N/A: Muchas gracias por su apoyo y sus comentarios. Veo que hay nuevas lectoras, pues bienvenidas sean. Juego de niños sigue siendo agregado a Favoritos ¡que felicidad! ¡Ya llegó un nuevo capítulo! No me voy antes sin desearles un feliz año nuevo —algo atrasado, pero mejor tarde que nunca— y que el 2013 les depare lo mejor :)
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Disclaimer: Harry Potter no me pertenece, sino a la creadora del increíble mundo Potterico, J.K. Rowling.
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Los niños oyen
Tan sólo unos segundos después de pisar el dormitorio que compartía con Ronald Weasley, Hermione observó con detenimiento cada detalle. La cama matrimonial vestida con sabanas color crema. La alfombra que combinaba perfectamente con el suelo de madera. Se tomó su tiempo para grabar cada rasgo de aquella habitación, ya que tenía pensado no volver a aquél lugar. O al menos, no volver a entrar a un espacio tan personal como lo sería la habitación del pelirrojo. Agitó su varita y con un bauleo sus maletas comenzaron a hacerse por sí solas.
Camino lentamente por la habitación, golpeando levemente su varita en la palma de su mano izquierda. Por un instante le vino a la mente el recuerdo de la señorita Holland, su profesora de Matemáticas en su colegio muggle. Ella tenía la costumbre de caminar sigilosamente entre las filas de los pupitres y el ruido de su regla de plástico golpeando sobre la palma de su mano ponía nerviosos a sus estudiantes. Observándote desde arriba cual águila lista para capturar su alimento, y de cierta forma así era. Sí te atrapaba distraído o dormido en clase, el simple ruido de la regla golpeando sobre la madera del pupitre te hacía saltar en tu asiento.
Hermione sonrió ante su prodigiosa memoria, a la vez que giraba sobre sus talones. Afortunadamente ella nunca había tenido ése problema. Tampoco era por presumir, pero su inteligencia, entusiasmo y responsabilidad la llevaron a convertirse en la favorita de sus profesores. Inclusive de ésa mujer —que según los rumores que corrían entre los niños—, tenía un iceberg en lugar de corazón. La castaña salió de la recamara y con un baul locomotor las maletas la siguieron hacía la pequeña sala.
Nuevamente se ocupó en inspeccionar el lugar. Realmente le costaba despedirse de aquél sitio en el que vivió durante años ¿Y cómo no? Era un lugar lleno de sueños…, tal vez algún día llenarlo de niños que correrían alegremente de aquí a allá, sin importarles siquiera haber tirado el costoso jarrón que les regalo la tía Muriel. Pero al final, nada que un reparo de mamá o papá no pudieran arreglar.
Pero ni su inteligencia ni la valentía Gryffindor la habían preparado. Ella se confió. Cayó en la rutina y no pudo salir a flote. Se sentía culpable por matar el amor, de eso no había duda ¿Pero era sólo culpa de ella? No, por supuesto que no. Ella intentó hablar con Ron… lo intentó muchas veces, y Hermione realmente quería hablar. Estuvo a punto de arrojar al pelirrojo a una silla, lanzarle un incarcerous o un inmobilus y sentarse junto a él a charlar. Pero los muggles no tienen magia, ellos no lanzan hechizos a sus novios para que finalmente se queden quietos y puedan escucharlas.
Simplemente ya no había vuelta atrás. Podría intentar arreglar las cosas con Ron, pero era cierto que ya no sentía lo mismo, tal vez sí él se propusiera conquistarla de nuevo ella pondría todo de su parte para sacar adelante la relación… todos esos años lo valían. Pero él partiría mañana hacía una nueva misión, la castaña no pudo evitar pensar que el trabajo del pelirrojo había tenido mucho que ver. Sin embargo no puede culpar a la profesión que Weasley decidió tomar. Es decir, Harry también era auror, y, él y Ginny siguen teniendo un matrimonio de lo más hermoso.
¿Acaso era demasiado para Ronald tener un deber de esa índole y por otro lado una novia que lo esperará siempre en casa? Hermione siempre había estado consiente de lo que sería ser un auror. Salir por días e incluso semanas en misiones. Otras tantas encomiendas secretas que le impedía a Weasley hablarle de ellas. Y ella no podía dejar de sentirse culpable, desliz tras desliz. Preguntándole. Cuestionándole. Ronald tenía poca paciencia, y ella corrigiéndolo sobre hechizos o pociones, tal como en Hogwarts tiempo atrás. Su forma de comer, su forma de hablar… tal vez… ¡No!
¡Aghrr!
Era mejor detener sus ideas por el momento, ahora tenía que preocuparse por lo que tenía enfrente, lo cual era su mudanza. Ya tendría tiempo de sobra para hablar con él, estando en sus cincos sentidos después de beber incontable whisky se daría cuenta de que ella, ni sus cosas, estaban en el departamento. Claro que después le vendría ése recuerdo fugaz de la plática que habían tenido en la cual daban por terminada su relación.
Hermione suspiró. Colocó su mirada en los cuadros sobre la chimenea, había muchos que atesoraban viejos momentos, fotografías con movimiento y otras pocas muggles. En una, ella junto a sus amigos, la ahora familia Potter, Harry, Ginny y sus cuatro hijos Teddy, James, Albus y la pequeña Lily Luna. En otra se podía apreciar a Ron junto a su ahijado James en su último cumpleaños, recién había cumplido ocho.
En otra fotografía Hermione sonreía alegremente a su ahijado Albus. A la castaña se le curvaron los labios en un tierno gesto al tomar el portarretratos compuesto por conchas y caracoles que el niño le regaló. En uno de sus tantos paseos a la playa, el pequeño Potter había decidido regalarle algo a su tía Hermione para celebrar su ascenso en el Ministerio.
Se dedicó toda la tarde a buscar conchas y caracoles perdidos en la arena, más un poco de pegamento sumado a un poco de color, después de un par de horas, Albus Potter terminó su obra muy al estilo Gryffindor. Un portarretratos en tonos rojos con la pequeña cabeza de un león dorado en una de sus esquinas. En la fotografía mágica se apreciaba a Albus en los brazos de Hermione, la castaña sonriéndole al pequeño para después mirar hacia el frente y sonreír a la cámara, momento aprovechado por el de ojos verdes para darle un beso en la mejilla a su madrina.
Finalmente toma la foto en sus manos para después dirigir sus ojos a un portarretrato con una fotografía muggle de ella junto a sus padres, y la toma también para llevársela consigo. Se dirigió de nuevo junto a sus maletas, realizó un hechizo de reducción y lo colocó todo en la fiel bolsa que la ha acompañado desde años atrás. Sacó su varita del bolsillo detrás de su pantalón, dio un último vistazo a su alrededor y después de un ¡Poff! desapareció rumbo al hogar de sus padres.
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Draco Malfoy dejaba caer sus dedos sobre el escritorio, una y otra vez, en una clara muestra de aburrimiento. Ayudado de un vuela pluma, llevaba la última hora escribiendo en un pergamino en blanco, y ahora que el rubio lo contemplaba de reojo, ya no se encontraba tan en blanco. Conscientemente había recordado todos y cada uno de sus affair. No podía darse el lujo de olvidar nombres ¿verdad?
¿De amoríos en Hogwart? listo.
¿De sus amoríos con una novia no oficial? por supuesto.
¿De aquellas que se habían acercado a consolar a un triste viudo? anotado.
El moreno levantaba una ceja, nombre tras nombre era dicho por el rubio, a lo que el vuela pluma presurosa lo plasmaba en el pergamino. Zabini no era sólo el abogado de Draco, no era solamente el que se encargaba de sus asuntos legales, tanto de él como de cualquiera de los integrantes de la familia Malfoy. Durante años había trabajado para el rubio, juntos se habían dedicado a sacar a flote los negocios, que ante el exilio de Lucius Malfoy del mundo mágico, se habían visto tambalear.
Y es que no hubo peor castigo para el patriarca de los Malfoy que ser exiliado al Londres muggle, y por si fuera poco, sin varita y sin magia. Una larga condena a purgar, que sin duda él hubiera preferido mil veces expiar en Azkaban. Pero bueno, once años podían pasarse rápido. Ahora Lucius veía el lado bueno de tan horrible martirio, solamente ocho meses más y podría pisar su amaba mansión en Wiltshire.
Narcissa y Draco, por el contrario, habían sido absueltos. Narcissa, sin embargo había optado por compartir tal condena y vivir junto a él en el mundo muggle. Draco por el contrario, vivió en Wiltshire hasta la muerte de su esposa Astoria, que ante la insistencia de su padre, él y Scorpius habían ido a vivir junto a ellos en su lujosa mansión en Londres.
Pero Blaise decidió volver a lo que realmente era importante, contemplaba al rubio caminar de un lado a otro, y es que desde hace un par de minutos ya se había puesto de pie. Fue entonces que Zabini ya no pudo más con la duda y seguramente él lo mataría en cuanto lo trajera de vuelta a la tierra. Sin más lo imitó y se puso de igual forma de pie, acercándose lentamente a Draco. Malfoy ni siquiera captó su presencia, seguramente seguía sumido en la búsqueda de algún nombre perdido en su memoria. El moreno metió sus manos en los bolsillos delanteros de su pantalón y termino dándose por vencido en la espera del rubio.
—Oye, dragón… —le habló. Draco volteó a verle, abrió sus ojos sorprendido, pero rápidamente esa expresión desapareció de su rostro "¡Maldición! ¿Cuándo se levantó del maldito sofá?" Se cuestionó el rubio frunciendo el ceño.
—Aún no termino con mi lista, Zabini —Blaise elevó una ceja nuevamente ¿Acaso eso que había captado en su voz era una pizca de orgullo? Bueno, sí. Seguramente al ser un Malfoy te llenaría de orgullo que tu lista de conquistas la conformaran más de quince nombres.
—Lamento bajarte de tu nube a estas alturas… —Draco lo observó con cautela ¿Acaso tenía otra idea en mente?—. ¿Pero qué le dirás a Scorpius? Es decir, la mujer con la que te cases tendrá que convivir con Scorpius —Blaise entrecerró sus ojos—. ¿O pensabas casarte en secreto y mantenerla escondida de tu familia? —el moreno se llevó una mano a la barbilla tratando de acomodar mejor sus ideas—. Aunque sí se supone que te casaras será para que te ayude a conservar a Scorpius, y lo primordial sería que Daphne conociera el importante nombre de tu esposa.
Draco Malfoy se encontraba más pálido de lo normal, y lo que ni siquiera le pasaba al moreno por la cabeza, es que le había dejado de prestar atención en cuanto escuchó el nombre de Scorpius. "¡Por Merlin! ¡Tiene razón! ¡Zabini, idiota y su estúpida idea!"
—Pero no te preocupes mi amigo —comenzó a hablar nuevamente el moreno—. Tú te casaras, de Scorpius ya hablaremos luego —Blaise ignoró los pasos que el rubio daba hacía la puerta dispuesto a tomar el picaporte—. Tal vez podamos mandarlo de viaje junto a sus abuelos mientras nosotros nos encargamos del problema…
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Scorpius Malfoy ya se encontraba impaciente, llevaba minutos esperando a su padre. Y el retardo de su padrino Blaise tampoco ayudaba mucho. Según Pansy ambos hombres se encontraban hablando amenamente en el despacho de Zabini. Pero lo que el más pequeño de los Malfoy ansiaba era ya partir junto a su tía Pansy al callejón Diagon. Mentalmente ya tenía preparada una lista de las cosas que quería pedirle a ella.
Salir con Pansy Zabini era como un día de Navidad, ella era Santa Clause y él, el niño que se portó magníficamente durante todo el año. Lentamente logró escabullirse fuera de la habitación en la que se encontraba junto a su tía, asciendo caso omiso de las palabras antes dichas por la peli-negra. No fue difícil, gracias a su corta estatura abrirse camino hacia la habitación, que tiempo atrás fue acondicionada como estudio por su padrino, sería realmente fácil.
El rubio paró en seco cuando Wido, el elfo domestico de los Zabini lo observaba desde lejos. Scorpius tragó saliva nervioso, Wido lo miraba curioso sin intención de moverse de su lugar. Entrecerró sus ojos, conversó en anteriores ocasiones con él, y era un elfo fiel a sus amos. No llevaban una relación de amistad y mucho menos de amo y sirviente. Para él y para el resto de los elfos de la mansión Zabini, no era más que el ahijado de los amos que llegaba a visitarlos de vez en cuando. Aun así, Pansy y Blaise habían dado la orden de que cuando el rubio estuviera en la mansión, ellos debían de obedecerlo como si la orden viniera de los mismos Zabini.
A Wido le había dado curiosidad la forma de caminar del invitado. Caminando de puntitas tratando de hacer el menor ruido posible. Acercándose extremadamente a las mesas o demás muebles que se encontraba por el camino, como sí estos pudieran servirle de muro y esconderlo de quién fuera que se estuviera escondiendo. Ése niño podía ser pequeño, pero resultaba ser muy persuasivo, ya lo recordaba muy bien el anciano elfo. No muy lejos estuvo el día en que accidentalmente Scorpius tiró el jarrón preferido de la señora Zabini, el niño rápidamente había tranquilizado al elfo que se culpaba incesantemente por descuidar al infante. Sin embargo, hizo lo que cualquier Malfoy en su situación haría. Echarle la culpa a alguien más. Pansy no había tardado en llegar alarmada por el ruido, ahí, junto al jarrón roto en el suelo estaban Scorpius y Wido.
—¿Qué paso aquí? —preguntó Pansy, captó que Scorpius volteaba a su alrededor mientras Wido se llevaba sus manos al pecho.
—Ama… —comenzó hablando el elfo.
—El lo hizo… —Scorpius interrumpió al elfo y dirigió su dedo acusador a Miela, el felino mascota de la señora, quién en ése instante se lamía inocentemente su pata delantera.
Siendo la mascota consentida de casa, Miela había salido airosa de la tan baja artimaña cometida por el rubio. No fue así para el Malfoy menor, que en un momento de sinceridad con su padre le había comentado tal travesura. Sin lograr escapar de una larga charla entre padre e hijo, Scorpius entendió que no por temor a un castigo tendría que dejar de admitir su responsabilidad, y ésa misma tarde su padre lo había llevado de vuelta a la mansión Zabini para que se disculpara con su madrina Pansy.
Wido trató de alejar aquellos recuerdos de su pequeña cabeza y continuó observando al niño, un ligero escalofrío recorrió su diminuto cuerpo, y es que esos ojos grises parecieran que pudieran leer sus pensamientos. Atentamente vio como el niño llevaba su delgado dedito índice a su boca, y eso Wido, logró captarlo perfectamente. Una rotunda orden de silencio. Suspirando, el elfo continúo su camino, pero no logrando ignorar los pasos alegres que Scorpius daba hacía la habitación donde se encontraba Draco Malfoy acompañando a Blaise Zabini. Sí Wido hubiera permanecido atento se daría cuenta que aquél día del jarrón y Miela, sería recordado como él último día en que Scorpius Hyperion Malfoy mintió.
Y Scorpius por otro lado, ya se encontraba frente a la puerta, y detrás de ella se encontraban su padre y Blaise. Se dispuso a tocarla y alertarlos de su presencia, pero una voz lo detuvo.
—Oye, dragón…—. Esa había sido la voz de su padrino, ¿Dragón? Sí, recordaba muy bien que así le llamaba a su padre. Era como muestra de cariño, igualmente su padrino tenía el hábito de llamarlo a él Escorpión, en alusión a su nombre.
—Aún no termino con mi lista, Zabini—. Esa fue la voz de su padre ¿lista? Su curiosidad lo hizo pegar su oído a la puerta, que se lograba escuchar perfectamente. No entendía como su padrino había pasado por alto el no hechizar la habitación. Su padre, e incluso su abuelo Lucius eran muy cuidadosos con eso. Todavía viviendo en el mundo muggle hechizaban la habitación para que ningún ruido o voz saliera de sus cuatro paredes.
—Lamento bajarte de tu nube a estas alturas… ¿Pero qué le dirás a Scorpius?. Al escuchar su nombre, su instinto de supervivencia le decía que despegara su oído y saliera corriendo de nuevo junto a Pansy, pero al mismo tiempo lo mantenía sin moverse. —Es decir, la mujer con la que te cases tendrá que convivir con Scorpius. ¿Casar? —¿O pensabas casarte en secreto y mantenerla escondida de tu familia? Aunque sí se supone que te casarás será para que te ayude a conservar a Scorpius, y lo primordial sería que Daphne conociera el importante nombre de tu esposa. Pero no te preocupes mi amigo. Tú te casarás, de Scorpius ya hablaremos luego. Tal vez podamos mandarlo de viaje junto a sus abuelos mientras nosotros nos encargamos del problema… Su cerebro comenzó a trabar a mil, ¿Casar? ¿Conservar? ¿Daphne? Ya decía él que ésa mañana la presencia de Daphne por la Red Flu no significaba nada bueno. Curioso, se pegó más a la puerta hasta recargarse por completo con el fin de escuchar mejor lo que hablaban los adultos… hasta que la puerta se abrió y cayó directo al suelo.
Desde el lugar en el que se encontraba podía contemplar los zapatos negros y ostentosamente caros, y claro que sabía de quién se trataba. Se quedó quieto y en silencio. Draco se inclinó y miró cuidadosamente a su primogénito. Vestía ropa muggle, pero no se molestaría en preguntar, sería una de las locas ideas de su madrina. Lo que observó detenidamente fue la prenda sobre su cabeza, se la quitó, lo que ocasiono que algunos cabellos rubios cayeran hacía los lados.
Blaise le había hablado sobre las famosas gorras, eran muy concurridas entre los muggles, pero Scorpius no era muy aficionado a esas cosas, especialmente en verano, aunque le permitieran protegerse del sol, él no las usaba. Así que todo debió de haber sido obra de su querida amiga Pansy. Hizo una mueca de desagrado ante el color de la gorra. Rojo. Algunas veces llegaba a pensar que Pansy consideraba divertido hacerlo enfadar ¿Por qué de todos los colores del mundo tenía que elegir el rojo? Sabía muy bien que el rojo era un color de Gryffindors, y que su hijo, un futuro Slytherin lo llevará, ah, no quería ni pensar en lo que diría su abuelo Lucius si llegará a verlo con esa cosa en su rubia cabellera. Con su varita y con un ligero movimiento, el rojo cambio al verde característico de su ex casa en Hogwarts. La colocó con cuidado en la cabeza de su hijo, que en aquél instante seguía recostado boca abajo en el suelo cubierto por la suave alfombra.
Draco Malfoy esperó la reacción de su hijo, más este último no movió ni un músculo.
—Scorpius —habló finalmente.
El niño levantó lentamente la vista, y los ojos grises de él se encontraron con los ojos grises de su padre.
—Ho…Hola padre… —las cosas hubieran sido más fáciles sino hubiera sido atrapado.
Draco estiró sus brazos y ayudo a su hijo a ponerse de pie. Ahora ambos se encontraban a la misma altura, cara a cara. Él comenzó a sacudir la ropa de su hijo. Scorpius lanzó una mirada a su padrino Blaise para después dirigir sus ojos a Draco. Un millón de preguntas se habían formado en su cabeza, junto con una suma curiosidad, pero logrando ocultar todo bajo una máscara de serenidad. Así, sin más se apresuró a cuestionar a su padre, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Es cierto, padre? ¿Vas a casarte?
Draco tendría que pensar bien sus palabras. La relación de padre e hijo que tenía con Scorpius era cercana y sólida, incluso aún más la que tenía ahora el mismo Draco con su padre Lucius. Ambos eran amigos, cómplices y no se guardaban secretos el uno al otro. A pesar de sus escasos seis años, Scorpius era muy inteligente y astuto, fácilmente se daba cuenta de lo que ocurría a su alrededor. Aunque quisiera ocultarle algo, tarde o temprano lo terminaría descubriendo. Lo mejor sería que lo supiera por la propia boca de su padre.
—¿Acaso Daphne tiene algo que ver en todo esto? —siguió cuestionando el niño.
—Scorpius… —habló Draco, evitando la nueva pregunta que estaba por hacer el rubio menor—. Prometo que hablaremos de todo al llegar a casa —su hijo lo observó—. Contestaré a todo lo que me preguntes, pero será más tarde —y Draco recordó lo que acontecía aquél día—. Hoy saldrás con Pansy de paseo.
El hijo asintió.
—¿Listo para hacerla sufrir? —le preguntó su padre con una sonrisa en los labios.
El niño pareció contagiarse, porque al instante sonreía también.
—Bien… es hora de irse. Pansy debe de estar buscándote.
Draco se puso de pie e inmediatamente Scorpius estiró sus brazos para que su padre lo cargara. Él así lo hizo. El niño deslizó su mano izquierda por el rostro de su progenitor, era una caricia y un gesto de despedida que sólo usaba con Draco. Aquella caricia no la había usado ni una sola vez con sus abuelos Lucius y Narcissa, y mucho menos con sus padrinos Blaise y Pansy. Era sólo algo entre él y su padre.
—Buscaré comprar una rana de chocolate para ti… —le informó el niño, a lo que su padre tosió levemente, y Scorpius entendió. Nadie consideraría vergonzoso comer ranas de chocolate a la edad de veintiocho años, a excepción de Draco Malfoy. Ése era un secreto que había prometido guardarle su hijo. Scorpius observó a su padrino que pareciera no prestarle atención a la plática. Dirigió sus ojos de nuevo a su padre y tomo aire para hablar más alto—. Rana de chocolate que obviamente no comerás —agregó tratando de componer la situación.
Draco suspiró colocando de nuevo a su hijo en el suelo.
—¡Adiós tío Blaise! ¡Adiós, padre! —se despidió momentos antes de salir de la habitación.
Malfoy volteó hacía Zabini, y el moreno instintivamente dio un paso atrás. Si la mirada de su amigo fuera capaz de lanzar la maldición cruciatus, ya estaría en el suelo sufriendo de dolor.
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¡Hasta el siguiente capítulo!
