aunque sea lo último que haga en esta vida, derribaré sus muros y lo colgaré del árbol más alto que pueda encontrar. Le arrancaré el corazón y se lo echaré a… los lobos… o quizás a los ratones —tenía hipo y miró a su galgo favorito, que descansaba la cabeza sobre su regazo—. ¿Qué le haría más daño? ¿Un ratón o un lobo? Si un lobo…

— Necesitáis dormir un poco —dijo ella, interrumpiéndole.

— No dormiré hasta que vuelvas conmigo y pueda mantenerte a salvo —extendió la mano para acariciar su rostro, y ella pudo ver las lágrimas que inundaban sus ojos—. No puedo perderte, Kag. Eres exactamente igual que tu madre —le acarició el pelo, y sus ojos se nublaron aún más—. Sería como perder a Sonomi de nuevo, y jamás sobreviviría a eso. Si no hubiese sido por vosotras, no habría logrado sobreponerme a su muerte.

— Lo sé —susurró ella. Jamás había dudado de que su padre amara a sus hijas, ni del hecho de que moriría por protegerlas. Desearía que él hubiese aprendido a dejarlas marchar.

Kikyo entró en la sala por la pequeña puerta que se encontraba a la derecha de la mesa. Llevaba una enorme cesta en las manos, y tenía los ojos enrojecidos y brillantes por las lágrimas. Ninguno de ellos había dormido, y Kagome se preguntaba si sus propios ojos tendrían también una sombra morada por debajo.

— Sé que sólo es un día de viaje, pero aún así te he preparado algo para que comas durante el camino.

Kagome sonrió ante la amabilidad de Kikyo mientras cogía la cesta de sus manos. Estaba bastante segura de que su hermana habría mostrado su acostumbrada diligencia y habría preparado suficiente comida para un pequeño ejército.

— Te echaré muchísimo de menos —Kikyo la estrechó con fuerza mientras Kagome se aferraba a ella. Su hermana y ella nunca habían estado separadas antes.

— Estaré bien, Kikyo, te lo prometo. Ya lo verás, dentro de un año nos estaremos riendo de todo esto.

— Eso espero —suspiró Kikyo—. Esto no será lo mismo sin ti.

Las lágrimas le escocían detrás de los párpados, pero Kagome se negó a dejar que se derramaran. Debía mantener la calma por su familia. A pesar de ser la más pequeña, siempre había sido la más fuerte de todos ellos.

— Sólo piensa —dijo intentando animar a Kikyo— que dentro de unas pocas semanas ya no estarás aquí para echarme de menos. Tendrás una familia propia de la que encargarte. Ahora, por favor, haz que padre se vaya a la cama.

Kikyo asintió y se apartó ligeramente. Las lágrimas se deslizaban de nuevo por sus mejillas, y estaba claro que su hermana había llegado a un estado en el que ya no era capaz de hablar.

Con su propio nudo en la garganta, Kagome apartó de la frente de Kikyo un rebelde mechón de pelo negro.

— Que Dios te proteja en mi ausencia.

Kikyo tomó su mano y lloró como si se le estuviese rompiendo el corazón. Deseando poder dar también rienda suelta a sus emociones, Kagome besó la mejilla de su hermana para después, retirar su mano con delicadeza.

— Todo saldrá bien, ya lo verás.

Se volvió para despedirse de su padre, pero descubrió que, finalmente, había perdido el conocimiento. Acercándose de nuevo a su silla, acarició su barbudo rostro.

— Sé que me amas, padre. Jamás lo he dudado. Pero ya somos mujeres adultas, y debes dejar que vivamos nuestras propias vidas —susurró—. Por favor, perdóname por lo que voy a hacer. Nunca haría nada que te hiciese daño, y ruego que un día sepas comprender —rozó su frente con los labios; después, se dio la vuelta y abandonó el salón.

Inspirando profundamente para infundirse valor, Kagome le echó un último vistazo al único hogar que había conocido, y después continuó su camino hacia la puerta y bajó los escalones para encontrarse con el séquito que la aguardaba.

Uno de los emisarios del rey avanzó para ayudarla a montar en su caballo.

Agradeciéndole su amabilidad, vio como su doncella, Sango, subía a la primera de las carretas y tomaba sitio.

El emisario regresó a su caballo, y, una vez que montó, se pusieron en camino.

Lord Inuyasha y sus hombres los esperaban al otro lado de las puertas. Su yelmo estaba de nuevo en su lugar, y ella encontraba muy inquietante no poder ver su rostro.

Sin embargo, pudo escuchar la suave maldición que profirió al contemplar las tres carretas que iban tras ella.

— ¿Es que pensáis llevaros el castillo entero? —preguntó él.

— Me llevo sólo lo necesario.

El caballero que estaba a la derecha de Lord Inuyasha dejó escapar una carcajada. Su sobreveste negra tenía un cuervo dorado, ligeramente diferente al del conde.

— Cállate Miroku, antes de que te atraviese con mi espada —le espetó Lord Inuyasha.

El llamado Miroku, se quitó el yelmo y le dirigió a Kagome una devastadora sonrisa. Era casi tan apuesto como Lord Inuyasha, pero su aspecto era completamente diferente; carecía de ese atractivo animal que su hermano parecía exudar por cada uno de sus poros. El pelo negro de Miroku era tan sólo algo más oscuro que el de una aceituna, y sus ojos azules resplandecían demostrando un carácter amigable. Llevaba una pequeña y bien arreglada barba.

Dando un ligero toque con los talones a su caballo para que avanzara, se detuvo a su lado.

— Permitidme que me presente, milady —dijo de forma encantadora—. Soy Miroku de Ravenswood, hermano del ogro, y vuestro más ferviente defensor durante este viaje.

— Maravilloso —dijo Lord Inuyasha secamente—. ¿Y serías tan amable de decir quién va a protegerla a ella de tu incesante babeo? ¿Debería pedirle a mi escudero que traiga ya los trapos viejos o debo esperar hasta que ella empiece a ahogarse?

Miroku se inclinó ligeramente hacia delante, y entonces le dijo en un tono tan bajo que sólo ella pudo oírlo:

— Su mordedura no es ni de cerca tan mala como su ladrido.

Ella le echó un vistazo al hombre cuyo nombre era sinónimo de muerte.

— No es eso lo que he oído.

— Sí, pero vos sólo sabéis lo que dicen aquéllos que se le han enfrentado en la batalla. Allí, es un campeón al que debe temerse tanto como a un león al ataque. Pero lejos del campo de batalla, es siempre un hombre justo con nada más que un fuerte gruñido.

— Y una espada afilada para aquéllos que me importunan —dijo Inuyasha con ese gruñido que Miroku acababa de mencionar.

Lord Inuyasha se volvió hacia sus hombres y les ordenó que se pusieran en camino.

Los soldados cabalgaban al frente y en la retaguardia, mientras que Inuyasha guiaba la comitiva. Miroku se mantuvo junto a ella, y Sango los seguía en las carretas.

Kagome trató de evaluar al hombre con el que había jurado casarse, y empezó a temer que realmente no lograra tener éxito en su empresa. Había oído a su padre, y a otros hombres que habían visitado su hogar, decir muchas cosas sobre Inuyasha de Taisho.

Era un hombre conocido por sus inigualables proezas en la batalla y en los torneos. Nadie había conseguido derrotarle jamás, y había salvado la vida del rey en una ocasión. Las escasas damas que conocía que le habían visto alguna vez no habían mentido acerca de su apostura. Era realmente apuesto y fiero.

No era de extrañar que las doncellas suspirasen al mencionar su nombre.

Se sentaba erguido sobre su montura, y se movía perfectamente sincronizado con su caballo. Cualquiera diría que Lord Inuyasha se sentía como en casa a lomos de su semental y, por lo que había oído, había pasado gran parte de su vida en las campañas.

Le resultaba sumamente extraño contemplarlo en ese momento, sabiendo que un día sería su esposo. Que compartirían un lecho juntos donde él la vería como ningún otro hombre lo había hecho, y la tocaría en lugares a los que nadie más había tenido acceso. Y la besaría en cuanto llegara la noche... Su rostro se ruborizó. Jamás había pensado en un hombre real de aquella manera. Después de que Sango hubiese estado con su primer hombre, habían hablado largamente sobre lo que ocurría entre hombres y mujeres.

Sobre lo que se sentía cuando un hombre tomaba posesión de una mujer con su cuerpo.

Desde entonces, Kagome se había imaginado a un hombre rubio con el humor dibujado en sus ojos y una risa fácil en los labios. Había dado rienda suelta a sus fantasías durante la noche, para que nadie pudiese contemplar el rubor que abrasaba sus mejillas en esos momentos.

Desde niña, había asumido naturalmente que su primer hombre sería el marido que su padre eligiese para ella. Y sólo en sus más salvajes fantasías había soñado con amar al hombre que tomara su virginidad. En el mejor de los casos, había deseado poder sentir cariño por él.

Ahora, la ocasión estaba al alcance de la mano, y Lord Inuyasha sería el que...

Se estremeció sólo con imaginarse al fiero guerrero tomando posesión de su cuerpo. Imaginándose su boca dándole su primer beso.

¿Sería tierno, o se comportaría como un salvaje?

Sango le había advertido que una mujer nunca podría descubrir, únicamente con mirar a un hombre, cómo la trataría en la intimidad de la alcoba.

— ¿Es cierto que vuestro hermano ganó sus espuelas antes de que se afeitara por primera vez? —le preguntó a Miroku.

El orgullo brilló en sus ojos.

— En efecto. Era el escudero de mi padre en el ejército de rey Bankotsu. Cuando mi padre murió en la lucha, él asió su espada para proteger las espaldas del rey. Fue nombrado caballero en el campo de batalla por el propio Bankotsu shishinintai.

— Qué afortunado para él que Bankotsu llegase a ser rey.

— Con mi hermano de su parte, no podía perder, milady.

Le dio esperanzas que un hombre tan amable como Miroku idolatrara a su hermano de manera semejante. Según lo que había oído, había esperado que Lord Inuyasha fuese un monstruo con cuatro cuernos que se comía a los niños por pura diversión.

Ciertamente, un hombre tan monstruoso no toleraría que su hermano le fastidiara, y de la misma forma, dicho hermano no idolatraría a una bestia.

No, había mucho más en Inuyasha de lo que le habían dicho. O eso esperaba. Sería mucho más fácil poner su futuro en manos de un hombre que pudiese ser amable que en las de uno cruel.

Cabalgaron en silencio el resto de la mañana, hasta que Lord Inuyasha decidió parar para hacer un descanso. Miroku la ayudó a desmontar.

Ella lo siguió hasta un lugar a la sombra mientras Inuyasha y sus hombres se hacían cargo de los caballos.

Miroku extendió una capa para que se sentara en el suelo bajo un enorme roble.

— ¿Os gustaría compartir conmigo lo que mi hermana preparó para el viaje? —le preguntó mientras se aposentaba sobre la capa extendida.

Miroku se comportó como si en realidad le hubiese ofrecido ambrosía.

— Desde luego, milady. Estoy tan harto de carne seca y queso que podría… —sonrió—. Aprecio verdaderamente vuestro ofrecimiento.

Mientras él servía el vino y ella cortaba el pan y el pastel de picadillo, Lord Inuyasha regresó del arroyo. Se había quitado el yelmo y la cofia, y tenía el cabello húmedo, como si se hubiese lavado el rostro en el reguero; se pasó una mano a través lustroso pelo del color del ébano.

En su vida había visto un hombre tan apuesto.

En esos momentos, sus rasgos estaban más relajados que el día anterior, y su rostro mostraba un encanto casi juvenil. Excepto sus ojos. Éstos aún permanecían adustos, incisivos e inconmovibles.

Al contrario que Miroku, cuyo cabello estaba cortado según las últimas tendencias, Lord Inuyasha había dejado que el suyo creciese justo hasta los hombros. El rojo de su sobreveste resaltaba el oscuro bronceado de su piel, y ella se preguntaba cuánto de la amplitud de su pecho se debía al relleno de la armadura y cuánto al propio hombre.

—Inuyasha—le dijo Miroku—, ¿te gustaría unirte a nosotros?

Él se detuvo durante un momento, mirándola fijamente, y luego hizo un gesto con la cabeza para declinar la oferta.

— Dudo mucho que tu invitada apreciase mi presencia mientras come.

— No albergo ningún rencor hacia vos, milord —no podía permitirse ese lujo; no si quería tener éxito en sus planes. Sonrió—. Hay más que suficiente para todos.

— Ya lo has oído —agregó Miroku—. Ven y come algo antes de que te quedes en los huesos.

Ella arqueó una ceja ante las palabras de Miroku. Inuyasha era un hombre muy grande, de más de un metro noventa de estatura, y una constitución fornida. Le llevaría bastante tiempo llegar a consumirse; incluso alcanzar meramente el tamaño, mucho más normal, de Miroku.

Lord Inuyasha se acercó y, por alguna razón que no acertó a comprender, el corazón de Kagome empezó a latir más deprisa ante su proximidad.

Con la cofia quitada, ella pudo observar una larga e irregular cicatriz que empezaba bajo su oreja izquierda y se perdía bajo su armadura. Era como si alguien hubiese intentado alguna vez cortarle la garganta.

¿Se la habían hecho en la batalla?

La rigidez volvió a su rostro mientras examinaba el suelo al lado de Miroku. Después de un momento de vacilación, se arrodilló lentamente y se sentó.

Ella captó la preocupación de Miroku mientras miraba a su hermano.

— ¿Tienes calambres en la pierna otra vez?

— Mi pierna está bien —gruñó Inuyasha con un tono feroz que la asustó.

Miroku, por otro lado, parecía no inmutarse ante el resentimiento de su hermano.

Por primera vez, Kagome se encontró con la mirada de Inuyasha. Algo cálido y pecaminoso fluctuó en sus ojos por un instante, justo antes de que un velo cayese sobre el pálido almíbar de sus iris y volviesen a recuperar su habitual frialdad.

Los labios de la joven se separaron ligeramente a la vez que una inesperada sensación la atravesaba. Nunca la presencia de un hombre la había afectado de esa manera. La mano le temblaba ostensiblemente mientras preparaba para él un pequeño almuerzo con pan, pollo asado y pastel de picadillo.

Quiso tener algo ingenioso que decirle, algo que quizás llevara una sonrisa a aquellos labios tan bien formados. Pero por alguna razón, no se le ocurría nada. Todo lo que podía hacer era contemplar el modo en que su mano, fuerte y masculina, se curvaba alrededor de la copa y después la alzaba hasta su boca.

No podía imaginar una razón que explicase por qué nunca se había prometido con una mujer. Parecía tener alrededor de veinticinco años, y, por tanto, ya hacía tiempo que había dejado atrás la adolescencia. Generalmente, los hombres de su edad estaban ansiosos por asegurar sus posesiones por medio de un matrimonio estratégico y engendrando herederos.

Sólo se le ocurría un motivo por el que él no se hubiese casado.

Tímidamente, le dedicó una sonrisa a Lord Inuyasha.

— Decidme, milord, ¿hay una dama en algún lugar a la que hayáis entregado vuestro corazón?

— ¿Por qué me preguntáis una cosa así? —su tono hizo que su gélida mirada pareciese un caluroso día de verano en comparación.

Obviamente, ésa no había sido una buena cuestión, pero ella lo comprendió demasiado tarde. Del por qué una pregunta tan inocente había desencadenado una respuesta tan acalorada, ella no tenía la más mínima idea.

Era algo que el lord no tenía el menor deseo de discutir, así que buscó rápidamente algo que calmara su mal humor.

— Lo dije simplemente por hablar de algo, milord. No era mi intención poneros furioso.

Pero no era furia lo que ella vio en sus ojos. Era algo más, algo ella no podía definir ni comprender.

Comieron en silencio durante unos minutos más, cada uno perdido, aparentemente, en sus propios pensamientos.

— Lady Kagome es una mujer muy valiente, ¿no estás de acuerdo, Inuyasha? —preguntó Miroku por fin.

Una oleada de pánico atravesó a Kagome ante la idea de que, quizás, Miroku hubiese adivinado de alguna manera su plan para llevar a Inuyasha al matrimonio. Si el conde descubría que ella le estaba tendiendo una trampa, no sabría decir lo que podría pasar, sobre todo dada su reacción a la pregunta que le había hecho antes.

— ¿Valiente? —preguntó ella, dándose cuenta del inusual tono agudo de su voz.

— Sin duda —asintió Miroku—. Habéis abandonado vuestro hogar con el enemigo de vuestro padre sin derramar ni una lágrima. No se me ocurre ninguna otra mujer que de las que he conocido que hubiese mostrado vuestra fortaleza.

Kagome trató de no demostrar su alivio, y le llevó todo un minuto pensar algo que decir.

— Mentiría si dijese que no echo de menos mi casa. Jamás me he separado de mi familia antes, pero los hombres del rey me dijeron que podía confiar en el juramento de protegerme que había hecho Lord Inuyasha.

Inuyasha soltó un resoplido, que ella tomó como su forma de reírse.

— Sois una necia, señora, si creéis en el juramento de cualquier hombre.

Se le detuvo el corazón. ¿Tendría intención de hacerle daño?

— Simplemente trata de asustaros —dijo Miroku—. Me temo que mi hermano es algo rudo. Se acostumbrará a él con el tiempo.

Bastante rudo, de hecho. Sus palabras habían estado cerca de aterrarla.

Observó a Inuyasha, que mantenía la mirada clavada en su rostro. Cómo deseaba poder leer sus emociones tan fácilmente como las de Miroku. Era muy inquietante no saber a qué atenerse con él.

Su intuición le advertía que éste era un hombre muy peligroso. Uno acostumbrado a coger lo que quería y a mandar al diablo las consecuencias.

A pesar de eso, sabía que era mejor no permitir que sus miedos la gobernaran. Si su padre le había enseñado algo en la vida, era a ser fuerte y a hacer frente a los problemas. Enfrentarse a los miedos demostraba que, raramente, eran tan malos como uno los imaginaba.

— Tendréis que hacerlo mejor, milord —le dijo a Inuyasha—. Descubriréis que no me asusto fácilmente.

Inuyasha apartó la mirada entonces, pero ella pudo vislumbrar una llamarada de tristeza en su rostro.

— Si me disculpáis, debo ver a mis hombres —cuando se puso en pie, Kagome notó que protegía su pierna derecha, y que sus andares revelaban una sutil cojera.

Cuando volvió a mirar a Miroku, descubrió que su alegría también había desaparecido.

— Tendréis que perdonar a mi hermano, milady. Es un hombre que pocas veces permite que nadie se le acerque.

— ¿Y eso a qué se debe?

Podía percibir la lucha que se desarrollaba en su interior mientras masticaba la comida para después tragarla. Le ofreció una ligera sonrisa.

— Jamás revelaría los secretos de mi hermano. Baste decir que ha tenido una vida muy dura.

Kagome frunció el entrecejo.

— ¿Una vida dura? Es un héroe entre aquéllos que le son leales al rey. Su leyenda se narra en al menos veinte cantares que se me vienen a la cabeza. ¿Cómo puede alguien tan venerado…?

—Inuyasha es un hombre, milady, no un mito. Sigue al pie de la batalla porque es lo único que sabe hacer.

En ese momento comprendió lo que él pretendía decir. Kagome miró hacia el lugar en el que Inuyasha permanecía de pie, junto a su caballo. Conocía al tipo de hombre al que Miroku se refería. Un hombre entrenado desde la cuna para la batalla. La mayoría de los nobles, como su padre y, obviamente, como Miroku, eran protegidos mientras eran niños, para después ser entregados, a los seis o siete años, a amigos de la familia o señores feudales con la intención de que les entrenasen, primero como pajes de los caballeros, y después como soldados. Su vida era una mezcla de ceremoniosos privilegios equilibrados con el entrenamiento para la guerra.

Pero algunos padres esperaban mucho más de sus hijos. Y a esos hijos nunca se les mostraba nada excepto la guerra; ahora entendía por qué Lord Inuyasha se había retirado. Había vivido siempre en el campo de batalla, en compañía de enemigos y soldados.

— ¿No sois hijos del mismo padre? —preguntó, recordando que Miroku había hablado de que su padre había caído en la batalla.

— No, milady. Mi padre era más juglar que caballero. Era digno en la batalla, pero jamás el mejor.

— ¿Y el padre de Inuyasha?

Miroku se quedó callado. Kagome observó su rostro y encontró una mirada cargada de un odio semejante que la dejó impresionada.

— Era invencible en la batalla. Me han dicho que algunos ejércitos se rendían inmediatamente sólo con ver su estandarte.

Ella había oído esas historias también. Inu no Taisho de Ravenswood era un hombre de renombrada crueldad.

— ¿Por qué lo odiáis?

— Dudo que me creyeseis si os lo dijera.

Y antes de que pudiera preguntar algo más, Inuyasha anunció que había llegado el momento de reanudar el viaje.

No dijeron ni una palabra más mientras empaquetaban la comida y subían a los caballos.

Kagome permanecía perdida en sus pensamientos, buscando entre sus recuerdos todo lo que sabía sobre el padre de Inuyasha. Había muerto al menos doce veranos atrás, no mucho antes que su madre. Lo sabía únicamente por que recordaba a su padre hablando de ello con su madre durante la cena.

He oído que el diablo se llevó a Inu no Taisho de Ravenswood hace una semana —había dicho su padre.

¿Inuno está muerto? —había preguntado su madre.

En efecto, y a manos de su propio hijo, según me han dicho.

Kagome se había sentido aterrorizada al escuchar sus palabras. No podía creer que nadie tratase de matar a su propio padre. En aquel momento, le había parecido la cosa más espantosa que hubiese oído jamás.

¿Había sido simplemente por las tierras, como habían dicho, o había algo más en aquella historia?

Aunque Lord Inuyasha era de hecho atemorizante y peligroso, había algo en él que no parecía concordar con las historias de brutalidad espeluznante que había escuchado.

No. Podría creer esas cosas de Naraku y Onigumo; había una frialdad en sus ojos que les hacía parecer crueles y despiadados. Pero la frialdad de la mirada de Lord Inuyasha no se parecía en nada a la de ellos. Era diferente. Como si ese frío proviniese de su interior, y se concentrase más en sí mismo que en los demás.

Por supuesto, podría estar engañándose a sí misma al ver en los ojos de Inuyasha sólo lo que deseaba ver. Como había hecho Kikyo.

— Pero yo no soy tan estúpida —suspiró—. O, por lo menos, espero no serlo.

Continuara…..