Personajes humanos, Francis para Francia y Arthur para Inglaterra.

Hetalia ©Hidez Himaruya.

S y n d r o m e.

Es música adherida a las sílabas y no, un reflejo que se resbala por las cuerdas vocales y una probada de cocaína kinestésica.

Un te amo de espaldas a un quítate de ahí, cabrón sinónimo de sus acostumbrados mírame que no te estoy viendo. Si hasta llegan a confundirse con esas parejas que están juntas sólo por despecho.

Pero, ¡oh, Dios mío! no hay nada que quisieran más ni que desearan menos que no quererse en realidad. Dejar de buscar la sombra del otro en la sala de reuniones con desespero casi asfixiante y mirada de anhelo tirando a odio a secas. Darle un adiós al shock casi paroxístico cuando sus tobillos se rozan por accidente debajo de la mesa. Olvidar que Arthur esconde un lunar entre la camisa y la corbata, en la clavícula izquierda y que Francis tiene cubierta por un velo de pecas la parte superior de la espalda.

Detestan encontrarse por todos lados, especialmente cuando cierran los ojos. Olvidan que están casi frente a frente y que el calor travieso de sus tobillos rozándose se les empieza a colar por entre las piernas. Tienen unas ganas terribles de no estar de lados contrarios de la mesa, de no besar labios opuestos ni correr las cortinas en partes diferentes. Quieren estar un poquito cerquita (pero muy poquito, se dicen) porque así pueden quererse y estando lejos no extrañarse.

Francis se ríe por lo bajo cuando le nota sonrojarse y fijar la vista a la esquina más distante de la sala, sabe que lo tiene de los nervios porque no parpadea, porque se le olvida respirar, porque cuando habla arrastra las palabras, porque quiere oír su nombre salir de sus labios tiesos

« ¿Estás bien, Arthie?»

Casi con tanto desespero como le gustaría oírle llamándole, mal pronunciar su nombre con su acento británico, y siente que la habitación gira y el piso no se está quieto. Se sienten totalmente embriagados sin necesidad de nada más que el licor que se les cuela por los pliegues de la voz, por entre los puños cerrados y las miradas furtivas.

Y ¡Ah! Que valiente se siente cuando le pasa una nota disimuladamente, deslizándola por la mesa. Valiente, no por el hecho, sino, porque en esa nota ha escrito un te quiero que sabe no tendrá respuesta.

A Arthur se le suben los colores y se le agolpan los insultos en la boca, sus manos tiemblan y los ojos se le cierran, el corazón se le agita y el cerebro se le apaga, bien sabido tiene que no podrá dormir en algunos días. Está envuelto en síntomas que seguramente son de alguna enfermedad crónica, degenerativa y potencialmente mortal así que, totalmente en pánico, sale corriendo de la reunión.

Porque ese conjunto de síntomas sin signos tienen nombre, apellido y cinismo francés. Francis se ha convertido en su síndrome personal y el estigma en el fondo de sus pupilas dilatadas.

Carajo.