SAY SOMETHING
Capítulo III
La recuperación de Elizabeth fue lenta pero segura. El médico aseguró que en tres semanas ya podría levantarse de la cama y hacer vida normal, pero a la semana, Lizzy, aburrida de estar sin hacer nada, se levantaba y daba paseos furtivos por la casa.
Hasta que Jane o su padre la pillaban, en cuyo caso la obligaban a volver a su habitación entre ruegos, súplicas y amenazas de morir de aburrimiento.
Durante la segunda semana, a Elizabeth ya se le permitía sentarse con los demás a comer y dar cortos paseos por el patio, siempre acompañada por alguna de sus hermanas.
―¡Esto es ridículo! ―protestó a Jane, que era quien la acompañaba aquel día―. Estoy perfectamente bien, no necesito que pierdas el tiempo conmigo. Lo que necesito es volver a entrenar, o me volveré loca.
Jane sonrió y enarcó levemente una ceja.
―¿Entonces el jadeo de esta mañana no era por el esfuerzo de haber bajado las escaleras? ―inquirió.
Elizabeth golpeó a su hermana en el brazo mientras las dos reían.
De repente, Lizzy se tensó.
―Y dime… ¿has sabido algo del señor Darcy? ―intentó sonar lo menos ansiosa posible.
Jane se sonrojó ligeramente.
―Después de que viniera a visitarte, el señor Bingley me contó que el señor Darcy se había ido a Londres, a comprobar que todo estuviera bajo control.
Aquello despertó algo en la mente de Elizabeth. Sonrió.
―¿El señor Bingley?
―Ha venido de visita varias veces, para ver cómo ibas, por supuesto.
―Por supuesto ―repitió Elizabeth con una amplia sonrisa―. Estoy segura de que no tenía ningún otro motivo de peso para venir a casa. Y hablando de él…
En aquel momento, las muchachas vieron una figura que se acercaba a caballo. El caballero, que se descubrió como el señor Bingley, paró a pocos metros de ellas y descabalgó con entusiasmo.
―¡Señorita Elizabeth! ―Los jóvenes hicieron el correspondiente saludo ―. ¡Me alegra ver que se encuentra perfectamente!
―Dígaselo a mi médico ―suspiró Lizzy―, con un poco de suerte, a usted sí que lo escuchará y me dejará volver a realizar mis entrenamientos.
El señor Bingley rio.
―Y veo que también ha recuperado su humor habitual. ―Intercambió una mirada rápida con Jane―. Ahora su hermana podrá dejar de preocuparse ―dijo a Elizabeth.
Esta sonrió.
―Sí, pero será mejor que vuelva dentro, antes de que aparezca mi madre poniendo el grito en el cielo porque llevo afuera dos minutos más de lo recomendado. ―Su hermana y el señor Bingley hicieron ademán de acompañarla, pero ella negó con la cabeza―. Pero por favor, seguid sin mí. Hace un día demasiado bonito como para desperdiciarlo dentro de casa ―señaló.
Su hermana la miró, escandalizada, pero Lizzy se limitó a poner cara de póker mientras el señor Bingley ofrecía su brazo a Jane. El hombre parecía excesivamente contento por la perspectiva de un paseo y Jane tampoco puso más objeciones.
Elizabeth sonrió al ver a su hermana y al señor Bingley marcharse juntos, pero la sonrisa se desdibujó de su rostro al pensar en el amigo del caballero. ¿Dónde estaría el señor Darcy? Desde que había ido a visitarla ―al menos ahora sabía que no lo había soñado; el hombre había estado en su habitación de verdad ―, no había vuelto a oír de él.
Ni una visita, ni una simple carta. Nada.
Aunque, claro, él no estaba en la obligación de preocuparse más por ella. Al fin y al cabo, no eran nada.
Cuando volvió dentro, se entretuvo con otro de sus pasatiempos favoritos: leer. Echaba de menos ejercitar el cuerpo, pero la mente era igual de importante. No obstante, aquello no duró mucho, pues poco después su hermana y el señor Bingley volvieron dentro. El hombre se fue directo a la biblioteca. Elizabeth enarcó una ceja en dirección a Jane. Si Bingley iba a la biblioteca, eso significaba que estaba buscando a su padre.
Y solo había un posible motivo por el que querría hablar con el señor Bennet…
El resto del día fue un caos.
Bingley ya le caía bien al señor Bennet, quien sabía que su hija sería feliz con aquel muchacho, así que no tuvo ningún problema en obtener la mano de Jane. El hombre se marchó de allí no sin antes prometer que volvería el día siguiente para comer.
La señora Bennet no cabía en sí de gozo. No paró de alabar a Jane, diciendo que ella sabía desde el principio que conseguiría enamorar al señor Bingley. Kitty y Lydia no pararon de suspirar, soñando con conseguir ellas también un hombre así algún día, algo que el señor Bennet aseguró que no pasaría a menos que maduraran un poco. Elizabeth fue quizá la que más se contuvo, pero solo porque prefería hablar con Jane por la noche en su habitación.
Cuando estuvieron solas, las dos hermanas se abrazaron.
―¡Oh, Jane, estoy segura de que serás muy feliz! ―exclamó Elizabeth.
Jane rio.
―Yo también lo creo. ―Frunció el ceño―. ¿Es demasiado presuntuoso pensar eso?
Lizzy la cogió por las manos.
―Te mereces ser la persona más feliz del mundo, Jane. ¡Lo único sorprendente de todo esto es que no te haya pedido matrimonio mucho antes! ―exclamó, bromeando.
Jane se sonrojó.
―Me dijo que quería declararse cuando nos vimos en Hingham, pero después tú resultaste herida y no era el mejor momento para pensar en el matrimonio…
―Hubiera sido la persona más feliz del mundo si, al despertar, me hubieras contado que estabas a punto de casarte. De verdad.
Jane sonrió.
―¡Oh, Lizzy, espero verte algún día tan feliz como yo!
Elizabeth sonrió con tristeza.
―Yo estoy bien matando zombis, prefiero dejarte a ti la responsabilidad de la vida conyugal…
―Hemos hablado de celebrar la ceremonia en dos meses ―confesó Jane―. ¿Serás mi dama de honor? ―preguntó.
―¡Por supuesto! Eso sí, como vengas tú también con lo de que una señorita no lleva armas a una fiesta…
Su hermana rio.
―Eso se lo dejo a mamá. ―Se quedó seria por un segundo―. Bingley me ha dicho que le pedirá a Darcy que sea su padrino. ¿Te parece bien?
Elizabeth se contuvo el aliento durante un momento.
―Por supuesto ―consiguió decir―. No veo por qué tendría que ser un problema.
―Elizabeth… ―Jane solo llamaba a Lizzy por su nombre completo en contadas ocasiones, y siempre era cuando quería que su hermana confesara algo ―. ¿Seguro que no quieres contarme nada?
Elizabeth sonrió.
―¿Eres tú la que se casa y pretendes que sea yo quien tenga algo que contar?
Consiguió cambiar de tema durante lo que quedaba de conversación, pero, una vez se quedó sola, sus pensamientos volaron inevitablemente hacia el padrino de la boda.
Eso significaba que, tarde o temprano, el señor Darcy y ella se verían las caras.
¿Cumpliría él la promesa que había hecho cuando ella estaba enferma?
Lizzy esperaba que no.
