Sin fines de lucro

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Diez años sin tener ni siquiera un problema, pagando a la gente adecuada y amasando una fortuna considerable gracias al mercado negro de videos de entretenimiento para adultos.

Y todo acabaría en una noche.

Minerva estaba muerta en su carro, tendría que buscar el cadáver temprano por la mañana y disponer del vehículo en la compactadora. Sospechaba que Ramón, si es que seguía vivo, no se tomaría nada de bien la noticia. Condujo directo al motel que usaban para someter a algunas de las chicas y fue a la recepción, pero no pudo llegar por el contingente policial que se hallaba reunido en la entrada.

Sabía que si se quedaba allí llamaría la atención, por lo que tuvo cuidado al ir hasta el cuarto de siempre.

–Mierda… de verdad que lo arruinaron todo–

Un día, solo un día y ya todo estaba fuera de control, eso era lo que se ganaba por confiarle la operación a ese par de ineptos. Le gustaba el sadismo de los dos, le encantaba el espíritu artístico que tenían pero hasta allí llegaban sus dones. Manejando los asuntos serios, encargándose del trabajo importante, eran mucho menos eficaces.

Sabía que un día sucedería pero francamente, no esperaba que fuese tan pronto.

Corrió de regreso en cuanto uno de los detectives lo vio paseándose cerca y le preguntó qué hacía allí y por qué no estaba ocupándose de la prensa mientras que ellos se encargaban de revisar el cuerpo.

Jimmy lo supo entonces, estaba acabado, de ningún modo podía ocultar el cadáver de Ramón con la policía tan cerca y tampoco podría alterar las cintas de la cámara de vigilancia como en otras ocasiones. La gallina de los huevos de oro estaba muerta por la incompetencia de sus empleados, pero al menos, se dijo a si mismo, todavía podía regresar al deshuesadero, tomar su dinero y escapar, no sin antes encargarse de la puta con la que estuvo jugando todo el día de la forma más macabra que su sucia mente pudiese confeccionar. En cuanto al otro chico… pues dudaba de que siguiese con vida. La mayoría de los que acababan allí abajo en el agujero morían asfixiados y como en realidad nadie se molestaba en limpiar ese lugar no eran muchos los que lograban resistir el cóctel pútrido que dejaban los cuerpos de las anteriores victimas. Durante un tiempo tuvieron la brillante idea de vender órganos como un negocio aparte, pero todos los hospitales importantes quedaban demasiado lejos y Louis de por si acaparaba las mejores piezas como forma de pago y a veces como trofeo, así que nunca les dio resultado.

–Debería llamarlo–, murmuró intranquilo, –Tendré que compactar el otro auto de inmediato y destruir mi estúpido uniforme y patrulla–

Maldiciendo en voz baja se subió a su camioneta, buscó sus llaves y escuchó como alguien golpeaba la ventana, justo en el momento en que encendería el vehículo.

–¿Eres nuevo?, nunca antes te había visto–

El mismo detective que lo había enviado a controlar a la prensa estaba de pie junto a la camioneta, con cara de pocos amigos.

¡Mierda!

El detective, un hombre de edad avanzada, con corte militar y expresión de pocos amigos lo vio de reojo, tratando de encajar su rostro entre los policías.

–Tú… tú no eres de los nuestros–, notó, –Y no recuerdo que hayan transferido a nadie–

Casi entró en pánico al verse descubierto, ¿qué se suponía que hiciera ahora?, estaba seguro de que al primer error, ese cerdo llamaría al resto de los puercos y hasta allí llegaría su carrera, en el absoluto fracaso.

Era una cuestión de vida o muerte, podía correr, escapar y pensar en algo en el camino, sin embargo, Jimmy jamas había sido de los que corrían. No, el prefería quedarse a pelear hasta el final sin importar el costo, aunque en esta ocasión, estaba tentado a probar algo nuevo.

–De hecho, podría jurar que ese uniforme fue decomisionado desde hace unos años, y esa placa es muy sospechosa–

Negociar era una buena táctica. La mayoría de las personas, dada la oportunidad, escogerían el camino más sencillo si uno sabía cómo presentarlo y en el caso de Jimmy, pues era un vendedor nato. Estaba seguro de que convencer a ese sujeto de que todo se trataba de un malentendido sería un juego de niños, tanto así que salió sin problemas de su camioneta y le dijo la historia que ya tenía ensayada en su cabeza, y cuando eso no resultó, Jimmy recurrió a su último recurso. Bajó de la camioneta, fingió buscar su cartera para enseñarle su licencia y luego apuñaló al detective en medio de las costillas. Fue tan rápido como sutil, lo que era un logro para un hombre de sus dimensiones. Lo dejó tirado sobre el estacionamiento, limpió el arma y saltó de vuelta a su camioneta para conducir a toda velocidad, dejando detrás una nube de polvo y un hombre malherido, pensando que con eso bastaría para despistar a la Ley y salirse con la suya. La cosa es que los hombres como Jimmy no eran de la clase a pensar que pueden ser atrapados, la idea jamas se les pasa por la mente. Para él, el concepto de ser vencido era irrisorio, tan estúpido como tratar de salvar a las putas a las que quebraba en su salón de juegos, y Jimmy había quebrado a muchas de ellas a lo largo de su vida. Ignoró por eso las patrullas que encendían sus sirenas mientras que él tomaba el viejo camino de tierra con las luces apagadas, sabía bien que su centro de operaciones sería registrado tarde o temprano y que lo mejor sería estar lejos de allí en cuanto eso sucediese. Lo único que lamentaba era que no podría cobrar el seguro de inmediato, pero en unos cinco o diez años, probaría su suerte y vería si podía sacarle algo más de dinero al sitio.

Ahora lo único que ocupaba su mente era la otra chica, la asustadiza que trataba de hacerse la valiente… pues sería una lastima desperdiciarla sin darle al menos una probada de lo que las otras tuvieron. A su hermana iban a hacerle lo de siempre, como estaban seguros de que no era una virgen no había problema en arruinarla mientras se divertían con ella, pero esa chica tan especial… Kiki, era todo un manjar, se trataba la clase de persona que él disfrutaba abusar. Toda la grabación en cuestión sería una obra de arte, comenzarían con lo de siempre, unos cuantos azotes y bofetadas para desgastarla, tal vez la asfixiaría por un rato y luego, luego vendría lo mejor, lo más divertido de la noche y Jimmy tenía pensado gozar el momento, después de todo, podía mantenerla con vida unos cuantos días antes de cansarse de ella, y en esos días le haría cosas inimaginables, cosas que la pequeña y patética mente de esa chica no podría comprender.

Consideró seriamente marcharse con la pequeña perra, atarla de pies y manos y arrojarla a la parte trasera de la camioneta. Quizás no sería tan "romántico" como acostumbraba, pero con el tiempo en contra y la Ley pisándole los talones no tenía mayores opciones.

–Una botana para el camino, ¿he?, al menos tendré con que divertirme mientras busco un nuevo lugar–

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Logró cortarlo, lo que era un pequeño consuelo.

Al recuperar la consciencia, se dio cuenta de que estaba de regreso en el trailer junto a su hermana y al papá de Steven quien se hallaba recostado contra la pared. Jenny se frotó el rostro confundida antes de que un fuerte dolor la obligase a detenerse, recordaba claramente el haber apuñalado al tipo que tenía en frente.

Por algún motivo, no podía abrir su ojo izquierdo.

–¿Qué me pasó?–, preguntó mareada, –¿Por qué seguimos aquí?–

Kiki la había recostado sobre su regazo, de modo tal que la cabeza de Jenny descansaba sobre los muslos de su hermana la cual parecía un fantasma con lo pálida que estaba.

No era solo el tono de su piel tan desprovisto de vida, sino los moretones y laceraciones, las gruesas marcas de dedos alrededor de su cuello y la desnudez salvo por esa estúpida cuerda que le pusieron al cuello y una especie de arnés de cuero con anillos de acero que antes no tenía puesto.

La vergüenza en el rostro de Kiki era imposible de ocultar. En ese instante, odió más que nunca a esos sujetos.

–¿No lo recuerdas?–

Jenny sacudió la cabeza, –Recuerdo que lo ataqué–, murmuró, –Creo… creo que logré cortarle la pierna pero eso es todo. No puedo recordar nada más–

Kiki trató de sonreírle a su hermana antes de que el esfuerzo la obligase a detenerse, después de que atrapasen a Jenny a ella también la castigaron. Apenas le quedaban fuerzas como para mantenerse despierta.

Albergaba la esperanza de que su hermana hubiese escapado para buscar ayuda o al menos, que se las arreglase para sobrevivir y que esos tipos jamas la volviesen a atrapar. El tenerla a su lado era un consuelo, pero de la clase que la hacía sentirse ruin consigo misma al darse cuenta de que ahora, compartirían el mismo destino.

–Lo hiciste, pero el tipo es duro–, le respondió a Jenny, –Estaba cojeando al abrir la puerta y arrojarte adentro, estaba muy enojado con las dos–

Y te golpeó hasta casi matarte–, pensó aterrada, –Un poco más y no hubieses despertado–

A Kiki se le revolvió el estomago, "enojado" no era la mejor descripción de lo que había visto, pero por el bien de Jenny se guardaría ciertos detalles, era lo menos que podía hacer para proteger a su hermana, sin importar lo insignificante que fuese a la larga.

–Voy a matarlo…–, masculló Jenny adolorida, –Aunque antes… tenemos que despertar al señor Universe y salvar al resto–

–¿Pero cómo?–, cuestionó Kiki, –Esos tipos son demasiado peligrosos, ya viste lo que te hicieron y lo que me hicieron a mi –

Kiki sacudió la cabeza conteniendo las lagrimas, –Ya no tenemos esperanza–, sollozó, –Es el fin Jenny… vamos a morir en este sucio trailer–

Jenny quería ser valiente por su hermana, por Kiki que siempre parecía tan madura y confiable a diferencia de ella, y sin embargo, por más que intentaba no lograba suprimir el terror que se apresaba de su corazón, el miedo paralizante de saber que al final, a ella y a Kiki las violarían hasta matarlas, al igual que hicieron con las chicas cuyas fotografías adornaban los muros del trailer. Ya podía verse a si misma tan golpeada y cansada como su hermana mientras ese asqueroso y aterrador hombre la forzaba contra el piso y destruía hasta saciarse.

Una violenta oleada de nauseas la hizo vomitar a los pies de Greg, que recién comenzaba a recuperarse.

Había escuchado toda la conversación, de inicio a fin.

Morir en ese lugar, ¿de verdad acabaría así?, era… era muy deprimente.

No quería morir de ese modo, ni dejar que esos chicos murieran. Deseaba regresar a casa, ver a su hijo y a sus amigos y que todo volviese a la normalidad, como debía de ser en lugar de estar atrapado en ese lugar tan lleno de maldad… Greg no podía comprender que existiese gente así, gente tan repugnante que se complaciese con torturar a un grupo de chicos que solo querían ayudar.

Estaba muy cansado, todo su cuerpo pesaba como si estuviese hecho de plomo, pero esos chicos… esos chicos lo necesitaban, él los necesitaba. No podía dejar que todo terminase así, no permitiría que esos asesinos de niños de salieran con la suya.

Ya había matado a dos, matar a unos cuantos más no le pesaría ni más ni menos a su consciencia.

Se puso de pie, observando como Kiki ayudaba a su hermana a respirar en medio de un ataque de tos. Ambas se veían muy mal, sin embargo, no podía hacer nada por ellas, al menos no hasta que salieran de esa cámara de torturas.

Abrió la puerta secreta que llevaba abajo del trailer y un olor nauseabundo inundó su nariz, en aquel reducido espacio carente de luz, otro par de adolescentes se hallaban abrazados, cubriéndose con la chaqueta de uno de ellos que no dejaba de temblar.

–Crema, Bucky–, los llamó con voz rasposa, –Tienen que salir de allí–

Ambos obedecieron de inmediato cerrando tras de si la compuerta.

Bucky no se descubrió la cabeza al salir, seguía firmemente cubierto por su chaqueta.

–Lo encontré junto a la salida–, explicó Crema que no dejaba de abrazar a un aterrado Bucky, –Se estaba congelando allá abajo–

Bucky temblaba con cada paso, allí debajo del piso… allí estaba lleno de cuerpos.

No uno ni dos, sino muchos más, decorando las paredes y el piso, apilados en los rincones oscuros con sus rostros secos y tristes contemplando un horror que Bucky temía pronto compartir.

–Gracias por venir por mi–, susurró Bucky, –Me estaba volviendo loco, por suerte estaba oscuro así que no pude verlos bien–

–Hay… muchas personas allá abajo–, lo escuchó decir Greg, –Hay muchos niños, niños muy pequeños–

Bucky era apenas un chico, al igual que Crema, Jenny y Kiki. En realidad, no era tan distintos de Steven.

–Quiero que me esperen aquí–, les pidió, –Voy a buscar una salida, así que necesito que suelten a Kiki y se preparen para correr–

No tenía un plan, ¡diablos!, hasta el momento había improvisado cada uno de sus pasos, pero sabía que si no pensaba o hacia algo pronto terminaría por colapsar.

Probó tirar de la puerta, la cual obviamente estaba cerrada, luego, trató de forzarla sin mucho éxito.

Abajo… no se veía tan profundo, y dado que el trailer estaba suspendido sobre unos cuantos bloques debía de quedar algo de espacio. ¿Qué tan duro podía ser el suelo del desierto?, de seguro no tan duro como para que no pudiese excavar un poco, incluso si solo tenía sus manos para hacerlo.

–Tienen que permanecer atentos, puede que nos estén vigilando, así que tendremos que hacer esto lo más rápido posible–

Sin pensarlo dos veces se cubrió la boca y la nariz con su camiseta, abrió la compuerta y bajó.

–¡Papá de Steven!–, exclamó Kiki tratando de acercarse, –¿Adónde vas?–

No entendía lo que estaba sucediendo, ninguno de ellos lo hacía y sin embargo tuvieron que confiar en Greg.

Abajo, en medio de esa cripta, Greg caminó hasta uno de los extremos y apartó un par de pequeños cuerpos para luego enterrar las manos en la tierra y apartarla lentamente del borde de los cimientos que sostenían al trailer, todo esto bajo la mirada de cuencas vacías de los niños a los que nadie vino a rescatar.

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–¿Qué planea?–, se preguntó acariciando su barbilla, –Allí no hay nada salvo por la basura de siempre, así que… ¿qué podría ser tan importante como para convencerlo de bajar?–

Louis estaba francamente impresionado por el grupo, desde ese chico que regresó a buscar a sus amigos hasta ese sujeto gordo que los acompañaba y que intentó someterlo. No siempre tenía encuentros con personas que estimulasen su atención y mucho menos que tuviesen las agallas de entrometerse en un negocio tan macabro como el suyo. Era refrescante el poder encontrar a un grupo tan interesante para luego asesinarnos, en especial a esa chica, la misma que se comportaba como toda una luchadora con tal de proteger a su hermanita, ¿quién se imaginaría que terminaría con un pie vendado por culpa de una de sus victimas?. A lo largo de los años lo habían mordido y arañado más veces de las que pudiese recordar y aún así no existía una ocasión en la que de verdad estuviese en peligro como lo estuvo por culpa de la morenita a la que tuvo que aplicarle algo de "disciplina" antes de dejarla con su hermanita la tímida.

Era una lastima que también tuviese que morir. Le hubiese gustado ver si sobrevivía para moldearla, enseñarle sobre el negocio y ver si tenía madera de torturadora, y si fracasaba… pues bien, siempre podía entretenerse con unas cuantas cirugías innecesarias para luego vender sus sobrantes. Estaba seguro de que podía conseguir a uno que otro cliente interesado en probar albóndigas humanas o un buen pastel de carne de adolescente a alguien de fino paladar, o quizás algún degenerado de los que las prefieren frías e inmóviles.

Incluso podría rentarla como una muñeca viviente, con esa actitud y su aguante para los golpes duraría mucho antes de que se viese forzado a disponer de ella.

–Hubieses sido un excelente juguete–, musitó con un dejo de ternura, –Tan apasionada… me hubiese encantado verte postrada ante mi, como una buena mascota–

De algún modo se las arreglaron para soltar a la tímida, ahora ambas hermanas se abrazaban fuertemente, justo frente a sus ojos.

–Será mejor que revise–, se dijo a si mismo poniéndose de pie con dificultad.

Caminó desde su oficina en el deshuesadero hasta el trailer, el cual se hallaba en completo silencio.

Ahora estaba convencido, esos cinco planeaban algo.

Sacó su revolver y abrió la puerta, apuntando el arma hacia adelante de forma relajada y escondiendo lo mejor que pudo el cojear de su pierna, –Hola–, les saludó, –Veo que están casi todos presentes salvo por ese aguafiestas–

Uno de los chicos, el de la chaqueta roja y los lentes de sol comenzó a temblar.

–Hey, ¿quién te dio permiso para salir?–, le preguntó en tono de broma, –Se suponía que le darías la bienvenida a tus amigos en cuanto llegase su turno y aquí te encuentro evadiendo tus deberes, ¿qué dirían tus padres?–

Su broma no tuvo el mejor recibimiento, lo que lo puso de mal humor.

Jenny se plantó delante de Bucky para encarar a su secuestrador, –¿Qué quiere?–, preguntó mordaz, ganándose una sonrisa por parte de Louis.

¡Como le encantaba esa actitud!, era toda una guerrera y no daba más por sacarle el espíritu de pelea a golpes, ¿qué tanto más resistiría?, pues solo existía una manera de averiguarlo.

–No tienes idea de cuanto quiero violar tu linda boca–, susurró relamiéndose los labios.

Pronto… pronto lo haría.

Jenny se sintió asqueada al escuchar esas palabras, y apenas pudo hacerse a un lado antes de que la cacha del revolver le impactara de costado contra el rostro.

La joven vio estrellas danzando frente a sus ojos, ¿o era un ojo?, al parecer solo podía abrir uno de ellos y por el otro no veía del todo bien.

¿Estaba cayendo?, se sentía ligera, como si flotase en una nube, una nube muy suave, una nube que desaparecía bajo sus pies.

Kiki y Crema fueron en su auxilio, atrapándola antes de que golpease el suelo.

–Tú, el escapista, quiero que abras esa compuesta y te asegures de que el gordo siga allá abajo–, le ordenó a Bucky de manera simple.

El joven tuvo que obedecer, tentado con cada paso a arrojarse sobre ese demente y servir como escudo humano para que sus amigos pudiesen escapar, pero si hacía algo así, dejaría a alguien más atrás y Bucky no quería sacrificar a nadie.

Louis gozaba con la frustración del chico, ¡que divertidos eran los adolescentes!. Aprovecharse de niños siempre era un deleite, tan confiados y bobos, sin darse cuenta de que no saldrían vivos de allí hasta que era demasiado tarde. Los gritos de los pequeños puerquitos le daban la sensación más placentera que alguna vez hubiese experimentado en su vida, esas voces inocentes, esas lagrimas saladas… amaba destrozar a los pequeñines hasta que no quedaba nada de ellos, pero esto de experimentar con chicos algo mayores también tenía su encanto, ¡y vaya que lo disfrutaba!, los pobres de verdad creían que saldrían con vida, que de milagro alguien vendría a rescatarlos y a la vez, eran lo suficientemente inteligentes como para saber que no existía escapatoria, sabían a la perfección que nadie llegaría a ese desolado punto en el desierto para buscarlos y que con toda seguridad, desaparecerían por siempre.

El hecho de que esos cuatros permaneciesen desafiantes hasta el final le estaba produciendo una satisfacción intoxicante, algo a lo que creyó podría acostumbrarse.

Era hora de destruir sus esperanzas.

–¿En serio creyeron que no me daría cuenta de que tramaban algo?, vigilamos esta habitación a toda hora, nada de lo que aquí sucede pasa desapercibido–

Rostros llenos de temor, de seguro, seguían creyendo que ese obeso calvo pensaría en algo para salvarlos, que saldría de allí y que iría por ayuda.

–Ahora baja–, le susurró a Bucky, –Busca al aguafiestas y dile que si no regresa en este instante le volaré los dedos de la mano a tu amiguito el rubio–

Con eso, apuntó el revolver a Crema y le sonrió, –Jamas he sido un buen tirador–, confesó, –Así que no te vayas a enojar si termino por dispararte en otro lugar, ¿he?, sin resentimientos–

Bucky descendió de regreso al infierno, a ese pozo oscuro en el que reposaban los cuerpos de todos los niños que fueron asesinados y mutilados por esos cuatro. La peste era tan potente como la primera vez, una combinación de agua putrefacta y tierra que se metía por las fosas nasales y se impregnaba en el cerebro. Justo de la clase de aroma que no se olvida, de la clase de sensación que a uno lo persigue por siempre.

Incluso si de milagro salía vivo de allí, el recuerdo de ese lugar lo seguiría hasta su tumba.

La sensación de pánico comenzó a invadirlo, no podía respirar, no podía ver. A su alrededor las paredes comenzaban a contraerse, cerrándose sobre si mismas, colapsando con el peso del trailer para enterrarlo en vida.

Una mano surgida de la oscuridad calló el pedido de auxilio que estuvo a punto de hacer. A la lejanía, un agujero y un haz de luz.

–Papá rockero…–

Louis puso atención en lo que sucedía abajo, ¿por qué demonios dejó su linterna en la oficina?, ese era un error de novato, de la clase que Ramón y Minerva cometían cuando recién entraron al negocio.

Muy a su pesar, tuvo que bajar al agujero, y allí, vio un pequeño túnel que daba al exterior, una hendidura por la que de seguro pasaría un adolescente.

–Interesante… pero inútil al fin y al cabo–, murmuró intrigado para luego salir de cacería.

Uno de los chicos salió, de eso estaba seguro, pero el gordo debía de seguir allí, de ningún modo pasaría por un espacio tan reducido.

–No puedes esconderte de mi–, elaboró con calma, su voz, suave y relajada frente a los adolescentes que se habían apiñado uno contra el otro, –Eres solo un hombre, estas cansado y hambriento, y de seguro quieres escapar pero eso no sucederá–

–Morirás aquí, puede ser por las buenas o por las malas, tú eliges–

Levantó el revolver, amartilló el gatillo y se dispuso a ejecutar al rubio.

Los ojos de crema crecieron exponencialmente, y en ellos, Louis vio reflejada a una persona, dio media vuelta y….

Ni siquiera lo vio venir, una piedra, no superior en tamaño a un puño cerrado golpeando directamente en medio de sus ojos.

–Error de novato–, maldijo en voz baja antes de golpear al chico rubio que se lanzó sobre su persona y apuntar el revolver a su amigo moreno que había arrojado la piedra desde afuera.

Al final nada cambiaría, porque ese plan mal diseñado e implementado no funcionaría con un profesional de su talla. Así, en cuanto uno de ellos hubiese mordido el polvo los otros se darían cuenta de su error y volverían a sus rincones a esperar lo peor porque de ningún modo serían tan estúpidos como para intentar un segundo escape.

Amartilló el revolver y disparó, errando el tiro en cuanto un par de cuerpos lo impactaron y un firme tirón en su pierna lo llevó de regreso al foso de cadáveres.

Error de novato, ¿qué otra explicación podía ofrecer?, era lógico que el gordo seguía allí abajo, y que planeaban atraparlo usando una distracción y dado que no eran inteligentes, usarían un truco completamente obvio. De ningún modo debió haber funcionado. Los desmoralizó hasta cansarse, los torturó como quiso, los dejó pudriéndose en su propia inmundicia y con todo en contra salieron a enfrentarlo.

Lo arriesgaron todo sin siquiera saber si serían más rápidos que una bala, con unos segundos de anticipación, con un minuto a su favor y todo hubiese sido diferente.

Louis acabó de frente contra el piso, con el rostro sumergido en agua estancada y lodo. Apenas logró zafarse del agarre de ese tipo al que debió haber asesinado de un principio se encontró con algo que desde hacia años no veía, desde el día en que se vio a si mismo en el espejo luego de violar el cadáver de su primera víctima y saber que ninguna otra sensación se compararía al poder absoluto que en ese momento lo sobrecogió. Aquello que encontró allí abajo no era un hombre porque los hombres no lucían así, podía atestiguar de aquello debido a que cada vez que terminaba de trabajar y regresaba allá a su departamento en Ciudad Imperio, y se despojaba de sus ropas y su equipo, veía a un depredador en toda su gloria, un ser en la cima que se las arreglaba para hacer todo lo que deseaba sin que nadie pudiese detenerlo.

En esos días se sentía como un dios, y como tal, solo podía imaginar lo que sus víctimas sentían.

Ahora estaba del otro lado y podía experimentar en su propia piel lo que él le hacía a sus presas.

Comenzó a reír, incluso cuando trozos de su cuero cabelludo fueron arrancados por la roca sin bordes, sin importarle que ese sujeto, ese don nadie se las hubiese arreglado para implementar un plan tan sencillo que a él ni en un millón de años se le hubiese ocurrido, ¿quién pensaría que de verdad tuviese las agallas para esconderse en medio de un montón de cadáveres de niños para matar a alguien?, la trampa, la ayuda de los chicos y su propia ingenuidad jugando a su favor.

Los últimos pensamientos de Louis fueron de lastima al darse cuenta de que moriría en ese sucio agujero sin siquiera hincar el diente a esas hermanas.

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La ley le pisaba los talones.

–¡Más rápido asqueroso pedazo de chatarra!, ¡MÁS RÁPIDO!–

Era el fin, uno de los cerdos lo venía siguiendo y no podía sacárselo de encima. Sin importar lo mucho que intentase, el asqueroso puerco se las arreglaba para mantenerle el paso y no perder su rastro.

Jimmy se enfrentaba a un escenario que nunca antes había visto, de ser el depredador top, se había convertido en una mera presa.

–Vamos, un poco más y lo logro–

Al diablo con matar a esa puta, ¡al demonio con todo!, entraría al deshuesadero, tomaría su dinero y se largaría no sin antes incinerar toda la evidencia de su oficina, y en cuanto al cerdo, pues lo mataría a tiros en cuanto estuviese en su terreno, allí se encargaría de él.

Solo debía llegar, y luego, luego desaparecería.

–Lo único que lamento es que perderé mi camión–, gruñó dando un brusco giro con el cual, pudo desaparecer en medio de la polvareda.

–¡Aja!, lo hice…–, celebró, apenas notando como frente de los faroles de su vehículo, una vieja camioneta blanca con las luces apagadas pasaba ante sus ojos.

–¿Universe?, ¿qué clase de perdedor se llama Universe?–, se preguntó a si mismo extrañado.

Intrusos, de seguro tratando de robar su negocio.

Sonrió con malicia, esperando que Louis hubiese soltado a los perros para que estos se diesen un festín de carne fresca.

Condujo directo entre medio de las puertas y apenas pudo saltó de la camioneta, luego, corrió a su oficina a buscar sus cosas y la encontró hecha un desastre. Papeles tirados por todas partes, un par de estantes en el piso y su computadora encendida, con las cámaras del salón de tortura fuera de linea cosa que lo enfadó a más no poder.

–¡Maldición Doc!, en cuanto te atrape te arrancaré la lengua–

Probó con la radio, la misma que usaban para interceptar a la policía sin tener mucho éxito, aunque al menos pudo confirmar sus sospechas de que seguían despistados respecto de su paradero. Eso le daría algo de tiempo mientras organizaba sus asuntos.

Lo primero sería encontrar a Doc, averiguar qué demonios estaba pasando en el deshuesadero, recuperar su dinero, su información e irse, y si por algún motivo Doc lo había dejado por su cuenta entonces seguiría con el plan B.

Conducir a Ciudad Imperio y matar a esa rata traidora.

–No tengo tiempo para esto, ¿en dónde diantres se metió este imbécil?–

Sin respuestas, nada. El teléfono sonaba por lo que sabía que estaba encendido pero nadie contestaba.

–No lo entiendo, debería estar aquí, siempre se queda junto a la computadora… –

Fue entonces que lo notó, la computadora seguía encendida sin transmitir, pero, toda su información había sido expuesta a la la red por lo que su participación como líder de la banda no permanecería como un secreto. Incluso si no era todo, era más que suficiente para que no volviese a ver la luz del día, y eso si no le daban pena de muerte.

Corrió a la cámara de torturas y abrió la puerta de par en par, adentro no había nadie, –No, esto no puede estar pasando–, dijo enfurecido, –¿¡Qué pasó con mi mercancía!?–

Pateó el piso y abrió la compuerta de abajo, allí, vio los pies de Doc, quien estaba inmóvil, con el rostro hecho añicos.

–¿Doc?, estas hecho un desastre hermano–

El sonido de las sirenas le anunció que se quedaba sin tiempo, de seguro estaban peinando el desierto en búsqueda de cualquier pista, y en cuanto viesen el deshuesadero los tendría a todos bloqueando su única salida.

Pensó en ir por su dinero y huir para luego descartar la idea.

Estaba seguro de que faltaban muchas cosas, información sensible que la que nadie más tenía idea, detalles que no lo expondrían solo a él, sino a muchas otras personas que de seguro querrían matarlo.

Esa información, no pudo desaparecer de ningún modo salvo que…

La perra a la que Ramón llevó al motel, el paliducho ese que creyó ya era alimento de los perros, el que arrojaron debajo del trailer por diversión y la atracción principal que se supone probaría antes que nadie.

La imagen de una camioneta blanca con el logo "Universe" a un costado, atravesando a toda velocidad el desierto.

Jimmy vio a su viejo compañero de aventuras, –Eres toda una decepción Doc…–, le dijo antes de escupir en su cadáver, –Al igual que Ramón y Minerva–

De ninguna manera arreglaría su situación, pero al menos, se dijo a si mismo, no caería solo.

Subió a su camión y salió del deshuesadero, no sin antes soltar a los perros para que retrasasen a la policía. Esperaba no demorar mucho en encontrarlos, no existían tantas rutas como para que se perdiesen así que estaba seguro de que si se quedaba cerca del camino principal los hallaría.

Sucedió apenas media hora más tarde, los vio conduciendo rumbo a la costa en ese destartalado vehículo pintando con una enorme estrella fugaz. Jimmy tocó el claxon y abrió la puerta para saludarlos con una gran sonrisa en el rostro.

El grito colectivo de horror de los adolescentes fue música para sus oídos.

Solo entonces se permitió embestirlos.

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GAS

GAS

GAS

I'm gonna step on the gas tonight I'll fly and be your lover!

YEAH

YEAH

YEAH

I'll be so quick as a flash and I'll be your hero!

Volví.