Synchronicity
Debían comenzar una vez más. Japón no podía ser más diferente de Inglaterra: idioma, costumbres, clima, nuevas calles y ciudades. Y un tenue resplandor dorado que emitía la llave.
-¡Por fin! Con esto, hemos progresado más que todas las veces juntas que me hiciste caminar en círculos por Londres y sólo hemos estado en tierras niponas por media hora- Acababan de bajar del avión, mientras Kerberos murmuraba con el rostro ligeramente verde: "Nunca más". Tampoco es que le hubiera agradado ese largo y extenuante viaje, que había resultado tan diferente de la vez que Kerberos estuvo a cargo del vuelo, pero si eso significaba estar un paso más cerca de su objetivo, no iba a quejarse... más de lo indispensable.
-Lo digo en serio, nunca más. Y no me hables que siento que me voy a enfermar- dijo al tiempo que se escondía entre uno de los bolsillos del abrigo que estaba vistiendo en esa ocasión y que descubrió, no necesitaba en ese día soleado de primavera. Pronto sus pensamientos se dirigieron a otros asuntos, mientras escuchaba con regularidad los gruñidos de inconformidad de la bestia.
"Tokio parece ser una enorme ciudad, con grandes edificios y anuncios de colores brillantes. Tecnología contrapuesta con tradiciones de épocas remotas. Ruido, velocidad y conflictos. Estrés, inseguridad y enfermedades. Demasiada gente. Problemas."
-No es un buen lugar para cazar...-
-¿Tan rápido? Pensé que ese enclenque cuerpo tuyo podría aguantar un poco más. Apenas han transcurrido diez días-
-Claro que no es para eso. Y este cuerpo no es mío, lo sabes. Me refiero a conseguir «comida». ¿Tienes idea desde hace cuánto no me alimento apropiadamente?-
-Podrías, como yo, comer comida normal-
-No me gusta, y además no es nutritiva... Viendo lo que consumes, sé que vas a engordar, incluso si ya eres un muñeco relleno-
-¡No insultes mi comida!- hizo una pausa antes de entender toda la oración- ¡Y no me llames así! Por supuesto que me gustan más los dulces, pero hay más variedad de alimentos. Y sí, podrían ser nutritivos si llegaras a consumirlos-
-El punto es que como maneje mi alimentación no tiene nada que ver contigo. Es la esencia lo que me nutre, no el contenedor-
-Si lo dices así, suena tan pero tan mal...-
-No importa. Necesito un sitio menos concurrido... No me deja actuar con libertad. Me pregunto, ¿Bastará con un par de mamíferos como los de allá?- dijo con expresión ausente mientras señalaba un par de perros refugiados en un rincón, ávidos de alejarse de la lluvia torrencial que acababa de desatarse. Pronto ese punto quedó atrás, el taxi al que habían subido avanzaba constantemente en el tráfico, mientras el conductor le observaba con nada de discreción por el espejo retrovisor, curioso a lo que pudiera estar hablando y sobre todo con quién- ¿Estás seguro que no entiende inglés?-
-¿Mucha paranoia?-
-Olvídalo. Eres un fastidio, especialmente cuando abres la boca... Oh, ahí hay un hotel...- hizo señas al taxista para que se detuviera y pronto estuvo caminando con una única maleta hacia el edificio, haciendo callar las protestas de su diminuto acompañante. Al entrar notó más curiosas miradas que le eran dirigidas. Ignorando ese hecho, fue a la recepción para conseguir una habitación donde pudieran pasar la noche.
=.=.=.=
Después de la reacción inicial de la llave, no hubo más. Pasaron algunos días antes de poder conseguir un nuevo huésped. Necesitaban poder moverse con mayor libertad. Y aprender todo lo que debía para no llamar la atención de los nipones, porque después de que la policía local descubriera el cadáver de un «turista», hubo suficiente pánico entre los ciudadanos sin pretenderlo para que le acusaran nuevamente de ser un demonio y quisieran su exilio inmediato.
-"No se ha establecido la causa de fallecimiento; los forenses no saben explicar este acontecimiento, pero la policía ha indicado que seguirán con las investigaciones incluso si..."- la voz proveniente de la televisión, del único canal de habla inglesa, fue disminuyendo de volumen.
-Por supuesto que no sabrán qué fue lo que le sucedió. Incluso si debiera ser lógico que eso sucede cuando el alma ha abandonado el cuerpo. Es lo que ocurre con todas las muertes, inclusive aquellas con las que no tenemos nada que ver-
-Kerberos, no es como si pudieran escucharte, pero aún sería buena idea que te callaras- ambos estaban encerrados en el departamento que pertenecía al cuerpo de ese hombre escuchando las últimas noticias sin prestar verdadera atención.
-Por eso lo estoy diciendo, duh... ¡Oye!- dijo ofendido.
-En serio, hay veces que no te entiendo... ¿Qué más vas a hacer? Desde que entraste a esta habitación sólo haces tres cosas de las cuales dos no tienen sentido para mí. Únicamente sabes dormir, comer porquerías y ahora, además, tienes un nuevo vicio: ver televisión-
-Sigue insultando mis gustos y comenzaré a decir lo que pienso de los tuyos. Y me dedico más específicamente a los videojuegos- y dicho eso, conectó la consola-. Deberías intentarlo. Son geniales. Y aquí hay muchos-
-Te creo. Yo, por otra parte, estoy tratando de estudiar...-
-Guau. Nunca pensé que llegaría el día en que tú me dijeras algo así-
-Muy gracioso. Te recuerdo que debo aprender todos estos simbolitos antes de poder salir de aquí. Al menos esta cosa resulta útil...-
-Se llama ordenador. Y aún no lo has utilizado bien; yo, sin embargo, estoy esperando mi turno para ver todo lo que hay en internet... Imagina las posibilidades... ¿Qué?- ante la mirada escéptica que recibió, continuó-. La televisión es muy útil, me ha enseñado todo lo que te acabo de decir. También así es como estoy aprendiendo japonés-
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Tomoeda era una pequeña ciudad ubicada a un par de horas de Tokio. Era agradable estar ahí, aún mejor, vivir ahí: no tan cerca ni tan lejos de lo que constituía una de las ciudades más pobladas del mundo. Un lugar donde las tradiciones aún se mantenían, si bien con menor fuerza que antes.
La familia Kinomoto y sus invitados se encontraban esa noche cenando apaciblemente en la mesa de su domicilio. De fachada amarilla, constituida por dos pisos, con tres habitaciones —una para cada uno de sus ocupantes—, un pequeño estudio, cuarto de servicio, ático y terraza, sótano que fungía como biblioteca, la cocina, sala, comedor —donde se encontraban en ese momento— y jardín, era lo que conformaba su hogar.
Fujitaka se había encargado de la elaboración de los diversos platillos que ahora circulaban entre las cinco personas que se habían congregado esa noche. Tôya y Sakura, cada uno a su lado, se encontraban discutiendo, como solían hacer todos los días, principalmente debido a la obstinación de Tôya de decirle a su hermana menor «monstruo». Y luego, como solía suceder, Sakura pisaba con toda la fuerza que le era posible, el pie de su congénere mientras repetía la frase: "No soy un monstruo".
Yukito Tsukishiro y Tomoyo Daidôji observaban la interacción que ocurría entre ambos hermanos con gestos similares, acostumbrados a ese tipo de situaciones: ¿Reír o resignarse? A pesar de llevarse siete años, ambos seguían actuando de la misma forma que siempre.
-Tôya, ¿todavía tienes planeado ir a Tokio mañana?- preguntó Fujitaka con su expresión serena y sonriente, manteniéndose neutral en las peleas de sus hijos, sin dejar entrever su creciente angustia por el tema que acababa de abordar.
-Sí. Necesito recoger algunas cosas allá. Lamento no poder estar aquí cuando te marches mañana- volteó a ver a su amigo-. ¿Podrías quedarte con Sakura, Yuki? Sólo sería por un par de horas...-
-No hay ningún problema, Tôya. Acompañaré a la pequeña Sakura ¿verdad?- la susodicha negó levemente con el rostro enrojecido, sin notar la mirada de su mejor amiga.
-¿Seguro que no es ninguna molestia, Tsukishiro? Es decir, si tienes algún inconveniente, lo entenderemos- inquirió Fujitaka, borrando la leve sonrisa que había mantenido toda la noche; tras una pequeña pausa que utilizó para analizar el rostro del adolescente, recibió por respuesta un asentimiento vacilante. Eso no era lo que esperaba, aunque decidió no presionar más.
Tomoyo se dirigió entonces a su amiga, culpable de no poder acompañarla cuando se quedaba sola en su casa mientras su papá iba a un viaje arqueológico importante que duraría una semana, y su hermano iba en busca de un libro que no había encontrado en la librería de Tomoeda.
-Lamento que sea mañana el concurso del coro, pero en cuanto termine vendré a visitarte ¿si?-
-Está bien, Tomoyo, Yukito- el último nombre lo dijo con un ligero sonrojo-. Incluso si no vienen, estaré perfectamente bien. Además tengo muchas cosas que hacer mañana, así que me mantendré muy ocupada para notar la ausencia de nadie- lo decía únicamente para que nadie se sintiera culpable por dejarla sola, porque sabía que Yukito era demasiado amable para negarse al favor que tanto su padre como hermano le acababan de solicitar, cuando ella sabía que Yukito tenía sus propios compromisos que atender.
Negó con la cabeza al notar que su hermano iba a hablar. Y ella sabía lo que estaba a punto de decir: Tôya prefería quedarse con ella en su casa o llevarla a Tokio con él, antes que dejarla sola.
Ya no era una pequeña niña miedosa y podía —no, quería— demostrarles que era así. Dentro de un par de semanas, cumpliría diez años, así que no podía darse el lujo de seguir actuando como antes, que necesitaba a cada instante el amparo de otras personas. Y Tôya era un exagerado en ese tema cuando ella estaba involucrada. Debía dejar de preocuparse tanto y renunciar a tanta sobreprotección. Era definitivo.
-¿No...?- antes de que Tomoyo pudiera continuar, habló, reuniendo todo el valor que tenía para mantenerse firme.
-Por favor. No hay de qué preocuparse. Todo estará bien- y bajó su determinada apariencia, nadie pudo contradecirla.
=.=.=.=
El primer día de abril transcurrió como el resto del año, sin ningún indicio de que algo importante fuera a suceder. Las personas pasaban, hombres corriendo a sus trabajos, niños a sus escuelas, mujeres dirigiéndose a comprar suministros para el hogar, todos ajenos a esa fecha tan especial, pero que a diferencia de otros años, no había nadie dispuesto a celebrarlo.
Con la mirada al vacío, Sakura se encontraba sentada en su habitación, haciendo caso omiso de la llamada preocupada de su padre, del sonido emitido por el teléfono que Tomoyo le había regalado semanas atrás. Una vez más, se acercó a la ventana, observando el cielo, deseando que el sol no hubiera salido, porque contrastaba mucho con su estado de ánimo.
Las primeras lágrimas del día se abrieron paso al recordar los últimos instantes que había visto a su hermano del que aún nadie tenía noticias, y los demás iban perdiendo la esperanza de averiguar el paradero de Tôya Kinomoto. Pero a ella nadie la iba a persuadir de lo contrario, incluso confundida como se encontraba: la ausencia de Tôya dolía tanto que también quería desaparecer para no saber más de esa agonía, un sitio donde nadie la pudiera encontrar, donde no tuviera que recordar esa amargura; sin embargo, también quería salir corriendo a buscarlo porque tenía la certeza de que ella sí sería capaz de hacer lo que los otros no podían: volver juntos a casa.
-¿Por qué no has regresado, Tôya?- abrazando uno de sus almohadas, sofocó un llanto, aunque el temblor de sus hombros delataba que seguía llorando, otra vez, inconsolable, sin control sobre sus emociones- Dijiste que no tardarías, que siempre me cuidarías y protegerías... Pero no puedes hacerlo si no te hallas a mi lado. ¿Dónde estás...?-
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Kerberos se encontraba flotando descuidadamente junto a su cabeza, soplando en su oído para desconcentrarle. La paciencia se le estaba agotando y ese juguete perezoso se arrepentiría si continuaba.
-Dime, Kerberos... ¿De qué sirvió alejarme del ajetreo de la ciudad si tú haces hasta lo imposible para molestarme?-
-¿Dónde estaría la diversión de la vida si no lo hiciera?- se encogió de hombros- Si tanto te molesta, me iré- "Por favor, hazlo" pensó con entusiasmo. Pero la criatura no se movió-. Y bien, ¿qué lugar es este?-
-Si de verdad te interesa, lee los letreros, porque yo ya lo dije y no lo voy a repetir-
-Qué genio... yo sólo—
Kerberos súbitamente se quedó callado, con una expresión que no le había visto nunca. Tal era la seriedad de sus ojos que no se atrevió a interrumpir su meditación con comentarios sarcásticos —tan diferente del modo qué él no hacía cuando lo único que deseaba era silencio—, sino que siguió su ejemplo, tratando en vano de descubrir si algo era diferente.
-Tu brazo...- salió de su estupor y vio con disgusto lo que señalaba Kerberos- Es muy pronto para que comience la putrefacción. Por ahora cúbrelo con algo para que el olor no te delate-
-¿Es eso lo que te preocupaba?-
-...Umm, si. Y creo que será mejor que empecemos cuanto antes con el reconocimiento del área. Hay que planear estrategias para todo el tiempo que nos quedemos aquí. ¿Consideras que un mes sea suficiente o hará falta más días?-
No respondió. Continuó observando con escepticismo el rostro nervioso del guardián. Supo en un instante que no estaba siendo sincero. No era así como normalmente actuaba, por eso era lógico que no creyera ninguna de sus palabras, incluso si tenía razón en lo que decía. ¿Qué demonios estaba sucediendo?
-Ya anocheció. Cambia a tu verdadera identidad y ayúdame a encontrar un remplazo- nuevamente se percató de la incomodidad que apareció en el ambiente. Al no recibir réplicas, comenzó a enfadarse-. ¿Me vas a decir lo que te sucede?- dijo con la mandíbula apretada.
-...nopuedotransformarme- a pesar de haberlo dicho en susurros y atropelladamente, entendió lo que eso quería decir. "¡Maldita sea!"
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-¿Estás seguro que es aquí?-
-Positivo. Incluso si no puedo regresar a mi sorprendente forma, aún soy capaz de percibir este tipo de cosas-
-Si tú lo dices...- ágilmente subió a un árbol, a pesar del brazo ahora inútil que estaba provocando tantos conflictos. Kerberos le siguió, extendiendo una de sus patas que comenzó a brillar y con un chasquido supieron que la ventana estaba abierta- Asegúrate que no halla ninguna interrupción-
Kerberos sobrevoló por toda la estructura, apenas notando la segunda presencia, que no se encontraba en mejores condiciones que la otra. Probablemente ni siquiera iba a notar su intromisión, pero no quería correr ningún riesgo.
Regresó a toda prisa al lugar donde se llevaría a cabo toda la «acción». Tenía que asegurarse que nada saliera mal —que no había sucedido hasta ese día — antes de cancelar los hechizos que les mantenían a salvo.
-¿Una niña?- escuchó su voz, que bien pudo haber sido un grito entre tanto silencio, antes de asomarse por la misma ventana que había desbloqueado. Por la forma en que lo había dicho, sabía que la incredulidad era poco con lo que debía ser la realidad. Con un suspiro, se adentró en la afeminada habitación.
-Nunca he entendido porque tienes tanta repulsión por el sexo femenino-
-¿Ya no recuerdas aquella mujer, la primera...?- "que creía había sido la última", pensó con amargura- Me resulta un poco más fácil con hombres-
-¿Eso incluye tu adorable infancia?-
-Las dos únicas excepciones- observó una vez más la habitación llena de peluches y sonrió burlonamente, con intención de vengarse-. Mira Kerberos, ¿no será alguno de ellos parte de tu linda familia?-
-Calla. Hazlo ahora antes de que se despierte- dijo con el rostro enrojecido por la furia.
-De acuerdo. No olvides deshacerte esta vez de este pobre tipo. A menos de que quieras que te persiga la policía ¿verdad?-
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Abrió los ojos con la luz del día. Se sentó en la cómoda superficie, estudiando su alrededor y posteriormente sus brazos y piernas, como asegurándose que todavía estuvieran ahí. Se tocó el rostro: las mejillas, la nariz, los ojos, los labios. Todo estaba ahí, pero no se sentía normal.
-¿Un sueño...?- dijo mientras se levantaba. Se acercó al escritorio para agarrar un espejo y poder así observarse con detenimiento, pero un ruido —un ronquido— la interrumpió.
¿Qué o quién provocaba semejante sonido? Las ventanas estaban cerradas; la televisión estaba apagada, su padre probablemente estaba preparando el desayuno. Y Tôya... pues él no estaba ahí.
Se obligó a no derramar ni una lágrima y continuó con la exploración. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Un ladrón? ¿Un animal? No. Tal vez solamente algo que la distrajera... Ahí estaba otra vez. Parecía venir de... ¿sus peluches? No recordaba que ninguno hiciera eso.
Fue cuando encontró algo que definitivamente no estaba la noche anterior. Era una figura que parecía un oso... ¿o un gato? Se encogió de hombros, pensando que eso no era importante. Llevaba unas lindas alas en su espalda, y sin desearlo se encontró sonriendo. Tal vez su papá se lo había llevado para animarla.
Por eso se sorprendió —y tuvo que ahogar un grito— cuando el simpático muñeco le habló.
-¿Ahora qué haces? Esa extraña sonrisa es espeluznante- tras varios segundos paralizada regresó a su cama, convencida que debía seguir dormida.
-Cerraré los ojos y cuando despierte, todo habrá vuelto a la normalidad...-
No obstante, sabía que no iba a funcionar. Casi podía sentir los pequeños ojitos del ¿peluche?, sobre su figura. "Vamos, rápido, despierta."
-Sabía que habías hecho algo mal...- escuchó a la criatura hablar con un resoplido. ¿Era real? Al parecer, sí. Seguía teniendo dudas, incluso después de haberse pellizcado. ¿Debía llamar a su papá?- Si me estás escuchando, y sé que es así, tienes que saber que me debes una. No puedo creer que hayas cometido semejante error...- Tenía tantas dudas: ¿de qué estaba hablando? ¿Qué...?
Cualquier pregunta que su mente estuviera formulando quedó olvidada cuando comenzó a sentirlo. Una sensación de ahogamiento. De repente no podía seguir respirando, no podía ver nada, tan sólo seguía hundiéndose en la oscuridad... y no volvió a emerger.
=.=.=.=
Se levantó con la mayor dignidad que pudo reunir, y sin mirar a Kerberos le preguntó:
-¿Qué sucedió? ¿Por qué esta vez fue distinto a los demás?-
-De hecho, esperaba que pudieras explicarlo. Como no es así, sólo podemos conjeturar- se cruzó de brazos e inclinó la cabeza, fingiendo pensar-. No. No se me ocurre nada, aún-
-¡Sakura! Ya está listo el desayuno- la voz masculina casi detuvo su intención de quejarse. Casi.
-No me importa si después te quejas que mueres de hambre, si cuando regrese no tienes una respuesta satisfactoria, te olvidas de los postres que pediste ayer- y salió del cuarto para ir a conocer al resto de su «familia», ignorando el gesto ofendido de Kerberos, quien en cuanto vio cerrada la puerta, la preocupación cedió su dominio, sustituyendo cualquier rastro de bromas por un semblante reflexivo que en definitiva no tenía nada que ver con lo que había escuchado un minuto atrás.
Con un ademán, abrió uno de los cajones del escritorio, mostrando una llave que emitía un brillo cegador, que no se había atrevido a mostrar hasta que no estuviera seguro de lo que eso significaba.
-¿Quiénes son estas personas...?-
N.A.: Aquí estoy con una nueva actualización. Y estuve a punto de no subirlo, porque sigo teniendo problemas con la conexión a internet, pero finalmente hoy fui capaz de acceder a la página. En fin. Espero que les guste.
Quiero agradecer a las personas que han leído hasta ahora, incluso a aquellas que no dejaron comentarios; los animo a que escriban un review aunque sólo sea para decir: "estuvo bien" o "no me gustó". Que ojalá sea para decir cosas buenas ¿verdad? pero también necesito críticas constructivas.
Disfruten el fin de semana, y nos vemos pronto.
BP
