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Capítulo 3: Siguiendo el rastro de la muerte

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El sol se había ocultado completamente tras el horizonte, dando paso a un cielo despejado y cargado de estrellas. Las largas escaleras que ascendían colina arriba, conectando las Doce Casas una con la otra, se encontraban desiertas y en silencio…salvo por un solo individuo que descendía tranquilamente desde el templo de Escorpio.

—Bien, hora de trabajar—murmuró con una sonrisa, quitándose el casco de oro.

Era un hombre joven, de complexión alta y atlética. Su lacia cabellera era de un castaño muy oscuro, y la llevaba firmemente atada a la altura de la nuca, dejándola caer larga hasta media espalda. Dos largos mechones castaños separaban el cabello en una irregular raya al medio, cayéndole a ambos lados de un rostro anguloso y atractivo, de rasgos astutos, con un par de grandes ojos azules que lo observaban todo con expresión arrogante. Su armadura, de un oro tan brillante como el sol, era de bordes agudos y afilados, similares a escamas. Tenía un par de hombreras largas y curvadas hacia abajo, con dos cuernos puntiagudos sobresaliendo hacia arriba en los extremos. El casco que llevaba debajo del brazo era una simple diadema en forma de corona de tres puntas, con una larga cola formada por pequeñas esferas de oro que concluían en un curvado aguijón. La larga capa blanca, rasgo característico de los santos dorados, completaba su soberbio atuendo.

Hacía menos de una hora que la insólita Reunión Dorada había concluido. En ella, el gran patriarca y la señorita Athena habían informado sobre la delicada situación en la que todos se encontraban. El resto de los caballeros de oro había regresado inmediatamente a sus respectivos templos tras la reunión, pero, a diferencia de los demás, él tenía una misión especial a cargo. Debía guiar a un pequeño grupo de santos plateados hacia los profundos bosques de la Galia, donde el mal que había atacado al Santuario tenía su origen. O al menos eso era lo que la señorita Athena había logrado percibir. Él confiaba en su palabra, y además, para ser sincero, comenzaba a aburrirse de esperar tanto en el Santuario.

Con pensamientos tan simples en mente, Stelios, el caballero de oro de Escorpio, continuó el largo descenso por las doce casas. Sin embargo, cuando ya estaba atravesando las escaleras que salían del templo de Aries, algo lo hizo detenerse. La jovial sonrisa que adornaba sus labios se amplió al ver a la chica que lo esperaba de pie junto a una columna, varios escalones más abajo.

— ¿Otra vez te marchas sin despedirte?—le espetó la muchacha, con un evidente tono de reproche en su voz.

Stelios se llevó ambas manos a la cintura, observando encantado a la chica.

— ¡Calíope! Pero que agradable sorpresa… Dime, ¿qué haces tan cerca de la casa de Aries? ¿No sabes que puedes meterte en problemas con el bueno de Khenma?

El tono de burla en la voz de Stelios era palpable, pues era más que sabido que Khenma, el caballero de Aries, se encontraba ausente.

El nombre de la joven era Calíope; la bella voz. Se trataba de una chica alta, delgada, de figura tan esbelta como hermosa. Llevaba el cabello un tanto corto; lacios mechones de color negro cayéndole con suavidad sobre la frente y los costados del rostro…un rostro totalmente cubierto por una máscara blanca. Esa era la ley a la que debían atenerse todas las guerreras del Santuario, las cuales renunciaban a su condición de mujer desde el momento en que aceptaban convertirse en soldados de Athena. Si un hombre veía sus rostros, solo dos alternativas eran posibles…amarlo o asesinarlo. Esa era la ley, y Calíope no era la excepción. Ella era la amazona de plata de Ofiuco, la constelación correspondiente al Portador de la Serpiente. La ligera armadura que vestía, de un tono violeta oscuro, así lo demostraba.

Las leyes en el Santuario se respetaban.

Calíope las respetaba.

Entonces se quitó la máscara.

El rostro oculto tras el frío metal era pálido y hermoso, infantil hasta cierto punto, a pesar de que la joven superaba claramente los veinte años. Sus grandes ojos celestes miraron a Stelios sin parpadear, brillantes e intensos como las estrellas en el cielo.

—Oh…vaya…—murmuró el caballero de oro. Su alegre sonrisa había sido reemplazada por una seria expresión—Supongo que ahora tendrás que matarme, ¿verdad?

Calíope frunció el ceño con gesto malhumorado.

—Maldición, Stelios… ¡¿Qué no puedes tomarte algo en serio una vez en tu vida?!

El santo de Escorpio echó la cabeza hacia atrás, soltando una jovial carcajada. Sin dejar de reír se acercó hacia ella hasta situarse a su lado, comenzado juntos el descenso por las escaleras de mármol. Calíope lo observó de reojo.

—Supongo que aún recuerdas la primera vez que te mostré mi rostro aquí en el Santuario, ¿verdad?

Él sonrió.

—Claro que sí. Recuerdo lo mal que me sentí al pesar que a partir de ese momento me odiarías, y que tendrías la obligación de matarme a toda costa…—entrecerró los ojos, colocándole una mano en el hombro—Y también recuerdo lo feliz que fui al comprender que habías escogido la otra opción.

—Si…la otra opción…—susurró Calíope—Sé lo que el patriarca te ha ordenado, Stelios…y sé el poder que tenía el hombre que atacó al Santuario. Por eso, por favor recuerda que tienes un motivo para regresar sano y salvo aquí.

—Claro que tengo un motivo—rió Stelios—Y es mantener interesante este lugar. ¿Te imaginas como se pondrían todas las chicas del Santuario si yo muriera?

Calíope le dio un fuerte empujón, cruzándose de brazos con el ceño fruncido.

— ¡Siempre lo mismo contigo! ¡Ya tenías que abrir tu bocota!

Stelios dejó escapar una suave carcajada, colocando ambas manos sobre la cintura de la joven.

—Las otras chicas pueden esperar—susurró acercando su rostro al de ella—Tengo una razón para regresar con vida…y está aquí.

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—Ares, el Dios de la Guerra…—murmuró Astinos, ojeando un gastadísimo libro de tapa de cuero—Lo supe desde el momento en que aquel sujeto se presentó a sí mismo como general "Berserker". Aun así…es muy poco lo que en realidad sabemos del Señor de la Guerra…

— ¿Qué tan bien has revisado estos archivos?—preguntó Magnus, el gran patriarca del Santuario.

Ambos se encontraban de pie ante una pequeña mesa cargada de manuscritos, en medio de una gigantesca biblioteca. Cientos y cientos de estanterías repletas de libros se extendían a izquierda y derecha, tan altas que parecían rozar el alto techo sobre sus cabezas. Viejos pergaminos firmemente enrollados, libros forrados en piel, cientos de volúmenes y manuscritos, cartas; todo aquel lugar se encontraba repleto de miles y miles de páginas rebosantes de información.

—Los he revisado mejor de lo que te imaginas—contestó Astinos, cerrando sonoramente la tapa del libro—Lamento decir que, más allá de lo que sabemos por los viejos mitos, nuestros registros sobre la anterior guerra contra Ares son muy escasos… La mayor parte de nuestros archivos más antiguos relatan las batallas contra las reencarnaciones de Hades y Poseidón, los cuales renacen en la tierra en forma regular, cada doscientos o trescientos años aproximadamente. Sin embargo, las reencarnaciones de Ares parecen producirse en forma muy dispersa, sin seguir un patrón claro. La última ocurrió hace muchos siglos, no sé exactamente cuántos, y la mayoría de los registros se han perdido.

—Es lo único con lo que contamos hasta que las viejas memorias de la señorita Athena despierten del todo. ¿Qué nos puedes decir sobre el Dios de la Guerra?

Astinos suspiró.

—No mucho más de lo que ya sabes. Al igual que la señorita Athena, Ares escoge un cuerpo humano para reencarnar en la era en la que se encuentra. Es el líder de un gran ejército compuesto por soldados llamados berserkers. Estos berserkers se dividen en doce legiones, cada una comandada por un general al nivel de nosotros, los caballeros dorados, como hemos podido comprobar. Sin embargo…

—Esa debería ser la menor de nuestras preocupaciones…—susurró el patriarca.

Astinos lo observó de reojo, acercándose al gran vitral frente a la mesa, la única ventana en toda la habitación. La débil luz del amanecer acarició su rostro, arrancándole luminosos destellos a su armadura dorada.

—Si… Los berserkers son solo peones en un tablero de ajedrez. El miedo y el terror encarnados… Deimos y Fobos, los hijos de Ares con la diosa Afrodita, ellos son los verdaderos sirvientes del Señor de la Guerra.

Magnus se acercó al caballero de Sagitario.

—No podemos asegurar aún que Ares y sus hijos hayan reencarnado.

— ¿Puedes animarte a tener semejante esperanza?—replicó molesto Astinos—Es lo que la señorita Athena ha visto en las estrellas.

—Te equivocas—replicó Magnus, observándolo fríamente—Lo que nuestra señora ha augurado es el pronto renacer de Ares en la tierra. El gran cosmos que ha percibido en la Galia seguramente es el sello a punto de romperse. Sus vasallos mortales, los berserkers, ya han despertado para ponerse a sus órdenes, pero aún así estamos a tiempo de evitar el completo renacer del Dios de la Guerra.

—Y para eso envías a un grupo de santos plateados y a un solo caballero de oro, ¿verdad? ¡Debimos haber partido todos hacia allí!

—No seas insensato. No sabemos en qué punto exacto de la Galia se encuentra el sello de Ares. Esa región es enorme, y como bien has dicho, esos registros se perdieron hace tiempo. ¿Debo recordarte que un enemigo que te iguala en fuerza y habilidad atacó el Santuario? El cuerpo mortal de la señorita Athena aún no se ha acostumbrado del todo al divino poder del que es contenedor. Hasta entonces, hasta que la diosa despierte por completo en ella con todos sus poderes y recuerdos de las guerras anteriores, dependerá de nosotros para que la protejamos. ¿Consideras más sabio enviar a todos los caballeros de oro a la Galia, dejándola a ella aquí a merced de los asesinos de Ares? O peor aún, ¿quieres que parta con nosotros hacia allí, directo a la guarida del enemigo?

Astinos torció su gesto en una mueca de dolor.

—No…claro que no. Es nuestro deber proteger con nuestras vidas a la princesa Athena. Su seguridad y bienestar son vitales para la supervivencia del mundo.

—Entonces comprende por qué he dado las órdenes que he dado—Magnus le dio la espalda, cruzando ambas manos detrás de la cintura—No desesperes, Astinos; cuando los caballeros de plata y Stelios hayan regresado con información, cuando sepamos el lugar exacto donde se encuentra el sello de Ares y las fuerzas con las que cuenta, entonces atacaremos. Hasta ese momento nuestra principal tarea será defender a la señorita Athena. Eres un caballero de oro, Astinos, uno de los más sabios y poderosos que esta generación ha visto, compórtate como tal.

El santo de Sagitario bajó la mirada, inclinándose en una respetuosa reverencia.

—Se hará como tú digas.

—Y una cosa más.

—Te escucho.

—No vuelvas jamás a cuestionar mis órdenes de ese modo.

Astinos permaneció estático en su pose reverente, con los grandes ojos marrones clavados en el suelo.

—Como ordenes...padre.

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El bosque era espeso y húmedo, un interminable valle cubierto de hierba y árboles enormes. El lodo y las hojas secas se hundían hasta el tobillo al caminar, y todo parecía estar repleto de agua en algunos puntos; pequeños arroyos que se filtraban como arterias entre las raíces retorcidas de los árboles. De día, el lugar era sombrío, sin otra luz aparte de los escasos rayos de sol que se filtraban a través del techo de ramas y hojas. De noche, era tan oscuro que costaba distinguir la silueta de árboles que estaban a solo unos pasos de distancia.

Para Stelios, sin embargo, el camino no ofrecía muchas más dificultades que la humedad y el frío. Él era uno de los doce caballeros de oro, los más poderosos combatientes a las órdenes de Athena. Sus sentidos estaban desarrollados como los de ningún otro ser humano, lo cual le permitía percibir cosas que nadie aparte de sus once compañeros podía. Había alcanzado un control pleno del sexto sentido, el de la mente y la intuición…y también del séptimo, el cosmos final, el increíble poder que permitía a los caballeros de oro situarse por encima de todos los demás mortales. Aún en la oscuridad de la noche, Stelios podía oler el bosque, oírlo, sentirlo en la punta de sus dedos, saborearlo en el rocío y en la savia de los árboles…y también percibirlo a través de su sexto y su séptimo sentido de un modo tal que no necesitaba utilizar sus ojos para avanzar.

Los cuatro santos de plata a sus órdenes, en cambio, no parecían estar pasándola tan bien. A menudo tropezaban contra el tronco de un árbol en la oscuridad, o enterraban el pie en alguna raíz oculta entre las hojas del suelo. Stelios sonreía al escucharlos maldecir, y también al verlos apartar con molestia las lianas y los insectos que caían desde las copas de los árboles. Eran jóvenes curtidos y experimentados que hacía años que habían ganado el derecho a vestir sus armaduras de plata. Stelios los había visto combatir, respetando siempre los principios de honor y justicia que todo caballero debía poseer. Estaba orgulloso de ellos.

—Si los Berserkers no nos matan, sin dudas lo hará este maldito bosque—bufó Argus de Cerbero, un muchacho alto y robusto de cabellos y ojos oscuros. Vestía la armadura plateada del perro guardián del inframundo, con sus poderosas cadenas negras equipadas con esferas pinchudas.

—Ya deja de quejarte—replicó Bastiaan de Centauro, delgado y taciturno, con una larga cabellera de rizos castaños—Ni los nuevos reclutas chillan tanto como tú.

Argus lo fulminó con la mirada, balanceando sus cadenas.

—No sé si lo notaste, pero esta condenada oscuridad tampoco ayuda. De día ya es bastante complicado avanzar; ahora que es de noche apenas si puedo dar dos pasos sin tropezarme.

—Hace ya casi una semana que estamos aquí, mi querido Argus, ya deberías haberte acostumbrado al terreno de este encantador bosque.

La burlona voz de Gávrel, el santo de plata de Auriga, no agradó en absoluto al joven Cerbero.

—Nadie te estaba hablando a ti, mocoso engreído.

En efecto, Gávrel era el caballero plateado más joven de la orden de Athena. De altura y complexión mediana, con los cortos cabellos de un rubio oscuro, no aparentaba mucho más de diecisiete años de edad. Aún así, ni Argus ni nadie en el Santuario ignoraba lo letal que podía llegar a ser con los dos afilados discos de su armadura. Sin duda un verdadero prodigio con posibilidades de desperar el Séptimo Sentido y convertirse en un caballero de oro en el futuro.

—Pues a mí me dio la impresión de que te quejabas en general—replicó el joven con una sonrisa—Controla tu bocota si no vas a darle otro uso.

—Arrogantes palabras, Gávrel—intervino Stelios, atento a la conversación—Tal vez demasiado para alguien que también ha estado dando tumbos y tropezándose desde que entramos en el bosque.

Argus soltó una sonora carcajada, a diferencia de Gávrel, quien simplemente se encogió de hombros, desviando la mirada hacia un lado.

— ¿Cree que nos encontramos cerca, señor Stelios?—preguntó de repente Dorian, el santo de Sagitta, ignorando la discusión entre sus compañeros. En contraste con los otros tres santos de plata, Dorian era un joven muy serio y callado, de largos cabellos negros atados a la altura de los hombros.

Stelios cerró los ojos, intentando percibir una vez más la energía. La había sentido por primera vez hacía unas horas, antes de que el sol se ocultara. Era un cosmos difuso pero poderoso, oscuro, el cual se había desvanecido de repente. Unas horas más tarde había vuelto a sentirlo, una inmensa presión escondida entre los árboles, a una distancia indefinida por delante de ellos…pero nuevamente se había desvanecido. Era como si se tratara de un inmenso corazón latiendo a un ritmo exasperantemente lento. Cada latido podía sentirse a través del bosque como una borrosa explosión de cosmo-energía. Stelios no pudo más que maravillarse al pensar que la señorita Athena había sido capaz de sentir aquella presencia estando en el Santuario, a miles de leguas de distancia, cuando él, estando en el mismísimo bosque y contando con su finísima percepción, estaba teniendo tantos problemas para rastrearla. Aun así, pese a que apenas podía detectar ese difuso cosmos, Stelios sabía que estaban cerca… Lo supo desde el momento en que encontraron las casas destruidas, rodeadas de cuerpos despedazados. Los numerosos pueblos y villas cercanos al bosque habían sido arrasados, y su gente cruelmente asesinada. Stelios supo con solo echar un vistazo que ninguna horda bárbara era la responsable de esa masacre inútil. No solo los pueblos no habían sido saqueados, sino que los rastros de un cosmos maligno aún podían percibirse en el aire. Alguien había salido del interior de ese inmenso bosque, destruyendo las aldeas cercanas. Aquello lo había entristecido y enfurecido de un modo que no se permitió mostrar ante sus cuatro subordinados.

— ¿Señor Stelios?

—Sin duda más cerca que antes, Dorian—contestó finalmente—La última vez que la sentimos estaba por delante de nosotros, así que debemos seguir avanzando.

— ¿Cómo es posible que un cosmos semejante se desvanezca así como así?—preguntó Bastiaan.

Stelios tenía una idea bastante clara de por qué podía ser, pero no tuvo necesidad de explicarla.

—Evidentemente alguien está intentando ocultar esa energía—expuso Gávrel—Tal vez con algún tipo de barrera de contención alrededor de un perímetro. De cualquier modo, el cosmos es tan grande que al parecer no funciona del todo.

El santo de oro esbozó una media sonrisa, desviando sus ojos azules hacia al caballero de Auriga.

—Eso mismo es lo que estaba pensando… No eres tan inútil como aparentas, Gávrel.

—Viniendo de usted es todo un honor, señor…

— ¿Creen que se trate de…Ares?—preguntó Dorian en voz baja, nuevamente ignorando la sarcástica conversación.

Durante unos segundos ninguno dijo nada. Stelios apartó una rama retorcida de un manotazo. La sonrisa había abandonado su rostro.

—No lo creo. Al menos no su versión reencarnada. Sería estúpido de parte de Ares elevar tanto su cosmo-energía y delatar su posición, más si alguien está intentando contenerla en el interior de una barrera. Creo que ese cosmos proviene del sello.

— ¿El sello?—preguntó Argus— ¿Se refiere al lugar donde está encerrada su esencia divina?

—Exacto. Todos han oído las historias sobre las anteriores guerras santas contra Hades y Poseidón. Si nuestra orden triunfó en el pasado, fue porque al final nuestra diosa fue capaz de encerrar sus espíritus en un contenedor. No me sorprendería que más adelante nos topemos con algún cofre o jarrón encerrando el "alma" del Señor de la Guerra. Creo que ese sello está a punto de romperse, tal como auguró la Señorita Athena, y por eso podemos sentir ese cosmos intermitente en el bosque. Es su espíritu a punto de liberarse.

—Si…—murmuró Bastiaan—Y de seguro sus soldados berserkers están tratando de ocultar ese rastro de alguna forma, por eso lo sentimos de un modo tan difuso y esporádico.

—Es posible—confirmó Stelios, apartándose un mechón de cabellos castaños del rostro—No nos queda más que avanzar para averiguarlo.

Y eso hicieron. Durante cerca de una hora se adentraron más y más en las profundidades del espeso bosque, apartando hojas y ramas a manotazos. Resultaba extraño, pero de repente todos tuvieron la sensación de que el aire comenzaba a hacerse más y más frío. Hubo un momento en que sus pasos fueron lo único que pudo oírse en todo el bosque, mientras el aire se condensaba al respirar, formando espesas volutas de vapor alrededor de sus bocas. Algo no estaba bien…Stelios lo supo de inmediato. No podían oír el canto de los grillos, ni sentir el beso del viento contra sus rostros; ningún pequeño animal correteaba por los alrededores, refugiándose entre la crecida hierba del bosque. Era como si se encontraran caminando en un inmenso espacio vacío de vida, de existencia, donde solo el frío y la oscuridad estaban presentes.

Entonces lo vieron.

—Señor Stelios…—murmuró Dorian—Delante nuestro…

—Si… Lo veo.

Una pálida luz violácea se filtraba a través de las retorcidas siluetas de los árboles, muchos metros por delante de ellos. La luz se extendía indefinidamente de izquierda a derecha, como si fuera una inmensa y brillante muralla oculta entre los árboles.

—Vamos—ordenó Stelios, echando a caminar sin titubear un instante. Los cuatro santos de plata lo siguieron en silencio, intercambiando miradas entre sí.

—Pero por todos los dioses…—murmuró Bastiaan, observando hacia arriba con los ojos abiertos como platos.

El bosque terminaba repentinamente, dando lugar a un inmenso claro bañado por la luz de la luna. En medio del claro, justo frente a ellos, un gigantesco castillo de piedra negra se levantaba, elevándose como una montaña hacia el cielo. Era una construcción increíblemente grande, rica en torres y arcos de piedra, con un altísimo torreón principal ubicado justo en el medio de la estructura. Toda la fortaleza tenía un aspecto lúgubre y oscuro, a pesar de que se encontraba rodeada en su totalidad por una extraña cosmo-energía de un violeta pálido. Ninguno dijo una sola palabra durante unos instantes, contemplando inmóviles la enorme y oscura fortaleza. Fue Stelios quien rompió el silencio, dando un despreocupado paso hacia adelante.

—Muy bien, caballeros—dijo con una sonrisa, tronándose los nudillos por sobre el metal de su armadura dorada—Hemos llegado.

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El sol brillaba intensamente sobre el gran coliseo, bañando la arena de combate con su tibia luz dorada. De pie en el centro de la arena, Kei separó ligeramente las piernas, afirmando su posición sobre el suelo. El sudor le corría copioso por el rostro, pegándole los negros cabellos contra la piel. Delante de él, Syaoran lo encaraba en una fiera pose defensiva, típica de las artes marciales orientales. Ambos jóvenes estaban desprovistos de sus armaduras, vistiendo las simples ropas de entrenamiento que tanto los aprendices como los maestros utilizaban dentro del Santuario: casaca de manga corta, pantalones largos, sandalias, cinturón y protecciones de cuero para los brazos. Los nuevos reclutas que Aldebarán había traído los observaban entre sorprendidos y admirados, siguiendo atentamente cada uno de sus movimientos desde las gradas de piedra. Sin despegar los ojos de su rival, Kei dio un veloz paso hacia adelante.

— ¡Meteoros de Pegaso!

Una repentina ráfaga de esferas de luz salió disparada desde el puño de Kei, a una velocidad que superaba con creces los cien golpes por segundo. No obstante, aquello no fue suficiente para sorprender a Syaoran. El joven oriental se movió como un relámpago entre los poderosos meteoros, evitándolos con una agilidad sorprendente. En menos de un parpadeo se ubicó a solo unos metros de Kei, alzando su puño derecho en el aire.

— ¡El Dragón Ascendente!

Syaoran lanzó un poderoso puñetazo hacia adelante, el cual barrió el polvo de la arena a su alrededor con una gran onda expansiva. Un haz de luz verdosa atravesó el aire directo hacia Kei, avanzando en línea recta a través de sus meteoros…sin embargo, el poderoso golpe del dragón no logró alcanzar a su objetivo. El haz de luz siguió de largo, impactando contra la gruesa pared que unía el suelo con las gradas. La roca voló en pedazos al mero contacto, abriendo un inmenso agujero circular que a punto estuvo de derribar el muro.

Syaoran se quedó absolutamente inmóvil, aún con el brazo extendido hacia adelante. Pudo oír la exclamación de asombro de los aprendices un segundo antes de sentir la ligera presión sobre el lado izquierdo de su pecho. Kei se encontraba de pie ante él, a menos de un paso de distancia, con su puño derecho firmemente apoyado sobre su corazón.

—Buen intento, Syao… Pero tu poderoso Dragón tiene un punto débil.

Syaoran bajó el brazo lentamente, dando un paso hacia atrás. Observó a su amigo con una mezcla de asombro y descontento.

—Al desplegar tu ataque bajas inconscientemente el brazo izquierdo—continuó Kei, despegando el puño del pecho de su amigo—Esto deja expuesto tu corazón durante una fracción de segundo. Poco tiempo, sí, pero suficiente como para recibir un golpe mortal.

Syaoran dejó escapar un suspiro, sonriendo con franqueza.

—Aparte de Liang y de mi maestro Feng, tú eres el primero que lo nota.

Aquello no sorprendió a Kei. Tanto Liang, el santo de Libra, como Syaoran, habían sido entrenados en las tierras orientales por el mismo mentor, Feng, el cual había vestido en el pasado la armadura de bronce del Dragón. Liang, apenas un año mayor que Syaoran, había demostrado un potencial tan increíble que su maestro lo había enviado al Santuario para que completase allí su entrenamiento, ganándose al poco tiempo el derecho a vestir la armadura de Libra. Syaoran, en cambio, se había quedado con Feng, logrando heredar poco después la armadura de bronce del Dragón. En ese momento, las exclamaciones y los aplausos de los aprendices les llegaron desde lo alto de las gradas. Syaoran sonrió, alzando una mano en señal de saludo. Los jóvenes reclutas, algunos apenas unos niños, los vitoreaban como si fueran dos de los mismísimos caballeros dorados.

—Parece que hemos dado un buen espectáculo, ¿no crees, Kei?

Para sorpresa del joven Dragón, Kei desvió la mirada hacia el horizonte, con una sombría expresión nublando su rostro.

—No merezco ser aclamado…—susurró—Te puedo asegurar que aquel sujeto, Jasón, me habría matado antes de siquiera poder alzar un puño en el aire.

Syaoran lo contempló con tristeza durante un instante.

—Kei…entiendo cómo te sientes, pero no debes culparte de ese modo. Ya lo dijo Arion, no había nada que pudieras hacer contra un enemigo como ese.

— ¡Pues debería haber sido capaz!—replicó Kei, furioso—Ya escuchaste lo que dijo hoy el patriarca, Syao… ¡estamos en guerra! ¿Eres consciente de lo que ese sujeto buscaba al venir al Santuario? ¿Eres consciente de que Ares lo envió para asesinar a…?

—Todos somos caballeros al servicio de la señorita Athena—lo interrumpió Syaoran, endureciendo su expresión—Su bienestar me importa tanto como a ti.

—No…—susurró Kei, casi hablando para sus adentros—No tanto como a mí…

— ¿Cómo puedes decir algo semej…?

—Ya una vez me lo arrebataron todo sin piedad…—murmuró el santo de Pegaso, sin escuchar a su amigo—No permitiré que vuelva a ocurrir lo mismo otra vez; no permitiré que la señorita Athena sufra daño alguno. Debo volverme más fuerte, Syao…—los ojos marrones de Kei reflejaron una mezcla de determinación y tristeza que sorprendió al joven Dragón—Debe haber algún modo…

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El lugar se encontraba apartado del coliseo y de las demás zonas comunes de entrenamiento. Era un derruido conjunto de barracas y edificaciones en uno de los límites internos más alejados del Santuario. No había nadie más allí aparte de él, solo los muros y las columnas derrumbadas a su alrededor. Y eso era justamente lo que Andriev quería.

El santo del Cisne cerró los ojos, extendiendo una mano hacia adelante con la palma abierta. Era un joven alto, fornido, de lacios cabellos rubios separados en una raya al medio. Dos amplios mechones le caían a ambos lados de un rostro tan pálido como inexpresivo. Vestía las simples ropas de entrenamiento de la mayoría de los reclutas, con la diferencia de que las prendas eran de un azul muy oscuro. Aún continuaba inmóvil, con el brazo extendido hacia el frente, cuando una clara cosmo-energía comenzó a formarse alrededor de todo su cuerpo. Andriev abrió los ojos, cerrando rápidamente su mano extendida. Las columnas derribadas delante de él se congelaron de improviso, estallando en mil pedazos que se evaporaron al tocar el suelo.

El joven bajó la mano, frunciendo marcadamente el ceño. Sus ojos grises se movieron lentamente, observando de soslayo por encima del hombro. Entonces, con un movimiento que fue como un rayo, se dio vuelta arrojando un fulminante golpe hacia atrás. Pudo escuchar la exclamación ahogada de asombro un segundo antes de detener su puño, el cual quedó suspendido a solo unos centímetros de la máscara que cubría el rostro de Dasha.

—Tú…—murmuró Andriev, bajando el brazo—Jamás vuelvas a hacer eso…

Dasha, una joven menuda y delgada, de bonitos cabellos castaños, alzó ambas manos en el aire, sonriendo nerviosa.

—Creo que Syaoran se equivoca—declaró amistosamente—Apenas vi cuando te diste vuelta…sin duda tú eres el santo de bronce más fuerte.

Andriev le dio la espalda, haciendo caso omiso del elogio.

—Nunca pude vencer a Kei.

—Es cierto. Pero él tampoco pudo vencerte a ti.

El joven se cruzó de brazos, frunciendo aún más el entrecejo. Dasha tenía razón. Si bien era cierto que él y Kei nunca habían peleado empleándose al máximo, las veces que lo habían hecho jamás había habido un vencedor claro. Sus combates de entrenamiento terminaban siempre con ambos exhaustos y magullados, pero aún con ganas de continuar. Aquello proseguía hasta el punto en que los demás tenían que separarlos para que no terminaran matándose de verdad. Pero nada de eso venía al caso.

— ¿Qué haces aquí?—preguntó a la muchacha, observándola por encima del hombro—Sabes muy bien que prefiero entrenar solo. ¿Por qué no…?

Andriev enmudeció. Dasha se había llevado la mano derecha hacia la cara, quitándose la máscara de metal con un movimiento lento, fluido. El joven la miró en silencio durante un largo instante. El rostro oculto tras la máscara era pálido, delicado, de rasgos sumamente hermosos. Dasha tenía un rostro ovalado, de nariz respingada, con una boca pequeña y sonriente. Los ojos eran grandes y amables, de un intenso color castaño. Era el rostro de una niña que estaba a punto de transformarse en mujer.

Andriev cerró los ojos, dejando escapar un incómodo suspiro.

— ¿Por qué has hecho eso?

—No es la primera vez que me ves así, Andriev.

—Lo sé. Pero eso no te da derecho a volver a quitarte la máscara.

Dasha se acercó unos pasos hacia él con gesto indignado. Su rostro parecía furioso, pero sus ojos reflejaban una honda tristeza.

— ¿Qué no tengo derecho?—le espetó con voz molesta—Ya viste mi rostro antes. Sabes muy bien lo que he elegido. Pero aun así tú continúas indiferente. Jamás un gesto, jamás una palabra… Hubiera preferido mil veces un rechazo a esta fría indiferencia. ¿Por qué, Andriev?

— ¿Por qué? No hay un por qué. Yo no pedí esto. Yo jamás te pedí que me mostraras tu rostro.

—Lo sé, tú no me lo pediste—susurró Dasha— ¡Yo lo elegí! ¡Yo decidí quitarme la máscara ante ti, sabiendo lo que ello conllevaba! Por eso me encuentro en todo mi derecho…porque fui yo la que escogió a…

— ¿Acaso no entiendes en qué situación nos encontramos?—la interrumpió Andriev. Su gélida expresión no había variado en lo más mínimo—Ya escuchaste hoy al patriarca; tú, Kei y todos los demás. Ares está a punto de renacer en la tierra. El hombre que atacó a Kei era tan fuerte como un caballero de oro. A partir de ahora, todos tendremos que luchar… Lo más probable es que no sobreviva a esta guerra. ¿Qué sentido tiene hacerse ilusiones con algo como lo que propones?—por primera vez, la expresión de Andriev pareció ablandarse un poco—Es estúpido permitirte sentir algo por mí cuando quizás jamás vuelvas a verme.

— ¡No te atrevas a decirme lo que debo o no sentir! ¡No tú! —exclamó Dasha, señalándolo temblorosamente con un dedo—Aquí hay una sola verdad, Andriev, una muy simple, una muy triste. Te niegas a siquiera tratar de entender lo que siento por un simple motivo…uno solo… Porque tú jamás has sentido absolutamente nada por nadie… Y lo lamento tanto por ti…

Dasha dio media vuelta, colocándose nuevamente la máscara. Andriev la observó alejarse en silencio, tan serio e inexpresivo como al principio.

—Lo sé…—murmuró.

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El castillo era grande, demasiado grande. Las inmensas torres y murallas de piedra se alzaban tanto que parecían cubrir el cielo sobre sus cabezas, sobre todo el gran torreón central, al menos el triple de ancho y alto que las numerosas torres que lo rodeaban. La construcción en sí parecía crecer hacia arriba, como si fuera un gigantesco cono, y tenía una forma extraña. Las murallas se situaban una tras otra en forma ascendente, dándole al castillo la apariencia de una retorcida pirámide escalonada. Las torres crecían lúgubres y sombrías a su alrededor, aumentando en altura a medida que se aproximaban al torreón central. Stelios estimó que todo el lugar debía ser tan grande como el segmento correspondiente a las Doce Casas en el Santuario, quizás más. Se sentía sencillamente insignificante ante aquellos inmensos bloques de piedra negra.

"Esta fortaleza es obscenamente grande… ¿Cómo es posible que no la hayamos visto hasta prácticamente chocarnos con ella?"

Era imposible. Aquel castillo, con sus torres, arcos, muros y puentes, era tan enorme como una montaña. Algo tan gigantesco tendría que verse con claridad a lo lejos, recortándose contra la línea del horizonte. Tendrían que haberlo visto incluso antes de ingresar al bosque, asomándose entre las lejanas copas de los árboles.

"Aunque quizás…"

Stelios centró su atención en la extraña energía violácea que cubría toda la estructura. Desde el suelo hasta la punta de la torre central, todo el castillo se encontraba impregnado de una cosmo-energía del color del crepúsculo. Una barrera, sin lugar a dudas. Aquel misterioso cosmos parecía ejercer un efecto extraño sobre la forma en que percibían la luz, pues, detrás de ella, el castillo se veía borroso y ondulante, como si se tratara de una imagen reflejada en un espejo de agua. De eso debía tratarse… La barrera no solo debía proteger el ingreso al castillo, sino que seguramente también lo ocultaba. De repente recordó que ni siquiera habían visto el resplandor púrpura hasta que estuvieron muy cerca del lugar. Stelios suponía que, a la distancia, la cosmo-energía que componía la barrera debía distorsionar la luz a su alrededor hasta volverse casi invisible, incluyendo por supuesto a la fortaleza que se alzaba detrás.

Pero eso no era lo único.

Stelios, miró de reojo los alrededores del castillo, sintiendo una desagradable punzada de repulsión.

"¿Es esta energía la que le ha hecho esto al bosque?"

El inmenso claro, el espacio llano donde se alzaba el castillo, no era natural en absoluto. Los árboles se habían podrido y desmoronado a medida que el bosque se acercaba a la construcción. Sus restos marchitos se encontraban esparcidos por todo el suelo; troncos grises flotando en un mar de hierba muerta. El frío antinatural que sentían también parecía provenir de aquel extraño cosmos. ¿Podrían acercarse al castillo con una barrera como esa rodeándolo?

—Apuesto a que esto no estaba aquí antes—murmuró nerviosamente Gávrel.

—No…—coincidió Argus, observando cómo hipnotizado la enorme fortaleza— ¿Y qué demonios es este resplandor púrpura?

—Señor Stelios, ¿es esta la barrera de la que usted y Gávrel hablaban?

Stelios observó de reojo a Dorian de Sagitta, sopesando la pregunta.

—Sí, seguramente. Me juego mi armadura a que el sello se encuentra dentro de este castillo. Esta cosmo-energía lo protege de intrusos, como una barrera, y a la vez contiene y oculta el poder de Ares. Un poder que está a punto de liberarse…

— ¿Pero quién diablos habrá levantado esta barrera?—insistió Dorian—Observe el tamaño del castillo…sería imposible incluso para un caballero dorado rodear semejante estructura con su cosmo-energía. Si el espíritu de Ares se encuentra sellado tras los muros de este castillo… ¿quién creó esta barrera a su alrededor para protegerlo?

Stelios no tuvo tiempo de pensar una respuesta. Como si fuera una confirmación a sus sospechas, un monstruoso cosmos brotó de repente del castillo, extendiéndose silenciosamente por los alrededores del bosque. Pudo sentirse durante apenas una fracción de segundo, una especie de onda expansiva invisible emergiendo desde la inmensa construcción. Stelios pudo notarlo claramente; un poderoso chorro de inquina y odio brotando desde las entrañas del castillo como si fuera una ráfaga de aire hirviendo. Tanto él como los caballeros de plata se quedaron inmóviles, observando la fortaleza con los ojos muy abiertos. Nunca antes, jamás, había sentido una cosmo-energía tan poderosa como esa…ni siquiera aquella que la señorita Athena había mostrado en muy contadas ocasiones. A pesar de todo, Stelios esbozó una arrogante sonrisa, echando a caminar hacia el castillo. La capa blanca que cubría sus espaldas se meció lentamente al alejarse de los santos de plata, los cuales lo observaron con el ceño fruncido.

—Muy bien, mis estimados—dijo con voz tranquila, ajustándose la cinta que le ataba el largo cabello castaño—sus servicios aquí ya no son requeridos. Regresen ya mismo al Santuario a informar sobre lo que hemos encontrado—amplió aún más su sonrisa, clavando la mirada en la gran torre central—Yo me quedaré aquí a mandar saludos de parte de la señorita Athena.

Los caballeros de plata lo observaron incrédulos.

—No puede estar hablando en serio, señor Stelios—se quejó Bastiaan—Vinimos aquí a combatir a su lado… ¡No puede pedirme que nos retiremos!

—Te equivocas. Vinieron hasta aquí para obedecer mis órdenes…y mis órdenes son que regresen de inmediato al Santuario.

—Pero señor Stelios, piense en lo que está diciendo—suplicó Dorian—Los generales Berserker y sus tropas deben encontrarse en el interior de ese castillo… ¡no puede pretender enfrentarlos a todos usted solo!

La sonrisa de Stelios se amplió hasta el punto de volverse feroz.

—Ese es mi problema, soldado. Ahora cumplan las órdenes que acabo de darles… No volveré a repet…

El santo de Escorpio se detuvo sobre la hierba muerta del claro, sorprendido. Pudo sentir la presencia de un modo tan brusco como repentino, apenas unos metros por detrás de ellos. ¿Habían podido acercarse tanto sin que él lo notara?

—Valientes palabras… ¿o debería decir estúpidas?—canturreó una voz fina y melodiosa a sus espaldas—Tal vez deberías prestar más atención a lo que opinan tus subordinados, caballero de oro.

Stelios giró lentamente la cabeza, observando por encima del hombro, un segundo antes de que los cuatro caballeros de plata voltearan bruscamente.

— ¿Quién diablos son ustedes?—exclamó Gávrel.

Dos hombres los observaban a solo unos pocos metros de distancia, uno sentado con las piernas y los brazos cruzados sobre una gran roca, el otro de pie detrás de éste, tan inmóvil e inexpresivo como una estatua. El que estaba sentado era un muchacho no mucho mayor que los caballeros de plata, pálido y risueño. Tenía el cabello de un rubio muy claro, peinado con severidad hacia atrás. Se lo recogía en una firme coleta que le caía larga y lacia hasta media espalda, sobre una armadura tan negra como la noche. Stelios lo observó atentamente. Era una armadura muy ceñida, de hombreras largas y curvadas, la cual protegía casi la totalidad del cuerpo, justo como las armaduras de los caballeros dorados. Toda su superficie se encontraba cubierta por grabados curvilíneos de oro puro, ofreciendo un elegante contraste con el negro azabache del metal. Una larga capa roja le cubría las espaldas…tan roja como los fríos ojos del muchacho. Si, los ojos del joven parecían dos brillantes rubíes, lo cual resaltaba de forma increíble en el blanco cadavérico de su rostro. Pero había algo más… Stelios pudo percibir de manera casi palpable la crueldad oculta en las pupilas escarlatas de aquel joven, dándole a su rostro un aspecto feroz y maligno.

—Oh, vaya, pero que modales los míos—bromeó el muchacho, sin dejar de observarlos fijamente con aquellos extraños ojos—Mi nombre es Thestio, general de la primera legión de Berserkers, y el caballero a mis espaldas es… Bueno, creo que ya lo conocen, ¿verdad?

Stelios miró al hombre que estaba de pie. Era casi tan alto como Aldebarán, de ojos azules, fornido y macizo como una roca. Tenía un rostro de rasgos afilados, duros, con una mandíbula fuerte y cuadrada. El largo cabello rojizo le caía libre sobre las hombreras de su armadura, la cual era negra con decoraciones en escarlata, al igual que la larga capa que le cubría parte del hombro derecho. Stelios alzó ambas cejas al ver que la armadura en ese lado era distinta… Su brazo derecho se encontraba cubierto por una coraza más voluminosa, compuesta por dos piezas de oro puro: un grueso guantelete que le cubría de la muñeca al codo, y una segunda protección en forma de cabeza de carnero protegiendo desde el codo hasta el hombro.

El santo de oro esbozó una media sonrisa.

—Déjame adivinar. El grandulón ese es Jasón, ¿verdad?

—Exacto—asintió alegremente el joven llamado Thestio—Tú debes ser Stelios de Escorpio, ¿no es así? Déjame decirte que estoy bastante decepcionado.

—Ah, ¿sí?

—Si. Es prácticamente una ofensa que Athena nos subestime de este modo… Ha hecho una gran demostración de poder y talento al detectar desde el Santuario la energía oculta en el castillo, tras la barrera… Sin embargo, en lugar de enviar a sus mejores hombres hasta aquí, te envía solo a ti junto con un grupo de cuatro basuras buenas para nada.

Stelios pudo sentir la ira hervir como un caldero en los santos a sus órdenes. Bastiaan se adelantó un paso, mirándolo colérico y desafiante.

— ¿Quieres ver lo que estas cuatro basuras pueden hacerte?

Thestio sonrió ampliamente, con un brillo extraño iluminando sus ojos rojos.

—Oh…me encantaría…

Stelios pudo notar claramente la crueldad en la mirada de Thestio, y el veneno en su voz. Pero fue demasiado tarde…

—No… ¡Esperen!—gritó extendiendo un brazo hacia adelante— ¡No lo hagan!

Los caballeros de plata no lo escucharon. Se arrojaron sobre el arrogante muchacho en menos de un parpadeo, quemando al máximo sus poderosos cosmos. Thestio los esperó sin descruzar los brazos, observándolos desde la roca con una oscura sonrisa. Fue apenas un segundo, menos en realidad, pero el santo de oro pudo verlo. El brazo derecho de Thestio se movió como un relámpago, alzando la mano con los dedos índice y mayor extendidos hacia arriba. Una enorme presión estalló en el aire, generando una onda expansiva que hizo retroceder a Stelios arrastrando los pies sobre la hierba, con ambos brazos extendidos para protegerse el rostro. Cuando los bajó, sus ojos se toparon con una espantosa imagen. Sus cuatro subordinados yacían desparramados sobre el suelo, con sus armaduras de plata completamente destrozadas. Habían muerto antes de que sus cuerpos tocaran la hierba.

—No…—susurró, apretando los puños— ¡No!

—Ya lo decía—suspiró Thestio, encogiéndose de hombros—Cuatro basuras buenas para nada.

—Tú…—murmuró Stelios, clavando sus ojos azules en los rojos y despiadados del joven—Pagarás muy caro lo que has hecho…

—Oh, me encantaría verte intentarlo—contestó Thestio, señalándolo burlonamente con un dedo—Pero hay otros asuntos que debo atender. ¿Te encargas de él, Jasón?

El corpulento caballero, el cual había observado todo sin variar en lo más mínimo su fría expresión, dio un paso al frente, echando hacia atrás la capa roja que le caía sobre el hombro.

—Como digas.

—Jasón habló muy bien del caballero Astinos de Sagitario—continuó Thestio, incorporándose finalmente de la gran roca—Espero que seas tan fuerte como él, Stelios, de verdad lo espero, porque de lo contrario…—sonrió cruelmente, alejándose hacia el castillo—…morirás como tus patéticos compañeros.

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Continuará…

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