Hola corazones de chocolate.
So… escribí este fic como un pequeño one-shot y bueno… se salió totalmente de mi control y termine escribiendo prácticamente más de diez páginas en Word. Es un AU soulmetes(? No estoy totalmente segura, solo que es una trama original(? Y tal vez demasiado cliché. Sin embargo ha sido escrito con mucho cariño para aquellas fans del Victurio. También espero que perdonéis el final, porque aún sigo dudando de él. En fin, que me quebré la cabeza pero no salió nada mejor.
Whatever, espero que les guste :)
Nota: el titulo ha sido tomado de la canción de My Chemicals romance con el mismo nombre, ¿por qué? Simplemente me encanta esa banda y porque creo que le iba como anillo al dedo a la historia ;)
Summary: La casualidad no existe. La muerte solo es el principio. AU
Disclaimer: Yuri! On Ice © Production MAPPA, dirigido por Sayo Yamamoto y escrito por Mitsuro Kubo. Todo lo que diverge del canon es mío y está hecho sin fin lucro. ¡Di no al plagio!
The Ghost of You.
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by Miss. Breakable Butterfly
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Capítulo único
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.X.
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"Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?
Si eres un mal en el terrestre suelo
¿Por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?
Si eres nieve, ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama, ¿por qué tú hielo inerte?
Si eres sombra, ¿por qué la luz derramas?
¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida, ¿por qué me das la muerte?
Si eres muerte, ¿por qué me das la vida?"
Poema "El amor" de Manuel Gonzáles
Prada.
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.X.
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Cuando Yuri tenía seis años, descubrió que tenía un don que otros niños no. Él podía ver fantasmas.
Las cosas en un principio eran sencillas porque sus padres podían fingir que como cualquier niño pequeño e hijo único al que no podían darle la suficiente atención, recurría a los amigos imaginarios para llenar el vacío solitario.
Sin embargo, ingenuamente esperaron que esa etapa se fuera con su ingreso a la escuela. No fue así, de hecho solo pareció aumentar y con el tiempo los psicólogos, terapeutas y psicoanalistas, les dieron soluciones en forma de pastillas y una institución mental.
— No me hagáis esto por favor... ¡Madre! ¡Padre! ¡No dejéis que me lleven! —Aún recuerda los gritos que le atravesaron la garganta y el desgarrador dolor en el pecho cuando sus padres desviaron la mirada, dejándole a merced de esos hombres de blanco.
— Lo siento Yura —pronunció la suave voz de Víctor con impotencia. Observando sin poder hacer nada, como su hasta ahora risueño gatito, era arrastrado hasta el interior del transporte que lo llevaría hasta el psiquiátrico.
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Cuando Yuri había cumplido ocho años, Víctor llegó a su vida. Él era diferente a otros fantasmas; la mayoría solo buscaba su ayuda para irse de este mundo o contactar a su familia viva, sin embargo, se iban en cuanto descubrían que al Yuri ser un niño, poco podía hacer para ayudarles. Otros lo intimidaban, demasiado abrumados con vagar sin descanso alguno, sin posibilidades de comunicarse con otras personas, sintiendo que Yuri, al ser uno de los pocos humanos que podía percibirlos, era su obligación estar a su disposición.
Pero Víctor fue diferente.
La mañana de su octavo cumpleaños, cuando Yuri abrió los ojos, sus ojos se encontraron con unos ojos azules como nunca antes había visto. Demasiado densos y profundos, demasiado reales para un fantasma normal.
— Hola —la voz del fantasma era suave y una sonrisa sincera se abría pasó por su rostro traslucido.
Yuri parpadeó un poco aturdido porque verlo había despertado una sensación cálida en su pecho.
— H-hola —pronunció con timidez y el fantasma sonrió.
Después de casi medio siglo volvía a reunirse con su gatito.
— Me llamo Víctor y desde hoy, seré tu ángel guardián —pronunció con convicción. Los ojos azules chispeantes y una dulzura abrumadora que calentaron las mejillas de Yuri.
Y es que, Víctor le miraba como si fuese la persona más importante del mundo y con un cariño aún más profundo y denso que el que sus padres alguna vez le habían profesado.
— ¡Oh! —Exclamó, sus ojos verdes brillantes observándole con curiosidad y alegría sin adulterar—. Yo soy Yuri Plisetsky y esperó que te quedéis conmigo por siempre.
Y es que, estaba cansado de estar solo. Tenía ocho años pero Yuri sabía que era ese sentimiento denso y oscuro, además, siempre había sentido que le faltaba algo, algo importante de lo cual no se podía acordar pero, con Víctor ahí, esa agitación en el pecho pareció irse.
— Por supuesto —pronunció Víctor y con la sonrisa un poco melancólica, agregó—: te lo prometo.
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Así que, los dos años siguientes a la llegada de Víctor, habían sido los más felices para Yuri.
Había dejado de temerle a la oscuridad y los otros fantasmas ya no lo abrumaban tanto como lo hacían, Víctor podía ser muy temperamental y posesivo cuando quería. Además, finalmente, el sentimiento de soledad se había ido. No importaba que en el colegio los otros niños le ignoraran y lo llamaran raro, con Víctor a su lado, se sentía seguro y querido.
— Quisiera que estuvieras aquí —solía decirle de repente. El único anhelo que parecía llenarlo ahora era la devastadora tentación de poder tocar a su amigo, abrazarlo y sentirlo real.
Cuando esas frases solían escaparse de sus labios, Víctor lo miraba con desgarradora impotencia que pretendía ocultar bajo suaves sonrisas.
— Pero estoy aquí —le contestaba, la voz cariñosa solo dándole un motivo más para desear tocarlo. Revoloteaba aún más cerca y el escalofrío que invadía su cuerpo era un efímero consuelo a su imposible anhelo.
— Pero... —a veces quería objetar y decirle que a eso no se refería, pero un miedo terrible a que lo dejara solo de nuevo, ante tan egoístas pensamientos, le invadía.
— Siempre voy a estar contigo —le murmuraba entonces, como si pudiese ver cada uno de sus miedos y él le creía completamente.
Sin embargo, esa mañana había sido diferente. Víctor revoloteaba a su alrededor y por momentos su forma parecía encenderse en un tono rojizo, la furia e impotencia adornando la expresión de su rostro.
Yuri había estado un poco asustado porque cuando el color rojizo lo bordeaba, su presencia parecía desaparecer por segundos.
— Detente —gimió, el miedo incrustándose en su pecho como agujas entre los dedos. Yuri podía renunciar a muchas cosas pero la idea de perder a Víctor lo hacía estremecerse de miedo.
Víctor pareció darse cuenta de lo que estaba sucediendo y se calmó.
Sus manos se alzaron hasta su rostro como si quisiera borrar las lágrimas que Yuri había soltado sin darse cuenta, y con frustración las observó atravesarlo.
— Yo... Yuri, no llores —pidió lastimosamente, pero, antes de que pudiera pronunciar algo más o Yuri contestarle; la puerta de la habitación se abrió de manera estrepitosa.
— ¿Mamá? —Yuri preguntó con la voz entrecortada, observando con temor a los dos hombres que detrás de sus padres lo observaban—. ¿Qué sucede?
— Algún día vas agradecer lo que estamos haciendo hoy por ti —pronunció su padre sin mirarlo a los ojos. Yuri le miró sin entender, observando todo como una retrospección a un suceso extraño y ajeno.
Miró a sus padres abrirles pasó a los hombres con uniforme de enfermero; a su madre ocultar sus lágrimas en el pecho de su padre; a Víctor revoloteando frenéticamente a su alrededor y a él mismo gritando al verse abandonado por sus padres.
Luego el silencio y el dolor.
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Se necesitaron tres meses para que la dosis de los medicamentos que le administraban fuera reducida y sus pensamientos dejaran de fluctuar en nubes informes y discordantes de dolor, tragedia y soledad.
Pero no hubo consuelo alguno. Yuri miró las paredes blancas y el constante silencio en el que siempre estaba sumido el lugar.
La mayoría de residentes al igual que él, se recluían en sí mismos, llorando y gimiendo, y aquellos que estaban realmente locos riéndose sin sentido.
— ¿Dónde estás Víctor? —Se preguntaba cada día que sus ojos se abrían, con la esperanza de verlo ahí, merodeando a su alrededor u hostigándolo a despertar porque: "Es un día maravilloso, Yura. Tal vez hoy podamos encontrar un pasaje oculto que nos lleve a Nunca jamás", o, "has visto ese conejo blanco, creo que te ha confundido con Alicia".
Víctor se había vuelto su mejor amigo, pero, al igual que sus padres, lo había abandonado.
— Me lo prometiste —susurraba con el corazón roto. Porque él lo había prometido y sin embargo, se había ido.
Además, los fantasmas que solían merodear el hospital eran diferentes, lo asustaban, y ni siquiera esconderse debajo de las mantas funcionaba.
— Yuri, es hora de tu medicamento —pronunció una suave voz. Si había algo que Yuri detestaba más que los fantasmas era ese cerdo que tenía por médico. Siempre sonriéndole y tratándolo de manera amable.
Cogió el conjunto de pastillas y sin mirar a su médico a los ojos, las consumió.
En automático el adormecimiento llenó su cuerpo y la luz iluminó el lugar.
— ¿Es allá a dónde te has ido? —preguntó con la voz temblorosa, alzando su mano intentando llegar a la luz que parecía burlarse de su oscura situación.
Katsuki Yuuri, médico recién titulado, miró con impotencia el rostro dolorido de su cargo. Era tan triste ver a un niño en su situación.
Con un suspiro de resignación, dejó al niño que parecía intentar atrapar una mariposa, extendiendo sus manos a la nada.
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Hacía frío, las manos apenas las sentía y las mejillas le ardían, además, sentía los dedos de los pies entumecidos.
Sin embargo, eso no hizo que su avance cesara o que el agarre en su arma fuera menos firme.
Un chasquido se escuchó a sus espaldas y su comandante se giró con una expresión ofuscada.
— Shuu...—murmuró, el sudor corría a través de sus sienes.
Víctor asintió pese a no haber sido el causante.
Paso tras paso, sintió latir su corazón más rápido y cuando creyó que se detendría o explotaría, la primera ráfaga de balas, les llovió.
— ¡Es una emboscada! —Gritó alguien a su derecha—. ¡Es una emboscada...!
Luego su sangre le manchó las mejillas y parte del brazo cuando un centenar de balas le atravesaron.
Era cálida y totalmente contrastante con el frío clima que se percibía.
Cogió con mayor fuerza su arma y apunto, corriendo y gritando...
— ¿Por qué tenéis que ir? —Su corazón le había preguntado, sus ojos verdes resplandeciendo con la suave luz de la lámpara. Tan joven y vibrante. Tan delicado y obstinado—. Eres un Nikiforov. No necesitas arriesgar tu vida por algo en lo que ni siquiera crees.
Le espetó, el ceño fruncido y el agarre apretado contra las mantas que le cubrían, la manera en que intentaba disimular el miedo que sentía.
— No lo entiendes —pronunció con cansancio—. Eres demasiado joven, Yuri.
Y eso... sabía, era lo que no había que mencionar.
Las mejillas de Yuri se encendieron de rojo y las sábanas fueron arrojadas. La desnudes de su cuerpo quedó ante sus ojos y por un ínfimo momento, se permitió olvidar su charla, perdido en el esplendor del cuerpo que solo un par de minutos atrás había recorrido y consumido.
— ¡Eres un completo idiota! —dijo Yura, la ira haciendo que sus manos temblaran mientras intentaba cambiarse—. ¡No sabes nada!
Las lágrimas comenzaban a empañarle la visión.
— Yura... —lo intentó, acercándose hacía su joven amante—. Yo... tengo que hacerlo...
— ¿Por qué? —preguntó, con la voz temblorosa. Aferrándose a las manos que lo sostenían y equilibraban.
— Yo... —sus manos se deshicieron del agarre de Yuri—. Voy a casarme...
— No... —escuchó la respiración de Yuri acelerarse. Se giró incapaz de verlo a los ojos.
— La boda será en dos meses —continuó, sus ojos perdidos en el paisaje que se veía a través de la ventana.
La risa incrédula de Yuri le hizo mirarlo otra vez.
Las lágrimas corrían a través de sus mejillas y pese a que reía, el dolor se reflejaba en su mirada.
— ¿Así que te vas? —la voz de Yura salió ligeramente histérica—. Por eso decides ir a la guerra que huir conmigo. ¿No me amas?
Víctor tragó saliva y negó con la cabeza.
— N-no —la respuesta fue un susurro que aun así pareció atravesar el tiempo y el espacio—. No lo hago.
Se obligó a mirar a Yuri a los ojos. Las lágrimas finalmente se habían detenido.
— No te creo —le espetó antes de girar y comenzar a vestirse para irse.
Pero ahora, mientras observaba caer a sus compañeros atravesados por una lluvia de balas, todo carecía de sentido e importancia.
Solo quería regresar a ese tiempo en el que entre suaves mantas, se perdía en el cuerpo joven de su gatito.
— ¡Cuidado! —Escuchó a alguien gritar. La granada estalló, dejándole ligeramente aturdido en el suelo, un cálido cuerpo, cubriéndole del mayor daño.
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Las luces se apagan y los murmullos comienzan. Enfermeros entusiastas, revisan la lista de pacientes.
El médico a cargo sonríe.
— ¿Con quién jugaremos hoy? —pregunta, su voz suave solo hace que los enfermeros se sientan más impacientes.
Participar en un procedimiento tan nuevo y revolucionario les hace sentir realmente deseosos de comenzar.
Los pasos del médico se detienen en medio de un corredor, cuatro puertas disponibles.
Sus ojos viajan al portapapeles donde hay un breve resumen de las características de cada paciente en esa ala, las fotografías resplandecen y la sonrisa del médico se extiende.
Sus ojos observando con fascinación, las características casi angelicales del jovencito que con el ceño fruncido mira la cámara.
— Él —murmura, su dedo índice delinea casi con ternura la fotografía—. Démosle la oportunidad de renacer.
Pronuncia como una clase de Dios benevolente y los enfermeros asienten. La emoción se extiende como pólvora en sus cuerpos y cuando abren la puerta del jovencito, lo encuentran murmurando por lo bajo, sus ojos revoloteando a su alrededor como si pudiese ver un montón de hadas rodeándolo.
— Yura... —el médico llama y los hombros de Yuri se tensan.
Hace mucho tiempo alguien le había llamado así.
— ¿Quién? —Pregunta, la voz ronca y la mirada perdida.
— Aquí... —pronuncia el médico finalmente llamando su atención.
Yuri parece mirarlo sin verlo realmente.
Sus ojos son cristalinos y por un momento... parece que las lágrimas descenderán sin tregua alguna.
— Vitya... —la voz del joven de quince años se rompe y con las piernas temblorosas se levanta y camina en dirección del médico—. ¿Volviste por mí?
Pregunta mientras sus manos se aferran con fuerza a la bata blanca del médico. La inocencia casi infantil suavizan aún más sus rasgos y de ser otras las circunstancias, el médico sabe que Yuri habría sido un rompe corazones.
— Por supuesto que si —el médico pronuncia, sus manos recorren con delicadeza el cabello dorado de su paciente.
Una risa casi infantil sale de los labios de Yuri y se abraza con mayor fuerza al médico.
— Sabía que no romperías tu promesa —pronuncia. La felicidad lo recubre y sus ojos se cierran.
— Siempre tan atento —murmura una enfermera, la admiración cubriendo sus rasgos mientras el médico oculta nuevamente la jeringa ahora vacía en su bata.
— La comodidad de nuestros pacientes es fundamental, señorita Whitney —pronuncia, sus ojos escaneando el rostro dormido del jovencito—. Por cierto ¿quién es Vitya?
Los enfermeros se encogen de hombros.
— Al parecer es uno de los "fantasmas" que veía cuando le trajimos aquí. Sin embargo, después de su primer año, lo dejo de mencionar.
Contestó el enfermero que cargaba a Yuri.
— ¡Ah! —Asintió el médico sin mayor importancia—. En fin, comencemos con el tratamiento.
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Hacía frío, no es que hubiese mucha diferencia con el clima común de Rusia, pero, era ligeramente más frío de lo normal para una tarde de primavera.
Bebió de su copa de vino y le guiñó el ojo a una de las jóvenes damas asistentes, la joven se ruborizo y Víctor se alejó al escuchar las risas de las jóvenes que la acompañaban. La verdad era que solo estaba en aquel lugar a petición de su padre y la insistencia de su madre.
— Todas las jóvenes en edad de casarse asistirán —le había dicho su madre, el ceño ligeramente fruncido casi estropeando sus características—. Y si no queréis que yo escoja a tu futura, es mejor que asistas.
Así que ahí estaba. Aburrido como nunca y fingiendo que se interesaba en las conversaciones que se hacían a su alrededor o cuando se le acercaban a conversar.
— Os habéis enterado… —escuchó murmurar a una de las jóvenes asistentes. Víctor contuvo las ganas de rodar los ojos, eso era otra de las cosas por las que no quería asistir, todos cotilleaban de todos, podían tratarte como el mejor de los amigos, pero, en cuanto les dabas la espalda, los cuchillos se enterraban—. Yelena Plisetsky ha vuelto.
— ¿Enserio? Pensé que no volvería. No después de que se fugara con ese campesino…
— Mi madre me ha dicho que es porque el Señor Plisetsky ha enfermado y que antes de morir quería arreglar las cosas con su hija.
— No sé cómo puede su padre ser tan indulgente con ella, si yo me atreviera a hacer lo que ella, mi padre jamás me perdonaría.
— Shuu… mirad quien ha llegado.
Víctor miró hacia la entrada, guiado más por curiosidad ante el repentino silencio que pareció envolver el lugar, todos parecían haber entrado en una especie de parálisis, luego los murmullos comenzaron con renovada fuerza.
En la entrada no se encontraba otro que Nikolai Plisetsky en compañía de su hija y su al parecer nieto. Sin embargo, Víctor no pudo percibir adecuadamente el rostro del hijo de Yelena.
— ¿Ese es su hijo? —escuchó preguntar en un murmullo a una de las mujeres reunidas.
— Yuri Plisetsky se llama —murmuró otra.
— Su bastardo legitimado —pronunció una tercera con desdén—. La razón de que huyera.
— Puede serlo, pero… —expresó una cuarta—… es el único heredero de la fortuna y pronto estará en edad de casarse.
— Y piensas presentar a tu hija ¿no? —se burló la última de ese círculo en particular.
Víctor hizo una mueca y se alejó. Y su madre pretendía que encontrará una esposa entre ese nido de víboras, casi entendía porque Yelena se había fugado.
Caminó con parsimonia hasta donde los recién llegados saludaban a los anfitriones, y se quedó estático cuando los ojos de un tono verde como el jade se posaron sobre los suyos. El dorado de su cabello resplandeciendo como un halo.
— ¡Víctor! —Exclamó con placer Nikolai. El viejo hombre era amigo cercano de su abuelo y padre—. ¿Cómo estás muchacho? ¿Y tus padres?
— Estoy muy bien Señor —respondió, sus ojos desviándose con insistencia hacia donde Yelena y su hijo seguían hablando con algunos invitados—. Mis padres están bien también. Han viajado a la capital por negocios, así que, he venido yo en su representación.
Nikolai asintió. Las cosas en el país no iban del todo bien, había un descontento civil que parecía no tardaría en explotar y la mayoría de clase alta intentaba mantener asegurada su fortuna.
— Por supuesto es... —comenzó Nikolai solo para ser interrumpido por su hija y nieto. La expresión del viejo hombre se suavizo. Sus ojos encontraron los de Víctor y una sonrisa suave delineo sus labios—. Te presento a mi hija Yelena y mi nieto Yuri.
— Víctor Nikiforov, y es un placer —respondió Víctor con su sonrisa más encantadora.
Yuri resopló burlonamente y Yelena le mandó una mirada molesta.
— La última vez que te vi eras un pequeño —murmuró Yelena con nostalgia. Esa última vez Víctor tenía tres años, y ella había estado intentando escapar de los pretendientes que su padre quería que conociera, una semana después se había fugado—. ¿Cómo está Anzhela?
— Muy bien, de viaje con padre.
Yelena asintió con una sonrisa.
— Salúdale por mí —pidió, ellas una vez habían sido buenas amigas, ella era la única que en su momento sabía de su plan de escape.
— Lo haré —prometió y la vio alejarse con su padre.
Fue entonces cuando sus ojos finalmente se encontraron con los de Yuri. El joven que había estado pendiente de todo el intercambio con curiosidad.
Yuri sonrió con picardía y el pulso de Víctor se aceleró. Así de cerca podía percibir las motas azules que adornaban el rededor del iris y que le daban un toque bastante único a su mirada. Yuri tenía todo el encanto de su madre y un aire rebelde que atraía la atención hacia él.
— Y... —comenzó Yuri con voz suave—... ¿qué hacen los de vuestra clase para divertirse?
Víctor lo miró por un largo momento; Yuri se movía y comportaba como la mayoría de jóvenes ricos, además de los rasgos delicados que poseía, y era fácil olvidar que era nuevo en esa clase de reuniones.
Víctor se encogió de hombros.
— Hay vino —finalmente respondió. Él también odiaba estas fiestas que solo estaban destinadas a la pretensión y la consolidación de lazos políticos a través de matrimonios.
Yuri resopló.
— Encantador —murmuró, cogiendo una copa de vino y haciendo una mueca ante el sabor.
— Por el lado positivo, aun no tenéis que soportar a madres intentando concertar citas con sus encantadoras hijas, o jóvenes encantadoramente insinuantes que intenten atraparte en situaciones incómodas que terminen con un matrimonio arreglado y apresurado —pronunció con una sonrisa que amenazó con convertirse en una ruidosa serie de carcajadas al ver la mirada de horror que portaba la cara del menor.
— ¿Hablas enserio? —Preguntó incrédulo.
— Jamás osaría mentiros —dijo con voz solemne y disfrutó de la risa suave y ligera que provocó en Yuri.
Esa tarde y parte de la noche la pasó en compañía de Yuri. Disfrutando del humor negro y sarcástico del que era dueño. Riendo de las mujeres que intentaban atraparlos con sus "encantadoras" hijas.
— Me alegra haber venido —pronunció Yuri al final de ese día, sus mejillas rojas como granas por el vino, el cabello rubio ligeramente desordenado por el viento y una sonrisa suave delineando sus labios.
Yuri era demasiado lindo para su propio bien y Víctor había bebido demasiado.
— Yo también —murmuró Víctor. Se sentía demasiado ligero y con el poder de hacer lo que quisiera. Más feliz de lo que se había sentido en mucho tiempo, así que, sin vacilación alguna se acercó a Yuri y disfrutando de la expresión soñadora que portaba, lo beso.
Lo beso hasta que ambos se quedaron sin aliento y lo volvió a besar hasta que la voz de la madre de Yuri llamándole, se coló en el lugar donde se habían escondido de las miradas indiscretas.
— Tengo que irme —murmuró Yuri, sin embargo, seguía aferrado a Víctor.
— Lo sé —pronunció, dándole un breve beso y finalmente liberando su agarre.
— Pero... ¿te veré...? —Por un momento la inseguridad llenó el tono de Yuri.
Víctor casi sonrío enternecido. Entendía el dilema, él era casi cuatro años mayor que Yuri, y además, ambos eran hombres, pero...
— Si... —pronunció y Yuri sonrió.
... no importaba, nada importaba cuando Yuri le hacía sentir de esa manera.
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El dolor se encendió a través de su cuerpo. Cada uno de sus nervios parecía estar ardiendo.
Yuri quería desintegrarse en un montón de partículas, volverse polvo y olvidar el concepto de dolor. Yuri quería gritar y desaparecer...
— ¡Basta! ¡Basta! —Repetía en su cabeza. El dolor punzante en cada una de las células de su cuerpo, viajando a través de su cabeza hasta la punta de los pies—. ¡No más! ¡No quiero! ¡Por favor! ¡Por favor!
— Aumente la intensidad en un cinco por ciento —alguien pronunció pero Yuri solo percibía el dolor.
— Claro doctor —pronunció una voz al fondo.
Y Yuri mordió con más fuerza la mordaza que le llenaba la boca. La saliva escurría por su barbilla y el dolor se agudizaba.
— Vas a quedarte conmigo —la voz de su yo infantil pronunció.
— Si... seré tu ángel de la guarda —la voz de Víctor le llegó suave y ligera.
Escuchó su risa infantil alejarse y la voz de Víctor atenuarse.
El dolor disminuyendo gradualmente.
— Muy bien... —pronunció la voz grave a la distancia—. El paciente no ha perdido el conocimiento y sus pupilas responden bien. Así que, administra otra descarga igual.
El dolor se precipitó a través de la terminación nerviosa de Yuri. El leve remanso de paz solo había servido para hacerle aun más perceptivo al dolor con esta segunda descarga.
— Me gustan los gatos, creo que son los animales más increíbles de todos —pronunció con entusiasmo y sonrió.
— ¡Oh! Eso tiene sentido —pronunció la suave voz de Víctor, le sonrió y Yuri deseo que apretara su mejilla.
— ¿Por qué? —preguntó con curiosidad.
— Porque eres lindo como uno —le dice, y por un momento Yuri cierra los ojos e imagina a Víctor acariciando su cabello.
El dolor se apaga y sus ojos se abren. La luz de neón le lastima la vista y siente un entumecimiento llenando su cuerpo.
— Hola Yuri —pronuncia con suavidad el médico—. ¿Cómo te sientes?
Yuri parpadea aturdido, la saliva aun escurre entre sus labios y la bata de hospital se pega a su cuerpo.
— Sucio... —finalmente responde, sus ojos enfocan todo menos al médico.
— ¡Oh! Pronto podrás darte una ducha —le dice y le ofrece una sonrisa.
Entonces Yuri se congela y traga saliva.
— ¿Te quedaras conmigo por siempre? —las palabras flotan en el aire, la imagen nítida de la sonrisa de Víctor se dibuja en el espacio.
— Siempre —murmura el tiempo y las lágrimas ruedan a través de sus mejillas.
— Rompiste tu promesa —murmura con la garganta seca. Los ojos azules de Víctor se desdibujan y solo queda el vacío estático.
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El aliento se le atora en la garganta. El dolor le consume los huesos y el alma.
— ¿Por qué? —pregunta con la garganta constreñida. Las balas resuenan a su alrededor, pero... para Víctor, todo carece de importancia.
Una explosión resuena a unos metros y el impacto lo hace aferrarse con más fuerza al cuerpo cada vez menos cálido que yace encima de él. Un pitido le perfora los oídos y está seguro de que vomitara en cualquier momento, sin embargo, no sabe cuál es la causa y no quiere detenerse a pensar en ella.
— Idiota —pronuncia con voz suave su salvador, la sangre resbala con lentitud de sus labios, contrastando terriblemente con la blancura de su piel.
Víctor se atraganta con los sollozos que se mueren por dividirle la garganta, en su lugar se aferra con más fuerza al cuerpo cada vez más frío.
Quiere negar la evidente tragedia que se cierne sobre él. Quiere pretender que todo es un terrible sueño y que cuando menos se lo espere, va despertar en medio de las sabanas de seda con el cuerpo calido de Yura enredado con el suyo. Sin embargo, las cosas raramente son como deseamos y en su lugar percibe los temblores que aquejan el cuerpo de su salvador.
— Tengo frío —la voz suave apenas se escucha entre las explosiones y la lluvia de balas. La mano delgada y fría se posa en su mejilla y con incredulidad se da cuenta de que está llorando—. Tienes que irte.
Le dice, el tacto suave borra las lágrimas de sus mejillas y Víctor apenas puede negar con la cabeza. ¿Cómo podría abandonarlo? Él no puede siquiera pensar en irse, no cuando cada segundo robado a la muerte es más valioso que todos los tesoros del mundo.
— No puedo dejarte —finalmente se las arregla para decir, limpiando una mancha de sangre del rostro delicado y demasiado angelical como para estar en medio de la guerra—. No debiste venir aquí, Yura.
Finalmente se rompe y las lágrimas caen. Él se había marchado con la confianza y certeza de que algún día, Yuri le olvidaría; que algún día, cuando fuera mayor y con su propia familia, miraría atrás y él, Víctor, solo sería un sueño efímero que en sus bordes por momentos remitía a una pesadilla. Se había alejado con el corazón roto al saber que nunca podría darle a Yura lo que ingenuamente una vez había prometido, sin embargo, podía darle la libertad de su amor pero... ahora...
— S-se… lo… terrible… que… eres… cumpliendo… promesas… —pronuncia con mucho esfuerzo Yuri, la sangre escurriendo a través de sus labios—. Así que... me... asegure... de que... lo hicieras. Te amo.
Finalmente pronunció y entonces su voz se apagó. El tiempo y el espacio pareció detenerse, y el silencio se precipito tan abrumador y aterrador como la granada de la que Yura lo había salvado.
El cuerpo inerte quedó en los brazos de Víctor y el dolor perforo más agudo que las balas.
— ¡Yuri! —Gimió el nombre, pero no hubo respuesta alguna—. ¡Yuri!
Gritó al cielo, al universo, pero, solo recibió el abrumador silencio en respuesta.
— ¡Voy a encontrarte, algún día volveremos a reunirnos y esta vez las cosas serán diferentes! —Exclamó, prometiendo y jurando, sellando su promesa con sangre. Cuando la última letra de su juramento salió de sus labios, su cuerpo cayó, una lluvia de balas le había perforado el corazón.
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Los tratamientos de Yuri se volvieron diarios y cada vez más prolongados.
Le dejaban siempre con una sensación de hormigueo en el cuerpo que solo se detenía cuando rascaba hasta sangrar.
Sin embargo, lo que más le abrumaba eran los espacios en blanco que comenzaban a poblar su mente.
— ¡Yuri! ¡Deja de hacer eso! —La exclamación horrorizada lo hicieron sobresaltar.
La bata blanca que portaba el dueño de la voz, encendió las alarmas en su cabeza y retrocedió horrorizado. El hormigueo en su piel se hizo más insoportable y rascó con más fuerza.
— N-no... Yo... —balbuceó Yura, la mirada frenética recorriendo alrededor de la habitación—... no recuerdo nada... lo juro... lo juro...
Se rascó con más fuerza y finalmente la sangre brotó con una especie de alivio adormecedor.
— Está bien, Yuri. Está bien —murmuró con voz suave Katsuki Yuuri. Acercándose con lentitud a Yurio, como solía llamarlo cariñosamente en su mente—. Solo... voy a vendar tus manos ¿sí?
Yurio parpadeó confundido y el corazón de Yuuri latió dolorosamente.
Él no estaba de acuerdo con el nuevo tratamiento que se estaba aplicando a los internos, sin embargo, sus quejas y observaciones caían en oídos sordos, además, pese al intento de comunicarse con las familias de los pacientes, todos parecían querer mantenerse al margen de lo sucedido. "Estamos seguros que los tratamientos son aptos"; "No tenemos nada que decir al respecto, todo está en sus capaces manos". Ya había perdido la cuenta de las veces que había escuchado aquello. Las personas parecían deslindarse de sus parientes sin un atisbo de culpa, de hecho, muchos parecían avergonzados de contar con un pariente así.
— Todo está bien ¿ves? —Dijo cuando terminó de vendar los brazos de Yurio. Sonriendo con cariño cuando Yuri palpó los vendajes con incredulidad.
— G-gracias —murmuró bajito. Sus ojos verdes brillaron con la gratitud e inocencia infantil, que Yuuri se sintió más apenado y culpable.
Cuando finalmente dejó solo a Yurio, se fue con la convicción de hacer algo para sacar al joven de ahí. Después de todo, antes de que iniciaran con los tratamientos de electro shock, Yurio ciertamente no parecía y actuaba como una persona con desequilibrios mentales. Además, al tener raíces japonesas los fantasmas y seres sobrenaturales, no eran temas infrecuentes en su mitología, y a decir verdad, no eran infrecuentes en varias mitologías, pero, las personas tendían a horrorizarse de aquello que no entendían, así que, había un uno por ciento de probabilidades de que Yurio realmente podía ver cosas que otros humanos no, y sin embargo, en lugar de recibir apoyo, lo habían enviado a una institución mental.
Suspirando con cansancio se alejó. Esperando que la próxima vez que se reuniera con Yurio fuese para liberarlo del lugar.
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La próxima vez que Víctor abrió los ojos, se encontraba en el mismo lugar que había servido de campo de batalla, sin embargo, pese a que no era igual a como se veía la primera vez que lo había visto, tampoco se parecía en nada al campo de batalla que se había convertido.
Sin embargo, lo que le hizo sentir aún más frenético fue la falta del cuerpo de Yura, lo único certero que sabía había estado con él, y sin embargo, su gatito no estaba.
— ¡Yuri! —Gritó, pero, solo había silencio.
Caminó entre las calles en ciernes y con ligera sorpresa miró a las personas tranquilamente caminando, la guerra solo parecía un efímero recuerdo.
Por un momento, ese simple hecho lo emocionó, era gratificante ver que después de tanto horror y tragedia, finalmente la paz había retornado; sin embargo, las personas pasaban de él y cuando finalmente encontró a alguien que lo veía...
— ¡Oh, querido! —La mujer pronunció. Su voz era suave y lo miraba con cierta tristeza y tal vez lastima—. Estas muerto.
Le dijo y por un ínfimo instante, Víctor, pensó que todo se trataba de un mal chiste, sin embargo, en lo profundo de si sabía que era cierto. Después de todo, cuando se había despertado, había una certeza que le decía que las cosas no eran en nada a como lo eran antes, luego habían estado las personas que transitaban a través de las calles, tan ajenas a su presencia, y finalmente, el dolor casi imposible de pasar desapercibido que le atravesaba todos los días a la misma hora.
— Pero… ¿tú puedes verme? —Preguntó con incredulidad. La mujer sonrió maternalmente y suspiró.
— Es un don… y a veces una maldición —murmuró la mujer. El parque en el que se había detenido, por fortuna estaba vacío. No quería causarle problemas a la mujer.
Víctor carraspeó incómodo y perdido. La mujer le miró con detenimiento y cuando fue evidente para ella que él se encontraba tan abrumado como para preguntar algo, ella rompió el silencio.
— Estarás aquí hasta que encuentres el asunto que has dejado pendiente, una vez que lo resuelvas. Serás libre —pronunció. Víctor le miró sin tener idea a que se refería.
— ¿Asunto pendiente? —Preguntó inseguro, la mujer asintió y Víctor sintió una abrumadora falta de consciencia. La verdad es que apenas podía recordar las circunstancias de su muerte, ¿cómo iba a recordar cuál era su asunto pendiente?— Y-yo… no recuerdo nada.
Murmuró con desesperación y la mujer asintió como si ya se esperase eso.
— A veces suele suceder eso. No te preocupes, recordaras. Sin embargo, muchas veces las cosas no suceden como desearíamos y la mayoría de las veces, hay un gran peso y dolor para resolverles —pronunció la mujer en voz baja, luego le sonrió—. Mientras tanto… disfruta de las vistas, las cosas después de todo están hechas para caer por su propio peso.
Con eso la mujer se fue. Dejándole con el abrumador silencio que se convertiría una constante por demasiado tiempo, aunque no podía estar seguro, no cuando las cosas a veces parecían cambiar demasiado rápidamente y otras, congelarse en momentos que parecían eternos.
Fue así que, mientras observaba al mundo avanzar, una mañana fría de invierno finalmente los resquicios de una memoria cobraron vida.
— Mami… ¿podemos beber chocolate caliente hoy? —La voz suave e infantil resonó en la calle, y Víctor, sintió que una corriente eléctrica le atravesaba. Sus ojos buscaron con avidez el lugar de donde provenía la voz y sus ojos captaron a un pequeño niño, las mejillas rojas por el frío y su cabello rubio cubierto por un gorrito de lana azul, pero lo que le abrumó por completo fueron sus ojos verdes, tan verdes como el jade y con destellos azules que le hacían resplandecer.
— Por supuesto Yuri —respondió la madre con una sonrisa suave.
— Has oído Otabek —murmuró con una sonrisa infantil, sin notar la forma en la que la sonrisa de su madre se transformaba. Un niño un poco mayor que Yuri asintió y con sorpresa, horror y expectación (? Tal vez… Víctor observó al niño que, al igual que él, un fantasma era y aun así era visto por los ojos verdes de Yuri.
Así fue como por un tiempo, Víctor lo siguió. La abrumadora emoción y felicidad cuando se dio cuenta que si, en efecto, Yuri podía ver a los seres como él, lo devastó completamente, sin embargo, también lo fueron los recuerdos que parecieron despertarse del letargo que por incontables lunas había querido desentrañar y ahora solo le provocaban anhelos, dolor y nostalgia. Eso casi hizo que, por un ínfimo instante, decidiera alejarse de Yura, pero, finalmente todo estuvo claro. Cuando finalmente el recuerdo de su muerte lo golpeó más certero y "real" de lo que había estado experimentando en esta nueva forma, finalmente las palabras de la mujer tuvieron sentido.
Una promesa era lo que lo ataba, pero... también lo era un amor tan visceral que aun la muerte no había podido terminar.
Así que esa mañana, con los primeros rayos del amanecer, ingresó a la recamara de un durmiente Yuri. Revoloteó a su alrededor, contando sus pestañas y comparando las similitudes y diferencias que esta nueva apariencia de su gatito tenía con el pasado. Y cuando sus ojos se abrieron, la alegría sin adulterar se disparó en su forma fantasmal, los ojos no habían cambiado. Eran los mismos ojos que había amado todos esos años atrás, el brillo de las motas azules que solo hacia lucir aún más el color verde jade, era tan precioso.
— Hola —dijo, la emoción vibrando a través de la "materia" que lo formaba. El deseo casi infantil y tal vez egoísta de que el alma del Yuri que había amado despertará del letargo y lo reconociera.
— H-hola —pronunció con timidez y Víctor sonrió pese a la ligera decepción de la falta de reconocimiento en esos ojos que amaba.
— Me llamo Víctor y desde hoy, seré tu ángel guardián —pronunció con convicción. Los ojos azules chispeantes y una dulzura difícil de contener por el niño que inconscientemente lo miraba como si fuese aquello por lo que incontables lunas había esperado, alimentando sin ser consciente la esperanza del reconocimiento.
— ¡Oh! —Exclamó, sus ojos verdes brillantes observándole con curiosidad y alegría sin adulterar—. Yo soy Yuri Plisetsky y esperó que te quedéis conmigo por siempre.
Por un segundo todo parecía haberse detenido mientras los ojos verdes se anclaban a los azules. El tiempo un efímero espectador de dos almas que finalmente se habían encontrado y por un instante si Víctor pudiese llorar lo habría hecho, en su lugar, pronunció:
— Por supuesto —dijo y con la sonrisa un poco melancólica, agregó—: te lo prometo.
Entonces el tiempo retomó su curso y por un instante todo parecía haber caído en su lugar. Pero... las cosas tampoco estaban hechas para durar, él mundo había cambiado pero no lo suficiente.
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Las memorias se volvían manchas blancas y el dolor se volvía un hormigueo sempiterno en sus terminaciones nerviosas, en su piel y en sus huesos.
— La respuesta de sus pupilas ha disminuido ligeramente —una voz rompió el abrumador silencio.
— Creo que deberíamos darle un período de descanso —murmuró alguien más, el tono inseguro.
— No...
— Pero el paciente... —intentó por segunda vez uno de los médicos. El pulso del paciente estaba disminuyendo y se temía que la situación empeorase.
— Estamos a punto de concluir el tratamiento. Es fundamental seguir adelante. Así que, una vez más —cortó el médico a cargo las protestas con un tono tajante.
— Muy bien doctor.
La luz se precipitó a través de las pupilas de Yuri y el dolor se difuminó.
— Te amo...
Las palabras resonaron en su cabeza y se obligó a abrir los ojos.
La habitación donde llevaban a cabo sus tratamientos se había desvanecido y en su lugar se encontraba en una habitación amueblada finamente y con una chimenea que hacía del ambiente algo agradable, pero, a lo que sus ojos se anclaron fue a la figura de Víctor frente a él.
Sus ojos le miraban de la misma manera en que lo había hecho la primera vez que lo había visto. Tenía además un traje negro y una copa de vino en la mano izquierda. Sus mejillas se sintieron calientes y sabía que estaba ruborizado.
— Eres tan tonto —pronunció Yuri, sin embargo, la acción estaba lejos de su control, sus labios se movían sin su voluntad—. Soltando un montón de palabras vanas.
— ¿Lo son? —pronunció Víctor con una sonrisa exasperante. Luego negó lentamente con la cabeza—. Sé que tiendo a decir o hacer cosas que luego no significaran nada, pero… lo que siento por ti, es tan real como el sol que alumbra cada mañana.
— Eres tan jodidamente cursi —pronunció, la voz cargada de emociones que no sabía cómo expresar. El revoloteo en su estómago y el latido cada vez más aforado—. Si esto es una clase de juego yo…
Las palabras se cortaron por los cálidos labios de Víctor sobre los suyos; y Yura y solo sabía que el mundo podría terminar o él podría morir y no importaría porque Vitya estaba a su lado, solo que… él realmente no estaba.
— "Esto es un sueño ¿verdad?" —las palabras afloraron en su cabeza y el dolor volvió a precipitarse por sus terminaciones nerviosas.
Dolía como el infierno y simplemente quería que todo se apagara, quería regresar a esa ilusión que por un ínfimo instante su cabeza le había brindado.
— Seréis aquello que me guíe en la oscuridad —la voz suave y cadenciosa de Víctor se escuchó en un susurro muy cerca de su oreja.
Podía sentir sus brazos rodeándole y la calidez del cuerpo contra el suyo. Su corazón latiendo tan rápido que sentía que en cualquier momento escaparía de los confines de su pecho. Se giró a mirar a Víctor, sus ojos azules brillaban a la luz de las velas. Su aliento cálido chocó contra sus labios y todo quedó claro.
— Te amo —su voz fue suave y sus pupilas se ampliaron mientras un miedo irracional le envolvía. Sus ojos evitaron los de Víctor, negándose a ver la respuesta que su confesión provocaría.
— Mírame… —pidió Víctor, la suavidad en su tono le hicieron finalmente mirarle. Sus ojos brillaban y una sonrisa bobalicona se había formado en sus labios—. Yo también te amo, pero… eso ya lo sabes.
Y lo hacía, pero, hasta ahora, las palabras no habían tenido un peso real sobre Yuri. No cuando Víctor era tan encantador con un montón de personas. Sin embargo, por primera vez estaba dispuesto a creer.
Con esa resolución tomada, Yura, se rindió al cariño de Víctor y entonces, todo se apagó.
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Víctor había escuchado a los padres de Yura; la preocupación y la impotencia al ver que su hijo no era "normal".
— Tiene diez años —pronunció su padre, la mirada posada en la ventana incapaz de ver el rostro afligido de su esposa.
— Pero… ¿Cómo podríamos enviarlo a "ese" lugar? —Cuestiono ella. La voz le temblaba y las lágrimas no tardarían mucho en salir—. Podemos intentar ver a otro médico. Tal vez esta vez puedan arreglarlo.
Pronunció la madre con cierta desesperación, sin embargo, eso no evito que Víctor se sintiera furioso. ¿Arreglarlo? ¿Acaso Yura era un objeto? Además, ¿cómo podían siquiera pensar en enviar a Yura aun lugar como aquel?
Yura, el niño más dulce que Víctor sabía jamás había visto.
— Lo siento Irina —pronunció el hombre, finalmente se reunió con la mirada de su esposa—. Pero, creo que es tiempo de tomar medidas más drásticas.
— Pero… es un niño —las lágrimas finalmente abandonaron sus ojos—. Es mi pequeño niño.
— Lo sé —murmuró estrechando a su esposa. Sin embargo, la decisión había sido tomada.
Y así, no hubo más insistencia de la mujer, se abrazó con fuerza a su esposo y el silencio se volvió ensordecedor. Víctor revoloteó alrededor de ellos, intentando y fracasando, en llamar su atención.
Miró impotente y sin atreverse a decirle a nada a Yura, porque aún no se rendía, debía de haber una manera en que los padres de su gatito se percataran de él y de que Yura jamás les había mentido en cuanto a sus dones, sin embargo, cada intento era infructuoso y se encontró sintiendo algo muy similar al cansancio humano.
— Estáis tan raro —pronunció Yura, sus ojos verdes le miraban con cierta curiosidad y temor, como si pudiese percibir que algo no iba del todo bien—. ¿Sucede algo?
Su voz tembló ligeramente y la furia se incendió con renovada fuerza en el interior de Víctor, frustrado consigo mismo ante la imposibilidad de realizar algo que ayudara a la situación de Yura.
Revoloteó alrededor de la habitación, la furia recorriéndole como una especie de carga eléctrica.
— Víctor… —llamó Yuri, pero el fantasma le ignoro. El nerviosismo y un mal presentimiento se apodero de Yuri. Comenzó a morderse las uñas, un mal hábito que su madre había intentado quitarle, pero hasta ahora no había ido bien.
Víctor revoloteó con mayor fuerza y el pánico inundo a Yuri, el fantasma había comenzado a resplandecer de un inusual tono rojizo y cuando lo hacía parecía que por instantes desaparecía.
— Detente —pidió en algo muy similar a un chillido aterrorizado y finalmente Víctor le escuchó. Las lágrimas recorrían las mejillas del niño como una cascada.
Los ojos de Yuri estaban amplios y Víctor se sintió culpable, lo que menos quería era asustar a su gatito, sin embargo, se sentía impotente y con la energía cada vez más menguante.
— No… no llores —pidió, sus manos se levantaron con la intención de acunar su rostro, pero solo lograron atravesar la mejilla de Yura. Ni siquiera eso podía hacer, ofrecerle consuelo.
Sin embargo, antes de que intentara una vez más ofrecer palabras de aliento, la puerta de la habitación de
Yuri se abrió estrepitosamente. El pánico se disparó en su interior al ver el par de enfermeros que acompañaban a los padres de su gatito. Creía haber tenido más tiempo, pero…
— ¿Mamá? —Yuri preguntó con la voz entrecortada, observando con temor a los dos hombres que detrás de sus padres lo observaban—. ¿Qué sucede?
Yuri tembló y Víctor se precipito hacia delante, como si pudiese cubrirlo.
— Algún día vas agradecer lo que estamos haciendo hoy por ti —pronunció su padre sin mirarlo a los ojos. Yuri le miró sin entender, observando todo como una retrospección a un suceso extraño y ajeno.
Miró a los padres de Yura abrirles pasó a los hombres con uniforme de enfermero; a su madre ocultar sus lágrimas en el pecho de su padre y luego Yuri gritaba.
Víctor intentó con toda la energía que lo formaba hacer una barrera, fue entonces cuando un haz de luz brillante se precipitó sobre su persona y todo se oscureció.
¿Era así como se sentía la muerte? ¿Su misión por resolver era salvar a Yura? Él no tenía idea y no se sentía contentó del todo, no cuando no sabía si había podido cambiar las cosas para Yuri. Sin embargo, ya no importaba porque finalmente él se había ido.
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La bilis subió a través de la garganta de Yuuri, la culpa se instaló como un grillete que le costaría mucho deshacer.
El pequeño artículo en el periódico sobre el psiquiátrico, la única evidencia de lo que se había llevado acabo ahí.
Recordó el momento exacto en que había ingresado en el ala del hospital que era utilizada para el tratamiento de los pacientes por electroshock, había estado recabando información para poder suspender el tratamiento a través de esa vía, sobre todo cuando los rumores del médico a cargo del tratamiento comenzaron a volverse cada vez más oscuros. Sin embargo, cuando ingresó en la habitación, había cierto caos, por decirlo de alguna manera, los enfermeros revoloteaban alrededor de la silla, el médico a cargo gritaba algunas órdenes y sobre la cama, el rostro aún más pálido de Yuri se percibía.
Los papeles sobre sus manos resbalaron y corrió para ser de alguna ayuda, sin embargo, era tarde, a las dieciséis horas con cuarenta y nueve minutos, Yuri había muerto a la edad de dieciséis años.
El médico les había prohibido hablar sobre la situación, después de todo ¿qué importaba la perdida de uno de esos pacientes que prácticamente habían sido abandonados? A nadie le importaría, sin embargo, a él le importaba, así que, en contra de sus instrucciones y pese al riesgo que llevaba, él expuso los casos y la negligencia médica. Pero, aun así, la perdida de una vida solo había ameritado un pequeño artículo en un periódico.
Miró los lirios blancos en sus manos y arrojó el periódico en el cesto de basura. Caminó a paso calmo y finalmente se detuvo frente a la sencilla lapida.
— Espero que donde sea que te encuentres ahora seas feliz —pronunció con suavidad. Depositó los lirios sobre la lápida y elevó una oración en el nombre de Yura. Sus cabellos se agitaron con el viento y por primera vez después de días del incidente Katsuki, se sintió tranquilo.
Yura posiblemente ahora estaba en un mejor lugar y él había descubierto finalmente quien era y que era lo que quería conseguir.
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Yuri miró las flores de cerezo caer. Sentía el dolor filtrarse a través de cada poro. Se limpió las lágrimas con furia. No sabía porque aun lloraba por Víctor, él no se lo merecía. Además, no es como si no lo hubiese visto venir, después del anillo y su "broma" inofensiva sobre su matrimonio, tenía que haberse dado cuenta que esta vez era diferente. Que solo tal vez, esta vez Víctor realmente quería a ese cerdo idiota, un tonto depresivo que ni siquiera podía odiar pese a la situación.
Tal vez en lugar de lloriquear debería coger sus cosas e irse. Estaba cansado de ser el único que intentaba sobre llevar esa situación. Estaba harto de las promesas vacías de Víctor. Estaba cansado de fingir que no le importaba verle tonteando con Yuuri. Simplemente ya tenía suficiente de todo eso.
Miró por última vez el paisaje, los árboles de cerezo se agitaban ligeramente desprendiendo las flores de los árboles; una sonrisa melancólica se formó en sus labios. Él había querido mostrarle a Víctor ese lugar, lo había encontrado la primera vez que había ido en busca de Víctor a Japón, sin embargo, esa primera vez le fue imposible debido a la competición en la que se había sumergido con el Katsudon; la segunda, había sido durante el invierno y no habían querido salir más allá del pequeño festival que se hacía en el pequeño templo; la tercera ni siquiera merecía la pena mencionarlo y esta vez, Víctor había estado muy ocupado tonteando con Yuuri para incluso darse cuenta que salía.
— ¡Oh! ¡Este lugar es tan increíble! —pronunció Víctor sobresaltándole. Se giró a mirarle, sus ojos azules brillaban y miraba el paisaje con evidente deleite.
Makkachin soltó un ladrido y corrió a su lado. Yuri no tenía idea de cómo es que Víctor le había encontrado. Sin embargo, pese a la alegría y esperanza que se había despertado en su interior al verlo, se obligó a apartar el sentimiento.
— ¿Qué haces aquí? —Preguntó, girándose para evitar mirarlo. Su corazón tendía a querer salirse de su pecho cuando miraba a Víctor y se negaba a caer de nuevo—. ¿Dónde está el Katsudon?
Víctor hizo una mueca ante su tono pero Yuri no pudo notarlo. Víctor suspiró.
— Se ha quedado a ayudar a su madre con la preparación de la cena —pronunció acercándose. Se mordió el labio inferior en un gesto nervioso, Yurio, solo había asentido a su respuesta, no había ningún comentario mordaz o algo además de ese asentimiento, además evitaba mirarlo—. ¿Sucede algo?
Finalmente preguntó cuándo el silencio se volvió demasiado espeso y abrumador.
— No —la respuesta de Yura fue más un suspiro y una alarma se encendió en la mente de Víctor—. No sucede nada.
La voz tembló un poco y cuando finalmente Víctor logró que lo mirase, sus ojos estaban cristalinos. El verde de sus ojos resplandecía a la luz del crepúsculo y su cabello rubio brillaba como un halo, una sonrisa estaba posada sobre sus labios y si Víctor no supiese que se trataba de Yura, habría pensado que había tenido la fortuna de encontrar un ángel o un hada. Las flores de cerezo llovían a su alrededor y Víctor estaba seguro que era la vista más hermosa que había percibido nunca.
Yuri cogió tentativamente su mano, como si temiese que Víctor despreciara su contacto, y cuando percibió que Víctor lo correspondía, entrelazó sus dedos y se giró a ver de nuevo el paisaje. Recargó su cabeza en el hombro de Víctor y un recuerdo se disparó...—
Hacía frío, no es que fuera raro teniendo en cuenta el clima agreste que a veces asolaban Rusia. Frotó sus manos y maldijo en voz baja, había olvidado sus guantes. Justo cuando estaba decidido a aumentar el ritmo en sus pasos sus ojos observaron una figura familiar meciéndose en uno de los columpios del solitario parque por el que pasaba. Enfocó la mirada y una sonrisa se abrió paso en sus labios. Era Yuri quien se columpiaba. Se acercó sin pensar.
— ¡Yuri! —Exclamó con su habitual entusiasmo. Yuri se sobresaltó y se giró a mirarle. Frunció el ceño cuando el rastro de lágrimas en sus mejillas quedó al descubierto. Yuri giró el rostro y se limpió con la manga de su chaqueta las lágrimas.
— ¿Qué haces aquí viejo? —Preguntó, su voz carecía de su habitual tono.
— Mi departamento está cerca de aquí —pronunció ignorando deliberadamente el estado emocional de Yuri, y supo que Yuri estaba agradecido cuando su postura se relajó—. ¿Y tú?
Yuri solo se encogió de hombros.
— Es tranquilo aquí —murmuró finalmente, sus ojos miraban la manera en que los árboles eran mecidos por el viento.
— Lo es —pronunció con cierta incomodidad, era raro ver a Yuri de esa manera. Además, había comenzado a hacer más frío. Frotó sus manos ante el entumecimiento y Yuri le volteó a ver con curiosidad.
— Debiste ponerte guantes —le espetó y antes de que pudiese agregar algo, cogió sus manos y comenzó a frotarlas con las suyas.
— Tu tampoco llevas guantes —dijo cuando finalmente la sorpresa de las acciones de Yuri había pasado. Yuri se encogió de hombros.
— No me importa un poco de frío —murmuró sin verle a los ojos, su mirada perdida en el movimiento de sus manos.
Víctor soltó un suspiro cuando el entumecimiento en sus manos disminuyo. Cerró los ojos por un instante disfrutando de las acciones de Yura, hasta que el movimiento se detuvo. Sus ojos se abrieron y miró al adolescente.
Su mirada no había dejado de enfocar sus manos, las miraba con una especie de análisis científico y acertijo, Víctor se sentía nervioso ante tal escrutinio.
Finalmente Yuri levantó la mirada. Sus ojos verdes resplandecían y desde esa cercanía Víctor podía percibir las motas azules que adornaban el rededor del iris, dándole un toque completamente único. Se removió nerviosamente y su respiración pareció detenerse. Había una especie de anhelo cada que sus ojos se encontraban con los de Yuri, era difícil de explicar la sensación que le producía y que a veces hiciera que se aterrara de la emoción trepidante que parecía querer consumirlo cuando estaba cerca del menor.
— Creo que…
— ¿Por qué las personas se enamoran? —Inquirió Yuri impidiendo que hablara. Sus ojos verdes refulgían entre la incomprensión y el dolor—. ¿Qué es el amor, Víctor?
Su voz tembló, y una lágrima se precipitó a través de su mejilla. Agachó la mirada avergonzado y finalmente soltó las manos de Víctor.
Nunca había entendido porque las personas se rendían a ese sentimiento, no lo entendía y no quería comprenderlo, no cuando el amor más sincero que había sentido era de su abuelo, y aun así este era condicionado por los lazos sanguíneos que compartían. Y sin embargo, había una emoción que le ahogaba y le apretujaba el pecho. Sin embargo, hoy se encontraba aún más emocional que de costumbre.
Víctor boqueó como pez fuera del agua y por un ínfimo instante Yura quiso reír, sin embargo, estaba demasiado abrumado para hacerlo.
— No importa —pronunció antes de que Víctor hablara—. No importa.
Observó a Víctor hacer un mohín y sin pensar en lo que aquello podía traer, tiró a Víctor de su gabardina y estampó sus labios en contra de los suyos. Sus labios estaban fríos y también lo estaba su nariz.
Permanecieron así por solo un par de segundos, labios contra labios. Yuri cerró los ojos y un revoloteó se instaló sobre su estómago. Entonces abrió los ojos y se dio cuenta de su error.
— Deberías apresurarte a llegar a tu casa o tus manos se congelaran nuevamente —pronunció finalmente, ocultando sus manos en los bolsillos y alejándose.
Víctor le miraba sin parpadear y sin estar seguro de que era lo que había sucedido y con esa imagen Yuri se alejó.
—... Esa había sido la primera vez que le había besado y luego… luego todo había parecido un sueño. Víctor lo había besado por segunda vez dos días después y las explicaciones nunca se habían dado mientras el proceso parecía repetirse sin fin. Todo había parecido un juego contra el tiempo y ahora finalmente lo había alcanzado.
— Víctor… —murmuró Yura, la voz suave—. ¿Por qué las personas se enamoran? ¿Qué es el amor?
Víctor tensó su postura y Yura se incorporó. Miró una última vez el paisaje. Y sus ojos verdes finalmente volvieron a encontrase con los de Víctor. Suspiró y levantó la mirada al cielo. Las flores de cerezo llovían sobre ellos.
— Yo aún no estoy seguro del porque lo hacen, o de lo que significa del todo —pronunció, y cerró los ojos apretando el agarré en la mano de Víctor; disfrutando de la suave caricia de los pétalos de las flores sobre su rostro.
— Aun eres joven —murmuró Víctor con la garganta extrañamente seca.
Yuri sonrió y sus ojos se abrieron.
— Sí —concordó, la voz parecía ser arrastrada por el viento y Víctor apretó el agarre—. Pero yo aun así… —sus ojos volvieron a buscar los de Víctor. El verde de sus ojos resplandeció con más fuerza que antes—. Te amo.
Víctor parpadeó aturdido y el agarre en sus manos se aflojó, Yuri sonrió con cierta melancolía y entendimiento ante el gesto.
Y el miedo se encrespó en el estómago de Víctor.
— Yo…
— No —negó Yura, sus ojos volvían a ver a la distancia—. No tienes que sentirte obligado a corresponderlos. Porque si algo me ha quedado claro es que… a veces es necesario renunciar.
— ¿Renunciar? —Preguntó con la garganta completamente seca.
Yuri volvió a mirarlo pero no recibió respuesta.
— Me alegra haber compartido contigo esta vista —pronunció en su lugar y sonrió justo antes de sellar sus labios. Y como cada vez que sus labios se unían, un calor agradable se encrespó desde el centro de su pecho y se extendió a través de todo su cuerpo, sin embargo, antes de que Víctor pudiese adentrase más, el beso terminó—. Esperó que seas feliz Vitya.
Yuri retrocedió y aunque las lágrimas estaban por descender a través de sus mejillas se negó a dejarlas caer.
Era momento de seguir. Se giró listo para partir, sin embargo, las manos de Víctor detuvieron su avance. Se giró sorprendido.
— Tonto —pronunció y lo acercó a él—. Yo también te amo.
— Pero…
Víctor volvió a besarlo, porque no importaban los malentendidos y el montón de obstáculos que tendrían que pasar, ambos se amaban y eso era todo lo que importaba.
Y así, en medio de una lluvia de flores de cerezo, dos almas finalmente se habían encontrado.
Fin
