Estaba esperando los cambios en la poción, impaciente, pero no pasaba nada. Ningua se volvía roja, ¿Podía ser posible? Sólo se me venía en mente que el padre fueran los dos si esperaba alguna especie de mellizos, pero se me hacía demasiado raro pensar aquello. Entonces, la puerta se abrió de golpe e irrumpió James Potter.

James Potter parecía molesto, más que molesto. Se acercó a ella y le pegó una bofetada.

Ella, sorprendida, dejó caer sin querer uno de los frascos. El de Sirius Black. Ahora no sabría si su hijo sería suyo.

Potter parecía estar enfadado todavía, agarró el otro frasco y lo lanzó contra la pared. Genial, pensó Lily.

-¿Qué te crees que estás haciendo?- inquirió Lily Evans, levantándose de su cama.

-El hijo es mío- gruñó él-. Te compartí una vez, sólo una Lily, y no voy a compartirte jamás, ni a ti ni al bebé.

Ella pareció extrañada, pero el comportamiento violento de James la había molestado soberanamente. No se lo iba a perdonar con facilidad. A ella le daba igual de quien fuera el hijo, pero tenía que saberlo.

-Jamás. Sólo si de verdad eres el padre- rugió ella.

James, molesto, la acorraló contra la pared. Sólo había una solución para eso. La agarró con fuerza por el cuello, ignorando sus gritos, y le introdujo la varita por la entrepierna, que sangró un poco.

Lily lloraba, sabía lo que iba a hacer, ella también lo había pensado pero se había resistido. Su fe católica no le permetía abortar.

-No vas a perder el bebé, Lily- dijo él con voz extrañamente suave y lejana-. Porque no hay ningún bebé.

La pelirroja abrió los ojos que había estado manteniendo cerrados con fuerza. Estaba en la Sala Común, rodeada por sus amigas, por los amigos de James Potter, por la mitad de sus compañeros que lo miraban preocupados.

Era de noche. Reconocía el olor y el ruido característicos de las fiestas de Gryffindor.

De pronto, se acordó de que su casa había ganado la copa de Quidditch y de que ellos se encontraban festejándolo. Una botella en su mano le indicó que se había emborrachado.

Todo había sido un sueño.

O una pesadilla.

Maldijo a su hébria mente calenturrienta.

Fin.