Muchas gracias por leer
¡Nos vemos~!
Operación Encubierta
Epílogo
Adiós
"Simplemente, no creo que pueda cumplir la promesa", murmuró. Takao se reclinó aún más, apoyando sus brazos en los soportes de la cama. Las lágrimas se habían secado en su rostro y sus ganas de llorar habían acabado. El dolor no desaparecería, estaría ahí, igual de arraigado como la necesidad de huir. Correr a un lugar donde nadie lo conociera y suicidarse.
Los años habían transcurrido rápido, sin hacer una parada. Día a día, plan tras plan. Meta tras meta. Todo lo habían cumplido, pero el final no cambió. No cambiaría de ninguna manera, porque no había forma de hacerlo. Takao respiró, agitado, la garganta todavía le molestaba por la fuerte presión.
Observó detenidamente a su alrededor, cada uno de los muebles allí habían sido fruto de esfuerzo, para ambos. Mudarse, empezar desde cero. Esa habitación había oído un sinfín de discusiones, reconciliaciones y muchas risas, de tres personas.
Uno más en la familia, porque habían logrado adoptar un niño en un albergue. Un hijo que se crio con la idea de un padre y un tío. "Tío Tatsu-chan", se escuchó innumerables veces por ese cuarto. "Papááááá, Tatsu-chan está comiendo de nuevo frituras~", también era una usual frase. Kazunari soltó una suave risa y sus ojos volvieron a humedecerse.
Todo había sido difícil, difícil desde el momento en que la complicación llegó. Tanteando, abrió el cajón de la mesa de noche y sacó su pastillero. Tres antidepresivos y dos calmantes, su medicación autorizada diaria para recobrar la tranquilidad, pero esos días había necesitado una dosis mucho más fuerte. En 23 horas no había salido de esas cuatro paredes. No saldría.
—Papá —escuchó. Su hijo tocaba insistente—, papá, mis tíos están aquí —murmuró pegado a la puerta—. Papá, abre… me estás preocupando.
—Ve a recoger la ropa de la lavandería, Hayato —dijo lo suficientemente alto—. Ve, el recibo está sobre el mueble de la sala. Apúrate. —Ordenó.
—Pero, papá…
—Ve, no me hagas molestar —respondió en un tono más severo.
Su hijo no contestó más y acató la orden. Fue a la sala y encogió apenas los hombros al estar frente a sus tíos. Tanto Akashi y Midorima habían volado desde Japón cuando Kagami los llamó para darles la mala noticia.
Taiga suspiró pesadamente, sería complicado sacar a Kazunari de ese cuarto. Puso una mano sobre el hombro de su sobrino y le dio unas ligeras palmadas. Él lo acompañaría a traer la ropa limpia. Tomó el ticket y se disculpó con sus amigos. Kagami tampoco deseaba estar allí más tiempo, fingía estabilidad, pero por dentro se estaba cayendo a pedazos.
—Nos vemos —dijo el niño antes de cerrar la puerta.
Akashi esperó unos minutos más antes actuar, se aseguró de que el niño estuviera fuera del edificio para evitarle malestares. Sacó el juego de llaves de ese departamento que hace nueve años le regaló a Kazunari. Estaba seguro que ninguna cerradura había sido cambiada y eso fue beneficioso para ellos. Midorima inhaló profundo.
Cuando Midorima abrió la puerta, Akashi pasó tomando a Kazunari de los hombros. Usaría la fuerza para sacarlo de ahí, se estaba desgarrando él mismo.
—Déjame, no quiero salir de aquí —dijo forcejeando con él— ¡Suéltame, Akashi! ¡No voy a salir de aquí, no quiero salir de aquí! —Gritó y jadeó del asombro al ver lo que Shintarō hacía— ¡¿Qué diablos estás haciendo?!
—Ya sabrás que no puedes permanecer más con él, ¡date cuenta, Kazunari! —Midorima le gritó para hacerlo reaccionar— ¡¿Te imaginas que pasaría si Hayato ve esto?!
—No te lo lleves, por favor, por favor… —Takao le pidió tratando de acercarse, pero Akashi se puso en medio—. Por favor, no quiero perderlo, no quiero saber que nunca… que nunca más lo podré volver a ver, él es mi vida. Akashi, él es mi vida ¿por qué… por qué no me pueden entender? —preguntó casi murmurando. Kazunari tapó su rostro con ambas manos y negó varias veces moviendo la cabeza.
Midorima no respondió a eso, le golpeó duro ver el dolor de su amigo. Salió de la habitación, había cargado a Tatsuya en su espalda. El cuerpo estaba frío, completamente pálido, habían pasado 64 horas desde su muerte.
Kazunari se había encerrado cuando Kagami fue al recibidor para llamar a la funeraria, iba a confirmar la hora de llegada. Ellos lo habían velado por su cuenta en casa, Taiga también había hecho los papeleos, pero Takao entró en una fuerte crisis cuando supo que se llevarían el cuerpo para la cremación.
El traslado fue rápido, los hombres de la funeraria estaban afuera esperando. Metieron el cuerpo dentro del carro y esperaron paciente a Kagami, quien regresó minutos después. Shintarō tomó a Hayato de la mano, avisándole que su padre se encontraría mejor a partir de ese momento. Takao había sido forzado a dejar ir una pesada ancla.
—¿Y dónde está mi tío Tatsu-chan? —preguntó curioso. Había estado cerca de una semana fuera de casa por un campamento improvisado.
—Llegó al final del ciclo —Akashi le contestó al Kazunari no poder voltear a verlo—. Él te lo explicó varias veces, ¿recuerdas?
—… lo voy a extrañar mucho —murmuró con la mirada hacia el suelo.
Kazunari levantó el rostro hacia el techo, mirando todo y nada a la vez, respirando profundo varias veces. No cumpliría la promesa, no creía ser capaz de reiniciar alguna vez su vida cuando el amor había sido tan grande.
Limpió poco a poco sus lágrimas y giró hacia su niño. Hayato sonrió apenas, le apenaba ver a su padre tan decaído.
—¿Por qué "Hayato"? —Takao preguntó aquella vez.
—Porque tendría un significado especial, sería un halcón como tú —Himuro le explico, había detenido su comida—. Cuando tú no estabas, pensaba ponerle a mi hijo así: Hayato. Iba a ser una forma de llevarte conmigo.
—¿Siempre pensabas en mí?
—Todo el tiempo, a veces me pregunta si iba a ser capaz de olvidarte —murmuró—. Te amo, Kazunari, de una rara forma, pero en realidad te amo.
"Yo también, de una rara forma, pero así te amo", Takao susurró mirando hacia su niño. Hayato llevaba un peinado similar al de Himuro, un flequillo que no cubría por completo su ojo izquierdo. Cabello castaño oscuro, ojos grises. Recordaba el día de adopción, Tatsuya lo cargó apenas vio la similitud con sus irises.
—Mirarás sus ojos y te acordarás de mí. Este niño tendrá algo de los dos —dijo sonriendo suave, mientras el pequeño de 5 años en ese entonces alzaba las manitas.
—Tú me quieres matar de amor —murmuró avergonzado.
No resistió más.
Takao corrió desesperado esa poca distancia que los separaba y abrazó a su hijo, apretó fuerte su cuerpo contra el suyo, acaparándolo por completo. Él sería el único verdadero recuerdo, tan verdadero como la felicidad que sintió esos 9 años junto a Tatsuya.
Última estrofa
Solo cuando ya no pertenezca a este mundo
Desaparecerá todo este amor,
Pero solo del corazón porque habré muerto,
Pero siempre estarás en mi alma
Y nadie podrá arrancarme de ahí este sentimiento tan puro
Que siempre he sentido por ti.
Himuro Tatsuya
