Scabior no tuvo una infancia demasiado fácil. Su madre (muggle) discutía continuamente con su padre (mago) por el tema de la magia. Al principio aceptó su condición con gran esfuerzo, ya que era una mujer bastante escéptica, pero con el tiempo, todos esos hechizos y rarezas se le fueron volviendo insoportables. Cuando Scabior apenas tenía siete años, su madre le abandonó a él y a su padre, sin una triste nota, sin un triste adiós…

El golpe fue tan duro para el padre del niño que, avergonzándose de su don mágico, se empezó a consumir en la bebida y en la depresión. Poco tiempo después, las muestras inconscientes del pequeño Scabior de la magia que nacía dentro de él eran demasiado evidentes, lo que empezó a provocar el rechazo de su padre.

-Monstruo… -le llamaba una y otra vez-. No podías ser una persona normal, no… tenías que haber salido como yo ¡raro! ¡enfermo!

-La magia no es tan mala… -decía el Scabior- ¿Sabes? Creo que mamá te tenía envidia… porque tú puedes hacer un montón de cosas que ella no puede.

Un sonoro golpe cruzó la cara del muchacho. Y después otro, y otro…

Cuanto más le maltrataba su padre (cada vez que se emborrachaba) más magia hacía salir de él. Era una especie de rebelión inconsciente. Con los años, el odio de Scabior fue aumentando desde el suelo, tratando de recuperarse de los golpes del traidor de su padre.

Su suerte cambió el día que cumplió once años. La carta de Hogwarts, por supuesto. Ni siquiera se había parado a pensar que algún día la recibiría.

-Si sales por esa puerta, no vuelvas más –dijo su padre al enterarse de la noticia.

Sin pensarlo dos veces, Scabior cogió las cuatro cosas importantes para él y huyó al lugar donde pertenecía, con los suyos.

El tiempo que pasó en Hogwarts fueron realmente los mejores años de su vida. El sombrero seleccionador le puso en Gryffindor, y tenía dos pasatiempos favoritos: uno era jugar al quidditch como golpeador, y el otro (sobre todo a medida que fue creciendo) eran las chicas. Tenía bastante éxito con ellas, pero enseguida se ganó mala fama, ya que, llevando la contraria a su casa, no era precisamente un caballero. Nunca, jamás, se planteó mantener una relación seria con ninguna (después de conocer a su madre, renegaba de ellas). De hecho, le divertía que lo pasaran mal por él. Tonteaba con todas, pero nunca se acostó con ninguna más de una vez.

Scabior era atrevido, rebelde, bastante bromista y muy rápido, tanto que unos chicos de su casa, de unos cursos superiores, que se hacían llamar "Los merodeadores" se metieron en líos con él al verse, en su imaginación, desafiados en su popularidad respecto al deporte mágico. James Potter no podía soportar ver que alguien le superaba en cualquier cosa, y sus amigos, sobre todo Sirius Black, le daba la razón como un perrito faldero en todo.

-Eh, Potter –dijo con chulería- Que seas el capitán del equipo de quidditch no te da derecho a expulsarme por tu razonable envidia.

-¿Envida? ¿de ti? –James soltó una forzada risa- Pero si no eres más que un muerto de hambre…

-La muerta de hambre parecía tu amiguita Evans cuando me vino a visitar ayer por la noche…

-¿¡Qué has querido decir, sucia rata!?

Antes de darle la oportunidad de contestar, James avanzaba furioso hacia él, lo que divertía enormemente a Scabior, que cogió la escoba más cercana y voló lo más rápido que pudo, mezclándose con los chicos que estaban entrenando para el quidditch.

-Cuidado con lo que haces, Potter, ahora no está aquí tu novio, Black, para defenderte –gritó haciendo piruetas por el aire-.

-¡No sabes con quién te has metido, cuando te coja te voy a mandar a enfermería para lo que queda de curso!

-Oh, bueno, entonces será mejor tener compañía.

Scabior le arrebató el bate de golpeador a su compañero, y en un abrir y cerrar de ojos, golpeó la bludger todo lo fuerte que pudo, partiendo en pedazos las gafas de niño pijo de James, y haciéndolo caer al suelo inconsciente, sin ningún remordimiento por parte del bateador.

Scabior comenzó a juntarse con un grupo de gente, de Slytherin, que practicaban artes oscuras a escondidas y despreciaban con el alma a los muggles. Se sentía realmente a gusto en ese grupo, excepto cuando le restregaban su clase social, les callaría la boca a todos ellos a base de maldiciones.

No tardó demasiado en seguir a Voldemort. Éste le negó el acceso a su cerrado grupo de "amigos" con los que siempre trabajaba, debido a que no provenía de una importante familia de magos, y ni siquiera era Slytherin. Sin embargo le permitió participar en varias de sus fechorías.

A decir verdad, Scabior se alegró de conservar su libertad, no como esas marionetas marcadas de por vida que se llenaban la boca haciéndose llamar "Mortífagos". Lo único que le gustaba a Scabior de ellos era "el tatuaje" como él lo llamaba. Quería hacerse grande, poderoso, disfrutar de su magia lo máximo posible… al fin y al cabo no tenía nada que perder.

Cuando Voldemort cayó, Scabior se quedó completamente solo. Le había guardado lealtad hasta ese momento por el simple hecho de que no tenía a nadie más. Desde entonces, subsistió malamente como un ladronzuelo de las calles de Londres.

Catorce años pasaron llevando una vida sólo, en las calles, viviendo solo para sí mismo. Lo cierto es que no podía quejarse, muchos de sus compañeros habían acabado en Azkabán. "¿Dónde queda ahora vuestro oro y vuestros lujos?" se burlaba mentalmente Scabior.

Hasta que un buen día volvió. El señor oscuro había vuelto y Scabior no dudó en volver ofreciéndole sus servicios. Su calidad de vida no mejoró tan notablemente como él había supuesto. Pero sí que hizo algún trabajillo a cambio de oro.

Cuando su participación se volvió realmente importante fue cuando el poder de Voldemort fue tal que tenía bajo su control al mismísimo Ministerio de Magia, y convirtió a Scabior en el líder de un grupo de carroñeros que se encargaba del "trabajo sucio".

La labor principal de los carroñeros era encontrar a Harry Potter y llevar ante el ministerio a sangre-sucias y traidores a la sangre. Scabior tuvo muy claro desde el principio quién sería su primera víctima. Después de torturar hasta la muerte a su propio padre en el mismo Ministerio, por el supuesto motivo de ser un traidor de sangre, ganó mucha popularidad y las figuras de poder empezaron a confiar en él y a encargarle ocuparse de éste tipo de gente. Scabior no podía sentirse más satisfecho.