III

Ideas descabelladas

Por extraño que pudiera parecer, podía distinguirse el sol de medio día en lo alto del cielo de Alba. Gwen lo sentía justo en la coronilla, como un recordatorio permanente de que Godric llegaba tarde. Cincuenta minutos tarde para ser exactos. Chasqueó los labios con disgusto y Salazar sonrió para sí al verla tan molesta. Sabía de buena tinta que había pocas cosas que perturbaran a Rowena Ravenclaw, la paciencia y la parsimonia personificadas. No obstante, a ella no parecía hacerle mucha gracia.

Los tres estaban sentados sobre la rama de un viejo roble inglés a la sombra de un imponente castillo. Desde allí, vigilaban a una mole de escamas del color de la hierba que roncaba muy a gusto, enroscada alrededor de unos huevos de color marrón. De vez en cuando, se levantaban unas finas nubes de humo que ascendían desde los orificios nasales de la dragona, cual chimeneas.

—¿Dónde diablos se ha metido? Llevamos esperando casi una hora… —susurró Gwen—. Si se despierta, no nos quedará más remedio que actuar.

—Podemos intentarlo sin él —sugirió Salazar—. A lo mejor se ha confundido de fecha. Es capaz. De todos modos, es demasiado tarde para mandarle una lechuza.

—¡Qué inoportuno! —Se quejó Helga con expresión de enfado—. Es a él al que se le dan bien estas cosas.

—¿Te refieres a trazar planes temerarios para zafarse de bestias con miles de colmillos y púas? —preguntó Sal con una media sonrisa.

—Exacto —corroboró Helga.

—Entonces, tendremos que intentar imaginarnos que haría Godric si estuviera aquí.

—Las ideas de Godric parecen siempre descabelladas, Sal —replicó Gwen—. ¡Nosotros no tenemos tanta inventiva!

—¡Es un buen comienzo, Gwen! —Se animó Salazar—. ¿Qué es lo más descabellado que se os ocurre?

—Despertar al bicho —contestó Helga encogiéndose de hombros.

—No es mala idea —secundó Gwen—, porque, desde luego, si sigue dormido, no podremos hacernos con los huevos.

—¿Veis como no era tan difícil? —Las picó Salazar—. Descabellado y razonable al mismo tiempo, es un clásico Gryffindor…

—Bien, pues allá vamos, bajémonos de aquí y pongámonos manos a la obra —se decidió Helga, que sacó su varita y tras hacer con ella una floritura en el aire, levitó durante un segundo para después descender a velocidad de tortuga y posar, por último, los pies en el suelo—. ¿Cómo la despertamos?

Solo somos tres; los hechizos no penetrarán su piel —objetó Salazar—. Como mucho, le harán cosquillas.

—Pues hagámosle cosquillas —propuso Gwen bajando del árbol, decidida. Se sacó la varita de la manga ancha de su túnica violácea y caminó directa hacia la bestia. Su compañeros la siguieron a una distancia prudente, no tan convencidos de que aquello fuera a dar buenos resultados. Después de todo, pese a dominar prácticamente todas las ramas de la magia, ninguno de ellos podía vanagloriarse de una vasta experiencia en lo que a lidiar con dragones se refería—. En cuanto se levante, vosotros id a por los huevos, ¿entendido? ¡Depulso!

Un rayo de luz amarilla salió disparado desde la punta de la varita de Rowena. Si el destinatario hubiera medido y pesado bastante menos, probablemente habría conseguido darle un buen empujón. Sin embargo, lo que consiguió Gwen fue que el monstruo se estremeciera y empezara a rodar en su dirección, como si fuera una avalancha de escamas verdes que amenazaba con aplastarla en cuestión de segundos. Fue tan rápido, que Gwen ni siquiera tuvo tiempo de gritar; la mente se le quedó en blanco y abrió los ojos como platos cuando la criatura se le vino encima.

Se salvó por los pelos, gracias a un hechizo afortunado de Salazar, que logró apartarla a un lado. No obstante, no sin dejarle ciertas magulladuras y con tan mala suerte, que a la joven se le escapó la varita de entre los dedos. En cuanto pudo, se incorporó sobre las rodillas y comenzó a gatear para alcanzarla, pero la dragona había abierto los ojos y, furiosa, rugía, aparentemente muy enfadada por las ‹‹cosquillas››. Helga, asustada, apuntó a los ojos de la dragona, para desviar su atención de Gwen y pronunció un hechizo deslumbrador. La dragona, rabiosa, pero momentáneamente ciega, se limitó a escupir una llamara de fuego, fina, pero que llegó a alcanzar la melena negra de Gwen, quien, con la varita en la mano, no vaciló a la hora de pronunciar claramente:

—Aguamenti.

Un chorro de agua empapó su cabello y apagó el fuego; sin embargo, ella torció la nariz al captar el incondundible y desagradable olor a pelo quemado. Entretanto, Salazar, corría como alma que llevaba el diablo y se introducía en el peligroso laberinto en espiral que era el cuerpo del dragón al levantarse. En el centro, le esperaban los huevos marrones, pero sabía que, en cualquier momento, el dragón podía mover bruscamente la cola y golpearlo y aprisionarlo, como lo habría hecho una boa gigantesca. Efectivamente, la cola empezó a agitarse en cuanto la bestia recuperó la visión y fue, esta vez, hacia Helga, enseñando los colmillos. La dulce Hufflepuff, valerosa, quedó inmóvil en el sitio, consciente de que la vida de Sal dependía también de los movimientos bruscos de la dragona, pero apuntó directamente al morro y gritó:

—¡Diffindo! ¡Desmaius! ¡Expulso!

Rayos de color verde, rojo y azul, salieron de su varita a toda velocidad; sin embargo, ninguno de ellos logró el efecto deseado. En cambio, se dio en la dragona un súbito cambio de actitud. Aparentemente confundida, curvó su largo cuello y retiró la cabeza hacia atrás con la cavidad bucal semiabierta por un momento; a continuación, arrugó el morro, como si sintiera algún tipo de cosquilleo en la nariz…

—Que Dios me ampare. Va a estornudar —susurró Helga con los ojos como platos.

Echó a correr todo lo rápido que pudo en dirección opuesta mientras el animal empezaba a estirar hacia adelante la garganta, esta vez, con la boca abierta de par en par; en lo más profundo de ella, se podía distinguir un brillo rojizo, negro y azulado, que ascendía vertiginosamente para salir luego disparada en forma de incendio infernal. Aquel estornudo persiguió la túnica negra de Helga, que no parecía ir suficientemente deprisa para huir.

La protegió un hechizo escudo proveniente de la varita de Rowena que corría hacia ella, con el brazo en alto y expresión de determinación. Helga aprovechó para girarse cuando las llamas hubieron pasado de largo y echó un vistazo a Salazar, que para entonces, había llegado hacia los huevos y se hacía con dos en ese preciso instante, ya a salvo de cualquier coletazo inoportuno. Coletazo que de hecho llegó de todas maneras, pero fue Gwen, la que tuvo el desafortunado encontronazo. La cola de la dragona se desenrolló con una facilidad y una velocidad pasmosas y la viró a ras del suelo hasta propinar un golpe brutal a la espalda de la hermosa Ravenclaw, que salió despedida hacia delante hasta chocarse contra un árbol y perder el conocimiento…

—¡Gwen! —chilló Helga, desolada. Se le empañaron los ojos de lágrimas justo cuando empezaba a pensar que todo aquello no había sido muy buena idea.

—¡Brocky, mira al frente! —vociferó Salazar, con los huevos en la mano, antes de desaparecer.

Helga volvió la cara y se topó de frente con dos poderosas mandíbulas abiertas de par en par cayendo sobre sí. Le habría dado tiempo a defenderse, pero no podía concentrarse en otra cosa que no fueran aquellos inmensos colmillos… Justo cuando uno de ellos estaba a punto de atravesar su brazo izquierdo, alguien se interpuso y la apartó de un golpe. Helga cayó al suelo, encogida y miró con asombro al mismísimo Godric Gryfindor de pie, delante de ella, con una inmensa espada bloqueando aquel terrible colmillo letal. Godric arrastró un pie hacia atrás, se dio un impulso y soltó un alarido sobrecogedor al tiempo que cortaba de un tajo el colmillo, como si se tratara de mantequilla. Este cayó sobre el césped y la dragona, sorprendida, se echó atrás, momento en que Godric aprovechó para volver a esgrimir la espada, esta vez contra lo que fuera la barbilla de su adversaria, que empezó a sangrar.

La dragona gimió, asustada y dolorida, mientras que Godric dejaba caer la espalda y se llevaba la mano a la frente. Ladeó la cabeza hacia atrás y sonrió a Helga por encima del hombro:

—Ya os dije que necesitaríamos una espada—dijo muy ufano.

Si Helga hubiera pensando en aquel momento que Godric se había despistado, habría estado muy equivocada. En cuanto la dragona volvió al ataque, Godric pegó un saltó hacia el interior de su boca con la gracia de un ciervo. Sin duda, aquello hubiera cabido dentro de lo que Gwen habría tildado de descabellado; sin embargo, eso no impidió a Godric sacar su varita y mascullar el hechizo aumentador a la velocidad del rayo. Su espada creció hasta alcanzar un metro y medio de largo. Haciendo malabarismos sobre la lengua de la aturdida dragona que intentaba tragárselo, encajó la empuñadura de la espada en la encía inferior y la punta, en la encía superior, justo detrás de los dientes. Fue tal el dolor de la dragona que al salir Godric de su boca, la vio derramar lagrimones del tamaño de caballos.

Distraída por el dolor y tratando de arrancarse aquel incómodo mondadientes con una de sus patas delanteras, la dragona dejó de fijarse en aquellos fastidiosos seres humanos que habían venido a perturbar su sueño. Godric se quedó tranquilo al observar como Helga se llevaba a Rowena sobre los hombros y se internaba en el bosque y buscó a Salazar. Es como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra.

Sin embargo, no tardó en sentir una pequeña prensión en el hombro. Se dio la vuelta para encontrarse con Salazar, que tenía un huevo en cada brazo.

—Quedan otros dos.

—¿Solo dos?

Salazar asintió con la cabeza, afirmativamente.

—Bien, a la de tres voy a recuperar mi espada —le avisó Godric—. Tú asegúrate de que te vea con eso.

—¿Qué harás tú?

En vez de contestar a la pregunta, Godric inició la cuenta atrás:

—Uno, dos… ¡Tres! ¡Accio espada!

La espada que tanto le estaba costando sacarse a la dragona se desencajó sola y voló hacia la mano en alto de Godric, que se cerró sobre la empuñadora con determinación. No pasó ni un segundo y Godric corría en dirección a la bestia, consciente de que Salazar la distraería lo suficiente como para darle tiempo para recoger el resto de los huevos. Se despreocupó, por tanto, de lo que la dragona hiciera o dejar de hacer y pegó un largo silbido después de llevarse los dedos a la boca. Un minuto y treinta segundos después, una criatura dorada volaba a du derecha, casi tocando el suelo, Godric se arrimó a ella y tras cambiarse la espada de mano, colocó la derecha detrás del cuello de Gwyddyon y se impulsó para dar un brinco y auparse sobre el lomo del grifo. Una vez bien agarrado, Gwydd aceleró y cobró altura hasta que Godric pudo divisar los huevos, justo detrás de la dragona y se los señaló a su amigo con la espada.

Gwyddion voló en picado y a pocos metros de los huevos, se reincorporó. Sus garras, sin embargo, se cernieron sobre los huevos y con un graznido de júbilo, el grifo retomó el ascenso.

—¡Yiiiiiiiijaaaaaaaaa! —Gritó Godric, entusiasmado, y montura y jinete acudieron en ayuda de Salazar que desaparecía y aparecía cada vez un poco más lejos, pero siempre delante de la dragona, para su gran desconcierto.

Godric extendió su temible brazo derecho y agarró a Sal del hombro de manera que este, pudo tomarlo como punto de apoyo y subirse también a la grupa de Gwyddion.

—Siempre has sido un fantasma, Gryffindor —se rió Sal con los caballos al viento.

—De nada, Sal —respondió su amigo.

La dragona, aterrorizada ante la idea de que le hubieran arrebatado a sus cuatro hijos de la noche a la mañana, extendió las alas y rugió, fuera de sí. Salió volando detrás de ellos, pero debido a su gran tamaño, no era, desde luego, más rápida que el grifo que siempre le llevaba veinte metros de ventaja y esquivaba con una soltura endemoniada las llamas cada vez que la mamá de los ‹‹pequeñines›› escupía fuego por la boca.

Helga, desde el bosque, les vio desaparecer en la línea del horizonte, como pequeñas sombras en el sol del atardecer.


Bueno, espero que os haya gustado este tercer capítulo. Sé que la acción no es mi fuerte, pero conste que se ha intentado :)