Elizabeth cerraba lentamente sus ojos con su delgado cuerpo apoyado en el sofá, pero no pasaba un segundo antes de abrirlos bruscamente. Estaba muy cansada, se podía notar por las ojeras que llevaba y los seguidos bostezos que daba. De todas formas, ella sabía bien que no podía dormir, no cuando temía que, al despertar, su querido primo estuviera muerto.

Arthur se había envenenado esa madrugada y se había desmayado en su habitación. Elizabeth, quien dormía en una pieza continua, había escuchado un fuerte estruendo, despertándola y animándola a encender rápidamente una vela. Caminó hacia la habitación de su primo y abrió la puerta sin siquiera preguntar.

–¡Arthur! –gritó presa del terror, soltando sin medir la vela al suelo, logrando que esta se apagara afortunadamente.

Eliza se agachó y sostuvo la cabeza de Arthur sobre su regazo. A la luz de la luna se veía perfectamente la palidez del joven Kirkland, sus labios sin color y su débil respirar.

La asustada chica gritó por Emma, despertando a toda la casa en solo unos minutos. Las luces de los pasillos se encendieron, las sombras se acercaron a la puerta abierta de Arthur y asomaron con preocupación.

–Llama al doctor –ordenó Emma a un criado en tanto hubo entrado a la estancia.

Ambas mujeres en el suelo sostenían al menor cerca de sus faldas. Tocaban sus heladas mejillas con fervor, esperando que estas volvieran a tomar color con tan simple acción, deseando que con sus imparables lágrimas él abriera los ojos y tranquilizara sus corazones. ¿Todo esto había pasado por un simple amorío con otro hombre? No lo entendían, ni Emma ni Eliza, quienes nunca comprendieron el amor que Arthur y Alfred se profesaban. Ellas, simplemente, se empeñaron en separarlos por lo que esta infame unión podría significar para sus nombres. Ahora se sentían culpables del estado del joven.

Eliza golpeó suavemente sus mejillas al recordar y se incorporó. Caminó hacia las escaleras, por las cuales bajaba Emma con tristeza y preocupación en sus ojos.

–¿Cómo estás? –preguntó la dueña de la mansión sin fuerzas. Ella tampoco había pegado un ojo en toda la noche. Estaba despierta junto a la ventana de su habitación, rezando sin descanso por su ahijado, rezando por la culpa que sentía ante la tragedia.

Elizabeth negó con lágrimas en los ojos. Sus mejillas estaban en un ardiente rojo y su cabeza dolía por todo lo que estaba pasando.

–¿Cómo está él? –preguntó juntando su poco ánimo para modular. Eliza sabía que Emma había hablado con el doctor unos minutos atrás y exigía información sobre el actual estado del pobre Arthur.

Emma suspiró.

–Está muy débil –murmuró con tristeza –pero está fuera de riesgo vital.

Elizabeth respiró profundamente. Ciertamente la noticia la relajaba notablemente.

–¿Puedo verle?

Emma asintió con pesadez pocos segundos antes de que la joven subiera con elegante y rápida agilidad las decoradas escaleras.

La tibia luz se asomaba por las elegantes cortinas de la sala de estar. Los pájaros trinaban en las incontables ramas de los árboles de la avenida. Amanecía en la gran Moscú para todos quienes podían apreciarlo.

–Y, ¿Cómo estás? ¿Aún estudiando?

La casa de Yao se encontraba en absoluto silencio. La oficina estaba envuelta en una tenue luz que alumbraba desde la ventana. Yao miraba con tristeza a su viejo amigo. Francis había vuelto de Francia, había vuelto de la guerra después de tanto, tanto tiempo.

Ambos se miraban con nostalgia. En sus ojos se reflejaban todos los años que habían vivido, todos los años que habían convivido juntos y las incontables situaciones, conversaciones y cartas compartidas con una copa de champaña y un vaso helado de Whiskey.

De cierta forma, Yao se sentía halagado de ser el primero en ser visitado por el príncipe luego de tan largo viaje. Pese a haber sido grandes amigos desde hace años, él sabía que para los ojos de Francis su persona siempre había sido menos, mirado con superioridad incluso cuando Francis lamentaba haberse casado tan joven con la elegante Lucille hace ya tiempo.

–Es bueno verte. Es bueno ver a un amigo luego de estar lejos por tanto tiempo –continuó Francis con una leve tristeza en su tono.

Su cabello estaba un poco más oscuro y su elegante melena de antaño se había acortado notablemente. El príncipe levantó sus azules ojos con pesadez, con una mirada agotada y sin fuerzas que clavó directamente en los oscuros ojos de su amigo.

–Francis, necesitas descansar –dijo Yao luego de decidirse a hablar sin saber muy bien qué decir. Dudaba sobre decirle lo ocurrido con su prometido, aunque bien sabía que Francis ya debía conocer los detalles de lo sucedido.

Hubo un silencio en la estancia. Nadie sentía la necesidad de hablar, conocían con sus significativas miradas las intenciones del otro.

–Estoy bien –susurró el príncipe sin referirse precisamente al consejo anteriormente dado por Yao –solo te pido que me perdones por molestarte.

Yao negó.

–Nunca serás una molestia, querido amigo.

Francis suspiró pesadamente.

–He recibido una carta de Arthur rechazándome y unos rumores sobre un supuesto amorío con tu cuñado han llegado a mis oídos en tanto entré a la ciudad, ¿Es eso cierto, Yao?

Yao se sobresaltó al escuchar tales palabras. Todo lo que había dicho Emma la noche anterior era completamente cierto en cada una de sus desesperadas palabras.

–Así es, Francis –confirmó en un suspiro.

El príncipe Bonnefoy abrió su maleta de mano y sacó una hermosa caja decorada con dorados adornos en la tapa. De ella sacó cuidadosamente un montón de escogidos papeles amarrados juntos con una dorada cinta.

–Estas son sus cartas –comentó entregando el paquete a Yao, quien miraba confundido y sabiendo qué era lo que significaba esta ceremoniosa acción – Por favor, entrégalas al joven Kirkland en tanto le veas.

–Arthur ha estado en las puertas de la muerte esta mañana –comentó Yao la funesta noticia con la esperanza de despertar compasión y el antiguo amor que Francis podía profesar a quien ahora le parecía un simple desconocido.

–Lamento su enfermedad –respondió Francis sin ningún sentimiento, sonriendo cortésmente por simple protocolo.

Yao se levantó de la silla en la que se encontraba y se acercó a su interlocutor y, quizás, su único amigo.

–Hace años me dijiste que se podía perdonar a una persona que ha cometido tal error. Sonabas tan seguro esa noche. Dijiste que era una acción de bien perdonar a quién ha pecado de esta manera –intentó Yao apelar a la humanidad que tanto admiraba en él.

Francis se levantó dejando las cartas sobre la mesa de centro. Miró a Yao con brillantes lágrimas en sus ojos, lágrimas que nunca caerían y demostrarían los verdaderos sentimientos de aquel honorífico hombre.

–Pero nunca dije, querido Yao, que yo podría hacerlo –dijo con melancolía –Perdonarlo y pedir su mano nuevamente en matrimonio sería un acto admirable, sin duda una obra muy noble.

Yao observó cómo Francis miraba el suelo con una sonrisa que le recordaba a su padre. Sonreía fríamente, queriendo olvidar todo lo que había sufrido en aquella vida.

–Pero yo no puedo ser ese hombre –concluyó el príncipe acercándose lentamente a la puerta –y si quieres seguir siendo mi confidente y amigo, te pido que no vuelvas a hablar de ese asunto conmigo.

El dolor se reflejaba en todo el rostro del príncipe. Yao recién se fijaba en cómo había cambiado. Sus ojos no tenían aquel jovial brillo que alguna vez lo había caracterizado, su cabello no ondulaba con libertad sobre sus fuertes hombros y su sonrisa ya no era sincera. Yao sintió una punzada de dolor en su pecho al ver a su amigo tan lejos de aquel hombre que conoció hace años en Moscú. Sintió dolor al darse cuenta de todo lo que sufrió y todo lo que pasó a lo largo de los años. Sintió dolor al darse cuenta de que perdió a su amigo.

–Entonces, adiós, viejo amigo –susurró Yao antes de que Francis abandonara su oficina.

Francis asintió silenciosamente y abrió la puerta con la parsimonía de alguien que no tiene sentido en su vida. Salió finalmente y Yao vio su espalda y su elegante caminar, quizás, por última vez.

Yao se volteó y tomó las cartas de la mesa de centro, sosteniéndolas cerca de su pecho mientras miraba por la ventana cómo el sol se elevaba sobre el cielo que cubría grismente la gran Moscú.

Un suspiro se elevó por el helado aire. Alfred miraba el cielo con lágrimas sobre sus zafiros ojos. Observaba, luego, el boleto de tren en su mano derecha. En diez minutos partía hacia San Petersburgo para no volver a Moscú. En solo diez minutos dejaría lo único que había amado en toda su vida.

–Arthur... –susurró inaudible.

Bajó lentamente la mirada. Su uniforme era blanco como los pequeños copos de nieve que comenzaban a caer desde el grisáceo cielo de la ciudad. Si mal no recordaba, ese era el mismo traje que ocupó aquella memorable noche de ópera. Era, sin duda, su mejor uniforme. Sentía que en cada pliegue quedaban los recuerdos de aquella acalorada noche en la que conoció a quien se volvió el único amor de su vida.

Las lágrimas cayeron por las rosadas mejillas del joven Jones, se mezclaron y danzaron con la nieve de Rusia. Sin importar el frío, sin darse cuenta de la hora, Alfred comenzó a llorar. No quería dejar Moscú, no quería dejar la ciudad que tanto apreciaba, la ciudad que le permitió conocer el amor, la ciudad que aún conocía a Arthur Kirkland.

Unos lejanos toques de campanas anunciaban el último llamado para los pasajeros del tren.

Alfred levantó su rostro. Su mirada expresaba tristeza e indecisión. Todo dependía de él ahora. Podía elegir, podía escoger entre quedarse y estar cerca de Arthur, de luchar por el amor que le profesaba y quemaba todo su pecho o podía tomar el tren a Petersburgo dejando y olvidando todo el daño que había hecho.

–Arthur... –volvió a murmurar entre sollozos. No había nadie más con él y, por primera vez en muchos años, estuvo realmente solo.

Recordaba. Alfred recordaba la mañana anterior. Estuvo con Antonio todo el día, preparando y organizando los últimos detalles para el escape con Arthur de esa noche. El joven Jones se paseaba nervioso de un lado al otro de la habitación. Caminaba con la mirada fija en el suelo y murmurando incomprensibles palabras, como si presintiera la desgracia que auguraba la puesta del sol.

–¿Sabes, Alfred? ¡Es mejor que lo dejes! ¡Déjalo ahora que aún hay tiempo! –le espetó Antonio deteniendo abruptamente su caminata.

–¿Qué? ¿Molestando con eso de nuevo? ¡Vete al infierno, eh! ¡No tengo tiempo para tus estúpidas bromas! –respondió Alfred ignorando a su amigo.

–No estoy bromeando, estoy hablando muy en serio, Alfred –continuó Antonio siguiendo al joven aludido por la habitación– vas a llevarte al jovencito a Polonia, ¿Y luego qué? ¿De verdad no lo has pensado o simplemente no te importa? ¿Piensas que saldrás inmune de esta?

Alfred volteó su rostro hacia Fernández con una mirada molesta. Planeaba casarse con Arthur pocos kilómetros antes de la frontera con el Gran Ducado de Varsovia. Luego de eso, serían llevados a Polonia desde donde comenzarían una nueva vida solo ellos, nadie más.

Jones giró el rostro y arregló su uniforme frente al espejo sin prestarle atención a las palabras recién dichas por su amigo.

–¿Crees que será así de fácil? ¡Todos se enterarán de tu crimen y no podrás casarte! Eso si tienes suerte y tu nuevo matrimonio es siquiera válido para el Imperio Ruso ¡Ya casado y estás jugando con un inocente joven!–volvió a dirigirle Antonio volteando a su amigo bruscamente para que le mirase a los ojos.

–Bueno, si no es válido, será un problema, pero si lo es, realmente no importa el resto –respondió con aire desinteresado el joven mientras se arreglaba nuevamente el cabello– ¡Nadie más sabrá sobre esto, Antonio! ¡No es el primero ni el último escape que hacen dos amantes!

–Alfred, esto es solo un capricho, y uno muy peligroso he de decir ¿No será mejor que dejes el plan y simplemente vayas por otra mujer? –insistió su castaño compañero.

–¡Imposible! ¡Deja de decir tonterías!

Jones se acercó de frente a Antonio y tomó su mano, colocándola en su pecho.

–¡Mi corazón late solo por Arthur! mon cher Arthur, son regard me rattrape –dijo con una mirada completamente sincera que terminó por convencer a su amigo.

Antonio sonrió con confidencia, mirando con tranquilidad y una actitud serena a su amigo. Le alegraba verlo finalmente enamorado y dispuesto a dar todo por alguien que no fuese él mismo.

–Entonces, vamos. Gilbert está fuera con el coche para llevarnos a tu última tarde en el club ¡Te despediremos con la grandeza que tu título merece, príncipe Alfred Jones! –rió Fernández abrazando por los hombros a su amigo.

–¡Entonces diré adiós a todos mis libertinajes y amoríos pasajeros! –rió también Alfred mientras salía de la mansión de su amigo por última vez.

Estaba decidido, esa noche se llevaría a Arthur con él y vivirían felices, amándose. Él estaba dispuesto a cambiar todo lo que tenía por el resto de su vida solo con Arthur, lejos de su familia y amigos más queridos. Aún lo estaba, aun después de todo lo que había pasado.

Alfred sonrió nostálgico al recordar. Las lágrimas seguían su incansable camino por su apuesto rostro. Le amaba, le amaba demasiado como para dejarlo, como para siquiera pensar en que jamás lo vería de nuevo.

No confiaba en el futuro, no confiaba en la vaga esperanza de volverlo a ver. Lo quería ahí, ahora, junto a él. No entendía, quizás nunca entendió por qué el destino fue tan cruel como para separarlos.

"¿Será un castigo?" Se preguntó.

La nieve se había acumulado sobre sus zapatos. La campana sonó por última vez. Era tiempo de decidir.

–Si es un castigo divino, no cambiará nada si me quedó –murmuró.

Y, con esta idea, se levantó y caminó con lentitud hacia el tren. Avanzó como quien ya no tiene esperanzas, como quien es condenado a la guillotina para la siguiente madrugada. Subió las escaleras del tren ignorando a todas las demás personas como si se encontrara solo. Al parecer, sí estaba solo.

–Entra, Arthur está en la sala –murmuró Emma en tanto Yao entró al vestíbulo.

Era tarde, la luna comenzaba a brillar menguante gibosa sobre el cielo que parecía oscurecer a cada segundo, llenándose poco a poco de brillantes estrellas.

Yao caminó hacia el salón. Presionó las cartas a su cuerpo en tanto abrió la pesada puerta. Arthur se encontraba de pie en medio de la sala de estar. Su rostro se mostraba pálido y sus ojos ya no brillaban con la intensidad que los jóvenes enamorados regalan a quien tiene la fortuna de verlos. Sus hermosos ojos ya no brillaban con el encanto que él recordaba. Su mirada ya no era la misma.

El joven Kirkland alzó el rostro al escuchar a Yao entrar en la habitación. Hizo el ademán para darle la mano, pero se detuvo abruptamente, suspirando pesada y tristemente, mirando el suelo con vergüenza.

–Monsieur Count Wang Yao –llamó cortésmente Arthur con un nudo en la garganta.

–Yao –corrigió el aludido rechazando la innecesaria solemnidad.

Yao quiso preguntar por él, por su estado de salud luego del incidente de la mañana, mas fue interrumpido.

–Eras amigo de Bonnefoy, eres su amigo –corrigió el joven Kirkland –Él una vez me dijo que podría confiar en ti si llegase la necesidad.

Yao miró a Arthur con pena y compasión. Quiso culparlo, odiarlo por sus egoístas acciones, pero no pudo. En su alma no había espacio para odiar a aquel joven que solo había pecado en amar con todo su corazón a otro hombre. En cambio, sintió una profunda lástima por él, como si pudiera sentir todo el dolor que él sentía.

–Francis ya volvió a Moscú. Dile que –continuó Arthur y cortó brusco, como si se hubiera quedado sin aire –Dile que me perdone –rogó.

–Le he dicho ya que te perdone, pero me ha dado tus cartas y –Yao fue interrumpido.

–¡No! Sé que todo se acabó entre nosotros –detuvo el chico de esmeraldas ojos con una ademán agotado hacia Yao, volteando su rostro ante la esperada noticia –sé que él nunca me volverá a amar.

Suspiró pesadamente. Sus ojos verdes se llenaron nuevamente de lágrimas.

–Pero aún así me atormentan los recuerdos, saber todo el daño que le hice –aclaró el joven –Dile que le ruego que me perdone, que me perdone por todo...

Yao lo miró a los ojos antes de responder. Sentía que aquel frágil chico frente a él podría quebrarse en cualquier momento.

–Le he dicho todo, mas, solo deseo saber una cosa, Arthur –pidió Yao esperando la afirmación del joven Kirkland –¿De verdad amaste a ese egoísta y mujeriego de Jones?

–¡No lo llames así! –gritó Arthur sin darse cuenta del tono que utilizó, sobresaltándose segundos después– Aún lo amo, si eso responde a su pregunta, lo amo con todo mi corazón y como no he amado a nadie nunca.

Arthur rompió en desconsolados sollozos que a cada instante se volvían más fuertes. Aun cuando creyó que no tendría más lágrimas con las que llorar a su cruel destino. Sollozó sin importarle la presencia de Yao. Sus ojos, brillantes por las lágrimas, no mostraban más que dolor, el dolor de haber dejado a la persona que más amaba, el dolor de haber sido separado cruelmente de él, de Alfred.

Yao sintió las emociones mezcladas en su corazón. Sintió lástima y compasión, ternura y dolor por el joven Kirkland. Sabía lo que era amar, aunque fuera por solo una vez, y sabía también lo que era ser alejado de aquella persona. Yao recordó con la imagen de Arthur frente a él su propia juventud. Recordó a aquel pelinegro joven que amó con todo su corazón y, por fin, entendió verdaderamente lo que era el amor que Alfred y Arthur sentían por el otro. Fue el único que comprendió lo que era aquel verdadero amor.

–No hablaremos más de eso. No hablaremos más, querido –dijo Yao tocando como consuelo el hombro del joven –Pero te quiero pedir una cosa: Considérame tu amigo, y si alguna vez necesitas ayuda o simplemente abrir tu corazón a alguien, no ahora, sino cuando tu mente se aclare, piensa en mí –ofreció Yao con una cálida sonrisa mientras sostenía ambas manos de Arthur.

–¡No me hables así! ¡No lo merezco! –sollozó Arthur soltando el agarre y alejándose un poco.

–¡Basta, basta! –alzó Yao –No te tortures más. Tienes toda una vida por delante.

–¿La tengo? ¡No! ¡Todo se acabó para mí! –lloró el aludido.

–¿Todo se acabó?–dijo Yao, acercándose nuevamente al joven con ternura –Si yo no fuera yo, sino el hombre más apuesto, más espiritual, el mejor del mundo, y estuviera libre ahora mismo, de rodillas, pediría tu mano y tu amor. No, Arthur, no se ha acabado, te lo prometo.

Arthur miró, quizás por primera vez, directamente a los ojos de Yao. Sintió la sinceridad y calidez que estos le ofrecían recorrer su cuerpo. Sintió, por primera vez en muchos días, la comprensión de alguien y un apoyo incondicional que tanto necesitaba. Yao estaba ahí, él sabía todo lo que había hecho y, aun así, le ofrecía su amistad.

Por primera vez en esa trágica semana, se sintió agradecido.

–Gracias –susurró con honestidad solo para Yao, regalándole una brillante sonrisa.

Arthur secó suavemente las lágrimas de sus mejillas y miró nuevamente a Yao con una vaga felicidad y esperanza. El joven Kirkland hizo una leve reverencia y dejó la habitación sonriendo.

Yao se quedó en medio de la sala por unos minutos luego de que Arthur salió, mirando el camino que había seguido aquel encantador joven. Se despidió de Emma y salió de la casa sonriendo también.

Afuera, las luces de la ciudad se iluminaban con gracia y un brillo casi mágico. Sin importarle los más de diez grados bajo cero, caminó sin apuro por las incontables calles que alguna vez creyó conocer. Caminó sin rumbo por minutos y horas. No había ningún lugar al que ir. Alfred no estaba, Francis ya no era el mismo y su hogar nunca volvería a tener la misma calidez que en estos años, años que él no supo apreciar como los últimos.

Yao estaba solo, solo en un momento que prometía ser inolvidable pues, en ese preciso momento, sobre su cabeza y rodeado y abrazado por miles de estrellas, comenzaba a brillar el gran cometa de 1812. Una luz cálida y lejana a la vez que iluminaba todo el camino.

Este cometa fue presagiado como el fin del mundo, portador de incontables desgracias para aquel solitario imperio que se bendecía con la posibilidad de verlo, pero para Yao significaba totalmente lo contrario. El cometa traía esperanza a su vida, la esperanza de que todo mejoraría. En sus ojos se reflejaba el brillo de aquella esfera lejana en el cielo, se reflejaba el cielo lleno de estrellas que le permitían comenzar de cero, que le ofrecían empezar una nueva vida.

Lejos de allí, en un frío tren camino al noroeste, un joven miraba por la ventana con ojos perdidos en la oscuridad del paisaje. Lejos de allí, otro joven apoyaba suspirando sus brazos en la ventana. Ambos miraban el cielo con tristeza y sin brillo en los ojos, aquellos ojos que con tanta sorpresa y felicidad se encontraron en una noche como esta.

Sobre ellos y sobre toda la ciudad, el cometa comenzó a brillar con una luz fría y cálida a la vez. Brillaba con la intensidad de más de mil velas encendidas en un solo lugar. Brillaba e iluminaba igual que el amor que los corazones de ambos acunaban.

–There's a war going on... –susurró melodiosamente Arthur al aire como tantas noches se le había escuchado hacer. Con tristeza y esperanza en su voz entonó suavemente una vieja canción.

–Out there, somewhere –Alfred suspiró relajado mientras apoyaba su cabeza sobre el helado vidrio del oscuro tren.

El cometa se reflejaba brillando con esplendor en ambos ojos, fijos y embelesados en el inusual espectáculo que el cielo nocturno les regalaba. Brillaba sobre los zafiros que en Alfred abrigaban una lejana y casi inalcanzable esperanza de ser feliz nuevamente. Resplandecía sobre las hermosas esmeraldas de Arthur, quien confiaba en encontrar su felicidad otra vez.

Quizás, algún día, ambos se volverían a encontrar, pues el futuro depara inimaginables momentos y situaciones. Este cometa representaba lo incierto que podía ser el destino y, a la vez, devolvía el brillo a los ojos de aquellos jóvenes que con tanto fervor aceptaron un amor prohibido.

Yao bajó la mirada lentamente y se dejó simplemente envolver por aquel espectro luminoso. Dejó que aquella hermosa escena pudiese ser apreciada por otros. En realidad, solo necesitaba ser apreciado por dos almas, alejadas por una fuerza superior a su persona y unidos por un amor incondicional y recíproco en ambos corazones.

El mundo parecía desaparecer, las barreras se alejaban y dispersaban. Todo se unía únicamente en el brillo de aquel cometa, todo se juntaba solamente en él.

En ese maravilloso momento no había nada, solo eran ellos, no había nadie más. Bajo el mismo cielo solo eran Arthur, Alfred y el Gran Cometa de 1812.

Bueno, ahora sí que les presento el final de lo que terminó siendo el Three-Shot. Mentiría si dijera que no lloré como Magdalena mientras escuchaba "Natasha Pierre" y, a la vez, escribía la escena que correspondía a la canción.

Sé que este musical no es muy famoso dentro de la comunidad que no es el fandom de los musicales. No es igual que diga "Natasha, Pierre And The Great Comet Of 1812" a decir "Hamilton". O sea, todos conocen "Hamilton", en especial si son hetalianos. Aun así, y de todas formas, decidí hacer este Cross porque simplemente amo ambas cosas. Amo como Tolstoi representa la alta sociedad rusa el mismo año de la quema de Moscú por Napoleón, como cruza historias y problemas que se ven minimizados cuando las tropas francesas invaden Rusia.

Bueno, espero que les haya gustado y hayan disfrutado del Cross (incluso cuando partió con la idea de ser un mísero y único One-Shot).

Finalmente, esto fue "The Great Affair Of 1812".

Adieu~