Capítulo 2: El Ministerio de la Magia informa


Mientras su madre conversaba con la señora Malfoy, Albus miró con curiosidad a su alrededor. Si bien su casa había sido grande, el vestíbulo donde encontraba en ese momento era majestuoso. A pesar de tener un aspecto antiguo, los muebles estaban impecablemente cuidados y se notaba que el lugar había sido decorado con esmero. O por lo menos, a Albus le causó esa impresión, comparándola por ejemplo con la casa de sus tíos, donde todo tenía un aire más hogareño.

Escuchó que su madre se estaba despidiendo y se giró para saludarla. Su padre no estaba con ellos porque había acompañado a sus hermanos y a su prima a la casa de sus primos Fred y Roxanne, dado que Hermione y Ron se habían quedado cuidando de Hugo, que se sentía mal desde hacía unos días.

Finalmente se quedó a solas con la mujer, quien le sonrió amablemente. Habían compartido una cena de Navidad el año anterior y Albus tenía un buen recuerdo de ella. A decir verdad, no comprendía del todo como una persona como ella había terminado con el padre de Scorpius, que rara vez sonreía y, cuando lo hacía, solía acompañarlo de un comentario mordaz. Cosas de adultos, supuso. Mejor ni pensar en ello.

- ¿Cómo te encuentras, Albus?

- Muy bien, señora Malfoy. –contestó, lo más educadamente posible.

- Dime "Astoria", por favor. Por cierto, me alegra que hayas podido venir. Creo que Scorpius no hubiera soportado otra semana más aquí encerrado sin ver a nadie.

Albus sonrió, aunque no estaba seguro de qué responder a eso, sobre todo porque tal vez el hecho de no responderle las lechuzas a Scorpius había contribuido a su estado de aburrimiento y ansiedad. Pero no podían culparlo. ¿Qué se supone que tenía que decirle? ¿Que estaba comprometido con su mejor amiga?

Sin embargo, el chico en cuestión acababa de entrar a la habitación donde se encontraban por una puerta lateral, ahorrándole tener que contestarle algo concreto a Astoria. Como buena anfitriona, la mujer le prometió a los chicos que les enviaría algo para tomar y comer con un elfo doméstico y, luego de sonreírle a Albus cuando éste le agradeció, se retiró. Scorpius, por su parte, estaba demasiado ocupado mirando ceñudo a su amigo.

- ¿Sabes como contestar una lechuza, Al, o tengo que enseñarte?

Albus pasó el peso del cuerpo de un pie a otro, algo incómodo ante el tono acusador de Scorpius. Al menos lo había llamado por su sobrenombre, con lo que tampoco debía estar demasiado enojado. Decidió apelar al sentido del humor de su amigo.

- Eh… ¿podrías enseñarme?

Scorpius le dirigió una mirada algo exasperada, pero finalmente cambió el tono de voz a uno levemente más amigable.

- En serio, ¿por qué no me contestabas?

- Es… complicado. –respondió Albus, sin explicar el tema en profundidad.

- ¿Responder una lechuza es complicado? ¿Realmente tengo que enseñarte? –preguntó Scorpius, mientras se dirigía a su habitación en la planta superior, seguido de su amigo.

- Es en serio, Scor. Cuando te lo cuente entenderás por qué te lo tenía que decir en persona.

- Que extraño. –comentó el otro. - Liss tampoco me contestaba porque también decía que me quería hablar en persona.

Albus tropezó con el último escalón pero logró no caerse.

- ¿En serio? Que… que casualidad, ¿no? –intentó comentar despreocupadamente, aunque lo que consiguió fue el efecto contrario. Scorpius lo estaba observando detenidamente.

- Al, ¿estás seguro de que te encuentras bien?

- Eh… sí. Ahora te explico.

Caminaron en silencio hasta la habitación del dueño de casa, aunque de vez en cuando Scorpius le dirigía una mirada recelosa a su amigo, como si de un momento a otro éste fuera a comportarse de una manera extraña nuevamente. Finalmente llegaron a destino: una puerta similar a las demás que había en el corredor, que Scorpius abrió para ingresar a la habitación.

Albus había supuesto que encontraría un cuarto con el mismo estilo que el resto de la mansión, pero se vio genuinamente sorprendido. De hecho, era bastante similar al dormitorio que él mismo solía tener en su casa.

El lugar era espacioso pero no en exceso. La cama, que estaba contra la pared, en ese momento estaba cubierta de varias revistas de Quidditch, y, extrañamente, un libro de Pociones. "Extrañamente" para Albus, quien, a pesar de tener buenas calificaciones, no estaba muy interesado en la materia.

En el armario había pegado un estandarte con el escudo de la casa Slytherin junto a un pergamino que le llamó la atención. Tenía los números del uno al siete escritos en forma vertical. Al lado del uno había una tilde y del dos, una cruz. El resto de los números no tenían escrito nada al costado.

- ¿Qué es eso? –preguntó, Albus, intrigado.

- La competencia dela Copade las Casas. –explicó Scorpius, y Albus comprendió de inmediato.

En su primer año, Slytherin había ganadola Copade las Casas, ergo la tilde. En segundo, no obstante, la copa había quedado en manos de los leones, junto a la de Quidditch, acontecimiento que James consideraba necesario recordarle de vez en cuando. Los demás números estaban vacíos porque aún no habían cursado dichos años.

La ventana de la habitación estaba abierta de par en par y daba a los jardines de la mansión, una vista realmente agradable. Cerca de la misma había un escritorio con algunos objetos desperdigados sobre su superficie: pergaminos, plumas, un tintero, un equipo de mantenimiento de escobas voladoras y una bandeja llena de dulces y refrescos que Albus supuso que un elfo debió haber llevado antes de que subieran.

Un paquete alargado que se asomaba por debajo de la cama avivó la curiosidad de Albus. Era de color gris claro y tenía hilos plateados y blancos arremolinándose en la parte superior y los costados. Su longitud era similar a la que tendría una escoba voladora.

Un momento.

Albus le dirigió una mirada interrogante a Scorpius para que confirmara sus sospechas. Cuando éste sonrió con suficiencia, todo pensamiento acerca del compromiso desapareció completamente de la mente del chico de pelo verdoso.

- Merlín, no puedo creerlo. –musitó, inconscientemente colocando las manos en su cabeza en un gesto de estupefacción, logrando despeinar su cabellera.

- Créelo, Al. –contestó Scorpius, mientras se agachaba para extraer el paquete y luego colocarlo a la vista de su amigo sobre la cama.

Efectivamente, era el estuche que protegía una escoba voladora. Pero no cualquier escoba. Los elegantes diseños de la cubierta dejaban ver el nombre del modelo, escrito en letras plateadas: "Ventisca".

- La primera escoba de carrera que combina velocidad y estabilidad en su máxima potencia. –recitó Albus, como si supiera de memoria la descripción de la "Ventisca", cosa que, de tanto leer el anuncio en el "Mundo de la Escoba", efectivamente había conseguido.

- Acelera a su límite de velocidad en la mitad de tiempo que el promedio de las marcas. –continuó Scorpius con orgullo.

- Máxima resistencia a vientos laterales.

- Los hechizos repelentes de agua y nieve en la cola le confían un desempeño soberbio en las peores condiciones climáticas. –finalizó Scorpius.

Ambos chicos se habían arrodillado para tener a la escoba a la altura de los ojos.

- ¿Puedo? –preguntó Albus. Cuando su amigo asintió, dándole permiso, retiró la parte superior del estuche para dejar el interior al descubierto. No pudo evitar lanzar una expresión de asombro cuando la escoba finalmente quedó a la vista.

A pesar de que su Nimbus edición Platino era realmente muy bella, ésta llevaba el concepto de elegancia y atractivo a otro nivel. Tanto Scorpius como Albus miraron embelesados los grabados en el palo y las relucientes ramitas que conformaban la cola. En la parte superior, la palabra "Ventisca" estaba inscripta en plata.

- No puedo creer que te la hayan comprado. –comentó Albus. - ¿La has usado ya?

La expresión de admiración en el rostro de Scorpius se torció levemente ante la pregunta.

- Sólo cuando me la regalaron. Después de lo que pasó en Hogsmeade no paran de ponerme excusas para que no la use.

- Podríamos intentarlo.

Scorpius estaba por asentir, entusiasmado ante la idea de volver a volar, pero luego cambió de opinión.

- No lo sé, Al. Si hago enojar a mis padres después no dejarán que te quedes más días, con lo que voy a morir de aburrimiento hasta el final del verano.

- ¿Para tanto? –se extrañó Albus. – Cuando se enojan, mis padres se lo toman con más calma. Casi siempre, al menos. –agregó.

- Están insoportables. –se quejó Scorpius, poniéndose de pie y dirigiéndose a la ventana. Se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos, mirando hacia los jardines. – Mi madre no se separa de mí "por si me pasa algo" y mi padre no para de prohibirme cosas: que no use la red flu, que no salga, que no vuele… me tienen harto.

Albus se sentó en el borde de la cama, y tomó la escoba entre sus manos para observarla con mayor detenimiento.

- Podrías salir igual, mientras tengas cuidado. Tal vez algún elfo te pueda ayudar… –comentó ausentemente. - ¿Tiene tus iniciales? –preguntó, al notar el pequeño grabado en el palo. Sonrió. – Voy a ver la forma de transformar "S.H.M." en "A.S.P."

- Sigue soñando. –rebatió el rubio, mirando con recelo cómo su amigo sostenía la flamante escoba. - ¿A un elfo doméstico, Al? No lo dices en serio, ¿verdad?

- ¿Por qué no? ¿Qué tienes en contra de ellos? –rebatió. Luego elevó la escoba levemente mientras la balanceaba de un brazo a otro, observando cómo estaba distribuido el peso en la misma. – Podría hacer muy buenas maniobras de buscador con una Ventisca.

- No tengo nada en contra de ellos. Pero no me interesan. –respondió Scorpius, mientras se enderezaba y se separaba de la pared. Se dirigió hacia Albus y le quitó la escoba de las manos. – Es suficiente, Al, vas a ensuciarla si sigues babeando encima de ella.

Albus miró desilusionado cómo la escoba era guardada en su estuche y luego colocada en su lugar debajo de la cama. Miró a Scorpius como si éste le hubiera quitado su juguete recién estrenado en Navidad.

- Eres un mal amigo, Scorpius. Sólo la estaba mirando.

- Es mía, supéralo. Y hablando de malos amigos… -repuso, mirándolo levemente contrariado, aunque no tanto como cuando se lo preguntó por primera vez. - ¿Por qué no respondías mis lechuzas?

Albus se puso de pie y se dirigió la ventana, no tanto para observar la vista sino para no estar quieto. Finalmente, colocó las manos en los bolsillos y se giró, apoyándose sobre el marco. Scorpius estaba sentado donde antes habían colocado la escoba, observándolo atentamente.

- Pasaron varias cosas al principio del verano.

- ¿Te olvidaste cómo escribir?

Albus lo miró fijamente unos instantes pero decidió no contestarle. Al parecer, Scorpius tenía ganas de seguir recriminándole su falta de respuesta.

- El asunto es que no sabía realmente qué contestarte. Todo había pasado hace muy poco tiempo y aún no terminaba de procesarlo. En realidad, aún no termino de hacerme a la idea.

- Al, no me estás diciendo nada. –señaló Scorpius.

Albus se frotó la cara con las manos en un gesto de frustración.

- Estoy intentándolo. No es fácil, ¿de acuerdo?

No era lo mismo que con James. Su hermano no era el mejor amigo de Alyssa Ogden. Scorpius, en cambio, sí.

- Dilo de una vez, ¿qué tan grave puede ser?

Oh, si tan sólo conociera la verdad. Bueno, en instantes la iba a conocer.

- Tiene que ver con Ogden.

- ¿Con Alyssa? - Scorpius estaba extrañado. - ¿Cómo? –cuando Albus parecía incapaz de continuar, decidió ayudarlo: - ¿Por qué no empiezas por el principio, Al?

A pesar de ser una recomendación bastante obvia, Albus tenía que admitir que era un punto de partida adecuado.

- Yo sabía del compromiso con Flint.

- ¿Qué? ¿Cómo…? –se sorprendió el otro. Y luego tuvo la previsible reacción: - Te dije que no te metieras, Al.

- Ya lo sé, pero…

- Es su vida.

- ¡Ya lo sé! –se exasperó Albus. – Ya sé que no era mi problema, ¿de acuerdo? El punto es que me enteré.

- ¿Cómo? –cuestionó Scorpius.

- No puedo decírtelo. –no podía traicionar a su prima y dejarla en evidencia de esa manera.

A Scorpius no le agradó la respuesta en absoluto.

- ¿No puedes decírmelo? –Scorpius sonrió sardónicamente. – Fue Molly, ¿verdad? Hablan mucho del honor Gryffindor pero no pueden mantener una promesa. –agregó luego.

- ¿Rosie lo sabía? –preguntó Albus, fingiendo sorpresa.

- Oh, por favor, Al. No intentes mentirme. Ella lo sabía y tú sabes eso, porque se lo preguntaste.

- ¿Por qué habría de preguntarle yo a mi prima sobre el compromiso de Ogden? –razonó, adoptando una expresión de extrañeza para hacerlo más creíble. En realidad, él no le había preguntado, sino que había sido al revés. Rose le había contado.

Por más que no terminara de confiar en la respuesta de su amigo, Scorpius no tenía un argumento sólido contra su razonamiento, de modo que exhaló el aire que estaba conteniendo en un gesto de resignación.

- Está bien, no fue Molly. ¿Quién fue?

- No puedo decírtelo, ya te lo dije.

Scorpius rodó los ojos, exasperado.

- Está bien, Al. No me lo digas. ¿Qué demonios sí puedes contarme?

Si bien entendía el enojo de Scorpius ante su negativa a darle respuestas concretas, no le agradaba en absoluto, sobre todo porque ni siquiera había llegado a contarle con quién se había comprometido Ogden realmente. No jugaba a su favor que el chico estuviera enfadado por adelantado.

- Puedo contarte todo lo demás. –respondió, y prosiguió el relato. – Cuando me enteré con quién se iba a comprometer, decidí ayudarla.

- ¿Por qué? –cuestionó el otro.

- ¿Cómo que "por qué"? –Albus enderezó su postura y extendió los brazos. - ¡Porque no estaba bien! Porque no tenía por qué comprometerse con Flint. ¿Acaso a ti te gustaba la idea?

- Por supuesto que no. –rebatió el rubio. – Pero yo la estaba ayudando porque me lo pidió. ¿Acaso te lo pidió?

- No, pero…

- Pero de todas formas lo hiciste. –lo interrumpió el otro. - ¿Qué obtenías a cambio?

- ¡Nada! Lo hice simplemente porque quería. ¿No puedo intentar ayudarla sin obtener nada a cambio?

- De hecho, Al, no. Al menos, tú no. –Albus se cruzó de brazos, claramente oponiéndose a su respuesta. – Si quieres mentirle a Molly o a tu hermano, me da igual. Pero no me mientas. Ni siquiera es tu amiga. Recién el año pasado empezaste a hablarle. Así que si lo hiciste, es porque obtenías algo a cambio. ¿Qué era?

Si bien el razonamiento de Scorpius le hizo replantearse sus motivos, el ejercicio era realmente incómodo. Sobre todo porque el año pasado él mismo se había negado tener cualquier tipo de interés en la chica. Entonces, si bien podía hacer el trabajo duro de evaluar sus acciones, Scorpius le había proporcionado una salida fácil, que, por supuesto, él aprovechó.

- Eso no es cierto. Para mí es una amiga.

- ¿Una amiga? –rió, mordaz. – Ahora la consideras tu "amiga".

- Sí, ¿qué tiene de malo?

- Oh, nada. No tiene nada de malo. Es perfectamente creíble. –le respondió, aunque su tono de voz, la expresión de su rostro, y cada fibra de su ser reflejaron la total ironía de sus palabras.

No obstante, Albus no tenía intención de ahondar en el tema, de modo que tomó la oportunidad de seguir adelante en el relato, y así evitar más acusaciones incisivas de su amigo. Eso le pasaba por quedar en Slytherin. Los amigos de James seguramente no eran así.

- Entonces –retomó el relato- busqué información en la biblioteca…

- ¿Le pediste ayuda a Molly?

¿Desde cuándo Scorpius se había vuelto tan bueno en sus deducciones? No solía ser tan perspicaz. Siempre había sido inteligente, pero esta nueva faceta era increíblemente molesta. Al menos para Albus.

- No, Scor. –mintió. - ¿Por qué lo dices?

- Por lo de la biblioteca. –le respondió el otro, observando atentamente sus reacciones.

- Yo también uso bastante la biblioteca, no sólo mi prima.

Y era cierto. Él también leía bastante. Lo que también era cierto era que le había pedido ayuda a Rose, pero Scorpius no necesitaba saber eso. Su amigo se quedó callado, al parecer aceptando su respuesta, de modo que siguió hablando.

- Busqué información sobre el contrato del compromiso, y resulta que una de las formas de anularlo es que las personas que firman no sean las mismas que aparecen nombradas en él.

En ese momento, Scorpius pareció recordar algo de repente.

- No puedo haber sido tan idiota. Mi abuela es una Black. Y ellos usaban los matrimonios concertados… ¿Cómo no le pregunté cómo funcionaban? Y a decir verdad, no pensé que la biblioteca de Hogwarts sirviera para algo.

De hecho, también había dejado de lado la alternativa de pedirle ayuda a un elfo doméstico, cosa que Ogden sí había hecho. Pero si llegaba a decirle eso, muy probablemente las cosas no terminarían bien, hecho que no buscaba en absoluto.

- No importa, Scor. Al menos ya no.

- Lo sé –asintió. – Es sólo que me acabo de dar cuenta. ¿Entonces qué hiciste?

- Utilicé la poción multijugos para convertirme en Flint. –explicó, asumiendo que su amigo la conocía, teniendo en cuenta su afición por la materia. – Luego averigüé qué día…

- Un momento. –lo frenó Scorpius. - ¿Cómo hiciste la poción?

- Le pedí ayuda a mi hermano. –contestó escuetamente. – Entonces, te decía que…

- ¿A tu hermano? Tu hermano no soporta hacer pociones, y menos va a poder hacer una multijugos. Yo tuve que hacer la poción de tintura cuando intentamos dejar verde a Flint. –rebatió Scorpius, haciendo memoria.

- Mi hermano me ayudó con los ingredientes. –lo cual era verdad. – Yo preparé la poción. –lo cual era mentira. La había hecho Rose. - ¿Puedo seguir?

- No. ¿De dónde sacaste la receta?

Albus se estaba poniendo cada vez más inquieto. No había pensado que hablar con Scorpius le iba a causar tantos problemas.

- La encontré por ahí. –mintió.

- Encontraste por ahí una receta de una poción prohibida en Hogwarts. –repitió Scorpius, totalmente escéptico.

- Sí. ¿Puedo seguir?

- Como quieras. –se encogió de hombros. – Pero déjame decirte algo: si quieres que te crea, vas a tener que aprender a mentir mejor.

Definitivamente había subestimado la situación cuando decidió contarle la verdad a Scorpius. No obstante, no había nada que hacerle: Scorpius sabía que él no estaba siendo completamente honesto, pero Albus tampoco tenía la intención de serlo. Como no estaba dispuesto a dejar en evidencia a Rose, la situación era un callejón sin salida. Lo único que podía hacer era terminar de contarle lo que podía.

- Como te decía, averigüé el día del compromiso, y con la ayuda de Kreacher fui hasta la casa de Ogden, donde se haría todo.

- ¿Quién es Kreacher?

- El elfo doméstico de mi familia.

- ¿Y funcionó? –preguntó Scorpius, expectante, al parecer olvidándose de su anterior enfado ante las ansias de saber qué había ocurrido.

Albus decidió presentarle el tema de la manera más positiva posible.

- Ogden no se comprometió con Flint.

- ¿En serio? Pero yo había escuchado… da igual. –se encogió de hombros. Luego su rostro se tornó incluso más amigable. – Es… es increíble. No puedo creerlo. –sonrió. - ¿Sabes, Al? No me importa por qué lo hiciste. El punto es que lo hiciste y funcionó.

Albus pensó en la posibilidad de dejar de relatar lo ocurrido. Después de todo, Scorpius parecía contento, aprobando incluso lo que había hecho… ¿Había necesidad de aplastarlo todo con la cruda verdad?

- ¡No puedo creer que no me contestaran por eso! –el tono de voz de Scorpius era de extrañeza. – Es algo para festejar, no para ocultar… de hecho, le voy a escribir a Liss ahora mismo. –se puso de pie, acercándose al escritorio. Acto seguido, tomó una pluma, un tintero y un pergamino, dispuesto a escribir.

- No creo que sea lo mejor. –intentó prevenirlo Albus de una manera sutil.

- No seas ridículo, Al. Es una noticia excelente. –repuso, mientras se sentaba y mojaba la pluma en el tintero.

Sin embargo, antes de que pudiera siquiera tocar el pergamino, Albus lo tomó de la muñeca, impidiéndole que la moviera. Al parecer, la manera sutil no había funcionado.

- ¿Qué estás haciendo? –le preguntó Scorpius, frunciendo el entrecejo en confusión.

Y así moría su esperanza de no terminar de contarle los sucesos ocurridos en Ogden Palace. Fue una linda sensación mientras duró.

- No termina ahí. –explicó. - Hay algo más que tengo que decirte.

- ¿Y no puede esperar a que le envié una lechuza a Liss?

- No. Créeme.

Scorpius asintió y, cuando pudo mover su brazo nuevamente, dejó la pluma apoyada sobre el tintero y se giró en su asiento para quedar de frente a Albus. El chico de pelo verdoso estaba rascándose la nuca, inquieto. Finalmente había llegado el momento.

- Cuando te dije que Ogden no se comprometió con Flint… no quise decir que no se había comprometido en absoluto.

- No entiendo. ¿Estás queriendo decir que sí se comprometió? –cuando Albus asintió, inesperadamente Scorpius sonrió. – No tiene sentido, ¿con quién se va a comprometer? ¿Contigo?

La risa de Scorpius se fue desvaneciendo a medida que los segundos pasaban y Albus no respondía.

- ¿Al? ¿Con quién se comprometió? –preguntó lentamente.

- Fue todo un malentendido. –explicó apresuradamente. La sorpresa se apoderó del rostro de Scorpius, que ya anticipaba lo que diría a continuación. – Ogden también había planeado algo para salirse del compromiso. Cambió los nombres del contrato y terminó poniendo el mío. Entonces, cuando yo firmé... eh, creo que te puedes imaginar el resto.

Efectivamente, Scorpius podía, dada la estupefacción que su rostro reflejaba. No dijo nada por unos instantes, aunque eventualmente habló.

- ¿Te comprometiste con Alyssa? Es completamente…

- ¿… desastroso?

- Iba a decir "insólito", pero supongo que eso también. –admitió Scorpius. – Quiero decir… no pueden volver atrás.

- Tiene que haber una forma. –repuso Albus.

- No la hay. Es la gracia de esos contratos.

- ¿"Gracia"? ¿No se te ocurre una mejor palabra?

- Es verdad. Lo siento. –sonrió brevemente como disculpa. Se sucedieron unos momentos de silencio, hasta que Scorpius volvió a hablar. – No puedo creerlo… ¿y qué van a hacer?

- ¿A qué te refieres?

- Bueno, todavía tienen tiempo, pero de todas formas en algún momento tendrán que hacerse a la idea, ¿o no?

Albus no parecía muy contento ante esa forma de exponer la situación.

- Tenemos cuatro años, y además pienso encontrar una forma de volver atrás.

- Al…

- Tiene que haber una forma. –lo interrumpió Albus, sabiendo lo que diría a continuación.

Como no tenía intenciones de enfrentarse a la terquedad de su amigo, Scorpius decidió cambiar de tema.

- ¿Y cómo se lo está tomando Liss?

- No tengo idea. No volví a hablar con ella y no pienso hacerlo hasta que comiencen las clases. –contestó Albus.

La expresión en el rostro de Scorpius no presagiaba nada bueno.

- ¿Por qué no? ¿No era tu "amiga"?

Albus lo maldijo internamente y le dirigió una mirada irritada.

- No estás ayudando para nada.

Aparentemente, Scorpius ya sabía eso, porque simplemente sonrió satisfecho. Albus prácticamente había admitido que tenía razón en sus acusaciones anteriores. Decidido a divertirse un poco más a su costa, comentó despreocupadamente:

- ¿Sabes, Al? Cuando les pedí que se llevaran mejor no me refería a esto. No tenían por qué llegar a este punto.

Albus lo miró incluso más contrariado.

- No me causa gracia.

Scorpius intentó ocultar su sonrisa, aunque no lo logró del todo.

- Lo siento, Al. Tienes razón: no estoy ayudando en nada. ¿Qué puedo hacer para ayudarte? ¿Buscarte una túnica de gala? –sugirió y, cuando no pudo contenerse más, soltó una carcajada.

- Podrías empezar dejando de ser un dolor en el… -lo que siguió no fue en absoluto amigable.

Scorpius rió un poco más antes de serenarse y poder hablar nuevamente.

- Está bien. Prometo no hacer más bromas sobre el compromiso. –Albus le dirigió una mirada escéptica. - ¿Por qué me miras así, Al? Lo estoy diciendo en serio. Lo prometo.

Albus asintió, aceptando la promesa, e internamente agradeció que Scorpius y James habían dejado de hablarse amistosamente cuando el último no sólo le tiñó el pelo de rojo, sino que además lo había retratado en ese estado mientras vestía las túnicas de Gryffindor por una apuesta perdida. No quería ni imaginarse las bromas que harían a su costa si volvían a llevarse bien.

Le dio un escalofrío de sólo pensarlo.

º º º

Era de noche y ya no quedaba prácticamente nadie en el Callejón Diagon. Las pocas personas que quedaban se movían con prisa, y nadie le prestó atención a la joven bruja enfundada en una capa de viaje oscura, que caminaba en dirección al Callejón Knockturn. El exceso de abrigo debido a la alta temperatura era tolerable sólo debido al resguardo que hacía de su identidad.

Alyssa chequeó que la capucha cubriera su rostro completamente y apresuró el paso. Con el bolsillo lleno de una apreciable cantidad de monedas gracias a la venta de sus túnicas de Montmorency, su estado de ánimo había mejorado un poco. Podría comprar los libros sin problema, incluidos los de Adivinación.

Finalmente se alejó de la empedrada y pintoresca calle de Diagon y se adentró en los oscuros pero familiares recovecos de Knockturn. A medida que avanzaba la invadió la extraña sensación de sentirse observada. Giró un instante sobre sí misma y observó el callejón.

No había nadie allí.

No obstante, el pulso se le aceleró. ¿Tal vez Dipsy había estado en lo cierto? ¿Salir era demasiado peligroso para ella ahora?

Volvió a girarse y esta vez, tan sólo a unos metros de ella, había de pie una persona que antes no había estado allí. No podía distinguir las facciones de su rostro por la oscuridad circundante y el hecho de que estaba usando una capa similar a la de ella. Por la contextura, sin embargo, dedujo que se trataba de un hombre.

- ¿Qué-que… quieres? –tartamudeó e internamente maldijo su voz. No era el momento adecuado para mostrar debilidad. – Si quieres dinero, yo…

- Oh, no. No me interesa tu dinero. –la interrumpió el otro, apoyado contra la pared de un edificio. Luego soltó una risa que sonó cínica, acción que tomó por sorpresa a Alyssa. – Es bastante paradójico, ¿sabes? Que me ofrezcas dinero cuando en realidad ese dinero es mío, de mi familia.

Una nueva emoción se sumó al miedo que le recorría el cuerpo: confusión. ¿De qué estaba hablando?

- ¿De qué estás hablando?

El extraño rió nuevamente, exactamente de la misma forma que lo había hecho antes.

- No me digas que jamás te lo has preguntado, Alyssa Ogden. –Un escalofrío involuntario sacudió a Alyssa. ¿Sabía quién era? – Oh, sí, conozco tu nombre. –respondió a la pregunta sin formular. – Sería bastante idiota de mi parte no conocer el nombre de la familia que arruinó a la mía, ¿verdad?

- No sé de qué…

- ¿No sabes de qué estoy hablando? –se separó de la pared en la que estaba apoyado y comenzó a caminar lentamente hacia ella. Por cada paso que daba, Alyssa retrocedía otro. - ¿Nunca te has preguntado cómo, de repente, una familia que nunca ha pasado de empleos mediocres en el Ministerio, ha amasado una fortuna como la que tienen? ¿En tan sólo una o dos generaciones?

- N-no. No me importa. –respondió esquivamente.

- No te importa. –repitió el extraño. - Qué cómodo de tu parte, Alyssa. ¿Pero sabes una cosa? A mí sí me importa. Y con esta escapada infantil de tu mansión me has dado una perfecta oportunidad para saldar cuentas con el pasado.

Cuando el mago que tenía delante sacó su varita, Alyssa reaccionó instintivamente. Se cubrió la cara con las manos, y, en ese instante de terror, llamó a aquella que se cruzó por su mente en primer lugar.

- ¡Dipsy!

Muchas cosas sucedieron al mismo tiempo: un sonoro "¡crac!" delante suyo le anunció la llegada de la elfina, a la vez que alguien gritaba un hechizo, y el callejón se iluminaba de rojo. Instantes después, el ruido sordo de un cuerpo golpeando el suelo, y luego, silencio.

- Señorita, ¿se encuentra bien?

Respirando agitadamente, Alyssa bajó las manos y asintió. Acto seguido, observó la escena que tenía enfrente, por encima de la cabeza de Dipsy.

Donde antes había estado de pie el mago que la había amenazado, ahora se hallaba el cuerpo del mismo, inmóvil, caído en el piso. A unos metros más allá había otro mago, con la varita aún extendida, indicando que había sido él el que había hechizado al otro. A pesar de no estar encapuchado, no podía distinguir su rostro debido a la falta de luz. Cuando empezó a caminar hacia ellas, Alyssa se tornó rápidamente hacia Dipsy.

- Desaparécenos.

- ¡No seas idiota! –le gritó el mago. Alyssa levantó la mirada algo atónita por el enérgico tono que había empleado. - ¿Desaparecerse? ¿A dónde?

- No te importa. –cayó en la cuenta de que le estaba hablando en un tono hostil a quién las había rescatado. Agregó apresuradamente: - Quiero decir… gracias por salvarnos, pero…

- No me respondiste. ¿A dónde irán? ¿Allí? –señaló con la cabeza el lugar donde efectivamente habían estado hospedándose.

- ¿Cómo sabes…? –comenzó a preguntar sorprendida, pero el mago la interrumpió. Estaba a tan sólo unos pasos de ellas.

- Estaba caminando por aquí y lo vi. Me intrigó y por eso me quedé. Veo que hice lo correcto. ¿Sabes por qué te ha venido a buscar?

- No. –respondió la chica sinceramente. – Dijo algo de mi familia, pero no tengo idea de qué estaba hablando.

- ¿Dónde están tus padres? ¿Por qué estás aquí sola? –le cuestionó.

- Me han echado de casa.

El hombre no se conmovió de la forma que había hecho Mark, por ejemplo, sino que habló en el mismo tono con el que venía haciéndolo.

- ¿Tienes algún lugar dónde ir?

Alyssa asintió, aunque no muy convencida.

- Podemos buscar otro lugar, o…

- Te encontrará. El u otra persona. –la interrumpió nuevamente.

- ¿Cómo puedes saber eso?

- Porque ya lo ha hecho una vez. Y porque es bastante obvio que no tienes ni la menor idea de lo que estás haciendo, ¿o me equivoco? –cuando Alyssa no respondió, el hombre siguió hablando. – Es lo que pensaba. Puedes venir conmigo.

Alyssa intercambió una mirada de incertidumbre con Dipsy. Por un lado, este hombre la había rescatado y lo valoraba. Por el otro, era un completo extraño y podía llegar a hacerle daño. No sólo eso, tal vez hasta había acordado toda la escena con el mago que ahora estaba tirado en el suelo a unos metros.

Tomó una decisión.

- Muchas gracias, pero creo que…

- ¿Crees que te voy a hacer daño? Podría hechizarte aquí mismo si quisiera.

- ¿Lo harás? –preguntó, dubitativa.

- No. –respondió el otro, impaciente. – Simplemente estoy intentando que no te maten. Pero haz lo que quieras.

- Yo… -volvió a mirar a Dipsy, intentando encontrar algún gesto que le indicara qué hacer a continuación. No obstante, la elfina estaba tan insegura como ella, y no parecía que fuera a ser de mucha ayuda.

- Decídete de una vez. –la instó.

- ¡Está bien! Sí, vamos contigo.

El mago les indicó que lo tomaran del brazo, e, instantes después, ya habían desaparecido de allí.

Aparecieron en un lugar que Alyssa reconoció como una posada, aunque estaba a oscuras y no podía decidir si estaba en lo cierto. Cuando el mago encendió las luces con un movimiento de la varita, pudo corroborar que había adivinado correctamente, por un lado, y por el otro, pudo observarlo más detenidamente.

A pesar de su altura, era un hombre de avanzada edad. Su pelo era completamente canoso y profundas arrugas surcaban su rostro. Lo que más le llamó la atención fueron los ojos: eran de un color celeste, cubiertos por lentes y en ese momento estaban fijados en los de ella.

- Puedes pedirle a tu elfina que vaya a buscar tus cosas. Te enseñaré dónde pueden quedarse.

Alyssa le dirigió una mirada a Dipsy y asintió, silenciosamente pidiéndole que hiciera lo que el mago había dicho. Dipsy desapareció y Alyssa comenzó a seguir al mago hacia la planta superior. El lugar no estaba en condiciones mucho mejores que el anterior donde había estado, pero, aparentemente, era seguro, cosa que le bastaba en ese momento. El hombre le indicó un cuarto de huéspedes que tenía dos camas individuales, y acto seguido se giró, al parecer, dispuesto a retirarse sin más.

- ¡Espera! –lo llamó Alyssa. El hombre se dio vuelta. – Quiero darte las gracias.

El otro asintió en señal de reconocimiento, e inmediatamente se dio vuelta de nuevo. No había dado ni un paso que Alyssa habló nuevamente.

- ¿Por qué haces esto?

Esta vez, el hombre se dio vuelta lentamente y fijó la mirada en ella por varios segundos antes de contestar. Alyssa aguardó expectante.

- Porque sé cómo siente no poder contar con tu propia familia.

Fue una respuesta mucho más profunda y sincera de que lo Alyssa hubiera esperado. Esta vez, el hombre parecía dispuesto a retirarse, pero la chica tenía una pregunta más.

- ¿Cómo te llamas?

- ¿Me dejarás descansar de una vez por todas si te respondo?

Alyssa sonrió. Al parecer, el hombre no era lo que se diría "paciente".

- Sí, lo prometo.

El mago volvió a quedarse en silencio, aparentemente, juzgando si la promesa era lo suficientemente honesta. Eventualmente, habló.

- Puedes llamarme Aberforth. Buenas noches.

º º º

Ante los sucesos ocurridos a inicios del presente mes,

el Ministerio de la Magia informa:

Se evaluarán los antecedentes de cualquier mago o bruja
que el Ministerio considere sospechoso de haber participado
en los sucesos ocurridos en la ciudad de Hogsmeade.

Todo aquél que no posea ascendencia puramente
mágica en al menos cinco generaciones, deberá someterse
al interrogatorio correspondiente.

Firma: Ethan Merrick,
Ministro Interino de la Magia.

Ralph Velak frunció levemente el entrecejo cuando terminó de leer el letrero que se estaba pegado en el cubículo que él utilizaba en el cuartel general de Aurors, y que también se hallaba presente en cada oficina del Ministerio.

A esas alturas de la noche, el Ministerio estaba desierto. Él se había quedado después de hora a completar el insoportable papeleo que le habían solicitado luego de los incidentes de Hogsmeade y del asesinato de Truman Llorch. Estaba terminando de enrollar unos pergaminos cuando escuchó que alguien se acercaba en su dirección. Extraño, no esperaba encontrar a nadie.

Un carraspeo cortés, si es que aquello realmente existía, le hizo levantar la mirada.

La mujer que tenía delante, de un aspecto regordete, le estaba dirigiendo una sonrisa que él supuso intentaba ser afectuosa. Si no fuera porque había sido entrenado para ocultar sus emociones, hubiera exteriorizado el desagrado que le causaba.

- Permítame que me presente. –comenzó la mujer. – Mi nombre es Dolores Umbridge y como ya debe saber, soy responsable de realizar los interrogatorios sobre los lamentables incidentes ocurridos en Hogsmeade.

- No, no lo sabía. –contestó, y al parecer, no era la respuesta correcta, porque la mujer que tenía delante flaqueó en su sonrisa unos instantes, antes de volverla a colocar en su lugar.

- Es usted "Ralph Velak", ¿verdad?

El aludido asintió, mientras volvía a ordenar su escritorio. Como no tenía intención de quedarse más tiempo, hizo guardar mágicamente todos los pergaminos en su lugar. Al otro día los terminaría de completar. Finalmente, se puso de pie, y se hizo evidente la diferencia de altura entre ambas personas.

- ¿Hay algo en particular que desee hablar conmigo? De lo contrario, me gustaría retirarme. –le dijo, en su característico tono cortés.

- De hecho, sí, Señor Velak. –respondió Dolores. Luego adoptó un tono incluso más empalagoso. - ¿Podría hablarme de su familia?

- ¿Disculpe?

- Si podría hablarme de su familia. –repitió la mujer. – Sus padres, para empezar.

- ¿A qué viene la pregunta? ¿Me considera sospechoso? ¿Acaso ha olvidado que soy un Auror? –le cuestionó él a su vez.

- En absoluto, señor Velak, pero su legajo me ha llamado poderosamente la atención.

- No entiendo a qué se refiere. –repuso él.

Ella le enseñó el archivo que en ese momento tenía en sus manos. Cuando el mago leyó lo que había en el pergamino en el que estaba abierto, comprendió.

- No puedo hablar de ello.

- Pues deberá. –su tono se había vuelto mucho más hostil de repente. Dolores pareció darse cuenta de ello, y retomó el tono que venía empleando. – Podría pedirle información a sus anteriores superiores y a sus compañeros, si es que me entiende.

- La entiendo. Pero me gustaría que encontrara al Señor Potter, si es que a eso se refiere. Y si lo encuentra, dudo mucho de que pueda responderle. A él no le preocupaban nuestros legajos ni nuestra historia, sino que confiaba en nosotros.

- A mí no me importa lo que el Señor Potter hacía, Señor Velak. Pero si no me contesta, puedo…

- Y a mí tampoco me importa lo que usted pueda hacerme, Señora Umbridge. –le respondió él en el mismo tono.

Ante la impertérrita actitud del Auror, Dolores Umbridge abandonó toda fachada de dulzura y le dirigió una mirada de advertencia.

- Le sugiero que coopere, Señor Velak. No soy una persona que convenga tener de adversaria.

Para total indignación de la mujer, Ralph no se acobardó ante la intimidación, como ella esperaba, sino que al contrario, incluso se permitió sonreír.

- Permítame que yo también le haga una sugerencia. –a continuación, su rostro abandonó todo rastro de diversión, y en cambio, una intensa mirada apareció en sus ojos oscuros: - Antes de buscarse un enemigo, asegúrese de que podrá enfrentarlo.

Acto seguido, dejó caer el archivo que versaba sobre él en su escritorio, y sin mirar atrás, abandonó la habitación.

La carpeta quedó abierta en el pergamino que había generado el conflicto. En tinta negra, había un título que enunciaba "Datos Personales". No obstante, gran parte del pergamino estaba cubierto en un sello rojo que declaraba:

"Información confidencial del Departamento de Misterios".

El resto del pergamino estaba completamente vacío.