Referencias:
Dominus/Domina: Amo/Ama.
Servus: Esclavo.
Consul y Praetor: Durante la República, los que empleaban mayor cargo político en Roma eran dos consules, cuales tenían un rango similar al de un Rey y Reina. Y un praetor por debajo, sería el equivalente de la Mano del Rey. Estos cambiaban cada semana, pero aquí esto no sucederá.
Domus: Son las viviendas romanas que poseían las familias de alto nivel económico.
Villicus: Esclavo encargado de vigilar el trabajo de los otros esclavos.
Cubicularius: Ayudante de cámara, es el esclavo que sirve al amo dentro de la habitación, tanto como para vestirse como para dormir junto a él, si este lo deseara o no.
De Poniente a Roma:
Invernalia= Gallia.
Desembarco del Rey= Roma.
Islas del Hierro= Grecia; Macedonia es equivalente a Pyke.
Canto II
Era temprano, el sol apenas hacia un vago intentó para aparecer en el cielo, y él entre bostezos trataba de mantener los ojos abiertos. Esa noche, luego de satisfacer la interrogación del dominus, durmieron en la bodega subterránea. Era una habitación más bien larga que ancha, tenía una sola cama en el cual debían dormir muy juntos, su respiración hacia que los cabellos de Snow se menearan en el aire. En la alta ventana de barrotes se vislumbraba a medias el cielo estrellado y se oían el desprender de las plantas, el movimiento de la tierra y los rugidos de los esclavos agrícolas que trabajaban de noche a noche en el sembrado de soja. La puerta era de un grueso hierro que el único hueco que tenía era el de la cerradura, desde ese hueco llegaban los lamentos de los esclavos encerrados en las habitaciones restantes de la bodega, nadie era feliz allí.
Sus piernas seguían con torpeza a las del Magistrado, Jon iba a zancadas más largas y en consecuencia, su acercamiento al dominus era mayor. El Bolton los conducía por el viñedo, pasando entre medio de los esclavos que agachados recogían las uvas maduras, ninguno de ellos se detenía y con la cercanía apresuraban las manos.
—Acércate, Theon.
El Magistrado se interrumpió en una de las plantas y tomó una de las uvas, la más redonda, violácea y jugosa. Theon, quien se detuvo de golpe antes de chocar con la espalda del dominus, se impulsó hasta estar enfrente de él.
—Dame tus manos.
Sus dedos palparon los del Magistrado, escalándolos y alcanzándole la palma. La uva rodó a sus uñas, su estómago gruñó y sus labios fueron relamidos. El Magistrado le agarró una de ellas y posó la uva ahí.
—Cómela, dime cual es el gusto que tiene.
Theon titubeó en los fríos ojos del Bolton y siendo manejado por los impacientes sonidos de su estómago se la engulló a la misma velocidad con la que inhaló y exhaló el aire a tierra. Sus dientes desmenuzaron la fruta a tal velocidad que siquiera la sintió acariciando su lengua. El jugo era de un gusto dulce y una pizca de este se disolvió por las comisuras de sus labios.
—Es delicioso, Dominus. —Dijo al tragar y lamer sus dientes apropiándose de la uva que aún se mantenía entre sus incisivos.
—En ese caso podrás acostumbrarte rápido. Theon te designare un trabajo especial, a partir de mañana serás el procurator del viñedo, ¿sabes cómo manejar este trabajo?
—Sí, debo administrar la cantidad de uvas que son cosechadas y distribuidas, Dominus.
—Bien, también te encargarás de la transportación para su distribución a Roma.
Theon miró para ambos lados, el viñedo se extendía tanto que en sus ojos no se localizaba el final. Era un trabajo duro el que se le asignó pero era agradecido por el hecho de no tener que estar arrodillado en la tierra cortando una por una las ramificaciones.
—¿Y yo, Dominus? —Jon preguntó musitando.
—Tú serás mi cubicularius personal, Jon, ¿estás de acuerdo con eso?
—S-sí, Dominus. —Jon respondió con una sonrisa, sin embargo el color no se le instauraba en la voz.
—Bien. También, tengo un regalo para ustedes.
El Magistrado continuó con el recorrido y Theon con su adormecido andar. Desde una de las desviaciones que el viñedo portaba se arribaba a los establos y junto a ellos, la herrería. Un escalofrío enfrió su columna vertebral, recordaba lo que en la herrería se le hacía a los esclavos de Gallia y aun así alcanzó al Magistrado dentro de esta, no se opondría, este ya era mucho castigo.
—Desollador, ¿has terminado el trabajo?
—Estoy en ello, Dominus.
La estatua del dios de los herreros en la forja ocupaba la mayor proporción de la habitación, tanto como el horno. El fuego chirriaba en el carbón, esto era lo único que iluminaba el lugar, y el hierro suspendido en la gran roca se chocaba contra el martillo, cual le daba la forma solicitada por el dominus. Theon tembló y dio unos cuantos pasos hacia atrás hasta ser detenido por la pared de la herrería.
—Arrodíllate. —El herrero llamado Desollador le indicó apuntando el trozo de tronco al lado del horno. El herrero lucía una apariencia similar a la de Hefesto, era un hombre feo, llevaba el pecho descubierto y sudado por el completo cuerpo, la barba larga y desaliñada, y era cojo, utilizaba la ayuda de un palo para caminar.
El Magistrado Bolton le acarició el hombro y luego le permitió dirigirse al tronco. Fue a un ritmo tan lento como el del herrero, sus muslos y cadera todavía ardía, y en los movimientos renacía el dolor de la noche. El estrepito del palo rebotando en el suelo era más fuerte que sus grititos que se escapaban entre sus dientes. Se arrodilló, la tierra del suelo se clavaba en sus rodillas.
—Extiende el brazo derecho.
Las astillas del tronco rasguñaban su piel y algunas creaban pequeños huecos. El herrero ató su muñeca con una seca soga, llevó está a los costados del tronco y la suspendió con un ñudo en el final. La soga lo apretaba y le entorpecía la circulación de la sangre. El herrero tomó la jarra de aceite, vertió algo del líquido en su mano y posicionando la palma encima de esta lo deslizó mojando cada zona.
Desollador volvió hacia la roca de trabajo y agarrando el hierro terminado lo introdujo en el horno. El fuego se levantó enardecido y tiñó el hierro de un color rojo entre anaranjado. Cuando el hierro estuvo en el aire, chirriante por el calor, Theon se retorció, no quería eso.
—Por favor…—Susurró al Magistrado.
Theon sorbió y cerró sus ojos apretando los parpados al no recibir respuesta alguna. Sintió el olor del hierro quemado acercándose y se mordió el labio inferior al tenerlo apoyándose en su mano, sus dientes funcionaron como un filoso cuchillo que partía su piel y en el perfeccionamiento del corte se manchaban con la sangre.
Su mano enrojeció y su carne se achicharró, el aroma de la carne quemándose era lo más rico que olfateó en esos tres años. Sus piernas se frotaron desesperadas por correr, los dedos de sus pies se encrespaban, los de sus manos se estiraban y se reunían en su palma rasguñando el tronco. Sus uñas se quebraban aumentando el dolor.
— ¡Por favor! ¡Por favor parad! ¡Por favor!
Desplegó su mano libre hacia el hierro, las yemas de sus dedos se quemaron. Los gritos siguieron despedazando su garganta luego de que el hierro se apartara. La soga fue quitada de su muñeca, una curva roja quedó de evidencia. El humo nubló la visión a su mano pero no al sufrimiento.
—¿Le gusta, Dominus? —El herrero preguntó.
—Es una obra de arte. —En la boca del Magistrado se instaló una informal sonrisa. —La mejor de tus obras.
Con el humo lejos la marca se daba a conocer. Fue un hombre desollado de los Dominus Bolton de Raetia el que abultó su piel, partes de esta se alzaban sobre la calcinada. Era una marca tan delicada y detallada que le daban ganas de llorar.
—¿Y a ti te gusta, Theon? —Los dedos del Bolton anduvieron por su brazo como patas de araña, rozaron la marca de la soga y el inicio del hombre desollado.
—Por supuesto, me gusta, Dominus.
Los dedos se encaminaron por el contorno de la marca, Theon gimió, las yemas no se apoyaban solo se mantenían a una corta distancia. El Magistrado se apoderó de la jarra de aceite y tiró unas gotas por la superficie elevada. El líquido estaba frio y se entibió por el calor de su mano.
—Es tu turno, Jon.
El Magistrado le cogió el brazo, los dedos se unieron a una corta distancia del hombro, y con un ligero envión se encontró en pie. Jon marchó con rapidez al tronco, la rapidez y sumisión que el castigo le implantó.
—Arrodíllate. —El herrero tambaleó al redirigirse al horno. —Extiende el brazo derecho.
Jon soltó un gritito al momento en que la soga le hundió la muñeca contra el tronco. Corrió el rostro al hombro y respiró agitado hasta que el hierro caliente se le desplomó en la piel, fue lento y en la espera comenzó a sudar nervioso. Los gritos de este fueron más sonoros que los suyos, la saliva caía al suelo, la mucosa al labio superior y las lágrimas a la barbilla.
—¿Te gusta, Jon? —El Magistrado preguntó también vertiendo aceite en la marca del Snow.
—Así es, Dominus. —El muchacho hizo una mueca de disgusto con sus labios al ver la piel humeada.
El dominus les permitió una jarra de ungüentos para curar el ardor y perfeccionar la herida. Theon deslizó la pomada por la mano de Jon, parte de esta se encajaba en los costados de la marca y Jon gimió cuando sus largas uñas se adentraban en esta para quitar los excesos.
—Se más cuidadoso, Greyjoy.
—Lo pensare, Snow.
La piel levantada se resquebrajaba y se pegaba junto al ungüento en sus dedos. El frio de la pomada contrastaba con el calor de la mano y el ardor le ocasionaba escalofríos. Jon contuvo los gemidos y detuvo el agitar en las piernas que se manifestaba cada vez que sus dedos volvían de adelante hacia atrás.
—Iras a la frontera de Roma hoy. —Jon dijo.
—Lo haré.
—Puedes escapar.
—Dime como lo haría. —Theon soltó una socarrona sonrisa.
—Te estoy hablando con seriedad. —Jon quitó la mano de las suyas y con esa le apretó sus labios entre los dedos. —¿Quieres escapar, o me equivoco?
Theon negó con la cabeza, no debía ser una pregunta, ya era una afirmación. Se apropió de la muñeca de Jon, apartando los dedos de su boca. Sus labios se separaron en torno a la palma y su caliente respiración humedeció esta.
—Te escucho.
Sus labios tomaron el dedo medio, su lengua se enredó a lo largo de este mientras su cabeza bajaba. Ladeó su cabeza a la misma estar regresando a la punta del dedo, una proporción de saliva se quedó en la yema y otra en su labio inferior, desembocando por su barbilla a las sábanas.
—Theon… —Jon jadeó.
—Sí, ¿dime, Snow? —Besó la punta del dedo. —Explícame sobre tu plan.
Los besos descendieron hacia la última falange, sus dientes se encontraron entre medio de las dos últimas y jalaron con gracia la piel. Jon chilló, el sonrojo le fluía por las mejillas, nariz y orejas.
—Dímelo, Snow, justo ahora tengo curiosidad.
La otra mano del Snow se situó sobre sus cabellos y no hizo más. Sus dientes avanzaron con su lengua y en la punta los primeros volvieron a mordisquear. La polla de Jon podía sentirse elevándose paulatina por debajo de la túnica.
El muchacho se tomó su tiempo y en un jadeo se dedicó a hablar. —Te darán un burro para transportar las canastas, debes desviarte con el cuándo estés cerca de Roma. Podrás salvarte Theon.
—Podre salvarnos, Jon.
En la temprana salida del sol Damon Bailaparamí lo condujo al viñedo, las canastas esperaban ser rellenadas en la puerta del enrejado, un niño desnutrido y encorvado estaba al lado de ellas. Los esclavos agrícolas formaban una fila con las uvas entre los brazos, unos portaban pilas más altas que sus propios cuerpos y otros apenas podían tapar la flaca piel de sus brazos.
—Debe anotar cuantos racimos de uvas hay en cada canasta, Senior. —El niño le acercó una tabla de madera con una sola hoja y un grueso lápiz tallado a mano.
—No lo anotare, lo recordare. —No lo recibió, después de todo no lo usaría. En Gallia el aprendió a hablar latín pero no a escribirlo y tratar de inventar garabatos en la madrugada no era necesario.
Los racimos de uvas violetas llegaban de las manos de los hombres, las verdes de los niños y las rosadas de las mujeres. En cada categoría variaba la cantidad, de las dieciséis canastas solo seis rebasaban por los bordes. Eran cuatro burros y cuatro canastas en cada uno, Theon iba por delante y a sus espaldas Polla Amarilla, Gruñón y Alyn el Amargo, los otros esclavos encargados del trabajo. Polla Amarilla era un hombre rechoncho y de un tufo que hacía que su burro avanzara con mayor rapidez para alejarse, este de momento a momento lanzaba un obsceno chiste, el cual causaba una sonrisa en los cariados dientes de Alyn, lo hacía reír a carcajadas al punto en que caería del burro cuando menos se lo esperara, y en Gruñón un gruñido, no lograba hacer más sin su lengua.
Al ritmo que los burros trotaban ese sería un viaje demasiado largo y tedioso, Theon bostezaba y los tres hombres continuaban con sus inconstantes chistes, no volteó el cuello hacia atrás en ningún momento, sentía miedo de las reacciones que estos tendrían para con él. Su tiempo transcurrió mediante silbidos y memorias de Robb Stark.
Por ese camino había pasado a sus quince años con Robb y Jon, querían ir a Roma y ver el espectáculo de los gladiadores. En la noche, al aguardar a que toda Gallia estuviera durmiendo, montaron sus respectivos caballos y decidieron marchar, mas en las puertas fueron detenidos por Jon Snow.
— ¡No te dejare ir, Robb! —Jon hinchó el flaco vientre y extendió los brazos tapando un cuarto de las puertas, los caballos podían pasar de todas formas por los costados.
—Quítate del camino, Snow. —Theon escupió.
—No tienes que mentirle a padre, Robb. No dejes que Greyjoy llene tu cabeza de malos hábitos.
—Esta es idea de tu hermano, bastardo. —Chasqueó la lengua.
Theon le lanzó una patadita al caballo, cual trotó unos centímetros hasta alcanzar a Jon. El terco niño dio unos pasos atrás y finalmente se sentó en medio de la puerta, llevaba un ceño fruncido que le daba una tonta expresión.
—No es una mentira si padre no se entera, Jon. —Robb expuso nervioso. —Ven con nosotros, iremos a Roma a ver a Crixus luchar en la arena de Capua. Acompáñanos, te divertirás.
Los ojos del bastardo brillaron, un intento de curva se le formó en los labios y se apaciguó al tomar algo de razón. —No, Robb. Es medianoche, el viaje a Roma es peligroso y padre se preocupará si no te encuentra.
—¿Le tienes miedo al viaje o a tu padre, Snow? ¿Acaso eres una niña?
—No soy una niña, Greyjoy.
Jon terminó cediendo, iba con su caballo por detrás siempre advirtiendo los riesgos que traería esa nocturna aventura. No obstante, no importaba cuan terrorífico sea el riesgo, su primera vez en roma, la arena de Capua y el gran gladiador galo Crixus, el campeón de Capua, lo valía.
Aun recordaba la vergüenza que sintió al momento en que en el atajo real de Gallia a Roma los guardias del Consul Robert los reconocieron y, anulando sus esfuerzos por guiarse en la oscuridad de la noche, los devolvieron a Gallia. Pensó que el Dominus Eddard estaría furioso y en discrepancia de sus temores, el señor los recibió con congoja.
—Vaya derecho, Senior Theon. —Polla Amarilla dijo entre sus risas.
—S-sí. —Las risas de los hombres fueron más altas e hilarantes.
El viejo burro que le habían dado se inclinaba a la derecha, la lengua le caía y su nariz se movía inestable por las violentadas inhalaciones que daba. Theon se detuvo para facilitarle algo del agua de la cantimplora.
—Descansemos por una hora. —Sugirió. El animal necesitaba descansar, si no lo hacía no duraría ni un minuto más.
—No estamos cansados, Senior Theon.
Los hombres continuaron sin inmutarse en su inconveniente y tuvo que seguirlos a pie al compás del lento andar del burro, colgando una de las canastas en su hombro. Las alzadas hierbas le causaban comezón en sus piernas, su espalda se doblaba por la pesadez de las uvas y sus sandalias le daban ampollas.
Volvió a montar al burro al contemplar en la cercanía el arco que daba el inicio de Roma. Las uvas que estaban en su espalda cayeron, se aplastaron entre ellas en la ciada y colorearon la tierra. Las canastas en el lomo del animal también se desplomaron. Su cabello se meneó en el aire, su túnica tuvo casi la misma altura.
Los hombres se percataron de esto cuando él ya se encontraba mezclado entre los árboles. El burro mostró todas las energías después de unas cuantas patadas en el estómago y unos empujones de las riendas. Antes el montaba como si fuera el dios de ello, con el arco en una de sus manos y una flecha en la otra el soportaba cualquier inclinación que el furtivo viento le diera, y ahora había olvidado como montar por lo que con el aumento en la velocidad del burro se balanceó hasta arañar la piel de este y establecerse en el lomo, enganchando los pies por debajo del abdomen.
— ¡Venga con nosotros, Senior Theon! ¡Descansaremos! —Los dos esclavos que tenían la oportunidad de hablar gritaron al unísono.
Theon no miró atrás y jaló con más esmero de las riendas. Podría llegar a Roma por un camino mucho más extenso, encontrar a Robb ir a la costa y unir fuerzas, o regresar a Macedonia, con la asistencia de los hijos del hierro recuperaría a Jon.
Los gritos de Polla Amarilla y Alyn el Amargo crecían en distancia, al animarse al voltear el cuello no vio ninguna señal de estos. Los rayos del sol iluminaban su camino, hacia demasiado tiempo que no contemplaba un cielo tan hermoso, tan blanquecino por la enorme cantidad de nubes que lo adornaban y a la vez, tan celeste y harmonioso. El verde de los arboles acompañaban la belleza del paisaje, estos se elevaban majestuosos por el honor de los consules.
Su pasó se aligeró al llegar a la duna que dividía Raetia de la gran Roma. A partir de allí se acababan los árboles y una llanura verdosa se extendía en unos doscientos kilómetros y desde esta se podían ver la entrada a las ciudades que daban paso a la capital.
—Esa no es la ruta que hay que tomar, Senior Theon.
Un cuerno sonó, las aves cantaron y una flecha voló por encima de su cabeza, cortando las erizadas hebras de sus cabellos. Theon guío al burro una vez más por los árboles, el burro no era ágil en sus respuestas como el caballo que tuvo a sus quince años, por lo que cada vez que saltaba los montículos de tierra terminaban cayendo con el pie incorrecto y entorpecía su escape.
El chiflido del cuerno fue más potente, un escalofrío llenó su columna y con las manos temblorosas en la correa manejó el movimiento del burro entre los montículos y los troncos. Una flecha se clavó en uno de los árboles, sintió el furioso trote de los otros burros por detrás del suyo. Al mirar atrás no encontró a ninguno de ellos, solo un látigo enredándose en una de las patas traseras del animal. El burro intentó liberarse la pata, las rodillas se le doblaban adoloridas y lo que consiguió fue caer con el hocico en la tierra, gritó antes de hacerlo.
—Le dijimos que ese no era el camino, Senior Theon.
Su mandíbula fue lo primero que se contactó con el suelo, sus premolares se quebraron al golpearse entre sí. En sus oídos se proyectaba un aturdido sonido de la naturaleza. En el desmoronamiento de sus piernas un agudo gemido le sacudió los labios, sus rodillas se torcieron al desprenderse del burro y se alinearon en la fuerte llegada al suelo.
—De pie, Senior Theon, el Dominus debe estar esperando por ti.
Sus uñas se clavaron en la tierra y sus sandalias arrastraron algo de esta. Quiso levantar su pierna izquierda y por la poca fuerza de la misma su cuerpo se meneó a la dirección contraria. Dos de los hombres le pusieron de rodillas, no distinguió cuales de los tres fueron, únicamente sintió las manos pasando por debajo de sus hombros y después un macizo golpe en su mejilla que le confirió un sueño en rojo y negro.
La saliva tuvo que caer de su labio inferior, rebotar en el charco que se formó anteriormente con la misma y salpicar sus pies para que se despertara. Intentó mover su cuerpo pero la acción se vio condicionada. En sus codos se ataban cadenas que se extendían hasta la pared y le levantaban los brazos, en sus tobillos ocurría lo mismo, sus piernas se separaban con rigurosidad.
—¿Has dormido bien?
Sus ojos al abrirse descubrieron la paja del suelo y unos descalzos y embarrados pies. Sus pupilas persiguieron los largos vellos hasta la rosada falda que se elevaba por encima de la pelvis. Saltó el desnudo torso y la manica para alcanzar la gruesa sonrisa y los divertidos y gélidos ojos.
—Suéltame. ¡Quítame las cadenas! —Trató de mantener la cabeza erguida pero le pesaba mucho. Hablar era tormentoso, sus labios estaban partidos y separarlos era trabajoso ya que la mitad de su rostro se paralizaba por la sangre y tierra seca.
Ramsay Bolton tenía un cuchillo en la mano y se rascó el interior de la oreja con la punta. La sonrisa que portaba era húmeda y brillosa, que le marcaba los pliegues en el contorno de la boca. Ramsay se acercó, su calor corporal fue inminente en la cercanía. Su cuerpo se movió para enderezarse y lo que logró fue seguir cayendo.
—Ellos me contaron lo que hiciste. —Ladeó la cabeza y jugueteó con los clarísimos ojos hasta encontrarse con los suyos. —Me dijeron que hiciste cosas malas, ¿es eso verdad?
—¡Suéltame! ¡Suéltame!
—"¡Suéltame! ¡Suéltame!" esa no es una respuesta válida a mi pregunta. —Ramsay suspiró. —Como soy respetuoso con las mascotas defectuosas te repetiré la pregunta, ¿hiciste cosas malas?
—¡No hice nada! ¡Por favor, suéltame!
Ramsay chasqueó la lengua y el cuchillo se dirigió a la separación de sus clavículas. El filoso acero cortó su túnica y las rudas manos se encargaron de desgarrarlo por completo, los restos de la tela colgaban por sus hombros. La punta del cuchillo desfiló por su pecho y se detuvo en su última costilla, los dedos se movieron con lentitud y con cada uno posicionado en su lugar se dio pasó al acero en su piel. La herida se profundizó creando un hueco y extendiéndolo al inclinar el cuchillo a la derecha. El grito que expulsó le hizo levantar la cabeza, el tajo era del largo del hueso y la sangre salía en doble medida.
—No colmes mi paciencia, mascota. —Ramsay lamió la sangre en el cuchillo. —¿Ahora me responderás?
—Por favor… ¡no hice nada!
—Mal. Mal, mascota.
El cuchillo se deslizó por encima del corte y por debajo de su pecho. El cuchillo no se inmovilizó hasta alcanzar a tocar su hueso y regresó para cortar las iniciales capas de su piel. La sangre de esta herida se combinaba con la anterior.
—No voy a negar que te sientan bien estos cortes, pero no me gusta tener que hacerte esto. ¿No te gusta hacerme hacer esto, verdad, indecorosa mascota?
—¡No me llamo mascota! ¡Mi nombre es Theon Greyjoy! —Sus labios estaban secos de tanto gritar.
El cuchillo se ubicó debajo de su mandíbula, la cálida sangre en la punta manchó su cuello. El acero se agitó raspándole, las cortas hebras de su barba se cortaron. Theon rechinó los dientes y gritó bajamente entre ellos.
—¡Oh, una mascota inteligente! ¿Te gustaría que te llame Senior Theon Greyjoy? O Dominus Theon Greyjoy tal vez, ¿te gustaría, verdad? —Ramsay soltó una carcajada. —Pero sabes que ese nombre es demasiado pesado para ti, tanto peso en un cuerpo tan delgado no puede ser real. Eres una simple mascota que necesita un nombre y para eso estoy yo.
Los dedos de Ramsay contornearon la herida en el último hueso de su columna, las uñas separaron la piel que se unía con la sangre que se iba secando y entre las yemas se acorraló un trozo de su carne que fue estirado y desgarrado. Theon comenzó a llorar por lo agonizante que era el dolor, sus gritos ni siquiera alcanzaban el punto necesario de su garganta para salir.
—Necesitas un nombre que encaje perfectamente en ti. —Ramsay dio una larga olisqueada a su pecho subiendo por su cuello, la punta de la nariz se pegaba en sus huesos y se dirigía a un paso pesado y pegado. El caliente respirar quemando su piel le proporcionaban algunos estremecimientos. —Hueles a excremento. Hueles a sangre. Hueles a sexo.
El cuchillo descendió hasta su sexo, lo frio del acero erizó sus cabellos. El filo presionó su miembro y yendo de arriba abajo lo frotó. Theon se mordió el labio inferior, no había placer allí, la piel no era cortada pero la fricción era disgustosa.
—Como Venus, tienes esa cabellera sedosa y brillosa, tan envidiable; y eres hermoso, inmensamente deseable, irritable y estúpido, mi pequeña mascota. Pero, tú no eres Venus, no. Eres una sucia y baja representación de ella.
El miembro rígido de Ramsay se percibía palpitando sobre la separación de sus piernas y elevando la falda. Su polla se inflamaba por la fricción que el cuchillo ejercía en las zonas húmedas de la misma.
—Eres solo una criatura simple y hedionda.
La punta de la lengua de Ramsay se aproximó a su cuello. Un escalofrío entumeció la sección que la lengua lamia, la tierra seca se podía escuchar crujiendo entre los dientes contrarios. Ramsay tenía los labios húmedos, la saliva se enfriaba al tocar su piel y se estancaba allí haciéndola brillar.
—Estás tan hediondo. Demasiado hediondo. —Ramsay suspiró inhalando por última vez su fragancia corporal.
El hijo del Dominus Bolton se apartó, no lo suficiente para tener algo de aire propio, y extendió los brazos hasta la altura de los hombros y dándole a la sonrisa que le contorneaba los labios una característica entretenida. Sacudió el cuchillo por el aire, cuando se despegó de su húmeda piel chilló.
—Reek. —Ramsay abrió grandemente sus claros ojos. —Es un buen nombre para ti. —El señor cruzó las manos y se meneó subiéndose los talones. —Ahora, ¿cuál es tu nombre?
—¡Theon Greyjoy!—Su garganta estaba áspera.
No pudo predecir el momento en que el fiero puño se hundió en su mejilla hasta que escupió la sangre y partes de algunos de sus incisivos partidos. Los extremos de sus labios se partieron, los niveles de sus dientes se pusieron dispares y uno de ellos se desprendió por completo. Ramsay le levantó la cabeza agarrándole sus cabellos, llevaba el ceño y los labios fruncidos.
—Ese no es tu nombre. —Ramsay le capturó las mejillas, apretándolas entre sí y haciendo que la sangre en las aberturas de sus labios se expulsara con mayor rapidez. —No te preocupes, he olvidado que eres de lento entendimiento. Tengo un entretenido proceso para que entiendas, mi tonta mascota.
Ramsay soltó su rostro con fuerza conduciéndolo hacia atrás. Un gritito salió inconstante siguiendo el mismo andar de su nuez de Adán. En su cadera se encastraron los gruesos dedos, amoldándola. Las uñas se clavaban en la zona en que el extenso hueso se pegaba a la piel, y el cuchillo estaba cerca de él.
—Dime, ¿cuál es tu nombre?
Theon inhaló y con el aire que acumuló en sus pulmones logró decir. —T-Theon Greyjoy.
Ramsay bufó tal a una bestia embravecida, la saliva le bajaba por uno de los extremos de la boca y en la molestia los ojos le brillaban como nunca antes. El cuchillo desfiló por su piel hasta clavarse en la diminuta proporción de carne del inicio de su hueso pélvico. El filo descendió en una chueca línea, después una circunferencia y por ultimo una semirrecta diagonal.
—Mal. Otra oportunidad, ¿cuál es tu nombre?
Sus dientes crujieron, su cuerpo se sacudió y las cadenas tintineando se amoldaban con acrecentada intensidad a sus codos y tobillos. Trataba de no gritar, no se lo facilitaría tanto, y su garganta se calcinaba reteniendo sus alaridos.
—Theon Greyjoy. —Príncipe y heredero de Macedonia, ultimo y único hijo vivo de Balon Greyjoy, el Rey de Macedonia y toda Grecia, el país que siempre le pertenecería a los Greyjoy y a ningún pueblerino romano; pudo haber agregado, sin embargo supo que ese era el preciso momento para no decir más, de nada serviría pelear atado en el aire.
El cuchillo se deslizó a la derecha dejando un espacio entre la R que fue formada primeramente y la nueva letra. Esta era conformada por una línea vertical y tres horizontales, igual que la que la continuó cuando volvió a responder incorrectamente.
Empezó a sacudir sus piernas a donde su maltrecha energía los guiara, era un dolor tan irritante que no conseguiría soportarlo ni un segundo más. La sangre goteaba sobre su polla y dibujaba un camino por sus muslos.
—Ultima oportunidad. —Ramsay ronroneó. —¿Dime cuál es tu nombre?
El cuchillo finalizó los últimos detalles en la segunda E, había que cortar la piel que se levantaba y arruinaba la marca, también deshacerse de la sangre que se estancaba en la misma. La filosa punta se dirigió paulatina a la sección que conformaría el próximo corte, ya estimaba que su respuesta no sería la que su señoría deseaba escuchar.
—Por favor… detente… duele, por favor. —Sus lágrimas recorrían sus mejillas hacia sus labios, eran saladas y provocaban ardor en las aberturas.
—Muy desacertado. No creo que tengas un nombre tan… largo y aburrido. —Los gruesos y húmedos labios se movían exagerados al hablar. —Tu nombre es Reek, pequeño y fácil, tienes que recordarlo. Haré que lo recuerdes.
Una línea recta más y dos diagonales en opuestas direcciones, estas fueron más gruesas por las puntas. El cuchillo se apartó e igualmente seguía sintiendo como una pequeña aguja se clavaba constante en su piel, traspasando la carne y perforando sus huesos. Su sangre goteaba en el suelo formando un charco tan extendido y ancho como Mare Nostrum.
—¿Lo ves? R-E-E-K, tu nombre, es fácil.
Theon bajó la cabeza, su cuello dolía estando erguido y también caído. Los huesos de sus costillas encajándose en su piel no le permitían una visión más allá de la sangre y sus muslos. Cerró sus ojos y sollozó internamente.
—Bien, ahora repite conmigo: Reek.
El rostro de Ramsay se encontraba muy cerca del suyo, tanto que ese olor del vino que emanaba de la boca de su señoría lo percibía vertiéndose en sus labios. Ramsay dobló el dedo índice por debajo de su mandíbula, Theon elevó el rostro antes de que este lo hiciera.
—No te estoy escuchando. ¿Me has oído? —Ramsay preguntó con suavidad. —Dime cuál es tu nombre.
—T-Theon Grey-. —Comenzó, pero no finalizó.
Ramsay le apretó las heridas ocultando sus palabras con el estrepitoso grito que llegó en consecuencia. Las largas y sucias uñas se adentraron en los huecos de la R, desgarrando la carne expuesta.
—Ese no es tu nombre, tonta mascota. —El aviso fue hosco. —Inténtalo de nuevo y trata de no fallar. ¿No querrás que cada pedazo de tu lengua represente ese lindo nombre que no te pertenece, verdad?
Theon pensó que partir al Hades debía ser mucho mejor que vivir entre esas cadenas contemplando lo gélido de los ojos que se le incrustaban en los suyos y el olor a sangre, vino y suciedad que perfumaban el aire.
—¿Cuál es tu nombre?
«Por favor, haz que el dolor se detenga.» Sabia como detener el dolor, lo sabía muy bien y actuó en referencia. Solo tenía que olvidar, y era difícil, tan difícil. Las yemas profundizando los cortes lo influían a hacerlo, para ellas era demasiado fácil.
—R-Reek…—Dijo en algo que fue la combinación de un grito de rabia y otro de sufrimiento. Las pupilas del bastardo resplandecieron. —Mi nombre es Reek.
Había suplicado y de todos modos Ramsay Bolton lo abandonó en esa desolada habitación del domus. Su cuerpo entero dolía, las fuerzas se ausentaron cuando el cuchillo fue puesto por primera vez en su piel.
Desde su lugar se oían los ladridos de las perras y lo rápido que corrían. El no sentía sus piernas, si quisiera correr no podría. Cada tanto movía sus muñecas y dedos para que sus huesos tronaran y así no volverse loco con los crujidos de los dientes lanzando mordiscos.
Los rayos del sol entraban por la diminuta ventana en lo más alto de la pared que se enfrentaba a su espalda. Supo controlar el tiempo por los desplazamientos de su sombra. En la noche esta desapareció.
En esa noche fría hasta la celda que el Dominus Roose Bolton le hacía compartir con Jon Snow era más cómoda. Aun atesoraba en lo más profundo de su cuerpo lo cálido de la alcoba de Robb y lo placentero que era dormir enredado al cuerpo del Stark. Rememoraba los cantos que Robb le tarareaba para ayudarlo a dormir y como a un buen precio le prohibía comentar sobre esta faceta a alguna muchacha. También cuando era al revés y el ejercía los cantos, modificados, eran cantos para adultos.
No obstante, en presencia de Ramsay todos esos recuerdos se convertían completamente en pertenencia del gallardo Theon Greyjoy, un hombre que él no era. Él era Reek, la criatura del condescendiente Dominus Ramsay Bolton. Tenía que aprender, tenía que aprender rápido si quería conservar su piel.
Con el trascurso de las horas la única fuerza que tenía colocada en el mantener erguido de su cuerpo se agotó y su cuerpo se derrumbó hacia delante, su torso era el más empinado y sus hombros se estiraban con cada respiración que inflaba su pecho.
No concilió el sueño, nadie lo haría mientras los huesos de sus brazos estuvieran siendo tironeados y el pesó de su cuerpo recayera en sus flacas y huesudas piernas. Sus ojos ardían, las lágrimas jamás pararon y en el descender de los parpados sus endurecidas pestañas resquebrajaban la zona inferior de ellos.
En la mañana, según sus sombras le afirmaban, al escuchar el rechinido de las bisagras de la puerta se enderezó tan rápido como pudo. Su cansancio y la falta de fuerza hicieron que esa simple acción fuera tan tortuosa como el cuchillo perfeccionando sus huesos. «No, no, por favor. No… no, dioses haced que se vaya.» Gritó para sí mismo al ver que lo que pasaba por la abertura de la puerta era una seca y larga cabellera negra. « ¡No, no!»
—Buen día, Reek. —Ramsay llevaba un carcaj en el hombro izquierdo. —¿Has descansado lo suficiente? Tengo maravillosos planes para hoy y te necesito activo. —Se humedeció los labios. ¡Vamos! Quita esa cara larga. Venga, te bajare de ahí, ¿eso te pondrá feliz, no es así?
Su liberación comenzó por las cadenas de sus tobillos. Theon soltó un grito que se alargó a medida que las cadenas se despegaban. Sus pies no tocaron el suelo hasta que su codo derecho fue soltado. Se tambaleó y sus clavículas se paralizaron en el hombro de Ramsay, cual hizo presión para mantenerlo en pie. Su mano se aferró con una impotente velocidad a la desnuda espalda del hombre, haciéndolo gruñir por lo bajo. Desenlazar la otra conllevó un tiempo más prolongado, Ramsay hacia unas cuantas maniobras para sujetar su cuerpo y desencadenarlo.
Libre, Theon se derrumbó, Ramsay lo acompañó pero este dobló las rodillas a tiempo mientras que él, en cambio, se adhirió al suelo de lleno su rostro.
—A pesar de tus huesos flacos eres muy pesado, Reek. ¿Debería quitar algo de carne a este lindo cuerpo que tienes? —Ramsay carcajeó, sonaba tan real que no hallaba ninguna sospecha de broma.
—No, por favor, no debe. —Un escalofrío pinchó su columna vertebral. —No.
—¿No, qué? —Ramsay levantó una ceja.
—D-Dominus. —Lo olvidó y estuvo tan cerca de perder otro trozo de piel. —No debe hacerlo. Por favor no lo haga, Dominus.
—Sí me lo pides de esa forma no podría contradecirte, Reek. —Le acarició los cabellos, con mucho cuidado. —Tendrías que ser agradecido por tener un amo tan bueno que aprecia las imperfecciones. ¿Qué sería de ti mi tonto Reek si estuvieras en las manos de otro hombre? No me respondas, no te fuerces, sé que es demasiado para una mente pequeña como la tuya. Eres una buena mascota, ¿no, Reek?
—Sí, Reek bueno, Reek agradecido. Reek es agradecido por ser vuestra mascota, Dominus.
Ramsay le dio algo de agua antes de conducirlo por el establo. Por la amabilidad le ordenó a cambio que preparara a uno de los caballos. Sangre era el nombre del animal, un semental como ninguno otro, fornido y de un pelaje liso y rojizo. El animal le lanzó una mordida al aire al notar la cercanía de sus manos. Reek chilló y agarró las cuerdas con rapidez para que Sangre lo notara mucho después.
El dominus lo montó fuera del establo, el caballo era feliz con él y relinchaba cuando se le era acariciada la larga cabellera cayéndole por el cuello. Reek iba al lado de su amo sosteniendo las cuerdas y guiando al animal por el camino que conducía al bosque.
—¿Una palabra, Dominus?
—Sí, Reek, te escucho.
—¿Por qué me necesita?
—Para cazar, Reek. Suelo hacerlo con mis chicas pero están cansadas por la larga noche de diversión que tuvieron y prefiero que descansen a que tengamos una mala cacería. Y para eso estas tú, Reek, para remplazarlas.
—P-pero… el Dominus Roose me ha dejado a cargo del viñedo. Debo cumplir con mi trabajo.
—¿Lo ves aquí a mi señor padre? Se ha ido a Roma ayer, al mismo tiempo en que desviaste tu camino, Reek. Cuando él no está, como tal heredero, yo soy el responsable del Domus y si quiero que caces en vez de contar uvas lo harás.
—P-pero… hace tiempo que no salgo de cacería. No creo que pueda hacerlo bien, Dominus.
—Un perro nunca puede hacerlo bien a la primera, hay que darle tiempo y un riguroso entrenamiento para que se vuelva un verdadero campeón en la cacería. Ben Huesos, es un buen maestro, pero el solo enseña a los perros que ladran en latín; y no puedo oponerme, yo soy mucho mejor con los extranjeros. —Ramsay se pausó, inhalando. —De todas formas, no te preocupes Reek, los conejos no son presas difíciles.
—¿Conejos?
—Tan blancos y lindos como esos dientes tuyos.
Reek enmudeció y apretó los labios, escondiendo sus dientes y lamiendo los incisivos entre sus labios. El bosque de Raetia se combinaba entre colores verdosos y blancuzcos que el invierno dejaba, como en el de Gallia.
—¿Has cazado alguna vez a algún conejo de cinco pies de altura, Reek?
—He cazado conejos… pero de ¿Cinco pies? No, Dominus. Nunca cacé un conejo tan grande, creo que es imposible hacerlo o que semejante animal exista.
—Estas equivocado, tonto Reek. Existe tal animal, y esta República está llena de ellos. Pero, no temas, Marte nos dará las fuerzas para exterminarlos.
Sus piernas cada tanto dejaban de moverse por el cansancio y para regresar junto al dominus debía exigirse en su trote. En Gallia, Theon una única vez cazó y no fue intencionado; fue una tarde con Robb en medio del bosque, él le enseñaba al lobo a utilizar la flecha y el arco cuando un pequeño conejo amortiguó una de las flechas perdidas por Robb. La flecha se le clavó en una de las patas y aun así continuó sus saltos, lo persiguieron hasta que una de sus flechas le llegó a la cabeza. En su memoria se inmortalizaban las lágrimas de Robb, el hueco que cavaron en la tierra y la ardua búsqueda de los allegados al animal, cual duró toda una noche y no tuvo positivas respuestas.
—Vamos, el conejo está cerca.
Ramsay saltó de la montura y se echó a correr preparando el arco. Reek lo siguió por detrás a un ritmo pausado. Las aves se dispersaron al tiempo en que una flecha se deslizaba por el aire. Un chillón grito develó la localización del conejo.
—Por favor… dioses… no. —El conejo lloriqueó.
El conejo era de estatura media; de cabellera larga de tonos violáceos y dorados, ensuciada por la tierra; y los ojos marrones, vidriosos y enrojecidos. Tenía un vestido que le cubría hasta las rodillas, quizás en otros tiempos fue de un suave y limpio blanco. Reconoció la marca del hombre desollado de Raetia en la mano derecha. La flecha se le incrustó en la rodilla izquierda por lo que desplomó de bruces y sin detener los sollozantes gritos hundía las uñas en la tierra y se arrastraba.
—Acércate, Reek, tendrás el honor de dar el tiro de gracia.
Sus manos temblaron al dirigirse a las del Bolton. El arco era pesado para sus dedos, para Reek tener uno de ellos en las manos era nuevo y una difícil tarea mantenerlo con lo débil que se había vuelto.
—Rápido, el conejo se te escapará, Reek.
La expresión en el conejo era de desesperación, la criatura con el mayor temor que había visto en su vida. Tenía un arco y una flecha en sus manos, podía hacer muchas cosas con ellos, cosas que lo hicieran un hombre libre como en aquellos tiempos. No obstante, la caliente respiración del dominus sobre su cuello le hizo concentrarse, estiró la cuerda y la soltó, cerró los ojos al hacerlo.
—Buen tiro, Reek.
La flecha le atravesó el hombro diestro, el conejo gritó y se detuvo, mojando la tierra con lágrimas y saliva espumeando en conjunto con la sangre. Ramsay fue hacia la moribunda presa, le levantó la cabeza desde los cabellos y tomó el cuchillo; le cortó uno de los largos mechones, uno de los que se coloreaban en violeta.
El conejo crujió los dientes, tenía los labios agrietados igual a los de Reek. Las piernas se le fueron separadas, estas se sacudieron tratando de evitarlo y consiguieron que el cuchillo las inmovilizara. Ramsay se deshizo de su cinturón y arrimó la cadera del conejo a la suya.
—Ven, Reek, una parte del trofeo es para ti. Te lo has ganado. —El dominus se relamió los labios.
