Los personajes le pertenecen ala incomparable, step Meyer y la historia a otra escritora...
Gracias Umee-chan por tu review, y claro que hare todo lo posible por subir un capitulo diario a excepcion de los domingos.
Gracias a todas las chicas que han colocado esta historia en sus favoritos, y a todas las lectoras fantasmitas, gracias mil.
Capítulo 3
EDWARD había dicho que quería una inauguración exclusiva y entendía por qué. Ese tipo de edificio se había considerado feo y desfasado hasta hacía poco; acababan en ruinas o los reemplazaban por estructuras de cromo y cristal.
Era un edificio de forma rectangular, de tres o cuatro plantas, con la fachada llena de ventanas altas con paneles horizontales, puntualizados por pilares blancos y, en el centro, una puerta ornada que le recordó las películas de Greta Garbo y las tumbas egipcias al mismo tiempo.
Volvió a andar, intentando asimilarlo todo.
Las prendas de El ropero de Rosalie siempre le habían parecido muy glamurosas y de buena calidad, pero ante tanta opulencia, de repente, le parecieron un poco de… segunda mano. Se preguntó si serían capaces de organizar algo que estuviera a la altura del edificio.
Sin embargo, según se acercaba, se recordó que ese edificio había estado viejo y cansado, y que sólo había hecho falta alguien con un poco de visión para captar el potencial que había bajo su sucio exterior. También era un artículo de segunda mano. Y, remozado, tenía un aspecto fabuloso. Eso le dio fuerzas para seguir.
Sabía que dentro encontraría una cara amistosa, alguien con quien se sentiría cómoda.
Su guía la dejó ante la puerta con paneles de cristal en diagonal. Se alisó la chaqueta antes de entrar. El vestíbulo estaba sucio y polvoriento, pero eso no le restaba esplendor. El suelo era de mármol blanco bordeado con una cenefa negra. Bajo un trapo guardapolvo se veía la esquina de lo que debió de ser el mostrador de recepción original: una fluida mezcla de curvas y líneas.
Dos hombres trajeados, los arquitectos quizá, estaban junto a unas puertas dobles a las que se llegaba subiendo tres escalones. Charlaban y señalaban cosas en unos planos. Bella se detuvo en el centro del vestíbulo y miró a su alrededor, buscando a Edward.
–¿Bella?
El ritmo de su pulso se alteró al oír esa voz inconfundible. Miró a un lado y luego al otro; el espacio vacío debía de distorsionar la acústica, porque sonaba muy cerca y no lo veía.
Se volvió al frente y notó que uno de los arquitectos la miraba. Su pulso se alteró de nuevo, y esa vez no fue por los nervios de ver a un antiguo conocido o por poner su negocio en marcha.
El tiempo se detuvo y se aceleró a la vez. Sintió tanto impacto como si se hubiera estrellado contra un muro. No había prestado mucha atención a los dos hombres al entrar, pero en ese momento el más alto la miraba con intensidad y de repente a ella le costaba respirar.
Entonces la boca de él se movió, oyó su nombre en sus labios y todo pareció ralentizarse aún más. Intentó descifrar lo que sus sentidos le decían, pero no lo entendía. La voz de fuego y chocolate procedía de esa boca, de esos labios.
Empezó a temblar al verlo encaminarse hacia ella. Pero no por miedo; era algo distinto, un reflejo que desconocía poseer. Otros hombres le habían parecido físicamente atractivos, claro, pero nunca había sentido algo así. Necesitaba sentarse o apoyarse en algo. En él, preferentemente.
No podía ser él.
Mientras se acercaba, empezando a estirar la mano hacia la suya, lo estudió. Seguía siendo alto, pero había ensanchado. El descuidado pelo largo había sido sustituido por un buen corte aunque un poco alborotado todavía que hacía maravillas por sus pómulos. Tendría que ser ilegal que un hombre tuviera unos pómulos tan fantásticos. Aunque su boca era dura y sus rasgos angulosos, deseó tocarlo para sentir su piel, explorar cada plano. Y sus ojos… eran de esmeraldas. Los ojos de Edward. Era Edward.
–Hola –consiguió decir.
Extendió la mano y se arrepintió de inmediato. Sintió el temblor hasta el hombro. Él agarró su mano, pero en vez de estrecharla la sostuvo, y se inclinó hacia delante para depositar un beso suave como una pluma en su mejilla.
Bella dejó caer su cartera. Cayó sobre los caros zapatos italianos de Edward, que se agachó para recogerla y se la ofreció. Ella la aceptó.
Edward sintió un pinchazo de decepción. El temblor que había percibido en su mano implicaba que era una medusa. Aun así, sonrió y le hizo un gesto para que lo siguiera. Sintiera lo que sintiera por dentro, había aprendido a ocultarlo. Sabía bien que la debilidad costaba cara.
Ella había vuelto a sorprenderlo, pero no agradablemente. Se preguntó dónde estaba la Bella con quien había hablado por teléfono, la mujer llena de ideas, entusiasmo y humor.
Le hizo una visita guiada, enseñándole las escaleras blancas con sus barandillas de hierro forjado originales, las lámparas de techo cubiertas con cristal opaco, las puertas, las enormes ventanas. Bella no dijo nada. Se limitó a seguirlo y a sacar algunas fotos con su cámara digital. Al final, él se hartó del sonido de su voz y llamó a Jeremy, el arquitecto jefe, para que aportara datos.
Bella parpadeó al verlo, con esos grandes y variables ojos. Sacó una libreta negra del bolsillo y tomó alguna que otra nota.
La última parada fue en el atrio, el lugar elegido para celebrar la fiesta. En el pasado, la fábrica había tenido un gran patio en el centro del edificio. La empresa de Jeremy había sugerido no cambiar las paredes exteriores, excepto para adecentarlas, y propuesto cubrir el largo espacio rectangular con un techo de cristal que no arruinara las líneas del edificio.
Edward quería mostrarlo en toda su grandiosidad así que, en vez de entrar desde abajo, guió a la silenciosa Bella y al arquitecto a sus oficinas, situadas en la planta superior. Había elegido esa parte del edificio para él. Pronto, en vez de mirar por la ventana y ver el resto del mundo que aún tenía por conquistar, saldría a un amplio balcón que recorría el ancho de su despacho y vería su reino: gente corriendo de acá para allá, hablando, trabajando, haciendo planes y generando ideas.
Desde el balcón, situado sobre el atrio, ella tendría una sensación de la amplitud del espacio. Si eso no le sacaba una frase, nada lo haría.
Entraron en su despacho, casi terminado, y Jeremy, que empezaba a poner nervioso a Edward, parloteó sobre los paneles de madera y sus planes de decoración. Edward lo silenció con una mirada y condujo a Bella a las dobles puertas de cristal y aluminio y las abrió de par en par.
Ella lo miró intrigada. Él se quedó en el umbral y la observó cruzar el balcón, que medía más de cuatro metros de ancho, hasta llegar a la barandilla de bronce bruñido. Durante unos segundos no hizo nada, ni siquiera respirar, a juicio de Edward. Después, su pecho se hinchó y se volvió hacia él con los ojos brillantes. Lentamente, una sonrisa floreció en su rostro y se ensanchó hasta resplandecer.
Edward comprendió que ella no había necesitado decir nada. Había sido un tonto por pretender que lo hiciera.
Fue hacia ella con una imprevista sonrisa que suavizaba sus propios rasgos. En silencio, miraron el patio vacío, que sólo contaba con una fuente geométrica. Estaba seca, pero para la noche del baile burbujearía alegremente.
–¿Es… esto? –preguntó ella con viveza–. ¿Aquí es donde se celebrará el baile?
Él asintió. Ella volvió a mirar el atrio.
–Es perfecto –susurró.
Recorrió con la mirada las largas ventanas horizontales de las oficinas, las sencillas y elegantes líneas del edificio, las paredes encaladas con detalles de pintura negra y la luz y calidez que el techo de cristal daba al conjunto.
Mientras Bella estudiaba el edificio, él la estudió a ella, desechando su primera impresión.
Veía su mente trabajando a toda velocidad. Se llevó la mano a la oreja, como si quisiera alisarse el cabello bajo el casco amarillo. Pero lo llevaba recogido en una cola de caballo y no hacía falta. A él lo alegró ver que no se lo había teñido. Nunca había visto a nadie con un tono castaño con reflejos rojizos como el suyo. Era casi imposible. Tan brillante que no podía dejar de mirarlo.
Bella no era guapa en el sentido tradicional. No tenía hoyuelos, naricita de botón, enormes ojos azules o largas pestañas. Pero la envolvía un aire de elegancia y fragilidad muy femenino. Cada uno de sus movimientos, por pequeño que fuera, estaba lleno de gracia serena.
Pecas pálidas salpicaban su nariz y mejillas. No, no era guapa, pero podría convertirse en una belleza algún día, si decidía hacerlo.
–¿Podemos bajar a echar un vistazo?
En su voz no quedaba rastro de timidez. Sus ojos brillaban con determinación y la llama de nuevas ideas. La condujo abajo en silencio, para permitir que sus pensamientos crecieran y se desarrollaran. No le gustaba la gente que parloteaba sin ton ni son. Pensó que Jeremy haría bien en recordar eso. Cuando llegaron a la entrada, el arquitecto abrió la boca y Edward le indicó que se fuera. Ya no lo necesitaba.
Bella salió al atrio y fue como si un rayo la hubiera golpeado, llenándola de energía. Caminó de un lado a otro, hablando sin parar, sacando bocetos y notas de su cartera y volviéndolas a guardar sin darle tiempo a echarles un vistazo.
Sonrió para sí. Eso era lo que había esperado de ella. Esa visión e incontenible entusiasmo. Esa pasión. Trabajar con Bella Swan no sería un problema. De hecho, presentía que sería un placer.
Sin saber muy bien cómo, se encontró a su lado, charlando, gesticulando y sonriendo.
Jeremy, el arquitecto, los miraba desde la puerta, observaba a Edward. Enarcó las cejas y movió la cabeza con asombro. Si no hubiera visto la transformación del señor Cullen con sus propios ojos, no habría podido creerlo.
Cuando Bella llegó a casa la tarde siguiente, la esperaba un enorme paquete. Abrió la bolsa de plástico y sacó un archivador lleno de notas y bocetos relativos al baile.
Había una nota escrita en papel grueso, con caligrafía precisa. Edward, como era típico en él, iba directo al asunto:
Bella, aquí están todas las notas de Alice. Envié a mi asistente personal a su despacho a recogerlo todo, pero no ha conseguido hacer carrera de ellas. Buena suerte.
Edward C.
Había enviado a su asistente personal. Bella estuvo a punto de reírse. Se preguntó cómo sería que la gente se pusiera firme cuando entrabas en una habitación, en vez de pisarte porque no te habían visto, como le ocurría a ella a menudo.
Por suerte, Alice parecía tenerlo todo más organizado de lo que Edward creía. Había listas de empresas de catering, con algunas punteadas y otras tachadas, datos de la orquesta que había contratado y direcciones de varias floristerías. Sin duda, había estado planificando algo muy glamuroso, pero… faltaba algo.
Algo que vinculara y diera sentido a todo.
Rosalie y ella habían pasado el fin de semana inspeccionando sus existencias, compaginando prendas y accesorios y separando todo aquello que creían que funcionaría en el desfile. Pero las prendas elegidas tampoco tenían un hilo común. Eran fantásticas individualmente, pero juntas en una pasarela, serían un batiburrillo.
En resumen, necesitaban un tema.
Había páginas de notas de Alice con ideas que no se concretaban en nada sólido. De hecho, había montones de dibujos de corazones, alianzas y datos de un vuelo a las Vegas. No era donde Bella elegiría casarse, pero había gustos para todos. Era obvio que últimamente Alice no había tenido la cabeza centrada en el trabajo.
De repente a Bella se le ocurrió algo: «El glamour del viejo Hollywood».
Una mezcla de antiguo y moderno, extravagancia y elegancia, igual que el fabuloso edificio de Edward. Y encajaba con los planes de Alice de darle a la velada ambiente de los años treinta. Ya había contratado a una orquesta y bailarines de swing antes de cruzar el Atlántico llevada por el amor.
¡Sí! Era una idea perfecta. Llamó a Rosalie y pasaron la tarde en su salón, revisando de nuevo sus existencias.
Con un tema central sería más fácil buscar prendas y agruparlas en mini colecciones. Diseñaron un plan para exponer cada mini colección y subastar esas prendas antes de pasar a la siguiente sección del desfile.
Cuando empezaron a pensar en ropa de día, de noche y de diferentes épocas, la pasión de Bella por las películas antiguas resultó muy útil. Sugirió diferentes títulos para cada parte del desfile. Mientras Rosalie y ella bebían vino y elegían prendas, se decidieron por una lista de cinco.
Vacaciones en Roma: prendas de algodón estampadas de los años cincuenta, faldas de vuelo y ropa de verano. Con faldas y a lo loco: vestidos de noche, lentejuelas, faldas ajustadas y zapatos de tacón. Confidencias a medianoche: lencería de época, corsés, picardías y combinaciones de seda que muchas mujeres utilizaban en el presente como vestidos de cóctel. Casablanca: chaquetas de hombros cuadrados, pantalones de cintura alta, prendas de lana y guantes de cabritilla. Finalmente, Rebelde sin causa, la favorita de Rosalie, que casi salivaba al imaginarse a modelos masculinos con vaqueros y chaquetas de cuero.
Al hablar de eso comprendieron que tenían un problema. Los desfiles de moda del mercado eran una diversión para vender más, y utilizaban a parientes y amigos como modelos. Tras ver los planes de Alice y el atrio de Edward, era obvio que necesitaban profesionales.
Bella, ya en casa, revisó los archivos de Alice. Por suerte, había una lista de agencias de modelos. El miércoles por la mañana, cuando alzó el teléfono para empezar a llamar, se quedó paralizada. No sabía dónde reunirse con los candidatos. En los dos últimos días su diminuto dormitorio se había convertido en despacho y estaba atiborrado de papeles y cajas de ropa. Para acostarse tenía que trasladar montones de cosas de la cama al escritorio. Al día siguiente volvía a echarlas en la cama, no podía llamar a las agencias y decir que enviaran a modelos masculinos y femeninos allí para la entrevista.
Sólo se le ocurría una solución: telefonear a Edward. Y no quería hacerlo, dado su bochornoso comportamiento en la última reunión.
Gracias a Dios, se había recuperado un poco al comprender las posibilidades del edificio, dejando de lado su estúpida reacción inicial. Se estremeció al recordar que se había quedado muda y temblorosa. Casi había babeado. No le apetecía volver a pasar por esa humillación.
Sabía que volverían a verse el día catorce, en el baile, pero había tenido la esperanza de limitar las comunicaciones al correo electrónico hasta entonces. Ya le había enviado varios mensajes, poniéndolo al tanto de todo, para evitar que la telefoneara. Y por una razón irrefutable.
Le gustaba Edward Cullen, y mucho. Eso podría resultar desastroso. Necesitaba ser fría y profesional para que el proyecto tuviera éxito.
Puso los codos sobre los papeles del escritorio y apoyó la cabeza en las manos. Se dijo que debía de ser una reacción de rebote por haber sido abandonada hacía poco. Tenía que ver con la sensación de sentirse rechazada y poco atractiva. Algo inconsciente.
Y físico. Sin duda, algo físico.
Por eso quería verlo lo mínimo posible. Así tendría tiempo de recomponerse. Cuando llegara el baile lo habría superado y esa noche estaría demasiado ocupada para hablar con él, que también estaría ocupado atendiendo a los invitados. Si mantenía la distancia, todo iría bien.
Pero no podía olvidar su voz…
Los fuegos de leña eran cosa del pasado. Pero cada vez que él había abierto la boca mientras le enseñaba el edificio, había sentido las llamas acariciar sus pies y subir hasta las orejas.
De ahí los correos electrónicos. No la obligaban a concentrarse en sus palabras cuando sólo quería mecerse en el sonido cálido y terroso de su voz. Abrió los ojos de repente.
«¡Déjalo ya!», se ordenó. Se abanicó con una carpeta; a los veintiocho años era demasiado joven para empezar a tener sofocos.
Lo malo era que cuando leía las respuestas de Edward, no podía dejar de imaginárselo a su lado en el balcón, lo bastante cerca para ver las chispas doradas de sus ojos verdes esmeralda y captar el frescor de su loción para después del afeitado.
Así que, de una manera u otra, tenía problemas. Lo mejor sería dejar de soñar y telefonearlo. Pero, antes, miraría sus notas.
Encendió el ordenador. Tenía los dedos sobre el teclado cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla y vio que era un número desconocido. Contestó.
–¿Hola?
–Hola, Bella.
Empezó a llamear por dentro.
–¡Hola, Edward! Recibí lo que enviaste –se maldijo por no sonar profesional y serena, sino como un personaje de dibujos animados.
–¿Te sirvieron de ayuda los archivos? –preguntó él con cierto deje de desesperación.
–No he mirado todo aún, pero parece que Alice tenía solucionadas varias cosas. Sospecho que ya ha contratado a la orquesta y al catering, tengo que llamar para comprobarlo.
–Bien –Edward emitió algo que parecía un suspiro de alivio–. Me alegra que no sea un desastre total. ¿Puedo ayudar en algo?
Bella tomó aire y le explicó que tenía que elegir a los modelos y no tenía dónde hacerlo.
–Hazlo aquí –dijo él, sin dejarle acabar–. De hecho, tendría que haber pensado que necesitarías espacio, una oficina…
–Pero tengo…
–Puedes instalarte aquí. Hay un despacho vacío y puedes utilizar la sala de reuniones para entrevistar a los modelos.
–El despacho no hace falta –Bella arrugó el rostro–. Bastará con la sala de reuniones. Puedo hacer lo demás en…
–Es mejor que estés a mano. Así podré resolver cualquier duda y aprobar tus planes de inmediato. Y tú podrás dejar de inundar mi bandeja de entrada con gráficos y notas.
Fue el deje divertido de su voz en la última frase lo que evitó que ella le colgara el teléfono.
Era imposible decirle que no a ese hombre. Era como discutir con una apisonadora. Dos minutos después de iniciar la resistencia acababa aceptando todas sus sugerencias. Si quería trabajar con él en la organización del «espectáculo», como empezaba a llamar a la fiesta, iba a tener que enfrentarse a él para defender su postura, aunque nadie más pareciera capaz de hacerlo.
Había visto cómo se comportaban todos. Siempre era «Sí, señor Cullen», no había oído a nadie decirle que no.
Pero ella tenía una gran ventaja sobre sus empleados.
Ellos no lo habían visto practicando juegos estúpidos. Aquella vez, tras ser descubiertos en la biblioteca, habían tenido que reincorporarse a la fiesta navideña. No lo habían visto intentar pasarle una naranja a la tía Gertrude. Había sido lamentable y gracioso al mismo tiempo. Edward, horrorizado, había intentado no pringarse con su maquillaje, que era tan brillante como la fruta que sujetaba entre barbilla y cuello. Había fracasado lamentablemente.
Tendría que recordar esa imagen cada vez que se pusiera mandón con ella. Eso serviría.
Bella se instaló en el despacho de Soluciones Newmoon la mañana siguiente. Estaba cerca de los ascensores y era pequeño, pero eso le pareció bien. Sólo quería un hueco donde esconderse hasta que todo acabara. El despacho de Edward estaba en la misma planta, pero en la otra punta. Eso la ayudaría a concentrarse.
Edward había cumplido su palabra. Todos los encargos de Bella de las tres semanas siguientes habían pasado a manos de un equipo de expertos informáticos de Soluciones Newmoon. Por fin Bella podía vivir su sueño y entregarse de lleno a la moda de época sin tener que arreglar ordenadores. O lo haría cuando la dejaran en paz.
La tarde anterior había recibido un correo de la asistente personal de Edward, comunicándole que almorzaría con él al día siguiente, para comentar la organización del baile. Lo telefoneó, pero ya no estaba en la oficina. Había llamado esa mañana para cancelar la cita, pero él había salido dejando dicho que bajara al vestíbulo a las doce y media; alguien la estaría esperando y se verían en el restaurante.
Ni siquiera tuvo oportunidad de explicar que no quería comer con el jefe. Por lo visto, que alguien pretendiera incumplir sus deseos era impensable por allí. Así que, en vez de hacer llamadas y solucionar cosas, había perdido mucho tiempo preocupándose porque iba a ver a Edward y preguntándose qué ponerse.
Tuvo que optar de nuevo por los pantalones de color chocolate. Bella sintió la quemazón de ir a comprarse ropa para ir a trabajar. Sus vaqueros y botas habituales, apropiados para gatear por el suelo mirando cables, no encajaban en Soluciones Newmoon. Todos los hombres iban trajeados y las mujeres eran elegantes y airosas.
Sin embargo, por elegantes que fueran, los empleados de Newmoon eran amigables y risueños. La asistente de Edward le llevó un café y le habló de él con tanto entusiasmo que Bella pensó que había encontrado un alma gemela.
A las doce y veinticinco, Bella entró al ascensor; el descenso al vestíbulo se le hizo eterno. En cuanto salió, un joven de traje oscuro se presentó como «Henderson » y le pidió que lo siguiera. Bella lo hizo, preguntándose a qué cafetería irían. Pero Henderson se detuvo ante una larga limusina negra y, con elegancia, le abrió la puerta.
–¿Vamos a comer ahí? –Bella lo miró confusa.
–No, señora –Henderson ni siquiera sonrió–. El señor Cullen me ha pedido que la lleve a un restaurante de la ciudad.
Para Bella, autónoma, un almuerzo de trabajo consistía en una sopa o una ensalada y una bolsa de patatas fritas. Por lo visto, suponía algo muy distinto para Edward Cullen.
Avergonzada por su metedura de pata, entró en la limusina y no dijo palabra en todo el trayecto.
Tal vez fuera la imaginación de Bella, pero tuvo la sensación de que el tráfico se disolvía para dar paso a la potente y elegante limusina. Los demás conductores debían de pensar que dentro iba alguien importante. La idea le hizo sonreír.
Henderson se detuvo ante un imponente hotel en un extremo de Hyde Park. Antes de que Bella pudiera darle las gracias, un portero de librea le abrió la puerta y la condujo al vestíbulo. De allí la llevaron al restaurante, oculto tras una enorme pantalla de estantes de cristal ocupados por cientos de botellas de vino. Incluso antes de entrar, supo que el restaurante sería minimalista y a la última moda, y que no reconocería la mitad de los ingredientes enunciados en la carta.
Siguió al camarero a una mesa junto a la ventana, con vistas al parque. No había rastro de Edward, así que se sentó e intentó no parecer fuera de lugar. Llegó otro camarero que le preguntó si quería vino. Deseó decir que sí, pero optó por pedir agua para mantenerse despejada.
Dos mujeres pasaron junto a su mesa.
–¿Has visto quién estaba en el vestíbulo? –preguntó la del abrigo de camello a la otra, que llevaba un bolso enorme.
–No. ¿Alguien conocido?
–Edward Cullen –murmuró el abrigo de Camello. Ocuparon una mesa cercana–. No lo conozco en persona, pero salió con mi hermana.
–¿En serio? Mi prima también salió con él –apuntó el Bolso grande.
Bella se tensó. No quería escuchar la conversación, pero era inevitable, a no ser que se tapara las orejas con los dedos y tarareara.
–La pobre –siguió Bolso grande–. Dudo que quede un corazón en Londres que él no haya roto. Ella creyó que triunfaría donde las demás habían fracasado. Por supuesto, él puso fin al asunto.
Bella anheló taparse las orejas.
–Claro –dijo abrigo de Camello–. Como siempre.
–Tendría que haber esperado eso desde el principio, pobre tontita.
Nos vemos el lunes, buen fin de semana... Podrian darme sus comentarios de la historia? ª.ª
