Capítulo Dos
Los kilómetros parecían volar bajo las ruedas del todoterreno. En un par de horas, habían salido del condado de Los Ángeles y conducían a toda velocidad por la autopista, rodeada a ambos lados por acres y acres de naranjales y viñedos. El cielo parecía más azul, el sol más cálido y el viento más fresco.
Serena miraba por la ventanilla, observando los robles de California que crecían sobre las onduladas colinas. De vez en cuando, alguna granja daba un toque de color al paisaje. Cuanto más se alejaban de su casa y del trabajo que le esperaba a la vuelta, más relajada se sentía.
Aquello no era tan malo, después de todo. Por el momento, estaba siendo un viaje muy agradable. No se le había trabado la lengua en ningún momento y casi se estaba acostumbrando a la proximidad de Darien.
Pero se sentiría mucho mejor si él no estuviera tan cerca.
Serena miró de reojo en su dirección. Con las dos manos al volante, Darien mantenía la mirada fija en la carretera. Pero, incluso de perfil, los atractivos rasgos del hombre eran suficientes como para encender sus fantasías.
Su cabello castaño claro estaba cortado al estilo militar y sus ojos color verde esmeralda estaban escondidos bajo unas gafas de sol con montura de metal. Medía más de un metro ochenta y el polo azul oscuro se ajustaba a su musculoso torso, prueba de que acudía regularmente al gimnasio.
Serena bajó la mirada y observó los gastados pantalones vaqueros y los mocasines. Guapísimo, pensaba disimulando un suspiro, mientras volvía la cara hacia la ventanilla.
—¿Ha terminado la inspección? —sonrió Darien.
—¿Perdón?
—¿La he pasado?
Obviamente, él no se dejaba engañar por su aspecto inocente.
—¿Te has dado cuenta?
—La sutileza nunca ha sido tu punto fuerte, Serena —sonrió él de nuevo.
—Y sigue sin serlo —admitió ella, moviéndose incómoda en el asiento—. Aunque ya no me escondo detrás de los árboles —añadió. Él volvió a sonreír—. La verdad es que estaba pensando que no has cambiado mucho en todos estos años.
—Pues tú sí —dijo él, mirándola—. Estás estupenda.
—Gracias. Supongo que eso era un piropo.
—Perdona, no quería decir que antes… —empezó a decir él.
—Sé lo que querías decir —lo interrumpió ella.
En ese momento, un golpe de viento lanzó el pelo sobre sus ojos y Serena lo apartó con un gesto impaciente.
Pero debería alegrarse del comentario. ¿No estaba viendo él exactamente lo que ella quería que viera? ¿Que había cambiado, que se había convertido en una mujer guapísima? Entonces, ¿por qué la irritaba que Darien hubiera notado el cambio?
Quizá porque una parte de ella deseaba que Darien se sintiera atraído por la «auténtica» Serena.
—Bueno, cuéntame qué vas a hacer en Tokio —dijo él, bajando el volumen de la radio.
—Lo mismo que tú, supongo —contestó ella—. Visitar a mi familia y comprobar si el instituto sigue siendo tan horrible como yo lo recuerdo.
—¿Horrible? Yo creí que te encantaba.
—¿Por qué? ¿Por que sacaba buenas notas?
—Pues… sí —contestó él, encogiéndose de hombros.
En realidad, Serena se había volcado en los libros porque era demasiado tímida y se creía incapaz de hacer amigos. Las clases eran el único sitio en el que la gente se fijaba en ella. Eso alegraba enormemente a sus padres, pero la había convertido en una insoportable cabeza de chorlito para todos los demás. Cada vez que uno de los profesores la señalaba como ejemplo, sus compañeros la miraban con resentimiento.
La única amiga de Serena había sido su hermana Mina. Por eso, su adolescente amor por Darien había sido aún más doloroso.
—Hablé con mi madre la semana pasada —estaba diciendo Darien— y me ha dicho que Mina está embarazada otra vez.
—Sí —murmuró Serena, con alegría y envidia a la vez.
—¿Cuántos tiene ya?
—Es el quinto —sonrió Serena, imaginando al recién nacido. Sentir el peso de un bebé en los brazos era la sensación más agradable del mundo para ella.
—¡Cinco hijos! —exclamó Darien.
—¿Qué pasa? —preguntó Serena, a la defensiva.
—Nada, nada —contestó él, sorprendido—. Solo que me resulta difícil imaginar a Mina y a Yaten con cinco hijos.
—No es un crimen tener muchos hijos. ¿Quién ha dicho que la familia media tiene que limitarse a 2,5 niños?
—Yo no, desde luego —sonrió él—. A mí no me atrae la idea de tener hijos, pero cada uno hace lo que quiere con su vida.
—Me alegro, porque mi hermana piensa invitarte a comer para que los conozcas a todos. Darien no pudo disimular una expresión de horror. Aparentemente, la idea de estar rodeado de críos era suficiente como para que el marine se pusiera pálido. Seguía siendo un solterón empedernido, pensaba Serena. El hombre de sus sueños adolescentes no buscaba un hogar y una familia, como ella. Eran incompatibles y siempre lo habían sido.
—Estás contenta de volver a ver a tus sobrinos. ¿Verdad?
—Sí.
—Se te ha iluminado la cara.
—Soy una tía estupenda.
—Seguro que es verdad —sonrió él.
Darien intuía que Serena sería capaz de hacer bien cualquier cosa que se propusiera. Diez años atrás era una mocosa irritante, pero también la más inteligente de Tokio . Darien recordaba lo humillado que se había sentido al tener a una cría de catorce años como tutora de geometría, pero tenía que reconocer que, sin su ayuda, descifrar la pizarra en la clase de la señorita Monica habría sido como intentar descifrar jeroglíficos egipcios.
En aquellos días, sus únicos intereses eran jugar al fútbol y pasar su tiempo libre con Mina.
Ella había sido su primer amor y estaba convencido de que pasarían la vida juntos.
Suspirando, Darien recordaba la noche en que aquel sueño se había esfumado.
Era la noche después de la graduación en el instituto y habían planeado escaparse para contraer matrimonio. Era una estupidez, pero a ellos les parecía muy romántico.
Con la maleta en el asiento trasero del coche, Darien la había esperado en la puerta del gimnasio durante horas, pero Mina no apareció.
Al amanecer había ido a su casa, convencido de que solo una enfermedad o algo muy grave podrían haberla retenido.
Habían pasado diez años, pero aun podía oír su voz.
—Lo siento, Darien, pero no puedo hacerlo.
—¿Por qué? —había preguntado él, confuso.
—No puedo explicarlo —empezó a decir ella, intentando contener las lágrimas—. Pero no está bien.
—¿Por qué no está bien, Mina? Nos queremos.
—No puedo casarme contigo, Darien. Así, no.
—Pero, ¿por qué? Lo teníamos todo planeado…
—Darien, por favor, tienes que entenderlo —lo había interrumpido ella, angustiada—. No puedo…no puedo…
Un segundo después, Mina entraba en su casa y cerraba la puerta tras de sí.
Darien se había quedado solo con el corazón roto y, reuniendo todo el orgullo que le quedaba, había vuelto a su casa. Al día siguiente, tomaba un tren con destino a la universidad.
Mina le había escrito varias cartas pidiéndole perdón, hasta que un día le informó de que se había comprometido con Yaten Li, su mejor amigo.
Para entonces Darien se había dado cuenta que Mina les había hecho un favor a los dos echándose atrás. Las heridas del amor son profundas pero, cuando se es joven, curan con facilidad.
Una vez terminada la universidad, Darien había entrado en los marines como oficial. Le gustaba su trabajo y le gustaba su vida. Y, de vez en cuando, le daba las gracias a Mina en su corazón por haber sido más inteligente que él.
Además, cinco niños… Daba igual lo que Serena pensara, la idea de tener cinco hijos le producía escalofríos.
Por deseo propio, Darien no había mantenido ninguna relación duradera después de Mina. Sabía lo difícil que era la vida para la esposa de un militar y no pensaba casarse porque no podría darle a su esposa la clase de atención que ella tendría derecho a esperar.
Él era un marine sobre todas las cosas. Y pocas mujeres podrían entender eso.
—Bueno, ¿qué tal tus hermanos? —la voz de Serena lo devolvió al presente—. ¿Te han hecho tío ya?
—No —rió el—. No hay mujer en el mundo que quiera cargar con ninguno de los dos.
—Ah, qué bien —sonrió ella. ¿Siempre había tenido aquel hoyito en la mejilla?, se preguntaba Darien—. Ellos también son marines, ¿verdad?
—Andrew es teniente y Endimion es sargento. Nos encontraremos con ellos en la reunión.
—¿Tienes ganas de verlos?
—Claro que sí. Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—Ya me imagino. Siendo militares los tres…
—Los cuatro. Te recuerdo que mi padre era comandante del ejército antes de retirarse.
—Es verdad —asintió Serena, perdida en sus pensamientos—. Darien, ¿te acuerdas el día que Andrew dejó tu bicicleta en la playa y se la llevó la marea?
Los dos se echaron a reír y Darien se dio cuenta de que la risa de Serena era cristalina, suave… Y que lo ponía nervioso.
Serena Tsukino lo ponía nervioso.
—¿Que si me acuerdo? Andrew me sigue debiendo treinta y cinco dólares por esa bicicleta. Estuve repartiendo periódicos durante meses para poder pagarla.
—Andrew me había llevado en tu bici aquel día. Yo estaba con él cuando salió nadando.
—¡No lo dirás en serio! —exclamó él, mirándola.
—Claro que sí. Nos tiramos al agua para salvarla, pero Neptuno se la llevó.
Darien intentaba imaginarse a la joven y torpe Serena nadando para recuperar la bicicleta pero, mirando a la mujer que tenía al lado, le resultaba imposible.
—Él nunca me dijo nada de eso.
—Los delincuentes no se chivan unos de otros.
—Hasta ahora, ¿no?
—Yo creo que el delito ya ha prescrito.
—Eso es lo que tú crees, Pecas —dijo él, llamándola sin darse cuenta por el mote que solía usar diez años atrás—. Me debes diecisiete dólares con cincuenta —añadió. Serena no decía nada—. ¿Qué pasa? ¿Te niegas a pagar?
Ella seguía sin decir nada y cuando Darien la miró, se dio cuenta de que tenía una expresión extraña.
—Me has llamado Pecas.
—Sí —rió él. No sabía por qué lo había hecho. La llamaba así porque en verano la cara de Serena se llenaba de pecas pero, según creía recordar, a ella no le hacía ninguna gracia el apelativo—. Perdona, me ha salido sin darme cuenta.
—No hace falta que te disculpes —dijo ella, poniendo la mano sobre su brazo. El roce le producía una especie de descarga eléctrica incomprensible. Con la boca seca, Darien se decía a sí mismo que era una reacción normal ante una mujer guapa. Pero era más que eso y él lo sabía. Serena apartó la mano enseguida, pero la sensación continuaba. Darien bajó la ventanilla, esperando que el aire lo refrescara un poco—. Hacía siglos que no me acordaba de ese mote.
—No sé por qué lo he dicho, perderla –murmuró Darien, moviéndose incómodo en el asiento.
—Nunca te dije cuánto significaba ese mote para mí.
—¿Qué? —preguntó él, mirándola fugazmente para no perder de vista la carretera. Sus ojos azules tenían un brillo especial. Demasiado especial—. Creo recordar que no te hacía ninguna gracia.
—Lo que me molestaba era que me salieran pecas por todas partes.
—Aparentemente, eso ha cambiado —sonrió él.
—Bueno, al menos ya no me salen en la cara —suspiró ella. Sin darse cuenta, Darien empezó a imaginarse a sí mismo descubriendo las ocultas pecas en el cuerpo de Serena. La sensación de tensión en la entrepierna lo sorprendió y tuvo que disimular un gruñido de incomodidad. ¿Quién hubiera podido imaginar que la pequeña Serena podría hacer que sus hormonas se despertaran de aquella forma?
—Pero cuando me llamabas Pecas…
—Yo era un crío —se defendió él.
—A mí me encantaba.
—¿En serio?
—Sí —contestó ella, echándose los rizos hacia atrás con los dedos. Sus pendientes de plata brillaban a la luz del sol—. ¿Sabes por qué? Porque entonces te fijabas en mí.
Darien estaba fijándose mucho en ella en aquel momento, pero Serena parecía no darse cuenta.
—Era difícil no fijarse en ti. Por si no lo recuerdas, paseabas a tu perro por delante de mi casa cada media hora.
Serena lo miró con una sonrisa en los labios.
Unos labios generosos, húmedos y muy deseables.
—Veo que tú también eres muy sutil —rió ella—. Cuando tu madre te dijo que dejaras de llamarme Pecas, se me rompió el corazón. Necesité tres páginas de mi diario para ahogar mis penas.
—Ojalá me lo hubieras dicho —sonrió él, incómodo—. Podrías haberme ahorrado tres semanas sin paga.
—Yo era una cría —bromeó ella. Pero ya no lo era, pensaba Darien. Y él no se había sentido de aquella forma desde que era un crío. Le sudaban las manos, su corazón latía acelerado y tenía que preguntarse si sería una ironía del destino. Diez años antes, él había sido el objeto de deseo de Serena Tsukino. Y en aquel momento, ocurría al contrario—. ¿Dónde vamos? —preguntó Serena cuando él tomó una salida de la autopista.
—Tengo que poner gasolina. Y podríamos comer algo de paso —contestó.
Lo que no dijo era que necesitaba salir del coche cuanto antes.
Sólo eran las siete de la tarde y podrían seguir viaje durante varias horas antes de parar para dormir en alguna parte… Aquel pensamiento lo dejó turbado. Pasar la noche en un motel. Con Serena.
Estaba seguro de que alguien, en alguna parte, se estaría riendo a su costa.
—Muy bien —dijo ella—. Cómo es nuestra primera noche en la carretera, yo invito a cenar.
—Pero la cena tiene que costar al menos diecisiete dólares con cincuenta —sonrió Darien, intentando aparentar tranquilidad.
—Trato hecho.
