Veinte poemas de amor y una canción desesperada

(John y Mary)

[2] Primer inocente beso

En su llama mortal la luz te envuelve.

Absorta, pálida doliente, así situada

contra las viejas hélices del crepúsculo

que en torno a ti da vueltas.

Se me había olvidado en serio, estos días, el estar contigo, sentirte a mi lado, ¿Para qué seguir con esta tontería si no me sale escribir? . Pero esta mañana, hablando con un forastero, me acordé de esto, de lo que me dicen estos versos, no se porqué.

Tampoco era alguien fuera de lo corriente, veintitantos, como mucho treinta. Un sin techo que no tenía ni para café, probablemente habría estado fumando maría porque tenía los ojos rojos. Hablaba conmigo diciendo disparates y yo sólo me acordaba de ti y del primer beso que me diste.

Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.

De la noche las grandes raíces

crecen de súbito desde tu alma,

Porque fuiste tú quien me lo dio, ahora no vayas a decir que lo estaba pidiendo a gritos, fuiste tú. Lo recuerdo muy bien.

Ibas con esa amiga tuya, la hija de Isaías Pickerd, la habías acompañado a la consulta del médico y se desmayó. Me acerqué y te ayudé a subirla al coche y fui contigo a llevarla a su casa cuando el doctor Raymond nos dijo que sólo era una lipotimia. Me diste las gracias como si te estuviera pidiendo algo y yo sólo intentaba ayudar. No buscaba premio, en serio, no lo hice para hacerme el héroe.

Te llevé a tu casa y tu padre salió furioso, ¿recuerdas?, un hueso duro de roer, y entonces me diste las gracias de verdad, no se si por fastidiar a tu padre o qué, aceptaste mi invitación a salir. Quería decirte que ya no me interesaba salir contigo. No así. No dije nada. Me diste un beso de refilón en los labios y creí que tu padre cogería la escopeta y me correría a balazos, pero entraste en casa y yo me quedé en la camioneta del taller pensando que no me convenías nada.

Iba a volver a casa cuando saliste y me pediste perdón. Que me entenderías si no quería salir contigo. Sé que sólo podía mirarte, estabas hermosa, solo podía mirarte. Volviste a besarme, pero realmente me estabas besando por primera vez.

Sentí tus labios sobre los míos, y me decían tantas cosas que tuve que cerrar los ojos para sentirlas todas. Mary, recuerdo ese beso, lo recordaré siempre.

y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,

de modo que un pueblo pálido y azul

de ti recién nacido se alimenta.